La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (2ª parte)

Segunda entrega de la nueva colaboración de Fernando Geryón, como firma invitada.

RUSIA: EL MAL NECESARIO

No nos engañemos. Putin y Trump no se harán amigos del alma y Rusia y Estados Unidos no podrán compartir en el largo plazo agendas comunes. Lo impide el talante y la naturaleza del régimen ruso, y las obligaciones y responsabilidades que conlleva la hegemonía americana. Veremos más episodios de ciberataques, de espionaje; Rusia seguirá alimentando a cada partido o régimen que tenga el antiamericanismo en su hoja de ruta y realizará continuos movimientos tácticos para poner a prueba la capacidad de reacción de su adversario y sus aliados. La Nueva Guerra Fría seguirá su curso.

Lo que sí es posible es que a nivel personal tanto Trump como Putin puedan llegar a ciertas complicidades y alguna joint venture que vaya en beneficio de ambos. Rusia necesita a una América que enfoque su atención en Asia y contenga y ponga cortapisas al gigante chino, con quien comparte una larga y tensa frontera, y ante el que es vulnerable por su debilidad demográfica y su dependencia económica: Las ambiciones chinas en el Asia Central suponen un reto del mismo calibre que la fallida extensión de la OTAN a ciertas ex repúblicas soviéticas. Putin ha podido favorecer por los medios que ha tenido a su disposición la llegada de Trump al poder, y quizás esté haciendo lo mismo con Le Pen y otros. El magnate no es el presidente perfecto para la agenda putiniana, pero sin duda es uno conveniente a sus intereses actuales. Luego ya se verá…

Para Trump, el presidente ruso es un Jano bifronte que le permitirá tener a la vez un contrincante y un colaborador. Podría ser lo segundo cuando en el renacer de sus ambiciones geopolíticas y su afán proyectivo se ocupe de regiones y fenómenos que puedan ser de utilidad común. Para Rusia el islamismo es un problema que debe afrontar lejos de sus fronteras, debido a la sustancial población musulmana que vive en el espacio post soviético. La opinión pública rusa no es un molesto obstáculo para llevar a cabo todo tipo de intervenciones en el exterior, como se ha visto repetidamente estos años, y ciertas acciones conjuntas en ese menester gozarían de gran aceptación entre buena parte de los votantes republicanos.

Al mismo tiempo tanto a Rusia como a EE.UU. les conviene un precio del petróleo alto. La primera por la extraordinaria dependencia fiscal que tiene del oro negro. La segunda porque es el único modo de que el fracking, que confiere a la vez autonomía energética y aportes fiscales, sea rentable. Arabia Saudí lleva años sobrebombeando para mantener artificialmente bajo su precio y borrar dicha competencia, pero el coste que para sus arcas públicas está suponiendo pone a dicha estrategia una fecha de caducidad, máxime cuando varios de los principales ejes de tensión geopolítica pasan por sus fronteras. Un precio más alto fortalecerá a Irán, pero obligará a sus vecinos a contrarrestarlos a cambio de mayor inversión armamentística. Por ello la amistad americano-saudí permanecerá, como ya se ha podido comprobar con los primeros bombardeos sobre los hutíes en Yemen.

Pero fortalecer a Rusia no saldrá gratis. Putin ha demostrado tener la libertad de movimientos suficientes como para plantear jugadas muy agresivas en el ajedrez europeo. Partió Georgia y Ucrania cuando el viraje pro-occidental de sus gobiernos amenazaba con ampliar sus fronteras directas con la OTAN, por ejemplo. La carpeta de asuntos pendientes del dirigente ruso es gruesa y la capacidad, y sobre todo la velocidad, de reacción de los gobiernos europeos es muy limitada. Extender su influencia de Transnistria al resto de Moldavia, reorientar a un futuro gobierno serbio pro-ruso para reavivar el conflicto de Kosovo, hacerse más presente en el lado grecochipriota Chipre o desafiar a Suecia o Finlandia son movimientos que puede realizar sin poner a prueba los mecanismos de respuesta euroatlánticos. Plantear reclamaciones sobre el corredor a Kaliningrado o enardecer las aspiraciones autonomistas de las poblaciones rusas en las repúblicas bálticas, son bonos que se puede reservar para cuando quiera crear una tensión extra en la frágil arquitectura geopolítica europea.

EUROPA: EL RIO REVUELTO DONDE PESCAR

Durante décadas varios presidentes han contrapesado el ascenso de la UE con la asunción de la mayor parte del esfuerzo militar de la OTAN; contando con el paraguas nuclear de Washington, todos los países europeos disminuyeron drásticamente su gasto militar. Las grandes potencias como Reino Unido o Francia, seguras de que la fuerza restante sobraba para mantener a raya a una Rusia por entonces más dócil y debilitada, y deseosa de integrarse más en el mundo occidental. Los países más pequeños, conformes con hacer seguidismo de la política exterior de EE.UU. a cambio de su protección. A la Casa Blanca le bastaba con mantener en forma sus fuerzas armadas y sembrar cierta disensión entre los socios europeos, como obstaculizar el desarrollo de un ejército común o evitar una diplomacia unificada, y a cambio esa hegemonía en Occidente sería incuestionable.

El conservadurismo republicano ha sentido tradicionalmente poco afecto por la construcción europea y los valores sobre los que se asienta. Su sistema de gran arquitectura funcionarial que a través de directivas conduce a sus países integrantes hasta un modelo social-liberal radicalmente opuesto al ideal individualista americano supone un contraejemplo peligroso de desarrollo económico alternativo que ha ido calando cada vez más en el electorado demócrata. Al mismo tiempo un poder occidental que le supera en población, PIB y comercio internacional supone un riesgo evidente para su hegemonía a este lado de los Urales, de ahí su estrategia de debilitamiento.

En el escenario actual, Europa es sólo una pista secundaria del gran circo geopolítico mundial. Es en Asia, y es frente a China, donde se cuecen las habas, y el viraje a oriente de la política exterior norteamericana sumado a la década de sobrecarga fiscal de los países europeos, han dejado una Europa demasiado dependiente en lo militar del poderío americano, debilidad que ha alimentado las ambiciones de Rusia. El lema de hacer grande a América otra vez exige que la presencia en Asia sea incuestionable y que Washington apure sus últimos cartuchos históricos para evitar perder la hegemonía ante una nación 4 veces más poblada y de desarrollo industrial y tecnológico creciente. La capacidad de incrementar el potencial militar americano a cargo de los presupuestos es limitada dada la coyuntura económica actual por lo que el principal modo de contener a China será concentrando sus fuerzas allí y sacando ventaja de los ámbitos militares en los que Estados Unidos aún está por delante.

Con una Rusia refortalecida, unos ejércitos europeos esquilmados por años de recortes, y con el principal de ellos, el de Reino Unido, abandonando la casa común europea, Trump ha hallado el momento necesario para un replanteamiento profundo de la OTAN: O los países europeos incrementan su contribución de manera sensible o la gran potencia abandonará a los europeos a su suerte. Sea como fuere, el gasto militar de estos países tendrá que aumentar sensiblemente y ello no solo permitiría ese rebalanceo hacia oriente, sino que podría traer un beneficio extra.

Eurofighter español.

En la articulación de la industria europea de defensa han sido las premisas de recorte de gasto y aumento de sinergias las que han primado, por encima de consideraciones de aumento de fuerza. Ello ha supuesto que sólo algunos programas de armas han alcanzado la capacidad de cubrir las necesidades (ciertamente menguantes) de los países asociados. El Eurofighter Typhoon, por ejemplo, ha resultado un excelente caza de 4,5ª generación, superior en muchos aspectos a los modelos americanos y post-soviéticos anteriores y coetáneos, pero EADS ha sido incapaz de acometer el desarrollo de un caza de 5ª generación, algo que sí han hecho Rusia (asociada a India) y China, conformándose con participar en el desarrollo del F-35 americano, que acumula años de retraso, y retorna a la dependencia militar de la industria norteamericana. Otro ejemplo es el A-400M cuyo lento desarrollo está dejando desprovisto a sus participantes de una alternativa de trasporte aéreo pesado, hasta el punto de que Reino Unido tuvo que optar provisionalmente por comprar algunos C-17. Habría y habrá más ejemplos de esto con los helicópteros Tigre y Apache, con el Leopard y el M-1, etc.

La industria armamentística americana, a la que Trump está deseando favorecer, necesita fondos para sacar adelante proyectos de nueva generación, y en la medida que estos proyectos se implementen, el fondo de armario de las fuerzas armadas USA podrá servir para abastecer las necesidades de reforzamiento militar de Europa. Dado que en el Viejo Continente resulta cada vez más difícil incrementar la tropa por la falta de interés de la población, la mayor parte de ese gasto de reforzamiento iría a equipamiento y buena parte de este caería en manos de contratistas americanos, una de las pocas industrias del país que pueden generar inputs netos por su superioridad tecnológica.

Rusia dedica en torno al 4% de su PIB y el 0.5% de su población a armarse, es decir, en torno a 50-90.000 millones $ (dependiendo del precio del petróleo entre otros) y unos 600-700.000 soldados. Si los países europeos dedican el 2% de su PIB y apenas el 0.1% de su población, el gasto militar será de en torno al triple y el volumen de tropa será sólo ligeramente inferior. En el presente el gasto militar anual conjunto de la UE es de en torno a 220.000 millones y una subida al 2% exigiría un aumento de medio billón para el próximo lustro. Gran parte de ese dinero iría a consagrar la brecha tecnológica en lo armamentístico a favor de Estados Unidos, a generar externalidades positivas en otras industrias y servicios americanos, y en definitiva a recuperar puestos de trabajo en el sector industrial tanto en el corto como en el largo plazo. No sabemos si México pagará por el muro, pero es más que posible que Europa acabe de este modo financiando una parte de la reindustrialización prometida por Trump.

El aprovechamiento de Europa no acaba aquí. Con un precio de la energía más caro la competitividad de la industria europea declinará levemente aunque ese declinar podría ser sensiblemente mayor si Trump consigue por este y otros medios restar competitividad a la industria china, principal abastecedor de componentes a nivel mundial. Traer de vuelta la fabricación de esos componentes a Estados Unidos traerá empleo y encarecerá productos. Pero si el encarecimiento relativo es menor que el de los productos europeos, y Trump consigue suscribir acuerdos comerciales ventajosos bilaterales con Reino Unido y la UE, es posible que el mercado europeo pudiese compensar con sus compras una pérdida de competitividad en Asia y otros mercados. Es más que posible que la UE no dé concesiones de ningún tipo a EE.UU. en el contexto actual, pero lo que no sabemos es cuáles serán exactamente los miembros de la UE dado el vertiginoso avance del populismo antieuropeo en países como Francia o Países Bajos.

[Continuará]

10 thoughts on “La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (2ª parte)

  1. Yo no creo que USA juegue al aumento de los precios del petroleo, hay que tener en cuenta que “ahora” son las explotaciones convencionales las que están haciendo subir la producción yankee de petroleo. Por otra parte para el electorado que ha llevado a la Casa Blanca, la gasolina cara es anatema. Todos esos rednecks, con sus viejas furgonetas y coches, una gasolina cara la sienten muy rápido.

    1. Hablamos en clave de política exterior. Si quieres atacar la competitividad de un rival (en este caso China) es preciso combinar medidas que propicien eso. Para los rednecks la gasolina ya no va a subir por encima de cierto nivel porque el fracking y otros medios garantizan el consumo interno, y si sigue subiendo indefinidamente los costes de transformación restarán competitividad a las industrias de potencias rivales que son deficitarias en producción/consumo de energia. Si a cambio de eso le puedes vender a esos rednecks nuevos puestos de trabajo en industrias locales, la jugada es amortizable electoralmente. Porque de lo contrario ¿a quién van a votar?

      1. A nadie. En USA la gente si se siente decepcionada y no ve opciones claras de voto, simplemente deja de votar. La participación del electorado es muy inferior a la que se da en Europa.
        Por otra parte gran parte de la industria yankee es muy dependiente de las energías baratas.

      2. Claro, por eso lo primero ha sido paralizar los compromisos vinculados al cambio climático y las renovables. Ello debería servir para abaratar el coste medio de la energía una vez que el petróleo suba, pero vaya, que hay que insistir en que la producción interna USA garantiza un tope en el precio de éste, muy cercano a largo plazo a los precios históricos.
        El redneck que ha votado a Trump no lo ha hecho por sus programas fiscales, sino por despejarles el countryland de inmigrantes y conferir un nuevo impulso al espíritu nacional. Eso no está pagado…
        Y bueno, aunque llegado el momento puedan no estar muy motivados por votar a Trump u otro candidato del GOP, siempre tendrán incentivos para no votar a un socialista del ala izquierda demócrata, ni a un elitista urbano del ala derecha. Realmente son los demócratas los que más sufren la variación de la participación electoral.

  2. Los precios del petróleo subirán sólo cuando comience a escasear y eso ocurrirá en pocos años. Entre tanto, habrá oscilaciones pero no una subida grande. EEUU y su fracking ha aumentado su producción pero a costa del endeudamiento de sus petroleras. Las tres mayores petroleras americanas están en pérdidas desde 2012, según el balance contable conjunto. Y el fracking no ha tenido beneficios desde 2009. Por otra parte, EEUU aun importa alrededor de un tercio de lo que consume, algo que no se dice.
    Y la falta de petróleo en un futuro próximo vendrá no porque se acabe, sino por la falta de inversiones en nuevos yacimientos porque se ha convertido en una inversión de riesgo.

    1. -En el corto plazo cualquier situación internacional que amenace la extracción y el trasporte del petróleo tienen el potencial de incrementar su precio significativamente y ello causará necesariamente más perjuicio a UE, Japón o China, que a EE.UU.
      -El endeudamiento de las petroleras disminuirá si el precio del petróleo sube y permite sustituir el petroleo importado por el nacional. Las derogaciones y obstáculos a los compromisos con las renovables no hacen sino reforzar la apuesta por el fósil en el corto plazo, por lo que se evidencia una apuesta clara desde la administración por ir al rescate de esas corporaciones.
      -Justo por eso último de lo relativamente difícil de amortizar en el largo plazo la extracción cobra aún más sentido la apuesta por el petroleo nacional (hoy se ha aprobado el Keystone Pipeline), algo que encarecerá costes en USA pero que podría llegar a ser comparativamente ventajoso si en el resto del mundo la situación internacional provoca alzas dramáticas

  3. Estoy totalmente de acuerdo con tus comentarios. No obstante es difícil que el fracking de EEUU pueda compensar sus pérdidas. De 2014 a hoy sus pozos extractivos han disminuido en más del 50%. Suele mirarse la producción por pozo en lugar de la total (es un medio de justificarse). De todas formas, Trump conoce y juega con estas bazas y el nombramiento de Tillerson va por los derroteros que tu señalas sobre el rescate de las petroleras en detrimento de las renovables, que tampoco son ninguna panacea, dicho sea de paso.
    Muchas veces, las políticas de los gobiernos no coinciden con las de las grandes corporaciones, pero me temo que aquí si van a coincidir.
    Por cierto, buen artículo Geryon.

    1. Gracias. Aún queda la tarcera parte.
      El valor del fracking es estratégico, no económico. Es como la apuesta decidida por las renovables en España, un sobrecoste generacional que nos abre la senda de una mayor autonomía energética. Lo estamos pagando (y lo pagaremos durante años) no sólo con primas al consumidor sino también como externalidad negativa en la forma de menor competitividad industrial.
      Si las cosas se pusiesen muy mal, habría que aceptar que esa apuesta, más allá de los réditos políticos que pudieran suponerle a ZP, habría sido un acierto estratégico…

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