Guerras de la Información: Narrativas

La supuesta injerencia rusa en Cataluña ha desatado una tormenta de artículos en España como sólo sucede cuando se abraza una nueva ortodoxia con el furor del converso. Hablamos de un país donde los expertos llevaban tres años negando que hubiéramos entrado en una Nueva Guerra Fría. Al parecer, Putin no tenía ningún interés en enredar en Occidente y era más los que nos unía que lo que nos separaba del Kremlin. Pero ahora que “Rusia es culpable”, lo mismo el diario madrileño publica una editorial que lleva el término “Guerras Híbridas” en el título, que el Real Instituto Elcano publica un análisis sobre la “deziformatsiya” y otros términos que en ruso parece que suenan mejor. En estos días que no doy abasto ordenando todo lo que se escribe sobre bots, trolls y operaciones de influencia, voy a tratar de poner orden en el asunto e ir poco a poco aclarando conceptos y explorando temas de las Guerras de la Información.

Decíamos en el epígrafe “Campos de batalla inmateriales” de Qué son las Guerras Posmodernas:

Las Guerras Posmodernas son la forma de conflicto propia de la sociedad de la información en un mundo globalizado, donde los medios de comunicación e Internet ocupan un lugar importante. Así que la construcción narrativa del conflicto puede llegar a ser el elemento fundamental del conflicto. Esto es, para uno o varios bandos enfrentados la clave de su victoria puede estar no en el uso de la fuerza en el campo de batalla sino cómo su causa es presentada ante la opinión pública internacional para provocar una respuesta que lleve a actuar a gobiernos, organizaciones e individuos. En tal caso no es relevante lo que pasa sobre el terreno o lo sólida de la causa, sino cómo se construye la narrativa en los medios.

El concepto “narrativa” hace referencia aquí a cómo es entendido en Ciencias Sociales, esto es el relato coherente que construyen las personas para explicar las causas de los acontecimientos. El célebre manual de contrainsurgencia FM 3-24, que impulsaron los generales Mattis y Petreaus, define “narrativa” en su epígrafe 1-76 como el “esquema organizacional expresado en forma de historia”. Y es que al final, se trata de la historia que cuenta cada bando para explicar el origen del conflicto, sus motivaciones y lo que está pasando. Así, el gobierno español encaró el desafío del referéndum de independencia catalán como un simple problema legal, insistiendo en su carácter de “referéndum ilegal”. La prensa de fuera de Cataluña hablaba de golpe de estado, una referencia que apelaba a la memoria histórica del 23-F. Fuera de España, los medios y los ciudadanos corrientes mostraron su indignación por las escenas de violencia del 1 de octubre, sin entrar en el contexto político y legal. Se trataba de un pueblo pacífico que luchaba por su libertad y que había sido atacado por el Estado español al acudir a las urnas para decidir su futuro Por ello hablé aquí del “desastre del 1 de octubre” y acudí a las ideas de William S. Lind, padre del concepto de Guerras de Cuarta Generación, para señalar en el artículo “El 1 de octubre en Cataluña y las Guerras de Cuarta Generación” que lo que puede considerarse una victoria táctica, por ejemplo incautar la urna y cerrar un colegio electoral, puede ser un completo fracaso estratégico.

Portadas de la prensa extranjera tras el 1 de octubre. Montaje de El Periódico.

La colección de tópicos desplegados fuera de España llevó al escritor Antonio Muñoz Molina a escribir “En Francoland”, donde se quejaba de la visión simplista y anticuada que muchos extranjeros, incluso cultos e intelectuales, tienen de España. José I. Torreblanca, también en el diario madrileño El País, hablaba de “[o]rientalismo barato aplicado al sur de Europa”. Se referían los dos a esos autores extranjeros que acudieron al cajón de tópicos para representar a una España primitiva, pasional y fanática. Recuerdo que aquellos días muchos tuiteros extranjeros que comentaban lo sucedido hacían referencia a Homenaje a Cataluña de George Orwell, una obra con casi 80 años. Más de un analista, que había estado siguiendo mediante fuentes abiertas los conflictos de Ucrania y Siria, parecía entusiasmado por la idea de una nueva guerra civil en Europa. Más de un corresponsal extranjero transmitió su decepción al no llegar la sangre al río. Se perdieron la oportunidad de emular a Hemingway en España.

Masha Gabriel, directora de Revista de Medio Oriente, señala en un artículo en El Medio, que la prensa extranjera fue presa del extendido vicio de presentar las noticias con un enfoque que conmueva, más allá de datos y hechos. La ironía, apunta, es que las mismas prácticas en la cobertura informativa extranjera sobre Cataluña, de las que se quejaban los periodistas españoles, son las que uno puede encontrar en la prensa española al tratar el conflicto palestino israelí: “la fuente fácil pero no necesariamente la más fiable, la tendencia a convertirse en juez y parte, la voluntad de imponerse la misión de emocionar por sobre la de indagar y comunicar, dar a conocer, etc”. He leído ya a varias personas hablar de que el conflicto catalán ha ayudado a muchos en España a perder los complejos y entender que la crónica periodística de un periodista que aterriza como paracaidista en un lugar no tiene que ser necesariamente buena por mucho prestigio que tenga el periodista o por mucha solera que tenga el medio internacional.

El lunes 6 de noviembre la empresa de estudios de opinión Sigma Dos reunió a ocho corresponsales extranjeros en España para tratar la primera encuesta sobre intención de voto en Cataluña de cara al 21-D que se había publicado en España. Cuenta Roberto Benito en El Mundo que la reunión derivó en una conversación sobre la cobertura informativa en el resto de Europa sobre la crisis catalana. Por ejemplo, Sarah Morris habló de que se percibía el asunto con “cierto romanticismo” y mencionó la creencia de que Cataluña fue la única región de España que luchó contra el franquismo. Es decir, la narrativa independentista había calado. De hecho, el periodista británico Guy Hedgecoe y la alemana Helene Zuber contaban que el trabajo de las “embajadas” catalana y la propaganda independentista había sido eficaz en sus países. En la reunión los corresponsales contaron que fue la gran manifestación del 8 de octubre contra la independencia y la huida de varios consejeros tras la Declaración Unilateral de Independencia lo que había contribuido a un cambio de la percepción pública. Hasta las manifestación contra el independentismo desde fuera parecía que era una fuerza mayoritaria y dominante en Cataluña

La postura del gobierno español fue que no había sido necesario contrarrestar la narrativa independentista porque los editoriales de la prensa extranjera en los días siguientes a los acontecimientos del 1 de octubre eran favorables a la unidad de España. Despreciaron así la opinión expresada por los ciudadanos corrientes en las redes sociales. La labor de pelear en el terreno de la narrativa la terminó asumiendo un grupo de voluntarios que crearon Voices from Spain. Cuentan la arquitecta Elena Alfaro y la traductora Verónica Puertollano cómo se dedicaron a traducir, del español a varios idiomas europeos, noticias y artículos de opinión relevantes. En 50 días de trabajo fueron más de 240 artículos los publicados en cinco idiomas (inglés, francés, italiano, alemán y español) gracias al esfuerzo de más de 20 voluntarios en cinco países diferentes. Al final, la batalla en el campo de los significados la dieron ciudadanos anónimos. Quizás la próxima vez no nos podamos dar el lujo de no estar preparados.

“El sueño eurosiberiano” de Jorge Verstrynge

Después de la Segunda Guerra Mundial, una parte de la ultraderecha europea renegó del nazismo y asumió que su futuro no pasaba por los partidos políticos sino por la influencia ideológica, la “metapolítica”. Aquellos movimientos europeos, en plena Guerra Fría, quisieron mantener una postura alejada tanto del capitalismo occidental como del comunismo soviético: la Tercera Posición. Por el camino, fueron desarrollando interés por movimientos políticos del Tercer Mundo como el peronismo argentino o el socialismo árabe. Así, llegamos hoy en día a la conexión siria de la ultraderecha española, que ve en el régimen de Bashar Al Assad un baluarte contra Israel y el yihadismo.

Jean Thiriart (izq.) y Aleksandr Dugin (centro). Foto vía El Gran Juego.

Uno de los personajes de esa renovada ultraderecha europea fue el belga Jean Thiriart, impulsor del movimiento paneuropeo Jeune Europe. Thiriart defendía, para enfrentarse al imperialismo estadounidense, la unión de una Europa que fuera de Galway, en la costa occidental de Irlanda, a Vladivostok, en la costa rusa del Pacífico. Tras la disolución de la Unión Soviética, Thiriart viajó a Moscú en 1992. Desembarcó en un país que vivía un vacío ideológico tras la caída del comunismo. Allí conoció a Aleksandr Dugin, que colaboraría poco después con Eduard Limonov para impulsar el Partido Nacional Bolchevique, los célebres “comunistas nazis” (nazbol). Thiriart murió en Bruselas poco tiempo después de su viaje, pero la semilla había sido plantada. Dugin terminaría por desarrollar la Cuarta Teoría Política, además de refundar el movimiento euroasianista.

Curiosamente el año en que Thiriart llegó a Moscú, Jorge Verstrynge publicaba El sueño eurosiberiano. El libro fue editado por el Instituto de Europa Oriental, que había contado con Raisa Gorbachova para su inaguración en 1990 en la Universidad Complutense de Madrid. Jorge Verstyrnge es posiblemente el único personaje del panorama intelectual español en el que mi interés por sus ideas es equiparable al desprecio que recibe. Se trata de uno de los autores españoles más influidos por aquel eclecticismo intelectual de la renovada ultraderecha europea. Hizo un repaso a aquellas corrientes en 2002 en el libro Rebeldes, revolucionarios y refractarios, que cuenta hoy con una segunda edición revisada y ampliada.

El sueño eurosiberiano es un libro escrito al calor del momento y está lleno de predicciones equivocadas que hoy resultan divertidas. Pero la idea de fondo del libro tiene implicaciones importantes, como veremos al final. El libro se puede leer no sólo como un análisis del momento, sino como un programa de política internacional. Sostiene Jorge Verstrynge que la caída de la Unión Soviética proporcionaba una oportunidad para que Europa cortara amarras con Estados Unidos y asumiera un papel autónomo en el panorama internacional.  Para ello, Europa tenía que asumir que el concepto de Occidente (que engloba a Estados Unidos) es una falacia y que de la alianza de Europa con Rusia podía salir un superpotencia que ocupara el lugar de la Unión Soviética. Verstrynge propone el eje Madrid-París-Berlín-Moscú. Esa Gran Casa Común Europea, concepto de Gorbachov, aunaría la tecnología de Europa occidental y las materias primas siberianas para crear un gran mercado poco dependiente de recursos externos que podría además englobar a los países árabe-mediterráneos. Esa unión sería posible y viable porque, según Verstrynge, Rusia es un país plenamente europeo. Curiosamente es una idea cuyo rechazo es central en el euroasianismo de Dugin. Además, Verstrynge plantea que “sin riesgo real y fundado de desmembramiento, se diga lo que se diga” (pág. 69) veremos que “[l]a URSS, con éste u otro nombre, sobrevivirá” (pág. 70). Sus argumentos son que Bielorrusia y Ucrania buscarían refugio bajo el ala rusa para protegerse de Polonia, país preso del fanatismo católico. Así que bastaba entonces que a Rusia se sumaran esos dos países vecinos y Kazajistán para formar una unión que conservaría el 90% de la población y el 80% del territorio de la Unión Soviética. Además, se planteaba en aquel momentos la ampliación de la entonces llamada de Comunidad Económica Europea. Verstrynge anticipaba efectos beneficiosos. La incorporación de países como Austria, Suecia y Finlandia, junto a la de los antiguos países comunistas de Europa del Este, alejaría a Europa de la OTAN y la llevaría a una posición de neutralidad geopolítica.

Además de la OTAN y el atlantismo, Jorge Vestrynge sostenía entonces que el neoliberalismo de los años 70 y 80 tenía los días contados. “[L]a historia dará, sin duda, cuenta del mito según el cual la llegada del “post-comunismo” equivale al triunfo, o meramente a la victoria, del capitalismo” (pág. 122). El espacio económico eurosiberiano no tendría que ser necesariamente proteccionista, pero sí autosuficiente. Las exportaciones tendrían cada vez menos peso en las economías, según la idea de las exportaciones como motor del crecimiento pasase de moda. El proteccionismo sería una idea defendida por Jorge Verstrynge en un libro de 2009.

La idea de una gran potencia eurosiberiana que rivalizase con Estados Unidos en un renavado orden bipolar era factible en el mundo descrito por Jorge Verstrynge porque Estados Unidos aparece como un país decadente y aquejado de problemas estructurales. “Ya se reconoce que, en la actualidad, USA está en plena recesión y decadencia económica” (pág. 38). El desfile de estadísticas de pobreza y delincuencia en el libro es buena prueba de que si uno escoge los datos que quiere, puede demostrar que un país está a punto de irse al garete. “[S]e multiplican las peticiones norteamericanas de ayuda europea” (pág. 40). Igual sucede con la recopilación de datos sobre producción industrial. La comparación favorable de la tecnología europea, del Arianne al Airbus, da idea de que el autor no estaba familiarizado con la pujanza tecnológica estadounidense de entonces. Me llamó la atención que la revolución tecnológica de la Sociedad de la Información, que estaba a la vuelta de la esquina, no aparece en el libro. Se mencionan también las grandes compras japonesas en Estados Unidos. Precisamente la novela “Sol naciente” de Michael Crichton, que recogía el temor de la invasión económica japonesa, salió publicada en 1992.

La visión de Estados Unidos que demuestra tener Jorge Verstrynge en el libro parece un perfecto reflejo de aquella época, cuando en España hablábamos de ese país sin tener la más remota idea y repetíamos mitos de barra de bar. Por ejemplo: “El sistema educativo es una hecatombe y, de las universidades, no llegan una docena a las que tienen un nivel equivalente a nuestro… COU” (pág. 24).  Cuando habla de la cultura estadounidense, suena como un cascarrabias europeo que dice cosas como “la cultura norteamericana (la cultura es lo que vertebra un país) está en caída libre” (pág. 26). Según Verstrynge, un síntoma de la decadencia cultural estadounidense es la exaltación que hace el cine de Hollywood de los gangsters, cuando no presenta a héores de pacotilla “como Rambo, Schwartznegger (sic), Indiana Jones, Cocodrilo Dundee, Batman o Supermán” (pág. 25). Además, según él, Hollywood nos proporciona “basuras” como “E.T.” e “Indiana Jones” (pág. 118).

La lectura de El sueño eurosiberiano 25 años después es una mera curiosidad. Se trata de un libro, como todos los del autor, escrito con un estilo embrollado por la habitual falta de un buen trabajo de edición. Aparte de las puntuales erratas, se pueden leer cosas como “numero de ogivas”, a pesar de que mi ejemplar es de la segunda edición. Jorge Verstrynge no acertó en casi nada. Estados Unidos se convirtió en la potencia hegemónica en un mundo unipolar. La Unión Europa está en cambio llena de problemas y hay más signos de decadencia social en Europa que en Estados Unidos. Rusia siguió un camino aparte asumiendo una identidad ajena a Occidente. La Unión Soviética se fragmentó y los intentos rusos de mantener su primacía geopolítica con organizaciones multinacionales no ha dado ningún fruto (desde la Comunidad de Estados Independientes a la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva). Los países ex-comunistas de Europa del Este resultaron los más furibundamente atlantistas. La economía japonesa pinchó. El Mediterráneo ha sido más muro que puente entre Europa y el mundo árabe. Entonces, ¿por qué es relevante El sueño eurosiberiano? Porque las ideas que el autor tomó de la ultraderecha francobelga inspiraron a ese bloque de partidos de ultraderecha que en el Parlamento Europeo vota junto con la ultraizquierda a favor de los intereses de la Rusia de Putin.

Jorge Verstytnge siguió un periplo por los partidos políticos españoles peculiar: arrancó en Alianza Popular, entró en el PSOE, asesoró a Izquierda Unida y su entrada en Podemos fue rechazada por las bases. Fue vetado por su postura sobre la inmigración. Tema, que dice Verstrynge, constituye la única gran diferencia entre Podemos y el nuevo Front National francés de Marine Le Pen, con el que se siente identificado. Y es que si acudimos al punto 327 del programa electoral de Podemos de 2016 leemos:

Buscaremos dotar de una mayor autonomía estratégica tanto a Europa como a España en el seno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), para lo cual profundizaremos en la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) y en la Europa de la Defensa para afrontar las relaciones con nuestro entorno y las problemáticas globales desde una perspectiva exclusivamente europea. En este sentido, defenderemos neutralizar el papel desestabilizador de la OTAN en Europa del Este, congelar las fronteras actuales de la alianza y detener la instalación del escudo antimisiles en el este de Europa y el mar Báltico.

A medio plazo, apoyaremos la compatibilidad de la alianza con una arquitectura de seguridad paneuropea en la que participe Rusia, sobre la base de una reactivación de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE).

El sueño eurosiberiano duerme ahí.

 

 

 

Las penurias de la Armada argentina

El submarino “San Juan” en la Base Naval de Mar del Plata. Foto vía Wikimedia.

El submarino S-42 “San Juan” de la Armada de la República Argentina está desparecido. El último día que se tuvo contacto por radio fue el miércoles 15 de noviembre. Al parecer, a bordo del submarino se disponía de un sistema de comunicaciones por satélite Iridium. Pero la empresa ha comunicado que no le consta su uso. La noticia de la desaparición transcendió el jueves cuando se anunció la operación de búsqueda. Las primeras unidades navales enviadas a la zona fueron la fragata “Sarandí” (destructor, según la hiperbólica denominación argentina), la corbeta “Drummond” y la corbeta “Rosales”. Además, se enviaron un avión de patrulla marítima Grumman S-2 Tracker y otro Beech B-200 de la variante argentina Cormorán. Ahí tenemos una pista de los problemas de medios y presupuesto de la defensa argentina.

Imagen tomada del diario argentino La Nación.

La última posición conocida del submarino “San Juan” estaba a 240 millas náuticas de la costa argentina en el Golfo de San Jorge. Según contó ayer domingo el diario argentino La Nación, el área de búsqueda lo formaba un rectángulo sobre el mapa de 306 x 216 kilómetros de área. Para una misión así era de esperar que se enviara el avión de patrulla marítima por antonomasia: el Lockheed P-3 Orión.

P-3B Orión argentino sobrevolando la Base Aeronaval “Almirante Zar” en Trelew. Foto vía Histamar.com.ar

Se trata de un avión cuatrimotor del que el Comando de la Aviación Naval argentina adquirió a Estados Unidos seis ejemplares de segunda mano de la variante P-3B y que fueron recibidos entre 1997 y 1999. Un P-3 Orión puede estar entre nueve y doce horas volando, según las condiciones meteorológicas, el número de tripulantes embarcados y otros factores. Sin embargo las dos primeras aeronaves enviadas a la zona son dos pequeños bimotores de capacidades limitadas en comparación.

Grumman S-2T Tracker de la Armada de la República Argentina. Foto vía Wikimedia.

El Grumman S-2T Turbo Tracker es un pequeño avión de patrulla antisubmarina creado para operar sobre portaaviones. La armada argentina lanzó un programa de modernización a finales de los años 80 para llevar sus S-2E Tracker al estándar S-2T con nuevos motores turbohélice y asistencia israelí. Según el portal español de noticias Infodefensa, en 2016 volvió a volar un S-2T argentino. Habían pasado por lo menos tres años en los que toda la flota permaneció en tierra sin volar Las intenciones anunciadas entonces eran de volver a poner en servicio un total de tres aviones.

B-200 “Cormorán” de la armada argentina. Foto vía Wikimedia.

El Beech B-200 Cormorán es una versión argentina de patrulla marítima del avión B-200 Super King Air. A tres ejemplares se les dotó de un radar ventral, ventanillas de burbuja para observadores en cada lado, depósitos adicionales de combustible y mejoras en las comunicaciones, incluyendo un enlace de datos que permite enviar fax.

Interior de un B-200 “Cormorán” del Comando de la Aviación Naval Argentina que participa en la misión de búsqueda. Foto vía Armada de la República Argentina.

Las últimas noticias disponibles que encuentro sobre los ausentes P-3B Orión argentinos son el anuncio en enero de 1996 de que serían sometidos a labores profundas de mantenimiento en la empresa estatal FAdeA con ayuda de la portuguesa OGMA. Curiosamente el primer P-3 Orión del que se tuvo noticias en la operación de búsqueda del submarino desaparecido es un ejemplar perteneciente a la NASA. Se trata de un aparato que se encontraba en la Patagonia argentina como parte de una misión científica anual de medición de los hielos antárticos. Como se puede ver en la siguiente foto, carece del detector de anomalías magnética (MAD) en la cola. Se trata de un sensor, colocado al final de un carenado en forma de pértiga en la cola, que permite detectar grandes masas metálicas bajo el agua. Es un sensor básico en guerra antisubmarina pero es de suponer que el P-3B de la NASA carece de ese y otros sensores útiles para buscar un submarino, aportando en la búsqueda nada más que su autonomía y sensores ópticos.

P-3B Orión de la NASA. Foto vía U.S. Naval Institute.

Según la cuenta oficial de la Armada de la República Argentina en Twitter, ayer domingo estaban participando en la búsqueda dos B-200 y un S-2T del Comando de Aviación Naval, además de un C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Argentina. Por su parte, el único Beech B-350ER de la Prefectura Naval Argentina se había situado en reserva en Comodoro Rivadabia. Este último aparato no sólo está dotado con radar en un carenado ventral, sino que cuenta con un sistema de búsqueda FLIR de visión infrarroja.

El único Beech 350ER de la Prefectura Naval Argentina. Foto vía Aerodata.

Todos los aviones argentinos participando en la misión de búsqueda (los B200 Comorán, el S-2T Turbo Tracker y el C-130 Hércules) son de utilidad en el caso de que nos encontremos en el escenario más optimista: que el submarino S-42 “San Juan” tuvo un problema con las comunicaciones, la generación de electricidad  o la propulsión, por lo que ahora se encuentra en la superficie e incomunicado.

Lista de medios desplegados el domingo 19 de noviembre en la búsqueda del submarino argentino S-42 “San Juan”. Imagen vía Armada de la República Argentina.

Si nos encontramos en un escenario más grave, que el submarino está posado en el fondo tras algún tipo de accidente, es necesaria contar con aviones de patrulla antisubmarina. Ayer participaba uno solo de ese tipo: un moderno P-8 Poseidón de la armada estadounidenses que estaba participando en la lucha contra el tráfico de droga en Centroamérica y llegó el sábado por la tarde a Argentina. Un segundo avión será enviado a Argentina próximamente. Estados Unidos además ha enviado a Argentina, vía 3 C-17 y un C-5, equipos de rescate de submarinos. La Fuerza Aérea de Brasil ha aportado dos aviones de patrulla marítima: Un CN-23 y un P-3AM. Mientras que la armada ha aportado tres buques: una fragata, un buque científico polar y un buque de rescate de submarinos.

El buque de rescate de submarinos K-11 “Felinto Perry”. Foto vía Marinha do Brasil.

Como no sabemos qué ha pasado con el submarino es prematuro ponerse a pontificar sobre cómo los años de penurias y recortes en las fuerzas armadas argentinas son la causa de fondo de la avería o accidente. Pero uno puede hacerse idea de los recursos limitados de las fuerzas armadas argentinas sólo considerando los medios aéreos desplegados por el Comando de la Aviación Naval. Por no hablar de la falta de un buque especializado en rescate de submarinos (España cuenta con el A-20 Neptuno).

La última área de búsqueda anunciada es sólo 10.000 kilómetros más pequeña que la superficie de la España peninsular (492.175 kilómetros cuadrados). A partir de aquí, puede pasar cualquier cosa.

 

Lecciones de geopolítica para la fallida República de Cataluña

Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a  Max Weber. Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.

Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.

Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivares se dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.

Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fría y la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.

Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“. Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.

Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.

Ultima ratio regis

El otro día alguien tuiteaba “¿A cuántos catalanes estáis dispuestos a matar para defender la unidad de España?”. Busco en Twitter y veo que es una frase repetida y discutida con variantes. La primera vez que vi la frase alguien contestó dándole la vuelta. ¿A cuánta gente estaban dispuestos a matar en Cataluña para alcanzar la independencia? Y es que como expliqué el otro día, una Declaración Unilateral de Independencia es un acto de fuerza que rompe con el orden legal para imponer otro jugando al doble o nada. O nace un nuevo país o vas a la cárcel.

“Palacio de la Generalitat de Catalunya, plaza Sant Jaume, tras la batalla, octubre 1934“. Foto tomada del blog de José Antonio Bru.

El Mundo contó allá por agosto de 2014 que había mossos haciendo cursos en Europa que no se correspondían a labores policiales. Por su parte, El Confidencial Digital contó en mayo de 2016  que la Generalitat de Catalunya quiso comprar armamento de naturaleza y en cantidades que ni siquiera se justifican con la amenaza yihadista. La compra, por lo visto, fue parada desde Madrid. Como también fue parada la compra de 500 “granadas aturdidoras”, según contó El Confidencial Digital en abril de 2017. Y es que como expliqué el otro día, los Certificados de Usuario Final necesarios para comprar legalmente armamento de guerra en el mercado internacional los expiden los estados soberanos.

Si todo esto fuera cierto, podríamos plantearnos que desde el independentismo se optó por una estrategia de resistencia pacífica no violenta no por fuertes convicciones morales, sino por resignación ante las pocas probabilidades de disputar  con éxito al Estado en Cataluña el monopolio de la violencia legítima con los medios disponibles. Pero aún así cabe preguntarse, en un escenario similar al 18 de julio de 1936 en las guarniciones africanas, a cuántos mossos leales al ordenamiento constitucional español y a cuántos guardias civiles estaban dispuestos los golpistas a llevarse por delante para controlar el territorio de Cataluña tras la Declaración Unilateral de Independencia.

El Nacional.cat tituló con una frase de Andrea Levy, diputada del Partido Popular el Parlament: “Puigdemont ha puesto en riesgo la vida de los catalanes”. Veo que ha causado escándalo. “¡El govern del PP estava disposat a matar catalans!” No parece la gente consciente de lo cerca que hemos estado de una tragedia. Bastaba que a la Declaración Unilateral de Independencia le hubiera seguido acciones de fuerza de los mossos para vernos en un escenario donde tenía cabida el artículo 8º de la Constitución Española. Y en tal caso, el Estado español estaba absolutamente legitimado a emplear la fuerza para defender el ordenamiento constitucional contra los golpistas armados.

Afortunadamente la Generalitat no movilizó a los mossos el viernes 27  se encontró con que los Mossos d’Esquadra decidieron mantenerse fieles a la legalidad vigente [*]. La Declaración Unilateral de Independencia quedó en un gesto vacío que todavía algún independentista está tratando de interpretar. El gobierno español por su parte parece que aprendió del desastre del 1 de octubre, empleando de forma limitada los poderes que le otorga el artículo 155º de la Constitución Española y llamando inmediatamente a elecciones autonómicas. Incluso parece que ha tratado de desescalar el conflicto con declaraciones como que se vería con “agrado” que Puigdemont se presente a las elecciones del 21 diciembre o afirmando que la actual crisis política podría terminar en última instancia con mayores cotas de autonomía para Cataluña. Pero a lo mejor estoy atribuyendo a la inteligencia lo que han sido declaraciones poco pensadas y descoordinadas.

Ahora veo asombro porque la maquinaria de la justicia se ha puesto en marcha. Parece que después de la Declaración Unilateral de Independencia, que no llegó a ninguna parte, quisieran excusarse: “era bromita, ¡no hay por qué ponerse así!”. Yo la verdad, no le veo la gracia. Hemos estado muy cerca de una tragedia. Y estamos descubriendo estos días que el Procés fue una huida hacia adelante de unos líderes que no tenían plan ninguno. Justo ahora caen en la cuenta en Cataluña que nadie se molestó en construir la estructura básica de un Estado, ni en pensar todo lo que venía después de proclamarse la República de Catalunya.  Ha sido un capricho de niños ricos jugando a ser adultos y poniendo en riesgo el futuro de la gente. Imaginen las inversiones y puestos de trabajo que dejarán ahora de aterrizar en Cataluña y el resto de España. Y encima querrán que pretendamos que aquí no ha pasado nada. Espero que de todo esto alguien haya aprendido algo.

 [*] Según Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, “el fet que no hi hagués el reconeixement internacional posterior o que el cos dels Mossos, d’Esquadra hagin hagut de seguir les instruccions del govern del PP ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?

Una Declaración Unilateral de Independencia no es un juego

Pues se ha consumado. No tiene sentido debatir a estas alturas cómo hemos llegado hasta aquí. Ya hablé del desastre que supuso la acción de las fuerzas policiales el 1 de octubre y traté de analizar lo sucedido aquel día desde la perspectiva de William S. Lind y su concepto de Guerras de Cuarta Generación. Me quedaron en el tintero varios asuntos que no sé si merecerá tratar a estas alturas. Lo que sí puedo decir es que desde el lado independentista catalán percibo una terrible desconexión de la realidad. Y en un día como hoy me pregunto si en Cataluña son conscientes de lo que han llevado a cabo.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una ruptura total con la legalidad vigente al grito de “¡Patria o Muerte!”. El que rompe la legalidad vigente lo hace porque cree con firmeza que la suya es una causa justa y noble por la que está dispuesto a morir o sufrir pena de cárcel bajo el consuelo “la historia me absolverá”. Al fin y al cabo, toda causa se alimenta con la sangre de sus mártires.

Bernardo de Gálvez y las tropas españolas en la Guerra de Independencia estadounidense. El soldado con tricornio y casaca azul en el extremo derecho es un voluntario catalán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

Para el éxito de una Declaración Unilateral de Independencia se tienen que dar varias circunstancias. La primera y la fundamental es tener medios para defender el naciente Estado-Nación o al menos para luchar por él. El relato épico y heroico de la Guerra de Indepedencia de los Estados Unidos suele olvidar que las Trece Colonias contaron con la ayuda de la armada francesa y un contingente español al mando de Bernardo de Gálvez, el único general invicto de aquello guerra, que abrió un frente a los británicos en Florida y el Caribe. En fechas más cercanas, tenemos el caso de las tres repúblicas bálticas, Croacia y Eslovenia en 1991. Todos esos países recibieron el reconocimiento internacional, la causa independentista contaba con un mayoritario apoyo social y rompían con un estado multinacional en crisis y rumbo a la disolución.

T-55 esloveno en Ajdovščina durante la Guerra de Independencia (1991).

En el caso croata y esloveno, el modelo de defensa territorial de Yugoslavia supuso la existencia de abundantes arsenales completados con la llegada de material de guerra desde el exterior. Recordemos que para acudir al mercado internacional y legal de armamento se requiere un Certificado Final de Usuario emitido por el representante de un gobierno legítimo y reconocido. Así, lo que salvó a la comunidad judía del naciente estado de Israel de ser aplastada por las fuerzas de varios países árabes es que convertido en un país de iure pudo comprar abiertamente armamento, que por cierto se lo vendió la comunista Checoslovaquia y no las potencias occidentales. Cuando el gobierno de Cataluña acudió a Alemania a comprar montañas de armamento, se encontró el veto del gobierno español, que tenía la última palabra.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una apuesta por el doble o nada. Y puede fallar, como los casos de Katanga, Biafra y Rodesia. Así el que se embarca en tal acto de fuerza tiene que asumir que si fracasa hará frente a la justicia del Estado al que se enfrenta. Me temo que veremos llanto y crujir de dientes. Nadie podrá excusarse en que no sabía lo que hacía.

¿Es España postnacionalista?

Llevamos años oyendo eso de que España no es una nación, al contrario que por ejemplo Cataluña. La idea de una débil nación española no es nueva. Recordemos La España Invertebrada. Pero es bien sabido que después de la Transición, la izquierda española renunció al concepto de España para abrazar los nacionalismos periféricos. Se me ocurren sobre la marcha como razones que la idea de un nacionalismo español genera fuertes recuerdos del Franquismo o  que dentro de la izquierda española las reivindicaciones identitarias han sustituido a las de clase.  Así que ante ese abandono, el concepto de España quedó en manos de una derecha que se resiste a renegar del todo del Franquismo (“no nos perdonan que nuestros abuelos ganaran la guerra”). La cuestión es que tenemos hoy argumentos para construir una nueva idea de país muy alejada de la España franquista. España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo (chúpate esa Suecia) y es hoy uno de esos países europeos sin un partido fuerte de ultraderecha eurófobo y xenófobo.

Un balcón de Barcelona ya famoso. Foto de Juan Carlos L. R.

La crisis de Cataluña ha puesto de manifiesto que el nacionalismo español tiene un imaginario limitado. Tenemos poco más que un himno sin letra y un cántico surgido para celebrar victorias deportivas que emplea el estribillo de una canción popular rusa. Y estos días he estado pensando, ¿y si eso fuera síntoma de algo bueno y no un problema? ¿Y si España hubiera evolucionado hacia un nuevo tipo de Estado donde la gente mostraba un enorme desinterés por las exaltaciones patrióticas porque el nacionalismo etnicista había sido superado? Sé que eso ha cambiado por la crisis catalana, con las banderas en los balcones y los cánticos de “a por ellos, oé” a la salida de unidades de la Guardia Civil rumbo a Cataluña. Pero esa España postnacional necesita un discurso transversal propio. Necesita rescatar el concepto de “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas en una España de ciudadanos democráticos y no de miembros de la etnia. Creo que José María Lizundia avanza en esa línea en “Naciones cívicas y étnicas”.