Hace 20 años me llamó la atención ver en una fotografía por satélite que la costa norte de Marruecos y Argelia presentaban una fina franja de vegetación que intuí especialmente vulnerable al cambio climático. Si se hablaba del avance de la desertización en el sureste de la Península Ibérica, ¿qué no estaría pasando en el norte de África? Bauticé aquella franja vulnerable como la “delgada línea verde”.

Me pregunté qué pasaría si el cambio climático hiciera poco viable la agricultura en el Magreb. La respuesta obvia es que tendremos éxodos de población. No necesariamente de África a Europa, sino también dentro del propio Marruecos. Recuerdo que tras los atentados terroristas en Casablanca en 2003 leí en la edición española de Le Monde Diplomatique sobre cómo la inmigración desde las comunidades rurales a los suburbios de chabolas (slums) de las ciudades marroquíes creaba el caldo de cultivo perfecto para el reclutamiento de movimientos islamistas radicales que captaban a jóvenes desarraigados carentes de sentido de pertenencia a una comunidad. Un fenómeno que Robert D. Kaplan describió perfectamente en su artículo “La anarquía que viene” allá por 1994 como «moléculas perdidas en un fluido social muy inestable””.
Estos días encontré un titular que hablaba de “calor sahariano” para referirse a la ola de calor que ha afectado a Europa Occidental. Cabe preguntarse entonces qué estará pasando en el Sáhara. O en lugares como la India, que vivió hace un año una intensa ola de calor. En estos otros dos casos ya no hablamos de desertización y caída de la productividad agrícola. Hablamos directamente de que el cambio climático haga inviable la vida humana. Y nuevamente cabe preguntarse sobre los éxodos humanos que se produzcan. En veinte años hemos pasado de especular sobre el éxodo de magrebíes dentro de su país y a Europa a reflexionar sobre el futuro de África Occidental y zonas del subcontinente indio que ya son fuente de inmigrantes en España.


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