Su franquismo diario, gracias

Me crucé recientemente con dos artículos del diario Público que trataban algún aspecto del franquismo y la Historia de España que hablan más del estado del periodismo español que del franquismo.

El primero informa que, a día de hoy, el gobierno alemán sigue pagando a veteranos, viudas y huérfanos de la División Azul, la unidad de voluntarios españoles que combatió con el ejército alemán en el Frente del Este durante la Segunda Guerra Mundial. El asunto se hizo público tras una pregunta parlamentaria de un diputado alemán. La División Azul es un tema histórico controvertido, porque al fin y al cabo esa división de voluntarios participó en una campaña militar donde se cometieron crímenes abominables. Véase mi reseña del monumental Tierras de sangre de Timothy Snyder. Ese es un aspecto que los nostálgicos del franquismo y muchos interesados en la historia militar tienden a obviar. Es más, suelen enfatizar no quiénes eran los aliados de España, sino sus enemigos: la Unión Soviética de Stalin. Sobre sus atrocidades véase igualmente Tierras de Sangre. Dicho lo cual, el comportamiento de aquellos voluntarios españoles no tuvo nada que ver con el de las tropas alemanas.

La noticia de Público se titula “Alemania aún paga más de 100.000 euros anuales a exmiembros y familiares de la División Azul”. Y en ella encontramos esta joya:

Según los datos aportados ahora por el Gobierno de Alemania un total de 47.000 españoles lucharon en la División Azul junto a las tropas de Adolf Hitler. Después de disolverse este batallón, en marzo/abril de 1944, uno de sus batallones se quedó en Ucrania luchando contra partisanos de Yugoslavia incorporándose a finales de 1944 a las SS hitlerianas y participando en las batallas de Berlín.

El autor, Alejandro Torrús, se ha hecho un lío. Dice “después de disolverse este batallón” para hablar de la División Azul. Si el nombre lo dice, División Azul, ¿de dónde saca que era un batallón? La unidad que sucedió a la División Azul, fue la Legión Azul, de entidad regimiento y que luchó en el sector norte del frente oriental, no en Ucrania. Por supuesto lo de “partisanos de Yugoslavia” en Ucrania deja la duda de si se trata un error de Geografía o de Historia. Por último, hay que decir que tras la retirada de la Legión Azul hubo combatientes españoles que decidieron luchar en las filas alemanas, integrándose junto a otros no alemanes en las Waffen SS. Pero fue una decisión personal y ya no estaban bajo disciplina militar española.

La batalla de Krasny Bor, según Ferrer Dalmau, de la que se cumplió recientemente el 75º aniversario.

El segundo artículo de Público lo firma Jaime Noguera y se titula “Cuando Mussolini propuso a Franco unir a Italia, Francia, Portugal y España en un ‘Bloque Latino’”. Para variar, el tema es algo que desconocía. Pero está escrito en un tono informal pretendidamente gracioso. Hay dos párrafos que dan idea del tono y fondo del artículo:

Primero, tocaba hablar con el cortaba el bacalao (kabeljau en aleman) de las alianzas en la Europa continental. En octubre de 1940, Adolf Hitler viajó a Hendaya, en la frontera hispano-francesa, para reunirse con Franco y  proponerle la formación de una alianza junto a Italia y la Francia de Vichy para que los dos países latinos apoyasen a Italia contra los británicos en el Mar Mediterráneo. Franco estaba seguro de la pronta victoria de su admirado Führer y se le hacía el culo Pepsi-cola por entrar en la guerra de la mano del vencedor. A ver si así podía rascar algo.

Sin embargo, a Hitler le dio gatillazo la interminable lista de necesidades que el amigo Paco exigia para poder meter a una arrasada España en la guerra, en la que solo faltaba una Playstation. El dictador nazi prefirió dejarse de intentar amigar a sus mamporreros y pensó que era mejor que Franco se dedicase a mantener a España controladita, no le fuese a salir igual de chungo en las cosas de la guerra como Mussolini.

Si Franco realmente quería entrar en la Segunda Guerra Mundial o no es algo que he visto discutido bastante. Supongo que algún historiador conocerá la situación del debate actualmente. Pero la frase que me llamó la atención es esa de que a Franco “se le hacía el culo Pepsi-cola por entrar en la guerra de la mano del vencedor”. Es cosa mía, pero eso de hacerse el graciosillo a costa de Franco, más de 40 años después de muerto, tiene un aire de algo de “mirad las cosas que digo de un dictador, qué valiente soy”. Como si alguien pusiera a parir al matón de barrio en la barra de bar sabiendo que se está comiendo años en el talego y no allí para partirte la cara. La virtud de ser antifranquista cuando no tiene mérito ni coste serlo.

Supongo que el autor del primer artículo podrá excusarse que se armó un lío en lo que no es más que un breve aporte histórico, mientras que el autor del segundo artículo dirá que el tono ligero es comprensible en un artículo de divulgación histórica. La forma en él lo es todo. Así que otra vez nos encontramos con eso de “¿qué importa si el artículo tiene errores si la intención es buena?” Es un asunto al que tengo que volver una y otra vez. Supongo que tenemos los medios “alternativos” y “comprometidos” que nos merecemos.

Yo tengo la sensación de que últimamente tenemos a Franco hasta en la sopa, cuando resulta que hace poco alcanzamos el hito histórico de haber vivido bajo esta democracia constitucional (1978-2018) más tiempo que bajo el régimen de Franco (1936-1975). Yo creo que va siendo hora de desenterrar las fosas comunes de una vez para empezar a mirar más hacia el futuro.

Al periodismo activista se le empieza a ver las grietas

Llevaba tiempo con una sensación de que había algo intrínsecamente malo en esa convergencia del periodismo activista con las ONG. Mi impresión, tras años destripando artículos erróneos y tendenciosos sobre el conflicto palestino-israelí, es que en el fondo a la gente le importa un pito la calidad periodística cuando la causa le parece justa. Lo importante para muchos es la buena intención porque hay un público que quiere ver sus prejuicios confirmados por los medios. Es una batalla perdida en ese aspecto.

El otro día comenté aquí un artículo de un periodista que es activista en una organización propalestina y hablaba de esa misma organización en el artículo. ¿Dónde terminaba el periodismo y donde empezaba la publicidad de la organización? Estoy acostumbrado a ver en la prensa anglosajona aclaraciones en las reseñas de productos culturales, como libros y películas, en las que el autor advierte al lector que se trata de un lanzamiento de otra empresa del mismo grupo empresarial. He visto publicaciones on-line donde se analizan productos electrónicos que advierten cuando se trata de un préstamo temporal del fabricante para elaborar el artículo y se enlaza a un página donde el lector puede informarse sobre la política del medio respecto a las relaciones con las marcas. Mientras que en prensa y en televisión estamos acostumbrados desde hace años que se especifique cuando estamos ante un publirreportaje y no a una información convencional. Sin embargo, de un tiempo a esta parte estamos acostumbrados a que ONG con proyectos humanitarios en países lejanos paguen viajes a periodistas para que publiquen reportajes sobre su labor allí y no recuerdo haber leído nunca a nadie advertir al respecto. ¿Afecta a la calidad del periodismo esa relación?

Recordemos el caso de las ONG que fletaron barcos para rescatar a las personas que llegaban desde Libia a las islas italianas en medios muy precarios. Recuerdo que empezaron diciendo que estaban allí para rescatar a los refugiados que se ahogaban en el Mediterráneo. Un día leí en la página web de GEFIRA que en realidad las ONG estaban trasladando migrantes desde las costas italianas. En mi cabeza GEFIRA sonaba a PEGIDA, la organización xenófoba alemana, por lo que no le presté atención. Tiempo después me encontré un tuit de la Guardia Civil anunciando que habían rescatado a “1065 personas en embarcaciones a la deriva junto a las costas de Libia”. Así que se me ocurrió mirar en páginas de navegación marítima que ofrecen la posición actualizada de los buques que transmiten su posición vía el sistema AIS. Y allí me los encontré, los buques de las ONG muy juntos y pegados a la costa libia. Empecé a tirar del hilo y encontré vídeos donde se veía el transbordo de migrantes desde las embarcaciones de las mafias a los “buques de rescate” de las ONG, que luego los desembarcaban en territorio italiano bajo la excusa de que eran náufragos rescatados en alta mar. Encontré que el efecto llamada generado por el puente marítimo creado entre Libia y Europa estaba atrayendo a migrantes desde sitios tan lejanos como Bangladesh. Conté mis hallazgos sobre el asunto el pasado verano en Una bomba de relojería en el Mediterráneo.

Hace poco, Jordi Évole tuiteó sobre la actividad de Pro Activa Arms, una empresa de socorristas reconvertida en ONG que recoge gente en el Mediterráneo, y afirmó “sigue Europa sin hacer nada”. Évole había mostrado su trabajo en un reportaje que le valió un premio. En realidad, como refleja que una patrullero de altura de la Guardia Civil estuviera en las costas de Libia, hay toda una operación europea en marcha. Hasta las propias cifras de las ONGs reflejan que mucho más de la mitad de las personas rescatadas en el Mediterráneo lo son por los medios desplegados por la Unión Europea. La oficina de prensa de de la Representación de la Comisión Europea en España contestó a Évole con un hilo en Twitter.

La cuestión es, ¿quién quiere escarbar la mierda de cooperantes internacionales y periodistas-activistas si son los nuevos misioneros de la era laica, admirados y glorificados? Pues ha estallado el escándalo. The Times de Londres ha desvelado que el director de Oxfam en Haití y otros responsables de la organización montaron orgías con prostitutas en un ambiente persistente de acoso sexual a las trabajadoras. Tras esa noticia, ha aparecido que el comportamiento de los directivos de la ONG en lugares como Bangladesh, Filipinas y Nepal no fue nada ejemplar: alojamientos en hoteles de lujo, acoso sexual, apropiación de los méritos de otras ONGs ante los medios, etc. Resulta, que el acoso y las agresiones sexuales entre los trabajadores humanitarios es un problema extendido.

Una de las mesas redondas sobre “Periodismo Comprometido” de Oxfam en España.

Como siempre que salen a la luz estas cosas, aparece en las redes sociales gente contando que todo esto ya se sabía. Pero claro, ¿quién estaba dispuesto a sacar los trapos sucios de las ONG en los medios? Las propias ONG presionaban a sus trabajadoras para que cerraran la boca porque el potencial escándalo podría arruinar su reputación ante el público y cortarse el flujo de donaciones. Los periodistas no querían contar nada porque su conciencia sensible y solidaria les llamaba a no perjudicar la reputación de las ONG, sabiendo que la gente metería a todas en el mismo saco. Me recuerda el caso de una activista europea propalestina a la que le pidieron que no contara algo malo que le había pasado en uno de esos viajes solidarios porque eso “le hace el juego a Israel”. ¿Cuántas cosas verán los periodistas comprometidos y callarán porque no encaja en su agenda política? El periodismo activismo termina siendo activismo pero no periodismo.

Palestina y el lado incorrecto del periodismo

Los estudios de Economía Política sobre los medios de comunicación plantean cómo el accionariado en manos de grandes grupos empresariales, que tienden a la concentración, colocan la línea editorial y los contenidos en consonancia con los intereses de clase de los propietarios. Además, los medios establecen una relación de dependencia hacia esos pocas empresas o instituciones con grandes contratos de publicidad. Así, el periódico El Punt Avui anunció un ERE que afectó a 90 trabajadores y cerró su oficina de Barcelona tras el recorte de publicidad del gobierno autonómico catalán después de la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española. Pero también es famosa en España la renuncia de los medios impresos a publicar noticias negativas sobre El Corte Inglés, que eufemísticamente aparece siempre referido en términos parecidos a “una conocida cadena de grandes almacenes”. Y es que esos anuncios a página entera de “Ya es primavera en El Corte Inglés” deben suponer unos ingresos importantes.

Esta teoría de que estamos condenados a encontrar en los medios sólo la perspectiva del gran capital tiene un defecto. A veces los conglomerados mediáticos encuentran que las personas de izquierda son un nicho de mercado como otro cualquiera. En España tenemos el caso de la cadena La Sexta, que fue absorbida por el Grupo Planeta, y se convirtió en la plataforma de promoción de Pablo Iglesias como parte de una estrategia de división del voto de izquierda. La línea editorial de La Sexta, con programas como Salvados, es muy diferente al del diario conservador La Razón. Y, sin embargo, ambos comparten dueño.

La solución de quienes quieren sacar adelante medios minoritarios ha sido acudir a las suscripciones y los crowdfunding. El lema de todos ellos suele ser “ayúdanos con tu dinero a seguir siendo independientes”. Alguno, como ctxt, pedía hasta hace poco, con gran modestia, ayuda para seguir ofreciendo “periodismo de calidad”. El sector ha florecido con la crisis de los medios generalistas, que han enviado a bastantes periodistas al paro. Basta repasar los archivos del blog Papers papers para ver la larga lista de medios en papel que han cerrando en todo el mundo en la última década. Sin ir más lejos, se anunció el cierre en España de las veteranas revistas Tiempo e Interviú. La cuestión es si hay suficiente público para tanta publicación de izquierda, crítica y alternativa. ctxt muestra en su portada que tiene 5.502 suscriptores y aspira a 10.000. Así que la publicidad sigue siendo importante para esta clase de medios, que no son ajenos al clickbait. Y llegamos así a un asunto que quizás sea el problema de fondo. Los medios que nacen como medios de la izquierda alternativa, contestaria, solidaria, etc. no apelan a un potencial público lector a priori indefinido. Apelan a un público ya convencido que quiere que le confirmen sus mitos. Quiere que le cuenten que en Venezuela hay democracia o que la ley de montes de 2015 hizo aumentar los incendios forestales en España por la especulación urbanística. Aunque ambas sea mentira.

El Salto es un proyecto del periódico Diagonal que llamó mi atención hace meses por publicar un artículo del economista Yago Álvarez que reproducía el bulo de que el gobierno de España se había comprometido a gastar 6.000 millones en la compra de aviones F-35 para granjearse el favor de Donald Trump al asegurar la supervivencia de la empresa Lochkeed Martin. Sobra decir a estas alturas, que no existió ese acuerdo ni Lockheed Martin está necesitada de un contrato español que la rescate. Ayer me encontré en El Salto un artículo que es una antología de las malas prácticas periodísticas de las que tanto me quejo. Se titula “Palestina: el lado correcto de la historia. Arranca fuerte. Tras el título y la entradilla aparece una foto de Julia Caulfield, con el siguiente pie de foto:

Todos los hombres y mujeres israelíes están obligados a realizar el servicio militar durante dos años. Las prácticas militares las realizan con los propios habitantes de los territorios palestinos, poniendo a prueba la eficacia de sus armas.

El artículo en sí empieza hablando del colegio Córdoba de Hebrón:

“Los niños que acuden a este colegio tienen que enfrentarse cada día a la cara más dura de la ocupación, tratar con soldados extranjeros fuertemente armados y jugarse la vida para asistir a las clases”.

Entonces llegamos a la explicación del contexto histórico:

“Un año después de la Guerra de los Seis Días, en 1968, se instaló el primer asentamiento israelí en Hebrón”.

Y aquí paro. Los dos primeros párrafos que he citado mezclaban la tendenciosidad con la exageración. Al apunte histórico habría que añadirle un dato. Hubo judíos en Hebrón con anterioridad hasta que el progromo de Hebrón de 1929 acabó con la comunidad judía de la ciudad y que llevó a los pioneros judíos a crear la organización de defensa Haganá. Lo interesante del artículo está más adelante:

“La Asociación Al-Quds de Solidaridad con los Pueblos del Mundo Árabe lleva desde 1999 realizando labores de denuncia y apoyo internacional en toda Palestina. Desde Málaga, ofrecen apoyo al Centro de Información Alternativa, que se dedica al monitoreo y denuncia de la situación en Hebrón”.

Busco en Internet al autor del texto artículo, Javier Díaz Muriana. Las fotos son de Julia Caulfield, por cierto. En Twitter encuentro que Javier Díaz Muriana se define como “activista y periodista” y aparece ubicado en Málaga-Palestina. Apostaría que tiene algo que ver con Asociación Al Quds de Málaga. Busco en Internet y encuentro referencias a su participación en la segunda jornada  del Seminario sobre Periodismo Ético “Procesos Migratorios y Minorías: El Periodismo ante los Nuevos Reto”. Se le presenta como “periodista e integrante de la Asociación AL-Quds”. Y así tenemos que un activista de una ONG va a Hebrón y firma una noticia donde habla del trabajo que hace su ONG allí. Eso en periodismo se llama publi-reportaje. Pero hay otro detalle interesante en el artículo:

“El doctor Azzeh se dedicaba en su tiempo libre a mostrar a periodistas y activistas la crudeza de la ocupación. Ahora su hogar ya no tiene la privacidad deseada. Los periodistas y activistas la visitan casi a diario para conocer su historia”.

El periodismo enlatado es uno de los pequeños secretos de la cobertura informativa del conflicto palestino-israelí. Los periodistas llegan a Israel y entran en Cisjordania a tiro hecho llevados por los fixers u organizaciones locales a unos personajes que cumplen los estereotipos que la prensa occidental demanda. Nacho Carretero lo desvelaba en su artículo “Guía para hacer un reportaje en Palestina”.

Lo que tenemos aquí un publirreportaje de una ONG firmada por uno de sus miembros que cuenta la mitad de la historia. Parte de la otra mitad al menos aparece en la Wikipedia. Estoy seguro que todo esto que cuento es irrelevante. Las personas que simpatizan con Israel aplaudirán esta entrada de blog y me llegarán, como suele suceder, nuevos seguidores en Twitter. Los que simpaticen con la causa palestina dirán como siempre que las exageraciones, omisiones y errores del artículo son irrelevantes porque cuenta una historia de fondo que es verdad: la miseria de los palestinos que viven en Hebrón. Y ahí está el meollo del periodismo activista y comprometido. La buena intención del periodista está siempre por encima de todo. Lo que importa no son los datos y los hechos de un artículo sino la historia que quiere contar.  Y eso, sin ir más lejos, es la post-verdad.

 

Testigos de fiar

Estoy leyendo Siria, el país de las almas rotas. Los primeros capítulos se leen con angustia, sabiendo que las personas que cuentan sus miedos y anhelos al comienzo de las revueltas contra el régimen de Bashar Al Assad se encaminan hacia una tragedia inevitable. Algunos cuentan que quieren que Occidente intervenga y establezca una zona de exclusión aérea. Otros dicen que no quieren que caiga el régimen, que sólo quieren reformas y un alivio ante la crisis económica. Casi ninguno parece anticipar el abismo que los engullirá.

Según pasan las páginas, los episodios de represión violenta aumentan. Y la autora de esos primeros capítulos, Mónica G. Prieto, recoge testimonios sobre personas que desaparecen tras ser detenidas en controles de carreteras, personas que aparecen muertas al amanecer con signos de tortura y disparos de las fuerzas del régimen contra manifestaciones o poblaciones.

Un testimonio me llamó la atención. Alguien contaba de un fallecido por un “clavo” disparado por un carro de combate. Supongo que se refería a submuniciones tipo “flechette”. Me puse inmediatamente a buscar por curiosidad. Sé que se ha fabricado ese tipo de munición para carros de combate occidentales. Por ejemplo, proyectiles de 105mm. ¿Pero existe ese tipo de munición para los cañones habituales de los carros de combate de diseño soviético? No encontré nada al respecto, sólo referencias a una poco habitual munición antipersonal de 125mm. También he he decir que no dediqué mucho tiempo a ello. A lo mejor el testigo contó el caso de alguien que murió por un simple trozo de metralla alargado.

Me quedó la duda. ¿Hasta qué punto confían demasiado los periodistas en los “testimonios desgarradores” de testigos que entran en detalle sobre el tipo de arma empleado en un ataque que presenciaron? No me refiero a que esos ataques no existieran, sino a que los periodistas adornan sus crónicas con información que no recibe la suficiente acotación de testimonio no verificado.

El otro día un grupo palestino lanzó cohetes contra la población israelí de Sderot. Las Fuerzas de Defensa de Israel respondieron, como es habitual, atacando objetivos dentro de la Franja de Gaza. Al día siguiente me encontré que Isabel Pérez, colaboradora del diario español El Mundo y corresponsal de la cadena pública iraní HispanTV, contaba en Twitter que en el ataque israelí habían participado cazas invisibles al radar F-35i Adir. Me extrañó. Se trata de un proyecto de caza de 5ª Generación muy polémico por lo lento y problemático de su desarrollo que ha disparado el coste por unidad. Sólo recientemente la fuerza aérea estadounidense declaró la Initial Operational Capability del primer escuadrón de F-35A Lighting II, quince años después de la firma de contrato de fabricación. Así que, ¿cómo era posible que hubieran intervenido los F-35i israelíes? Resulta que sólo uno ha sido entregado y no ha abandonado todavía los Estados Unidos. Los primeros ejemplares aterrizarán en Israel a finales de este año y entrarán en servicio a finales del próximo. Encontré a muchos activistas difundiendo la noticia del ataque los F-35 en Twitter. Así que alguien puso en circulación una noticia sin fundamento que terminó siendo recogida por una periodista. Otra vez encontramos el problema de periodistas que cubren conflictos y no entienden de temas militares.

Isabel Pérez escribió una crónica de los acontecimientos para el diario digital español La Marea. Contó que tras el lanzamiento de un cohete por parte de un grupo diferente a HAMAS, Israel respondió con “50 bombardeos que llevó a cabo el Ejército israelí”. La palabra “bombardeo” se refiere al lanzamiento de bombas por parte de un aeronave. Así que ¿hablamos de 50 bombas caídas o de 50 ataques de aeronaves? Pero si se trató del ejército, estaríamos hablando entonces de ataques de artillería, mortero o incluso misil anticarro. Una frase confusa, sin duda. Pero me llamó la atención algo.

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Foto Isabel Pérez vía LaMarea.com

Cuenta Isabel Pérez en su crónica que hubo “ataques con artillería” que “cayeron horas previas a la serie de bombardeos nocturnos”. Y que una torre de agua fue, según testigos, “bombardeada desde un dron israelí”. La torre de agua aparece en la crónica en una foto de la propia Isabel Pérez. Vemos varios impactos en la estructura troncocónica superior y un enorme boquete en la base. Que resulta que ya estaban ahí. Aquí una foto de Gettyimages con fecha 19 de septiembre de 2015:

No se aprecia ningún impacto nuevo entre las dos imágenes. Así que la pregunta nuevamente es, ¿son fiables los testimonios de los testigos que cuentan detalles de un combate o un ataque? Sé que los testigos son el recurso más valioso de los periodistas, con sus “testimonios desgarradores”. ¿Pero no deberían aplicar los periodistas ciertas precauciones con sus fuentes? Porque con el afán de dar voz a las víctimas se termina dando por bueno versiones de los hechos ricas en detalles erróneos, producto de la ignorancia sobre cuestiones millitares o el afán de embellecer la historia para ganar la atención del periodista. No es algo tan diferente a las versiones confusas y contradictorias que recogen los periodistas después de cualquier incidente, sea un atraco o un accidente de tráfico. Pero aquí no hay informe policial o judicial con el que que contrastar luego. Así que las precauciones deberían ser mayores.

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Errando el blanco

Podrán creer ustedes lo que quieran sobre el Mossad y sus capacidades legendarias. Pero el verano pasó se armó mucho ruido por un mal movimiento de la Embajada de Israel en España. El día 31 de agosto la periodista Yolanda Álvarez anunció en Twitter que abandonaba la Franja de Gaza, donde estaba en calidad de reportera de RTVE, por “motivos personales”. Me resulta imposible encontrar el tuit pero sirva de prueba este artículo de opinión que recoge sus palabras. Pudo ser una excusa ante la existencia de otras causas. A saber.

El día 1 de agosto la Embajada de Israel publicó un comunicado criticando su trabajo, donde decían que se había convertido “desde el primer momento en correa de transmisión de los mensajes, cifras, imágenes y datos de Hamás”.  ¡Ardió Twitter! Todo el mundo atribuyó una relación causa-efecto a los dos comunicados y nació una nueva mártir del periodismo español. Personalmente sus crónicas nunca me parecieron a la altura de ninguno de los dos extremos que se le atribuían. Ni terribles ni brillantes. Revista de Medio Oriente realizó un análisis de la cobertura informativa realizada por los corresponsales españoles en Gaza. Pueden juzgar ustedes mismos.

Ayer se supo que RTVE no le renueva el contrato a Yolanda Álvarez junto con otros corresponsales. Volvió a arder Twitter. Me resultaron divertidos los piropos que le lanzaron muchos como periodista. Sospecho que muchos de aquellos entusiastas de su trabajo encajarían en el perfil español típico de inglés “nivel medio”, por lo que dudo de su capacidad de juzgar el trabajo de una periodista cubriendo un conflicto si no se informan y contrastan con la prensa internacional. En el caso de Gaza, pienso que “periodismo es todo aquello que Hamás no quería que se mostrara, el resto es propaganda”. Y nunca vi a ningún periodista español contar que su trabajo sufría las presiones y cortapisas de Hamás.

Casualidades de la vida, esta madrugada el diario israelí Haaretz publicaba las conclusiones de un informe de Amnistía Internacional sobre las acciones palestinas durante el conflicto del pasado verano, como por ejemplo el uso de hospitales, templos e instalaciones de Naciones Unidas como almacén de armas. El informe menciona que murieron más palestinos que israelíes por culpa de los cohetes palestinos. Además, cuenta que las organizaciones de derechos humanos vieron su trabajo impedido en la zona. Un detalle curioso. El informe confirma mis conclusiones sobre la explosión en Al Shati del 28 de julio de 2014 en la que murieron varios niños. Fue un proyectil palestino. Hablé de aquel caso aquí en mi blog. Sin embargo, Yolanda Álvarez informó aquel día que las víctimas habían muerto por culpa del ataque de un dron israelí. Pero a estas alturas ya lo deben saber. La cobertura del periodismo español sobre Israel es como la tostada de la ley de Murphy. Siempre cae del mismo lado.

¿Tienen obligación los periodistas de entender de asuntos militares?

Hoy el diario barcelonés La Vanguardia mostraba el siguiente pie de foto.

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Lo que lleva ese soldado israelí en la mano es un proyectil de artilleria de 155mm. Algo que no tiene nada que ver con el sistema de misiles “Cúpula de Hierro”.  En la siguiente foto podemos ver una vista más amplia de una pieza de artillería autopropulsada M109 y los proyectiles de 155mm. cerca.

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El caso de La Vanguardia es un pie de foto erróneo que no tiene la más mínima importancia. Pero siempre que señalo este tipo de errores surge el debate si esa es la clase de cosas que un periodista debería saber o no. Sé que los conflictos armados son uno de los muchos fenómenos que se cubren en el área internacional y un periodista no tiene por qué identificar armas. Así que es un error disculpable excepto en esas ocasiones en que los periodistas parecen recrearse en sus crónicas en detalles técnicos y sólo consiguen demostrar su ignorancia. Recuerdo a Ángela Rodicio decir en Bosnia en los 90 en una crónica para TVE “los aviones de la OTAN vuelan alto para evitar los infrarrojos de los radares serbios”. Un disparate. En esa caso su petulancia me parece digna de ser criticada. ¿Pero qué pasa cuando el desconocimiento de lo que se está viendo cambia el sentido de la noticia?

La misma periodista, Ángela Rodicio, hizo una crónica desde Bagdad en 2003 delante de un vehículo blindado destrozado encima del que soldados iraquíes hacían gestos de victoria. Contó cómo aquel blindado estadounidense destruido era la prueba de la feroz resistencia que había opuesto el ejército iraquí a una incursión de una columna blindada estadounidense. Había un problema. Lo que mostraba a sus espaldas era un vehículo de combate de infantería BMP de diseño soviético y que formaba parte de los arsenales del ejército de Saddam Hussein. Se trataba de los restos destruidos en la primera “Thunder Run” de la 3ª División de Infantería, una incursión hecha para tantear las defensas iraquíes en la periferia de Bagdad. La conclusión que sacaron los estadounidenses es que las defensas eran débiles. Al día siguiente lanzaron otra incursión, las defensas iraquíes colapsaron y llegaron al centro de Bagdad, pero los espectadores de TVE que vieron aquella crónica de Ángela Rodicio se fueron a la cama pensando que se avecinaba una batalla larga y cruenta.

El otro día, el 28 de julio, me pasó algo parecido. Vi un rato las noticias de TVE y me encontré una crónica de Yolanda Álvarez desde la Franja de Gaza. Contó cómo un “cohete lanzado por un dron israelí” había impactado en medio de una calle y había provocado una carnicería. La afirmación me pareció extraña porque los drones armados no se emplean para lanzar cohetes (que no tienen sistema de guía), sino que disparan armas de precisión. En el caso israelí, el arma que disparan sus helicópteros y al parecer sus drones, es una versión avanzada del misil Spike conocida como Tammuz. En el siguiente vídeo podemos ver lo que aprecia en su pantalla el operador. Se trata de un disparo real en la Guerra del Líbano de 2006.

Lo que nos enseñó Yolanda Álvarez en aquella crónica no era el punto de impacto de un un misil o de una bomba. Parecía más bien el punto de impacto de un cohete con cabeza explosiva rompedora. Mostró además la fachada de una casa cercana en la que se veían impactos de metralla en el balcón.

Mi conclusión personal es que lo habíamos visto era el lugar donde había caído por error un cohete palestino que por alguna razón se desvió de su trayectoria o tuvo un fallo catastrófico al despegar.

Ese mismo día llegó la confirmación de mi sospecha. El periodista italiano Gabriele Barbati contó, una vez fuera de la Franja de Gaza, que se había tratado de un cohete palestino que falló.

Luego vino la salida de Yolanda Álvarez de la Franja de Gaza y la acusación por parte la Embajada de Israel en España de que actuaba como “correa de transmisión de los mensajes, cifras, imágenes y datos de Hamás”. Falta decir que la acusación ha servido para convertirla en una causa célebre entre los periodistas españoles, con comunicados y hashatags solidarios.

El asunto, me parece, es que informar desde la Franja de Gaza no es muy diferente de hacerlo desde Corea del Norte. Quien entra allí se pone en mano de grupos islamistas que dudo mucho que permitan el periodismo libre. Lo que vemos en los medios es lo que esos grupos permiten que se cuente. Luego queda que cada periodista según su ética profesional nos haga saber las condiciones en las que trabaja. Por ejemplo, Jon Sistiaga en sus crónicas desde Bagdad en 2003 contaba cómo su trabajo estaba sometido a la supervisión del régimen de Saddam Hussein.

Otro día me encontré lo siguiente. La denuncia de en Twitter de que Israel había “bombardeado” la oficina del corresponsal de EFE en Gaza.

#Israel ha bombardeado la oficina del corresponsal de #Efe en #Gaza, según cuenta él mismo.

No faltaron los tweets comentando el hecho con frases como. “El ataque a los medios es deliberado para que no se difunda el genocidio” o “No quieren testigos”. Le comenté a la periodista en cuyo Twitter había leído la noticia que aquello no parecía un lugar donde hubiera caído una bomba. Me contestó que se trataba de un proyectil de mortero. Entonces respondí:

Ahí lo que se ve es el efecto de una onda expansiva de algo que cayó cerca. No hay ni metralla, ni restos carbonizados.

El asunto no pasó de ahí. Me queda la duda de cuánta gente leyó nuestro intercambio. Posiblemente más de una persona se quedó con su primer tuit y la foto, convencidos de que Israel había atacado de forma deliberada la oficina del corresponsal de una agencia de noticias española en la Franja de Gaza.  Y por último, hoy, leí otra denuncia contra Israel de Isabel Pérez, corresponsal española del canal iraní HispánTV y de varios medios españoles en la Franja de Gaza.

La foto muestra varios proyectiles de 120mm. para cañón de carro de combate. A la izquierda se aprecian, inconfundibles, dos proyectiles anticarro APFSDS (Armour-piercing fin-stabilized discarding-sabot). Lo compone un núcleo perforante, generalmente de tungsteno, con aletas y envuelto en una cubierta que se desprende tan pronto sale del cañón. Se emplea contra otros carros de combate. Detrás se ve lo que parece un proyectil con cabeza HE (High Explosive). Y a la derecha, otro proyectil anticarro HEAT (High Explosive Anti Tank), también conocido en español como de “cabeza hueca”. Ninguna es un arma prohibida por las convenciones internacionales y en tres de los casos son armas anticarro, por lo que es altamente improbable que hayan sido empleadas por Israel en “Margen Protector”.

En ningún caso, la foto que Isabel Pérez muestra tiene nada que ver con lo habla. A lo que ella se refiere es al posible uso por parte de Israel de proyectiles antipersonal que usan una especie de flechas metálicas (flechettes) como metralla. Y por otro lado habla de Explosivos de Metal Inerte Denso (DIME en sus siglas en inglés). Por dos veces, en las operaciones israelíes “Plomo Fundido” y “Margen Protector” un activista noruego ha acusado a Israel de usar proyectiles DIME. Se trata de Mads Gilbert, un doctor en cuyo currículum destaca justificar los atentados del 11-S.

Curiosamente tanto en 2009 como en 2014, Mads Gilbert salió en la prensa anunciado haber encontrado pruebas del empleo por parte de Israel de “un nuevo tipo de arma” que presuntamente serían proyectiles DIME. La única fuente en los medios es su testimonio. Que en la segunda ocasión haya anunciado el mismo nuevo descubrimiento parece buscar un titular efectista. Y efectivamente, podemos leer que según Gilbert se trata de armas lanzadas desde drones queal estallar en el suelo desprenden tanta energía que amputan la parte inferior del cuerpo y causan graves quemaduras”. Una descripción para un arma de ciencia ficción que emplea la palabra mágica: “Drones”, aviones sin piloto. Y es que hoy en día, no hay noticia conmovedora sin la aparición de drones, las máquinas que representan el mal absoluto en el siglo XXI. Como en aquella crónica de Yolanda Álvarez, la nueva heroína del periodismo español. 

Y esto, señores, es el periodismo que se hace en España. Q.E.D.

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Mediocristán, una cierta visión de España

¡F-15I isralíes bombardean Teherán! En marzo de 2012, cuando por ahí decían que se avecinaba el ataque israelí a Irán (yo decía en cambio que no iba a producirse), Masha Gabriel se tomó la molestia de recopilar los vaticinios en la prensa sobre la fecha del dichoso ataque. Mi favorito es sin duda el que hizo en El País quien es su director adjunto, el sin par Lluis Bassets. Dice así:

“Será en verano, época guerrera por excelencia. En mitad de la campaña presidencial, con Obama y Romney enzarzados en la pelea decisiva. Un tiempo de transición, por tanto, en el que se abren las ventanas a iniciativas inusuales. Todo será muy rápido, con bombardeos de precisión realizados por aviones no tripulados. Después vendrá la respuesta, que puede convertirse en guerra. Cuando todo termine, nada será como antes.”

Me temo que hay que entender de estos temas para calibrar el disparate mayúsculo.  Pero claro, yo jugaba con ventaja. Elaboré en su momento un texto sobre las dificultades de un ataque aéreo israelí contra el programa nuclear iraní y me estuve documentando sobre temas como las bombas anti-búnker o las defensas antiaéreas iraníes. Sabía que lo de aviones sin piloto israelíes era un despropósito. Así que, claro, el primer requisito para calibrar a un analista o periodista es tener alguna idea del tema. Eso explica los comentarios laudatorios al reciente análisis de cierto periodista lleno de errores y profundamente tendencioso: “un análisis, claro, conciso e informativo”, “un análisis responsable y lúcido”,  “un oasis en medio del desierto de la desinformación”, “brins de llum entre les tenebres”, “la última esperanza de la prensa española”, etc. 

Desde hace ya tiempo manejo muy pocas fuentes en español. El recuento de fuentes RSS y boletines por correo electrónico que recibo daría un porcentaje extranjero. Poco más de un tercio de las decenas de libros que he comprado este año son de autores españoles. No cabe más que preguntarse, ¿dónde están los Steve Coll, Yaroslav Trofimov, Ronen Bergman, Lawrence Wright, Robert D. Kaplan, Edward Lucas, Misha Glenny y Mark Bowden españoles?

La reinante mediocridad en España a la hora de abordar los temas internacionales es un tema recurrente en mis conversaciones desde hace tiempo. Yo, como con las razones de la crisis, me niego a atribuirlo a razones ahistóricas. “España es así, señora”. Creo que en algún momento ya di alguna clave suelta de por qué. Hoy recopilo unas cuantas.

Hasta el otro día, España era un país subdesarrollado.
Recuerdo mi sorpresa al encontrar que España no aparecía en la lista de países industrializados que los Toffler manejaban en La Tercera Ola, publicado en 1980. Luego caí en la cuenta que, según manejos los criterios de la OCDE o el Banco Mundial, España se convirtió en un país desarrollado entre finales de los años 70 y finales de los años 80. No hace falta estadísticas para constatarlo. Cuando yo veraneaba en casa de mis abuelos en la Canarias rural de principios de los años 80 no había agua corriente. Nos bañábamos con agua calentada con leña en un caldero tiznado enorme e íbamos a cagar no muy lejos de la casa. Yo era un niño urbano que veía todo aquello como algo peculiar y ahora lo recuerdo como una curiosidad.

Si consideramos el desarrollo humano en el contexto del subdesarrollo español de los setenta, hemos de imaginar las bajas tasas de población con formación universitaria y los recursos limitados de universidades y centros de investigación. Pocas personas de la generación de mis padres fueron a la universidad. Pero quizás no haya que ir muy lejos en el tiempo para comprender el alcance del fenómeno. Según estadísticas recientes, sólo un 16,7% de la población mayor de 15 años en Extremadura contaba con estudios superiores (Formación Profesional y Universidad). En Baleares era el 17,5% y en Andalucía el 17,7%. Pensemos entonces en el talento desperdiciado de cuantas personas en otras circunstancias pudieron haber llegado más lejos en sus estudios y aportar más a la vida intelectual española. Y ahora pensemos en todas las personas que llegaron a la universidad en aquella década y que se convirtieron en esa generación tapón que ha copado el mundo intelectual y de la cultura en España. No necesariamente fueron los mejores. Eran lo que las circunstancias les colocó allí.

Falta de tradición académica
Yo fui estudiante de la primera promoción de Sociología en la Universidad de La Laguna. Mi primer día de universidad tuvo lugar el 6 de octubre de 1999. Había pasado menos de un cuarto de siglo de la muerte de Franco, fecha tras la que fue posible crear en España las facultades de Sociología (cátedras y departamentos son anteriores). Seguro que en universidades de Madrid y Barcelona estaban por aquel entonces en 1999 dando todavía clase profesores con los que arrancaron los estudios de Sociología en España. La tradición académica era, por tanto, poca.

Si hablamos de Relaciones Internacionales, tenemos que avanzar hasta el Proceso de Bolonia para asistir al nacimiento en España del Grado en Relaciones Internacionales. Yo tuve la oportunidad de dar una charla a una de las promociones pioneras en la Universidad Europa de Madrid en diciembre de 2011 que se graduó estos días. Es decir, estamos hablando de que hasta llegado el siglo XXI no hubo en España facultades de Relaciones Internacionales. Hasta entonces los expertos en España provenían del perfil de especialización en el segundo ciclo de Ciencia Política o si acaso del mundo del Derecho Internacional Público. Imaginen la predisposición mental de quienes estudiaron asignaturas como sistemas electorales y derecho constitucional para atisbar la irrupción de actores no estatales en el panorama global.

Tampoco existen los estudios regionales en España, a excepción de la licenciatura de segundo grado en estudios de Asia Oriental que impartían la UAM y la UOC (desconozco qué transformación ha sufrido tras el Proceso de Bolonia). Así que imaginemos el panorama de alguien que quisiera en España especializarse en Oriente Medio o Rusia. Es raro encontrar en España instituciones como el Harvard Ukrainian Research Institute o el Weatherhead East Asian Institute de la Universidad de Columbia. Un detalle comparativo. La Universidad de La Laguna ofrece un máster en estudios africanos. Creo que mi biblioteca personal tiene más libros sobre África que la biblioteca central del Campus de Guajara (puede que en centímetros de estantería me gane la ULL por el espacio que ocupan los tochazos de la Historia General de África dirigida por Joseph Ki-Zerbo).

Reciente internacionalización de las empresas
Si uno repasa la lista de países usuarios del avión de transporte CASA C-212, encuentra fuerzas aéreas y servicios gubernamentales en América, África, Europa, Oriente Medio y Sudeste Asiático. Hay otros ejemplos de los años 80 como los camiones Pegaso y los trenes Talgo. Así que no se puede decir que antes de la entrada de España en la Unión Europea no hubiera ejecutivos españoles por el mundo para vender sus productos. Pero la realidad es que hasta el proceso de concentración en dos grandes bancos y las privatizaciones de Repsol y Telefónica allá por los noventa no se vieron grandes empresas españoles saliendo al mundo con intención de consolidarse en mercados extranjeros. El Grupo Inditex salió de España a finales de los años 80. Mango abrió su primera tienda fuera de España en 1992.

Ser un país con empresas que compiten por el extranjero cambia la manera de ver el mundo. Fomenta los estudios de Geoeconomía, las publicaciones periódicas, los eventos e impulsa la demanda de profesionales cualificados que hablen idiomas. Más empresas internacionalizadas significa más interés por lo que pasa en el mundo y por tanto más capital privado dispuestos a invertir en cátedras de estudios internacionales o think-tanks. La venta a capital extranjero de grandes empresas españolas en problemas por la crisis significa que las grandes decisiones se tomarán fuera de España y que habrá menos demanda de análisis y reflexión.

Endogamia en la universidad y en el Ministerio de Asuntos Exteriores
Por tema harto conocido no merece la pena entrar en él. Más divertido es hacer un repaso a los listados históricos de nombres y apellidos de los altos cargos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Encontramos mucho de lo que el humorista argentino Enrique Pinti definía en un términos criollos como “soretes de cuádruple apellido”. Alguno estará tentado de correr a apuntar el dato que a la carrera diplomática se accede por oposiciones públicas donde se valora la capacidad de los candidatos. Pero todos sabemos que el primer obstáculo es contar con el dinero para pagarse un “preparador” y que dada la tasa de éxito de los que se presentan por primera vez es una carrera de fondo en la que es mejor contar con la manutención paterna para convertirse en opositor 24/7.

El maldito “inglés nivel medio”.
Brs8WtACcAIM72IEn España se habla fatal el inglés y lo que es peor, se lo lee con dificultad. Si es posible todavía considerarse una persona culta y dedicarse a unos cuantos campos intelectuales o académicos sin saber inglés, es imposible dedicarse a informar o analizar la realidad internacional sin saber inglés con la soltura para leer ladrillos de centenares de páginas. Tomemos un tema que ha ocupado bastante mi tiempo en la primera mitad de 2014: Rusia. Alguien que quisiera abordar la realidad de la Rusia post-soviética contando con libros publicados en español se encontraría con poco más de la obra de la rusa Anna Politkovskaya y los españoles Carlos Taibo y Rafael Poch. No tendría acceso a ninguno de los libros de los periodistas Edward Lucas (The Economist) y Luke Harding (The Guardian), que dan buena cuenta de la “vertical de poder” de Putin. Alguien que no lea inglés se perderá los libros de la periodista y activista Masha Gessen sobre Putin y el caso contra Pussy Riot. El libro sobre este último tema le dará una buena idea del funcionamiento del sistema judicial ruso. Y alguien que no lea inglés tampoco podrá leer lo que cuenta Marshall Goldman sobre la industria petrolera rusa.

Creo que quedaría hablar de los sesgos ideológicos. Pero eso me recuerdo que tengo pendiente la segunda parte de “Cómo acabar con la Geopolítica de una vez por todas”.