La destrumpización de Donald Trump

Evidentemente la victoria electoral de Donald J. Trump puso patas arriba mis esquemas sobre la Nueva Guerra Fría. Un presidente estadounidense asilacionista que decía que quería mantener buenas relaciones con la Rusia de Putin y desentenderse de la defensa de Europa mientras criticaba a la OTAN por obsoleta era otro paso hacia una victoria rusa después del BREXIT y a la espera de las elecciones francesas. Añadamos los detalles de que había eliminado de la plataforma electoral republicana el apoyo a Ucrania frente a Rusia y despreciaba las acusaciones de interferencias rusas en las elecciones como una pataleta de los demócratas con mal perder. Paradójicamente el concepto de (Nueva) Guerra Fría apareció en el programa de Stephen Colbert pero sólo para sentenciar la victoria rusa en diciembre de 2016.

Semanas después, le di una vuelta al asunto aquí, en mi blog, en “La Nueva Guerra Fría después de Donald Trump”. Dije entonces que me parecía incompatible su objetivo de “Make America Great Again” a la vez que mantener una política aislacionista.

Personalmente creo que son incompatibles una política aislacionista y el objetivo de Make America Great Again. La  promesa de convertir a Estados Unidos en un país ganador no parece que encaje con la idea de abandonar a los aliados de Europa y Asia-Pacífico para dejar vacíos geopolíticos que ocupen China y Rusia. […] Trump podrá escenificar su amistad presidencial con Putin, pero si quiere mostrar la firmeza que muchos echan en falta en Obama tendrá que frenar a su amigo ruso. Habrá que ver si se produce un reparto de áreas de influencia que cree unas reglas de juego para el mundo “post-post Guerra Fría”, como diría el profesor Javier Morales o se produce una ruptura cuando Trump mande al rincón a Putin. Sin descartar, claro que Trump sea complaciente con Putin con consecuencias imprevistas en Washington D.C. Tanta incertidumbre viene de la tendencia de Trump a desdecirse y de la extraña mezcla de outsiders y viejos halcones neocón que encontramos en su gabinete.

En el último mes hemos ido viendo cómo se despejaban esas incógnitas. No ha sido casual la salida de Steve Bannon, jefe de estrategia política de Trump, de la lista de miembros del Consejo de Seguridad Nacional. Bannon representaba a una “nueva derecha” que había tomado con Trump el Partido Republicano al asalto. Los críticos de Trump consideraban a Bannon el verdadero poder de la sombra. Su inclusión en un órgano estratégico como el Consejo de Seguridad Nacional fue muy polémica, porque a su vez se excluyó como miembros natos del Consejo al jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas y al director de inteligencia nacional. Luego hemos visto cómo el gobieno de Trump tomaba una decisión que le alejaba de la línea no intenvencionista y apaciguadora con Rusia que se supone iba a caracterizar su mandato.

Castigar al régimen sirio por usar armas químicas contra su población. Mismas circunstancias, diferente presidente. Vía John González.

Ordenó un ataque con misiles de crucero contra la base aérea militar siria desde la que despegaron los dos Sujoi Su-22 que lanzaron un ataque con armas químicas contra una población en la retaguardia del saliente por el que los rebeldes sirios avanzaban desde la provincia de Idlib hacia Hama. (Hice un análisis para del ataque para la revista EL MEDIO). Como luego insistió el secretario Mattis, el ataque fue una acción puntual y excepcional al haber cruzado el régimen aquella línea roja que trazó el presidente Obama. Sin embargo, tras el ataque con armas químicas en Goutha en agosto de 2013 el presidente Obama dudó si lanzar un ataque punitivo ante la feroz campaña en contra de la derecha republicana. Aquel momento de duda me pareció un hito que marcaba el ocaso del “momento unipolar” vivido desde el fin de la Guerra Fría, tal como conté en “Lo que está en juego en Siria” (27 mayo 2014).

El 12 de abril Trump anunció que la OTAN había dejado de ser obsoleta. Es verdad que en Europa se ha hablado de aumentar el gasto, ante la presión estadounidense para cumplir el compromiso de un 2% del PIB destinado a defensa tras una década de recortes inmisericordes que ha dejado a los países de la OTAN sin capacidades clave. Pero sus razones para decir que la OTAN ahora es relevante son que ahora la OTAN sí ha puesto la “lucha contra el terrorismo” como prioridad. Quizás, más que un argumento sea una excusa.

Por último, el director de la CIA, Mike Pompeo, se refirió a Wikileaks en los siguientes términos:

“WikiLeaks walks like a hostile intelligence service and talks like a hostile intelligence service. It has encouraged its followers to find jobs at CIA in order to obtain intelligence […] And it overwhelmingly focuses on the United States, while seeking support from anti-democratic countries and organisations. It is time to call out WikiLeaks for what it really is – a non-state hostile intelligence service often abetted by state actors like Russia”.

Es una auténtica ruptura con una organización citada frencuentemente por los partidarios de Trump en su guerra mediática contra Hillary Clinton. Y un reconocimiento oficial a lo que todo sabíamos, que Wikileaks es una organización con una agenda política antiestadounidense que trabaja al servicio de Rusia.

Ahora, queda a debate el qué ha pasado. ¿Ha cambiado Trump por influencia del secretario Mattis y su consejero McMaster en un juego de poder por la posición de influir al presidente frente a Bannno? ¿Ha sucumbido Trump al ala neocón de Partido Republicano? ¿Se han salido con la suya los halcones del Pentágono y los servicios de inteligencia, el “Estado Profundo”? El futuro con Trump ya no es lo que era.

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (2ª parte)

Segunda entrega de la nueva colaboración de Fernando Geryón, como firma invitada.

RUSIA: EL MAL NECESARIO

No nos engañemos. Putin y Trump no se harán amigos del alma y Rusia y Estados Unidos no podrán compartir en el largo plazo agendas comunes. Lo impide el talante y la naturaleza del régimen ruso, y las obligaciones y responsabilidades que conlleva la hegemonía americana. Veremos más episodios de ciberataques, de espionaje; Rusia seguirá alimentando a cada partido o régimen que tenga el antiamericanismo en su hoja de ruta y realizará continuos movimientos tácticos para poner a prueba la capacidad de reacción de su adversario y sus aliados. La Nueva Guerra Fría seguirá su curso.

Lo que sí es posible es que a nivel personal tanto Trump como Putin puedan llegar a ciertas complicidades y alguna joint venture que vaya en beneficio de ambos. Rusia necesita a una América que enfoque su atención en Asia y contenga y ponga cortapisas al gigante chino, con quien comparte una larga y tensa frontera, y ante el que es vulnerable por su debilidad demográfica y su dependencia económica: Las ambiciones chinas en el Asia Central suponen un reto del mismo calibre que la fallida extensión de la OTAN a ciertas ex repúblicas soviéticas. Putin ha podido favorecer por los medios que ha tenido a su disposición la llegada de Trump al poder, y quizás esté haciendo lo mismo con Le Pen y otros. El magnate no es el presidente perfecto para la agenda putiniana, pero sin duda es uno conveniente a sus intereses actuales. Luego ya se verá…

Para Trump, el presidente ruso es un Jano bifronte que le permitirá tener a la vez un contrincante y un colaborador. Podría ser lo segundo cuando en el renacer de sus ambiciones geopolíticas y su afán proyectivo se ocupe de regiones y fenómenos que puedan ser de utilidad común. Para Rusia el islamismo es un problema que debe afrontar lejos de sus fronteras, debido a la sustancial población musulmana que vive en el espacio post soviético. La opinión pública rusa no es un molesto obstáculo para llevar a cabo todo tipo de intervenciones en el exterior, como se ha visto repetidamente estos años, y ciertas acciones conjuntas en ese menester gozarían de gran aceptación entre buena parte de los votantes republicanos.

Al mismo tiempo tanto a Rusia como a EE.UU. les conviene un precio del petróleo alto. La primera por la extraordinaria dependencia fiscal que tiene del oro negro. La segunda porque es el único modo de que el fracking, que confiere a la vez autonomía energética y aportes fiscales, sea rentable. Arabia Saudí lleva años sobrebombeando para mantener artificialmente bajo su precio y borrar dicha competencia, pero el coste que para sus arcas públicas está suponiendo pone a dicha estrategia una fecha de caducidad, máxime cuando varios de los principales ejes de tensión geopolítica pasan por sus fronteras. Un precio más alto fortalecerá a Irán, pero obligará a sus vecinos a contrarrestarlos a cambio de mayor inversión armamentística. Por ello la amistad americano-saudí permanecerá, como ya se ha podido comprobar con los primeros bombardeos sobre los hutíes en Yemen.

Pero fortalecer a Rusia no saldrá gratis. Putin ha demostrado tener la libertad de movimientos suficientes como para plantear jugadas muy agresivas en el ajedrez europeo. Partió Georgia y Ucrania cuando el viraje pro-occidental de sus gobiernos amenazaba con ampliar sus fronteras directas con la OTAN, por ejemplo. La carpeta de asuntos pendientes del dirigente ruso es gruesa y la capacidad, y sobre todo la velocidad, de reacción de los gobiernos europeos es muy limitada. Extender su influencia de Transnistria al resto de Moldavia, reorientar a un futuro gobierno serbio pro-ruso para reavivar el conflicto de Kosovo, hacerse más presente en el lado grecochipriota Chipre o desafiar a Suecia o Finlandia son movimientos que puede realizar sin poner a prueba los mecanismos de respuesta euroatlánticos. Plantear reclamaciones sobre el corredor a Kaliningrado o enardecer las aspiraciones autonomistas de las poblaciones rusas en las repúblicas bálticas, son bonos que se puede reservar para cuando quiera crear una tensión extra en la frágil arquitectura geopolítica europea.

EUROPA: EL RIO REVUELTO DONDE PESCAR

Durante décadas varios presidentes han contrapesado el ascenso de la UE con la asunción de la mayor parte del esfuerzo militar de la OTAN; contando con el paraguas nuclear de Washington, todos los países europeos disminuyeron drásticamente su gasto militar. Las grandes potencias como Reino Unido o Francia, seguras de que la fuerza restante sobraba para mantener a raya a una Rusia por entonces más dócil y debilitada, y deseosa de integrarse más en el mundo occidental. Los países más pequeños, conformes con hacer seguidismo de la política exterior de EE.UU. a cambio de su protección. A la Casa Blanca le bastaba con mantener en forma sus fuerzas armadas y sembrar cierta disensión entre los socios europeos, como obstaculizar el desarrollo de un ejército común o evitar una diplomacia unificada, y a cambio esa hegemonía en Occidente sería incuestionable.

El conservadurismo republicano ha sentido tradicionalmente poco afecto por la construcción europea y los valores sobre los que se asienta. Su sistema de gran arquitectura funcionarial que a través de directivas conduce a sus países integrantes hasta un modelo social-liberal radicalmente opuesto al ideal individualista americano supone un contraejemplo peligroso de desarrollo económico alternativo que ha ido calando cada vez más en el electorado demócrata. Al mismo tiempo un poder occidental que le supera en población, PIB y comercio internacional supone un riesgo evidente para su hegemonía a este lado de los Urales, de ahí su estrategia de debilitamiento.

En el escenario actual, Europa es sólo una pista secundaria del gran circo geopolítico mundial. Es en Asia, y es frente a China, donde se cuecen las habas, y el viraje a oriente de la política exterior norteamericana sumado a la década de sobrecarga fiscal de los países europeos, han dejado una Europa demasiado dependiente en lo militar del poderío americano, debilidad que ha alimentado las ambiciones de Rusia. El lema de hacer grande a América otra vez exige que la presencia en Asia sea incuestionable y que Washington apure sus últimos cartuchos históricos para evitar perder la hegemonía ante una nación 4 veces más poblada y de desarrollo industrial y tecnológico creciente. La capacidad de incrementar el potencial militar americano a cargo de los presupuestos es limitada dada la coyuntura económica actual por lo que el principal modo de contener a China será concentrando sus fuerzas allí y sacando ventaja de los ámbitos militares en los que Estados Unidos aún está por delante.

Con una Rusia refortalecida, unos ejércitos europeos esquilmados por años de recortes, y con el principal de ellos, el de Reino Unido, abandonando la casa común europea, Trump ha hallado el momento necesario para un replanteamiento profundo de la OTAN: O los países europeos incrementan su contribución de manera sensible o la gran potencia abandonará a los europeos a su suerte. Sea como fuere, el gasto militar de estos países tendrá que aumentar sensiblemente y ello no solo permitiría ese rebalanceo hacia oriente, sino que podría traer un beneficio extra.

Eurofighter español.

En la articulación de la industria europea de defensa han sido las premisas de recorte de gasto y aumento de sinergias las que han primado, por encima de consideraciones de aumento de fuerza. Ello ha supuesto que sólo algunos programas de armas han alcanzado la capacidad de cubrir las necesidades (ciertamente menguantes) de los países asociados. El Eurofighter Typhoon, por ejemplo, ha resultado un excelente caza de 4,5ª generación, superior en muchos aspectos a los modelos americanos y post-soviéticos anteriores y coetáneos, pero EADS ha sido incapaz de acometer el desarrollo de un caza de 5ª generación, algo que sí han hecho Rusia (asociada a India) y China, conformándose con participar en el desarrollo del F-35 americano, que acumula años de retraso, y retorna a la dependencia militar de la industria norteamericana. Otro ejemplo es el A-400M cuyo lento desarrollo está dejando desprovisto a sus participantes de una alternativa de trasporte aéreo pesado, hasta el punto de que Reino Unido tuvo que optar provisionalmente por comprar algunos C-17. Habría y habrá más ejemplos de esto con los helicópteros Tigre y Apache, con el Leopard y el M-1, etc.

La industria armamentística americana, a la que Trump está deseando favorecer, necesita fondos para sacar adelante proyectos de nueva generación, y en la medida que estos proyectos se implementen, el fondo de armario de las fuerzas armadas USA podrá servir para abastecer las necesidades de reforzamiento militar de Europa. Dado que en el Viejo Continente resulta cada vez más difícil incrementar la tropa por la falta de interés de la población, la mayor parte de ese gasto de reforzamiento iría a equipamiento y buena parte de este caería en manos de contratistas americanos, una de las pocas industrias del país que pueden generar inputs netos por su superioridad tecnológica.

Rusia dedica en torno al 4% de su PIB y el 0.5% de su población a armarse, es decir, en torno a 50-90.000 millones $ (dependiendo del precio del petróleo entre otros) y unos 600-700.000 soldados. Si los países europeos dedican el 2% de su PIB y apenas el 0.1% de su población, el gasto militar será de en torno al triple y el volumen de tropa será sólo ligeramente inferior. En el presente el gasto militar anual conjunto de la UE es de en torno a 220.000 millones y una subida al 2% exigiría un aumento de medio billón para el próximo lustro. Gran parte de ese dinero iría a consagrar la brecha tecnológica en lo armamentístico a favor de Estados Unidos, a generar externalidades positivas en otras industrias y servicios americanos, y en definitiva a recuperar puestos de trabajo en el sector industrial tanto en el corto como en el largo plazo. No sabemos si México pagará por el muro, pero es más que posible que Europa acabe de este modo financiando una parte de la reindustrialización prometida por Trump.

El aprovechamiento de Europa no acaba aquí. Con un precio de la energía más caro la competitividad de la industria europea declinará levemente aunque ese declinar podría ser sensiblemente mayor si Trump consigue por este y otros medios restar competitividad a la industria china, principal abastecedor de componentes a nivel mundial. Traer de vuelta la fabricación de esos componentes a Estados Unidos traerá empleo y encarecerá productos. Pero si el encarecimiento relativo es menor que el de los productos europeos, y Trump consigue suscribir acuerdos comerciales ventajosos bilaterales con Reino Unido y la UE, es posible que el mercado europeo pudiese compensar con sus compras una pérdida de competitividad en Asia y otros mercados. Es más que posible que la UE no dé concesiones de ningún tipo a EE.UU. en el contexto actual, pero lo que no sabemos es cuáles serán exactamente los miembros de la UE dado el vertiginoso avance del populismo antieuropeo en países como Francia o Países Bajos.

[Continuará]

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (1ª parte)

Durante meses fue uno más de los candidatos extravagantes que suele presentar el partido republicano en sus primarias, en respuesta a lo fragmentadas e inquietas que son las bases y el electorado del Viejo Gran Partido. Pero conforme se vio que sus malos modales, su dialéctica incendiaria, su indisimulada intención de ser políticamente incorrecto le permitían ir desbancando a buena parte de los candidatos más presidenciables, los medios y analistas se centraron menos en el personaje y más en sus deslavazadas medidas populistas.

El grueso del voto que ha alzado a Trump a la presidencia se corresponde con buena parte de la antigua clase media blanca devenida en baja por mor de la crisis, a la que se le suma la clase media-baja de ciudades industriales que poco a poco han ido perdiendo su empleo como consecuencia del nuevo rol de EE.UU. en el reparto internacional del trabajo. Pero al mismo tiempo, esa victoria es suya y no de Bernie Sanders porque ha recibido el apoyo o la aquiescencia de los propietarios de esas grandes corporaciones industriales venidas a menos. Por eso y por el discurso xenófobo, inasumible en público para el ala progresista del partido demócrata, pero que en la intimidad del voto es posible que se hay manifestado en cierta medida.

Es por ello que sus grandes líneas en política interna han consistido en repetir toda una serie de mantras populistas que parecen dar gusto a todos los sectores de su electorado y del de enfrente, por más que, si se analizan en profundidad, acaban siendo incluso incompatibles. Se ha hablado de barreras físicas y legales a la inmigración, de multas y aranceles a las empresas que deslocalicen producción, de grandes ventajas fiscales a las clases medias y altas, de eliminación de regulaciones y apoyos fiscales a los grandes productores de empleo…

INVIABILIDAD ECONÓMICA VS. CONVENIENCIA POLÍTICA DEL POPULISMO.

La segunda mitad del siglo XX fue la de la hegemonía intelectual y material del keynesianismo. En los países más avanzados, todavía demográficamente dinámicos, las implementaciones industriales de los avances técnicos de la II Guerra Mundial permitieron lo que se vino en llamar “la dinámica de acumulación de capital de posguerra”, una era de enormes avances en la productividad industrial que permitió alcanzar los estándares del Gran Sueño Americano en EE.UU. y que sirvió para financiar el Estado del Bienestar en una Europa donde el ficticio ejemplo del modelo socialista soviético suponía una posible fuente de disturbio social.

El gran peso de las economías occidentales permitió una irradiación de estas ventajas adquiridas hacia otros países de su mismo circuito comercial, principalmente Extremo Oriente e Iberoamérica. En aquellos donde prevaleció la buena gobernanza, el institucionalismo de las élites y una tradicional ética del trabajo, el progreso fue asombroso, incluso superando a la fuente original. Japón, Corea del Sur o Taiwan se convirtieron en potencias industriales de primer orden.

Pero en el centro y sur del continente americano, donde la revolución es un elemento habitual del paisaje político, las élites a veces civiles y a veces militares, optaron por el Populismo. Por un lado se mantenía una economía de mercado, afecta a los intereses del gran capital extranjero. Por otra se aplicaban en el interior las grandes recetas de gasto público y expansión monetaria del keynesianismo que daba su sitio y desactivaba a las fuerzas vivas del socialismo revolucionario. En el corto plazo solía funcionar, con grandes avances económicos y una sensible mejora del bienestar social. Pero en el medio y largo plazo el diferencial de productividad con los países más avanzados generaba una pérdida de equilibrio que se traducía en altos déficits para sostener el gasto público, imprimación de moneda para afrontar los pagos internos, y suscripción de deuda para asumir los pagos externos. Invariablemente, y ello lo hemos visto repetido docenas de veces e incluso más de una vez en algunos países, ello conllevaba a una situación de quiebra general, con unas clases empobrecidas por una hiperinflación galopante y una salida de capitales hacia destinos más estables. ¿Es ese el destino que espera a EE.UU. si se cumplen las promesas de Trump?

Las limitaciones a la inmigración ilegal, precisamente la más rentable por cuanto asume tareas de producción marginales sin provocar grandes contraprestaciones sociales, debería conducir a una pérdida de competitividad relativa, bien por la pérdida de esa producción marginal barata, bien por la asunción de esta por parte de trabajadores legales, cuya mano de obra es siempre más cara. Los aranceles a las empresas que producen en China o México, conllevarán un aumento del coste medio de sus productos que le supondrán igualmente una pérdida de competitividad exterior sensible. Ambas medidas podrían precisamente acelerar la desindustrialización norteamericana, justo el mal que se pretende atajar.

Los niveles de deuda de EE.UU. son así mismo demasiado elevados como para que sea asumible una rebaja fiscal a grandes empresas, la medida con la que Trump pretende que se repatríe producción sin que se incrementen costes. Está bien estudiado que cuando disminuye la presión fiscal aumentan la demanda interna privada y la inversión en capital y ambos fenómenos conducen al crecimiento económico y la creación de empleo, que a su vez puede permitir en el largo plazo recuperar o incluso superar los ingresos fiscales perdidos. Pero ello sólo es posible si el estado a su vez disminuye de manera drástica sus gastos, de modo que el gap de deuda que se va a generar en el corto plazo no sea visto por los inversores más que como un efecto transitorio. Si ello no es así, se alcanzará crecimiento y generación de empleo, pero nunca se recuperaran los ingresos fiscales perdidos y el peso de la deuda obligará a subidas de impuestos que pueden engullir lo ganado e incluso producir pérdidas netas.

Y es que se da la circunstancia de que paralelamente a estos anuncios de sustanciosas rebajas fiscales Trump ha anunciado grandes proyectos de gasto público como su famoso muro en la frontera de México o el reforzamiento del gasto militar. Tal es la confianza de que ello suceda que las grandes empresas del Dow Jones, expectantes por la aplicación de esa política expansiva de gasto público, han subido su cotización hasta niveles record.

Si Estados Unidos fuese un país como otro cualquiera podríamos asumir desde el principio que lo que pretende Trump es provocar ese efecto positivo en el corto plazo que le garantice la reelección y ya luego Dios dirá. Pero ni a nivel interno, por el juego de contrapesos de la democracia más veterana, ni a nivel externo, por la capacidad que como primera potencia geopolítica tiene de alterar el entorno, Estados Unidos es un país como otro cualquiera.

Precisamente la política exterior ha sido uno de los campos donde la dialéctica trumpiana ha sido más activa y sugerente, tan contradictoria en ocasiones como su agenda nacional, pero donde es posible que residan las soluciones parciales o totales a las contradicciones de su discurso interno.

[Continuará]

Un análisis de urgencia sobre la prohibición de entrada a Estados Unidos para ciudadanos de siete países musulmanes

El pasado viernes día 27 de enero el presidente Donald J. Trump firmó una Orden Ejecutiva que prohíbe con carácter inmediato la entrada en Estados Unidos de ciudadanos de siete países musulmanes: Libia, Irán, Iraq, Siria, Yemen, Sudán y Somalia. La justificación de la medida es impedir la entrada en Estados Unidos de potenciales “terroristas musulmanes radicales”. Su aplicación no sólo es inmediata, sino que afecta aquellas personas que ya tuvieran asilo concedido o permiso de residencia en el país y se encontraban fuera de él en el momento de la entrada en efecto de la prohibición.

Tan pronto ha entrado en vigor la prohibición, han empezado a circular ejemplos de casos de personas normales y corrientes cuyas vidas han quedado afectadas. Véase por ejemplo el caso de la experta en genética Samira Asgari, ciudadana iraní, que tras pasar por la École Polytechnique Fédérale de Lausanne se iba a incorporar a la universidad de Harvard como investigadora post-doc. Otra iraní, Nazanín Zinouri, ya trabajaba en Estados Unidos. Un día, dejó su perro en casa, aparcó el coche en el aeropuerto y se fue de vacaciones a Irán. Ahora no puede volver a su casa. La medida afecta también a las personas con doble nacionalidad. Por ejemplo hay 35.000 ciudadanos canadienses que poseen adicionalmente la nacionalidad de algunos de esos siete países y en teoría no podrán entrar en Estados Unidos.

En los próximos días seguro que iremos conociendo casos iguales de absurdos. Google ha informado que 187 de su trabajadores proceden de los siete países incluidos en la Orden Ejecutiva y que 14 nuevos empleados contratados con pasporte de esos países estaban a punto de viajar al país.  Los casos más trágicos son los de traductores que trabajaron para las fuerzas armadas estadounidenses en Iraq o miembros de la minoría yazidí, víctima del Estado Islámico, que solicitaron asilo en Estados Unidos. En el caso de los traductores no puede decirse que su tratamiento en el pasado fuera ejemplar, como explicó John Oliver en su programa en 2014.

La medida, cómo no, ha generado rechazo en todo el espectro político estadounidense. Por ejemplo, el ex-vicepresidente Dick Cheney (sí, ese que en Internet llamaban malvado y siniestro) ha dicho que la medida “goes against everything we stand for and believe in”. Que además fuera firmada el día en el que todo el mundo se recuerda el Holocausto lo hace aún más significativo, como se han encargado de recordar muchos judíos que descendienden de quienes pudieron huir de Europa y no corrieron la suerte de los 900 pasajeros del Saint Louis, que fueron rechazados por Estados Unidos, Cuba y Canadá para finalmente perecer en los campos de exterminio de vuelta a Europa.

El aspecto que me llama la atención no es si la Orden Ejecutiva es inmoral o es, como dicen muchos contraria a los principios estadounidenses, sino preguntarse su eficacia. Mucho se ha escrito sobre los países de los que más voluntarios han partido para engrosar las filas del Estado Islámico en términos absolutos y en términos relativos a su población. Veamos estos datos de la Heritage Foundation.

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Vemos que países musulmanes que son origen de más de mil voluntarios al Estado Islámico, como Túnez, Arabia Saudita, Jordania, Turquía y Marruecos, no aparecen en la lista. Curiosamente son todos, con la duda de Turquía, aliados geopolíticos de Estados Unidos.

Tenemos esta otra gráfica de The Week  con datos del International Centre for the Study of Radicalisation que muestra los países desde los que más voluntarios han acudido a luchar en proporción a su población.

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Vemos que los países musulmanes con mayor “masa crítica” de voluntarios que se han unido al Estado Islámico son Túnez, Jordania y Líbano. Ninguno de esos países aparece entre los siete países musulmanes cuyos habitantes tiene prohíbido entrar en Estados Unidos. En cuarto lugar, tenemos a Libia, que sí está en la lista.  El resto de países musulmanes que aparece en la lista tampoco se ve afectado por la Orden Ejecutiva del gobierno Trump.

Hay una anécdota histórica de la que alguien llamó la atención en Internet: la nacionalidad de los terroristas del 11-S. He hecho un corta y pega de la página de la Wikipedia.

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Tenemos un egipcio (Mohammed Atta, el líder del grupo), tres emiratíes, un libanés y quince saudíes. Ninguno de esos países se ha visto afectado por la Orden Ejecutiva del gobierno Trump. Supongo que la característica principal de mayoría de los países de la lista es que viven una guerra civil: Libia, Siria, Iraq y Yemen. Y el razonamiento de la medida es que los ciudadanos de países en guerra son intrínsicamente más peligrosos que los países que no están en guerra, aunque sea de baja intensidad como Turquía o Túnez.

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Foto: Carlos Barria / Reuters vía Buzzfeed.

Hay otro último detalle que ha indignado e inquetado a muchos. Se trata de la esceneficación de la firma de la Orden Ejecutiva. La sala elegida es la Hall of Heroes del Pentágono, una estancia dedicada a los ganadores de la Medalla de Honor. Firmar la medida allí me parece un intento barato de darle respetabilidad como una medida valiente en la lucha contra el terrorismo, evocando el sacrificio y la heroicidad de quienes ganaron la condecoración. Pero lo que me parece preocupante es la presencia del secretario Mattis, al que considero una persona sensata. Ryan Evans, editor de War On the Rocks, se cuestiona si Mattis debe aceptar el aportar su prestigio e imagen a medidas como esta, que afectará, por ejemplo, a traductores iraquíes que trabajaron para los militares a sus órdenes de Mattis. Evans plantea que por mucho bien que pueda aportar con su experiencia a un gobierno que ha llegado al poder como un elefante en una cacharrería, Mattis tendrá que decidir si formar parte de cosa´s así.

Los canales de propaganda del Estado Islámico no han parado de comentar la medida, presentándola como una prueba de la guerra de Estados Unidos contra el Islam en general. Y el gobierno de Iraq ha anunciado que tomará represalias, prohibiendo la entrada en el país de ciudadanos estadounidenses. Basta pensar la cantidad de personal civil que tiene que estar implicado en el esfuerzo de guerra contra el Estado Islámico para imaginar los efectos perversos últimos.

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La nueva post-verdad y las viejas mentiras

Las elecciones estadounidenses pusieron de moda un término: la post-verdad. Donald J. Trump pareció inmune a cualquier comprobación de la veracidad de las afirmaciones (fact checking) que lanzaba como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El asunto generó consternación porque Trump se equivocaba de cabo a rabo o mentía como un bellaco, pero eso no parecía afectar su popularidad ni su apoyo electoral. En el Reino Unido sucedió que tras el referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea los defensores del BREXIT reconocieron que uno de los argumentos de su campaña no era verdad.

Facts don't matter
Joe Dator en The New Yorker.

El asunto ha generado una avalancha de reflexiones y análisis. Porque si la realidad queda al margen del debate político, el debate político queda en mano de demagogos y fanáticos. Y el asunto tiene lugar precisamente ahora que las redes sociales permiten la difusión instantánea de información. Frente a las imágenes románticas de Internet convirtiéndose en una fuente de información accesible para las masas, resulta que ahora asistimos a que la gente vive en burbujas informativas. Se acude a Internet no para formarse una opinión, sino reforzar la ya existente. La gente visita sitios de noticias, blogs y muros de Facebook para confirmar su punto de vista y reafirmarse en él comentando con afines (echo chamber).

En Buzzfeed descubrieron que los sitios de noticias partidarios habían obtenido más repercusión en las redes sociales durante las pasadas elecciones que los medios tradicionales. Y que esos medios habían difundido informaciones y noticias que resultaron ser falsas, equivocadas o bulos en una proporción apreciable. De hecho la creación de contenido partidiario falso y sensacionalista ha resultado ser un peculiar nicho de mercado explotado por un grupo de adolescentes macedonios, cuyos sitios de noticias falsas resultaron tener un éxito considerable. Esto es, aplicaron el “clickbait” al terreno político. El sesgo de confirmación y las redes sociales hicieron el resto.

Posiblemente la sorpresa provocada por el triunfo de Trump y el BREXIT ha generado todo este debate sobre la post-verdad y las noticias falsas difundidas en las redes sociales. Y los analistas políticos se han lanzado a escribir sobre el nuevo filón mediático. Pero hay algo de déjá vu en este debate. Cuando leí que el diccionario Oxford había elegido “post-verdad” como la palabra de 2016 recordé inmediatamente como la expresión “truthiness”, acuñada por Stephen Colbert, había sido elegida como la palabra del año en 2006 por el diccionario Merriam-Webster. Colbert la había lanzado en 2005 en su programa The Colbert Report, en el contexto de la presidencia de George W. Bush para dar a entender aquellas creencias que surgían de la convicción personal más que de los hechos y la racionalidad. El propio Colbert señaló hace un par de semanas como el debate sobre la post-verdad era un remedo del concepto que había lanzado en su momento.

Y en esto llegó la muerte de Fidel Castro y las redes sociales se llenaron de furibundos defensores del legado político del dictador. Defensores ubicados a miles de kilómetros de Cuba y con un supermercado bien surtido cerca, por supuesto. El repaso a las tonterías y lugares comunes dichos daría para una entrada de blog bien larga. Que si la dignidad del pueblo cubano, que si la educación, que si la sanidad… Conociendo cómo es la vida allí para el cubano corriente se puede calibrar las tonterías que se cuentan desde la distancia.

La gran ironía es que los argumentos usados para defender el castrismo resonaban a los que uno puede encontrar en la página de la Fundación Francisco Franco. (Personalmente no soy nada fan de dictadores de origen gallego que llegan al poder por las armas, gobiernan durante décadas, condenan el país al atraso y mueren en la cama sin pagar por su crímenes). Así que las mentiras como argumento político no es nada nuevo. Cuba es el perfecto ejemplo de cómo una causa política es defendida con una montaña de mentiras por personas que viven en su personal burbuja ideológica.

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Trump presidente y los dos Estados Unidos

Me curé en salud y no hice pronóstico alguno sobre el resultado de las elecciones estadounidenses. Aasí que no haré aquí una explicación postfacto sobre la victoria de Donald Trump. Ahora me interesa más qué pasó, porque he leído explicaciones y visto datos relacionados con asuntos que han desfilado por este blog.

En noviembre de 2013 mencioné en “Los muchos Estados Unidos” cómo el país puede dividirse en varias regiones en función de los valores de sus habitantes. Colin Woodard habla de “once culturas regionales”. Para simplificar al máximo podemos hablar de dos países. Uno lo forma el conjunto de la costa del Pacífico, la región de los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra. Hablamos de lugares como California (donde están Hollywood y Sillicon Valley) y el estado de Washington (donde están los cuarteles generales de Boeing y Seattle). Es decir, hablamos de lugares volcados en la economía global, como lo están las  megaurbes de los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra, como son Chicago, Nueva York y Boston.

Se trata además de una cuestión, como dijimos, de valores. En los Grandes Lagos tenemos estados como Minnesota, donde se establecieron inmigrantes escandinavos como los ancestros del personaje interpretado por Betty White en Las Chicas de Oro que hablaba de las tradiciones noruegas de su pueblito, St. Olaf. En Minnesota salió elegido como senador el humorista Al Franken por el Partido Demócrata-Agrario-Laborista, partido al que también pertenece Ilhan Omar, que en la jornada electoral de pasado martes día 8 salió elegida para la cámara de representantes de Minnesota. Omar nació en Somalia y es musulmana. Podemos decir, generalizand, que en la región de los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra encontramos una población con valores más progresistas que el resto del país, con un mayor apoyo a los servicios públicos y políticas sociales.

En rojo: Jesusland. En azul: Estados Unidos de Canadá.
En rojo: Jesusland. En azul: Estados Unidos de Canadá.

El resto del país lo componen los estados del Sur y del interior del país, donde la población es más religiosa. De ahí que en circulara un meme en 2004 que redibujaba las fronteras de Canadá y Estados Unidos para crear dos países: Jesusland y los Estados Unidos de Canadá. Así, Canadá y los estados más progresistas de Estados Unidos quedaban unidos. Mientras que la zona más conservadora de Estados Unidos formaba país aparte. Ese concepto de un país dividido ha seguido en el discurso político estadounidense, con políticos republicanos hablando del “heartland”, el “Estados Unidos real”, para referirse a las regiones más conservadoras del interior.

Cuando escribí  “Los muchos Estados Unidos”  llamé la atención sobre otro fenómeno que hace que dividir el país en regiones homogéneas sea engañoso. En su viaje por Estados Unidos, que volcó en el libro An Empire Wilderness, el periodista Robert D. Kaplan encontró en las regiones rurales no sólo una desafección hacia las lejanos élites de Washington D.C., sino también hacia las élites urbanas locales de ciudades como Miamo o Chicago y/o el gobierno del estado local. De hecho, en bastantes condados rurales hay movimientos que abogan por cambiar las fronteras interiores del país para separarse de la regiones urbanas para formar un nuevo estado con otros condados rurales límitrofes o unirse a un estado vecino. Esa divisoria es importante a la hora de analizar el resultado de las elecciones. No es que haya un apoyo mayoritario y unánime a uno u otro candidato en cada estado del país, sino que hay también una divisoria dentro de cada estado entre los distritos electorales que incluyen áreas urbanas y rurales.

La divisoria regional ayuda a explicar en cierta forma las votaciones en Estados Unidos. El Partido Demócrata obtiene su apoyo en la costa oeste, los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra. El Partido Repúblico obtiene su apoyo del Sur y el interior del país. Pero hay excepciones y esas excepciones son el asunto central de las elecciones estadounidenses. Resulta que hay una serie de estados que no cumplen la regla general que antes enuncié, pudiéndose decantar por uno u otro partido. Son los llamados “swing states”. Son estados como Florida y un corredor que abarca de los Grandes Lagos al Atlántico, del que forman parte estados como Pensilvania y Ohio. Los candidatos se gastan una cantidad enorme de tiempo y dinero en hacer campaña. Trump ganó en Florida y en varios estados de ese corredor. Fin de la partida.

[continuará]

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Fuente: ABC.es

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“The Edge: Is the Military Dominance of the West Coming to an End?” de Mark Urban

Mark Urban es un periodista británico, especialista en Oriente Medio y autor de libros de historia militar. Anteriormente leí y reseñé aquí el altamente recomendable Task Force Black. En este libro cambia de tercio y aborda una cuestión que concierne a la Nueva Guerra Fría, el declive militar de Occidente.

El libro parte de la enorme reducción de las fuerzas armadas europeas desde el fin de la Guerra Fría, con el ejemplo británico por delante, pero se pregunta si no se ha llegado a un punto en el que se han perdido ya demasiadas capacidades. Y que la premisa de que siempre estará ahí Estados Unidos para acudir al rescate de Europa puede que haya dejado de ser válida. La historia que cuenta de las fuerzas armadas europeas es tristemente familiar para el lector español. (Pronto trataré aquí el caso particular de España).

Urban cuestiona el lema de “más con menos” con el que se han justificado los sucesivos recortes. La idea es que unas fuerzas armadas más pequeñas alcanzarían unas mayores capacidades gracias a la tecnología avanzada. Pero los recortes han llegado también al presupuesto de municiones y al presupuesto para mantener los barcos, aviones y carros de combate. Así que la disponibilidad de estos últimos ha resultado ser reducida cuando llegó la hora de repartir tortas (Afganistán, Libia…) y el stock de bombas y misiles resultó escaso.

Por otro lado, la premisa de unas fuerzas armadas más pequeñas pero más tecnológicas se ha encontrado con el problema del desmadre presupuestario que han supuesto los sistemas de armas de última generación. Urban pone como ejemplo el caza de 5ª Generación F-22 Raptor y el bombardero invisible al radar B-2 Spirit. Destinados a sustituir a cientos de aviones construidos durante la Guerra Fría, del primero entraron en servicio 187 y del segundo 21. Urban plantea que tarde o temprano los arsenales heredados de la Guerra Fría se retiraran de servicio y Occidente se va a encontrar con pocas armas y escasos presupuestos para mantenerlas en un panorama internacional que ha cambiado, donde muchos países periféricos tienen ya sistemas avanzados, muchos de ellos vendidos por Occidente. Urban lanza la pregunta de qué pasaría si Egipto o Arabia Saudita cayeran en manos de enemigos de Occidente.

Más allá de las capacidades militares, Urban reflexiona sobre la disposición de las sociedades occidentales de apoyar el uso de la fuerza. Si el fenómeno ya había sido planteado por Edward Luttwak cuando habló de “sociedades postheroicas” allá por los 90, las intervenciones en Afganistán, Iraq y Libia han dejado a las opiniones públicas occidentales contrarias a las intervenciones armadas. Lo que tuvo consecuencias en el debate en 2013 sobre intervenir en Siria. Urban pone como contraste el caso de Rusia y su opinión pública, donde las intervenciones exteriores han supuesto un aumento de la popularidad de Vladimir Putin. Lo que lleva a la reflexión central del libro, sobre el fin del orden unipolar y la condición de híper-potencia que Estados Unidos mantuvo desde el fin de la Guerra Fría.

Sea China o Rusia, Occidente se encuentra en relación con potencias con un discurso nacionalista con toques revanchistas que tienen una concepción del uso de la fuerza diferente. Digamos, que no han llegado a la fase post-heroica (sería interesante, añado yo, el impacto de las bajas de guerra en un país con tanto hijo único como China). Sin entrar en el discurso del “choque de civilizaciones”, Urban plantea los valores distintos a Occidente con los que se maneja el resto del mundo. “El paradigma occidental parece cada vez menos relevante”, afirma Urban (pág. 120). La impotencia occidental dejará espacios vacíos que serán aprovechados por otras potencias. La reflexión que me deja el libro es pensar hasta que punto la falta de voluntad para pelear y la falta de recursos para hacerlo irá transformando la política exterior de los países occidentales.