Lecciones de geopolítica para la fallida República de Cataluña

Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a  Max Weber. Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.

Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.

Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivares se dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.

Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fría y la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.

Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“. Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.

Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.

Ultima ratio regis

El otro día alguien tuiteaba “¿A cuántos catalanes estáis dispuestos a matar para defender la unidad de España?”. Busco en Twitter y veo que es una frase repetida y discutida con variantes. La primera vez que vi la frase alguien contestó dándole la vuelta. ¿A cuánta gente estaban dispuestos a matar en Cataluña para alcanzar la independencia? Y es que como expliqué el otro día, una Declaración Unilateral de Independencia es un acto de fuerza que rompe con el orden legal para imponer otro jugando al doble o nada. O nace un nuevo país o vas a la cárcel.

“Palacio de la Generalitat de Catalunya, plaza Sant Jaume, tras la batalla, octubre 1934“. Foto tomada del blog de José Antonio Bru.

El Mundo contó allá por agosto de 2014 que había mossos haciendo cursos en Europa que no se correspondían a labores policiales. Por su parte, El Confidencial Digital contó en mayo de 2016  que la Generalitat de Catalunya quiso comprar armamento de naturaleza y en cantidades que ni siquiera se justifican con la amenaza yihadista. La compra, por lo visto, fue parada desde Madrid. Como también fue parada la compra de 500 “granadas aturdidoras”, según contó El Confidencial Digital en abril de 2017. Y es que como expliqué el otro día, los Certificados de Usuario Final necesarios para comprar legalmente armamento de guerra en el mercado internacional los expiden los estados soberanos.

Si todo esto fuera cierto, podríamos plantearnos que desde el independentismo se optó por una estrategia de resistencia pacífica no violenta no por fuertes convicciones morales, sino por resignación ante las pocas probabilidades de disputar  con éxito al Estado en Cataluña el monopolio de la violencia legítima con los medios disponibles. Pero aún así cabe preguntarse, en un escenario similar al 18 de julio de 1936 en las guarniciones africanas, a cuántos mossos leales al ordenamiento constitucional español y a cuántos guardias civiles estaban dispuestos los golpistas a llevarse por delante para controlar el territorio de Cataluña tras la Declaración Unilateral de Independencia.

El Nacional.cat tituló con una frase de Andrea Levy, diputada del Partido Popular el Parlament: “Puigdemont ha puesto en riesgo la vida de los catalanes”. Veo que ha causado escándalo. “¡El govern del PP estava disposat a matar catalans!” No parece la gente consciente de lo cerca que hemos estado de una tragedia. Bastaba que a la Declaración Unilateral de Independencia le hubiera seguido acciones de fuerza de los mossos para vernos en un escenario donde tenía cabida el artículo 8º de la Constitución Española. Y en tal caso, el Estado español estaba absolutamente legitimado a emplear la fuerza para defender el ordenamiento constitucional contra los golpistas armados.

Afortunadamente la Generalitat no movilizó a los mossos el viernes 27  se encontró con que los Mossos d’Esquadra decidieron mantenerse fieles a la legalidad vigente [*]. La Declaración Unilateral de Independencia quedó en un gesto vacío que todavía algún independentista está tratando de interpretar. El gobierno español por su parte parece que aprendió del desastre del 1 de octubre, empleando de forma limitada los poderes que le otorga el artículo 155º de la Constitución Española y llamando inmediatamente a elecciones autonómicas. Incluso parece que ha tratado de desescalar el conflicto con declaraciones como que se vería con “agrado” que Puigdemont se presente a las elecciones del 21 diciembre o afirmando que la actual crisis política podría terminar en última instancia con mayores cotas de autonomía para Cataluña. Pero a lo mejor estoy atribuyendo a la inteligencia lo que han sido declaraciones poco pensadas y descoordinadas.

Ahora veo asombro porque la maquinaria de la justicia se ha puesto en marcha. Parece que después de la Declaración Unilateral de Independencia, que no llegó a ninguna parte, quisieran excusarse: “era bromita, ¡no hay por qué ponerse así!”. Yo la verdad, no le veo la gracia. Hemos estado muy cerca de una tragedia. Y estamos descubriendo estos días que el Procés fue una huida hacia adelante de unos líderes que no tenían plan ninguno. Justo ahora caen en la cuenta en Cataluña que nadie se molestó en construir la estructura básica de un Estado, ni en pensar todo lo que venía después de proclamarse la República de Catalunya.  Ha sido un capricho de niños ricos jugando a ser adultos y poniendo en riesgo el futuro de la gente. Imaginen las inversiones y puestos de trabajo que dejarán ahora de aterrizar en Cataluña y el resto de España. Y encima querrán que pretendamos que aquí no ha pasado nada. Espero que de todo esto alguien haya aprendido algo.

 [*] Según Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, “el fet que no hi hagués el reconeixement internacional posterior o que el cos dels Mossos, d’Esquadra hagin hagut de seguir les instruccions del govern del PP ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?

Una Declaración Unilateral de Independencia no es un juego

Pues se ha consumado. No tiene sentido debatir a estas alturas cómo hemos llegado hasta aquí. Ya hablé del desastre que supuso la acción de las fuerzas policiales el 1 de octubre y traté de analizar lo sucedido aquel día desde la perspectiva de William S. Lind y su concepto de Guerras de Cuarta Generación. Me quedaron en el tintero varios asuntos que no sé si merecerá tratar a estas alturas. Lo que sí puedo decir es que desde el lado independentista catalán percibo una terrible desconexión de la realidad. Y en un día como hoy me pregunto si en Cataluña son conscientes de lo que han llevado a cabo.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una ruptura total con la legalidad vigente al grito de “¡Patria o Muerte!”. El que rompe la legalidad vigente lo hace porque cree con firmeza que la suya es una causa justa y noble por la que está dispuesto a morir o sufrir pena de cárcel bajo el consuelo “la historia me absolverá”. Al fin y al cabo, toda causa se alimenta con la sangre de sus mártires.

Bernardo de Gálvez y las tropas españolas en la Guerra de Independencia estadounidense. El soldado con tricornio y casaca azul en el extremo derecho es un voluntario catalán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

Para el éxito de una Declaración Unilateral de Independencia se tienen que dar varias circunstancias. La primera y la fundamental es tener medios para defender el naciente Estado-Nación o al menos para luchar por él. El relato épico y heroico de la Guerra de Indepedencia de los Estados Unidos suele olvidar que las Trece Colonias contaron con la ayuda de la armada francesa y un contingente español al mando de Bernardo de Gálvez, el único general invicto de aquello guerra, que abrió un frente a los británicos en Florida y el Caribe. En fechas más cercanas, tenemos el caso de las tres repúblicas bálticas, Croacia y Eslovenia en 1991. Todos esos países recibieron el reconocimiento internacional, la causa independentista contaba con un mayoritario apoyo social y rompían con un estado multinacional en crisis y rumbo a la disolución.

T-55 esloveno en Ajdovščina durante la Guerra de Independencia (1991).

En el caso croata y esloveno, el modelo de defensa territorial de Yugoslavia supuso la existencia de abundantes arsenales completados con la llegada de material de guerra desde el exterior. Recordemos que para acudir al mercado internacional y legal de armamento se requiere un Certificado Final de Usuario emitido por el representante de un gobierno legítimo y reconocido. Así, lo que salvó a la comunidad judía del naciente estado de Israel de ser aplastada por las fuerzas de varios países árabes es que convertido en un país de iure pudo comprar abiertamente armamento, que por cierto se lo vendió la comunista Checoslovaquia y no las potencias occidentales. Cuando el gobierno de Cataluña acudió a Alemania a comprar montañas de armamento, se encontró el veto del gobierno español, que tenía la última palabra.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una apuesta por el doble o nada. Y puede fallar, como los casos de Katanga, Biafra y Rodesia. Así el que se embarca en tal acto de fuerza tiene que asumir que si fracasa hará frente a la justicia del Estado al que se enfrenta. Me temo que veremos llanto y crujir de dientes. Nadie podrá excusarse en que no sabía lo que hacía.

¿Es España postnacionalista?

Llevamos años oyendo eso de que España no es una nación, al contrario que por ejemplo Cataluña. La idea de una débil nación española no es nueva. Recordemos La España Invertebrada. Pero es bien sabido que después de la Transición, la izquierda española renunció al concepto de España para abrazar los nacionalismos periféricos. Se me ocurren sobre la marcha como razones que la idea de un nacionalismo español genera fuertes recuerdos del Franquismo o  que dentro de la izquierda española las reivindicaciones identitarias han sustituido a las de clase.  Así que ante ese abandono, el concepto de España quedó en manos de una derecha que se resiste a renegar del todo del Franquismo (“no nos perdonan que nuestros abuelos ganaran la guerra”). La cuestión es que tenemos hoy argumentos para construir una nueva idea de país muy alejada de la España franquista. España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo (chúpate esa Suecia) y es hoy uno de esos países europeos sin un partido fuerte de ultraderecha eurófobo y xenófobo.

Un balcón de Barcelona ya famoso. Foto de Juan Carlos L. R.

La crisis de Cataluña ha puesto de manifiesto que el nacionalismo español tiene un imaginario limitado. Tenemos poco más que un himno sin letra y un cántico surgido para celebrar victorias deportivas que emplea el estribillo de una canción popular rusa. Y estos días he estado pensando, ¿y si eso fuera síntoma de algo bueno y no un problema? ¿Y si España hubiera evolucionado hacia un nuevo tipo de Estado donde la gente mostraba un enorme desinterés por las exaltaciones patrióticas porque el nacionalismo etnicista había sido superado? Sé que eso ha cambiado por la crisis catalana, con las banderas en los balcones y los cánticos de “a por ellos, oé” a la salida de unidades de la Guardia Civil rumbo a Cataluña. Pero esa España postnacional necesita un discurso transversal propio. Necesita rescatar el concepto de “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas en una España de ciudadanos democráticos y no de miembros de la etnia. Creo que José María Lizundia avanza en esa línea en “Naciones cívicas y étnicas”.

 

Leopards por la Diagonal

En varias de mis estancias en Madrid el año pasado me llamó la atención que cuando surgía el tema de una potencial crisis en Cataluña, con civiles y militares presentes, los civiles mostraban su preocupación por la deriva de la previsible intervención de las fuerzas armadas mientras los militares descartaban por completo que les tocara jugar un papel en Cataluña. Llegué a la conclusión que los únicos que tenían claro el tema eran los propios militares mientras que los civiles andaban bastante perdidos sobre qué iba a hacer el gobierno ante el desafío independentista.

La idea de los carros de combate Leopard 2E del Ejército de Tierra rodando por la Diagonal es el sueño húmedo de los independentistas porque la imagen del uso de la fuerza militar en Cataluña sería una victoria mediática regalada a los independentistas.Ya lo dijo Jordi Turull: “Si su solución al 1-O es el tanque, ya hemos ganado”.

Hay quien ha aprovechado para hacer humor de la obsesión con los carros de combate. Tenemos en Twitter la cuenta Tancs A Diagonal? y su En El Mundo Today, que Julian Assange confundió con un medio serio, han estirado el tema: “Así son los tanques que evitarán el referéndum catalán“, “Mariano Rajoy descarta enviar los tanques a Cataluña debido al precio de los peajes” y “Cospedal visita el hangar de los tanques para acariciarlos y decirles “Pronto, mis niños, pronto”“.

Una búsqueda desesperada de épica para salir en la foto.

El independentismo necesita una confrontación que le permita vender al mundo el conflicto con el gobierno central encuadrado en una narrativa de la iniciativa democrática de todo un pueblo moderno y decidido enfrentado a la violencia represora del gobierno de un viejo país sin rumbo ni legitimidad. El independentismo necesita portadas de los diarios internacionales donde se vean caras ensangrentadas y desencajadas en lágrimas y dolor para que el ciudadano medio de cualquier país que no tenía opinión previa sobre el tema piense al ver las imágenes que la razón asiste al lado que es víctima de la violencia. Por eso las tácticas que debe emplear el gobierno son contraintuitivas: desescalar el conflicto para huir de situaciones que permita encuadrarlo en el marco narrativo de los independentistas. Por una vez, recomiendo leer las ideas de William S. Lind al respecto en su desarrollo del concepto de Guerras de 4ª Generación.

El alojamiento en el puerto de Barcelona de los miembros de las distintas Unidades de Intervención Policial (UIP) en un buque de la naviera italiana Moby Lines decorado con personajes de la Warner Bros. ha sido motivo de cachondeo en las redes sociales. Desde el lado independentista han tratado de presentarlo como una “humillación” para los policías alojados en él pero los chistes lo que han hecho ha sido convertir el despliegue masivo de antidisturbios llegados del resto de España en un asunto divertido.

Otro ejemplo, esta vez intencionado, de cómo enfrentar magistralmente una acción de protesta lo protagonizó un guardia civil de un Grupo Rural de Seguridad desplazado desde Sevilla hasta Cataluña. Montaron una cacerolada frente al hotel y salió al balcón donde arrancó por fandangos.

Quienes hacían ruido y estaban listos con el móvil grabando esperaban una respuesta airada que subir a las redes sociales. Pero la escena se convierte en cómica con el público gritando “ole” y hasta el que golpea la cacerola se para para escuchar.

Más allá de la política y el derecho constitucional, si el gobierno español quieren enfrentar con éxito el actual desafío independentista tiene que asumir que esta es una batalla por las opiniones públicas: de Cataluña, del resto de España y de fuera del país. Hace falta un portavoz que hable inglés con fluidez, un gabinete de prensa multilingüe y un equipo dedicado a dar respuesta a los bulos que circulan por las redes sociales. Pero sobre todo, una narrativa. Pero quizás para esto último haya que tener un proyecto de país.

Los datos de la crisis

El corazón industrial de Estados Unidos ahora convertido en el Cinturón del Óxido.

En “El ruido y la señal” escribí sobre dos artículos que anticipan futuras victorias del Partido Republicano porque consideran que el Partido Demócrata no ha aprendido las lecciones de 2016. Ambos venían a decir que la clase obrera estadounidense se siente ajena al discurso identitario de la izquierda posmoderna. Y así, los perdedores de la globalización, los obreros cuyas fábricas se trasladaron a México y los trabajadores poco cualificados que se vieron desplazados por la mano de obra de inmigrantes irregulares, decidieron votar a Trump cuando prometió apretar las tuercas a las empresas para que mantengan sus factorías en suelo estadounidense y prometió construir el muro con México. Añadí también a la reflexión el artículo de un historiador británico que sostenía que el proceso de desinduntrialización explicaba el voto del BREXIT.

Nada de lo anterior es nuevo. En los años 90 aparecieron las milicias en Estados Unidos con sus teorías conspirativas sobre el New World Order. Escribí sobre ellas en “Dejados atrás: de las milicias a Trump”  más de medio año antes de las elecciones presidenciales estadounidenses para luego tratar de explicar el apoyo a Trump dentro de la clase obrera estadounidense. Manuel Castells en el segundo volumen de La Sociedad de la Información las presentaba como un fenómeno de reacción a la globalización. No cuesta nada entender un subtexto de reacción a una crisis de masculinidad de hombres maduros que perdieron su condición de macho proveedor al cerrar la factoría en la que trabajaban por lo que dedicaron los fines de semana a vestirse de camuflaje con un fusil en la mano rodeados de sus iguales.

Cómo Donald Trump obtuvo más votos en el Cinturón del Óxido en 2016 que Mitt Rommey en 2012.

Más de veinte años después de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte  (NAFTA en inglés) encontramos que el voto en las regiones desindustrializadas en el corredor que va de los Grandes Lagos a la costa atlántica resultó determinante para la victoria de Donald Trump.

Como conté en “El ruido y la señal”, Edward Luttwak usó el dato de ingresos y precio de los coches para mostrar la caída del poder adquisitivo de la clase obrera en su artículo sobre cómo el Partido Demócrata no había entendido el origen del descontento de un sector crucial en la victoria de Donald Trump. Creo que en España podemos buscar datos e indicadores que nos muestren problemas de fondo.

El dato que siempre me ha venido a la mente como síntoma de problemas profundos es la tasa de fecundidad. Cuando estudié la asignatura de Teoría de la Población y Análisis Demográfico en la carrera de Sociología aprendí que cada mujer en edad fértil debería tener 2,1 hijos para lograr la reposición de la población de un territorio. Al que le cueste pensar en fracciones de personas, piense en 210 hijos por cada 100 mujeres. Esas diez personas extras vendrían a compensar la mortalidad antes de llegar a la edad fértil. Y antes de que alguien diga que cada 100 mujeres fértiles teniendo 210 hijos no necesariamente garantiza la reproducción de una población porque el número de niños y niñas es aleatorio, que sepa que nacen 105 niños por cada 100 niñas. De alguna manera la naturaleza compensa la mayor mortalidad de los chicos, cuyo número va reduciéndose hasta que alrededor de los 18 años se equipara al de las chicas.

Dicho lo cual, miremos la tasa de fecundidad de España.

Tomado del Blog de Geografía del profesor Juan Martín Martín.

Como vemos la fecundidad en España cayó por debajo de la tasa de reposición a principios de los años 80. Vamos camino de un invierno demográfico. Los mayores de 64 años ya duplican o casi duplican a los menores de 16 años en varias comunidades autónomas.

El problema será mucho peor cuando llegue mi generación, la generación del baby boom español, a la edad de jubilación. ¿Qué pensáis que pasará con el sistema público de pensiones en 2040? ¿Cuál será la edad de jubilación para ese entonces? Véase la pirámide de población española en 2015.

Imagen vía cursos.com

El invierno demográfico al que vamos encaminados de no cambiar la tendencia no es un fenómeno español. Pero de eso hablaré en una futura entrada del blog, porque el asunto da para bastante. Volviendo a la idea de hacer como Edward Luttwak, tomemos los datos del salario real, que refleja la evolución de los salarios considerando la evolución del coste de la vida.

Imagen vía idealista.com

Desde el comienzo de la crisis, el salario real en España ha caído un 25%. Con la economía por los suelos por la crisis, la caída de los salarios era una fenómeno esperable si no se optaba por salir del euro para adoptar una neopeseta devaluada respecto al euro e impulsar las exportaciones. Opción esta última que defendía Pablo Iglesias en 2013, por cierto. Basta recordar que el término “mileurismo”, se popularizó a partir de una carta al director publicada en El País en 2005. En aquel entonces los licenciados universitarios con varios posgrados e idiomas se sentían frustrados por un nivel salarial que hoy alcanzan muchos menos para dar paso al seiscientoseurismo.

Bankinter publicó recientemente un informe sobre el mercado de la vivienda, que recogía El Confidencial:

“la combinación de unos mayores precios inmobiliarios con un incremento muy leve de los salarios ha provocado que el porcentaje de renta bruta por hogar destinado al pago de la vivienda no haya bajado del 33% y el número de años de renta familiar destinados al pago de la vivienda haya aumentado desde 6,3 a principios de 2014 hasta 6,9 en el primer trimestre de 2017”.

Los expertos recomiendan que la cuota de la hipoteca no supere el 30% de los ingresos mensuales y aconsejan la franja óptima como la que va de 20 al 25% de los ingresos. La alternativa a la compra de vivienda es el alquiler, pero resulta que ese mercado ha sufrido la mayor subida en diez años, según recoge El Mundo.

El precio medio de la vivienda en alquiler en España se incrementó un 9,5% en tasa interanual y un 5,9% intertrimestral durante el primer trimestre de 2017, según el Índice Inmobiliario del portal Fotocasa.

Así que tenemos un panorama de caída del salario real, subida del precio de la vivienda y subida del precio del alquiler. No parece un panorama muy alentador para formar una familia. Creo que tenemos aquí una buena explicación de la situación de fondo que dio lugar a la crisis del bipartidismo. La pregunta es, ¿es este panorama la “nueva normalidad” española?

 

 

Fuerzas desarmadas (I): El Ejército del Aire

Gonzalo Araluce ha hecho un repaso a la poca atención que prestan a la defensa los principales partidos que se presentan a las elecciones generales españolas del próximo mes de junio. El interés y del debate es mínimo, como dije hace poco en “Defensa menguante”. A pesar del intento de algunos de transmitir una imagen de que la sociedad española se apretó el cinturón mientras las fuerzas armadas no paraba de comprar juguetes nuevos, la realidad es que los presupuestos del Ministerio de Defensa se redujeron durante la crisis económica y las fuerzas armadas españoles han perdido una lista considerable de capacidades. Para colmo, los grandes programas estrella de las fuerzas armadas producidos por la industria europea y que estaban destinados a proporcionar a Europa autonomía tecnológica frente Estados Unidos, han resultado un fiasco de alguna manera, bien por los retrasos, el encarecimiento del programa o la merma de las capaciadades del producto final.

Si consideramos que la función principal de las fuerzas armadas es garantizar la soberanía nacional y que su primera misión al respecto es proporcionar una creíble capacidad disuasiva, es hora de preguntarse si esa capacidad ha entrado en un preocupante declive. No olvidemos la particular carrera de armamento entre Marruecos y Argelia, donde por primera vez un país vecino del sur supera en capacidades claves a España. Y tampoco perdamos de vista que, si algo nos ha enseñado esta década, es que el panorama internacional se ha vuelto imprevisible. Hagamos, por tanto, un repaso a las tres ramas de las fuerza armadas españolas, empezando por el Ejército del Aire.

El programa estrella del Ejército del Aires es el avión de combate Eurofighter 2000. Fue un proyecto que nació durante la Guerra Fría, cuando existían otros niveles presupuestarios y la amenaza del Pacto de Vasrosvia. Los “dividendos de la paz” en los años 90 provocaron indecisión política y retrasos. Francia decidió entonces seguir su propio camino para desarrollar el Dassault Rafale, mientras que los cuatro miembros restantes del consorcio (Reino Unido, Alemania, Italia y España) decidieron sacar una versión menos ambiciosa de la pensada inicialmente. Además se decidió desarrollar el avión por etapas, entregando lotes de producción (“tranches”, en francés) que incorporaran equipos y desarrollos de software paulitanamente. Hoy, la versión final, la Tranche 3B, no está ni se le espera.

España encargó originalmente 87 aviones Eurofighter. Ante el descenso de los presupuestos de defensa el pedido se rebajó a 73. Con los problemas económicos provocados por la crisis, el gobierno español llegó a un acuerdo con el consorcio fabricante para que entre 2012 y 2015 los aviones, según fueran saliendo de fábrica, se almacenaran a la espera de poder pagarlos. Pero no es España el único país con problemas. El caza prometía ser un proyecto industrial con perspectivas internacionales. La venta de unidades adicionales a las encargadas por los países socios haría el proyecto un éxito comercial, pero los cuatro países se encontraron con unos compromisos de compra insostenible con sus menguantes presupuestos de defensa. Disminuyeron los encargos y Reino Unido, que había encargado originalmente 232, decidió vender 72 a Arabia Saudita como parte de sus recortes. Las exportaciones no resultaron ser el éxito de venta esperado, sino tan sólo una compensación a los recortes.

Por otro lado, el cazabombardero más numeroso actualmente en el Ejército del Aire es el F-18 Hornet. Llegaron a España a partir de 1986, como parte del programa FACA (Futuro Avión de Combate Avanzado). Los planes originales eran adquirir 144 aparatos pero al final se compraron 72. En 1994 se compró un lote de 24 F-18 de segunda mano a Estados Unidos, como parte del denominado programa CX, que no han recibido el programa de modernización aplicado a los F-18 originales. Esos aviones con menores capacidades están destinados en la Base de Gando (Gran Canaria).

El otro gran proyecto estrella del Ejército del Aire es el avión de transporte Airbus DS A-400M. Cuando se formó el consorcio europeo de industria aerospacial, España estuvo presente vía la empresa Construcciones Aeronáuticas Sociedad Anónima (CASA). Hasta el momento sus productos de más éxito eran los aviones de transporte militar C-212 y CN-235. Así que España luchó para que las principales actividades relacionadas con el transporte militar se desarrollaran aquí. Para que el avión de transporte militar A-400M se construyera en España, el Ministerio de Defensa firmó la compra de 27 ejemplares para sustituir una docena de C-130 Hercules. Posiblemente fue la primera vez que en España un programa  doblaba las unidades a sustituir.

El desarrollo del A-400M ha sido problemático. El retraso del programa de desarrollo, lleno de problemas y sobrecostes del avión llevó a la pérdida de un cliente y a que tanto Francia como Reino Unido se hayan visto obligadas a comprar aviones en Estados Unidos para proporcionar las capacidades necesarias hasta la entrada en servicio del A-400M. Uno de los problemas del desarrollo del avión fue el requerimiento alemán de que fuera capaz de cargar 32 toneladas para poder transportar el vehículo de infantería de combate Puma. Hubo que desarrollar un monstruo de turbohélice para que el A-400M levantara tanta carga y la llevara lejos de forma rápida. Hace poco se encontraron problemas en la caja de engranajes del motor que podría retrasar las entregas.

El gran problema del Ejército del Aire, como el resto de las Fuerzas Armadas, es que más allá de esos grandes programas es que el resto de capacidades languidece. Podemos empezar por el Grupos 45 y el Grupo 47 dedicados al transporte y la guerra electrónica. Los aviones VIP han tenido un montón de averías en los últimos años. En abril de 2014 leíamos el titular “La avería en el avión del rey ya es la quinta en la flota oficial en los últimos meses”. Se dio la situación en que Mariano Rajoy viajó a una cumbre en Roma en un avión prestado por Bélgica.

Por su parte los viejos Boeing 707 dedicados al transporte de tropas y carga no pararon de tener averías y dar algún susto antes de su retiro. De tres Boeing 707 destinados al transporte y reabastecimiento en vuelo, sólo queda uno en servicio. Cuando F-18 españoles se desplazaron a Turquía en el verano de 2015 para los ejercicios Anatolian Eagle debieron contar con aviones cisternas de países aliados para llegar a su destino. Y lo que es más importante, la joya de la corona en materia de inteligencia electrónica en el Ejército del Aire, el solitario Boeing 707 del Programa Santiago, ha sido retirado del servicio.

Sobra decir que España carece de aviones con radar de alerta temprana y control aéreo (EAW, AEW&C, AWACS, etc.) Airbus DS presentó no hace mucho un prototipo sobre la base del C-295, pero no habido ni el más mínimo rumor sobre interés del Ejército del Aire por él. Lo cual, puede ser simplemente reflejo de la absoluta falta de fondos para un sistema así.

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Un P-3B Orion español luchando contra la piratería somalí con un radar de válvulas.

Otro aérea relacionada con las capacidades ISTAR es la patrulla marítima. El Ejército del Aire cuenta con cuatro P-3 Orion, comprados de segunda mano a Noruega y que fueron modernizados en España. Había un quinto avión previsto para ser modernizado, pero fue finalmente destinado a piezas. La patrulla marítima ha sido siempre el patito feo de la aviación española, quizás porque sus misiones sirvan fundamental para apoyar a la Armada. Paradójicamente, en otros países, como Estados Unidos y Francia, los aviones de patrulla marítima pertenecen a la armada pero emplean sus sensores en misiones ISR sobre tierra.

No debemos olvidar la flota de helicópteros SAR del Ejército del Aire, que supera los 30 años de servicio. El 801 Escuadrón con base en Son San Juan (Mallorca) incorporó cinco helicópteros Puma en 1983, complementados con otros dos comprados de segunda mano entre 2008 y 2009. El 802 Escuadrón con base en Gando (Gran Canaria) está dotado desde 1982 con helicópteros Super Puma. Dos sufrieron en los dos últimos años sendos accidentes, estrellándose ambos aparatos en el Océano Atlántico. La solución a los problemas de envejecimiento de la flota debería pasar por su renovación. España tenía previsto comprar 28 helicópteros NH-90 para el Ejército del Aire, con lo que se hubiera dotado a los tres escuadrones SAR (801 de Son San Juan, 802 de Gando y 803 en Cuatr Vientos). El NH-90 es otro programa europeo con un precio que se ha disparado y con problemas de fiabilidad y capacidades limitadas respecto a las planeadas, tal como han comprobado sus usuarios en las fuerzas armadas de Finlandia, Holanda y Australia. La crisis económica en España supuso un recorte en el pedido de NH-90 y el pedido de 28 helicópteros para el Ejército del Aire se han quedado en sólo seis ejemplares. La solución para cubrir las plantillas de aeronaves es comprar  nuevamente helicópteros de segunda mano.

Mural de homenaje al sargento Jhonander Ojeda Alemán del 802º Escuadrón del Ejército del Aire, superviviente de un accidente de helicóptero y fallecido en acto de servicio en un segundo accidente.

El estado del Ejército del Aire español es que actualmente incorpora un avión de combate avanzado, el Eurofighter, que si tuviera que disputar la superioridad aérea al enemigo en solitario no cuenta con el apoyo de aviones de alerta temprana, ni con aviones cisterna, ni información del orden de batalla electrónico enemigo. Y en caso de tener que eyectarse, un piloto de combate español tendría la seguidad que iría a rescatarle un helicóptero con 30 años de antigüedad o uno comprado de segunda mano.