Guerras climáticas

Hace ya bastante tiempo, allá por 2006, planteé qué impacto podría tener para España el cambio climático en África. La estrecha franja fértil que se aprecia en las fotos satélite del Magreb me aportó el título: La delgada línea verde (I) y La delgada línea verde (y II). Es un tema que nunca olvidé y mantuve en algún lugar de la memoria sabiendo que había una posible conexión entre el actual aumento global de las temperaturas y las tensiones sociales que desembocan en conflictos. Esta semana escribo al respecto en mi nueva colaboración en Magnet: Guerras climáticas: cuando el exagerado aumento de temperaturas provoca conflictos en Siria o Sudán. Menciono cómo los biólogos perciben ya cambios en la fauna en España, presento el concepto de “guerras climáticas” de Harald Welzer y trato los ejemplos de Darfur y Siria.

La delgada línea verde (y 2)

Ayer decía que no me posicionaba sobre el cambio climático por no haber dedicado el tiempo suficiente a leer fuentes solventes sobre el tema. Pues bien, he encontrado que la revista Investigación y Ciencia (edición española de American Scientist) ha publicado un monográfico sobre cambio climático. Ningún artículo se dedica a debatir su existencia. Todos parten de darlo como un hecho contrastado. Lo que no hay acuerdo es sobre la naturaleza de ese cambio.

pateraEn la revista me ha llamado la atención un artículo titulado “Pérdida de sincronía de los ecosistemas”. Ligeros cambios de temperatura en el planeta están alterando las pautas de reproducción de flores y animales. Teniendo en cuenta que unos sirven de alimento a otros está por ver el impacto que tendrá en las cadenas tróficas. Curiosamente el periódico 20 Minutos recogía ayer una noticia en ese mismo sentido: “El cambio climático revoluciona la flora y fauna a la puerta de casa”. Ahondaba en la misma línea de lo que ya informaban en agosto pasado sobre el adelanto de la primavera o el martes pasado sobre la amenaza de extinción de varias especies animales.

La cuestión es que el ser humano es un eslabón más en esas cadenas tróficas. Nos alimentamos de plantas y animales, que una vez desaparezcan en zonas del planeta donde su población practica una economía de subsistencia se verán obligada a emigrar. Esas zonas están al sur de España.

¿Qué análisis y soluciones puede presentar Europa y España más allá de la acción limitada de taponar y/o sensibilizar?

Merece la pena volver a leer el artículo “La anarquía que viene” en el libro homónimo.

La delgada línea verde

Tras el enésimo autobombo de ayer volvemos al tajo.

Se celebra estos días una cumbre internacional sobre cambio climático en Nairobi auspiciada por la ONU. A aquellos preocupados por las consecuencias catastróficas que podría tener el cambio climático siempre les dije que confiaba en el instinto de supervivencia del sistema capitalista. Tarde o temprano alguien echaría cuentas y no le saldrían. Hace tiempo leí que las aseguradoras en EE.UU. estaban pagando por culpa de catástrofes naturales más dinero que nunca en los últimos años. Alguna de las empresas habían dado ya la señal de alarma. Algo estaba pasando. Los defensores de las energías renovables encontraron extraños compañeros de causa en los neocons que inmediatamente después del 11-S pidieron una política de energía autosuficiente para EE.UU. que cortara el grifo de las divisas a los países musulmanes de Oriente Medio.

El momento que vaticiné parece vislumbrarse. El gobierno británico encargó un informe sobre el cambio climático. No a un meteorólogo, un físico u otro tipo de científico de la naturaleza sino a Sir Nicholas Stern que fue Economista Jefe y Vicepresidente Senior del Banco Mundial de 2000 a 2003. Stern es actualmente asesor económico del gobierno británico, ha hecho las cuentas sobre el impacto del cambio climático y sus conclusiones distan de la frialdad que uno podría esperar de un sir británico que antes de recibir la tarea no tenía opinión formada sobre el cambio climático.

El Informe Stern sobre la Economía del Cambio Climático fue presentado el pasado 30 de octubre. El número de 4 de noviembre de The Ecomomist le dedica dos artículos (pp. 14, 65-66) y concluye:

[al igual que] “la gente gasta una pequeña porción de sus ingresos en pagar un seguro para el caso de que su casa arda y los países usan una porción del dinero de los contribuyentes en pagar ejércitos sólo por si una potencia rival trata de invadirlos, el mundo debería invertir una pequeña porción de sus recursos en tratar de prevenir el riesgo de hervir (sic) el planeta”.

Yo más allá de las impresiones generales no tengo una opinión sólida formada porque no me he dedicado a leer en profundidad sobre el tema. Digamos que no me mojo públicamente en este momento sabiendo lo polémico que resulta para algunos y sin haber dedicado el suficiente tiempo para leer en profundidad textos relevantes. Sólo constato que fuera de la blogosfera que se dice liberal el cambio climático se considera una realidad. Desde mi sentido común detecto el error en las críticas más comunes que cierta derecha (el asunto es netamente político) hace. Suelen ser las siguientes:

“No hay por qué alarmarse. El clima en el planeta Tierra siempre ha estado cambiando”.

El índice de paro, la bolsa y el número de habitantes de España también. La cuestión es si para mejor o peor. Cuando se manifiesta preocupación por el cambio climático no se hace porque el clima cambie. Sino porque cambie con consecuencias nefastas para los seres vivos.

“Dirán que la tierra se calienta pero este invierno ha hecho mucho frío”.

Hablamos del clima, no del tiempo. Clima y tiempo son conceptos diferentes que se confunden al hablar del cambio climático. El tiempo es la condición de la atmósfera en un tiempo y lugar dados. El clima son las tendencias generales.

“El cambio climático tendrá consecuencias económicas y sociales con un resultado final “igual a cero”. La suma de perjuicios se verá anulada por la de beneficios. Se arruinarán los vendedores de paraguas pero los vendedores de helados tendrán más beneficios. Zonas del planeta serán inhabitables pero otras tendrán un clima más benigno”

Aquí llegamos a lo que para mí es la clave del asunto. Quien habla así suele ser alguien del mundo desarrollado.

La perspectivas que en Chicago, Londres, Berlín o Tokio haga un clima más benigno es a priori beneficiosa para sus habitantes. Puede que Escocia se haga famosa no por su whisky sino por sus Cabernet Sauvignon o que los dátiles gallegos conquisten el mundo. La cuestión es que si las regiones frías de Norteamérica y la Europa septentrional del planeta se convierten en habitables o cultivables por un calentamiento global, las regiones cálidas se harán aún más cálidas. Inhabitablemente cálidas. Sólo hay que mirar a una foto del norte de África desde el espacio para hacernos una idea (a la izquierda Argelia). El calentamiento global podría implicar que ya no será cultivable la estrecha cornisa mediterránea de África. Que el desierto terminará por engullir Mauritania. Podríamos tener no cientos de inmigrantes en cayucos, sino cientos de miles de refugiados climáticos. Y lejos del norte de África veremos conflictos por las menguantes cuencas fluviales. En el último dossier de La Vanguardia, dedicado al agua (“El desafío del siglo XXI”) incluyen un artículo sobre los conflictos armados y el agua: “Las ‘guerras’ y otros cuentos hidromitológicos”. Su autor intenta criticar el cliché sobre un siglo XXI azotado por guerras por el agua, que hablando de tendencias generales parece ser una recurrente. Pero me temo que sus hipótesis parten siempre de la situación actual, política e hidrográfica. Quedaría por ver qué nivel de consumo de agua habrá, en función de los niveles de población y nivel de vida. Son especulaciones. Pero por una vez, y sin que sirva de precedente en España se ha estudiado el tema. Le honra al profesor Marquina que capitanea en la Universidad Complutense la Unidad de Investigación sobre Seguridad y Cooperación haber dirigido un estudio multidisciplinar sobre los “Desafíos medioambientales en el Mediterráneo (2000-2050)” desde la óptica de los estudios de seguridad internacional. Que a nadie coja desprevenido.