De la guerra nómada en los océanos de area del Sahel a la guerra en red

Edición española de septiembre de 1990.

En 1988 se publicó la novela ciberpunk Islas en la Red de Bruce Sterling. La protagonista trabaja en una corporación cooperativa llamada Rhizome y el transcurso de los acontecimientos termina llevándola a Mali. Allí cae en manos de un grupo insurgente de nómadas tuaregs que se mueven por el desierto con buggies eléctricos que recargan la baterías con paneles solares. El empleo de vehículos todoterreno por parte de tribus nómadas en el desierto del Chad era ya conocido por el gran público entonces. Encontramos referencias tan tempranas como el artículo “Chad. The Great Toyota War” en la revista Time del 23 de abril de 1984.

Dos Desert Patro Vehicle de los SEAL en Kuwait (2002). Foto: Photographer’s Mate 1st Class Arlo Abrahamson / U.S. Navy via Wikimedia.

La protagonista de Islas en la Red se encuentra con Jonathan Gresham, un periodista estadounidense que se ha unido a los tuaregs y es el autor de un manual militar llamado La Doctrina Lawrence y la insurgencia postindustrial. Se trata de una referencia evidente a las ideas de T. E. Lawrence, “Lawrence de Arabia”, enviado en plena Primera Guerra Mundial por el alto mando británico en Oriente Medio a contactar con el jerife de la Meca y evaluar la revuelta de las tribus del Hiyaz contra el Imperio Otomano en medio de la Primera Guerra Mundial.

Lawrence concluyó que la mejor opción no era apoyar al jerife de la Meca a formar un ejército convencional que presentara batalla por la ciudad de Medina, sino que emprendiera una campaña de insurgencia nómada sin centro de gravedad. En diciembre de 2012 escribí aquí una reseña de la monumental Los Siete Pilares de la Sabiduría (919 páginas de texto) y entonces destaqué:

“Los ejércitos son como las plantas, inmóviles, firmemente arraigadas, nutridas por largos troncos conectados con la cabeza” (pág. 268). Los irregulares árabes fracasarían tratando de enfrentarse directamente con las tropas turcas. Su mejor opción es vagar por el terreno lanzando ataques esporádicos convertidos en “una influencia, una idea, algo intangible, invulnerable, sin frente ni retaguardia, que se extiende por todas partes como un gas” (pág 268.); “como un vapor, que se difundiera allí donde deseáramos” (pág. 269) . Lawrence utiliza en su provecho lo temporal del compromiso de los árabes que van y vienen, ausentándose en tiempo de cosechas y apareciendo cuando una batalla promete obtener botín. Ataca aquí y allá, obligando a los turcos a fijar más y más tropas en el terreno.

Acabada la guerra, por cierto, la Enciclopedia Britannica le pidió a Lawrence que escribiera un artículo para la entrada “Guerrilla”. El texto está disponible gratuitamente en español gracias a la editorial Acuarela.

Pocos dúos tan icónicos en el mundo de la Filosofía como Deleuze y Guattari.

La guerra nómada como metáfora de la guerra en red en la era de la sociedad de la información fue sugerida por los filósofos Félix Guattari y Gilles Deleuze ya en 1980 en su obra Mil Mesetas. Su obra se caracteriza por la típica logorrea inane de los posmodernos franceses, pero les cabe el mérito plantear que lo que hoy llamamos sociedad de la información pero entonces sociedad postindustrial se caracterizaría por la aparición de organizaciones con forma de red distribuida. La conexión con Islas en la Red es evidente. Rhizome, la corporación cooperativa en la que trabaja la protagonista y cuyo nombre corresponde a un tipo de tallo subterráneo fue el término empleado por Guattari y Deleuze

Las ideas de Deleuze y Guattari inspiraron a posteriores generaciones de estudiosos de la guerra, aunque estuvieran un tanto al margen del establishment. En la RAND Corporation, John Arquilla y David Ronfeldt concluyeron tras la Operación DESERT STORM que habíamos asistido a un anticipo de las guerras tecnológicas del futuro. Una revisión crítica de los acontecimientos revela cómo las fuerzas terrestres aliadas avanzaron casi a ciegas contra las líneas iraquíes pero Arquilla y Ronfeldt imaginaron un futuro donde una fuerza móvil dotada de sensores, armamento inteligente y altamente conectada podría enfrentarse a otra menos tecnificada y menos numerosa. A ese tipo de guerra lo llamaron inicialmente “ciberguerra”, pero pronto concluyeron que serían los actores no estatales los que más ventaja obtendrían en la era de la información. Así, terminaron acuñando el término netwar y centrándose en las tácticas de enjambre (swarming), donde unidades dispersas e individualmente débiles intercambian información para localizar un objetivo y atacarle en masa simultáneamente.

Mientras, en la segunda mitad de la década de los 90, el establishment estadounidense se volcaba en el concepto de Revolución de los Asuntos Militares y la consiguiente Transformación para adaptar sus fuerzas militares a ella, siempre pensando en un rival estatal (“peer competitor“),  Arquilla y Ronfeldt se volcaron en estudiar el uso de Internet por parte de grupos insurgentes y organizaciones criminales. Su libro Networks and Netwars estaba listo para imprenta cuando al mundo le sorprendió el 11 de septiembre de 2001.

Tras la invasión de Afganistán, parte del núcleo duro de Al Qaeda fue aniquilado en su huida de Kandahar a Pakistán. Uno de los instructores de los campamentos de yihadista culpó a Bin Laden de haberse dejado cegar por las cámaras de televisión y que su ambición de lanzar un gran atentado en suelo estadounidense había terminado inevitablemente con la superpotencia arrasando el bastión yihadista de Afganistán. Además, el grueso de las fuerzas de Al Qaeda en Afganistán habían perecido en batallas contra los invasores en lo que llamó “el síndrome de Tora Bora”. Decidió entonces publicar un repaso de la evolución del yihadismo y plantear un nuevo tipo de estrategia basada no en organizaciones clandestinas, sino en células aisladas: “un sistema, no una organización”. El yihadista en cuestión era el ciudadano español Mustafá Setmarian, alias Abu Musab Al Suri. Su libro Llamada a la Resistencia Islámica Global apareció en Internet a finales de 2004. En 2015 hice un repaso a sus ideas, en el contexto de los ataques en Europa de yihadistas actuando en solitario: “El regreso de la yihad individual”.

Mustafá Setmarian (“Abu Musab Al Sur”) con Osama Bin Laden en Afganistán.

Por aquellas mismas fechas, Israel sufría los embates de la Segunda Intifada. Un grupo de oficiales israelíes, reunidos en torno a la figura del general Shimon Naveh en el Operation Theory Research Institute (OTRI), decidió poner patas arriba, “deconstruir” en jerga posmoderna, su perspectiva sobre la guerra contra las fuerzas irregulares palestinas en las poblaciones de Cisjordania. Leyeron obras de arquitectos, urbanistas, sociólogos y filósofos, especialmente a Félix Guattari y Gilles Deleuze. Cuando se enfrentaron a la tarea de asaltar la ciudad vieja de Nablús, con sus callejuelas llenas de trampas y lugares propicios para emboscadas, decidieron hacer lo inesperado: dividir a la fuerza asaltante en grupos pequeños para atacar desde todas las direcciones simultáneamente y avanzar atravesando paredes y techos, como si la ciudad y sus muros fuera un simple constructo mental. La arrogancia intelectual de Naveh y su carácter abrasivo no le ganó amigos entre las Fuerzas de Defensa de Israel. Su uso de jerga posmoderna convirtió a los miembros del OTRI en un grupo de frikis incomprensibles a ojos del establishment militar, cuando no eran percibidos como un grupo de embaucadores de ideas vacías y poco prácticas. En 2015 hice un repaso en “La perspectiva israelí de la guerra en red”.

Las Guerra Toyota volvieron al Sahel, escenario de la novela Islas en la Red. Grupos insurgentes de Chad y Sudán lanzaron raids de larga distancia hasta alcanzar la capital del país para lanzar un ataque al centro de gravedad del Estado. Se trataba de la aplicación de una táctica ancestral de la guerra nómada en el desierto, el rezzou o razzia, pero mediante el empleo de vehículos a motor. Los chadianos habían logrado a finales de los 80 éxitos espectaculares contra las fuerzas libias en Chad y especialmente con su ataque a la base aérea de Maaten Al Sarra dentro de territorio libio. Si en los 80, los chadianos cabalgaban 500 kilómetros con sus Toyota, a mediados de la década pasada los ataques tenían lugar a 1.000 kilómetros de distancia gracias a las capacidades de mando y control que permitían los teléfonos satélite  tipo Thuraya. En 2011 abordé el tema en “Swarming en el desierto”.

En 2013 la atención mundial se volcó en Mali, uno de los escenarios visitados por la protagonista de Islas en la Red. Una revuelta tuareg en el norte del país generó un vacío de poder aprovechado por los yihadistas. Tras meses de fallidos intentos de crear una fuerza de paz africana, los yihadistas pasaron a la ofensiva y obligaron a los franceses a intervenir. Dos años más tarde apareció en la revista Ejército del Ejército de Tierra española el artículo “Operación Serval: El estilo francés de hacer la guerra”.  Una de las cosas que más me interesó es que los franceses aplicaron allí lo que llamaron “Batalla Aeroterrestre en Profundidad”. El jefe del Estado Mayor de los Ejércitos franceses durante la guerra resultó ser un almirante. Y cuando le preguntaron si no era chocante que un marino dirigiera una guerra terrestre lejos del mar respondió que la guerra en el desierto no se diferenciaba de la guerra naval: dos bandos moviéndose por océanos de arena tratando de localizarse para descargar toda su fuerza contra el otro. Traté el asunto en aquellos días en Un almirante detrás de la fulgurante ofensiva francesa en Mali”.

La experiencia francesa en Mali me hizo reflexionar cómo los grandes espacios en África imponía un tipo de guerra móvil con unidades pequeñas actuando con gran autonomía. Aquel artículo de la intervención francesa terminaría convirtiéndose en el primero de lo que espero sea una serie sobre guerras africanas a publicar en la revista Ejército del que han salido dos y tengo planeados otros dos. Así que en 2015 me preguntaba “¿Hay un estilo africano de hacer la guerra?”

Al final, los años de guerra contrainsurgencia en lugares como Afganistán e Iraq dejaron en segundo plano todos los desarrollos teóricos de la guerra en red. Internet se convirtió en el contexto adecuado para la aparición de acciones coordinadas de redes distribuidas. Mientras, empezaron las teorizaciones sobre el empleo de enjambres de drones baratos de usar y tirar. En 2015 reseñé conjuntamente dos trabajos sobre el swarming: uno sobre los Ataques Distribuidos de Denegación de Servicio (DDOS en sus siglas en inglés) y otro sobre el uso de drones en una hipotética la guerra en red contra China. El tema de los enjambres de drones empezó a recibir atención y presupuesto, tal como recogí el año pasado en mi repaso a uno de los proyectores pioneros en EE.UU. en “Drones en red”.

Desde que leí por primera vez Islas en la Red en 2011 y descubrí la imaginaria “Doctrina Lawrence y la insurgencia postindustrial” me quedó ganas de darle vueltas al concepto, porque aunaba dos temas que me interesan mucho: la guerra en red y el empleo de vehículos ligeros en operaciones móviles. Ya en febrero de 2018 le daba una vuelta a todo ello en “De la guerra nómada a las guerras Toyota” y “La larga historia de los todoterreno en operaciones móviles en el desierto”. De momento, tengo pendiente escribir para la revista Ejército un repaso a la fase final de la guerra del Chad en la segunda mitad de la década de los 80. Y seguiré recopilando materiales y bibliografía sobre guerra en red para lo que quiero que sea mi tercer libro.

 

Drones en red

Tras la aplastante victoria aliada en la Guerra del Golfo (1991), John Arquilla y David Ronfeldt se dedicaron a teorizar en el seno de la RAND Corporation sobre el futuro de la guerra tecnológica tras la experiencia de lo que se denominó “The First Information War”. Arquilla y Ronfeldt plantearon que tecnologías como el GPS, sensores electrónicos y enlaces de datos permitirían a los combatientes del futuro organizase como una red compartiendo información sobre la ubicación de cada cual y la del enemigo. Bastaba que un nodo de la red detectara el enemigo para  transmitir esa información al resto y coordinar un ataque en enjambre (swarming). A eso modo de guerra lo llamaron guerra en red (netwar).

Mientras tanto, las especulaciones sobre las guerras del futuro de gurús como el matrimonio Toffler y el matrimonio Friedman anticipaban una visión de una nueva era de incontestada hegemonía militar estadounidense gracias a la tecnología que en plena burbuja .com fue asumida por el Pentágono bajo el concepto de Revolución en los Asuntos Militares. Después de la crisis del Estrecho de Taiwán (1996) y ante los programas de proliferación nuclear de “rogue states” como Corea del Norte e Irán, el Pentágono encontró los enemigos convencionales que le faltaban.

Sin embargo, Arquilla y Ronfeldt se alejaron cada vez más de la perspectiva estato-céntrica para indagar el uso de nuevas tecnologías por parte de redes de delincuentes, hackers, terroristas y desidentes políticos. Quiso la casualidad que su libro Networks & Netwars: The Future of Terror, Crime, and Militancy estuviera listo para imprenta en vísperas del 11-S. Justo entonces los medios de comunicación no pararon de hablar de la amenaza de las “redes terroristas”, como un tipo de organización novedosa que hacía difícilmente penetrable a Al Qaeda frente al tradicional modelo de organización piramidal clandestina (recordemos a ETA y su “aparato logístico”, “aparato de mugas”, “aparato de propaganda”, etc). Las fantasías tecnológicas quedaron aparcadas hasta la muerte de Osama Bin Laden y la retirada estadounidense de Iraq en 2011. Aquel año, el presidente Barack Obama anunció que quería cerrar capítulo, tras una década volcados en la amenaza terrorista y Oriente Medio, para girar su atención hacia Asia (pivot to Asia). Léase, la prioridad de Estados Unidos iba a ser China.

Foto: Todd P. Cichonowicz / U.S. Navy
Foto: Todd P. Cichonowicz / U.S. Navy

El Océano Pacífico presenta un campo de batalla parecido al desierto. Es el lugar idóneo para una guerra convencional tecnológica de alta intensidad, donde priman las fuerzas con mejores sensores y mejores armas inteligentes de largo alcance. Por consiguiente, el Pentágono volvió a teorizar sobre guerra en red pensando en China. Nació así el “Air-Sea Battle Concept”, que rescataba el concepto de guerra en red (véase mi artículo al respecto en el número de marzo de 2014 de la Revista General de Marina).

Los avances tecnológicos en sistemas autónomos permitió retomar el debate, pensando no ya en unidades de combate altamente interconectadas, sino en enjambres de drones. Paul Scharre lo planteaba en Drones in the Battlefield Part II: The Coming Swarm, un documento de octubre del 2014 del think-tank Center for a New American Security que reseñé aquí en mi blog. Scharre imaginaba enjambres de drones baratos con cabeza de guerra que una vez detectaran un objetivo se lanzaran a por él. Dos años después tuvo lugar una prueba del concepto.

El pasado día 8 de enero de 2017 el Departamento de Defensa reveló una prueba hecha en octubre de 2016 consistente en el lanzamiento de 103 microdrones Perdix desde tres F-18 en vuelo. Según el comunicado, los microdrones “mostraron comportamientos avanzados de enjambre” como “toma de decisiones colectiva” y “vuelo en formación adaptativo”. Se trata de unos aparatos que no están preprogramados, sino que “comparten un cerebro distribuido para la toma de decisiones y se adaptan los unos a los otros como enjambres en la naturaleza”. El vídeo hecho público muestra a los microdrones Perdix siendo lanzados desde contenedores subalares y desarrollar varias formaciones en vuelo para terminar orbitando sobre un punto establecido.

Los microdrones Perdix se tratan de un desarrollo de estudiantes del Massachusetts Institute of Technology. Son pequeños aparatos biplanos, alimentados con una batería de polímero de litio y fabricados con fibra de carbono y kevlar. El objetivo del Pentágono es encontrar empresas que fabrican series del Perdix a bajo coste como parte de un esfuerzo de generar  sistemas innovadores aprovechando los desarrollos de la tecnología civil. Los microdrones Perdix, por ejemplo, podrían se dotados con equipos de interferencia electrónica o servir de señuelos. En paralelo hay otros diseños de sistemas autónomos, como el barco autónomo Sea Hunter. Todos son prototipos de primeración generación que lucirán muy diferentes cuando lleguen al campo de batalla.

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com:

Breve historia de la teoría de la guerra red (3 mayo 2013).

Volver a la guerra en red (22 enero 2015).

El regreso del swarming (9 marzo 2015).

Repensar las Guerras Posmodernas (5 junio 2015).

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Repensar las Guerras Posmodernas

Hubo una época en que este blog me servía de cuaderno de apuntes para ir construyendo el modelo de las Guerras Posmodernas. En el verano de 2009 entregué mi libro y en 2010 fue publicado. Hoy ya no está disponible en librerías y he perdido la cuenta de la gente que me ha preguntado dónde conseguirlo. Durante un tiempo pensé en que debería trabajar en una segunda versión bastante corregida y bastante ampliada. Hoy las partes en la que hablo de ciberguerra y empresas militares privadas me dan bastante vergüenza, por ejemplo. Necesita más que un lavado de cara.

Por el camino se cruzaron dos proyectos. Uno fue el de guerra en red, que en un principio iba a ser mi segundo libro y que vendría a complementar al primero. Pero según me acerqué a la realidad, fui encontrando pocas redes realmente distribuidas. Por ejemplo, el discurso de Jason Burke sobre Al Qaeda resultó ser minoritario. La verdad es que la auténtica naturaleza del grupo no se sabrá a ciencia cierta hasta que los archivos relevantes incautados en Abottabad estén desclasificados. Pero todo apunto en que Al Qaeda había mucha más jerarquía y burocracia de la que creemos. El asunto de la guerra en red requirió volver a darle un par de vueltas y a eso me dediqué una temporada.

Además, en “Swarming en la selva” (8 marzo 2015) hice una reseña de un libro sobre la campaña birmana durante la Segunda Guerra Mundial. De paso habría que recordar “Swarming en el desierto” (3 enero 2011).

Sobre la guerra en red me queda escribir lo que he sacado en claro de Jean Baudrillard y Félix Guattari en Mil Mesetas por un lado y por otro lado de Antonio Negri y Michael Hardt en Multitud. Hay mucho de farfolla en la obra de los primeros, algo que ya sabíamos desde Imposturas Intelectuales. Mientras que los segundos sorprendentemente tienen unas cuantas cosas que aportar a la perspectiva de las Guerras Posmodernas. Por último tendré que hacer un comentario sobre el artículo “Los ejércitos como redes. El dilema entre jerarquía y descentralización” que un lector me ha señalado apareció en el número de mayo de 2015 de la revista Ejército. Como ven, el asunto está ahí fuera.

El segundo proyecto que me planteé fue sobre la Nueva Guerra Fría y me atasqué con el conflicto de Ucrania, que esta semana parece que eleva su temperatura. La cuestión es que hay ahora mismo está surgiendo tal avalancha de información sobre el aparato de propaganda y la implicación rusas que el esquema de trabajo pide a gritos una reorganización. Creo que ahora mismo la parte geopolítica del asunto es menos relevante que la ideológica y propagandística.

La guerra en Ucrania es una cuestión después de la cual no es posible seguir hablando de Guerras Posmodernas de la misma manera. En el libro quise insistir en la idea principal del fin del Estado como actor fundamental en los conflictos actuales aunque tuviera en cuenta la perspectiva de crecientes rivalidades en Asia Pacífico dentro de la lógica de las “guerras modernas”. Incluso me impuse la condición no mencionar ni una sola vez el 11-S para no tentar al lector de simplificar las Guerras Posmodernas y quedarse con la retórica de la Global War On Terror.

La invasión rusa de Ucrania nos lleva a plantear las formas no tradicionales en la que los Estados participan en conflictos armados. El empleo de tropas sin identificar, milicias, contratistas etc. ha puesto de moda el término Guerras Híbridas, que en la década pasada planteó Frank G. Hoffman e introdujo en España el desaparecido Jorge Aspizua. No es el único término empleado para describir las acciones encubiertas rusas. John R. Schindler propone el término “guerra especial” y sus ideas nos llevan a repasar lo planteado por Robert D. Kaplan en 1998 en “Special Intelligence”. Oportunamente el año pasado el general Valery Gerasimov puso en circulación el término “guerra no lineal”. Y el abuso hecho en Venezuela con términos y conceptos referidos a nuevas formas de conflicto no debería hacernos olvidar que sí hubo un intento serio de reconsiderar el concepto de Guerras de Cuarta Generación (4GW) para plantear dónde podría llevarnos el siguiente paso. Me refiero al libro The Handbook of Fifth-Generation Warfare (5GW) editado por Daniel H. Abbott (tdxap) y en el que entre otros participaron Mark Safranski (Zenpundit) y David Axe (War is Boring)

Es decir, tenemos debate y reflexión para rato. Porque aunque la atención se haya puesto en Rusia, tenemos que pensar que Estados Unidos lleva tiempo empleando la triada drones/ciberguerra/fuerzas especiales en guerras no declaradas contra Irán y en las zonas tribales de Pakistán. En estos caso la tentación es despreciar cualquier intento de implantar un neologismo por considerarlo una forma de esnobismo intelectual o bien caer en el adanismo de creer que cada uno de estos fenómenos por separado es absolutamente novedosos. En cualquier caso habrá que acotar términos, ver qué aportan y estudiar qué nuevas formas tienen los Estados de recurrir a la violencia o implicarse en conflictos.

El regreso del swarming

En las últimas semanas he tratado de enderezar el rumbo del blog retomando su propósito original. En los dos últimos años me había dejado consumir por la geopolítica y la geoeconomía dejando de lado llamar la atención sobre todo aquello novedoso en la transformación de los conflictos.

Recapitulando, en “Volver a la guerra red” conté cómo mi propósito inicial de escribir un libro contando lo mucho que había cambiado el mundo de los conflictos en red se había estrellado contra la realidad al hacer un revisión de casos. Véase, por ejemplo, mi texto “Mustafá Setmarian y la yihad individual”. Amplié mis miras más allá del mundo anglosajón con una aproximación a las teorías israelíes de la “guerra difusa” en “La perspectiva israelí de la guerra en red“. Tampoco estaría de más rescatar “Breve historia de la teoría de la guerra red” y “Bibliografía urgente sobre activismo en red” para aquellos que no conozcan el contexto del debate. Las estructuras en redes distribuidas no sólo las abordé desde el punto de vista del conflicto, sino también de la colaboración. Como es el caso del análisis de información y el trabajo policial que traté en “Redes de conocimiento”.  Y  cuando parecía que el debate había quedado en las teorizaciones de John Arquilla, David Ronfeldt y John Robb, que andan ahora en otras cosas, me encontré dos textos que retoman el debate. Los dos tienen en su título la extensión. “The coming swarming”.

9781623568221 The Coming Swarming: DDOS actions, hacktivism and civil disobedience  de Molly Sauter aborda los ataques distribuidos de denegación de servicio (DDOS) como herramienta de activismo político. El libro nació a partir de una tesis de fin de máster y se nota, porque tiene ese típico discurso académico que mantiene una cierta distancia de las cosas y disecciona las partes con una extensión muy distinta a si fuera un texto divulgativo. No es que eso tenga de malo. Recuerdo escribir un trabajo durante la carrera sobre hackers para la asignatura de Antropología Social. Pero en eso tipo de trabajos se dedica mucho espacio a realizar paralelismos con fenómenos del mundo off-line para sustentar la relevancia del tema y la pertinencia del trabajo. En este caso, Sauter sostiene que las acciones organizadas para tumbar páginas mediante ataques DDOS deberían considerarse el equivalente actual a la sentadas frente a edificios del movimiento de derechos civiles y por tanto una acción política en Internet. El argumento es relevante porque la autora señala cómo en varios casos se ha tratado como actos criminales que han recibido castigos ejemplares, además de recibir la severa atención de las agencias gubernamentales de espionaje. En el final del libro se aborda cómo los ataques DDOS han pasado a estar más relacionados con la ciberguerra y el cibercrimen, confundiéndose en el todo las acciones con una intencionalidad política.  Y es el que concepto “distribuido” aquí resulta engañoso cuando, por ejemplo, ya existen herramientas que permiten que un actor en solitario lance este tipo de ataques. La ciberguerra ha avanzado a pasos agigantados y sin embargo sigue siendo un tema pendiente en este blog.

RobotCNAS ComingSwarm_WEB_PTics on the Battlefield Part II: The Coming Swarm de Paul Scharre es un documento del think-tank Center for a New American Security, que ha actuado como laboratorio del gobierno Obama en la sombra por lo que por él han pasado figuras relevantes y del que han salido ideas bastante  interesantes. Scharre plantea el debate avanzando desde el punto en que había quedado en los tiempos en que Arquilla y Ronfeldt plantearon el swarming. Recordemos que para estos últimos el momento culminante que puso en marcha su trabajo fue la Operación “Tormenta del Desierto” y las fuerzas acorazadas estadounidense corriendo por las extensiones áridas del sur de Iraq. Scharre piensa en cambio en futuros enfrentamientos navales, China evidentemente, con las nuevas tecnologías de aviones sin piloto en mente. El concepto de enjambre cobra ahora sentido literal gracias a un futuro abaratamiento de aviones sin piloto de bajo coste que unan capacidades ISR y una cabeza de guerra que les convierta en proyectil guiado. Así, bastaría con un solo aparato detectara a una unidad enemiga para que la información corriera por la red y el resto del enjambre se lanzara a por él. Eso nos lleva al debate sobre la robotización, la autonomía de los aparatos y la necesidad o no de “man in the loop”

China ha construido 83 buques lanzamisiles Tipo 022 de 220 toneladas.
China ha construido 83 buques lanzamisiles Tipo 022 de 220 toneladas.

El otro campo donde desarrolla el concepto es el campo naval entrando en cálculos probabilísticos sobre la ventaja de una flotilla frente a un único buque pesado. Esto viene a colación de que la U.S. Navy cada vez tiene menos buques. Y tras la retirada de las fragatas clase “Oliver Hazard Perry” (modificadas en España para dar lugar a la clase “Santa María”), se encontrará con los destructores clase “Arleigh Burke” como caballo de batalla. Un buque que en su última variante, la Flight III, supera ya las 9.000 toneladas y lo coloca en el peso de un crucero de antes de la Segunda Guerra Mundial.

Simplificando las ideas de Scharre, él vería preferible desplegar 44 buques ligeros de 220 toneladas de desplazamiento Tipo 022 que un destructor “Arleigh Burke” Flight III de 9.800, siendo la suma de desplazamientos la misma. La cantidad supone una cierta calidad en sí misma.  Recurriendo al cálculo probabilístico demuestra que un pim-pam-pum de misiles antibuques hay más probabilidad de que la flotilla de unidades más ligeras alcance a la unidad pesada. Añade además como ventajas que con más unidades se cubre más superficie del mar y se añade más incertidumbre al enemigo. Mi objeción es que asume sin problemas que habrá bajas, algo que no me imagino que entre en los planes de la U.S. Navy. Y me parece que olvida que hay diferencias cualitativas notables entre un buque ligero y otro pesado. Hablamos de la autonomía, la cantidad de armas que puede portar y la naturaleza de los sensores que puede portar por tamaño y potencia eléctrica instalada.

Con sus limitaciones y mis objeciones, no me queda más que dar la bienvenida estos dos textos a un debate que había quedado algo parado.

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Volver a la guerra en red

La guerra en red (netwar) es uno de los asuntos junto con la ciberguerra más abandonados por este blog. Cuando terminé mi primer libro eché en falta poder encajar en la trama del libro la guerra en red y las redes distribuidas. Así que la decisión obvia allá por mayo de 2010 fue escribir un nuevo libro en que desarrollara el asunto. Los amigos y los más viejos lectores de este blog recordarán el proyecto. Tuvo como título provisional Guerras Distribuidas. Hablé de él muchas veces comentando los cambios a su estructrura y los temas de la actualidad que se relacionaban con él. Pero según avancé el proyecto se vino abajo.

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Según fui leyendo sobre guerrillas, terrorismo, ciberguerra… se me fueron cayendo los temas. ¿Guerrillas distribuidas? A pesar del impacto del teléfono móvil Thuraya en lugares como Sudán o Somalia no se puede decir que veamos ahora un mundo de fuerzas insurgentes de estructura más horizontal. Los señores de la guerra y los bigmen siguen sosteniendo, a pesar de los cambios en la superficie, el poder informal en los valles de Afganistán y en las guerras de África. ¿Terrorismo distribuido? Un trabajo académico me llevó a concluir que el paso de campos de entrenamiento en Afganistán a un terrorismo atomizado de aprendices de la yihad que se descargaban recetas de bombas en Internet había derivado a finales de la década pasada en un fracaso de la yihad global, simbolizada en la muerte de Osama Bin Laden. Por no hablar del funcionamiento centralizado y burocratizado de Al Qaeda o la proclamación del Califato. En la penúltima versión del proyecto pretendía centrarme en el swarming.

Encontré ejemplos interesantes en el activismo social. ¿Pero no era meter en el mismo saco las revueltas sociales y el terrorismo una forma de “criminalización de la protesta”? Hace poco leí De la Ley Sinde a la #spanishrevolution de Arnau Fuentes y me pareció interesante su visión de cómo el 15-M se desinfló por su indefinición. No es nada paradójico que un partido con un núcleo marxista-leninista sea el que haya nutrido de la gente que se estrenó en política con aquellas movilizaciones. Habrá que estar atento a la segunda parte de su ensayo. Y el primer capítulo me hizo recordar que está pendiente de escribirse sobre el trabajo de Gene Sharp o cómo OTPOR en Serbia dio lugar a CANVAS, la escuela de “revoluciones de colores”. Algo que ya tocaba Carlos González Villa en Las Revoluciones de Colores.

Se fueron cayendo temas hasta que, como dije entonces, “me quedó algo así como un árbol podado a fondo, esquelético y feo sin sus hojas“. Reorganicé todo y me quedé por último con un proyecto de libro de ciberguerra, tema que apenas he tocado en este blog a pesar de que allá por 2007 me dije que tendría que escribir sobre los ciberataques rusos contra Estonia antes de que el tema se pusiera de moda. El último coletazo de la guerra distribuida fue mi idea de dedicarle un capítulo en una futura segunda edición extendida y puesta al día de Guerras Posmodernas.

Ha pasado tanto tiempo que ahora veo la cosas con otra perspectiva. Ahora pienso que aquel artículo de John Arquilla, en la revista Foreign Policy era bastante simplificador y mezclaba conceptos para vender la idea de que lo pequeño y distribuido siempre vence a lo grande y descentralizado. Es lo que tiene el paso del tiempo y la acumulación de lecturas. Se te caen los referentes cuando vas más allá de los enunciados evocadores. Creo que el concepto de red ha sido abusado y desdibujado. Y el papel de las jerarquías informales ha sido subestimado a la hora de hablar de organizaciones que se presentan o son definidas como “redes”. Creo a estas alturas que la guerra en red tiene más validez como modelo ideal weberiano o metáfora que realidad social. Desde esa perspectiva habrá que volver a hablar de ella.

La perspectiva israelí de la guerra en red

Recientemente el Instituto Español de Estudios Estratégicos publicó el artículo “Una aproximación al diseño operacional sistémico (SOD” de Juan Pablo Somiedo. Se trata de una original escuela israelí de pensamiento operacional surgida en torno a la figura del general Shimon Naveh y el centro conocido en inglés como Operation Theory Research Institute (OTRI). Leí sobre ella por primera vez en el libro A través de los muros. Fue una de mis lecturas cuando decidí interesarme por la ciudad como campo de batalla futuro. Me llamó la atención entonces que el general Naveh daba a leer a sus subordinados obras de autores posmodernos franceses. De hecho la editorial que publicó A través de los muros (en realidad un capítulo de Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation) añadió el subtitulo “Cómo el ejército israelí se apropió de la teoría crítica postmoderna y reinventó la guerra urbana”.  El artículo de Juan Pablo Somiedo me despertó el interés por averiguar más sobre las ideas de Naveh y sus seguidores.

Resultó que la OTRI fue desmantelada en 2006 tras una auditoría de las fuerzas armadas que encontró que el instituto organizaba cursos y seminarios pero no producía obras en papel, además de que sus miembros se excedían en facturar horas extras y el propio Naveh compaginaba su trabajo con dar clase a pesar de que era incompatible. Suena todo problemas menores y la realidad es que la OTRI fue enormemente incomprendida por el establishment militar israelí que consideraba a Naveh y los suyos unos chiflados que hablaban en una jerga incomprensible después de leer a autores como Gilles Deleuze y Félix Guattari. La abrasiva personalidad de Naveh no creo que ayudara. En esta entrevista llama “ignorante y arrogante” al general Dan Halutz, que fue general en jefe de las fuerzas armadas israelíes durante la guerra del Líbano de 2006. En esta otra entrevista llama “idiota” a David Ben-Besht, el comandante en jefe de la armada israelí durante aquella guerra. Y esa otra entrevista dice que tanto Ben-Besht como su sucesor, Uri Marom, son personas sin la más mínima capacidad de pensamiento abstracto.

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Soldados israelíes en Nablús

Cuesta imaginar la cara de los generales isralíes mientras Naveh les hablaba usando términos como “deconstrucción” y “molecular”, palabras que uno asocia a la cocina de Ferran Adrià. Pero lo que proponía Naveh era precisamente “deconstruir” los problemas estratégicos para proponer soluciones originales y contraintuitivas. El ejemplo que destaca Eyal Weizman en A través de los muros es el asalto israelí a Nablús en abril de 2002. Los grupos armados palestinos habían levantado barricadas y colocado trampas la calles de Nablús esperando el ataque israelí. Las vías de aproximación israelíes eran previsibles y las tropas hubieran tenido que afrontar un avance lento y penoso. Weizman señala que el entonces coronel al mando de la brigada paracaidista, Aviv Kochavi, era un licenciado en Filosofía, carrera que estudió tras considerar estudiar arquitectura. Tras estudiar la situación se cuestionó por qué sus soldados tendrían que avanzar por calles y avenidas a tiro de los francotiradores palestinos para entrar en los edificios por puertas y ventanas detrás de las que habían trampas explosivas. La ciudad, con sus vías y muros no dejaban de ser un constructo mental que impone reglas: Se camina por las calles y se entra por las puertas. Kochavi ordenó que sus tropas entraran en Nablús desde varias direcciones simultáneamente y avanzaran como si las construcciones no exisitieran. Numerosos grupos pequeños de soldados israelíes abrieron huecos en las paredes y cruzaron de casa en casa. Los daños materiales fueron altos pero la proporción de víctimas entre la población civil palestina fue baja y el número de bajas israelíes fue mínimo.

Nablús en 2002.
Soldados israelíes atravesando muros en Nablús en 2002.

Tras la Guerra del Líbano de 2006 arreció un debate sobre lo que se consideró un fracaso militar. Con la perspectiva de 2015 podemos decir que los daños sufridos por Hezbolá resultaron disuasivos. La frontera entre Israel y Líbano ha estado bastante tranquila desde entonces y la partida entre Israel y Hezbolá se juega en Siria. Pero acabada la guerra en 2006 se buscaron culpables de las decisiones erróneas que costaron vidas. Y se culpó a la OTRI y sus ideas. Naveh se defiende diciendo que sus ideas nunca fueron comprendidas. Por eso vemos que en las entrevistas se despacha gusto contra los generales que mandaron en aquella guerra.

Las tropas de Israel entraron en Líbano sin una estrategia clara de la que salieran objetivos concretos. Simplemente tras días de bombardeos, que no frenaron el lanzamiento de cohetes, se ordenó al ejército entrar en el Líbano. Precisamente la clase de maniobra para la que Hezbolá se había estado preparando años, construyendo refugios subterráneos y plantando trampas. Las fuerzas mecanizadas israelíes recibieron órdenes de avanzar hacia el interior del Líbano con el único propósito de tomar hitos geográficos que permitieran vender la idea de un avance incontestado en territorio de Hezbolá. Un ejemplo fue el avance de la 401ª brigada de carros de combate y la brigada de infantería Nahal por el wadi Saluki tras recibir órdenes contradictorias que enviaron los vehículos israelíes por un camino expuesto a los misiles avanzados rusos “Kornet” proporcionados por Siria a Hezbolá. Murieron 11 soldados israelíes y 50 resultaron heridos menos de 24 horas antes de que entrara en vigor el alto el fuego.

Según el general Naveh el error fue enviar fuerzas mecanizadas, que han de avanzar por vías de aproximación de número limitado y por tanto previsibiles, para luchar la clase de guerra para la que Hezbolá se había preparado. Su alternativa hubiera sido enviar fuerzas ligeras en grupo de 90 soldados para actuar en el interior del Líbano buscando las lanzaderas de cohetes de Hezbolá y marcar objetivos para la aviación y la artillería. La alternativa de Naveh era que las fuerzas israelíes actuaran como una fuerza guerrillera en territorio de Hezbolá (“out-G-ing the G”, que decía el coronel Hackworth). Hezbolá hubiera perdido la ventaja de las emboscadas preparadas en las vías que avanzan desde la frontera de Israel hacia el Líbano y hubiera tenido que exponer sus fuerzas para buscar a las unidades israelíes moviéndose por su retaguardia. Al parecer, la idea se puso en marcha de forma limitada y allí donde se aplicó tuvo éxito.

Las ideas de Naveh sobre cómo se hubiera podido combatir a Hezbolá en 2006 recuerda sin duda a la guerra en red. De hecho, Haim Assa, un antiguo miembro del OTRI es coautor junto al vicealmirante Yedidia Groll-Yaari de Diffused Warfare: The Concept of Virtual Mass. Ambos autores abogan por la organización en redes distribuidas, que llaman “redes moleculares”, con unidades modulares capaces de reagruparse en unidades mayores ad hoc. Frente al volumen de fuerzas y la potencia de fuego, proponen fuerzas ligeras altamente conectadas que mediante un uso masivo de medios ISTAR obtengan una imagen total del campo de batalla para cada elemento de la red poder disparar munición inteligente a los blancos. El concepto de “masa virtual” se deriva entonces de la idea de que una fuerza así, ligera y dispersa, es capaz de hace a un enemigo mayor porque es el conjunto de la red el que ataca frente a las unidades convencionales donde sólo un porción de sus elementos entra en contacto con el enemigo. Es una forma diferente de plantear el concepto de ataque en enjambre, swarming, que John Arquilla y David Ronfeldt plantearon en el año 2000 pero que no aparece en la bibliografía que Yedidia Groll-Yaari y Haim Assa manejan en su libro. Al igual que para Naveh y Kochavi, un referente importante es Mil Mesetas de Deleuze y Guattari. Quizo la casualidad que me animara a comprar el primero el mismo día que me llegó el segundo por correo. Queda inagurada así, una semana en que hablaré de guerra en red.

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Breve historia de la teoría de la guerra red

En 1991, tras décadas de preparación para el enfrentamiento con el Pacto de Varsovia en las planicies de Europa Central, las fuerzas armadas de Estados Unidos se enfrentaron al ejército de Iraq durante la Operación “Tormenta del Desierto”. La superioridad numérica del ejército de Saddam Husein fue compensanda con la aplastante superioridad tecnológica estadounidense. Se la llamó la “primera guerra de la Era de la Información”. En el calor del momento, autores como Alvin Toffler y George Friedman escribieron sobre la supremacía de la tecnología en el campo de batalla y sobre una nueva era de guerras altamente tecnológicas. Se popularizó la idea de que había acontecido una “Revolución en los Asuntos Militares”, que se convirtió en el gran tema de análisis y reflexión en las fuerzas armadas de los países desarrollados.

Dos investigadores de la RAND Corporation, David Ronfeldt y John Arquilla, prestaron atención a los elementos novedosos de aquella guerra. Vaticinaron que las nuevas tecnologías permitirían un campo de batalla donde fuerzas ligeras y móviles altamente conectadas compartieron información sobre ojetivos y se coordinaran para atacar simultáneamente. La idea era una evolución de lo que había pasado en las arenas del desierto al norte de Kuwait, pero Arquilla y Ronfeldt entendieron que las nuevas tecnologías de la información hacían extrapolable esas tácticas a ámbitos como Internet y que podían ser llevadas a cabo por fuerzas no estatales poco jerarquizadas. Su primer esbozo de estas ideas salió publicado en 1993 con el título “Cyberwar is coming!”, donde el concepto “ciberguerra” se empleaba de forma genérica. En 1996 publicaron The Advent of Netwar y desde entonces emplearon el término “netwar”, guerra en red, para referirse al concepto que habían desarrollado.

El interés de Arquilla y Ronfeldt se fue alejando poco a poco de la guerra convencional para adentrarse en el desarrollo de la guerra en red por parte de los actores no estatales. Uno de los casos que estudiaron fue el de las redes internacionales de apoyo al movimiento zapatista en México, tema de The Zapatista Social Netwar de 1998. Aunque aquella idea original de fuerzas altamente conectadas que comparten información sobre objetivos y que atacan coordinadamente fue retomada para desarrollar la idea de “swarming” (ataque en enjambre) en Swarming and the Future of Conflict, publicado en el año 2000. Finalmente, Arquilla y Ronfeldt editaron un trabajo colectivo que analizaba el modelo de la guera en red en ámbitos como el activismo social en la calle (movimiento antiglobalización), la delincuencia organizada, la violencia callejera, el movimiento hooligan o el terrorismo. Networks and netwar estaba listo para su publicación cuando acontecieron los atentados del 11-S, convirtiéndolos instantáneamente en los profetas de una nueva era que los teóricos fascinados por las tecnología no supieron anticipar.

Si el trabajo de Arquilla y Ronfeldt aparecía Internet como herramienta relevante, fue el estudioso del impacto social de las tecnologías Howard Rheingold quien prestó atención a los nuevos usos sociales de la telefonía móvil en el cambio de siglo. En 2002 publicó Smartmobs. El libro donde exploraba la amplia gama de usos emergentes que se le estaba dando a la telefonía móvil, desde lúdica a política, anticipando las posibilidades de lo que en el futuro serían los smartphones. La idea fundamental del libro es que las nuevas tecnologías iban a permitir la coordinación puntual de grupos de personas sin jerarquía definida para acciones puntuales. La idea daba título al libro y en español fue traducido como “multitudes inteligentes”.

Los atentados del 11-S cambiaron radicalmente el panorama. El debate sobre la globalización y las acciones del movimiento antiglobalización desapareció de la agenda. Si las teorizaciones hasta el momento albergaban siempre una ambigüedad sobre la naturaleza de las redes no jerarquizadas que usaban las nuevas tecnologías para realizar acciones coordinadas, la palabra “red” empezó a verse acompañada como “red terrorista” o “red Al Qaeda”. El autor que mejor recogió ese nuevo panorama y las posibilidades que en él se abrían fue John Robb en su libro Brave New War de 2008. Robb honestamente lo planteaba como un “buffet libre” de ideas, no como un ejercicio de prospectiva. Introdujo al debate varios conceptos, como el de “open-source warfare”, en una era en que Internet se convertía en una fuente inagotable de información. O el de “superempowered terrorism” para referirse a cómo un grupo muy reducido de personas podía realizar un gran daño. Pero quizás una de sus aportaciones más brillantes fue dejar de plantear la estructura en red de las organizaciones para plantear el estudio de redes en la selección de objetivos. Las vías de comunicación y la infraestructura de telecomunicaciones tienen todas estructura de red con nodos y enlaces. El estudio de los nodos fundamentales permite ataques con efectos que se multiplican en cascada.

Desde el bloqueo de la ciudad de São Paulo por un ataque coordinado de organizaciones criminales en 2006 a los ataques de los hackers rusos contra Estonia en 2007 son varios los fenómenos donde podemos aplicar las teorías de Arquilla, Ronfeldt, Rheingold y Robb, junto con las derivaciones militares del modelo de Network Centric Warfare. Sin embargo, creo que falta materiales, debate y análisis en español.