Seguimos tocando el fondo

El fin del semana del 14, 15 y 16 de diciembre viajé a Cartagena para participar en las jornadas “Foro de Ciudades Sitiadas: Las guerras del siglo XXI” organizadas por la Cadena SER. Hablamos de la transformación de los conflictos armados, y el papel en ellos de los medios de comunicación y las redes sociales. La conversación tocó lo que yo denomino Nueva Guerra Fría e inevitablemente llegó a tratar del ascenso de personajes como Trump, Salvini y Bolsonaro, junto a la reciente experiencia del partido VOX en Andalucía. Este último asunto fue también el tema de fondo de la mesa redonda que el pasado jueves 10 tuvo lugar en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid con el título “¿Está amenazada la democracia?” y al que acudí como público.

De lo debatido en uno y otro evento, además de lecturas y conversaciones en redes sociales, me queda la sensación de que hay una preocupación porque los populistas de derechas están logrando éxitos electorales gracias a un discurso que apela a las bajas pasiones y que los partidos tradicionales no pueden contrarrestar. Ante esa situación, los periodistas se muestran preocupados e impotentes. Por así, decirlo, los periodistas ven como las masas de consumidores se lanzan a ingerir con gusto refrescos llenos de calorías vacías y bollería industrial hecha con grasas hidrogenadas. Y ahora se encuentran el problema de cómo convencer a la gente que vuelva a una dieta sana pero aburrida.

Mi primera duda ante ese análisis es que no explica por qué precisamente ahora han tenido éxito esos partidos y líderes. Si la demagogia y el apelar a las bajas pasiones fuera una estrategia política ruin pero inevitablemente ganadora, deberíamos tener una larga lista de antecedentes. Y sin embargo sólo en un intervalo de tiempo relativamente reciente ganó el BREXIT y llegaron al poder personajes como Trump, Bolsonaro y Salvini. Así que debe haber algo más.

En segundo lugar, cuestiono el papel que los medios creen tener de árbitros neutrales en el actual contexto. Es más, los considero en parte responsables de la actual situación por haber tenido un papel activo en distorsionar la realidad para impedir un debate serio sobre ciertos temas que se han convertido en tabú. Por ejemplo, el tema de la inmigración. Aquí en el blog he tratado algunos ejemplos, como el telediario de TVE reciclando una manifestación de musulmanes contra el terrorismo en invierno en Madrid como un acto de repulsa a los atentados de las Ramblas de Barcelona en agosto de 2017. O el asunto de las ONG trasladando inmigrantes desde las costas de Libia a Italia en connivencia con las mafias. Precisamente, titulé lo que escribí en julio de 2017 sobre el tema “Una bomba de relojería en el Mediterráneo“, anticipando lo que se avecinaba. No se puede decir que los resultados de las elecciones italianas en 2018 me sorprendieran, cosa que sí le pasó a los periodistas y a la intelligentsia española en general.

El fenómeno se repite una y otra vez. La prensa ha decidido que la ciudadanía es insuficientemente madura para tener un debate razonable sobre los problemas derivados de ciertas temas, como la inmigración, así que opta por no informar sobre ello para no “estigmatizar” a ciertas comunidades. El resultado es que se le regala a la ultraderecha xenófoba la generación de discurso sobre ese tema. Así, ante el consenso progresista en los medios de comunicación, el discurso populista adquiere un aura de rebeldía contracorriente que encuentra su espacio en las redes sociales (como VOX en Facebook) y las aplicaciones de mensajería (como Bolsonaro en Whatsapp).

Sin embargo, a la hora de repartir responsabilidades en quien tenemos que pensar principalmente es en los partidos tradicionales. Como dije en Cartagena, seguimos viviendo la onda de choque de la crisis económica de 2008 y los partidos tradicionales no han sabido dar respuesta a los problemas de la gente normal y corriente. Podría haber dedicado tiempo a recopilar noticias sobre las expectativas truncadas, el precariado, el paro estructural y mil fenómenos más. Prefiero quedarme con los síntomas. En Cartagena mencioné la publicación recientemente de una encuesta que revelaba el enorme peso en España de los asuntos económicos para decidir no tener hijos. Y sobre todo, me llama la atención sobre cómo se acepta y normaliza la presente situación con excusas. Estudios de mercado concluyen que el coche ya no es una “compra aspiracional” para los milennials y el diario El País nos habla de las nuevas tendencias de rebuscar comida en la basura (freeganismo) y renunciar a salir el fin de semana (nesting).

Recuerdo las palabras de Michael Moore antes de las elecciones estadounidenses de 2016 sobre el apoyo a Donald Trump en el cinturón desindustrializado que va desde Pennsylvania a los Grandes Lagos. Y donde él dijo que votar a Trump suponía para la gente perjudicada por la crisis lanzar contra el establishment una granada de mano o cóctel Molotov, yo en Cartagena dije que el voto a VOX es una voto pedrada.

Considerando la experiencia previa del caso del partido Podemos, no creo que súbitamente la gente que votó a VOX en Andalucía suscriba su agenda política. Recuerdo en su momento hablar con simpatizantes y votantes de Podemos que mostraban sorpresa cuando les contaba cosas dichas y hechas por los líderes y cargos electos de su partido. Algo parecido ha sucedido en Andalucía. Recuerdo leer al respecto que un medio salió a la búsqueda de votantes de VOX en Andalucía para ver su opinión sobre los asuntos más controvertidos del programa electoral del partido. Obviamente no los suscribían.

Así que podríamos repasar caso por caso. Antes mencioné Italia. Las palabras de Michael Moore explican muy bien el vuelco en los estados claves que le dieron la victoria. En Brasil podemos señalar la acumulación de casos de corrupción del Partido de los Trabajadores y el descontrol de la violencia. Repasando algo que escribí sobre Brasil aquí en 2013 me encontré un titular que hacía referencia a los siete ministros del gobierno de Dilma Roussef que habían dimitido por casos de corrupción en sus dos primeros años de mandato. Pero imagino que es más fácil concluir que la gente es idiota y vota mal.

En algún lado leí que un tema de fondo en el ascenso de todas estas nuevas fuerzas rupturistas era la pérdida de los lazos comunitarios, algo que explicaría cómo el tema de la inmigración se ha colado una y otra vez en la agenda con la idea de fondo de retorno a un pasado idílico. El otro día El País presentaba el caso de Los Verdes en Alemania, un partido que se ha reinventado como partido pragmático capaz de alcanzar acuerdos, supone una alternativa a los partidos tradicionales y al contrario que estos últimos no había dado un espectáculo poco edificante con sus peleas internas gracias a su fuerte unidad. La noticia mencionaba que la defensa del medio ambiente permitía vincular el partido con el Heimat, un término que puede ser traducido como patria pero también, según Jochen Bittner, a un “sentido de pertenencia” que es lo “opuesto a sentirse extranjero”. Estaríamos, por tanto, ante síntomas de fondo de un malestar en la globalización.

McCain y el final de algo

El funeral de John McCain fue un espléndido espectáculo político. El presidente Trump fue el gran ausente y, aunque ningún discurso lo mencionó por su nombre, todo el mundo entendió que la exaltación de virtudes atribuidas al fallecido en realidad era una lista de reproches al actual presidente.

La rotonda del Capitolio con el féretro de John McCain el 31 de agosto. Al fondo, los cuadros que representan a Cristóbal Colón desembarcando en América y Hernando de Soto descubriendo el río Mississipi. Foto: Justin Sullivan/Getty Images/AFP

Dijo Obama en su discurso, causando risas en el público, que la forma de McCain de reír el último era teniendo a los dos anteriores presidentes juntos hablando bien de él. Así, pudimos ver nuevamente a George W. Bush en actitud amistosa con Michelle Obama. Es interesante pensar que para el trumpista medio el consenso mediático en torno a la figura de McCain y los repetidos gestos amistosos entre antiguos rivales políticos son prueba de la existencia de una casta política respaldada por unos medios elitistas que viven de espalda al pueblo estadounidense.

Cuenta Eduardo Suárez en Letras Libres cómo con John McCain muere un cierto tipo de hacer política en EE.UU., caracterizada por la independencia de los congresistas y la porosidad de las fronteras ideológicas. Yo me pregunto si la muerte de McCain, del que se dice que nunca hubo guerra en la que los Estados Unidos pudieran verse implicados que le pareciera mal, simboliza también el ocaso de Estados Unidos como hiperpotencia global intervencionista.

Mientras tanto, en el lado oscuro de Twitter he leído barbaridades sobre el fallecido. Según una teoría conspirativa que aporta como prueba una foto se reunió en Siria con el líder del Estado Islámico. La clave de la teoría es que en un viaje a Siria, donde McCain se reunió con figuras de la oposición al régimen, se ve un hombre con barba y bigote que se parece al califa Ibrahim como un árabe con barba y bigote se parece a otro árabe con barba y bigote. Pero hubo algo que me llamó la atención y me pareció sintomático de una forma de entender la política y el mundo.

Resulta que leí una y otra vez comentarios a la condición de veterano de la guerra de Vietnam de McCain, al que se le calificaba de asesino y criminal de guerra. Y entonces pasó una cosa curiosa. Leí una mención a Vietnam entre los países donde se había mostrado respeto y desde donde se habían transmitido las condolencias por su fallecimiento. Así que decidí buscar sobre el tema tras leer un tuit muy dolido y sentido.

¿Qué encontré al buscar en las noticias de Vietnam? Que en Vietnam se consideraba a McCain un símbolo del acercamiento entre los dos países. La prensa de allí mencionaba tanto los mensajes oficiales como la opinión de ciudadanos corrientes que se habían acercado a la embajada a dejar mensajes de condolencia en un libro habilitado para el efecto. McCain era percibido como alguien que había hecho la guerra contra ellos de joven y en cambio ya mayor había trabajado para mejorar las relaciones entre Estados Unidos y Vietnam. Recordemos que en Vietnam las reformas del gobierno comunista han abierto la economía. Y también que la preocupación en Vietnam por las aspiraciones hegemónicas de China en la región, sin olvidar el conflicto armado fronterizo entre ambos países en 1979. Esa preocupación vietnamita es compartida por Estados Unidos y ha propiciado el acercamiento geopolítico entre ambos países, con gestos simbólicos como la escala de buques de guerra estadounidenses en puertos vietnamitas. Así que en medio del sentido dolor vietnamita por la desaparición de John McCain, su amigo en Washigton, teníamos a miembros de la TrueLeft española montándose un buen postureo en nombre del pueblo vietnamita. Qué alegórico.

Órdenes de extradición que las firma el diablo

La famosa euroorden (“Orden europea de detención y entrega” o European Arrest Warrant) contra el ex-presidente Carles Puigdemont convirtió a cada español en experto en derecho por unos días, según se pudo ver en los intensos debates en las redes sociales. El asunto hizo descubrir a más de uno que las órdenes de extradición no se atienden automáticamente, sino que el país receptor las tiene que estudiar. Y si bien estoy seguro más de alguno estará lamentando que la justicia alemana no envió automáticamente al ex-presidente Puigdemont esposado y con un lazo de vuelta a España, si uno mira cómo operan países con sistemas judiciales de dudosa reputación no puede más que agradecer que las órdenes de extradición sean respondidas tras su estudio sosegado.

En España tenemos varios casos notables. Hamza Yalçin y Doğan Akhanlı, ambos intelectuales turcos exiliados desde hace años en Europa, fueron detenidos en España durante el verano de 2017 por ser reclamados desde la Turquía de Erdoğan. Cuando la justicia española revisó los casos se encontró que, por ejemplo, a uno de ellos se le atribuía pertenencia a grupo terrorista por un artículo publicado en una revista. Los delitos de los que se les acusaba se podían resumir en ser intelectuales incómodos para el poder en Turquía, lo que allí se viste de vinculación con grupos terroristas. Finalmente fueron liberados, no sin la controversia de que dos órdenes de búsqueda y captura sustentadas en acusaciones exageradas e incompatibles con el derecho europeo hubieran llegado tan lejos.

Otro caso notable es el del empresario español Pablo Botella Carretero, que era directivo de un banco venezolano allá por 2009 y al que le pilló una de esas campañas gubernamentales de “¡exprópiese!”. Así, fueron nacionalizados los bancos Central Banco Universal, Baninvest Banca Inversión, Banco Real, Confederado, Bolívar, ProVivienda y Canarias de Venezuela. El destino de estos bancos al ser nacionalizados fue desaparecer o integrarse en un grupo de banca pública. Y cómo no, la excusa para la nacionalización fue que en todos ellos se dio fraude y la corrupción. El gobierno venezolano lanzó entonces órdenes de captura internacional vía Interpol, las llamadas “notificaciones rojas”, para nueve directivos de bancos. Entre ellos estaba Pablo Botella Carretero. Cuando la orden llegó a España y se pidió el expediente del caso para estudiar la posible extradición la causa se desvaneció en el aire. Como dio cuenta el profesor de derecho Douglas McNabb, la “notificación roja” contra Pablo Botella Carretero fue retirada el 23 de junio de 2011.

Así que imaginen que las órdenes de extradición se ejecutaran automáticamente. Carles Puigdemont sí estaría en una cárcel española, pero España habría entregado intelectuales disidentes a la Turquía de Erdoğan y un empresario español estaría en una cárcel venezolana por un caso a todas luces fraudulento. Y, ¿a que no adivinan qué país usa y abusa de las “notificaciones rojas” de Interpol contra personajes molestos? La Rusia de Putin. Todo esto lo conté con detalle en un artículo para Letras Libres titulado “Cómo las dictaduras usan Interpol para perseguir disidentes”.

Menudos aliados de la clase obrera

Leí hace poco en alguna parte que está bien fiarse del instinto para desconfiar de alguien o algo pero no de los buenos presentimientos. Por lo visto gracias a la evolución nuestro cerebro es capaz de captar cosas que no cuadran y dan mala espina, aunque no seamos capaces de explicar la desazón. Me pasa algo parecido con personajes, hechos o incluso ideas. Algo me dice que no me fíe. Que hay algo más. Y a veces pasa bastante tiempo hasta que se hace evidente que había trampa. Pero esa sensación siempre estuvo ahí.

El otro día salió a la luz que uno de esos revolucionarios de salón que pululan con cierto éxito por Twitter coleccionaba relaciones con adolescentes que habían quedado deslumbradas por su verbo florido, su compromiso político y su aura de estrella de las redes sociales. Después de que la primera venció la vergüenza de ser tomada como una adolescente crédula que había hecho el idiota con un hombre mayor que ella, la cosa pudo haber quedado como un asunto privado con diferentes interpretaciones. Pero entonces apareció una segunda chica y resultó que era una práctica habitual del personaje y no un episodio puntual eso de tratar a menores como elementos desechables y practicar sexo no seguro en serie.

Y ahí me encajó todo. Porque en su momento le había dado vueltas a la aparición de este tipo de personajes que te sueltan un chascarrillo sobre la corrupción del PP, luego te hacen un comentario sarcástico defendiendo tesis conspirativas sobre el 11-S y por último te ponen un comentario pretendidamente emocionado en el aniversario de la muerte de algún dictador. La única explicación que encontré es que se trataba de pura pose. En una Europa aburrida donde han muerto las utopías, ser de izquierda radical ha quedado como un patrón de consumo cultural y por tanto de identidad. Pero me faltaba un elemento. No se trataba de épater le bourgeois, que ahora recicla y hace turismo solidario, sino de deslumbrar a adolescentes. “Me alegro que te gusten mis tuits riéndome de la monarquía. Send nudes“.

No me fío un pelo de todos estos personajes cuyo tema favorito es que en España vivimos bajo un régimen autoritario pero su ideal de democracia es una dictadura lejana en el tiempo o el espacio. No me fío nada de toda esa gente que te dice que “todo patriota es un idiota” o el “patriotismo es el último refugio de los canallas” pero se retrata exultante al lado de una bandera que no es la de su D.N.I. Y no me fío de todos esos que quieren romper el tablero y luego descubres en su biografía “hijo de”. Por eso nunca entenderán por qué para mí fue un hito poder vender mis análisis al IBEX 35. Ellos supongo lo verían como algo deleznable. Pero esa es la diferencia. Yo soy un chico canario de clase obrera que estudió en la universidad pública, hizo horas extras como un idiota en un back-office y cobró una mierda durante años por un artículo. Cobrar del IBEX 35 significó darle un respiro a mis padres y poder ser optimista de cara al futuro, cuando me toque a mí cuidar de ellos. Esa es mi revolución. Darle un respiro a mis padres llegando a fin de mes. Los otros son “aliados”. Send nudes.

 

Una Declaración Unilateral de Independencia no es un juego

Pues se ha consumado. No tiene sentido debatir a estas alturas cómo hemos llegado hasta aquí. Ya hablé del desastre que supuso la acción de las fuerzas policiales el 1 de octubre y traté de analizar lo sucedido aquel día desde la perspectiva de William S. Lind y su concepto de Guerras de Cuarta Generación. Me quedaron en el tintero varios asuntos que no sé si merecerá tratar a estas alturas. Lo que sí puedo decir es que desde el lado independentista catalán percibo una terrible desconexión de la realidad. Y en un día como hoy me pregunto si en Cataluña son conscientes de lo que han llevado a cabo.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una ruptura total con la legalidad vigente al grito de “¡Patria o Muerte!”. El que rompe la legalidad vigente lo hace porque cree con firmeza que la suya es una causa justa y noble por la que está dispuesto a morir o sufrir pena de cárcel bajo el consuelo “la historia me absolverá”. Al fin y al cabo, toda causa se alimenta con la sangre de sus mártires.

Bernardo de Gálvez y las tropas españolas en la Guerra de Independencia estadounidense. El soldado con tricornio y casaca azul en el extremo derecho es un voluntario catalán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

Para el éxito de una Declaración Unilateral de Independencia se tienen que dar varias circunstancias. La primera y la fundamental es tener medios para defender el naciente Estado-Nación o al menos para luchar por él. El relato épico y heroico de la Guerra de Indepedencia de los Estados Unidos suele olvidar que las Trece Colonias contaron con la ayuda de la armada francesa y un contingente español al mando de Bernardo de Gálvez, el único general invicto de aquello guerra, que abrió un frente a los británicos en Florida y el Caribe. En fechas más cercanas, tenemos el caso de las tres repúblicas bálticas, Croacia y Eslovenia en 1991. Todos esos países recibieron el reconocimiento internacional, la causa independentista contaba con un mayoritario apoyo social y rompían con un estado multinacional en crisis y rumbo a la disolución.

T-55 esloveno en Ajdovščina durante la Guerra de Independencia (1991).

En el caso croata y esloveno, el modelo de defensa territorial de Yugoslavia supuso la existencia de abundantes arsenales completados con la llegada de material de guerra desde el exterior. Recordemos que para acudir al mercado internacional y legal de armamento se requiere un Certificado Final de Usuario emitido por el representante de un gobierno legítimo y reconocido. Así, lo que salvó a la comunidad judía del naciente estado de Israel de ser aplastada por las fuerzas de varios países árabes es que convertido en un país de iure pudo comprar abiertamente armamento, que por cierto se lo vendió la comunista Checoslovaquia y no las potencias occidentales. Cuando el gobierno de Cataluña acudió a Alemania a comprar montañas de armamento, se encontró el veto del gobierno español, que tenía la última palabra.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una apuesta por el doble o nada. Y puede fallar, como los casos de Katanga, Biafra y Rodesia. Así el que se embarca en tal acto de fuerza tiene que asumir que si fracasa hará frente a la justicia del Estado al que se enfrenta. Me temo que veremos llanto y crujir de dientes. Nadie podrá excusarse en que no sabía lo que hacía.

¿Es España postnacionalista?

Llevamos años oyendo eso de que España no es una nación, al contrario que por ejemplo Cataluña. La idea de una débil nación española no es nueva. Recordemos La España Invertebrada. Pero es bien sabido que después de la Transición, la izquierda española renunció al concepto de España para abrazar los nacionalismos periféricos. Se me ocurren sobre la marcha como razones que la idea de un nacionalismo español genera fuertes recuerdos del Franquismo o  que dentro de la izquierda española las reivindicaciones identitarias han sustituido a las de clase.  Así que ante ese abandono, el concepto de España quedó en manos de una derecha que se resiste a renegar del todo del Franquismo (“no nos perdonan que nuestros abuelos ganaran la guerra”). La cuestión es que tenemos hoy argumentos para construir una nueva idea de país muy alejada de la España franquista. España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo (chúpate esa Suecia) y es hoy uno de esos países europeos sin un partido fuerte de ultraderecha eurófobo y xenófobo.

Un balcón de Barcelona ya famoso. Foto de Juan Carlos L. R.

La crisis de Cataluña ha puesto de manifiesto que el nacionalismo español tiene un imaginario limitado. Tenemos poco más que un himno sin letra y un cántico surgido para celebrar victorias deportivas que emplea el estribillo de una canción popular rusa. Y estos días he estado pensando, ¿y si eso fuera síntoma de algo bueno y no un problema? ¿Y si España hubiera evolucionado hacia un nuevo tipo de Estado donde la gente mostraba un enorme desinterés por las exaltaciones patrióticas porque el nacionalismo etnicista había sido superado? Sé que eso ha cambiado por la crisis catalana, con las banderas en los balcones y los cánticos de “a por ellos, oé” a la salida de unidades de la Guardia Civil rumbo a Cataluña. Pero esa España postnacional necesita un discurso transversal propio. Necesita rescatar el concepto de “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas en una España de ciudadanos democráticos y no de miembros de la etnia. Creo que José María Lizundia avanza en esa línea en “Naciones cívicas y étnicas”.

 

Fabricando nacionalistas

Ayer leí el hilo que abrió en Twitter una chica de origen indio, que ahora no encuentro, explicando en inglés la cuestión catalana. Contó una anécdota sucedida hace tiempo. Caminando por Barcelona pasó a su lado una siniestra furgoneta de la policía española con cristales oscurecidos y policías con cara de odio. Sus amigos catalanes quedaron temblando de miedo y angustia, tal es el estado de terror que se vive en Cataluña. A partir de ahí explicó el origen franquista de la actual opresión española sobre Cataluña y explicó cómo España se convirtió en una democracia sólo de fachada tras la Transición. Su visión de las cosas que pasan en mi país me resultaron alucinógenas pero supongo que los españoles, como miembros del mundo desarrollado, estamos pagando la penitencia por haber ejercido de cuñados durante años explicando los asuntos de países lejanos. Es una sensación curiosa leer hilos de Twitter o artículos de opinión escritos por guiris ejerciendo de cuñados y contando de una forma torticera y maniquea la cuestión catalana en inglés a un público internacional Hasta ahora había visto a gente de los países más diversos quejarse del fenómeno, señalando la manía de los occidentales de explicar los problema de los países con brocha gruesa y malinterpretando la historia. Y efectivamente, deja de tener maldita gracia cuando se trata de tu país.

La anterior viñeta de Blower en el diario británico The Telegraph me parece el perfecto ejemplo de lo anterior y resulta de una ironía terrible. Blower representa a los independentistas catalanes con el miliciano republicano de la foto de Robert Capa. Un miliciano de la misma II República que aplastó militarmente en octubre de 1934 la proclamación del Estado Catalán. No vamos a esperar que los extranjeros que opinen sobre España estén familiarizado con la realidad y la historia española. Pero encontré en Twitter otro fenómeno. Aquellos extranjeros que trataban de explicar la cuestión catalana aportando contexto y perspectiva recibían la misma respuesta: da igual los matices, el contexto, la historia o el trasfondo. Ayer todo se reducía a una sola cosa. La policía española había golpeado a pacíficos ciudadanos y eso es lo único que alguien de Bélgica o Connecticut necesitaba saber.

El otro día escribí en “Leopards por la Diagonal” un párrafo que leído ahora resulta lamentablemente profético:

El independentismo necesita una confrontación que le permita vender al mundo el conflicto con el gobierno central encuadrado en una narrativa de la iniciativa democrática de todo un pueblo moderno y decidido enfrentado a la violencia represora del gobierno de un viejo país sin rumbo ni legitimidad. El independentismo necesita portadas de los diarios internacionales donde se vean caras ensangrentadas y desencajadas en lágrimas y dolor para que el ciudadano medio de cualquier país que no tenía opinión previa sobre el tema piense al ver las imágenes que la razón asiste al lado que es víctima de la violencia. Por eso las tácticas que debe emplear el gobierno son contraintuitivas: desescalar el conflicto para huir de situaciones que permita encuadrarlo en el marco narrativo de los independentistas

Como si fuera un mal chiste, el 1-O nos ha proporcionado precisamente eso que yo recomendaba el gobierno debía evitar. Ahora la pregunta es cómo se arregla esto, si es que tiene arreglo. En varias ocasiones traté aquí cómo la derecha nacionalista española ha ejercido tradicionalmente de bombero pirómano y ha fabricado independentistas:  “Lecciones yugoslavas para España” (4 mayo 2005), “Separatistas y separadores” (1 octubre 2012) y “Lecciones de la antigua Yugoslavia para España (y Cataluña)” (17 septiembre 2013).  Pero estos días hemos visto el fenómeno contrario. El pulso del gobierno catalán al gobierno español ha impulsado el sentimiento identitario español, con gente contando aquí y allá que le sorprendía ver por primera vez en su barrio la bandera española colgada de ventanas y balcones. Y aunque sean casos puntuales de conocidos, he visto por primera vez a gente reclamar un referéndum en toda España sobre la cuestión catalana para votar a favor de que Cataluña se marche de España. O directamente reclamar la independencia catalana. Pero no por solidaridad con la causa, sino por estar harto del nacionalismo catalán. Yo mismo me planteaba estos días si, olvidando por un rato el desastre que sería para Cataluña y el resto de España, la situación actual merece la pena ser sostenida por más tiempo.

El juego político en España ha seguido un ciclo perpetuo en el que los nacionalistas periféricos airean reclamaciones identitarias que el gobierno español termina por aplacar con medidas presupuestarias y algunas políticas de tipo simbólico. Y así hasta el infinito más allá. El modelo causó impresión aquí en Canarias y surgieron partidos decididos a imitar el modus operandi pero olvidando que la parte de las reclamaciones identitarias necesita ser creíble. Y ahí está el problema. Da la sensación de que el gobierno español ha creído que el nacionalismo periférico en España se mueve en el fondo por dinero y el truco para manejarlo será siempre negociar presupuestos, pasando por alto que los nacionalistas catalanes sí se han tomado en serio la cuestión identitaria.

Recuerdo el escándalo que causó aquellas palabras del ministro Wert sobre “españolizar” a los niños catalanes, como si una de las funciones de la escuela no fuera crear ciudadanos. Denunciaba recientemente el hispanista John Eliott en un carta al diario The Times la manipulación de la Historia en Cataluña con intereses partidarios. Y estos días me contó alguien que participó hace un par de años como voluntario en una competición infantil de robótica aquí en Tenerife que le asignaron asistir a un equipo catalán formado por niños de entre 10 y 15 años cuyos padres debían hacer de traductores porque tenían dificultades en expresarse correctamente en español.  Si Cataluña termina siendo un país independiente leeremos en el futuro que todo cambió este 1 de octubre. En realidad, todo empezó hace mucho tiempo.