War Machine (2017)

La realidad se ha mucho más interesante que la ficción desde el 11-S. Una comedia política sería incapaz de ofrecer un presidente más ridículo que Donald Trump o una película de acción sería incapaz de ofrecer unos malos más siniestros que el Estado Islámico. Así que cuando la ficción cinematográfica pretende reflexionar sobre la estupidez o la incopetencia humana le queda dos caminos. O toma la vía del documental o nos cuenta la historia con humor de forma descarnada. Pienso en el caso de las geniales In the Loop (2009) y The Big Short (2015).

War Machine pretende ser una sátira sobre el fracaso occidental en Afganistán. Para ello se “inspira” en la historia del general Stanley A. McChrystal, caído en desgracia porque un reportero de la revista Rolling Stone reprodujo los comentarios críticos hacia figuras políticas hechos por sus subordinados en privado mientras esperaban atrapados en Europa a que se reanudaran los vuelos después de la entrada en erupción de un volcán islandés. McChrsytal tenía un historial brillante, tras mandar el JSOC y a las fuerzas especiales en Iraq, cuando llegó a Afganistán para comandar la fuerza multinacional ISAF. Pero War Machine no nos cuenta la historia de McChrystal, sino que inventa un ridículo general de ficción, interpretado por Brad Pitt, para caer así en el terreno de la farsa.

Brad Pitt y su permanente mueca en War Machine. Foto: ew.com

El problema surge cuando War Machine pretende ponerse también seria para contrastar las buenas intenciones occidentales y la cruda realidad de la guerra en Afganistán. Tras haber mantenido el tono de comedia, el súbito tono dramático de la película queda forzado y arruina el tono de humor. El tema daba para mucho más.

War Machine puede verse en Netflix España.

 

Sobre el ataque al hospital de MSF en Kunduz

El pasado 3 de octubre de 2015 un avión cañonero AC-130 de la fuerza aérea estadounidense disparó sobre un hospital de la organización Médicos Sin Frontera en la ciudad afgana de Kunduz. El ataque se saldó con 22 muertos y decenas de heridos.

Los siguientes días leí bastantes disparates al respecto, con el contexto de fondo de los bombardeos rusos. Los fans del Kremlin quisieron aprovechar para establecer el contraste entre la aviación rusa, que atacaba el Estado Islámico, y la aviación estadounidense, que atacaba hospitales. No faltó algún personaje de Twitter diciendo que había sido un ataque deliberado como parte de la estrategia terrorista de la OTAN (o algo así).

Los cañones AC-130 son aviones por lo que general realizan misiones de apoyo aéreo cercano (Close Air Support). Acuden allí donde una unidad en tierra en contacto con el enemigo les llama. La petición de misión de apoyo aéreo la realiza un equipo especializado y certificado que debe seguir un protocolo. Su denominación ha ido variando con el tiempo Forward Air Controller (FAC), Tactical Air Control Party (TACP), Joint terminal attack controller (JTAC)… Por ejemplo, hasta no hace mucho, en España sólo había dos unidades con esa capacidad: Los equipos de Adquisición y Control de Apoyos de Fuego (ACAF) de la Infantería de Marina y el Escuadrón de Zapadores Paracaidistas (EZAPAC) del Ejército del Aire.

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Miembros de los equipos ACAF de la Infantería de Marina española.

En las fuerzas armadas británicas aquel que realiza una petición de apoyo aéreo cercano y proporciona las coordenadas del ataque es el responsable legal de lo que suceda. En el caso de que una unidad pida un ataque sobre posiciones muy cercanas, ha de quedar claro de forma explícita que lo hace asumiendo un riesgo.

Hay varios conocidos y notables de errores en misiones de apoyo aéreo. Durante la invasión de Afganistán en 2001 hubo dos. La primera sucedió durante la revuelta de los prisioneros talibán en la fortaleza de Qala-i- Janghi, donde murió un agente de la CIA y apareció el “talibán estadounidense”. El segundo día, un avión aliado lanzó una bomba sobre el exterior de la fortaleza, en un lugar donde estaban apostado milicianos de la Alianza del Norte y un equipo de fuerzas especiales estadounidense y británico. La fuerza de la explosión volcó un carro de combate T-55. Alguien se equivocó manejando el GPS y proporcionó al piloto su propia posición y no de los talibán. Varios militares estadounidenses y británicos resultaron heridos. Murieron un número no determinado de afganos.

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Hamid Karzai con los miembros del equipo ODA 574 en el sur de Afganistán antes de la caída de los talibán.

El segundo error en Afganistán durante la invasión del país casi acaba con Hamid Karzai, futuro presidente del país, mientras negociaba con tribus pashtunes en el sur del país la ofensiva sobre Kandahar. En la mañana del 5 de diciembre de 2001 un bombardero B-52 lanzó dos bombas sobre el lugar donde estaba reunido Karzai. Murieron tres suboficiales de las fuerzas especiales que le acompañaban. Fue otro error relacionado con las coordenadas de GPS equivocadas. Todavía conmocionado por la explosión, Karzai recibió una llamada en la que le anunciaron que había sido elegido para presidir el gobierno interino del país.

Otro error parecido sucedió durante la invasión de Iraq en 2003, en el norte del país. Un convoy de las fuerzas especiales estadounidenses y fuerzas kurdas fue atacado por error por la aviación estadounidense. Acompañaba al convoy un equipo de la BBC. Resultaron muertos 15 personas, entre ellas un traductor del equipo de la BBC. Dos periodistas británicos resultaron también heridos. Posiblemente se trató de un error de coordinación y el piloto desconocía que había fuerzas aliadas en la zona. Un dato interesante es que las fuerzas estadounidenses y kurdas combatían en la zona a Ansar Al Islam, un grupo yihadista establecido en las zonas fuera del alcance del régimen y con el que tuvo vínculos Abu Musab al-Zarqawi.

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El editor John Simpson, periodista de la BBC, con el convoy atacado por error en llamas.

Ha pasado tiempo desde aquellos errores pasando al piloto que tiene que lanzar las bombas las coordenadas equivocadas por hacerse un lío con el GPS. Lo habitual es que se señale el objetivo con un láser IR no visible. La idea es que un AC-130 no despega buscando blancos de fortuna, sino que atiende a una llamada realizada desde tierra.

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Equipo JTAC señalando un objetivo con un láser.

¿Qué pasó en Kunduz? La ciudad había sufrido un ataque talibán y los combates seguían el 3 de octubre. Según Médicos Sin Fronteras el ataque aéreo sobre el hospital no fue puntual, sino que fue continuado durante cerca de una hora. Lo más lógico es pensar que hubo un tiroteo con fuerzas talibán apostadas dentro del recinto del hospital y las tropas estadounidenses pidieron apoyo aéreo. Médicos Sin Fronteras niega esa posibilidad, afirmando que no hubo talibán dentro del recinto del hospital. Así que a partir de ahí sólo queda esperar ver qué datos aporta la investigación para ver si son plausibles.

Se dijo primero y luego se desmintió que la misión de apoyo aéreo se había hecho por solicitud de las tropas afganas. Evidentemente el trámite fue llevado a cabo por militares estadounidenses pero que se hiciera por petición afgana abre la puerta a un error mayúsculo o deliberado por razones a imaginar. Y es que la ciudad hubiera caído en manos talibán es sólo el anticipo de lo que espera cuando se produzca la retirada de las fuerzas occidentales del país. Un ejército incompetente no será capaz de frenar a los talibán y el país caerá en el caos. La semana pasada, por cierto, se produjo la ceremonia de retirada del contingente español.

Los orígenes de la guerra afgana

Hoy el diario madrileño El Mundo ha publicado un artículo muy interesante de Franscisco Borja Lasheras sobre la percepción occidental de Rusia. Y describe a la perfección varios fenómenos que he comentado aquí varias veces a propósito de la Nueva Guerra Fría. Tenemos esa fascinación por el régimen de Putin en los dos extremos del espectro ideológico, que vota al unísono en el Parlamento Europeo. Tenemos ese realismo político sobrevenido de quienes dicen que las acciones del Kremlin en la Europa del Este son comprensibles porque la OTAN ha puesto el pie en “la esfera de influencia rusa”, olvidando la voluntad de los ciudadanos de esos países. Tenemos a los conspiranoicos que explican guerras y revueltas por la acción externa de Occidente, como si los ciudadanos fuera de Europa Occidental no tuvieran voz y voluntad.

Franscisco Borja Lasheras invita a pensar en los otros rusos, los que quieren un país diferente, para que dejemos de imaginar Rusia como una realidad excepcional e inamovible. Pero me quedo con su apreciación sobre la “[n]ostalgia por una URSS idealizada que muchos tuvieron la suerte de no padecer (lo que opine el europeo medio del Este sobre su experiencia vital, no cuenta)” a cuenta de algo que me ha llamado la atención estos días. Resulta que proliferan en Twitter cuentas en español dedicadas a defender las bondades de aquello que se llamó “socialismo real”. Esto es, gente en España diciendo en pleno 2015 que la URSS o la RDA eran una maravilla comparado con las democracias capitalistas occidentales. Sin haberlo vivido, claro. Los argumentos son parecidos a los que emplea la Fundación Francisco Franco para defender los tiempos del Caudillo: estadísticas de esto y lo otro.

Uno de esos ejemplos es un usuario de Twitter español que se hace llamar “Erich Honecker” y usa la cuenta @HoneckerRDA. La gran ironía es que en alemán sólo he encontrado cuentas con intención paródica que usen el nombre “Erich Honecker”, como @ErichHoneckerZK, @Erich_Honecker y @DerWahreErich. Como no podía faltar, el usuario español @HoneckerRDA es muy colega de @Drazmihailovitx, que toma su nombre del líder monárquico serbio Dragoljub “DražaMihailović y acérrimo enemigo de los comunistas. En la misma línea anda @_ju1_, que estos días usa de nombre #FueraOTANdeSiria. Ha lanzado series de tuits dando su visión de Siria y sobre la guerra de Afganistán en los 80. Me llamó la atención esta última porque es un asunto del que leí bastante en su momento, tratando de entender el origen de la yihad global contemporánea.

Kabul al día siguiente del golpe de estado de abril de 1978.

En 1978 Afganistán era gobernada por Mohammed Daud Khan, que se había hecho con el poder en 1973 en un golpe de estado con el que depuso a su primo, el rey Mohammed Zahir Shah. El 27 de abril de 1978 se produjo un nuevo golpe de estado encabezado por militares del comunista Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Una vez en el poder, los comunistas afganos se lanzaron a una serie de reformas que provocaron un gran descontento en las zonas rurales. Hablamos de medidas como la colectivización de la tierra que afectaba al patrimonio de los campesinos pero también de otras como la escolarización femenina que chocaban contra las creencias musulmanas conservadoras de la población rural. El PDPA se lanzó a modernizar con una ortodoxia marxista que llegó a asustar en Moscú (eran los tiempos de Brezhnev) y reprimió duramente la oposición a sus reformas. En marzo de 1979 estalló una revuelta en la ciudad de Herat, donde además toda una división del ejército afgano se amotinó contra el gobierno. Varios ciudadanos soviéticos fueron asesinados, lo que hizo saltar las alarmas en Moscú. En septiembre de 1979, la lucha interna por el poder dentro del PDPA llevó al asesinato del presidente Nur Muhammad Taraki, que fue sustituido por Jafizulá Amín.

A pesar de su ortodoxia marxista, en la arena internacional el gobierno afgano del PDPA jugó con una cierta ambigüedad. Hasta entonces Afganistán había obtenido fondos de ayuda tanto de Moscú como de Washington. La percepción en Moscú es que el gobierno de Afganistán había perdido el control de la situación y que su alineamiento prosoviético podía cambiar en cualquier momento. Además, se temía que las revueltas en Afganistán se contagiaran al Asia Central soviética ya  que en Afganistán vivían poblaciones tayika y uzbeka.  Las fuerzas especiales de la Unión Soviética lanzaron la Operación “Tormenta 333” el 23 de diciembre de 1979, asaltando el palacio presidencial tras aterrizar en Kabul. El presidente Amín murió en circunstancias no aclaradas. Mientras, tropas soviéticas invadieron el país por tierra.

En Estados Unidos se vieron las revueltas afganas como una posibilidad de causar problemas en el patio trasero de la Unión Soviética. Se envió ayuda a los rebeldes afganos ANTES de la invasión soviética. Se vendió la invasión soviética como un primer paso del avance soviético hacia el Océano Índico. Es interesante plantear, con la perspectiva del tiempo y sabiendo los resultados, si no hubiera sido mejor no haber convertido Afganistán en el crisol donde nació la yihad global. Pero lo que luego se conoció como Al Qaeda nació al final de la guerra de mano de la iniciativa privada saudí que funcionó en paralelo al esfuerzo estadounidense que se canalizó vía los servicios secretos de Pakistán. Pero esa es otra historia larga que nadie se ha molestado en conocer.

Si uno repasa la visión de @_ju1_ sobre los orígenes de la guerra de Afganistán, la brutal represión del PDPA y la invasión soviética para derrocar al presidente afgano no aparecen. Así se construyen estos relatos de “qué tiempos aquellos tan maravillosos”, omitiendo pequeños detalles significativos.

“One hundred victories: Special Ops And The Future of American Warfare” de Linda Robinson

41cqH8dK0oL._SY344_BO1,204,203,200_Hace un par de años escribí aquí “Cuatro errores del gobierno Bush”. El tercero era “El Olvido de Afganistán”. Mi sensación de siempre fue que tras la caída del régimen talibán el gobierno estadounidense se desentendió de la situación en Afganistán. En algún sitio leí que el 12 de septiembre de 2011 ya se hablaba de invadir Iraq por los pasillos del Pentágono. En mi reseña de Los Vulcanos hablé de cómo una generación formada en la vieja Guerra Fría fue incapaz de asumir el nuevo mundo de las Guerras Posmodernas para imponer los planes de invasión de Iraq y tener así su guerra convencional con la que disfrutar al entrar en Bagdad de cinco minutos de gloria militar en la televisión que compensaran el 11-S y restituyeran el orgullo herido.

Así, con estos antecedentes, he llegado a este libro de Linda Robinson que sorprende al lector cuando cuenta que hasta 2009 nadie se había molestado en diseñar una estrategia de contrainsurgencia para Afganistán. Las fuerzas especiales desplegadas allí se dedicaban a perseguir objetivos de alto valor (High Value Target) con una cadena de mando diferente de las fuerzas convencionales y sin que hubiera un mando de operaciones especiales de alto nivel. Por no hablar de las fuerzas de países aliados integrados en ISAF, al margen de las fuerzas estadounidenses. En definitiva, cada uno hacía allí la guerra por su cuenta.

El libro cuenta el trabajo de los oficiales de operaciones especiales que intentaron darle la vuelta a esta situación a partir de que se creara el Combined Forces Special Operations Component Command-Afghanistan (CFSOCC-A) y se decidiera poner a las fuerzas especiales de Estados Unidos a realizar lo mejor que saben hacer: Entrenar y acompañar a fuerzas locales (Foreign Internal Defense). El libro incrementa una sospecha que tenía hace tiempo. En Afganistán se libran dos batallas contradictorias. Por una lado derrotar a los talibán y por otro lado construir un Estado. Las fuerzas especiales empezaron a organizar, entrenar y pagar fuerzas locales al mando de líderes tradicionales simpatizantes de Estados Unidos. Ese esfuerzo se hizo en muchos lugares a espaldas de las autoridades formales del país, primando eficacia y lealtad por encima de la estricta legalidad afgana. Es decir, las fuerzas especial estadounidenses socavaron el “monopolio legítimo de la violencia” para derrotar a los talibán. El problema se solucionó luego gestionando que el Estado afgano fuera absorbiendo aquellas fuerzas irregulares y entamblando las batallas diplomáticas en los pasillos del poder en Kabul para que las autoridades no desandaran lo avanzado en materia de seguridad en las aldeas.

"Afghan Local Police" (ALP)
“Afghan Local Police” (ALP), la fueza local creada en el marco de las Village Stability Operations

El título del libro hace referencia a las batallas libradas por las fuerzas especiales estadounidenses en lugares recónditos del país donde montaron bases para formar y acompañar a las fuerzas locales reclutadas entre la población y con la aprobación de los líderes informales del lugar. Los “boinas verdes” volvieron así a sus orígenes con las Village Stability Operations, que es en el fondo el tema central del libro. Podríamos decir que estamos casi ante un compendio de “buenas prácticas” de contra insurgencia donde encontramos la importancia de una fuerza entrenada para este tipo específico de trabajo y un mando consciente de la naturaleza no convencional de la empresa. Pero al igual que me sucedió leyendo sobre los esfuerzos de los marines en la provincia de Sangin cabe preguntarse si estos esfuerzos no llegaron demasiado tarde

Cuatro grandes errores del gobierno Bush

Llevo una racha inusual de lecturas sobre terrorismo yihadista, Al Qaeda y la Global War On Terror del gobierno Bush: The Black Banners de Ali H. Soufan, The Longest War de Peter Bergen y Al Qaeda: From global network to local franchise de Christina Hellmich. A eso se añade la lectura de The Insurgents de Fred Kaplan. De todas esas lecturas emerge un relato terrible de lo que fue la “Guerra Global Contra el Terror” del gobierno Bush. En 2007 escribí “2002: El mundo que no pudo ser”. Dije entonces:

Conviene pensar en el camino que pudo haber tomado los acontecimientos en el año 2002. La comunidad internacional pudo haberse volcado en la pacificación y reconstrucción de Afganistán contribuyendo a que los talibán quedaran convertidos en un grupo marginal exiliado en Paquistán. El terrorismo yihadista pudo haberse convertido en una cuestión policial combatida con las armas de la justicia en democracia.

Lo que hace seis años era una mera especulación mío resulta ser una reflexión atinada a la luz de los recuentos de cómo funcionó la maquinaria interna del gobierno Bush y la ceguera con la que actuó en tantos temas. El mundo pudo haber seguido otro camino. Los grupos terroristas pudieron haber sido combatidos con más eficacia. Vidas humanas pudieron ser salvadas. Puede que en un futuro distante los historidadores miren atrás y vean en las decisiones del gobierno Bush los errores que llevaron al comienzo del declive del “imperio americano”. A mi entender esos errores son:

1º. Convertir la lucha contraterrorista tras el 11-S en una guerra sin reglas.
Hasta el 11-S la lucha contraterrorista la protagonizaban el FBI y grupos interagencia. Tras el 11-S el gobierno Bush decidió jugar duro y sucio como un adolescente impulsivo con el orgullo herido. Se creó el campo de internamiento de Guantánamo, se autorizó la tortura bajo un eufemismo y se le dio el protagonismo de la lucha contraterrorista a la CIA y a contratistas sin experiencia que emplearon en su delirio métodos más cercanos al entrenamiento BDSM que al interrogatorio táctico. Aquel desmadre produciría años después el escándalo de Abu Ghraib.

Abu GhraibEl resultado es que la información obtenida a los numerosos detenidos tras el 11-S fue de escasa utilidad y contraproducente, al terminar confesando los prisioneros torturados aquello que sus captores querían oir, como la existencia de armas químicas en manos de Al Qaeda o un vínculo del régimen iraquí con el 11-S. Unos interrogatorios chapuceros de los detenidos llevó a decisiones equivocadas en base a información errónea (como la invasión de Iraq), retrasó en un década la localización del paradero de Osama Bin Laden e impidió detener atentados de otra forma evitables, como el atentado contra el petrolero Limburg.

No es casualidad que la muerte de Bin Laden se produjo después de que se prohibiera la tortura para utilizar técnicas de interrogatorio profesionales y un nuevo gobierno se propuso darle un impulso a la olvidada caza del líder Al Qaeda.

2º. Invadir Iraq.
Son varios los testimonios que hablan de que en las 24 horas posteriores al 11-S por los pasillos de Washington altos miembros del gobierno Bush andaban pidiendo planes de invasión de Iraq. Entra dentro del terreno del psicoanálisis entender cómo toda un grupo de veteranos políticos que habían trabajado con George H. W. Bush durante la Guerra del Golfo de 1991 mantuvieron una década la “espinita clavada” de no haber derrocado a Saddam Hussein. La lista de razones para invadir Iraq es compleja. Se mezclan las mentiras de los disidentes y desertores iraquíes a sueldo de Washington que contaron (¿por órdenes de Irán?) a sus interlocutores las mentiras que quisieron oir, con la soberbia de querer redibujar el panorama político de Oriente Medio a hostias de una vez por todas. Habría que añadir el anticlímax que resultó la caída de los talibán con las ganas del gobierno Bush de vender a la opinión pública estadounidense una victoria militar con una entrada triunfal en la capital del enemigo.

Añadamos también la visión estato-céntrica del panorama global que existía todavía una década después de la caída de la URSS. La cuestión es que Estados Unidos se embarcó en una guerra absurda que privó de recursos a la pacificación de Afganistán, mermó la credibilidad de Estados Unidos en el mundo árabe y se convirtió en una fuente de radicalización en el mundo musulmán. Los resultados nefastos los hemos visto hace poco: La opinión pública estadounidense se puso muy en contra de intervenir militarmente en un país musulmán cuyo régimen había usado armas químicas contra su población civil. Conceptos como “armas de destrucción masiva” e “intervención militar en un país musulmán” se han vuelto tóxicos en Washington.

3º. El olvido de Afganistán.
La obsesión por Iraq tras el 11-S llevó a que Afganistán se convirtiera en un asunto secundario para el gobierno Bush. La invasión de Afganistán había sido un escaparate de la Revolución en los Asuntos Militares, con los soldados de fuerzas especiales empleando desginadores láser y comunicaciones satélite para que la fuerza aérea machacara las líneas talibán. Pero cuando cayó Kabul y se desplomó el régimen talibán el escaso número de tropas impidió sellar la frontera con Pakistán, permitiendo tras la batalla de Tora Bora que los líderes de Al Qaeda huyeran a Pakistán. A partir de entonces, la concentración y energía del mando regional de Oriente Medio se centró en la próxima guerra con Iraq.

Las tropas desplegadas por Estados Unidos resultaron ser insuficientes para estabilizar Afganistán, mientras que las desplegadas por los países aliados veían sus acciones limitadas por cuestiones políticas (“caveats“). En el caso de España, el gobierno de Rodríguez Zapatero desplegó tropas en Afganistán en un paripé para compensar a Washington por la retirada de Iraq. Para colmo, la ayuda para la cooperación y desarrollado prometida en cumbres internacionales no se materializó y la que llegó lo hizo a un país donde la corrupción era rampante. Con las tropas rotando, cada contingente empezaba de cero sin perspectivas a largo plazo mientras la agencia contra la droga (DEA) montaba una campaña de erradicación de cultivo del opio que afectó principalmente a los campesinos pobres que no pudieron pagar los sobornos para que las autoridades afganas hicieran la vista gorda. Las consecuencias del desastre lo veremos cuando se retiren las tropas occidentales en 2014.

DEA4º. La negativa a entender la insurgencia iraquí tras la caída de Saddam Hussein.
Visto con perspectiva, el gobierno de ocupación estadounidense cometió dos errores garrafales. Disolvió el ejército iraquí y prohibió a los miembros del partido Baaz asumir cargos públicos o trabajos en la administración. Eso significó condenar al paro a decenas de miles de hombres con entrenamiento militar y prescindir de miles de funcionarios, técnicos y profesionales en un país donde la gente se afiliaba al partido único como requisito para ser funcionario. Es más, generó un enorme agravio en la minoría árabe sunní, beneficiada durante el régimen de Saddam Hussein, que se veía ahora ante una mayoría demográfica chiita que copaba el gobierno y los aparatos de seguridad.

Cuando la situación en Iraq se volvió totalmente descontrolada el gobierno Bush entró en fase de negación. La palabra “insurgencia” fue prohibida en informes y discursos. A los generales sobre el terreno se les negó ayuda y recursos. La mentalidad imperante fue de que Iraq se pacificaría con más potencia de fuego. Requirió toda una campaña de “guerrilla intelectual” dentro del establishment militar para que nuevas estrategias de conducción de la guerra permitieran a EE.UU. reducir la violencia en Iraq y retirar sus tropas. Iraq consumió cantidades astronómicas de dinero, vidas humanas y energía mental de Estados Unidos, incapacitando al país para asumir una posición de liderazgo en el mundo. Está por ver las consecuencias a medio y largo plazo del nuevo “síndrome de Iraq”.

Bibliografía sobre la yihad afgana

Una de las preguntas que me asaltó durante mucho tiempo fue cómo terminaron los Estados Unidos apoyando a radicales islamistas en la guerra de Afganistán durante los años 80. La respuesta corta y rápida es que en aquel momento se hizo como una medida cortoplacista en el que “todo valía” para perjudicar a la Unión Soviética. Pero eso no explica por qué se apoyó a los islamistas radicales en concreto. Así que con esa pregunta en mi cabeza leí bastantes cosas. Hice un resumen de lo que aprendí hace ya bastante tiempo aquí mismo, en este blog. Lo escribí en 2007 bajo los efectos de leer la estúpida entrada de la Wikipedia en español sobre Osama Bin Laden (recordemos que en el 90% de los casos, la versión en inglés es “enciclopédicamente” mejor).

Antes de escribir aquella entrada y desde entonces nunca paré de encontrar comentarios por ahí que a “Bin Laden lo entrenó la CIA”, en un sobresimplificación de lo que fue la yihad afgana. Estos días he visto el mismo fenómeno, referido a Siria, donde alguno mete en el mismo saco al ISIS, el Frente Al-Nusra, el Ejército Sirio Libre y los Comités de Coordinación Local para afirmar cosas como que “EE.UU. es aliada de Al Qaeda en Siria”. Pero de Siria, supongo, tendremos que seguir hablando.

Hablaba de todo esto hace poco con Demócrito de Abdera y prometí confeccionar una bibliografía sobre la yihad afgana, listando los libros que me ayudaron a comprender cómo EE.UU. terminó apoyando a islamistas radicales y cómo de entre los árabes-afganos surgió lo que algún día llegó a ser Al Qaeda.

Ghost Wars: The Secret History of the CIA, Afghanistan and Bin Laden de Steve Coll. Una obra monumental que abarca de 1979 al 9 10 de septiembre de 2001. El libro es condenadamente exhaustivo y detallado. Leer sus cientos y cientos de páginas menudas se siente como ascender el Tourmalet. En sus páginas leemos sobre los enrevesados recovecos de los pasillos de Washington y los azarosos giros inesperados de la Historia. El mundo pudo haber seguido otro camino de haber tomado ciertas personas otras decisiones en otros momentos, de haber existido otra correlación de fuerzas en pugnas internas, de haberse considerado ciertos factores despreciados, etc. Pero la Historia transcurrió por el camino que siguió, porque aquellas personas contaban con la información disponible en aquel momento. Y resulta ahora fácil señalar los errores porque ya sabemos cómo terminó todo. Así que, cuando terminas el libro literalmente te entran ganas de darle con un bate de béisbol en la cara al primero que te suelta un cliché progre sobre EE.UU., la guerra de Afganistán, Bin Laden y Al Qaeda.

La torre elevada: Al-Qaeda y los orígenes del 11-S de Lawrence Right. Otro libro ganador del Pulitzer. Si Steve Coll trataba de seguir el hilo entre la yihad afgana y el 11-S, Lawrence Right se remonta a Qutb y los Hermanos Musulmanes en Egipto en los años 50, tal como hacía “The Power of Nightmares”. Es un libro entretenido y ameno, cuyos capítulos finales, el FBI yendo un paso detrás de Al Qaeda tras el atentado contra el USS Cole, se leen como un thriller no menos apasionante porque sepamos cómo concluye.

Soldados de Dios de  Robert D. Kaplan. Uno de sus primeros libros. Juraría que el propio Kaplan lo señalaba como una “obra de juventud”. Para lo que nos interesa, se trata de un libro donde entre otras cosas se describe el ambiente de la retaguardia de la yihad afgana. Kaplan visita esa “corte de los milagros” que era Peshawar, con sus guerrilleros, intrigantes, periodistas, activistas, cooperantes, espías y buscavidas. Kaplan apunta a los intereses de Pakistán en apoyar a unos rebeldes y a otros no, junto a las circunstancias particulares de cada grupo que moldearon la decisión. Tras su lectura la idea de unos muyahidines organizados de forma jerárquica y totalmente controlados por la CIA resulta risible.

La guerra eterna de Dexter Filkins. Un libro de memorias periodísticas de un reportero de guerra que vivió la yihad afgana, Afganistán bajo los talibán y hasta estuvo metido en el meollo de la batalla de Fallujah. El espacio que dedica al final de la yihad afgana es breve. Pero es significativo por el encontronazo que tiene con los árabes-afganos, en una onda totalmente diferente a la de los muyahidines, hospitalarios y agradecidos por la cobertura extranjera.

Apuntes norirlandeses sobre Afganistán

Cuenta Íñigo Sáenz de Ugarte que la comisión oficial sobre el Bloody Sunday de 1972 ha publicado sus conclusiones tras 12 años y 235 millones de euros gastados.

Dice Sáenz de Ugarte, a cuenta del incidente:

“La comunidad católica perdió cualquier rastro de confianza en las instituciones británicas. En definitiva, garantizó que la guerra continuara durante muchos años”

Sería interesante averiguar la percepción que tienen los afganos de sus instituciones. Quizás alguien podría ponerlo en relación con la marcha de la guerra que va camino de su noveno año.