De la guerra nómada en los océanos de area del Sahel a la guerra en red

Edición española de septiembre de 1990.

En 1988 se publicó la novela ciberpunk Islas en la Red de Bruce Sterling. La protagonista trabaja en una corporación cooperativa llamada Rhizome y el transcurso de los acontecimientos termina llevándola a Mali. Allí cae en manos de un grupo insurgente de nómadas tuaregs que se mueven por el desierto con buggies eléctricos que recargan la baterías con paneles solares. El empleo de vehículos todoterreno por parte de tribus nómadas en el desierto del Chad era ya conocido por el gran público entonces. Encontramos referencias tan tempranas como el artículo “Chad. The Great Toyota War” en la revista Time del 23 de abril de 1984.

Dos Desert Patro Vehicle de los SEAL en Kuwait (2002). Foto: Photographer’s Mate 1st Class Arlo Abrahamson / U.S. Navy via Wikimedia.

La protagonista de Islas en la Red se encuentra con Jonathan Gresham, un periodista estadounidense que se ha unido a los tuaregs y es el autor de un manual militar llamado La Doctrina Lawrence y la insurgencia postindustrial. Se trata de una referencia evidente a las ideas de T. E. Lawrence, “Lawrence de Arabia”, enviado en plena Primera Guerra Mundial por el alto mando británico en Oriente Medio a contactar con el jerife de la Meca y evaluar la revuelta de las tribus del Hiyaz contra el Imperio Otomano en medio de la Primera Guerra Mundial.

Lawrence concluyó que la mejor opción no era apoyar al jerife de la Meca a formar un ejército convencional que presentara batalla por la ciudad de Medina, sino que emprendiera una campaña de insurgencia nómada sin centro de gravedad. En diciembre de 2012 escribí aquí una reseña de la monumental Los Siete Pilares de la Sabiduría (919 páginas de texto) y entonces destaqué:

“Los ejércitos son como las plantas, inmóviles, firmemente arraigadas, nutridas por largos troncos conectados con la cabeza” (pág. 268). Los irregulares árabes fracasarían tratando de enfrentarse directamente con las tropas turcas. Su mejor opción es vagar por el terreno lanzando ataques esporádicos convertidos en “una influencia, una idea, algo intangible, invulnerable, sin frente ni retaguardia, que se extiende por todas partes como un gas” (pág 268.); “como un vapor, que se difundiera allí donde deseáramos” (pág. 269) . Lawrence utiliza en su provecho lo temporal del compromiso de los árabes que van y vienen, ausentándose en tiempo de cosechas y apareciendo cuando una batalla promete obtener botín. Ataca aquí y allá, obligando a los turcos a fijar más y más tropas en el terreno.

Acabada la guerra, por cierto, la Enciclopedia Britannica le pidió a Lawrence que escribiera un artículo para la entrada “Guerrilla”. El texto está disponible gratuitamente en español gracias a la editorial Acuarela.

Pocos dúos tan icónicos en el mundo de la Filosofía como Deleuze y Guattari.

La guerra nómada como metáfora de la guerra en red en la era de la sociedad de la información fue sugerida por los filósofos Félix Guattari y Gilles Deleuze ya en 1980 en su obra Mil Mesetas. Su obra se caracteriza por la típica logorrea inane de los posmodernos franceses, pero les cabe el mérito plantear que lo que hoy llamamos sociedad de la información pero entonces sociedad postindustrial se caracterizaría por la aparición de organizaciones con forma de red distribuida. La conexión con Islas en la Red es evidente. Rhizome, la corporación cooperativa en la que trabaja la protagonista y cuyo nombre corresponde a un tipo de tallo subterráneo fue el término empleado por Guattari y Deleuze

Las ideas de Deleuze y Guattari inspiraron a posteriores generaciones de estudiosos de la guerra, aunque estuvieran un tanto al margen del establishment. En la RAND Corporation, John Arquilla y David Ronfeldt concluyeron tras la Operación DESERT STORM que habíamos asistido a un anticipo de las guerras tecnológicas del futuro. Una revisión crítica de los acontecimientos revela cómo las fuerzas terrestres aliadas avanzaron casi a ciegas contra las líneas iraquíes pero Arquilla y Ronfeldt imaginaron un futuro donde una fuerza móvil dotada de sensores, armamento inteligente y altamente conectada podría enfrentarse a otra menos tecnificada y menos numerosa. A ese tipo de guerra lo llamaron inicialmente “ciberguerra”, pero pronto concluyeron que serían los actores no estatales los que más ventaja obtendrían en la era de la información. Así, terminaron acuñando el término netwar y centrándose en las tácticas de enjambre (swarming), donde unidades dispersas e individualmente débiles intercambian información para localizar un objetivo y atacarle en masa simultáneamente.

Mientras, en la segunda mitad de la década de los 90, el establishment estadounidense se volcaba en el concepto de Revolución de los Asuntos Militares y la consiguiente Transformación para adaptar sus fuerzas militares a ella, siempre pensando en un rival estatal (“peer competitor“),  Arquilla y Ronfeldt se volcaron en estudiar el uso de Internet por parte de grupos insurgentes y organizaciones criminales. Su libro Networks and Netwars estaba listo para imprenta cuando al mundo le sorprendió el 11 de septiembre de 2001.

Tras la invasión de Afganistán, parte del núcleo duro de Al Qaeda fue aniquilado en su huida de Kandahar a Pakistán. Uno de los instructores de los campamentos de yihadista culpó a Bin Laden de haberse dejado cegar por las cámaras de televisión y que su ambición de lanzar un gran atentado en suelo estadounidense había terminado inevitablemente con la superpotencia arrasando el bastión yihadista de Afganistán. Además, el grueso de las fuerzas de Al Qaeda en Afganistán habían perecido en batallas contra los invasores en lo que llamó “el síndrome de Tora Bora”. Decidió entonces publicar un repaso de la evolución del yihadismo y plantear un nuevo tipo de estrategia basada no en organizaciones clandestinas, sino en células aisladas: “un sistema, no una organización”. El yihadista en cuestión era el ciudadano español Mustafá Setmarian, alias Abu Musab Al Suri. Su libro Llamada a la Resistencia Islámica Global apareció en Internet a finales de 2004. En 2015 hice un repaso a sus ideas, en el contexto de los ataques en Europa de yihadistas actuando en solitario: “El regreso de la yihad individual”.

Mustafá Setmarian (“Abu Musab Al Sur”) con Osama Bin Laden en Afganistán.

Por aquellas mismas fechas, Israel sufría los embates de la Segunda Intifada. Un grupo de oficiales israelíes, reunidos en torno a la figura del general Shimon Naveh en el Operation Theory Research Institute (OTRI), decidió poner patas arriba, “deconstruir” en jerga posmoderna, su perspectiva sobre la guerra contra las fuerzas irregulares palestinas en las poblaciones de Cisjordania. Leyeron obras de arquitectos, urbanistas, sociólogos y filósofos, especialmente a Félix Guattari y Gilles Deleuze. Cuando se enfrentaron a la tarea de asaltar la ciudad vieja de Nablús, con sus callejuelas llenas de trampas y lugares propicios para emboscadas, decidieron hacer lo inesperado: dividir a la fuerza asaltante en grupos pequeños para atacar desde todas las direcciones simultáneamente y avanzar atravesando paredes y techos, como si la ciudad y sus muros fuera un simple constructo mental. La arrogancia intelectual de Naveh y su carácter abrasivo no le ganó amigos entre las Fuerzas de Defensa de Israel. Su uso de jerga posmoderna convirtió a los miembros del OTRI en un grupo de frikis incomprensibles a ojos del establishment militar, cuando no eran percibidos como un grupo de embaucadores de ideas vacías y poco prácticas. En 2015 hice un repaso en “La perspectiva israelí de la guerra en red”.

Las Guerra Toyota volvieron al Sahel, escenario de la novela Islas en la Red. Grupos insurgentes de Chad y Sudán lanzaron raids de larga distancia hasta alcanzar la capital del país para lanzar un ataque al centro de gravedad del Estado. Se trataba de la aplicación de una táctica ancestral de la guerra nómada en el desierto, el rezzou o razzia, pero mediante el empleo de vehículos a motor. Los chadianos habían logrado a finales de los 80 éxitos espectaculares contra las fuerzas libias en Chad y especialmente con su ataque a la base aérea de Maaten Al Sarra dentro de territorio libio. Si en los 80, los chadianos cabalgaban 500 kilómetros con sus Toyota, a mediados de la década pasada los ataques tenían lugar a 1.000 kilómetros de distancia gracias a las capacidades de mando y control que permitían los teléfonos satélite  tipo Thuraya. En 2011 abordé el tema en “Swarming en el desierto”.

En 2013 la atención mundial se volcó en Mali, uno de los escenarios visitados por la protagonista de Islas en la Red. Una revuelta tuareg en el norte del país generó un vacío de poder aprovechado por los yihadistas. Tras meses de fallidos intentos de crear una fuerza de paz africana, los yihadistas pasaron a la ofensiva y obligaron a los franceses a intervenir. Dos años más tarde apareció en la revista Ejército del Ejército de Tierra española el artículo “Operación Serval: El estilo francés de hacer la guerra”.  Una de las cosas que más me interesó es que los franceses aplicaron allí lo que llamaron “Batalla Aeroterrestre en Profundidad”. El jefe del Estado Mayor de los Ejércitos franceses durante la guerra resultó ser un almirante. Y cuando le preguntaron si no era chocante que un marino dirigiera una guerra terrestre lejos del mar respondió que la guerra en el desierto no se diferenciaba de la guerra naval: dos bandos moviéndose por océanos de arena tratando de localizarse para descargar toda su fuerza contra el otro. Traté el asunto en aquellos días en Un almirante detrás de la fulgurante ofensiva francesa en Mali”.

La experiencia francesa en Mali me hizo reflexionar cómo los grandes espacios en África imponía un tipo de guerra móvil con unidades pequeñas actuando con gran autonomía. Aquel artículo de la intervención francesa terminaría convirtiéndose en el primero de lo que espero sea una serie sobre guerras africanas a publicar en la revista Ejército del que han salido dos y tengo planeados otros dos. Así que en 2015 me preguntaba “¿Hay un estilo africano de hacer la guerra?”

Al final, los años de guerra contrainsurgencia en lugares como Afganistán e Iraq dejaron en segundo plano todos los desarrollos teóricos de la guerra en red. Internet se convirtió en el contexto adecuado para la aparición de acciones coordinadas de redes distribuidas. Mientras, empezaron las teorizaciones sobre el empleo de enjambres de drones baratos de usar y tirar. En 2015 reseñé conjuntamente dos trabajos sobre el swarming: uno sobre los Ataques Distribuidos de Denegación de Servicio (DDOS en sus siglas en inglés) y otro sobre el uso de drones en una hipotética la guerra en red contra China. El tema de los enjambres de drones empezó a recibir atención y presupuesto, tal como recogí el año pasado en mi repaso a uno de los proyectores pioneros en EE.UU. en “Drones en red”.

Desde que leí por primera vez Islas en la Red en 2011 y descubrí la imaginaria “Doctrina Lawrence y la insurgencia postindustrial” me quedó ganas de darle vueltas al concepto, porque aunaba dos temas que me interesan mucho: la guerra en red y el empleo de vehículos ligeros en operaciones móviles. Ya en febrero de 2018 le daba una vuelta a todo ello en “De la guerra nómada a las guerras Toyota” y “La larga historia de los todoterreno en operaciones móviles en el desierto”. De momento, tengo pendiente escribir para la revista Ejército un repaso a la fase final de la guerra del Chad en la segunda mitad de la década de los 80. Y seguiré recopilando materiales y bibliografía sobre guerra en red para lo que quiero que sea mi tercer libro.

 

Cómo un trabajo que me suspendieron en la carrera será la introducción a mi tercer libro

La última asignatura específica de Sociología que aprobé en la carrera fue Sociología de la Comunicación. Era el segundo cuatrimestre del curso 2002/2003 y había que hacer un trabajo para superar la asignatura. Yo elegí estudiar la relación entre Internet y el movimiento antiglobalización. Recordemos que el movimiento antiglobalización se había estrenado en Seattle el 30 de noviembre de 1999, justo a los tres meses de empezar yo la carrera y aquello me impactó. Yo había seguido los preparativos de las protestas a través de una lista de correo de la Z Magazine y el resultado me sorprendió. Me gustaba aquella transversalidad de gente unida sin sectarismos sobre unos principios mínimos, especialmente considerando el vacío ideológico tras la caída del Muro de Berlín. Y me gustó  lo que me contaron a la vuelta de las grandes protestas de Praga de 2000, donde habían establecido tres columnas donde se respetaba las tácticas y principios de cada cual: La rosa era festiva y pacífica, la blanca era de resistencia activa no violenta y la negra violenta y radical.

Yo había sido voluntario en una ONGD y había sido activo en movimientos como el 0,7% y la RCADE. Viviendo en Canarias pagábamos el coste de la insularidad. Era complicado coordinar las acciones en todo el archipiélago y el resto de España. Así que para mí Internet era un mundo de posibilidades. La pregunta por tanto, como sociólogo, era qué relación había entre los nuevos movimientos sociales y las nuevas tecnologías que permitían una comunicación horizontal que rompían jerarquías, lo que incluía los novedosos documentos editables a varias manos. Leí sobre los valores de la contracultura de los padres de Internet y la creación de los protocolos informáticos que hacían de Internet una red distribuida. No recuerdo qué conclusiones llegué en el trabajo. Sólo recuerdo que el profesor me suspendió. No había lugar para la tecnología en la Sociología de la Comunicación, me dijo.

Gráficos de Paul Baran, pionero de las redes distribuidas.

El sociólogo que más me había impactado durante la carrera había sido el español Manuel Castells, autor de la monumental trilogía La Era de la Información. Así que la decisión del profesor más que injusta, me pareció ridícula. Tomé el texto y le quité la introducción donde hablaba de la historia de Internet para sustituirla por otra donde mencionaba los conceptos que el profesor quería leer. Los puse en negrita, cómo no. Y por último, cambié el tipo de letra de Arial 10 a Arial 12. Pasé del suspenso al sobresaliente.

Desafortunademente, o no, perdí el texto original del trabajo. Sólo conservo borradores de varios epígrafes. Los estuve releyendo este fin de semana. Y encontré que eran perfectamente reciclables para un proyecto que tengo en la cabeza desde que terminé mi primer libro. Todo este tiempo he estado dándole vueltas cómo encajar el concepto de guerra en red en el esquema general de las Guerras Posmodernas. A veces he pensado que es un componente más. Y otras he pensado que es un tema que merece un libro propio. He optado por la segunda opción definitivamente y tengo ya perfectamente definidos cuatro de los cinco capítulos.  Sé que es un libro que interesará a cuatro gatos pero lo escribiré sólo por el placer de escribir del trayecto que va de las Mil Mesetas de Delleuze y Guatari hasta los conceptos de guerra en red que en Estados Unidos están desarrollando para enfrentarse a China, hablando por el camino de Virilio, Brossolet, Arquilla, Ronfeldt, Cebrowski, Gartska, etc. y conceptos como netwar y swarming.

De la guerra nómada a las guerras Toyota

Fuerzas chadianas en el noreste de Nigeria para combatir a Boko Haram.

Como conté el otro día, tengo debilidad por la experiencia histórica de las Guerras Toyota en el Chad de finales de los años 80. La idea de actualizar las razzia tuareg empleando todoterrenos en largas cabalgadas por el desierto fue a su vez puesta al día en Chad y Sudán hace una década, con el empleo de teléfonos móviles y dispositivos GPS en incursiones de mil kilómetros.

Trasvase de suministros de un camión nodriza Oskosh M1078 “WarPig” a los GMV de las fuerzas especiales estadounidenses en el norte de Iraq.

Las sucesivas campañas de Afganistán, Iraq y el Sahel reintrodujeron el concepto de todoterreno para fuerzas de operaciones especiales, del que los británicos fueron pioneros en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial y volvieron a emplear en Omán en los 70 y en Iraq en 1991. Su prueba de fuego vino en el frente norte de la invasión estadounidense de Iraq. Un grupo reducido de fuerzas especiales estadounidenses acompañaba en abril de 2003 en su avance a irregulares kurdos cuando se encontraron en el Paso de Debecka, entre Mosul y Kirkuk, con fuerzas mecanizadas del régimen iraquí. Los 26 boinas verdes estadounidenses iban a bordo de vehículos GMV, sólo con ametralladoras M2HB y lanzagranadas Mk.19 de 40mm. como armamento principal. Pero contaban con una buena reserva de misiles anticarro Javelin, que emplearon generosamente contra carros de combate T-55, blindados MT-LB, camiones y todoterrenos de las fuerzas iraquíes.

Disparo de misil Javelin en la Batalla del Paso de Debecka.

En 2010, William F. Owen, antiguo oficial del ejército británico, propuso en el Small Wars Journal el concepto de “Horda Toyota”, una fuerza numerosa dotada de vehículos todoterreno 4×4 armados con abundantes misiles anticarro y misiles antiaéreos portátiles (MANPADS), contando como único refuerzo lanzacohetes de artillería tipo BM-21 “Grad”. Owen sostenía que una fuerza así era capaz de enfrentarse con éxito a otra mayor de carácter convencional.

Todoterrenos iraníes Safir con misil Toosan-1 (versión local del 9M113 Konkurs de diseño soviético).

Curiosamente toda estas ideas sobre la evolución tecnológica de la guerra de los nómadas del desierto que lleva desarrollándose en el mundo anglosajón durante las dos últimas décadas fue anticipada en Francia en los años 70. Los filósofos Félix Guattari y Gilles Deleuze hablaron ya en 1980 en su libro Mil Mesetas de la guerra nómada y citaron como referencia a Guy Brossollet, que anticipó en Ensayo sobre la no batalla el concepto de campo de batalla vacía. Su objetivo fue estudiar el problema del empleo en Europa central de fuerzas convencionales en pleno uso de armas nucleares tácticas. Brossollet proponía como respuesta una forma de guerra distribuida y en profundidad. Según Alexander R. Galloway, Brossollet anticipó “The coming warfare will be network-centric”. En esos planteamientos de guerra distribuida, las fuerzas defensoras actuarían como guerrillas pero empleando armamento avanzado. En cierta forma anticipó así el concepto de Guerra Híbrida. De ahí que renaciera el interés por sus ideas tras la proliferación de análisis sobre la guerra de 2006 y el grupo libanés Hezbolá.

Tras el fallecimiento de Brossollet en 2015, Jean-Dominique Merchet contó en su obituario que el “iconoclasta ensayo” fue “muy mal recibido por la alta jerarquía durante sus estudios en la Escuela Superior de Guerra en 1972-74”. De hecho, la carrera militar de Brossollet se vio perjudicada y se le negó el mando de un regimiento. Fue enviado a la agregaduría militar francesa en Pekín, donde renunció a su carrera como militar. Merchet recogió en su obituario algunos comentarios de Alexis Brossollet sobre las ideas de su padre. Según Alexis Brossollet, lo que su padre había propuesto era el despliegue de “una malla de módulos ligeros”, formada por vehículos ligeros con misiles anticarro, desde el norte de Francia a los Alpes. Tal fuerza se desplegaría a lo largo de 500km. en una profundidad de 120km., combinada con numerosos helicópteros cazacarros y reforzada con carros de combate. Aporta también Alexis Brossollet, que entre la correspondencia de su padre encontró una carta de un ingeniero de Panhard que le contaba lo influyente que habían sido sus ideas en el desarrollo del Vehicule Blindé Legèr.

Panhard VBL con lanzador de misil anticarro MILAN.

Algún día escribiré una historia del concepto de guerra distribuida, arrancando con los filósofos posmodernos franceses y pasando por Arquilla, Ronfeldt, Cebrowski, Garstka, Setmarian y McChrystal, para finalmente llegar a los actuales desarrollos doctrinales de guerra en red estadounidenses para enfrentarse a China en el Océano Pacífico. Algún día.

Drones en red

Tras la aplastante victoria aliada en la Guerra del Golfo (1991), John Arquilla y David Ronfeldt se dedicaron a teorizar en el seno de la RAND Corporation sobre el futuro de la guerra tecnológica tras la experiencia de lo que se denominó “The First Information War”. Arquilla y Ronfeldt plantearon que tecnologías como el GPS, sensores electrónicos y enlaces de datos permitirían a los combatientes del futuro organizase como una red compartiendo información sobre la ubicación de cada cual y la del enemigo. Bastaba que un nodo de la red detectara el enemigo para  transmitir esa información al resto y coordinar un ataque en enjambre (swarming). A eso modo de guerra lo llamaron guerra en red (netwar).

Mientras tanto, las especulaciones sobre las guerras del futuro de gurús como el matrimonio Toffler y el matrimonio Friedman anticipaban una visión de una nueva era de incontestada hegemonía militar estadounidense gracias a la tecnología que en plena burbuja .com fue asumida por el Pentágono bajo el concepto de Revolución en los Asuntos Militares. Después de la crisis del Estrecho de Taiwán (1996) y ante los programas de proliferación nuclear de “rogue states” como Corea del Norte e Irán, el Pentágono encontró los enemigos convencionales que le faltaban.

Sin embargo, Arquilla y Ronfeldt se alejaron cada vez más de la perspectiva estato-céntrica para indagar el uso de nuevas tecnologías por parte de redes de delincuentes, hackers, terroristas y desidentes políticos. Quiso la casualidad que su libro Networks & Netwars: The Future of Terror, Crime, and Militancy estuviera listo para imprenta en vísperas del 11-S. Justo entonces los medios de comunicación no pararon de hablar de la amenaza de las “redes terroristas”, como un tipo de organización novedosa que hacía difícilmente penetrable a Al Qaeda frente al tradicional modelo de organización piramidal clandestina (recordemos a ETA y su “aparato logístico”, “aparato de mugas”, “aparato de propaganda”, etc). Las fantasías tecnológicas quedaron aparcadas hasta la muerte de Osama Bin Laden y la retirada estadounidense de Iraq en 2011. Aquel año, el presidente Barack Obama anunció que quería cerrar capítulo, tras una década volcados en la amenaza terrorista y Oriente Medio, para girar su atención hacia Asia (pivot to Asia). Léase, la prioridad de Estados Unidos iba a ser China.

Foto: Todd P. Cichonowicz / U.S. Navy
Foto: Todd P. Cichonowicz / U.S. Navy

El Océano Pacífico presenta un campo de batalla parecido al desierto. Es el lugar idóneo para una guerra convencional tecnológica de alta intensidad, donde priman las fuerzas con mejores sensores y mejores armas inteligentes de largo alcance. Por consiguiente, el Pentágono volvió a teorizar sobre guerra en red pensando en China. Nació así el “Air-Sea Battle Concept”, que rescataba el concepto de guerra en red (véase mi artículo al respecto en el número de marzo de 2014 de la Revista General de Marina).

Los avances tecnológicos en sistemas autónomos permitió retomar el debate, pensando no ya en unidades de combate altamente interconectadas, sino en enjambres de drones. Paul Scharre lo planteaba en Drones in the Battlefield Part II: The Coming Swarm, un documento de octubre del 2014 del think-tank Center for a New American Security que reseñé aquí en mi blog. Scharre imaginaba enjambres de drones baratos con cabeza de guerra que una vez detectaran un objetivo se lanzaran a por él. Dos años después tuvo lugar una prueba del concepto.

El pasado día 8 de enero de 2017 el Departamento de Defensa reveló una prueba hecha en octubre de 2016 consistente en el lanzamiento de 103 microdrones Perdix desde tres F-18 en vuelo. Según el comunicado, los microdrones “mostraron comportamientos avanzados de enjambre” como “toma de decisiones colectiva” y “vuelo en formación adaptativo”. Se trata de unos aparatos que no están preprogramados, sino que “comparten un cerebro distribuido para la toma de decisiones y se adaptan los unos a los otros como enjambres en la naturaleza”. El vídeo hecho público muestra a los microdrones Perdix siendo lanzados desde contenedores subalares y desarrollar varias formaciones en vuelo para terminar orbitando sobre un punto establecido.

Los microdrones Perdix se tratan de un desarrollo de estudiantes del Massachusetts Institute of Technology. Son pequeños aparatos biplanos, alimentados con una batería de polímero de litio y fabricados con fibra de carbono y kevlar. El objetivo del Pentágono es encontrar empresas que fabrican series del Perdix a bajo coste como parte de un esfuerzo de generar  sistemas innovadores aprovechando los desarrollos de la tecnología civil. Los microdrones Perdix, por ejemplo, podrían se dotados con equipos de interferencia electrónica o servir de señuelos. En paralelo hay otros diseños de sistemas autónomos, como el barco autónomo Sea Hunter. Todos son prototipos de primeración generación que lucirán muy diferentes cuando lleguen al campo de batalla.

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com:

Breve historia de la teoría de la guerra red (3 mayo 2013).

Volver a la guerra en red (22 enero 2015).

El regreso del swarming (9 marzo 2015).

Repensar las Guerras Posmodernas (5 junio 2015).

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El regreso de la yihad atomizada

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A finales de 2004 empezó a circular por las páginas webs yihadistas Llamada a la Resistencia Islámica Global, el opus magnum del  español de origen sirio Mustafá Setmarian, alias Abu Musab Al Suri. El centro de su reflexión había sido los sucesivos fracasos de los grupos combatientes yihadistas, desde la derrota frente a los regímenes árabes en los años 80 y 90 a la caída del bastión afgano de Al Qaeda después del 11-S. Según resumió Lawrence Wright, autor de The Looming Tower,  en su artículo “The Master Plan”, las ideas de Al Suri plantean:

que la próxima fase de la yihad se caracterizará por terrorismo creado por individuos o grupos autónomos pequeños (lo que él denomina “resistencia sin líderes”) que desgastarán al enemigo y prepararán el terreno para el más ambicioso objetivo de hacer la guerra en “frentes abiertos

Hice mi propio análisis de las ideas de Al Suri en un trabajo académico “Mustafá Setmarian y la yihad individual”. En ese trabajo hice un repaso a los atentados terroristas llevados a cabo en Europa por yihadistas aislados y el balance es afortunadamente malo para los terroristas. El paso de grupos terroristas numerosos a yihadistas descargando fórmulas para fabricar explosivos en casa se saldó con muchos fallidos terroristas quemados y heridos por su propio artefacto y un número reducido de víctimas. Después de los atentados terroristas del 11-M en Madrid y 7-J en Londres, la mayor vigilancia policial desbarató un montón de iniciativas terroristas organizadas por grupos numerosos. Mi conclusión es que la yihad global abanderada por Al Qaeda había entrado en crisis incluso antes de la muerte de Bin Laden en 2011. Escribí al respecto precisamente a propósito de la muerte de Bin Laden para la revista Fuerzas de Defensa y Seguridad en “La muerte de Bin Laden y el declive de la yihad global”.

Occidente vive una nueva oleada de terrorismo individual que comenzó en diciembre de 2014 en Francia con tres casos de atropello, una técnica empleada por palestinos en Israel.

El sábado 20 de diciembre de 2014 un ciudadano francés convertido al Islam fue abatido en una comisaría de Joue-les-Tours, cerca de Torus, tras herir a tres policías con un cuchillo mientras gritaba Allāhu akbar. Al día siguiente, el domingo 21 de diciembre de 2014, un hombre atropelló con su coche a trece personas en Dijon mientras gritaba Allāhu akbar. El atacante fue identificado como un “conocido paciente psiquiátrico” y también como converso al Islam. Al día siguiente, un hombre lanzó una furgoneta contra el público asistente a un mercadillo navideño en Nantes, con el resultado de cinco personas heridas graves. El atacante también gritó Allāhu akbar. Según la BBC, las autoridades franceses se mostraron cautas en trazar un patrón en los tres ataques. Otro caso de atropellos tuvo lugar el 20 de enero de 2015 en la ciudad austríaca de Graz, con el resultado de tres muertos y 36 heridos. El atacante había sido denunciado días antes por su mujer por agresión, tras negarse ella a llevar el hiyab.

En la noche del 14 al 15 de febrero se produjeron dos ataques con arma de fuego en Copenhague. El primero contra un café donde se celebraba un evento titulado “Arte, blasfemia y libertad de expresión”. El segundo, pasado la medianoche, fue contra la Gran Sinagoga de Copenhague. El balance fue de dos muertos y cinco heridos. El terrorista, que fue abatido por la policía, empleó un fusil de asalto del tipo empleado por las fuerzas armadas danesas. Al parecer, días antes del ataque había jurado fidelidad al Estado Islámico y su líder en su página de Facebook.

El ataque en Copenague hay, además, que clasificarlo en una subcategoría aparte: los ataques contra la comunidad judía europea. Recordemos que el 19 de marzo 2012 fue atacada una escuela judía en Toulousse. Fue asesinado un rabino, dos de sus hijos (de 6 y 3 años) junto con la hija (de 8 años) del director de la escuela. Y también habría que recordar que el 24 de mayo de 2014 fue atacado el Museo Judío de Bruselas, donde fueron asesinadas cuatro personas. No me olvido tampoco de las jornadas sangrientas en Francia el pasado mes de enero. Siendo menos del 1% de la población francesa, los judíos supusieron un tercio de las víctimas. Aparte de varios dibujantes judíos, la única mujer asesinada en la redacción del Charlie Hebdo fue la judía Elsa Cayat. Y mientras la atención mundial se centró en el ataque a la revista y la libertad de expresión, se dejó en segundo plano las cuatro víctimas judías del supermercado kosher “Hyper Cacher”.

El 3 de mayo de 2015 se produjo en Garland (Texas) un tiroteo a las afueras de un centro de convenciones donde se celebraba un certamen de caricaturas del profeta Mahoma. Los dos atacantes, murieron y un policía resultó herido. Previamente, uno de ellos, había publicado un Twitter su juramento de fidelidad al líder del Estado Islámico.

Dos oficinas militares, un centro de reclutamiento y un centro de la reserva naval, en Chattanooga (Tennessee) fueron tiroteadas el 16 de julio con el resultado de cinco muertos. Según la familia del atacante, que resultó muerto en el tiroteo, tenía problemas mentales y abusaba de las drogas. Se produjo así una controversia sobre sus motivaciones, algo que como vemos se repite en muchos casos.

El pasado 10 de agosto un ciudadano eritreo a punto de ser deportado del país atacó atacó con un cuchillo a varios clientes en la sección de utensilios de cocina de una tienda de Ikea en la localidad de Vasteras (Suecia). El ataque se saldó con dos muertos, madre e hijo, un herido grave y el atacante herido tras apuñalarse a sí mismo. La reacción de Ikea después del ataque fue retirar los cuchillos de sus tiendas. Mientras que existe cierta polémica sobre si una de las víctimas fue decapitada, lo que le daría un significado diferente al ataque.

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Por último, tres ciudadanos estadounidenses (dos militares fuera de servicio) y un profesor de rugby británico redujeron ayer a un terrorista armado con un AK en un tren francés que hacía la ruta Amsterdam-París. Uno de los militares resultó herido. El atacante vivió en España, estaba fichadísimo por los servicios de inteligencia y posiblemente pasó por el territorio sirio controlado por el Estado Islámico. Sin embargo, él argumenta que encontró el AK abandonado en unos matorrales.

Una constante se repite en todos estos casos. A las autoridades pertinentes les cuesta hablar de ataques terroristas y se habla repetidamente de los atacantes como desequilibrados mentales. Se hace todo lo posible por no hablar del origen étnico y afiliación religiosa de los terrorista.  Me queda por tanto la duda si se trata del miedo a reconocer la existencia de una nueva ola terrorista o una estrategia deliberada de negarle a los yihadistas el impacto mediático que buscaban. Es decir, no sé si estoy ante una cadena de irresponsabilidades o una jugada brillante perfectamente coordinada por las autoridades de los países occidentales.

Si el objetivo del terrorismo es generar un impacto emocional masivo que lleve a la opinión pública a pedir un cambio de política a los gobiernos, no parece que estos atentados vayan a tener un impacto en la implicación de los países de la OTAN en la lucha contra el Estado Islámico, por ejemplo. Y es que, pensemos, que declarar una alerta terrorista prolongada no tendría sentido. Se puede extremar la precaución en lugares públicos y medios de transporte (¿veremos medidas de seguridad más estrictas en trenes?), pero la experiencia revela que no se pueden proteger todos los lugares todo el tiempo. Además, los terroristas han ido cambiando su modus operandi y siempre irán un paso por delante. Desde el punto de vista frío e implacable del Estado, el goteo de muertos es asumible en la lucha global contra el terrorismo islamista.

De la sociedad industrial a la sociedad red

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El pasado jueves 25 participé en la primera mesa redonda de las jornadas “Tenerife, Isla Colaborativa” que organiza el Foro de Economía Colaborativa y Social de Tenerife con el imprescindible impulso de Pedro Martín de Commonomia.

 Mi perspectiva es que lo que se ha venido en llamar Economía Colaborativa no es el resultado coyuntural de la actual crisis económica, que hubiera súbitamente vuelto a todo el mundo más empático y generoso, sino que son síntomas de los cambios sociales del paso de la Sociedad Industrial a la Sociedad de la Información.

Cuando hablamos de Sociedad Industrial no nos referimos únicamente a ciertas formas de organización de la economía y el trabajo, sino que constituye en sí misma una “civilización” que se refleja en la política, la familia, la educación, los medios de comunicación, etc. No cuesta comprender que todo ello está ahora mismo en “crisis”, es decir en transformación.

Annex - Chaplin, Charlie (Modern Times)_01

La naturaleza de la Sociedad Industrial es el orden jerárquico y la sincronía. Obreros y estudiantes que entran uniformados a la misma hora a la fábrica y en el colegio para salir cuando suena la sirena. Lectores de periódico que leen en papel una selección de las noticias del día anterior. Televidentes que se sientan a la misma hora para ver las noticias que se emiten siempre a la misma hora y con el mismo formato. La sociedad de la información viene a romper con todo ello y lo vemos en todos los órdenes de la vida.

Evidentemente, hablé de los estudios de Paul Baran para la RAND Corporation sobre las redes de comunicación con estructura de red distribuida, que están en la base de Internet. Hablar de la transformación social hacia la sociedad de la información es hablar de la aparición de estructuras más distribuidas y asíncronas.

baran_netAsí, la sociedad de la información trae nuevas de organización y una nueva ética del trabajo. Hablé de los conceptos expresados en La Catedral y el Bazar por Eric S. Raymond (1997) y La ética del hacker y el espíritu de la era de la información  (2001) por Pekka Himanen.

En el turno de preguntas me dio tiempo de entrar en las contradicciones y limitaciones de las nuevas estructuras en red, algo que he tratado aquí en el último medio año. Véase “Volver a la guerra red” (enero 2015) y “Repensar las Guerras Posmodernas” (junio 2015).

Esta es la segunda vez que me llaman para hablar del tema y es la segunda vez que me toca hacer una intervención breve de 15 minutos. Me gustaría poder algún día poder profundizar en el tema y desarrollarlo más. Sería el capítulo inicial de mi aparcado proyecto de libro sobre netwar. Tampoco es mi primera incursión en otros temas ajenos al blog. Fui invitado a participar en el blog del Maker Space Tenerife, donde en 2013 publiqué “Hacia una nueva revolución industrial” y “Tras la deslocalización,  reindustrialización“.

Este semana tendrá lugar la segunda tanda de actividades de las jornadas “Tenerife, Isla Colaborativa”.

El regreso del swarming

En las últimas semanas he tratado de enderezar el rumbo del blog retomando su propósito original. En los dos últimos años me había dejado consumir por la geopolítica y la geoeconomía dejando de lado llamar la atención sobre todo aquello novedoso en la transformación de los conflictos.

Recapitulando, en “Volver a la guerra red” conté cómo mi propósito inicial de escribir un libro contando lo mucho que había cambiado el mundo de los conflictos en red se había estrellado contra la realidad al hacer un revisión de casos. Véase, por ejemplo, mi texto “Mustafá Setmarian y la yihad individual”. Amplié mis miras más allá del mundo anglosajón con una aproximación a las teorías israelíes de la “guerra difusa” en “La perspectiva israelí de la guerra en red“. Tampoco estaría de más rescatar “Breve historia de la teoría de la guerra red” y “Bibliografía urgente sobre activismo en red” para aquellos que no conozcan el contexto del debate. Las estructuras en redes distribuidas no sólo las abordé desde el punto de vista del conflicto, sino también de la colaboración. Como es el caso del análisis de información y el trabajo policial que traté en “Redes de conocimiento”.  Y  cuando parecía que el debate había quedado en las teorizaciones de John Arquilla, David Ronfeldt y John Robb, que andan ahora en otras cosas, me encontré dos textos que retoman el debate. Los dos tienen en su título la extensión. “The coming swarming”.

9781623568221 The Coming Swarming: DDOS actions, hacktivism and civil disobedience  de Molly Sauter aborda los ataques distribuidos de denegación de servicio (DDOS) como herramienta de activismo político. El libro nació a partir de una tesis de fin de máster y se nota, porque tiene ese típico discurso académico que mantiene una cierta distancia de las cosas y disecciona las partes con una extensión muy distinta a si fuera un texto divulgativo. No es que eso tenga de malo. Recuerdo escribir un trabajo durante la carrera sobre hackers para la asignatura de Antropología Social. Pero en eso tipo de trabajos se dedica mucho espacio a realizar paralelismos con fenómenos del mundo off-line para sustentar la relevancia del tema y la pertinencia del trabajo. En este caso, Sauter sostiene que las acciones organizadas para tumbar páginas mediante ataques DDOS deberían considerarse el equivalente actual a la sentadas frente a edificios del movimiento de derechos civiles y por tanto una acción política en Internet. El argumento es relevante porque la autora señala cómo en varios casos se ha tratado como actos criminales que han recibido castigos ejemplares, además de recibir la severa atención de las agencias gubernamentales de espionaje. En el final del libro se aborda cómo los ataques DDOS han pasado a estar más relacionados con la ciberguerra y el cibercrimen, confundiéndose en el todo las acciones con una intencionalidad política.  Y es el que concepto “distribuido” aquí resulta engañoso cuando, por ejemplo, ya existen herramientas que permiten que un actor en solitario lance este tipo de ataques. La ciberguerra ha avanzado a pasos agigantados y sin embargo sigue siendo un tema pendiente en este blog.

RobotCNAS ComingSwarm_WEB_PTics on the Battlefield Part II: The Coming Swarm de Paul Scharre es un documento del think-tank Center for a New American Security, que ha actuado como laboratorio del gobierno Obama en la sombra por lo que por él han pasado figuras relevantes y del que han salido ideas bastante  interesantes. Scharre plantea el debate avanzando desde el punto en que había quedado en los tiempos en que Arquilla y Ronfeldt plantearon el swarming. Recordemos que para estos últimos el momento culminante que puso en marcha su trabajo fue la Operación “Tormenta del Desierto” y las fuerzas acorazadas estadounidense corriendo por las extensiones áridas del sur de Iraq. Scharre piensa en cambio en futuros enfrentamientos navales, China evidentemente, con las nuevas tecnologías de aviones sin piloto en mente. El concepto de enjambre cobra ahora sentido literal gracias a un futuro abaratamiento de aviones sin piloto de bajo coste que unan capacidades ISR y una cabeza de guerra que les convierta en proyectil guiado. Así, bastaría con un solo aparato detectara a una unidad enemiga para que la información corriera por la red y el resto del enjambre se lanzara a por él. Eso nos lleva al debate sobre la robotización, la autonomía de los aparatos y la necesidad o no de “man in the loop”

China ha construido 83 buques lanzamisiles Tipo 022 de 220 toneladas.
China ha construido 83 buques lanzamisiles Tipo 022 de 220 toneladas.

El otro campo donde desarrolla el concepto es el campo naval entrando en cálculos probabilísticos sobre la ventaja de una flotilla frente a un único buque pesado. Esto viene a colación de que la U.S. Navy cada vez tiene menos buques. Y tras la retirada de las fragatas clase “Oliver Hazard Perry” (modificadas en España para dar lugar a la clase “Santa María”), se encontrará con los destructores clase “Arleigh Burke” como caballo de batalla. Un buque que en su última variante, la Flight III, supera ya las 9.000 toneladas y lo coloca en el peso de un crucero de antes de la Segunda Guerra Mundial.

Simplificando las ideas de Scharre, él vería preferible desplegar 44 buques ligeros de 220 toneladas de desplazamiento Tipo 022 que un destructor “Arleigh Burke” Flight III de 9.800, siendo la suma de desplazamientos la misma. La cantidad supone una cierta calidad en sí misma.  Recurriendo al cálculo probabilístico demuestra que un pim-pam-pum de misiles antibuques hay más probabilidad de que la flotilla de unidades más ligeras alcance a la unidad pesada. Añade además como ventajas que con más unidades se cubre más superficie del mar y se añade más incertidumbre al enemigo. Mi objeción es que asume sin problemas que habrá bajas, algo que no me imagino que entre en los planes de la U.S. Navy. Y me parece que olvida que hay diferencias cualitativas notables entre un buque ligero y otro pesado. Hablamos de la autonomía, la cantidad de armas que puede portar y la naturaleza de los sensores que puede portar por tamaño y potencia eléctrica instalada.

Con sus limitaciones y mis objeciones, no me queda más que dar la bienvenida estos dos textos a un debate que había quedado algo parado.

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