“El paraguas balcánico” de Enrique Criado


Enrique Criado es un diplomático que regresó recientemente a España tras dar tumbos por medio mundo. Su último destino en el exterior fue la embajada de España en Sofía (Bulgaria). De esa experiencia surge el libro El paraguas balcánico: un paseo sin protocolos. El libro pudo conformarse con pertenecer al género de “expatriado le descubre a sus compatriotas un país exótico”, al que blogs y canales de Youtube ha dado nueva vida. Véase por ejemplo a Javiertzo y Lele en China. Pero El Paraguas Balcánico va mucho más allá del género por varios motivos.

Para empezar, su trabajo en la Embajada de España le dio al autor acceso a toda clase de personalidades relevantes, desde Simeón de Bulgaria a los deportistas y artistas españoles de paso por Sofía. Algunas de sus tareas allí, como el infructuoso intento de invitar a Sofía a Tzvetan Todorov, resultan de lo más interesantes. Así que no tenemos simplemente un libro al uso de cómo es la vida en Bulgaria, con la previsible sucesión de anécdotas sobre las diferencias gastronómicas o las formas de ocio. El libro va mucho más allá de todo eso, sin dejar de tener sus anécdotas y peripecias personales. Enrique Criado aprovechó su estancia en Bulgaria para conocer el país en numerosos desplazamientos. Pero sobre todo demuestra un interés en desentrañar el país a través de su literatura y de la mirada de los autores que pasaron por él.

El libro por tanto tiene un entramado similar a los de Robert D. Kaplan. Nos encontramos las observaciones sobre el terreno del autor, el punto de vista de los numerosos interlocutores locales y extranjeros, referencias históricas y referencias literarias. Eso sí. Se nota la profesión de diplomático del autor en la manera en que aborda los asuntos menos brillantes del país. Y también, diría yo, se nota la perspectiva de un español. Estoy seguro que un autor anglosajón se hubiera dejado llevado llevar por prejuicios orientalistas sobre atavismos balcánicos y esencialismos culturales para contarnos cómo nada ha cambiado en la región en 500, 150 ó 50 años por culpa de la huella otomana o el legado comunista. Pero los españoles que hemos vivido la transformación de nuestro país creo que andamos un tanto curados de espanto. Véase esos periodistas que explicaron los acontecimientos del 1 de octubre de 2017 en Cataluña con una España de pasiones profundas, flamenco, toros y olé.

Un asunto relevante en el libro es el empeño del autor por explorar la huella de los judíos sefardíes en Bulgaria, entre los que encontramos al publicista Luis Bassat o Isaac Carasso, fundador de Danone. El empeño lo tendrá presente en viajes a Israel y Georgia. Eso le lleva a abordar el tema del Holocausto en Bulgaria, país que salvó a sus judíos pero permitió que se convirtieran en víctimas de la maquinaria nazi los judíos de territorios entonces bajo su administración, como la actual Macedonia del Norte. Aquí se nota que el autor es diplomático, ofreciendo varios puntos de vista sobre la responsabilidad de las autoridades búlgaras en el contexto de las fuertes presiones sufridas desde Alemania. El interés de Enrique Criado por la suerte de los judíos sefardíes en Bulgaria no es casual. Una de sus tareas en Sofía fue las actividades que sacaron del olvido el papel del diplomático español Julio Palencia Tubau, que intercedió por los judíos búlgaros.

Mural en Sofía dedicado a Julio Palencia Tubau. Foto: Ministerio de Asuntos Exteriores.

Pero si hay algo que me ha gustado y que da sentido al título es que el libro no se limita a hablarnos de Bulgaria, porque resulta que Enrique Criado aprovechó el tiempo pasado en Bulgaria para moverse de aquí para allá, de Croacia a Georgia y de Ucrania a Israel. Cuenta al principio que alguien le había vendido las ventajas de trabajar en Sofía como un lugar que está cerca de sitios interesantes. Eso, nos explica, es un eufemismo que usan los diplomáticos españoles para hablar de destinos que son un auténtico muermo. En su caso no se trata de que Sofía y Bulgaria fueran un sitio aburrido. Sino que la ubicación del país como cruce de caminos hacía imposible resistir la tentación de viajar por los Balcanes.

Península Balcánica: mucho más que la antigua Yugoslavia. Imagen: Wikimedia.

En esto hay que recordar una cosa. En España se tienden a pensar sólo en los Balcanes occidentales cuando se habla de los Balcanes en general. Pero propiamente dicha, la Península Balcánica comprende los países de la antigua Yugoslavia, Albania, Grecia y Macedonia. Así que el libro nos ofrece las aventuras del autor por toda una serie de lugares que tenía en mente desde hace mucho para ser visitados: Kotor, Butrint, Ohrid, Mostar… Lo cual me ha generado tanta envidia como me ha hecho disfrutar del libro.

Así que el libro son en realidad dos. Por un lado, el libro de las peripecias de un diplomático español que trabaja en Bulgaria y por otro lado tenemos un libro de viajes sobre los Balcanes a los que se añade recorridos por Chipre, Moldavia, Ucrania, Israel y Georgia. Es de agradecer que las numerosas referencias a libros que aparecen en El Paraguas Balcánico vengan acompañadas de su pertinente referencia a la edición española que manejó el autor. Además, encontramos una sección de fotos y mapas. Eché en falta, o fue que no lo vi, uno o varios mapas que situaran los destinos del autor. Algunos lugares, como hice mención arriba, me resultaban familiares por mi deseo de conocerlos. Pero estoy seguro que el lector menos familiarizado con la región lo echará en falta también.

El libro me enganchó por lo ameno (no es el primero del autor). Es de destacar el bagaje de lecturas con el que el autor emprendió la tarea de hablarnos de Bulgaria y la región. También es de destacar su afán por recorrer lugares menos transitados. Por ejemplo, cuando visita Split y Dubrovnik se aloja en localidades menos masificadas. Y sobre todo mantiene todo el rato curiosidad por conocer lugares que ha descubierto primero en los libros o por escuchar la historia personal de sus interlocutores. Así que es de agradecer la aparición de libros así que aporte al público español una mirada diferente a los que la literatura anglosajona nos tiene acostumbrados.

 

 

La Ley de Murphy del periodismo español (2)

En 2015 escribí una entrada en este blog titulada “La Ley de Murphy del periodismo español“, en referencia a esa conocido enunciado que dice que la tostada cae siempre del lado de la mantequilla. En aquel entonces me refería al conflicto árabe-israelí y a cómo había terminado constatando que siempre que un periodista español mete la pata en sus crónicas sobre el asunto siempre será para dejar en mal lugar a los israelíes. Nunca he leído un titular del tipo “Estalla por accidente un polvorín iraní en Damasco” cuando en realidad fue un ataque aéreo israelí o “Muere un líder de HAMAS tiroteado por una facción disidente” cuando resulta que cayó en una emboscada de las fuerzas especiales israelíes. En el caso de Israel en la prensa española, la tostada siempre cae del mismo lado.

El asunto me vino a la cabeza estos días porque he estado dándole vueltas al asunto de la aparición de Empresas Militares Privadas (PMC en sus siglas en inglés) procedentes de Rusia y China. Y creo que estoy en la situación de enunciar una segunda Ley de Murphy sobre el dobe rasero de la prensa española. Resulta, que hoy mismo compartí en Twitter y Facebook una noticia de Al Manar, un medio del grupo libanés Hezbolá, que daba cuenta de que personal de una empresa rusa estaba entrenando a los miembros de la milicia palestina Liwa Al Quds (“Brigada Jerusalén”). Dice la noticia:

Las fuerzas especiales de la Liwaa al Quds (Brigada Al Quds), una unidad de élite palestina que lucha al lado del Ejército sirio, ha publicado un nuevo vídeo esta semana acerca de su entrenamiento en la provincia de Alepo.

Entrenados por contratistas rusos, los miembros de las fuerzas especiales palestinas fueron filmados realizando diversos ejercicios de entrenamiento en un lugar no determinado de la provincia de Alepo.

“Feral Jundi”, autor del blog homónimo, identificó en un comentario a mi publicación en Facebook a la empresa rusa como Vegacy Strategic Services.  En el siguiente vídeo promocional muestran imágenes de Siria.

Hace ya bastante tiempo que “Abraxas Spa” me llamó la atención sobre el asunto de las empresas militares privadas rusas. Y me extraña la poca atención que recibe el tema cuando la prensa nos bombardeó en su momento con el auge de las empresas estadounidenses en el contexto de la ocupación de Iraq.

Tengo muy presente el asunto porque soy un sociólogo que se dedicó al estudio de la transformación de los conflictos armados y se especializó en la aparición de actores no estatales. Me tocó atender a medios para hablar del tema. Y recuerdo aquellos titulares tremebundos sobre los “modernos perros de la guerra” y los “pistoleros a sueldo” que ponían énfasis en que el personal de estas empresas iba a zona de conflicto por dinero (no como los soldados profesionales de los ejércitos occidentales, como el español, que lo hacen gratis y sólo por la satisfacción de ver sonreír a las personas que entregan ayuda humanitaria). Asistí a mesas redondas y coloquios donde se habló de cómo estas empresas amenazaban la paz mundial y eran un foco desestabilización de países. Siempre me quedé con las ganas de pedir ejemplos de algún Estado que en los últimos 20 años hubiera colapsado por la acción de una Empresa Militar Privada. Y por supuesto, a propósito del caso de la empresa sudafricana Executive Outcomes en Angola y Sierra Leona, escuché y leí sobre la preocupante convergencia entre la explotación de recursos naturales y este tipo de empresas. Y siempre, sin perder de vista que el fenómeno era el resultado de la aplicación de la lógica neoliberal a la guerra.

Pues bien, tienen ustedes ahí fuera donde tirar el hilo sobre empresas militares privadas rusas (y chinas) en, por ejemplo, la carrera por los recursos naturales africanos. Pueden seguir la pista de la empresa militar privada rusa Wagner por Siria, Libia, República Centroafricana y posiblemente Venezuela. Podrían averiguar qué se sospecha que la emboscada contra tres periodistas rusos que investigaban las conexiones de la empresa Wagner y la explotación de diamantes en la República Centroafricana fue un asesinato para eliminar a testigos incómodos. Y pueden perder el tiempo en buscar reportajes, artículos y ensayos sobre el tema en la prensa española.

Relación de PMC rusas hecha por InformNapalm.

Podemos enunciar así una segunda Ley de Murphy de la prensa española: cuando un fenómeno tiene dos caras, verán que sólo tratan la que pueda dejar en mal lugar a Estados Unidos u Occidente en general. Hagan un ejercicio. Busquen qué ha contado la prensa española sobre los nuevos negocios de Erik Prince, fundador de Blackwater. Ahora trabaja para China en favor de sus intereses en lugares como África. Su empresa anunció recientemente la apertura de un campo de entrenamiento en la provincia de Xinjiang, donde están pasando cosas tremebundas.

Los dobles raseros de la prensa española me parecen muy divertidos. Un día me encontré en cierto medio español una noticia de cómo la empresa minera canadiense Barrick Gold estaba contaminando en Argentina bajo el gobierno de Mauricio Macri. Resulta que la primera vez que escuché hablar de esa empresa fue hace años, en el programa de Jorge Lanata en el Canal 13. Denunciaba entonces cómo la actividad de la empresa afectaba a los glaciares andinos. Posteriormente habló de la contaminación con cianuro. Como soy muy mal pensado, busqué en el medio español en cuestión y ¡sorpresa!. Durante los años del kirchnerismo, sólo se mencionaban a la Barrick Gold para hablar de cómo contaminaba en el Caribe o sus vínculos con José María Aznar. Sólo había una mención a la contaminación de la Barrick Gold en Argentina para hablar de cómo unos niños de una zona minera habían viajado a Buenos Aires para dar a conocer su situación. La empresa, mágicamente, se convirtió en noticia tan pronto subió al poder Mauricio Macri. Como la pobreza y la inflación en el país. Pero eso es otra historia y otro sesgo.

Volviendo a Rusia y China, sucede que asistimos al fin del “momento unipolar” de Estados Unidos como “hiperpotencia solitaria“. Y sin embargo, tenemos a una generación de periodistas que se criaron, formaron y trabajaron viendo cómo Estados Unidos y Occidente era la fuente de todo mal. Eran los tiempos en que la gente que se proclamaba “anti-imperialista” no tenía que especificar. Se sobreentendía que eran enemigos del “imperialismo yanki”. Hoy tenemos imperialismos de todos los sabores y para todos los públicos: imperialismo ruso, imperialismo chino, aspiraciones hegemónicas de Irán, etc. Supongo que habrá que “darles un poco de tiempo” a los periodistas españoles para que se enteren de que el mundo ha cambiado. Alguno, por cierto, ya se enteró y está haciendo caja hablando de los problemas de EE.UU.

Cuando los medios tragan caña y sedal

El otro día les conté cómo me llamaron la atención los titulares que anunciaban que el gobierno de Pedro Sánchez había autorizado al gobierno autonómico catalán la compra de una montaña de material de guerra que había sido frenada en su momento por el gobierno de Mariano Rajoy. La idea, de ser verdad, era preocupante. Pero, como a estas alturas no me fío de nadie y en el cuerpo de la noticia se hablaba de una cincuentena de pistolas, decidí tirar del hilo y buscar yo mismo los documentos oficiales. Lo que me encontré desmentía los titulares y el alarmismo.  Lo conté en “Armas para Cataluña” (23/01/2019).

Sé que lo cómodo es quedarse en ese punto: sentir el reconfortante y autocomplaciente placer de estar en el lado correcto, despreciando la labor de medios y periodistas de derecha que viven del sensacionalismo y la tergiversación. Pero el fenómeno tiene su reflejo en el otro lado de una forma retorcida. Por cada Eduardo Inda y Francisco Marhuenda que asume cínicamente su vergonzante papel al servicio de una causa o unos intereses, hay un periodista divulgando información falsa o tergiversada sobre temas como la inmigración absolutamente convencido de que está salvando al periodismo y a la democracia mientras nos sermonea sobre burbujas informativas, bulos y posverdad.

Podríamos extendernos en discutir qué hirió el periodismo. Si la desesperada necesidad de atraer clicks que rebajó la calidad del contenido o la velocidad de los ciclos informativos que redujeron el tiempo para contrastar la información. Pero esa degradación del periodismo ha contado con el entusiasta esfuerzo de periodistas convencidos de que hacían el bien ayudando al consumidor de medios a pensar bien. Porque como dijo hace poco la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, los datos no importan cuando estás del lado moralmente correcto.

Precisamente, Alexandria Ocasio-Cortez ha sido protagonista de un caso reciente que me llamó mucho la atención. Un día vi una sucesión de titulares y tuits que hablaban de la fallida campaña de los conservadores estadounidenses por dañar su imagen mediante la filtración de un vídeo que la mostraba bailando. Ocasio-Cortez es socialdemócrata, hispana, joven y atractiva. Su carrera política, con menos de 30 años, ha sido fulgurante. Y los conservadores estadounidenses odian a Ocasio-Cortez. Basta una búsqueda de imágenes suyas en Internet para ver la proliferación de fotos que congelan sus expresiones faciales en una mueca demente.

Fotograma del vídeo destacado por El País

Según leí, esta vez, alguien había rescatado aquel vídeo grabado por un grupo de amigos para tratar de ridiculizarla. Pero la reacción de la opinión pública había sido positiva y se sucedían las muestras de apoyo ante la fallida campaña de desprestigio. Nadie veía nada de malo que una congresista en sus años universitarios hubiera grabado un vídeo donde bailaba de forma sensual.

A los pocos días, leí en Twitter a alguien preguntar si alguno había leído o escuchado a algún líder conservador estadounidenses criticar el vídeo o mencionarlo antes de que los medios hubieran lanzado el titular “campaña conservadora para desprestigiar a Ocasio-Cortez fracasa y se vuelve en su contra”. Durante los siguientes días un coro de voces conservadoras hizo la misma pregunta. Nadie había oído hablar del vídeo hasta leer los titulares del fracaso de la campaña conservadora.

Poco tiempo después, me encontré la noticia en El País: “El fallido intento de dañar a Ocasio-Cortez con un vídeo de un baile en una azotea de Boston”. Por aquel entonces, Ocasio-Cortez había hecho un bailecito en la puerta de su oficina y algunas figuras del Partido Demócrata habían lanzado vídeos de apoyo con su propio baile, mientras personalidades de la política y el mundo del espectáculo salían en su apoyo ridiculizando a los conservadores. Pero en la noticia de El País encontré un detalle interesante. Identificaban a una cuenta anónima de Twitter como el origen primero de la filtración del vídeo. La cuenta había sido creada en enero de 2019. Y el contenido de las publicaciones llamaba la atención porque, más que un genuino activista conservador, aquello parecía una parodia o un fallido intento de sonar como un radical de derechas.

¿Fue filtrado el vídeo desde el equipo de Ocasio-Cortez ? Quién sabe. A lo mejor fue efectivamente un tuitero anónimo quien puso el vídeo en circulación, pero fue el equipo de la congresista quien magnificó el asunto para construir la narrativa de “fracasa la campaña conservadora de desprestigio”. Antonio García Martínez arrancaba un artículo sobre Ocasio-Cortez para la revista Wired diciendo “I’ll just say it: Alexandria Ocasio-Cortez is a social media marketing genius”. La contracampaña tuvo muy entretenida a los medios y a la gente en las redes sociales.

Alexandria Ocasio-Cortez es una fenómeno colateral a lo que quería contar. Ella es alguien que simplemente sabe apretar los botones correctos en un ecosistema informativo donde no hay tiempo para la verificación y donde la opinión pública está sobreestimulada con informaciones que confirman sus prejuicios. Pero lo que no están considerando las almas buenas que se consideran en el lado correcto de la historia es que todos esos sesgos y errores de los medios progresistas que ellos no son capaces de ver por sus prejuicios ideológicos son diseccionados cruelmente en otros medios y las redes sociales. Véase el caso de los chicos blancos del instituto católico Covington y el falso veterano de la guerra de Vietnam. Por eso las burlas de Donald J. Trump sobre la CNN, “you are fake news”, resonaban en su público. Y por eso el discurso neo-machista y anti-inmigración puede revestirse con los ropajes de la audacia, el librepensamiento y la rebeldía frente al consenso progresista de los desprestigiados medios del establishment.

Véase anteriormente: “Seguimos tocando el fondo” (16 enero 2019).

 

“Vice” (2018)

El sábado por la noche fui a ver Vice (titulada “El vicio del poder” en España), la última película de Adam McKay. Se trata del mismo director que The Big Short (titulada “La gran apuesta” en España), así que mis expectativas eran altas. En su momento me gustó mucho la manera de desmenuzar y hacer humor de un asunto a priori tan poco cinematográfico como los entresijos de la crisis hipotecaria que dio origen a la crisis financiera mundial de 2008. Lo que podía haber supuesto un lastre a la película, la necesidad de explicarle al espectador para que siguiera la trama, se convirtió en una oportunidad de darle un toque personal y original a la película con secuencias didácticas a cargo de cameos que rompían las cuarta pared. Además, me gustó mucho el sentido del humor de McKay en general,  sin olvidar las interpretaciones de Christian Bale y Steve Carell.

McKay repite aquí la fórmula. Trata con un humor parecido recurriendo a las interpretaciones de Christian Bale y Steve Carell una historia de cómo los poderosos mintieron a la gente corriente de Estados Unidos. Sin embargo siento que la historia no tiene la misma fuerza. The Big Short se basaba en un libro cuyo autor había investigado el asunto a fondo previamente y ofrecía una historia clara: cómo un grupo de outsiders descubrió los pies de barro del mercado hipotecario estadounidense y cómo en su intento de sacar provecho económico descubrieron que el juego estaba amañado. Aquí, la historia que nos cuentan es el ascenso de Dick Cheney, un tipo que se nos presenta en un principio como carente de talento e ideología pero que sabe aprovechar su oportunidad a la sombra de un tiburón de los pasillos de Washington D.C. como Donald Rumsfeld, al que termina superando en poder y capacidad de intriga.

Dick Cheney y Christian Bale caracterizado como él. Foto: People.com

Vice recupera la fuerza y el tono de The Big Short cuando cuenta cómo Dick Cheney acumuló poder tras el 11-S y su camarilla en la Casa Blanca retorció las leyes estadounidenses para permitir horrores inimaginables en una democracia, vendiendo además la invasión de Iraq con mentiras porque necesitaban una victoria convencional en el contexto de la Global War On Terror. Esto último es una idea que yo albergaba casi como intuición. Que la absurda invasión de Iraq en 2003 respondió a la incapacidad de comprender la naturaleza no estatal y transnacional de la amenaza que suponía el yihadismo global. En la película se presenta que no fue un problema de incapacidad del Pentágono para entender la naturaleza de las Guerras Posmodernas, sino que la Casa Blanca se encontró con que le resultaba difícil vender al electorado la guerra contra el terrorismo yihadista. Así que se decidió invadir un país para conquistar una capital y clavar una bandera.

Creo que si la película se hubiera centrado en contar la historia que abarca desde que Dick Cheney se sumó a la campaña electoral de George W. Bush a la salida de Donald Rumsfeld del Pentágono, hablamos del período 2000-2006, habría tenido una coherencia y consistencia de la que carece. Sin embargo, tenemos que entender que el director no partió de un libro de investigación como en la anterior película, sino que tuvo que elaborar su propia reconstrucción de la carrera de Dick Cheney. En cualquier caso, la película tiene bastantes momentos brillantes, las interpretaciones son excelentes y el sentido del humor que vimos en The Big Short está aquí presente.

 

Seguimos tocando el fondo

El fin del semana del 14, 15 y 16 de diciembre viajé a Cartagena para participar en las jornadas “Foro de Ciudades Sitiadas: Las guerras del siglo XXI” organizadas por la Cadena SER. Hablamos de la transformación de los conflictos armados, y el papel en ellos de los medios de comunicación y las redes sociales. La conversación tocó lo que yo denomino Nueva Guerra Fría e inevitablemente llegó a tratar del ascenso de personajes como Trump, Salvini y Bolsonaro, junto a la reciente experiencia del partido VOX en Andalucía. Este último asunto fue también el tema de fondo de la mesa redonda que el pasado jueves 10 tuvo lugar en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid con el título “¿Está amenazada la democracia?” y al que acudí como público.

De lo debatido en uno y otro evento, además de lecturas y conversaciones en redes sociales, me queda la sensación de que hay una preocupación porque los populistas de derechas están logrando éxitos electorales gracias a un discurso que apela a las bajas pasiones y que los partidos tradicionales no pueden contrarrestar. Ante esa situación, los periodistas se muestran preocupados e impotentes. Por así, decirlo, los periodistas ven como las masas de consumidores se lanzan a ingerir con gusto refrescos llenos de calorías vacías y bollería industrial hecha con grasas hidrogenadas. Y ahora se encuentran el problema de cómo convencer a la gente que vuelva a una dieta sana pero aburrida.

Mi primera duda ante ese análisis es que no explica por qué precisamente ahora han tenido éxito esos partidos y líderes. Si la demagogia y el apelar a las bajas pasiones fuera una estrategia política ruin pero inevitablemente ganadora, deberíamos tener una larga lista de antecedentes. Y sin embargo sólo en un intervalo de tiempo relativamente reciente ganó el BREXIT y llegaron al poder personajes como Trump, Bolsonaro y Salvini. Así que debe haber algo más.

En segundo lugar, cuestiono el papel que los medios creen tener de árbitros neutrales en el actual contexto. Es más, los considero en parte responsables de la actual situación por haber tenido un papel activo en distorsionar la realidad para impedir un debate serio sobre ciertos temas que se han convertido en tabú. Por ejemplo, el tema de la inmigración. Aquí en el blog he tratado algunos ejemplos, como el telediario de TVE reciclando una manifestación de musulmanes contra el terrorismo en invierno en Madrid como un acto de repulsa a los atentados de las Ramblas de Barcelona en agosto de 2017. O el asunto de las ONG trasladando inmigrantes desde las costas de Libia a Italia en connivencia con las mafias. Precisamente, titulé lo que escribí en julio de 2017 sobre el tema “Una bomba de relojería en el Mediterráneo“, anticipando lo que se avecinaba. No se puede decir que los resultados de las elecciones italianas en 2018 me sorprendieran, cosa que sí le pasó a los periodistas y a la intelligentsia española en general.

El fenómeno se repite una y otra vez. La prensa ha decidido que la ciudadanía es insuficientemente madura para tener un debate razonable sobre los problemas derivados de ciertas temas, como la inmigración, así que opta por no informar sobre ello para no “estigmatizar” a ciertas comunidades. El resultado es que se le regala a la ultraderecha xenófoba la generación de discurso sobre ese tema. Así, ante el consenso progresista en los medios de comunicación, el discurso populista adquiere un aura de rebeldía contracorriente que encuentra su espacio en las redes sociales (como VOX en Facebook) y las aplicaciones de mensajería (como Bolsonaro en Whatsapp).

Sin embargo, a la hora de repartir responsabilidades en quien tenemos que pensar principalmente es en los partidos tradicionales. Como dije en Cartagena, seguimos viviendo la onda de choque de la crisis económica de 2008 y los partidos tradicionales no han sabido dar respuesta a los problemas de la gente normal y corriente. Podría haber dedicado tiempo a recopilar noticias sobre las expectativas truncadas, el precariado, el paro estructural y mil fenómenos más. Prefiero quedarme con los síntomas. En Cartagena mencioné la publicación recientemente de una encuesta que revelaba el enorme peso en España de los asuntos económicos para decidir no tener hijos. Y sobre todo, me llama la atención sobre cómo se acepta y normaliza la presente situación con excusas. Estudios de mercado concluyen que el coche ya no es una “compra aspiracional” para los milennials y el diario El País nos habla de las nuevas tendencias de rebuscar comida en la basura (freeganismo) y renunciar a salir el fin de semana (nesting).

Recuerdo las palabras de Michael Moore antes de las elecciones estadounidenses de 2016 sobre el apoyo a Donald Trump en el cinturón desindustrializado que va desde Pennsylvania a los Grandes Lagos. Y donde él dijo que votar a Trump suponía para la gente perjudicada por la crisis lanzar contra el establishment una granada de mano o cóctel Molotov, yo en Cartagena dije que el voto a VOX es una voto pedrada.

Considerando la experiencia previa del caso del partido Podemos, no creo que súbitamente la gente que votó a VOX en Andalucía suscriba su agenda política. Recuerdo en su momento hablar con simpatizantes y votantes de Podemos que mostraban sorpresa cuando les contaba cosas dichas y hechas por los líderes y cargos electos de su partido. Algo parecido ha sucedido en Andalucía. Recuerdo leer al respecto que un medio salió a la búsqueda de votantes de VOX en Andalucía para ver su opinión sobre los asuntos más controvertidos del programa electoral del partido. Obviamente no los suscribían.

Así que podríamos repasar caso por caso. Antes mencioné Italia. Las palabras de Michael Moore explican muy bien el vuelco en los estados claves que le dieron la victoria. En Brasil podemos señalar la acumulación de casos de corrupción del Partido de los Trabajadores y el descontrol de la violencia. Repasando algo que escribí sobre Brasil aquí en 2013 me encontré un titular que hacía referencia a los siete ministros del gobierno de Dilma Roussef que habían dimitido por casos de corrupción en sus dos primeros años de mandato. Pero imagino que es más fácil concluir que la gente es idiota y vota mal.

En algún lado leí que un tema de fondo en el ascenso de todas estas nuevas fuerzas rupturistas era la pérdida de los lazos comunitarios, algo que explicaría cómo el tema de la inmigración se ha colado una y otra vez en la agenda con la idea de fondo de retorno a un pasado idílico. El otro día El País presentaba el caso de Los Verdes en Alemania, un partido que se ha reinventado como partido pragmático capaz de alcanzar acuerdos, supone una alternativa a los partidos tradicionales y al contrario que estos últimos no había dado un espectáculo poco edificante con sus peleas internas gracias a su fuerte unidad. La noticia mencionaba que la defensa del medio ambiente permitía vincular el partido con el Heimat, un término que puede ser traducido como patria pero también, según Jochen Bittner, a un “sentido de pertenencia” que es lo “opuesto a sentirse extranjero”. Estaríamos, por tanto, ante síntomas de fondo de un malestar en la globalización.

“The Looming Tower” (serie de televisión, 2018)

The Looming Tower es un libro del periodista Lawrence Wright que traza la historia que va desde los orígenes del salafismo yihadista en Egipto hasta el 11-S. Los últimos capítulos del libro tratan de cómo la investigación del atentado contra el destructor USS Cole llevada a cabo por el FBI hubiera posiblemente llevado a los preparativos de los atentados del 11-S en suelo estadounidense de haber dispuesto de cierta información que estaba en manos de la CIA.

La serie se centra precisamente en la parte final del libro y nos presenta cómo el equipo de lucha antiterrorista de la oficina del FBI en Nueva York va chocando una y otra vez contra la cerrazón de la CIA a compartir información mientras le toca investigar los atentados contras las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania primero y contra el destructor USS Cole en aguas de Yemen después. Destacan dos personajes. Johh O’Neill (interpretado por Jeff Daniels) era el jefe de la unidad antiterrorista del FBI en Nueva York, que tras el primer atentado en las Torres Gemelas en 1993 asumió los casos de terrorismo internacional. Es retratado como un personaje intenso, abrasivo y amante de la buena vida que esconde el secreto de tener varias parejas a espaldas de su mujer. O’Neill choca con la cadena de mando, con la CIA y con la embajadora estadounidense en Yemen.

El otro personaje es Ali Soufan, un agente novato del FBI de origen libanés que habla árabe y está familiarizado con el Islam en una época en que todo ello era un asunto exótico. En la serie se le presenta como alguien entre dos mundos y cómo el enfrentarse a fanáticos yihadistas le lleva a reconectar con el Islam. El personaje real era poco o nada religioso, pero se trata de una de las licencias que se toman los creadores de la serie para mandar el conveniente mensaje de que el Islam es una religión de paz y tal y cual.

Frente a O’Neill y Soufan, aparecen como antagonistas los dos sucesivos jefes de la célula de la CIA dedicada a investigar Al Qaeda. Se les presenta como seres maquiavélicos que desprecian al FBI, porque consideran que el propósito de llevar los casos a los tribunales juega en el corto plazo y ellos se ven como jugadores estratégicos que juegan en el largo plazo. Además sabotean y obstaculizan los procedimientos para compartir información con el FBI cuando aparecen implicados ciudadanos saudíes porque consideran que su principal objetivo es salvaguardar las relaciones de Estados Unidos con Arabia Saudita. La caracterización de ambos personajes me resultó algo extrema. Pero leyendo sobre los personajes reales en que se basan, uno es Michael Scheuer y que está como una regadera, a lo mejor me equivoco.

Aparte de los designios de la CIA, la serie plantea que en los años 90 sólo unas pocas personas entendían la amenaza que planteaba Al Qaeda como red terrorista transnacional, un fenómeno nuevo, exótico y lejano. El asunto no se abordó con seriedad porque de fondo estuvieron primero los escándalos sexuales de Bill Clinton y luego llegó el relevo en Washington, con la llegada al poder del gobierno de George W. Bush. Ambos presidentes no aparecen como personajes en la serie. Y quienes quedan en mal lugar son el director de la CIA George Tenet (interpretado por Alec Baldwin) y la consejera de Seguridad Nacional Condolezza Rice.

Una cosa que hay que tener en cuenta es que Ali Soufan aparece como productor y Lawrence Wright como productor ejecutivo de la serie. Es más, cuando leí The Black Banners, el libro de Ali Soufan, caí en la cuenta que él había sido una fuente principal para Wright. Así que tenemos una serie que cuenta una parte de la historia basada en la perspectiva de uno de sus protagonistas. A lo mejor hubiera sido más interesante una serie que no hubiera reducido la historia a estadounidenses buenos del FBI que luchaban contra Al Qaeda y estadounidenses malos o tontos que entorpecían el trabajo del FBI. Además, como es habitual en las series estadounidenses, los personajes extranjeros resultan arquetípicos y un tanto caricaturescos. Los matices habrían enriquecido la historia que tiene materiales de tragedia griega: tras perseguir a Al Qaeda, John O’Neill terminó retirándose del FBI tras 25 años de servicio y pasó al sector privado para trabajar en Nueva York como jefe de seguridad de las Torres Gemelas. La última vez que se le vio con vida, estaba dirigiendo la evacuación de unos de los edificios. Su cuerpo apareció diez días después entre los escombros. En cualquier caso, la realidad siempre supera la ficción.

La biblioteca de los libros que nunca escribí

De vez en cuando me pasa, al buscar en Internet sobre algún tema, que me llevo la sorpresa de encontrar que apenas hay referencias al asunto en español, más allá de mi blog. Por un lado, eso me genera la satisfacción de haber sido de los primeros en el mundo de habla hispana de haber descubierto el debate o el concepto. Pero por otro lado me genera frustración ver que en España no se ha estudiado o debatido temas de sobra conocidos en el mundo angloparlante.

La cuestión es que vivo con la constante sensación de que es mi deber introducir o explicar temas en español. Así que el resultado final es que me empeño en escribir no sobre los temas que domino, sino sobre aquellos que me gustaría se conocieran. Es decir, termino escribiendo los textos que me gustaría leer en español. Así, he terminado escribiendo de asuntos tan diferentes como “Irán y la guerra naval asimétrica” o la experiencia histórica de las tácticas rodesianas de Contrainsurgencia (COIN).

El empeño de divulgar temas en español ha sido una de las causas de una trayectoria de publicaciones bastante errática. Para colmo, a ese constante saltar de tema en tema se ha sumado el empeño de no sólo dedicar un artículo al asunto que en aquel momento captaba mi atención, sino todo un libro. El otro día se me ocurrió hacer un lista de todos aquellos proyectos libro que planifiqué, para los que reuní bibliografía y que empecé a escribir hasta agotar el entusiasmo inicial. Aquí está la lista, no necesariamente por orden cronológico.

Guerras Posmodernas 2.0 / 3.0 

Mi primer y único libro fue terminado en el verano de 2009 y publicado en 2010. El libro está descatalogado y muy pronto sentí que merecía una nueva versión mejorada y ampliada. Tiempo después pensé que no me motivaba volver a escribir el mismo libro. Que sería más interesante profundizar en varios temas que no aparecían en el primer libro (desde drones a guerra urbana). Y que en vez de ponerme una meta ambiciosa de escribir un nuevo libro de cero, debía trabajar primero en los temas e ir preparando el terreno con artículos.

Flanco Sur Profundo.

Siendo el autor del blog FlancoSur.com, que recientemente he puesto en modo hibernación, he echado de menos en España un libro de referencia sobre el yihadismo en el Sahel. Y cómo no, si nadie lo escribía se me ocurrió hacerlo yo mismo. La idea era arrancar con un capítulo inicial de antecedentes históricos contando los inicios de lo que luego fue Al Qaeda en la yihad Afganistán, del papel en ella de ciudadanos magrebíes y de cómo, tras la guerra civil argelina, los yihadistas se expandieron hacia el sur. Así que me puse a leer sobre geografía física del Sáhara, la guerra de Afganistán, la guerra civil argelina, etc. El resultado es que quedé atrapado aprendiendo sobre el contexto del problema hasta perder el foco. Un error de principiante. Ahora el problema se ha expandido y hecho más complejo. Y dudo que algún día escriba ese libro.

Guerra en red.

Cuando entregué el libro de Guerras Posmodernas a la editorial sentí que había dejado fuera un tema importante por no saber darle encaje: las teorías de guerra en red y los nuevos tipos de conflicto donde participan redes distribuidas. Antes de que el libro hubiera salido de imprenta pensé que el asunto merecía un libro entero. Pasó el tiempo y sucedió algo curioso. Cuanto más examinaba los casos, menos encontraba verdaderas redes distribuidas con jerarquías planas. Las organizaciones seguían siendo piramidales, por muy democratizador que hubiera sido Internet para el acceso a la información y las comunicaciones. El asunto resultó un espejismo.

Pasó el tiempo y recuperé el interés por el tema. Y decidí darle un enfoque diferente. En vez de contar cómo había una nueva generación de conflictos protagonizados por organizaciones en red, el interés estaba en contar cómo esa idea había evolucionado desde los tiempos en que Deleuze y Guattari hablaron de la guerra nómada. Es decir, la idea no era escribir una historia de la guerra en red, sino una historia del concepto de guerra en red.

Geopolítica (varios).

Cuando creé este blog nunca pensé que me interesaría por la Geopolítica, una disciplina que yo percibía como rancia y anticuada. Llegué a escribir una crítica a la Geopolítica de Mackinder, tras escuchar a un general español hablar del Heartland en un evento sobre el ascenso de los países BRIC. Irónicamente, asuntos como la Guerra de Crimea o el ascenso de China recuperaron el valor del análisis geopolítico. Y yo caí en la cuenta que apenas existía literatura sobre el tema en español. Hablamos de una época en que no existían o no habían sido traducidos La venganza de la geopolítica de Robert D. Kaplan y Prisioneros de la Geografía de Tim Marshall. Así que se me ocurrió que hacía falta un libro introductorio para la materia. Hacía falta un libro que hablara de Kjellén, Ratzel, Mahan, Mackinder, Spykman, etc. Pero no tardé en cuestionarme si tenía sentido escribir un libro así, con el trabajo que suponía estudiar aquellos autores y escuelas que apenas conocía.

Tras aparcar la idea del libro introductorio a la disciplina, pensé en que tendría más salida comercial un libro que abordara las grandes cuestiones geopolíticas del siglo XXI: como el ascenso de China o la rivalidad Irán-Arabia Saudita. También pensé en centrarme en el Gran Oriente Medio, aprovechando los artículos que había publicado en la revista El Medio.

El verano pasado caí en la cuenta que la libreta donde había tomado notas y volcado ideas para los proyectos Geopolítica del siglo XXI y Geopolítica del Gran Oriente Medio era un material extenso del que no había sacado provecho alguno a pesar del tiempo invertido. Se me ocurrió empezar a pasar las anotaciones a limpio. Y descubrí que por lo menos tenía material para dos artículos. El otro día retomé el pasar al ordenador las notas y conté 190 páginas manuscritas. Quizás deba asumir de una vez por todas que antes de lanzar grandes proyectos de libro debería ir escribiendo artículos que me permitan madurar las ideas y sacar provecho tangible a corto plazo al esfuerzo de profundizar en los temas que me atraen.