Órdenes de extradición que las firma el diablo

La famosa euroorden (“Orden europea de detención y entrega” o European Arrest Warrant) contra el ex-presidente Carles Puigdemont convirtió a cada español en experto en derecho por unos días, según se pudo ver en los intensos debates en las redes sociales. El asunto hizo descubrir a más de uno que las órdenes de extradición no se atienden automáticamente, sino que el país receptor las tiene que estudiar. Y si bien estoy seguro más de alguno estará lamentando que la justicia alemana no envió automáticamente al ex-presidente Puigdemont esposado y con un lazo de vuelta a España, si uno mira cómo operan países con sistemas judiciales de dudosa reputación no puede más que agradecer que las órdenes de extradición sean respondidas tras su estudio sosegado.

En España tenemos varios casos notables. Hamza Yalçin y Doğan Akhanlı, ambos intelectuales turcos exiliados desde hace años en Europa, fueron detenidos en España durante el verano de 2017 por ser reclamados desde la Turquía de Erdoğan. Cuando la justicia española revisó los casos se encontró que, por ejemplo, a uno de ellos se le atribuía pertenencia a grupo terrorista por un artículo publicado en una revista. Los delitos de los que se les acusaba se podían resumir en ser intelectuales incómodos para el poder en Turquía, lo que allí se viste de vinculación con grupos terroristas. Finalmente fueron liberados, no sin la controversia de que dos órdenes de búsqueda y captura sustentadas en acusaciones exageradas e incompatibles con el derecho europeo hubieran llegado tan lejos.

Otro caso notable es el del empresario español Pablo Botella Carretero, que era directivo de un banco venezolano allá por 2009 y al que le pilló una de esas campañas gubernamentales de “¡exprópiese!”. Así, fueron nacionalizados los bancos Central Banco Universal, Baninvest Banca Inversión, Banco Real, Confederado, Bolívar, ProVivienda y Canarias de Venezuela. El destino de estos bancos al ser nacionalizados fue desaparecer o integrarse en un grupo de banca pública. Y cómo no, la excusa para la nacionalización fue que en todos ellos se dio fraude y la corrupción. El gobierno venezolano lanzó entonces órdenes de captura internacional vía Interpol, las llamadas “notificaciones rojas”, para nueve directivos de bancos. Entre ellos estaba Pablo Botella Carretero. Cuando la orden llegó a España y se pidió el expediente del caso para estudiar la posible extradición la causa se desvaneció en el aire. Como dio cuenta el profesor de derecho Douglas McNabb, la “notificación roja” contra Pablo Botella Carretero fue retirada el 23 de junio de 2011.

Así que imaginen que las órdenes de extradición se ejecutaran automáticamente. Carles Puigdemont sí estaría en una cárcel española, pero España habría entregado intelectuales disidentes a la Turquía de Erdoğan y un empresario español estaría en una cárcel venezolana por un caso a todas luces fraudulento. Y, ¿a que no adivinan qué país usa y abusa de las “notificaciones rojas” de Interpol contra personajes molestos? La Rusia de Putin. Todo esto lo conté con detalle en un artículo para Letras Libres titulado “Cómo las dictaduras usan Interpol para perseguir disidentes”.

Su franquismo diario, gracias

Me crucé recientemente con dos artículos del diario Público que trataban algún aspecto del franquismo y la Historia de España que hablan más del estado del periodismo español que del franquismo.

El primero informa que, a día de hoy, el gobierno alemán sigue pagando a veteranos, viudas y huérfanos de la División Azul, la unidad de voluntarios españoles que combatió con el ejército alemán en el Frente del Este durante la Segunda Guerra Mundial. El asunto se hizo público tras una pregunta parlamentaria de un diputado alemán. La División Azul es un tema histórico controvertido, porque al fin y al cabo esa división de voluntarios participó en una campaña militar donde se cometieron crímenes abominables. Véase mi reseña del monumental Tierras de sangre de Timothy Snyder. Ese es un aspecto que los nostálgicos del franquismo y muchos interesados en la historia militar tienden a obviar. Es más, suelen enfatizar no quiénes eran los aliados de España, sino sus enemigos: la Unión Soviética de Stalin. Sobre sus atrocidades véase igualmente Tierras de Sangre. Dicho lo cual, el comportamiento de aquellos voluntarios españoles no tuvo nada que ver con el de las tropas alemanas.

La noticia de Público se titula “Alemania aún paga más de 100.000 euros anuales a exmiembros y familiares de la División Azul”. Y en ella encontramos esta joya:

Según los datos aportados ahora por el Gobierno de Alemania un total de 47.000 españoles lucharon en la División Azul junto a las tropas de Adolf Hitler. Después de disolverse este batallón, en marzo/abril de 1944, uno de sus batallones se quedó en Ucrania luchando contra partisanos de Yugoslavia incorporándose a finales de 1944 a las SS hitlerianas y participando en las batallas de Berlín.

El autor, Alejandro Torrús, se ha hecho un lío. Dice “después de disolverse este batallón” para hablar de la División Azul. Si el nombre lo dice, División Azul, ¿de dónde saca que era un batallón? La unidad que sucedió a la División Azul, fue la Legión Azul, de entidad regimiento y que luchó en el sector norte del frente oriental, no en Ucrania. Por supuesto lo de “partisanos de Yugoslavia” en Ucrania deja la duda de si se trata un error de Geografía o de Historia. Por último, hay que decir que tras la retirada de la Legión Azul hubo combatientes españoles que decidieron luchar en las filas alemanas, integrándose junto a otros no alemanes en las Waffen SS. Pero fue una decisión personal y ya no estaban bajo disciplina militar española.

La batalla de Krasny Bor, según Ferrer Dalmau, de la que se cumplió recientemente el 75º aniversario.

El segundo artículo de Público lo firma Jaime Noguera y se titula “Cuando Mussolini propuso a Franco unir a Italia, Francia, Portugal y España en un ‘Bloque Latino’”. Para variar, el tema es algo que desconocía. Pero está escrito en un tono informal pretendidamente gracioso. Hay dos párrafos que dan idea del tono y fondo del artículo:

Primero, tocaba hablar con el cortaba el bacalao (kabeljau en aleman) de las alianzas en la Europa continental. En octubre de 1940, Adolf Hitler viajó a Hendaya, en la frontera hispano-francesa, para reunirse con Franco y  proponerle la formación de una alianza junto a Italia y la Francia de Vichy para que los dos países latinos apoyasen a Italia contra los británicos en el Mar Mediterráneo. Franco estaba seguro de la pronta victoria de su admirado Führer y se le hacía el culo Pepsi-cola por entrar en la guerra de la mano del vencedor. A ver si así podía rascar algo.

Sin embargo, a Hitler le dio gatillazo la interminable lista de necesidades que el amigo Paco exigia para poder meter a una arrasada España en la guerra, en la que solo faltaba una Playstation. El dictador nazi prefirió dejarse de intentar amigar a sus mamporreros y pensó que era mejor que Franco se dedicase a mantener a España controladita, no le fuese a salir igual de chungo en las cosas de la guerra como Mussolini.

Si Franco realmente quería entrar en la Segunda Guerra Mundial o no es algo que he visto discutido bastante. Supongo que algún historiador conocerá la situación del debate actualmente. Pero la frase que me llamó la atención es esa de que a Franco “se le hacía el culo Pepsi-cola por entrar en la guerra de la mano del vencedor”. Es cosa mía, pero eso de hacerse el graciosillo a costa de Franco, más de 40 años después de muerto, tiene un aire de algo de “mirad las cosas que digo de un dictador, qué valiente soy”. Como si alguien pusiera a parir al matón de barrio en la barra de bar sabiendo que se está comiendo años en el talego y no allí para partirte la cara. La virtud de ser antifranquista cuando no tiene mérito ni coste serlo.

Supongo que el autor del primer artículo podrá excusarse que se armó un lío en lo que no es más que un breve aporte histórico, mientras que el autor del segundo artículo dirá que el tono ligero es comprensible en un artículo de divulgación histórica. La forma en él lo es todo. Así que otra vez nos encontramos con eso de “¿qué importa si el artículo tiene errores si la intención es buena?” Es un asunto al que tengo que volver una y otra vez. Supongo que tenemos los medios “alternativos” y “comprometidos” que nos merecemos.

Yo tengo la sensación de que últimamente tenemos a Franco hasta en la sopa, cuando resulta que hace poco alcanzamos el hito histórico de haber vivido bajo esta democracia constitucional (1978-2018) más tiempo que bajo el régimen de Franco (1936-1975). Yo creo que va siendo hora de desenterrar las fosas comunes de una vez para empezar a mirar más hacia el futuro.

Menudos aliados de la clase obrera

Leí hace poco en alguna parte que está bien fiarse del instinto para desconfiar de alguien o algo pero no de los buenos presentimientos. Por lo visto gracias a la evolución nuestro cerebro es capaz de captar cosas que no cuadran y dan mala espina, aunque no seamos capaces de explicar la desazón. Me pasa algo parecido con personajes, hechos o incluso ideas. Algo me dice que no me fíe. Que hay algo más. Y a veces pasa bastante tiempo hasta que se hace evidente que había trampa. Pero esa sensación siempre estuvo ahí.

El otro día salió a la luz que uno de esos revolucionarios de salón que pululan con cierto éxito por Twitter coleccionaba relaciones con adolescentes que habían quedado deslumbradas por su verbo florido, su compromiso político y su aura de estrella de las redes sociales. Después de que la primera venció la vergüenza de ser tomada como una adolescente crédula que había hecho el idiota con un hombre mayor que ella, la cosa pudo haber quedado como un asunto privado con diferentes interpretaciones. Pero entonces apareció una segunda chica y resultó que era una práctica habitual del personaje y no un episodio puntual eso de tratar a menores como elementos desechables y practicar sexo no seguro en serie.

Y ahí me encajó todo. Porque en su momento le había dado vueltas a la aparición de este tipo de personajes que te sueltan un chascarrillo sobre la corrupción del PP, luego te hacen un comentario sarcástico defendiendo tesis conspirativas sobre el 11-S y por último te ponen un comentario pretendidamente emocionado en el aniversario de la muerte de algún dictador. La única explicación que encontré es que se trataba de pura pose. En una Europa aburrida donde han muerto las utopías, ser de izquierda radical ha quedado como un patrón de consumo cultural y por tanto de identidad. Pero me faltaba un elemento. No se trataba de épater le bourgeois, que ahora recicla y hace turismo solidario, sino de deslumbrar a adolescentes. “Me alegro que te gusten mis tuits riéndome de la monarquía. Send nudes“.

No me fío un pelo de todos estos personajes cuyo tema favorito es que en España vivimos bajo un régimen autoritario pero su ideal de democracia es una dictadura lejana en el tiempo o el espacio. No me fío nada de toda esa gente que te dice que “todo patriota es un idiota” o el “patriotismo es el último refugio de los canallas” pero se retrata exultante al lado de una bandera que no es la de su D.N.I. Y no me fío de todos esos que quieren romper el tablero y luego descubres en su biografía “hijo de”. Por eso nunca entenderán por qué para mí fue un hito poder vender mis análisis al IBEX 35. Ellos supongo lo verían como algo deleznable. Pero esa es la diferencia. Yo soy un chico canario de clase obrera que estudió en la universidad pública, hizo horas extras como un idiota en un back-office y cobró una mierda durante años por un artículo. Cobrar del IBEX 35 significó darle un respiro a mis padres y poder ser optimista de cara al futuro, cuando me toque a mí cuidar de ellos. Esa es mi revolución. Darle un respiro a mis padres llegando a fin de mes. Los otros son “aliados”. Send nudes.

 

Al periodismo activista se le empieza a ver las grietas

Llevaba tiempo con una sensación de que había algo intrínsecamente malo en esa convergencia del periodismo activista con las ONG. Mi impresión, tras años destripando artículos erróneos y tendenciosos sobre el conflicto palestino-israelí, es que en el fondo a la gente le importa un pito la calidad periodística cuando la causa le parece justa. Lo importante para muchos es la buena intención porque hay un público que quiere ver sus prejuicios confirmados por los medios. Es una batalla perdida en ese aspecto.

El otro día comenté aquí un artículo de un periodista que es activista en una organización propalestina y hablaba de esa misma organización en el artículo. ¿Dónde terminaba el periodismo y donde empezaba la publicidad de la organización? Estoy acostumbrado a ver en la prensa anglosajona aclaraciones en las reseñas de productos culturales, como libros y películas, en las que el autor advierte al lector que se trata de un lanzamiento de otra empresa del mismo grupo empresarial. He visto publicaciones on-line donde se analizan productos electrónicos que advierten cuando se trata de un préstamo temporal del fabricante para elaborar el artículo y se enlaza a un página donde el lector puede informarse sobre la política del medio respecto a las relaciones con las marcas. Mientras que en prensa y en televisión estamos acostumbrados desde hace años que se especifique cuando estamos ante un publirreportaje y no a una información convencional. Sin embargo, de un tiempo a esta parte estamos acostumbrados a que ONG con proyectos humanitarios en países lejanos paguen viajes a periodistas para que publiquen reportajes sobre su labor allí y no recuerdo haber leído nunca a nadie advertir al respecto. ¿Afecta a la calidad del periodismo esa relación?

Recordemos el caso de las ONG que fletaron barcos para rescatar a las personas que llegaban desde Libia a las islas italianas en medios muy precarios. Recuerdo que empezaron diciendo que estaban allí para rescatar a los refugiados que se ahogaban en el Mediterráneo. Un día leí en la página web de GEFIRA que en realidad las ONG estaban trasladando migrantes desde las costas italianas. En mi cabeza GEFIRA sonaba a PEGIDA, la organización xenófoba alemana, por lo que no le presté atención. Tiempo después me encontré un tuit de la Guardia Civil anunciando que habían rescatado a “1065 personas en embarcaciones a la deriva junto a las costas de Libia”. Así que se me ocurrió mirar en páginas de navegación marítima que ofrecen la posición actualizada de los buques que transmiten su posición vía el sistema AIS. Y allí me los encontré, los buques de las ONG muy juntos y pegados a la costa libia. Empecé a tirar del hilo y encontré vídeos donde se veía el transbordo de migrantes desde las embarcaciones de las mafias a los “buques de rescate” de las ONG, que luego los desembarcaban en territorio italiano bajo la excusa de que eran náufragos rescatados en alta mar. Encontré que el efecto llamada generado por el puente marítimo creado entre Libia y Europa estaba atrayendo a migrantes desde sitios tan lejanos como Bangladesh. Conté mis hallazgos sobre el asunto el pasado verano en Una bomba de relojería en el Mediterráneo.

Hace poco, Jordi Évole tuiteó sobre la actividad de Pro Activa Arms, una empresa de socorristas reconvertida en ONG que recoge gente en el Mediterráneo, y afirmó “sigue Europa sin hacer nada”. Évole había mostrado su trabajo en un reportaje que le valió un premio. En realidad, como refleja que una patrullero de altura de la Guardia Civil estuviera en las costas de Libia, hay toda una operación europea en marcha. Hasta las propias cifras de las ONGs reflejan que mucho más de la mitad de las personas rescatadas en el Mediterráneo lo son por los medios desplegados por la Unión Europea. La oficina de prensa de de la Representación de la Comisión Europea en España contestó a Évole con un hilo en Twitter.

La cuestión es, ¿quién quiere escarbar la mierda de cooperantes internacionales y periodistas-activistas si son los nuevos misioneros de la era laica, admirados y glorificados? Pues ha estallado el escándalo. The Times de Londres ha desvelado que el director de Oxfam en Haití y otros responsables de la organización montaron orgías con prostitutas en un ambiente persistente de acoso sexual a las trabajadoras. Tras esa noticia, ha aparecido que el comportamiento de los directivos de la ONG en lugares como Bangladesh, Filipinas y Nepal no fue nada ejemplar: alojamientos en hoteles de lujo, acoso sexual, apropiación de los méritos de otras ONGs ante los medios, etc. Resulta, que el acoso y las agresiones sexuales entre los trabajadores humanitarios es un problema extendido.

Una de las mesas redondas sobre “Periodismo Comprometido” de Oxfam en España.

Como siempre que salen a la luz estas cosas, aparece en las redes sociales gente contando que todo esto ya se sabía. Pero claro, ¿quién estaba dispuesto a sacar los trapos sucios de las ONG en los medios? Las propias ONG presionaban a sus trabajadoras para que cerraran la boca porque el potencial escándalo podría arruinar su reputación ante el público y cortarse el flujo de donaciones. Los periodistas no querían contar nada porque su conciencia sensible y solidaria les llamaba a no perjudicar la reputación de las ONG, sabiendo que la gente metería a todas en el mismo saco. Me recuerda el caso de una activista europea propalestina a la que le pidieron que no contara algo malo que le había pasado en uno de esos viajes solidarios porque eso “le hace el juego a Israel”. ¿Cuántas cosas verán los periodistas comprometidos y callarán porque no encaja en su agenda política? El periodismo activismo termina siendo activismo pero no periodismo.

“El sueño eurosiberiano” de Jorge Verstrynge

Después de la Segunda Guerra Mundial, una parte de la ultraderecha europea renegó del nazismo y asumió que su futuro no pasaba por los partidos políticos sino por la influencia ideológica, la “metapolítica”. Aquellos movimientos europeos, en plena Guerra Fría, quisieron mantener una postura alejada tanto del capitalismo occidental como del comunismo soviético: la Tercera Posición. Por el camino, fueron desarrollando interés por movimientos políticos del Tercer Mundo como el peronismo argentino o el socialismo árabe. Así, llegamos hoy en día a la conexión siria de la ultraderecha española, que ve en el régimen de Bashar Al Assad un baluarte contra Israel y el yihadismo.

Jean Thiriart (izq.) y Aleksandr Dugin (centro). Foto vía El Gran Juego.

Uno de los personajes de esa renovada ultraderecha europea fue el belga Jean Thiriart, impulsor del movimiento paneuropeo Jeune Europe. Thiriart defendía, para enfrentarse al imperialismo estadounidense, la unión de una Europa que fuera de Galway, en la costa occidental de Irlanda, a Vladivostok, en la costa rusa del Pacífico. Tras la disolución de la Unión Soviética, Thiriart viajó a Moscú en 1992. Desembarcó en un país que vivía un vacío ideológico tras la caída del comunismo. Allí conoció a Aleksandr Dugin, que colaboraría poco después con Eduard Limonov para impulsar el Partido Nacional Bolchevique, los célebres “comunistas nazis” (nazbol). Thiriart murió en Bruselas poco tiempo después de su viaje, pero la semilla había sido plantada. Dugin terminaría por desarrollar la Cuarta Teoría Política, además de refundar el movimiento euroasianista.

Curiosamente el año en que Thiriart llegó a Moscú, Jorge Verstrynge publicaba El sueño eurosiberiano. El libro fue editado por el Instituto de Europa Oriental, que había contado con Raisa Gorbachova para su inaguración en 1990 en la Universidad Complutense de Madrid. Jorge Verstyrnge es posiblemente el único personaje del panorama intelectual español en el que mi interés por sus ideas es equiparable al desprecio que recibe. Se trata de uno de los autores españoles más influidos por aquel eclecticismo intelectual de la renovada ultraderecha europea. Hizo un repaso a aquellas corrientes en 2002 en el libro Rebeldes, revolucionarios y refractarios, que cuenta hoy con una segunda edición revisada y ampliada.

El sueño eurosiberiano es un libro escrito al calor del momento y está lleno de predicciones equivocadas que hoy resultan divertidas. Pero la idea de fondo del libro tiene implicaciones importantes, como veremos al final. El libro se puede leer no sólo como un análisis del momento, sino como un programa de política internacional. Sostiene Jorge Verstrynge que la caída de la Unión Soviética proporcionaba una oportunidad para que Europa cortara amarras con Estados Unidos y asumiera un papel autónomo en el panorama internacional.  Para ello, Europa tenía que asumir que el concepto de Occidente (que engloba a Estados Unidos) es una falacia y que de la alianza de Europa con Rusia podía salir un superpotencia que ocupara el lugar de la Unión Soviética. Verstrynge propone el eje Madrid-París-Berlín-Moscú. Esa Gran Casa Común Europea, concepto de Gorbachov, aunaría la tecnología de Europa occidental y las materias primas siberianas para crear un gran mercado poco dependiente de recursos externos que podría además englobar a los países árabe-mediterráneos. Esa unión sería posible y viable porque, según Verstrynge, Rusia es un país plenamente europeo. Curiosamente es una idea cuyo rechazo es central en el euroasianismo de Dugin. Además, Verstrynge plantea que “sin riesgo real y fundado de desmembramiento, se diga lo que se diga” (pág. 69) veremos que “[l]a URSS, con éste u otro nombre, sobrevivirá” (pág. 70). Sus argumentos son que Bielorrusia y Ucrania buscarían refugio bajo el ala rusa para protegerse de Polonia, país preso del fanatismo católico. Así que bastaba entonces que a Rusia se sumaran esos dos países vecinos y Kazajistán para formar una unión que conservaría el 90% de la población y el 80% del territorio de la Unión Soviética. Además, se planteaba en aquel momentos la ampliación de la entonces llamada de Comunidad Económica Europea. Verstrynge anticipaba efectos beneficiosos. La incorporación de países como Austria, Suecia y Finlandia, junto a la de los antiguos países comunistas de Europa del Este, alejaría a Europa de la OTAN y la llevaría a una posición de neutralidad geopolítica.

Además de la OTAN y el atlantismo, Jorge Vestrynge sostenía entonces que el neoliberalismo de los años 70 y 80 tenía los días contados. “[L]a historia dará, sin duda, cuenta del mito según el cual la llegada del “post-comunismo” equivale al triunfo, o meramente a la victoria, del capitalismo” (pág. 122). El espacio económico eurosiberiano no tendría que ser necesariamente proteccionista, pero sí autosuficiente. Las exportaciones tendrían cada vez menos peso en las economías, según la idea de las exportaciones como motor del crecimiento pasase de moda. El proteccionismo sería una idea defendida por Jorge Verstrynge en un libro de 2009.

La idea de una gran potencia eurosiberiana que rivalizase con Estados Unidos en un renavado orden bipolar era factible en el mundo descrito por Jorge Verstrynge porque Estados Unidos aparece como un país decadente y aquejado de problemas estructurales. “Ya se reconoce que, en la actualidad, USA está en plena recesión y decadencia económica” (pág. 38). El desfile de estadísticas de pobreza y delincuencia en el libro es buena prueba de que si uno escoge los datos que quiere, puede demostrar que un país está a punto de irse al garete. “[S]e multiplican las peticiones norteamericanas de ayuda europea” (pág. 40). Igual sucede con la recopilación de datos sobre producción industrial. La comparación favorable de la tecnología europea, del Arianne al Airbus, da idea de que el autor no estaba familiarizado con la pujanza tecnológica estadounidense de entonces. Me llamó la atención que la revolución tecnológica de la Sociedad de la Información, que estaba a la vuelta de la esquina, no aparece en el libro. Se mencionan también las grandes compras japonesas en Estados Unidos. Precisamente la novela “Sol naciente” de Michael Crichton, que recogía el temor de la invasión económica japonesa, salió publicada en 1992.

La visión de Estados Unidos que demuestra tener Jorge Verstrynge en el libro parece un perfecto reflejo de aquella época, cuando en España hablábamos de ese país sin tener la más remota idea y repetíamos mitos de barra de bar. Por ejemplo: “El sistema educativo es una hecatombe y, de las universidades, no llegan una docena a las que tienen un nivel equivalente a nuestro… COU” (pág. 24).  Cuando habla de la cultura estadounidense, suena como un cascarrabias europeo que dice cosas como “la cultura norteamericana (la cultura es lo que vertebra un país) está en caída libre” (pág. 26). Según Verstrynge, un síntoma de la decadencia cultural estadounidense es la exaltación que hace el cine de Hollywood de los gangsters, cuando no presenta a héores de pacotilla “como Rambo, Schwartznegger (sic), Indiana Jones, Cocodrilo Dundee, Batman o Supermán” (pág. 25). Además, según él, Hollywood nos proporciona “basuras” como “E.T.” e “Indiana Jones” (pág. 118).

La lectura de El sueño eurosiberiano 25 años después es una mera curiosidad. Se trata de un libro, como todos los del autor, escrito con un estilo embrollado por la habitual falta de un buen trabajo de edición. Aparte de las puntuales erratas, se pueden leer cosas como “numero de ogivas”, a pesar de que mi ejemplar es de la segunda edición. Jorge Verstrynge no acertó en casi nada. Estados Unidos se convirtió en la potencia hegemónica en un mundo unipolar. La Unión Europa está en cambio llena de problemas y hay más signos de decadencia social en Europa que en Estados Unidos. Rusia siguió un camino aparte asumiendo una identidad ajena a Occidente. La Unión Soviética se fragmentó y los intentos rusos de mantener su primacía geopolítica con organizaciones multinacionales no ha dado ningún fruto (desde la Comunidad de Estados Independientes a la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva). Los países ex-comunistas de Europa del Este resultaron los más furibundamente atlantistas. La economía japonesa pinchó. El Mediterráneo ha sido más muro que puente entre Europa y el mundo árabe. Entonces, ¿por qué es relevante El sueño eurosiberiano? Porque las ideas que el autor tomó de la ultraderecha francobelga inspiraron a ese bloque de partidos de ultraderecha que en el Parlamento Europeo vota junto con la ultraizquierda a favor de los intereses de la Rusia de Putin.

Jorge Verstytnge siguió un periplo por los partidos políticos españoles peculiar: arrancó en Alianza Popular, entró en el PSOE, asesoró a Izquierda Unida y su entrada en Podemos fue rechazada por las bases. Fue vetado por su postura sobre la inmigración. Tema, que dice Verstrynge, constituye la única gran diferencia entre Podemos y el nuevo Front National francés de Marine Le Pen, con el que se siente identificado. Y es que si acudimos al punto 327 del programa electoral de Podemos de 2016 leemos:

Buscaremos dotar de una mayor autonomía estratégica tanto a Europa como a España en el seno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), para lo cual profundizaremos en la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) y en la Europa de la Defensa para afrontar las relaciones con nuestro entorno y las problemáticas globales desde una perspectiva exclusivamente europea. En este sentido, defenderemos neutralizar el papel desestabilizador de la OTAN en Europa del Este, congelar las fronteras actuales de la alianza y detener la instalación del escudo antimisiles en el este de Europa y el mar Báltico.

A medio plazo, apoyaremos la compatibilidad de la alianza con una arquitectura de seguridad paneuropea en la que participe Rusia, sobre la base de una reactivación de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE).

El sueño eurosiberiano duerme ahí.

 

 

 

Una Declaración Unilateral de Independencia no es un juego

Pues se ha consumado. No tiene sentido debatir a estas alturas cómo hemos llegado hasta aquí. Ya hablé del desastre que supuso la acción de las fuerzas policiales el 1 de octubre y traté de analizar lo sucedido aquel día desde la perspectiva de William S. Lind y su concepto de Guerras de Cuarta Generación. Me quedaron en el tintero varios asuntos que no sé si merecerá tratar a estas alturas. Lo que sí puedo decir es que desde el lado independentista catalán percibo una terrible desconexión de la realidad. Y en un día como hoy me pregunto si en Cataluña son conscientes de lo que han llevado a cabo.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una ruptura total con la legalidad vigente al grito de “¡Patria o Muerte!”. El que rompe la legalidad vigente lo hace porque cree con firmeza que la suya es una causa justa y noble por la que está dispuesto a morir o sufrir pena de cárcel bajo el consuelo “la historia me absolverá”. Al fin y al cabo, toda causa se alimenta con la sangre de sus mártires.

Bernardo de Gálvez y las tropas españolas en la Guerra de Independencia estadounidense. El soldado con tricornio y casaca azul en el extremo derecho es un voluntario catalán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

Para el éxito de una Declaración Unilateral de Independencia se tienen que dar varias circunstancias. La primera y la fundamental es tener medios para defender el naciente Estado-Nación o al menos para luchar por él. El relato épico y heroico de la Guerra de Indepedencia de los Estados Unidos suele olvidar que las Trece Colonias contaron con la ayuda de la armada francesa y un contingente español al mando de Bernardo de Gálvez, el único general invicto de aquello guerra, que abrió un frente a los británicos en Florida y el Caribe. En fechas más cercanas, tenemos el caso de las tres repúblicas bálticas, Croacia y Eslovenia en 1991. Todos esos países recibieron el reconocimiento internacional, la causa independentista contaba con un mayoritario apoyo social y rompían con un estado multinacional en crisis y rumbo a la disolución.

T-55 esloveno en Ajdovščina durante la Guerra de Independencia (1991).

En el caso croata y esloveno, el modelo de defensa territorial de Yugoslavia supuso la existencia de abundantes arsenales completados con la llegada de material de guerra desde el exterior. Recordemos que para acudir al mercado internacional y legal de armamento se requiere un Certificado Final de Usuario emitido por el representante de un gobierno legítimo y reconocido. Así, lo que salvó a la comunidad judía del naciente estado de Israel de ser aplastada por las fuerzas de varios países árabes es que convertido en un país de iure pudo comprar abiertamente armamento, que por cierto se lo vendió la comunista Checoslovaquia y no las potencias occidentales. Cuando el gobierno de Cataluña acudió a Alemania a comprar montañas de armamento, se encontró el veto del gobierno español, que tenía la última palabra.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una apuesta por el doble o nada. Y puede fallar, como los casos de Katanga, Biafra y Rodesia. Así el que se embarca en tal acto de fuerza tiene que asumir que si fracasa hará frente a la justicia del Estado al que se enfrenta. Me temo que veremos llanto y crujir de dientes. Nadie podrá excusarse en que no sabía lo que hacía.

¿Es España postnacionalista?

Llevamos años oyendo eso de que España no es una nación, al contrario que por ejemplo Cataluña. La idea de una débil nación española no es nueva. Recordemos La España Invertebrada. Pero es bien sabido que después de la Transición, la izquierda española renunció al concepto de España para abrazar los nacionalismos periféricos. Se me ocurren sobre la marcha como razones que la idea de un nacionalismo español genera fuertes recuerdos del Franquismo o  que dentro de la izquierda española las reivindicaciones identitarias han sustituido a las de clase.  Así que ante ese abandono, el concepto de España quedó en manos de una derecha que se resiste a renegar del todo del Franquismo (“no nos perdonan que nuestros abuelos ganaran la guerra”). La cuestión es que tenemos hoy argumentos para construir una nueva idea de país muy alejada de la España franquista. España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo (chúpate esa Suecia) y es hoy uno de esos países europeos sin un partido fuerte de ultraderecha eurófobo y xenófobo.

Un balcón de Barcelona ya famoso. Foto de Juan Carlos L. R.

La crisis de Cataluña ha puesto de manifiesto que el nacionalismo español tiene un imaginario limitado. Tenemos poco más que un himno sin letra y un cántico surgido para celebrar victorias deportivas que emplea el estribillo de una canción popular rusa. Y estos días he estado pensando, ¿y si eso fuera síntoma de algo bueno y no un problema? ¿Y si España hubiera evolucionado hacia un nuevo tipo de Estado donde la gente mostraba un enorme desinterés por las exaltaciones patrióticas porque el nacionalismo etnicista había sido superado? Sé que eso ha cambiado por la crisis catalana, con las banderas en los balcones y los cánticos de “a por ellos, oé” a la salida de unidades de la Guardia Civil rumbo a Cataluña. Pero esa España postnacional necesita un discurso transversal propio. Necesita rescatar el concepto de “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas en una España de ciudadanos democráticos y no de miembros de la etnia. Creo que José María Lizundia avanza en esa línea en “Naciones cívicas y étnicas”.