El opio, Afganistán y los talibán

 ha entrevistado al historiador Alfred McCoy con motivo de la próxima publicación del libro In the Shadows of the American Century: The Rise and Decline of U.S. Global Power. McCoy es un crítico de la política exterior de Estados Unidos pero no se hace ilusiones sobre un mundo multipolar.

“So the US empire has been, and we’ve had our excesses, Vietnam, we could go on. Afghanistan. There are many problems with the US exercise of its power but we have stood for human rights, the world has had 70 years of relative peace and lots of medium size wars but nothing like World War I and World War II. There has been an increase in global development, the growth of a global economy, with many inequities, but nonetheless, transnationally, a new middle class is appearing around the globe. We’ve stood for labor rights and environmental protection. Our successor powers, China and Russia, are authoritarian regimes. Russia’s autocratic, China’s a former communist regime. They stand for none of these liberal principles.

So you’ll have the realpolitik exercise of power, all the downsides with none of the upsides, with none of the positive development. I mean we’ve stood for women’s rights, for gay rights, for human progress, for democracy. You know we’ve been flawed in efficacy, but we’ve stood for those principles and we have advanced them. So we have been, on the scale of empires, comparatively benign and beneficent. And I don’t think the succeeding powers are going to be that way”.

Me pareció interesante encontrar un autor crítico de la política estadounidense con una visión sobre Occidente y lo que puede llegar a ser el futuro mundo mutipolar parecida a la mía. Véase “¿El comienzo del fin del Imperio estadounidense?”“Occidente y el imperialismo del que puede”. Pero me dio bastante que pensar otra cosa.

Resulta que McCoy es célebre por haber estudiado el papel del narcotráfico en la guerra de Vietnam y luego cómo la insurgencia afgana se financió durante los años 80 con la producción de opio. En ambos casos, plantea McCoy, el narcotráfico se convirtió en un mal menor en el gran esquema de la Guerra Fría, por que se toleró porque era una fuente de financiación de aliados estadounidenses. En la entrevista, McCoy apunta que la rápida caída de los talibán en 2001-2002 se debió a que se habían ganado muchos enemigos con su política de erradicación de opio. Acudí a la Wikipedia y encontré esto:

In July 2000, Taliban leader Mullah Mohammed Omar, collaborating with the United Nations to eradicate heroin production in Afghanistan, declared that growing poppies was un-Islamic, resulting in one of the world’s most successful anti-drug campaigns. The Taliban enforced a ban on poppy farming via threats, forced eradication, and public punishment of transgressors. The result was a 99% reduction in the area of opium poppy farming in Taliban-controlled areas, roughly three quarters of the world’s supply of heroin at the time. The ban was effective only briefly due to the deposition of the Taliban in 2002.

La fuente que emplea la Wikipedia es una artículo académico titulado “Where have all the flowers gone?: evaluation of the Taliban crackdown against opium poppy cultivation in Afghanistan” y publicado en 2004. Cuenta McCoy que ahora la situación ha cambiado. Son los talibán los que se nutren del tráfico.

Well today, of course, that drug traffic has been taken over by the Taliban and it funds the bulk of the Taliban’s guerrilla operations, pays for a new crop of teenage boys to become fighters every spring, and we’ve lost control of that.

No me costó encontrar artículos al respecto. Por ejemplo: “How Opium Fuels the Taliban’s War Machine in Afghanistan” de Hashim Wahdatyar, publicado en The Diplomat en octubre de 2016. Entonces acudí a la lista de libros sobre Afganistán que tenía guardada en Amazon.co.uk y encontré que en algún momento del pasado me había interesado por el tema y lo había olvidado por completo. Por ejemplo, encontré que había guardado en mi lista el libro Seeds of Terror: How Drugs, Thugs and Crime are Reshaping the Afghan War de Gretchen Peters y que salió publicado en 2009 y tuvo una segunda edición actualizada en 2011. Y entonces me acordé que en su momento me llamó la atención los informes y propuestas sobre el cultivo de opio en Afganistán de un think-tank llamado Senlis Council, que resultó que cambió el nombre y ahora se llama International Council on Security and Development (ICOSD). Pero allí estaban informes y comunicados como este “The Taliban are winning the hearts and minds in Southern Afghanistan” de diciembre de 2006. En él se decía:

Destruction of Afghan opium crops has created a chain reaction of violence and poverty.

Así que ahí tienen un tema que parece relevante para entender el fracaso de Occidente en Afganistán y el auge de la insurgencia talibán, pero del que no había encontrado referencias en español.

El día de la marmota en Afganistán

Helicóptero Apache británico en acción en Afganistán en 2008. Foto: Wikimedia.

Después de dedicar dos libros a las fuerzas especiales británicas, Damien Lewis fue contactado por pilotos británicos de helicópteros Apache porque querían una exposición mediática semejante. El libro resultante se titula Apache Dawn, un juego de palabras con el título de la película “Amanecer Zulú”. Trata del despliegue de helicópteros de ataque Westland WAH-64 Apache del ejército británico en Afganistán. Leyendo el libro me llamó la atención una cosa. Los pilotos contaban ufanos su perseverancia localizando y persiguiendo a los talibán desde el aire, como el episodio en que siguieron a una pareja de talibán en moto hasta asegurar que iban armados para a continuación disparar un misil Hellfire. A mí me asaltaba la pregunta de cómo una guerra así podía ser sostenible en el tiempo. ¿Alguien en aquella unidad llevaba cuenta del coste de combustible y munición gastadas frente al valor de los objetivos destruidos? El despliegue militar español en Afganistán costó 3.700 millones de euros y la vida de 99 de militares y dos traductores. Mejor no hagamos balance.

Afganistán vuelve a estar otra vez encima de la mesa, con escándalo incluido. El gobierno de Donald J. Trump ha tenido la ocurrencia de consultar a dos empresarios, uno de ellos el fundador de Blackwater, así que he leído ya varios artículos de opinión alertando del peligro de la privatización de la guerra de Afganistán además de repasar el historial de los dos personajes escogidos por el gobierno Trump. Véase, por ejemplo, a “Private military contractors aren’t going to do a better job in Afghanistan. Here’s why” de Debora Avant en el Washington Post. Y también tenemos la  crítica de David Isenberg en su blog. Conté todo el asunto esta semana en la revista El MedioBuscando soluciones al viejo problema de Afganistán. Resulta que los talibán ya no son los “desgarramantas” de los años 90. Ahora lucen uniformados en ceremonias y ejercicios que difunden en sus vídeos de propaganda mientras se nutren de montañas de armamento que capturan a las fuerzas de seguridad afganas.

La polémica ha surgido además porque Prince ha expuesto sus ideas sobre la necesidad de centrar la cadena de mando en un “virrey” estadounidense en Afganistán e implicar a empresas privadas al estilo de la Compañía Británica de las Indias Orientales. El que quiera, puede escuchar al propio Prince en una conferencia que me dio a conocer un lector. Entre otras muchas cosas, es curioso que menciona la teoría de las cuatro generaciones de guerras, aunque no desde la ortodoxia de William S. Lind. Las ideas de Erik Prince sobre Afganistán sin duda producen escándalo. Pero desde que saltó la polémica no he parado de pensar qué alternativas hay. Porque no he visto todavía a nadie proponer una solución que suene viable.

Sobre el ataque al hospital de MSF en Kunduz

El pasado 3 de octubre de 2015 un avión cañonero AC-130 de la fuerza aérea estadounidense disparó sobre un hospital de la organización Médicos Sin Frontera en la ciudad afgana de Kunduz. El ataque se saldó con 22 muertos y decenas de heridos.

Los siguientes días leí bastantes disparates al respecto, con el contexto de fondo de los bombardeos rusos. Los fans del Kremlin quisieron aprovechar para establecer el contraste entre la aviación rusa, que atacaba el Estado Islámico, y la aviación estadounidense, que atacaba hospitales. No faltó algún personaje de Twitter diciendo que había sido un ataque deliberado como parte de la estrategia terrorista de la OTAN (o algo así).

Los cañones AC-130 son aviones por lo que general realizan misiones de apoyo aéreo cercano (Close Air Support). Acuden allí donde una unidad en tierra en contacto con el enemigo les llama. La petición de misión de apoyo aéreo la realiza un equipo especializado y certificado que debe seguir un protocolo. Su denominación ha ido variando con el tiempo Forward Air Controller (FAC), Tactical Air Control Party (TACP), Joint terminal attack controller (JTAC)… Por ejemplo, hasta no hace mucho, en España sólo había dos unidades con esa capacidad: Los equipos de Adquisición y Control de Apoyos de Fuego (ACAF) de la Infantería de Marina y el Escuadrón de Zapadores Paracaidistas (EZAPAC) del Ejército del Aire.

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Miembros de los equipos ACAF de la Infantería de Marina española.

En las fuerzas armadas británicas aquel que realiza una petición de apoyo aéreo cercano y proporciona las coordenadas del ataque es el responsable legal de lo que suceda. En el caso de que una unidad pida un ataque sobre posiciones muy cercanas, ha de quedar claro de forma explícita que lo hace asumiendo un riesgo.

Hay varios conocidos y notables de errores en misiones de apoyo aéreo. Durante la invasión de Afganistán en 2001 hubo dos. La primera sucedió durante la revuelta de los prisioneros talibán en la fortaleza de Qala-i- Janghi, donde murió un agente de la CIA y apareció el “talibán estadounidense”. El segundo día, un avión aliado lanzó una bomba sobre el exterior de la fortaleza, en un lugar donde estaban apostado milicianos de la Alianza del Norte y un equipo de fuerzas especiales estadounidense y británico. La fuerza de la explosión volcó un carro de combate T-55. Alguien se equivocó manejando el GPS y proporcionó al piloto su propia posición y no de los talibán. Varios militares estadounidenses y británicos resultaron heridos. Murieron un número no determinado de afganos.

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Hamid Karzai con los miembros del equipo ODA 574 en el sur de Afganistán antes de la caída de los talibán.

El segundo error en Afganistán durante la invasión del país casi acaba con Hamid Karzai, futuro presidente del país, mientras negociaba con tribus pashtunes en el sur del país la ofensiva sobre Kandahar. En la mañana del 5 de diciembre de 2001 un bombardero B-52 lanzó dos bombas sobre el lugar donde estaba reunido Karzai. Murieron tres suboficiales de las fuerzas especiales que le acompañaban. Fue otro error relacionado con las coordenadas de GPS equivocadas. Todavía conmocionado por la explosión, Karzai recibió una llamada en la que le anunciaron que había sido elegido para presidir el gobierno interino del país.

Otro error parecido sucedió durante la invasión de Iraq en 2003, en el norte del país. Un convoy de las fuerzas especiales estadounidenses y fuerzas kurdas fue atacado por error por la aviación estadounidense. Acompañaba al convoy un equipo de la BBC. Resultaron muertos 15 personas, entre ellas un traductor del equipo de la BBC. Dos periodistas británicos resultaron también heridos. Posiblemente se trató de un error de coordinación y el piloto desconocía que había fuerzas aliadas en la zona. Un dato interesante es que las fuerzas estadounidenses y kurdas combatían en la zona a Ansar Al Islam, un grupo yihadista establecido en las zonas fuera del alcance del régimen y con el que tuvo vínculos Abu Musab al-Zarqawi.

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El editor John Simpson, periodista de la BBC, con el convoy atacado por error en llamas.

Ha pasado tiempo desde aquellos errores pasando al piloto que tiene que lanzar las bombas las coordenadas equivocadas por hacerse un lío con el GPS. Lo habitual es que se señale el objetivo con un láser IR no visible. La idea es que un AC-130 no despega buscando blancos de fortuna, sino que atiende a una llamada realizada desde tierra.

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Equipo JTAC señalando un objetivo con un láser.

¿Qué pasó en Kunduz? La ciudad había sufrido un ataque talibán y los combates seguían el 3 de octubre. Según Médicos Sin Fronteras el ataque aéreo sobre el hospital no fue puntual, sino que fue continuado durante cerca de una hora. Lo más lógico es pensar que hubo un tiroteo con fuerzas talibán apostadas dentro del recinto del hospital y las tropas estadounidenses pidieron apoyo aéreo. Médicos Sin Fronteras niega esa posibilidad, afirmando que no hubo talibán dentro del recinto del hospital. Así que a partir de ahí sólo queda esperar ver qué datos aporta la investigación para ver si son plausibles.

Se dijo primero y luego se desmintió que la misión de apoyo aéreo se había hecho por solicitud de las tropas afganas. Evidentemente el trámite fue llevado a cabo por militares estadounidenses pero que se hiciera por petición afgana abre la puerta a un error mayúsculo o deliberado por razones a imaginar. Y es que la ciudad hubiera caído en manos talibán es sólo el anticipo de lo que espera cuando se produzca la retirada de las fuerzas occidentales del país. Un ejército incompetente no será capaz de frenar a los talibán y el país caerá en el caos. La semana pasada, por cierto, se produjo la ceremonia de retirada del contingente español.

Los orígenes de la guerra afgana

Hoy el diario madrileño El Mundo ha publicado un artículo muy interesante de Franscisco Borja Lasheras sobre la percepción occidental de Rusia. Y describe a la perfección varios fenómenos que he comentado aquí varias veces a propósito de la Nueva Guerra Fría. Tenemos esa fascinación por el régimen de Putin en los dos extremos del espectro ideológico, que vota al unísono en el Parlamento Europeo. Tenemos ese realismo político sobrevenido de quienes dicen que las acciones del Kremlin en la Europa del Este son comprensibles porque la OTAN ha puesto el pie en “la esfera de influencia rusa”, olvidando la voluntad de los ciudadanos de esos países. Tenemos a los conspiranoicos que explican guerras y revueltas por la acción externa de Occidente, como si los ciudadanos fuera de Europa Occidental no tuvieran voz y voluntad.

Franscisco Borja Lasheras invita a pensar en los otros rusos, los que quieren un país diferente, para que dejemos de imaginar Rusia como una realidad excepcional e inamovible. Pero me quedo con su apreciación sobre la “[n]ostalgia por una URSS idealizada que muchos tuvieron la suerte de no padecer (lo que opine el europeo medio del Este sobre su experiencia vital, no cuenta)” a cuenta de algo que me ha llamado la atención estos días. Resulta que proliferan en Twitter cuentas en español dedicadas a defender las bondades de aquello que se llamó “socialismo real”. Esto es, gente en España diciendo en pleno 2015 que la URSS o la RDA eran una maravilla comparado con las democracias capitalistas occidentales. Sin haberlo vivido, claro. Los argumentos son parecidos a los que emplea la Fundación Francisco Franco para defender los tiempos del Caudillo: estadísticas de esto y lo otro.

Uno de esos ejemplos es un usuario de Twitter español que se hace llamar “Erich Honecker” y usa la cuenta @HoneckerRDA. La gran ironía es que en alemán sólo he encontrado cuentas con intención paródica que usen el nombre “Erich Honecker”, como @ErichHoneckerZK, @Erich_Honecker y @DerWahreErich. Como no podía faltar, el usuario español @HoneckerRDA es muy colega de @Drazmihailovitx, que toma su nombre del líder monárquico serbio Dragoljub “DražaMihailović y acérrimo enemigo de los comunistas. En la misma línea anda @_ju1_, que estos días usa de nombre #FueraOTANdeSiria. Ha lanzado series de tuits dando su visión de Siria y sobre la guerra de Afganistán en los 80. Me llamó la atención esta última porque es un asunto del que leí bastante en su momento, tratando de entender el origen de la yihad global contemporánea.

Kabul al día siguiente del golpe de estado de abril de 1978.

En 1978 Afganistán era gobernada por Mohammed Daud Khan, que se había hecho con el poder en 1973 en un golpe de estado con el que depuso a su primo, el rey Mohammed Zahir Shah. El 27 de abril de 1978 se produjo un nuevo golpe de estado encabezado por militares del comunista Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Una vez en el poder, los comunistas afganos se lanzaron a una serie de reformas que provocaron un gran descontento en las zonas rurales. Hablamos de medidas como la colectivización de la tierra que afectaba al patrimonio de los campesinos pero también de otras como la escolarización femenina que chocaban contra las creencias musulmanas conservadoras de la población rural. El PDPA se lanzó a modernizar con una ortodoxia marxista que llegó a asustar en Moscú (eran los tiempos de Brezhnev) y reprimió duramente la oposición a sus reformas. En marzo de 1979 estalló una revuelta en la ciudad de Herat, donde además toda una división del ejército afgano se amotinó contra el gobierno. Varios ciudadanos soviéticos fueron asesinados, lo que hizo saltar las alarmas en Moscú. En septiembre de 1979, la lucha interna por el poder dentro del PDPA llevó al asesinato del presidente Nur Muhammad Taraki, que fue sustituido por Jafizulá Amín.

A pesar de su ortodoxia marxista, en la arena internacional el gobierno afgano del PDPA jugó con una cierta ambigüedad. Hasta entonces Afganistán había obtenido fondos de ayuda tanto de Moscú como de Washington. La percepción en Moscú es que el gobierno de Afganistán había perdido el control de la situación y que su alineamiento prosoviético podía cambiar en cualquier momento. Además, se temía que las revueltas en Afganistán se contagiaran al Asia Central soviética ya  que en Afganistán vivían poblaciones tayika y uzbeka.  Las fuerzas especiales de la Unión Soviética lanzaron la Operación “Tormenta 333” el 23 de diciembre de 1979, asaltando el palacio presidencial tras aterrizar en Kabul. El presidente Amín murió en circunstancias no aclaradas. Mientras, tropas soviéticas invadieron el país por tierra.

En Estados Unidos se vieron las revueltas afganas como una posibilidad de causar problemas en el patio trasero de la Unión Soviética. Se envió ayuda a los rebeldes afganos ANTES de la invasión soviética. Se vendió la invasión soviética como un primer paso del avance soviético hacia el Océano Índico. Es interesante plantear, con la perspectiva del tiempo y sabiendo los resultados, si no hubiera sido mejor no haber convertido Afganistán en el crisol donde nació la yihad global. Pero lo que luego se conoció como Al Qaeda nació al final de la guerra de mano de la iniciativa privada saudí que funcionó en paralelo al esfuerzo estadounidense que se canalizó vía los servicios secretos de Pakistán. Pero esa es otra historia larga que nadie se ha molestado en conocer.

Si uno repasa la visión de @_ju1_ sobre los orígenes de la guerra de Afganistán, la brutal represión del PDPA y la invasión soviética para derrocar al presidente afgano no aparecen. Así se construyen estos relatos de “qué tiempos aquellos tan maravillosos”, omitiendo pequeños detalles significativos.

Bibliografía sobre la yihad afgana

Una de las preguntas que me asaltó durante mucho tiempo fue cómo terminaron los Estados Unidos apoyando a radicales islamistas en la guerra de Afganistán durante los años 80. La respuesta corta y rápida es que en aquel momento se hizo como una medida cortoplacista en el que “todo valía” para perjudicar a la Unión Soviética. Pero eso no explica por qué se apoyó a los islamistas radicales en concreto. Así que con esa pregunta en mi cabeza leí bastantes cosas. Hice un resumen de lo que aprendí hace ya bastante tiempo aquí mismo, en este blog. Lo escribí en 2007 bajo los efectos de leer la estúpida entrada de la Wikipedia en español sobre Osama Bin Laden (recordemos que en el 90% de los casos, la versión en inglés es “enciclopédicamente” mejor).

Antes de escribir aquella entrada y desde entonces nunca paré de encontrar comentarios por ahí que a “Bin Laden lo entrenó la CIA”, en un sobresimplificación de lo que fue la yihad afgana. Estos días he visto el mismo fenómeno, referido a Siria, donde alguno mete en el mismo saco al ISIS, el Frente Al-Nusra, el Ejército Sirio Libre y los Comités de Coordinación Local para afirmar cosas como que “EE.UU. es aliada de Al Qaeda en Siria”. Pero de Siria, supongo, tendremos que seguir hablando.

Hablaba de todo esto hace poco con Demócrito de Abdera y prometí confeccionar una bibliografía sobre la yihad afgana, listando los libros que me ayudaron a comprender cómo EE.UU. terminó apoyando a islamistas radicales y cómo de entre los árabes-afganos surgió lo que algún día llegó a ser Al Qaeda.

Ghost Wars: The Secret History of the CIA, Afghanistan and Bin Laden de Steve Coll. Una obra monumental que abarca de 1979 al 9 10 de septiembre de 2001. El libro es condenadamente exhaustivo y detallado. Leer sus cientos y cientos de páginas menudas se siente como ascender el Tourmalet. En sus páginas leemos sobre los enrevesados recovecos de los pasillos de Washington y los azarosos giros inesperados de la Historia. El mundo pudo haber seguido otro camino de haber tomado ciertas personas otras decisiones en otros momentos, de haber existido otra correlación de fuerzas en pugnas internas, de haberse considerado ciertos factores despreciados, etc. Pero la Historia transcurrió por el camino que siguió, porque aquellas personas contaban con la información disponible en aquel momento. Y resulta ahora fácil señalar los errores porque ya sabemos cómo terminó todo. Así que, cuando terminas el libro literalmente te entran ganas de darle con un bate de béisbol en la cara al primero que te suelta un cliché progre sobre EE.UU., la guerra de Afganistán, Bin Laden y Al Qaeda.

La torre elevada: Al-Qaeda y los orígenes del 11-S de Lawrence Right. Otro libro ganador del Pulitzer. Si Steve Coll trataba de seguir el hilo entre la yihad afgana y el 11-S, Lawrence Right se remonta a Qutb y los Hermanos Musulmanes en Egipto en los años 50, tal como hacía “The Power of Nightmares”. Es un libro entretenido y ameno, cuyos capítulos finales, el FBI yendo un paso detrás de Al Qaeda tras el atentado contra el USS Cole, se leen como un thriller no menos apasionante porque sepamos cómo concluye.

Soldados de Dios de  Robert D. Kaplan. Uno de sus primeros libros. Juraría que el propio Kaplan lo señalaba como una “obra de juventud”. Para lo que nos interesa, se trata de un libro donde entre otras cosas se describe el ambiente de la retaguardia de la yihad afgana. Kaplan visita esa “corte de los milagros” que era Peshawar, con sus guerrilleros, intrigantes, periodistas, activistas, cooperantes, espías y buscavidas. Kaplan apunta a los intereses de Pakistán en apoyar a unos rebeldes y a otros no, junto a las circunstancias particulares de cada grupo que moldearon la decisión. Tras su lectura la idea de unos muyahidines organizados de forma jerárquica y totalmente controlados por la CIA resulta risible.

La guerra eterna de Dexter Filkins. Un libro de memorias periodísticas de un reportero de guerra que vivió la yihad afgana, Afganistán bajo los talibán y hasta estuvo metido en el meollo de la batalla de Fallujah. El espacio que dedica al final de la yihad afgana es breve. Pero es significativo por el encontronazo que tiene con los árabes-afganos, en una onda totalmente diferente a la de los muyahidines, hospitalarios y agradecidos por la cobertura extranjera.

Apuntes norirlandeses sobre Afganistán

Cuenta Íñigo Sáenz de Ugarte que la comisión oficial sobre el Bloody Sunday de 1972 ha publicado sus conclusiones tras 12 años y 235 millones de euros gastados.

Dice Sáenz de Ugarte, a cuenta del incidente:

“La comunidad católica perdió cualquier rastro de confianza en las instituciones británicas. En definitiva, garantizó que la guerra continuara durante muchos años”

Sería interesante averiguar la percepción que tienen los afganos de sus instituciones. Quizás alguien podría ponerlo en relación con la marcha de la guerra que va camino de su noveno año.

En los tiempos del Gran Juego

No es que pretende hacerle la competencia a pesle mesle presentando textos en inglés o que de pronto añore los tiempos del Raj. Acabo de terminar el monumental “The Great Game: On Secret Service in High Asia” y es imposible evitar trazar paralelismos históricos en las partes referentes a la Primera Guerra Afgana.

En la primavera de 1839 una fuerza de 15.000 soldados británicos e indios, el “Ejército del Indo”, invadió Afganistán con la intención de deponer al emir del país y colocar en el trono a un gobernante títere. El candidato a usurpar el trono apoyado por los británicos, Shuja Shah, había sido despuesto anteriormente por el gobernante de aquel momento después de que él a su vez hubiera hecho lo propio con su hermano, que… Vamos, lo habitual por Asia Central en aquellos tiempos.

El 25 de abril las tropas invasoras entraron en Kandahar.

Because there apeared to be no likehood of any resistance, the British units were ordered to hold back to make it appear that Shujah‘s own troops had restored Kandahar to him. On April 25 […] Shujah entered the city withouth a shot being fired. A large and curious crowd turned out to see him, with the men thronging the streets and their womenfolk lining the rooftoops and balconies. Flowers were strewn in his path and he was greeted with shouts of ‘Kandahar is freed’ and ‘We look to you for protection’ as he rode in triumph through the city.

Después de aquello el emir de Afganistán huyó a las montañas sabiendo que sus tropas no podrían hacer frente a las británcias. Shujah Shah se convirtió en el nuevo gobernante. Los británicos se retiraron dejando una guarnición en Kabul. La cosa no duró mucho. Con el país revuelto por la intromisión británica y la presencia de tropas extranjeras en enero de 1842 las fuerzas británicas tuvieron que huir de la capital rumbo a Jalalabad. 4.500 soldados acompañados por 12.000 civiles salieron de la capital. Al destino llegó una sola persona: Un médico. El resto murió combatiendo o masacrado por el camino. Shujah Sha, el mismo al que habían vitoreado a su entrada en el país, terminó asesinado. Simpáticos los afganos.