El odio selectivo por banderas y ejércitos

155mm. de monopolio de la violencia legítima del Estado en la exposición del DIFAS 2018 en Santa Cruz.

El pasado sábado 26 de mayo se celebró en España el Día de las Fuerzas Armadas. Y como siempre, salió alguien a lanzar un mensaje contrarian pretendidamente profundo, sensible y solidiario. Esta vez fue la cuenta en Twitter de la sectorial de Oficios Varios del sindicato anarquista CGT del sur de Madrid. He hecho una captura de pantalla del tuit, al que enlacé antes, en caso de que desaparezca.

Podría deterneme en el irónico término “parásitos sociales”, porque si hay algún lugar del espectro ideológico desde el que se ha defendido el parasitismo social[*] es desde el anarquismo al que pertenece el sindicato CGT. Pero vayamos por partes. Primero, tenemos eso de “sin ejércitos no habría guerras”. Lo que es otra prueba palpable que en España, por muchos chistes que se hagan sobre la inteligencia militar, el nivel de pacifistas y antimilitaristas es lamentable. Recordemos la delirante entrevista al profesor José Luis Gordillo del Centre Delàs de Investigación por la Paz. Y es que la idea de que la violencia organizada sólo es posible mediante la existencia de ejércitos regulares demuestra escasos conocimientos de antropología e historia. Por no decir que demuestra un profundo solipsismo ante los acontecimientos vividos desde el fin de la vieja Guerra Fría, por no decir desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y que me impulsaron a crear un blog llamado Guerras Posmodernas sobre la transformación de la guerra. Supongo que nos debe dar risa que un sindicato anarquista, que en teoría aspira a la desaparición del Estado, ignore que existe la violencia organizada fuera del Estado (guerillas, milicias, bandas, tribus, etc).

Guerrilla anarquista en Rojava. Foto vía RupturaColectiva.com

En cuanto a la afirmación “ningún ejército defiende la paz” demuestra no haber abierto en la vida un libro de relaciones internacionales, geopolítica y defensa. Por no decir de mostrar un nulo conocimiento de teoría de juegos. La primera y fundamental función de unas fuerzas armadas es generar disuasión mediante su adecuada dotación de sistemas de armas, formación, doctrina y personal. La idea no es ni siquiera ser capaces de vencer en todos los escenarios de guerra posible, sino de ser capaces de obligar al potencial enemigo a asumir un coste tan elevado para ganar la guerra que termine por hacerle olvidar el uso de la fuerza. Pensemos en episodios históricos como la larga guerra Irán-Iraq, que comenzó porque el régimen de Bagdad pensó que la debilidad de las fuerzas armadas iraníes permitiría una rápida victoria.

Por último, la frase “un patriota, un idiota” es un clásico con la que más de una persona educada y culta estará de acuerdo, añadiendo además esa otra frase de “el patriotismo es el último refugio de un canalla“. Pero la frase hay que leerla en clave española, porque no se refiere a cualquier nacionalismo. Se refiere exclusivamente al nacionalismo español. El término nunca se usa para un nacionalista vasco o catalán y mucho menos para un saharaui, palestino o venezolano. Por supuesto, detrás de todo esto hay una profunda y elaborada justificación para apoyar los intereses de cierta burguesía catalana o de la boliburguesía venezolana desde el anarquismo, el socialismo, el internacionalismo y lo que ustedes quieran. Es más, las frases anteriores sobre los ejércitos se aplica igualmente. Busquen en esos medios que llevan en su nombre las palabras izquierda o república y que en su presentación aparecen las palabras alternativo o contrainformación. Verán noticias con titulares como “El ejército bolivariano se prepara para rechazar cualquiera agresión imperialista” y “Rusia prueba con éxito el misil Topol-M”. Al final concluirán que no les molesta el patriotismo y los ejércitos. Les molesta el patriotismo español y las fuerza armadas españolas.

[*] Me refiero a asuntos como ocupar viviendas o vivir cobrando ayudas sociales para desempleados de algún ayuntamiento británcico mientras se reside en España, práctica posible gracias a los vuelos low-cost.

Crónica provisional de los meses locos de Cataluña.

No me acuerdo en qué momento fue, pero recuerdo comentar con alguien que a una persona catalana que ambos conocíamos se le había ido por completo la pinza. Le veíamos compartir indignada en redes sociales cualquier tontería que dijera sobre Cataluña algún personaje público. La verdad es que uno, en el fondo, ya está acostumbrado a que periodistas de la caverna y figuras locales del Partido Popular digan tonterías. Forma parte del paisaje político de España. Y si uno conoce otro países, sabe que hay gente así en todas partes. Pero por lo visto era España entera la que odiaba Cataluña y aquellas tonterías sólo un síntoma. Se repetía la consigna de “no nos vamos, nos echan”. España quedaba reducida para los independentistas a todo lo cutre, casposo, carca y facha. Era como si España se redujera a Torrente, las corridas de toros y Bárcenas mientras que Cataluña era Antoni Gaudí, Pau Casals y el World Mobile Congress.

Veíamos a esta persona anticipar con regocijo que España iba a tener un amargo despertar cuando el gran plan se pusiera en marcha. Mientras tanto, compartía fotos de actos multitudinarios y gente festiva con banderas con ese mismo fino sentido del humor de la gente que comparte un vídeo de la Legión desfilando con la cabra y comenta “que se jodan los podemitas”. Por lo visto, en el resto de España sufríamos mucho viéndoles festejar y celebrar.

Así que llegamos al otoño de 2017. Creo que la sensación que teníamos todos en el resto de España era que en el fondo el Procés era un paripé y que, al final, Rajoy y Puigdemont lo iban a solucionar como siempre: con cambios en la financiación autonómica que pusiera más dinero en la Generalitat. No sé cuánta gente del gobierno central pensaba igual. Ya conté aquí que alguien me dijo que todo estaba bajo control y no iba a tener lugar el referéndum del 1 de octubre. Ya sabemos cómo terminó la cosa. Hice mi análisis en “El desastre del 1 de octubre”“El 1 de octubre en Cataluña y las Guerras de Cuarta Generación”.

La imagen internacional de España quedó por los suelos aquel día. Alguien me comentó “no pasa nada, las editoriales de los principales diarios apoyan al gobierno español”. Poco después oí el mismo argumento a una ministra del gobierno. Supongo que la frase salió de algún argumentario o lo dijo alguien en la COPE. Parece que nadie hubiera sacado ninguna lección del uso de redes sociales en los conflictos recientes. Habían perdido la batalla de la narrativa.

Por aquellos días varios lectores catalanes me dijeron en Twitter que no entendía lo que pasaba porque yo no estaba allí. Querían decir, claro está, que pensaban que si yo hubiera estado viviendo en Cataluña hubiera simpatizado con el Procés. Alguno comentó incluso que yo escribía habitualmente cosas interesantes, pero que en el tema catalán se notaba que estaba sometido a servidumbres. Supongo que si no critico al independentismo catalán, Soraya no me manda el cheque a fin de mes. La verdad, como ya todos sabemos, es que te puedes sumergir en la realidad política de un lugar vía Internet. Leía la prensa catalana y seguía de cerca un montón de perfiles en las redes sociales para captar el estado de ánimo. Cuando miraba los medios y leía lo que decía gente del resto de España me quedó claro que no se habían enterado lo que estaba pasando allí.

El lunes 2 de octubre fue el primer día que estuve realmente preocupado. Una parte de la sociedad catalana había desconectado mentalmente de España tras las conmoción mediática del domingo día 1. Se había hablado de movilización de tractores el día del referéndum. Y ahora había manifestaciones a la puerta de cuarteles de la Guardia Civil. Sólo faltaba que alguien perdiera los nervios para que ocurriera una desgracia que encendiera la chispa. Me fui a la cama mandando mensajes a personas conocidas diciendo que todo me recordaba a Eslovenia 1991: bloqueo de vías de comunicación y cuarteles militares rodeados.

La huelga del día 3 sirvió para desinflar la tensión y como jornada de exaltación independentista. Tuvimos un mensaje del Rey que no sirvió para nada y luego la proclamación de independencia con inmediata suspensión. Una catalana con la que había coincidido alguna vez en Madrid, y a la que no hace mucho había redescubierto vía las redes sociales, contaba en su blog que en el resto de España no entendíamos que los independentistas eran la mayoría social. Otro conocido catalán no paraba de mostrar su hilaridad ante cualquiera que hablara de la fractura en la sociedad catalana.

Yo vivía todo aquello con una mezcla de sentimientos. Por un lado, la impotencia del “¿Y esto cómo se arregla?”. A los medios de Madrid les gustaba hablar de “golpe de Estado”, como si el Procés fuera una trama golpista que pudiera simplemente desarticularse como un comando terrorista. Parecía que no tenían en cuenta la opinión de la gente. O que simplemente pensaban que los independentistas, decepcionados, se desmovilizarían y se irían a casa. Mientras tanto, cada día nos echábamos unas risas en Twitter con las tonterías que soltaban los independentistas, que parecía habían abandonado todo contacto con la realidad. Vivían la fantasía de que la Unión Europea suplicaría que un país tan desarrollado, moderno, avanzado y pujante se uniera a ella mientras España, un lastre para Bruselas, sería expulsada por lo sucedido el 1 de octubre. España despertaría con llanto y crujir de dientes al día siguiente de la independencia catalana. Los españoles, que hemos estado toda nuestra historia viviendo de lo que robamos a otros, desde el oro de los incas al saqueo de Cataluña, íbamos a tener que ganar por primera vez el pan con el sudor de nuestra frente. El tener que trabajar para vivir iba a ser especialmente doloroso en el caso de los andaluces, que junto con los canarios, sufrimos la tara de nuestros genes africanos.

Sutil mensaje de un mural en Sabadell que muestra a una danesa del sur, rubia y de ojos azules, enfrentado a un policía español de tez morena.
Imagen promocional de un documental independentista que muestra a la típica niña danesa del sur.

El viernes 27 se votó en el parlamento de Cataluña la Declaración Unilateral de Independencia. Recuerdo levantarme del escritorio y mirarme las manos, que me temblaban. Si el gobierno catalán ordenaba a los Mossos tomar el control de edificios oficiales y fronteras, estallaría un conflicto armado. Como expliqué aquí, una Declaración Unilateral de Independencia no es un juego. Los independentistas decían desafiantes “¿a cuántos catalanes estáis dispuestos a matar para conservar vuestra sagrada unidad de España?”. Pero la cuestión fundamental era justo la contraria: cuántos catalanes estaban dispuestos a luchar y morir por la independencia al grito de “¡Patria o Muerte!”. El gobierno central aplicó el artículo 155 de la Constitución y pasaron dos cosas que sorprendieron a los líderes catalanes: ningún país reconoció a la República de Cataluña y los Mossos d’Esquadra acataron la aplicación del artículo 155. Que les sorprendiera lo primero es bastante llamativo. El gobierno de Cataluña tenía una legión de cargos públicos muy bien pagados y sin embargo no hubo nadie que supiera leer el contexto geopolítico europeo. Que los Mossos aceptaran el cese de su jefe y respetaran la normalidad constitucional en Cataluña respondió la pregunta de la disposición de los catalanes a luchar y morir. El  siguiente lunes, el presidente del gobierno catalán  y algunos de sus consejeros huyeron a Bruselas.

No sé cómo vamos a salir de aquí. Pero el otro día, leyendo las tonterías de independentistas que recopilan gente que sigo en Twitter, me quedé pensando si parte del problema es que hay tantos descerebrados en cada lado que es fácil construirse a medida un discurso de que las diferencias son insalvables y el otro bando está lleno de “nazis”. Leer las tonterías de los independentistas sirve para echarse unas risas pero no cambia nada. Me propuse, por tanto, que a partir de ahora voy a dejar de retuitear esas tonterías y dejar de hablar del Procés en las redes sociales. No solucionará nada. Pero lo menos no ahondará la brecha.

Lecciones de geopolítica para la fallida República de Cataluña

Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a  Max Weber. Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.

Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.

Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivares se dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.

Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fría y la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.

Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“. Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.

Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.

Ultima ratio regis

El otro día alguien tuiteaba “¿A cuántos catalanes estáis dispuestos a matar para defender la unidad de España?”. Busco en Twitter y veo que es una frase repetida y discutida con variantes. La primera vez que vi la frase alguien contestó dándole la vuelta. ¿A cuánta gente estaban dispuestos a matar en Cataluña para alcanzar la independencia? Y es que como expliqué el otro día, una Declaración Unilateral de Independencia es un acto de fuerza que rompe con el orden legal para imponer otro jugando al doble o nada. O nace un nuevo país o vas a la cárcel.

“Palacio de la Generalitat de Catalunya, plaza Sant Jaume, tras la batalla, octubre 1934“. Foto tomada del blog de José Antonio Bru.

El Mundo contó allá por agosto de 2014 que había mossos haciendo cursos en Europa que no se correspondían a labores policiales. Por su parte, El Confidencial Digital contó en mayo de 2016  que la Generalitat de Catalunya quiso comprar armamento de naturaleza y en cantidades que ni siquiera se justifican con la amenaza yihadista. La compra, por lo visto, fue parada desde Madrid. Como también fue parada la compra de 500 “granadas aturdidoras”, según contó El Confidencial Digital en abril de 2017. Y es que como expliqué el otro día, los Certificados de Usuario Final necesarios para comprar legalmente armamento de guerra en el mercado internacional los expiden los estados soberanos.

Si todo esto fuera cierto, podríamos plantearnos que desde el independentismo se optó por una estrategia de resistencia pacífica no violenta no por fuertes convicciones morales, sino por resignación ante las pocas probabilidades de disputar  con éxito al Estado en Cataluña el monopolio de la violencia legítima con los medios disponibles. Pero aún así cabe preguntarse, en un escenario similar al 18 de julio de 1936 en las guarniciones africanas, a cuántos mossos leales al ordenamiento constitucional español y a cuántos guardias civiles estaban dispuestos los golpistas a llevarse por delante para controlar el territorio de Cataluña tras la Declaración Unilateral de Independencia.

El Nacional.cat tituló con una frase de Andrea Levy, diputada del Partido Popular el Parlament: “Puigdemont ha puesto en riesgo la vida de los catalanes”. Veo que ha causado escándalo. “¡El govern del PP estava disposat a matar catalans!” No parece la gente consciente de lo cerca que hemos estado de una tragedia. Bastaba que a la Declaración Unilateral de Independencia le hubiera seguido acciones de fuerza de los mossos para vernos en un escenario donde tenía cabida el artículo 8º de la Constitución Española. Y en tal caso, el Estado español estaba absolutamente legitimado a emplear la fuerza para defender el ordenamiento constitucional contra los golpistas armados.

Afortunadamente la Generalitat no movilizó a los mossos el viernes 27  se encontró con que los Mossos d’Esquadra decidieron mantenerse fieles a la legalidad vigente [*]. La Declaración Unilateral de Independencia quedó en un gesto vacío que todavía algún independentista está tratando de interpretar. El gobierno español por su parte parece que aprendió del desastre del 1 de octubre, empleando de forma limitada los poderes que le otorga el artículo 155º de la Constitución Española y llamando inmediatamente a elecciones autonómicas. Incluso parece que ha tratado de desescalar el conflicto con declaraciones como que se vería con “agrado” que Puigdemont se presente a las elecciones del 21 diciembre o afirmando que la actual crisis política podría terminar en última instancia con mayores cotas de autonomía para Cataluña. Pero a lo mejor estoy atribuyendo a la inteligencia lo que han sido declaraciones poco pensadas y descoordinadas.

Ahora veo asombro porque la maquinaria de la justicia se ha puesto en marcha. Parece que después de la Declaración Unilateral de Independencia, que no llegó a ninguna parte, quisieran excusarse: “era bromita, ¡no hay por qué ponerse así!”. Yo la verdad, no le veo la gracia. Hemos estado muy cerca de una tragedia. Y estamos descubriendo estos días que el Procés fue una huida hacia adelante de unos líderes que no tenían plan ninguno. Justo ahora caen en la cuenta en Cataluña que nadie se molestó en construir la estructura básica de un Estado, ni en pensar todo lo que venía después de proclamarse la República de Catalunya.  Ha sido un capricho de niños ricos jugando a ser adultos y poniendo en riesgo el futuro de la gente. Imaginen las inversiones y puestos de trabajo que dejarán ahora de aterrizar en Cataluña y el resto de España. Y encima querrán que pretendamos que aquí no ha pasado nada. Espero que de todo esto alguien haya aprendido algo.

 [*] Según Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, “el fet que no hi hagués el reconeixement internacional posterior o que el cos dels Mossos, d’Esquadra hagin hagut de seguir les instruccions del govern del PP ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?

Una Declaración Unilateral de Independencia no es un juego

Pues se ha consumado. No tiene sentido debatir a estas alturas cómo hemos llegado hasta aquí. Ya hablé del desastre que supuso la acción de las fuerzas policiales el 1 de octubre y traté de analizar lo sucedido aquel día desde la perspectiva de William S. Lind y su concepto de Guerras de Cuarta Generación. Me quedaron en el tintero varios asuntos que no sé si merecerá tratar a estas alturas. Lo que sí puedo decir es que desde el lado independentista catalán percibo una terrible desconexión de la realidad. Y en un día como hoy me pregunto si en Cataluña son conscientes de lo que han llevado a cabo.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una ruptura total con la legalidad vigente al grito de “¡Patria o Muerte!”. El que rompe la legalidad vigente lo hace porque cree con firmeza que la suya es una causa justa y noble por la que está dispuesto a morir o sufrir pena de cárcel bajo el consuelo “la historia me absolverá”. Al fin y al cabo, toda causa se alimenta con la sangre de sus mártires.

Bernardo de Gálvez y las tropas españolas en la Guerra de Independencia estadounidense. El soldado con tricornio y casaca azul en el extremo derecho es un voluntario catalán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

Para el éxito de una Declaración Unilateral de Independencia se tienen que dar varias circunstancias. La primera y la fundamental es tener medios para defender el naciente Estado-Nación o al menos para luchar por él. El relato épico y heroico de la Guerra de Indepedencia de los Estados Unidos suele olvidar que las Trece Colonias contaron con la ayuda de la armada francesa y un contingente español al mando de Bernardo de Gálvez, el único general invicto de aquello guerra, que abrió un frente a los británicos en Florida y el Caribe. En fechas más cercanas, tenemos el caso de las tres repúblicas bálticas, Croacia y Eslovenia en 1991. Todos esos países recibieron el reconocimiento internacional, la causa independentista contaba con un mayoritario apoyo social y rompían con un estado multinacional en crisis y rumbo a la disolución.

T-55 esloveno en Ajdovščina durante la Guerra de Independencia (1991).

En el caso croata y esloveno, el modelo de defensa territorial de Yugoslavia supuso la existencia de abundantes arsenales completados con la llegada de material de guerra desde el exterior. Recordemos que para acudir al mercado internacional y legal de armamento se requiere un Certificado Final de Usuario emitido por el representante de un gobierno legítimo y reconocido. Así, lo que salvó a la comunidad judía del naciente estado de Israel de ser aplastada por las fuerzas de varios países árabes es que convertido en un país de iure pudo comprar abiertamente armamento, que por cierto se lo vendió la comunista Checoslovaquia y no las potencias occidentales. Cuando el gobierno de Cataluña acudió a Alemania a comprar montañas de armamento, se encontró el veto del gobierno español, que tenía la última palabra.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una apuesta por el doble o nada. Y puede fallar, como los casos de Katanga, Biafra y Rodesia. Así el que se embarca en tal acto de fuerza tiene que asumir que si fracasa hará frente a la justicia del Estado al que se enfrenta. Me temo que veremos llanto y crujir de dientes. Nadie podrá excusarse en que no sabía lo que hacía.

¿Es España postnacionalista?

Llevamos años oyendo eso de que España no es una nación, al contrario que por ejemplo Cataluña. La idea de una débil nación española no es nueva. Recordemos La España Invertebrada. Pero es bien sabido que después de la Transición, la izquierda española renunció al concepto de España para abrazar los nacionalismos periféricos. Se me ocurren sobre la marcha como razones que la idea de un nacionalismo español genera fuertes recuerdos del Franquismo o  que dentro de la izquierda española las reivindicaciones identitarias han sustituido a las de clase.  Así que ante ese abandono, el concepto de España quedó en manos de una derecha que se resiste a renegar del todo del Franquismo (“no nos perdonan que nuestros abuelos ganaran la guerra”). La cuestión es que tenemos hoy argumentos para construir una nueva idea de país muy alejada de la España franquista. España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo (chúpate esa Suecia) y es hoy uno de esos países europeos sin un partido fuerte de ultraderecha eurófobo y xenófobo.

Un balcón de Barcelona ya famoso. Foto de Juan Carlos L. R.

La crisis de Cataluña ha puesto de manifiesto que el nacionalismo español tiene un imaginario limitado. Tenemos poco más que un himno sin letra y un cántico surgido para celebrar victorias deportivas que emplea el estribillo de una canción popular rusa. Y estos días he estado pensando, ¿y si eso fuera síntoma de algo bueno y no un problema? ¿Y si España hubiera evolucionado hacia un nuevo tipo de Estado donde la gente mostraba un enorme desinterés por las exaltaciones patrióticas porque el nacionalismo etnicista había sido superado? Sé que eso ha cambiado por la crisis catalana, con las banderas en los balcones y los cánticos de “a por ellos, oé” a la salida de unidades de la Guardia Civil rumbo a Cataluña. Pero esa España postnacional necesita un discurso transversal propio. Necesita rescatar el concepto de “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas en una España de ciudadanos democráticos y no de miembros de la etnia. Creo que José María Lizundia avanza en esa línea en “Naciones cívicas y étnicas”.

 

Leopards por la Diagonal

En varias de mis estancias en Madrid el año pasado me llamó la atención que cuando surgía el tema de una potencial crisis en Cataluña, con civiles y militares presentes, los civiles mostraban su preocupación por la deriva de la previsible intervención de las fuerzas armadas mientras los militares descartaban por completo que les tocara jugar un papel en Cataluña. Llegué a la conclusión que los únicos que tenían claro el tema eran los propios militares mientras que los civiles andaban bastante perdidos sobre qué iba a hacer el gobierno ante el desafío independentista.

La idea de los carros de combate Leopard 2E del Ejército de Tierra rodando por la Diagonal es el sueño húmedo de los independentistas porque la imagen del uso de la fuerza militar en Cataluña sería una victoria mediática regalada a los independentistas.Ya lo dijo Jordi Turull: “Si su solución al 1-O es el tanque, ya hemos ganado”.

Hay quien ha aprovechado para hacer humor de la obsesión con los carros de combate. Tenemos en Twitter la cuenta Tancs A Diagonal? y su En El Mundo Today, que Julian Assange confundió con un medio serio, han estirado el tema: “Así son los tanques que evitarán el referéndum catalán“, “Mariano Rajoy descarta enviar los tanques a Cataluña debido al precio de los peajes” y “Cospedal visita el hangar de los tanques para acariciarlos y decirles “Pronto, mis niños, pronto”“.

Una búsqueda desesperada de épica para salir en la foto.

El independentismo necesita una confrontación que le permita vender al mundo el conflicto con el gobierno central encuadrado en una narrativa de la iniciativa democrática de todo un pueblo moderno y decidido enfrentado a la violencia represora del gobierno de un viejo país sin rumbo ni legitimidad. El independentismo necesita portadas de los diarios internacionales donde se vean caras ensangrentadas y desencajadas en lágrimas y dolor para que el ciudadano medio de cualquier país que no tenía opinión previa sobre el tema piense al ver las imágenes que la razón asiste al lado que es víctima de la violencia. Por eso las tácticas que debe emplear el gobierno son contraintuitivas: desescalar el conflicto para huir de situaciones que permita encuadrarlo en el marco narrativo de los independentistas. Por una vez, recomiendo leer las ideas de William S. Lind al respecto en su desarrollo del concepto de Guerras de 4ª Generación.

El alojamiento en el puerto de Barcelona de los miembros de las distintas Unidades de Intervención Policial (UIP) en un buque de la naviera italiana Moby Lines decorado con personajes de la Warner Bros. ha sido motivo de cachondeo en las redes sociales. Desde el lado independentista han tratado de presentarlo como una “humillación” para los policías alojados en él pero los chistes lo que han hecho ha sido convertir el despliegue masivo de antidisturbios llegados del resto de España en un asunto divertido.

Otro ejemplo, esta vez intencionado, de cómo enfrentar magistralmente una acción de protesta lo protagonizó un guardia civil de un Grupo Rural de Seguridad desplazado desde Sevilla hasta Cataluña. Montaron una cacerolada frente al hotel y salió al balcón donde arrancó por fandangos.

Quienes hacían ruido y estaban listos con el móvil grabando esperaban una respuesta airada que subir a las redes sociales. Pero la escena se convierte en cómica con el público gritando “ole” y hasta el que golpea la cacerola se para para escuchar.

Más allá de la política y el derecho constitucional, si el gobierno español quieren enfrentar con éxito el actual desafío independentista tiene que asumir que esta es una batalla por las opiniones públicas: de Cataluña, del resto de España y de fuera del país. Hace falta un portavoz que hable inglés con fluidez, un gabinete de prensa multilingüe y un equipo dedicado a dar respuesta a los bulos que circulan por las redes sociales. Pero sobre todo, una narrativa. Pero quizás para esto último haya que tener un proyecto de país.