“El sueño eurosiberiano” de Jorge Verstrynge

Después de la Segunda Guerra Mundial, una parte de la ultraderecha europea renegó del nazismo y asumió que su futuro no pasaba por los partidos políticos sino por la influencia ideológica, la “metapolítica”. Aquellos movimientos europeos, en plena Guerra Fría, quisieron mantener una postura alejada tanto del capitalismo occidental como del comunismo soviético: la Tercera Posición. Por el camino, fueron desarrollando interés por movimientos políticos del Tercer Mundo como el peronismo argentino o el socialismo árabe. Así, llegamos hoy en día a la conexión siria de la ultraderecha española, que ve en el régimen de Bashar Al Assad un baluarte contra Israel y el yihadismo.

Jean Thiriart (izq.) y Aleksandr Dugin (centro). Foto vía El Gran Juego.

Uno de los personajes de esa renovada ultraderecha europea fue el belga Jean Thiriart, impulsor del movimiento paneuropeo Jeune Europe. Thiriart defendía, para enfrentarse al imperialismo estadounidense, la unión de una Europa que fuera de Galway, en la costa occidental de Irlanda, a Vladivostok, en la costa rusa del Pacífico. Tras la disolución de la Unión Soviética, Thiriart viajó a Moscú en 1992. Desembarcó en un país que vivía un vacío ideológico tras la caída del comunismo. Allí conoció a Aleksandr Dugin, que colaboraría poco después con Eduard Limonov para impulsar el Partido Nacional Bolchevique, los célebres “comunistas nazis” (nazbol). Thiriart murió en Bruselas poco tiempo después de su viaje, pero la semilla había sido plantada. Dugin terminaría por desarrollar la Cuarta Teoría Política, además de refundar el movimiento euroasianista.

Curiosamente el año en que Thiriart llegó a Moscú, Jorge Verstrynge publicaba El sueño eurosiberiano. El libro fue editado por el Instituto de Europa Oriental, que había contado con Raisa Gorbachova para su inaguración en 1990 en la Universidad Complutense de Madrid. Jorge Verstyrnge es posiblemente el único personaje del panorama intelectual español en el que mi interés por sus ideas es equiparable al desprecio que recibe. Se trata de uno de los autores españoles más influidos por aquel eclecticismo intelectual de la renovada ultraderecha europea. Hizo un repaso a aquellas corrientes en 2002 en el libro Rebeldes, revolucionarios y refractarios, que cuenta hoy con una segunda edición revisada y ampliada.

El sueño eurosiberiano es un libro escrito al calor del momento y está lleno de predicciones equivocadas que hoy resultan divertidas. Pero la idea de fondo del libro tiene implicaciones importantes, como veremos al final. El libro se puede leer no sólo como un análisis del momento, sino como un programa de política internacional. Sostiene Jorge Verstrynge que la caída de la Unión Soviética proporcionaba una oportunidad para que Europa cortara amarras con Estados Unidos y asumiera un papel autónomo en el panorama internacional.  Para ello, Europa tenía que asumir que el concepto de Occidente (que engloba a Estados Unidos) es una falacia y que de la alianza de Europa con Rusia podía salir un superpotencia que ocupara el lugar de la Unión Soviética. Verstrynge propone el eje Madrid-París-Berlín-Moscú. Esa Gran Casa Común Europea, concepto de Gorbachov, aunaría la tecnología de Europa occidental y las materias primas siberianas para crear un gran mercado poco dependiente de recursos externos que podría además englobar a los países árabe-mediterráneos. Esa unión sería posible y viable porque, según Verstrynge, Rusia es un país plenamente europeo. Curiosamente es una idea cuyo rechazo es central en el euroasianismo de Dugin. Además, Verstrynge plantea que “sin riesgo real y fundado de desmembramiento, se diga lo que se diga” (pág. 69) veremos que “[l]a URSS, con éste u otro nombre, sobrevivirá” (pág. 70). Sus argumentos son que Bielorrusia y Ucrania buscarían refugio bajo el ala rusa para protegerse de Polonia, país preso del fanatismo católico. Así que bastaba entonces que a Rusia se sumaran esos dos países vecinos y Kazajistán para formar una unión que conservaría el 90% de la población y el 80% del territorio de la Unión Soviética. Además, se planteaba en aquel momentos la ampliación de la entonces llamada de Comunidad Económica Europea. Verstrynge anticipaba efectos beneficiosos. La incorporación de países como Austria, Suecia y Finlandia, junto a la de los antiguos países comunistas de Europa del Este, alejaría a Europa de la OTAN y la llevaría a una posición de neutralidad geopolítica.

Además de la OTAN y el atlantismo, Jorge Vestrynge sostenía entonces que el neoliberalismo de los años 70 y 80 tenía los días contados. “[L]a historia dará, sin duda, cuenta del mito según el cual la llegada del “post-comunismo” equivale al triunfo, o meramente a la victoria, del capitalismo” (pág. 122). El espacio económico eurosiberiano no tendría que ser necesariamente proteccionista, pero sí autosuficiente. Las exportaciones tendrían cada vez menos peso en las economías, según la idea de las exportaciones como motor del crecimiento pasase de moda. El proteccionismo sería una idea defendida por Jorge Verstrynge en un libro de 2009.

La idea de una gran potencia eurosiberiana que rivalizase con Estados Unidos en un renavado orden bipolar era factible en el mundo descrito por Jorge Verstrynge porque Estados Unidos aparece como un país decadente y aquejado de problemas estructurales. “Ya se reconoce que, en la actualidad, USA está en plena recesión y decadencia económica” (pág. 38). El desfile de estadísticas de pobreza y delincuencia en el libro es buena prueba de que si uno escoge los datos que quiere, puede demostrar que un país está a punto de irse al garete. “[S]e multiplican las peticiones norteamericanas de ayuda europea” (pág. 40). Igual sucede con la recopilación de datos sobre producción industrial. La comparación favorable de la tecnología europea, del Arianne al Airbus, da idea de que el autor no estaba familiarizado con la pujanza tecnológica estadounidense de entonces. Me llamó la atención que la revolución tecnológica de la Sociedad de la Información, que estaba a la vuelta de la esquina, no aparece en el libro. Se mencionan también las grandes compras japonesas en Estados Unidos. Precisamente la novela “Sol naciente” de Michael Crichton, que recogía el temor de la invasión económica japonesa, salió publicada en 1992.

La visión de Estados Unidos que demuestra tener Jorge Verstrynge en el libro parece un perfecto reflejo de aquella época, cuando en España hablábamos de ese país sin tener la más remota idea y repetíamos mitos de barra de bar. Por ejemplo: “El sistema educativo es una hecatombe y, de las universidades, no llegan una docena a las que tienen un nivel equivalente a nuestro… COU” (pág. 24).  Cuando habla de la cultura estadounidense, suena como un cascarrabias europeo que dice cosas como “la cultura norteamericana (la cultura es lo que vertebra un país) está en caída libre” (pág. 26). Según Verstrynge, un síntoma de la decadencia cultural estadounidense es la exaltación que hace el cine de Hollywood de los gangsters, cuando no presenta a héores de pacotilla “como Rambo, Schwartznegger (sic), Indiana Jones, Cocodrilo Dundee, Batman o Supermán” (pág. 25). Además, según él, Hollywood nos proporciona “basuras” como “E.T.” e “Indiana Jones” (pág. 118).

La lectura de El sueño eurosiberiano 25 años después es una mera curiosidad. Se trata de un libro, como todos los del autor, escrito con un estilo embrollado por la habitual falta de un buen trabajo de edición. Aparte de las puntuales erratas, se pueden leer cosas como “numero de ogivas”, a pesar de que mi ejemplar es de la segunda edición. Jorge Verstrynge no acertó en casi nada. Estados Unidos se convirtió en la potencia hegemónica en un mundo unipolar. La Unión Europa está en cambio llena de problemas y hay más signos de decadencia social en Europa que en Estados Unidos. Rusia siguió un camino aparte asumiendo una identidad ajena a Occidente. La Unión Soviética se fragmentó y los intentos rusos de mantener su primacía geopolítica con organizaciones multinacionales no ha dado ningún fruto (desde la Comunidad de Estados Independientes a la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva). Los países ex-comunistas de Europa del Este resultaron los más furibundamente atlantistas. La economía japonesa pinchó. El Mediterráneo ha sido más muro que puente entre Europa y el mundo árabe. Entonces, ¿por qué es relevante El sueño eurosiberiano? Porque las ideas que el autor tomó de la ultraderecha francobelga inspiraron a ese bloque de partidos de ultraderecha que en el Parlamento Europeo vota junto con la ultraizquierda a favor de los intereses de la Rusia de Putin.

Jorge Verstytnge siguió un periplo por los partidos políticos españoles peculiar: arrancó en Alianza Popular, entró en el PSOE, asesoró a Izquierda Unida y su entrada en Podemos fue rechazada por las bases. Fue vetado por su postura sobre la inmigración. Tema, que dice Verstrynge, constituye la única gran diferencia entre Podemos y el nuevo Front National francés de Marine Le Pen, con el que se siente identificado. Y es que si acudimos al punto 327 del programa electoral de Podemos de 2016 leemos:

Buscaremos dotar de una mayor autonomía estratégica tanto a Europa como a España en el seno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), para lo cual profundizaremos en la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) y en la Europa de la Defensa para afrontar las relaciones con nuestro entorno y las problemáticas globales desde una perspectiva exclusivamente europea. En este sentido, defenderemos neutralizar el papel desestabilizador de la OTAN en Europa del Este, congelar las fronteras actuales de la alianza y detener la instalación del escudo antimisiles en el este de Europa y el mar Báltico.

A medio plazo, apoyaremos la compatibilidad de la alianza con una arquitectura de seguridad paneuropea en la que participe Rusia, sobre la base de una reactivación de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE).

El sueño eurosiberiano duerme ahí.

 

 

 

El nuevo papel de Rusia en el Mediterráneo Oriental

Hace tiempo asumí que la mejor estrategia para hablar de la Nueva Guerra Fría era no emplear el término y dedicarme a escribir sobre los elementos que la componen por separado. De lo contrario el debate se centraba en si era correcto usar la expresión “Guerra Fría” para definir la nueva era de relaciones entre Occidente y Rusia en vez de la naturaleza de esas relaciones. Me pareció de pronto más importante ir construyendo la argumentación que debatir para que otros me dieran la razón.

El crucero “Pedro El Grande” en Siria. Foto Sputnik vía USNI.

Un asunto que llamó mi atención hace tiempo fue el nuevo papel de Rusia en el Mediterráneo Oriental. Sucesivamente los gobiernos de Chipre, Grecia y Egipto jugaron la carta de Rusia en sus relaciones con Occidente. Sin olvidar, obviamente, su papel en Siria. Repaso todo ello en mi primera colaboración con el CIDOB de Barcelona. Mi texto se titula “Rusia en el Mediterráneo Oriental, ¿un contrapeso a Occidente?”. Además de leerlo en la página web del CIDOB en el anterior enlace, lo pueden descargar en formato PDF. Adelanto que no es esta una colaboración aislada, sino que habrá una próxima en el que trataré cómo Libia se ha convertido en un tablero geopolítico para terceros países.

Hablando del lío ruso de Trump

Hace poco, María Ramírez y Eduardo Súarez me entrevistaron para Politbot:  Episodio 12: el lío ruso de Trump. Les di una chapa que fue cosa buena. Hay gente que me ha pedido que monte un podcast porque no tiene tiempo para leer, así que aquí tienen una buena píldora. Hay ideas y conceptos sobre la Nueva Guerra Fría que son todavía un work in progress en mi cabeza. Así que algunos flecos los iré resolviendo aquí en un futuro.

Politibot, por cierto., cuenta con un canal en Telegram, aplicación de comunicación que les recomiendo.

 

“El rearme y el nuevo puzle del poder” de Olga Rodríguez

El diario barcelónes El Periódico publicó esta semana una columna de opinión de la periodista Olga Rodríguez titulado “El rearme y el nuevo puzle del poder” que disparó mi sentido arácnido al leer los dos primeros párrafos.

Hace unos días, el ministro de Exteriores ruso afirmaba que las relaciones entre la OTAN y Rusia atraviesan su crisis más profunda desde el final de la guerra fría y reprochaba a la Alianza Atlántica sus «preparaciones militares cerca de las fronteras rusas».

Se refería al despliegue de tropas en cuatro países de Europa del Este, decidido en la cumbre de la OTAN de Varsovia del 2016. Con ella se activó la operación Presencia Activa Reforzada, que se desarrolla en Lituania, Estonia, Letonia y Polonia y con la que se escenifica un cerco militar a Rusia en su flanco occidental.

Un artículo que arranca así y ¿se pueden creer que en él no aparece ni una vez las palabra “Ucrania” o la palabra “Crimea”? Hay que haber permanecido escondido en un búnker subterráneo desconectado del mundo para no entender que el actual estado de las relaciones de Occidente y Rusia es producto de la crisis de Ucrania de 2014, en la que Rusia invadió la península de Crimea e intervino militarmente en Ucrania Oriental.

También hay que haber estado escondido en un búnker subterráneo desconectado del mundo para no entender el despliegue de la OTAN en Polonia y las Repúblicas Bálticas. Eso o alimentarse informativamente de Russia Today, Sputnik y otros medios como Voltairenet, dicho sea de paso.

En el siguiente mapa he trazado una línea roja, con la maestría que me caracteriza manipulando fotos y gráficos en el ordenador, que marca la frontera occidental de Rusia en contacto con países en los que estará presente el nuevo despliegue multinacional de la OTAN, descontando Kaliningrado. Como diría Pedro Piqueras, un gráfico estremecedor. Queda claro el “cerco militar” a Rusia.

Si Moscú y sus aliados enviasen tropas a cuatro países fronterizos con Estados Unidos, las lecturas serían claras. Pero no lo son tanto cuando se trata de interpretar las maniobras de nuestros socios, a los que sí se les concede el derecho a extender su órbita de influencia en las naciones vecinas. Se informa poco de las cuestiones defensivas, los Gobiernos evitan dar explicaciones y de ese modo la atmósfera bélica se extiende de forma sigilosa y casi desapercibida por las poblaciones que se verían afectadas si a alguien se le escapara un disparo en una de esas fronteras.

Creo que no tengo que extenderme mucho sobre la validez de una comparación tomada directamente del argumentario ruso. Hablamos de tres países democráticos y soberanos donde está muy presente la memoria histórica de la invasión soviética de 1940 y la posterior campaña de terror rojo. Fueron esos países los que hicieron cola para entrar en la OTAN. Y fueron esos países los que insistieron en el despliegue de la OTAN para defender su soberanía. Como le dijo John Rambo al coronel Trautman “yo no los llamé a ustedes, ustedes me llamaron a mí”. En cambio, si hay un país que ha jugado a la vieja geopolítica es Rusia, que ya en 2008 vía su presidente reclamó una “órbita de influencia”. Y por supuesto, resulta irónica la mención de “atmósfera bélica”, si pensamos en lo que Olga Rodríguez pasa por alto de la reciente historia europea.

Según el dilema clásico de seguridad, cada acción defensiva de un actor es interpretada como una amenaza por el actor rival, generando una espiral de desconfianza y rearme. Pero en este caso, no hubo gestos equívocos. Rusia invadió Ucrania, la primera anexion de territorio por la fuerza en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, traicionando las garantías dadas a Ucrania en el Memorándum de Budapest de 1994. Así que, entendamos, en las tres República Bálticas andan algo inquietos con la idea de que en Moscú piensen que la disolución de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” y se comporten ahora como si la soberanía de los país surgidos tras la disolución de su imperio fuera un concepto “discutido y discutible”.

A pesar de que el Ejecutivo español no ha pedido autorización al Parlamento, tropas españolas forman parte de esta estrategia atlántica en la frontera rusa. En los próximos días se completará el despliegue de 300 soldados españoles en Letonia, con 80 vehículos, entre ellos 6 carros de combate Leopard y 14 vehículos blindados de combate Pizarro. Es la primera vez que España opera en esta región desde la segunda guerra mundial, cuando participó con la División Azul al servicio de la Alemania nazi.

¡Bingo! No podía faltar el meme de la comparación con la División Azul. Ya le dediqué espacio a explicar el despliegue de la OTAN en Polonia y las Repúblicas Bálticas a la luz de la historia. No podemos comparar el envío por parte de la democracia española de fuerzas a un país democrático y aliado con la intervención de la España de Franco en el esfuerzo de guerra de la Alemania nazi.

Eurofighter español y Su-34 ruso sobre el Mar Báltico. Foto: EMAD vía ABC.es

Encontramos un frase importante para calibrar el conocimiento del tema: “Es la primera vez que España opera en esta región desde la segunda guerra mundial”. Pues no. Tenemos, por ejemplo, que el Ejército del Aire realizó allí su primer despliegue dentro de la misión Baltic Air Policing en 2006. Volvió después de la Crisis de Ucrania con despliegues en 2015, 2016 y este año. La Armada Española desplegó la fragata F-103 “Méndez Núñez” en 2016 como buque de mando de la Agrupación Naval Permanente de la OTAN número 1 (SNMG-1), que navegó por el Mar Báltico. Si alguno considera excesivamente agresiva la presencia de la OTAN en el Mar Báltico, le sugiero que repase los escenarios planteados por los ejercicios militares rusos Zapad 99 y Zapad 2013.

A la Administración de Washington esta misión le queda lejos geográficamente, pero a Europa le afecta de lleno, en un momento en el que el proyecto europeo vive sus horas más bajas, con el brexit, las consecuencias de la austeridad, el aumento de la xenofobia y las políticas represivas contra personas migrantes y refugiadas.

Esta párrafo es muy curioso. Es el típico párrafo de periodista español que quiere sonar profundo y comprometido hasta que caemos en la cuenta que está metiendo con calzador en el discurso temas que no tienen nada que ver. Pero si lo pensamos bien la ironía es brutal. ¿Quién simpatiza, promueve y financia partidos y movimientos xenófobos anti-inmigración en Europa? ¿Qué país tuvo a sus medios públicos lanzando el discurso del miedo durante la crisis de los refugiados en 2015? El mismo país al que Olga Rodríguez ha querido presentar como víctima del acoso de la OTAN.

Pero esa idea de que bastantes problemas tenemos ya para que la OTAN se despliegue en el Mar Báltico y busquemos líos confunde el orden de los acontecimientos. Estados Unidos no presionó a la OTAN para meterse en el Mar Báltico por capricho o casualidad. Resulta que fueron los países europeos los que solicitaron a Estados Unidos un mayor compromiso en su defensa tras la Crisis de Ucrania, mientras se reducía la presencia militar de Estados Unidos en Europa en aplicación del “Pivot to Asia” de Obama.

Me saltaré los siguientes párrafos sobre gasto militar y el papel de Alemania para llegar al apoteósico final:

La época de la multipolaridad que hace frente a los excesos e imposiciones estadounidenses ya está aquí. Pero lejos de buscar nuevas vías alejadas del belicismo y de las políticas de la desigualdad, las grandes potencias corren a tomar posiciones para mostrar que están dispuestas a disputarse entre ellas hegemonía económica, militar y geopolítica.

Maravilloso. Olga Rodríguez era de esas personas que se creía que la era de hegemonía estadounidense tras el fin de la vieja Guerra Fría iba a ser sustituida por otra de un orden internacional más pacífico, armonioso y democrático. Advertí de lo que venía en 2015 tras haberlo anticipado en 2013. Ironizaba entonces “si no es gusta el imperialismo yanki, no os preocupéis que tendréis tiempo de disfrutar otros imperialismos”. Algún día alguien dirá que contra Estados Unidos se vivía mejor.

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (2ª parte)

Segunda entrega de la nueva colaboración de Fernando Geryón, como firma invitada.

RUSIA: EL MAL NECESARIO

No nos engañemos. Putin y Trump no se harán amigos del alma y Rusia y Estados Unidos no podrán compartir en el largo plazo agendas comunes. Lo impide el talante y la naturaleza del régimen ruso, y las obligaciones y responsabilidades que conlleva la hegemonía americana. Veremos más episodios de ciberataques, de espionaje; Rusia seguirá alimentando a cada partido o régimen que tenga el antiamericanismo en su hoja de ruta y realizará continuos movimientos tácticos para poner a prueba la capacidad de reacción de su adversario y sus aliados. La Nueva Guerra Fría seguirá su curso.

Lo que sí es posible es que a nivel personal tanto Trump como Putin puedan llegar a ciertas complicidades y alguna joint venture que vaya en beneficio de ambos. Rusia necesita a una América que enfoque su atención en Asia y contenga y ponga cortapisas al gigante chino, con quien comparte una larga y tensa frontera, y ante el que es vulnerable por su debilidad demográfica y su dependencia económica: Las ambiciones chinas en el Asia Central suponen un reto del mismo calibre que la fallida extensión de la OTAN a ciertas ex repúblicas soviéticas. Putin ha podido favorecer por los medios que ha tenido a su disposición la llegada de Trump al poder, y quizás esté haciendo lo mismo con Le Pen y otros. El magnate no es el presidente perfecto para la agenda putiniana, pero sin duda es uno conveniente a sus intereses actuales. Luego ya se verá…

Para Trump, el presidente ruso es un Jano bifronte que le permitirá tener a la vez un contrincante y un colaborador. Podría ser lo segundo cuando en el renacer de sus ambiciones geopolíticas y su afán proyectivo se ocupe de regiones y fenómenos que puedan ser de utilidad común. Para Rusia el islamismo es un problema que debe afrontar lejos de sus fronteras, debido a la sustancial población musulmana que vive en el espacio post soviético. La opinión pública rusa no es un molesto obstáculo para llevar a cabo todo tipo de intervenciones en el exterior, como se ha visto repetidamente estos años, y ciertas acciones conjuntas en ese menester gozarían de gran aceptación entre buena parte de los votantes republicanos.

Al mismo tiempo tanto a Rusia como a EE.UU. les conviene un precio del petróleo alto. La primera por la extraordinaria dependencia fiscal que tiene del oro negro. La segunda porque es el único modo de que el fracking, que confiere a la vez autonomía energética y aportes fiscales, sea rentable. Arabia Saudí lleva años sobrebombeando para mantener artificialmente bajo su precio y borrar dicha competencia, pero el coste que para sus arcas públicas está suponiendo pone a dicha estrategia una fecha de caducidad, máxime cuando varios de los principales ejes de tensión geopolítica pasan por sus fronteras. Un precio más alto fortalecerá a Irán, pero obligará a sus vecinos a contrarrestarlos a cambio de mayor inversión armamentística. Por ello la amistad americano-saudí permanecerá, como ya se ha podido comprobar con los primeros bombardeos sobre los hutíes en Yemen.

Pero fortalecer a Rusia no saldrá gratis. Putin ha demostrado tener la libertad de movimientos suficientes como para plantear jugadas muy agresivas en el ajedrez europeo. Partió Georgia y Ucrania cuando el viraje pro-occidental de sus gobiernos amenazaba con ampliar sus fronteras directas con la OTAN, por ejemplo. La carpeta de asuntos pendientes del dirigente ruso es gruesa y la capacidad, y sobre todo la velocidad, de reacción de los gobiernos europeos es muy limitada. Extender su influencia de Transnistria al resto de Moldavia, reorientar a un futuro gobierno serbio pro-ruso para reavivar el conflicto de Kosovo, hacerse más presente en el lado grecochipriota Chipre o desafiar a Suecia o Finlandia son movimientos que puede realizar sin poner a prueba los mecanismos de respuesta euroatlánticos. Plantear reclamaciones sobre el corredor a Kaliningrado o enardecer las aspiraciones autonomistas de las poblaciones rusas en las repúblicas bálticas, son bonos que se puede reservar para cuando quiera crear una tensión extra en la frágil arquitectura geopolítica europea.

EUROPA: EL RIO REVUELTO DONDE PESCAR

Durante décadas varios presidentes han contrapesado el ascenso de la UE con la asunción de la mayor parte del esfuerzo militar de la OTAN; contando con el paraguas nuclear de Washington, todos los países europeos disminuyeron drásticamente su gasto militar. Las grandes potencias como Reino Unido o Francia, seguras de que la fuerza restante sobraba para mantener a raya a una Rusia por entonces más dócil y debilitada, y deseosa de integrarse más en el mundo occidental. Los países más pequeños, conformes con hacer seguidismo de la política exterior de EE.UU. a cambio de su protección. A la Casa Blanca le bastaba con mantener en forma sus fuerzas armadas y sembrar cierta disensión entre los socios europeos, como obstaculizar el desarrollo de un ejército común o evitar una diplomacia unificada, y a cambio esa hegemonía en Occidente sería incuestionable.

El conservadurismo republicano ha sentido tradicionalmente poco afecto por la construcción europea y los valores sobre los que se asienta. Su sistema de gran arquitectura funcionarial que a través de directivas conduce a sus países integrantes hasta un modelo social-liberal radicalmente opuesto al ideal individualista americano supone un contraejemplo peligroso de desarrollo económico alternativo que ha ido calando cada vez más en el electorado demócrata. Al mismo tiempo un poder occidental que le supera en población, PIB y comercio internacional supone un riesgo evidente para su hegemonía a este lado de los Urales, de ahí su estrategia de debilitamiento.

En el escenario actual, Europa es sólo una pista secundaria del gran circo geopolítico mundial. Es en Asia, y es frente a China, donde se cuecen las habas, y el viraje a oriente de la política exterior norteamericana sumado a la década de sobrecarga fiscal de los países europeos, han dejado una Europa demasiado dependiente en lo militar del poderío americano, debilidad que ha alimentado las ambiciones de Rusia. El lema de hacer grande a América otra vez exige que la presencia en Asia sea incuestionable y que Washington apure sus últimos cartuchos históricos para evitar perder la hegemonía ante una nación 4 veces más poblada y de desarrollo industrial y tecnológico creciente. La capacidad de incrementar el potencial militar americano a cargo de los presupuestos es limitada dada la coyuntura económica actual por lo que el principal modo de contener a China será concentrando sus fuerzas allí y sacando ventaja de los ámbitos militares en los que Estados Unidos aún está por delante.

Con una Rusia refortalecida, unos ejércitos europeos esquilmados por años de recortes, y con el principal de ellos, el de Reino Unido, abandonando la casa común europea, Trump ha hallado el momento necesario para un replanteamiento profundo de la OTAN: O los países europeos incrementan su contribución de manera sensible o la gran potencia abandonará a los europeos a su suerte. Sea como fuere, el gasto militar de estos países tendrá que aumentar sensiblemente y ello no solo permitiría ese rebalanceo hacia oriente, sino que podría traer un beneficio extra.

Eurofighter español.

En la articulación de la industria europea de defensa han sido las premisas de recorte de gasto y aumento de sinergias las que han primado, por encima de consideraciones de aumento de fuerza. Ello ha supuesto que sólo algunos programas de armas han alcanzado la capacidad de cubrir las necesidades (ciertamente menguantes) de los países asociados. El Eurofighter Typhoon, por ejemplo, ha resultado un excelente caza de 4,5ª generación, superior en muchos aspectos a los modelos americanos y post-soviéticos anteriores y coetáneos, pero EADS ha sido incapaz de acometer el desarrollo de un caza de 5ª generación, algo que sí han hecho Rusia (asociada a India) y China, conformándose con participar en el desarrollo del F-35 americano, que acumula años de retraso, y retorna a la dependencia militar de la industria norteamericana. Otro ejemplo es el A-400M cuyo lento desarrollo está dejando desprovisto a sus participantes de una alternativa de trasporte aéreo pesado, hasta el punto de que Reino Unido tuvo que optar provisionalmente por comprar algunos C-17. Habría y habrá más ejemplos de esto con los helicópteros Tigre y Apache, con el Leopard y el M-1, etc.

La industria armamentística americana, a la que Trump está deseando favorecer, necesita fondos para sacar adelante proyectos de nueva generación, y en la medida que estos proyectos se implementen, el fondo de armario de las fuerzas armadas USA podrá servir para abastecer las necesidades de reforzamiento militar de Europa. Dado que en el Viejo Continente resulta cada vez más difícil incrementar la tropa por la falta de interés de la población, la mayor parte de ese gasto de reforzamiento iría a equipamiento y buena parte de este caería en manos de contratistas americanos, una de las pocas industrias del país que pueden generar inputs netos por su superioridad tecnológica.

Rusia dedica en torno al 4% de su PIB y el 0.5% de su población a armarse, es decir, en torno a 50-90.000 millones $ (dependiendo del precio del petróleo entre otros) y unos 600-700.000 soldados. Si los países europeos dedican el 2% de su PIB y apenas el 0.1% de su población, el gasto militar será de en torno al triple y el volumen de tropa será sólo ligeramente inferior. En el presente el gasto militar anual conjunto de la UE es de en torno a 220.000 millones y una subida al 2% exigiría un aumento de medio billón para el próximo lustro. Gran parte de ese dinero iría a consagrar la brecha tecnológica en lo armamentístico a favor de Estados Unidos, a generar externalidades positivas en otras industrias y servicios americanos, y en definitiva a recuperar puestos de trabajo en el sector industrial tanto en el corto como en el largo plazo. No sabemos si México pagará por el muro, pero es más que posible que Europa acabe de este modo financiando una parte de la reindustrialización prometida por Trump.

El aprovechamiento de Europa no acaba aquí. Con un precio de la energía más caro la competitividad de la industria europea declinará levemente aunque ese declinar podría ser sensiblemente mayor si Trump consigue por este y otros medios restar competitividad a la industria china, principal abastecedor de componentes a nivel mundial. Traer de vuelta la fabricación de esos componentes a Estados Unidos traerá empleo y encarecerá productos. Pero si el encarecimiento relativo es menor que el de los productos europeos, y Trump consigue suscribir acuerdos comerciales ventajosos bilaterales con Reino Unido y la UE, es posible que el mercado europeo pudiese compensar con sus compras una pérdida de competitividad en Asia y otros mercados. Es más que posible que la UE no dé concesiones de ningún tipo a EE.UU. en el contexto actual, pero lo que no sabemos es cuáles serán exactamente los miembros de la UE dado el vertiginoso avance del populismo antieuropeo en países como Francia o Países Bajos.

[Continuará]

Guerra de memes

Si las teorías conspirativas son el fenómeno cultura de la Nueva Guerra Fría, los memes van camino de convertirse en la unidad básica de propaganda. Posiblemente porque, lejos de los tiempos de la vieja Guerra Fría, la gente no está por la labor de elaborar un discurso político complejo sobre el imperialismo yanki, la teoría de la dependencia y los parias de la Tierra. Y además porque también vivimos en la era de los mensajes simples que puedan caber en un tuit.

Hoy me llamó la atención encontrarme la misma idea en Twitter. Y si bien siempre existe la casualidad, lo habitual en estos tiempos es que determinados memes (“Rusia ha logrado en una semana lo que Estados Unidos no ha logrado en un año”, “el Estado Islámico fue una creación de la CIA”, “la junta nazi golpista de Kiev”, etc. ) aparecen en muchos lugares a la vez porque alguien en una oficina ha creado un argumentario y luego toman vida propia como una bola de nieve.

Primero me encontré a “avelino julian” (sic) llamando “nueva División Azul” a la contribución española al despliegue de la OTAN en las repúblicas bálticas y dando crédito al bulo de que España iba a mandar el año pasado 4.000 militares. El bulo lo había tomado de un viejo conocido: Agenda Roja Valenciana, ejemplo de esta nueva generación de comunistas fans de Putin que publicó en su blog los siguientes carteles:

 rusia-espana

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Un vistazo al segundo cartel nos permite ver que los enemigos de su autor son la CIA, el FMI, la OTAN y los Rothschild (familia judía que aparece en las conspiranoias del Nuevo Orden Mundial). Si buscamos el primer cartel en Google encontramos que no ha tenido mucha difusión, pero resulta que la imagen fue compartida en Twitter por “Novorossiya” y retuiteada por “Patriota del 36”. Y también compartida en el blog Castilla Resiste, un blog dirigido a un público “social patriota, nacional revolucionario, falangista, carlista o nacional socialista” donde se habla del “genocidio blanco”. Desde luego, a estas alturas no nos debería sorprender que, a la hora de lanzar mensajes contra la OTAN y el “capital judío internacional”, comunistas y ultraderechistas son ya indistinguibles porque comparten causas. Véase el caso del PCE y el MSR apoyando a Bashar Al Assad. Pero me desvío.

El siguiente mensaje que me llamó la atención fue un artículo del canadiense Christopher Black donde dice que el despliegue  de la OTAN en Europa del Este “presagia operaciones de guerra híbrida contra Rusia dirigiendo a una guerra general”. A destacar cómo el término “guerra híbrida” se ha convertido en un cliché vacío. Pero lo llamativo es el título “Operación Barbarroja II”, una referencia al plan nazi de invasión de la Unión Soviética. Desde luego hay que ser muy cínico para comparar con una invasión un despliegue solicitado por Polonia y las repúblicas bálticas, países que la Unión Soviética se repartió con la Alemania nazi en el infame pacto Ribbentrop-Mólotov y luego invadió. Detalle este último que olvidan siempre los apologetas del Kremlin y su narrativa victimista. 

Así que se avecina una lluvia fina de artículos, reportajes, tuits, diatribas en muros de Facebook y memes en general comparando el despliegue de la OTAN en Polonia y las Repúblicas Bálticas con la invasión nazi de la Unión Soviética. Dará igual que la comparación histórica no se sostenga. Pero en Occidente siempre habrá un tonto útil para bailar al son de la música del Kremlin.

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“Winter is coming” de Garry Kaspárov

Winter is ComingAcabo de terminar de leer el libro Winter is Coming de Kaspárov, el que fuera campeón mundial de ajedrez. El título toma, evidentemente, el lema de la casa Stark de Canción de Hielo y Fuego. Pero, más que una advertencia de lo que nos espera en la Nueva Guerra Fría, se trata de un repaso de cómo hemos llegado hasta aquí desde el punto de vista personal del autor. El libro no es una obra académica ni lo pretende, poniendo su fortaleza en el hecho de que Kaspárov es ruso y ha sido un activista destacado en favor de la democracia en Rusia. Es un libro que se basa en buena parte en las experiencias del autor como ciudadano y activista, empeñándose en señalar que en Occidente se ha interpretado mal la realidad del país.

El libro arranca con un recorrido de cómo la democracia en Rusia se fue a la mierda. Y después de ver su visión me he quedado con ganas de más. Porque los relatos al uso se centran en el auge de Putin como la figura providencial que recogió los temores y frustraciones de la población rusa para instalarse en la cúspide del poder. Kaspárov no tiene palabras amables para Gorbachov, al que caracteriza como un personaje oscuro que hizo todo lo posible para aferrarse al poder, incluyendo liberar fuerzas que luego no controló. Kaspárov no le perdona la inacción de los servicios de seguridad soviéticos durante el progromo contra los armenios en Bakú en 1990.

Sin duda, el relato más interesante es el de los años de Yeltsin. Kaspárov reconoce que él mismo apoyó a Yeltsin como la opción menos mala frente al involucionismo de los comunistas. Pero critica especialmente a Occidente porque en la segunda mitad de los noventa miró para otro lado ante las violaciones de los derechos humanos en Chechenia y ante la contribución rusa al programa nuclear iraní. Kaspárov afirma que deberíamos revisar esos años para desmontar la actual narrativa victimista rusa porque Occidente apoyó económicamente a Rusia vía las instituciones internacionales y, por ejemplo, dejó en manos rusas el envío de fuerzas de paz a Asia Central. Supongo que se refiere a la intervención rusa en la guerra civil de Tayikistán. Kaspárov nunca lo menciona, pero creo que el comportamiento occidental se explica en la existencia de un cierto consenso sobre que Rusia era “too big to fail”. Considerando especialmente que se trataba de un país con armas nucleares, Occidente procuró contribuir a sostener los pilares del Estado ruso mientras en los primeros tiempos de la post Guerra Fría los Estado-Nación ex-comunistas saltaban por los aires en el Cáucaso, Asia Central y los Balcanes.

dt-common-streams-streamserverEl libro tiene una marcada segunda parte donde se recogen los años de Putin. El repaso a las carencias del régimen ruso en materia de libertades públicas y derechos políticos no nos toma por sorpresa a estas alturas. Véase los tres libros que reseñé en “Tríptico Ruso”. Tampoco nos pilla por sorpresa el relato de cómo el gobierno de Putin encarceló a los empresarios que osaron no seguir la línea oficial para además desmantelar sus empresas. Lo novedoso para mí del libro es que repasa las relaciones de Occidente con el Kremlin. Kaspárov presenta cómo algunos líderes occidentales pecaron de ingenuos, pensando que evitando confrontar las acciones del Kremlin estaban permitiendo que el sistema ruso se reformara. Por ejemplo, contrasta lo que personajes como George W. Bush y Condoleezza Rice dijeron mientras ocuparon cargos públicos y lo que contaron luego en sus memorias haciendo balance. Caso aparte es el de líderes como Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy que nunca dudaron en hacer negocios con el Kremlin. Quien especialmente no queda nada bien retratados son Barack Obama y la Unión Europea, cuyas palabras vacías y gestos débiles quedan mal parados ante las sucesivas acciones del Kremlin.

La lectura del libro refuerza una idea que mantuve desde que empecé a escribir sobre la Nueva Guerra Fría. Que un país con el PIB de Italia desafíe a Occidente sólo es el resultado de la ineptitud y la inacción de Occidente. Kaspárov añadiría “cobardía” a esa lista. Del libro surge como un reaganita, añorando los tiempos en que el presidente de los Estados Unidos hablaba de promover la democracia y la libertad (algo que en los años no se aplicaba a los ciudadanos de dictaduras aliadas de Washington). Y añora que promover y defender valores haya desaparecido de la agenda política de los líderes occidentales. En cambio, todos estos años de diálogo y negocios con Rusia no ha contribuido a transformar Rusia un ápice. En esto habría que extender, añado yo, la reflexión a las relaciones de Occidente con las petromonarquías.

Me parece interesante la idea de Kaspárov de cómo Occidente ha interpretado al Kremlin a través de un reflejo de sí mismo, creyendo que el régimen de Putin responde a los mismos valores y estímulos. Kaspárov corrige diciendo que el Kremlin sólo habla el lenguaje del poder y que habría que presionarle donde más le duele: yendo a por la riqueza que el círculo del poder ruso tiene en Occidente y apoyando al gobierno de Kiev a derrotar a las fuerzas rusas en Ucrania. Siempre he pensado que si oficialmente no hay tropas rusas en Ucrania, ¿qué habría argumentando Putin en contra de la cesión de cientos de misiles Javelin al ejército ucraniano? Los libros del futuro no juzgarán benévolamente al presidente Obama, me temo.

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