La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (2ª parte)

Segunda entrega de la nueva colaboración de Fernando Geryón, como firma invitada.

RUSIA: EL MAL NECESARIO

No nos engañemos. Putin y Trump no se harán amigos del alma y Rusia y Estados Unidos no podrán compartir en el largo plazo agendas comunes. Lo impide el talante y la naturaleza del régimen ruso, y las obligaciones y responsabilidades que conlleva la hegemonía americana. Veremos más episodios de ciberataques, de espionaje; Rusia seguirá alimentando a cada partido o régimen que tenga el antiamericanismo en su hoja de ruta y realizará continuos movimientos tácticos para poner a prueba la capacidad de reacción de su adversario y sus aliados. La Nueva Guerra Fría seguirá su curso.

Lo que sí es posible es que a nivel personal tanto Trump como Putin puedan llegar a ciertas complicidades y alguna joint venture que vaya en beneficio de ambos. Rusia necesita a una América que enfoque su atención en Asia y contenga y ponga cortapisas al gigante chino, con quien comparte una larga y tensa frontera, y ante el que es vulnerable por su debilidad demográfica y su dependencia económica: Las ambiciones chinas en el Asia Central suponen un reto del mismo calibre que la fallida extensión de la OTAN a ciertas ex repúblicas soviéticas. Putin ha podido favorecer por los medios que ha tenido a su disposición la llegada de Trump al poder, y quizás esté haciendo lo mismo con Le Pen y otros. El magnate no es el presidente perfecto para la agenda putiniana, pero sin duda es uno conveniente a sus intereses actuales. Luego ya se verá…

Para Trump, el presidente ruso es un Jano bifronte que le permitirá tener a la vez un contrincante y un colaborador. Podría ser lo segundo cuando en el renacer de sus ambiciones geopolíticas y su afán proyectivo se ocupe de regiones y fenómenos que puedan ser de utilidad común. Para Rusia el islamismo es un problema que debe afrontar lejos de sus fronteras, debido a la sustancial población musulmana que vive en el espacio post soviético. La opinión pública rusa no es un molesto obstáculo para llevar a cabo todo tipo de intervenciones en el exterior, como se ha visto repetidamente estos años, y ciertas acciones conjuntas en ese menester gozarían de gran aceptación entre buena parte de los votantes republicanos.

Al mismo tiempo tanto a Rusia como a EE.UU. les conviene un precio del petróleo alto. La primera por la extraordinaria dependencia fiscal que tiene del oro negro. La segunda porque es el único modo de que el fracking, que confiere a la vez autonomía energética y aportes fiscales, sea rentable. Arabia Saudí lleva años sobrebombeando para mantener artificialmente bajo su precio y borrar dicha competencia, pero el coste que para sus arcas públicas está suponiendo pone a dicha estrategia una fecha de caducidad, máxime cuando varios de los principales ejes de tensión geopolítica pasan por sus fronteras. Un precio más alto fortalecerá a Irán, pero obligará a sus vecinos a contrarrestarlos a cambio de mayor inversión armamentística. Por ello la amistad americano-saudí permanecerá, como ya se ha podido comprobar con los primeros bombardeos sobre los hutíes en Yemen.

Pero fortalecer a Rusia no saldrá gratis. Putin ha demostrado tener la libertad de movimientos suficientes como para plantear jugadas muy agresivas en el ajedrez europeo. Partió Georgia y Ucrania cuando el viraje pro-occidental de sus gobiernos amenazaba con ampliar sus fronteras directas con la OTAN, por ejemplo. La carpeta de asuntos pendientes del dirigente ruso es gruesa y la capacidad, y sobre todo la velocidad, de reacción de los gobiernos europeos es muy limitada. Extender su influencia de Transnistria al resto de Moldavia, reorientar a un futuro gobierno serbio pro-ruso para reavivar el conflicto de Kosovo, hacerse más presente en el lado grecochipriota Chipre o desafiar a Suecia o Finlandia son movimientos que puede realizar sin poner a prueba los mecanismos de respuesta euroatlánticos. Plantear reclamaciones sobre el corredor a Kaliningrado o enardecer las aspiraciones autonomistas de las poblaciones rusas en las repúblicas bálticas, son bonos que se puede reservar para cuando quiera crear una tensión extra en la frágil arquitectura geopolítica europea.

EUROPA: EL RIO REVUELTO DONDE PESCAR

Durante décadas varios presidentes han contrapesado el ascenso de la UE con la asunción de la mayor parte del esfuerzo militar de la OTAN; contando con el paraguas nuclear de Washington, todos los países europeos disminuyeron drásticamente su gasto militar. Las grandes potencias como Reino Unido o Francia, seguras de que la fuerza restante sobraba para mantener a raya a una Rusia por entonces más dócil y debilitada, y deseosa de integrarse más en el mundo occidental. Los países más pequeños, conformes con hacer seguidismo de la política exterior de EE.UU. a cambio de su protección. A la Casa Blanca le bastaba con mantener en forma sus fuerzas armadas y sembrar cierta disensión entre los socios europeos, como obstaculizar el desarrollo de un ejército común o evitar una diplomacia unificada, y a cambio esa hegemonía en Occidente sería incuestionable.

El conservadurismo republicano ha sentido tradicionalmente poco afecto por la construcción europea y los valores sobre los que se asienta. Su sistema de gran arquitectura funcionarial que a través de directivas conduce a sus países integrantes hasta un modelo social-liberal radicalmente opuesto al ideal individualista americano supone un contraejemplo peligroso de desarrollo económico alternativo que ha ido calando cada vez más en el electorado demócrata. Al mismo tiempo un poder occidental que le supera en población, PIB y comercio internacional supone un riesgo evidente para su hegemonía a este lado de los Urales, de ahí su estrategia de debilitamiento.

En el escenario actual, Europa es sólo una pista secundaria del gran circo geopolítico mundial. Es en Asia, y es frente a China, donde se cuecen las habas, y el viraje a oriente de la política exterior norteamericana sumado a la década de sobrecarga fiscal de los países europeos, han dejado una Europa demasiado dependiente en lo militar del poderío americano, debilidad que ha alimentado las ambiciones de Rusia. El lema de hacer grande a América otra vez exige que la presencia en Asia sea incuestionable y que Washington apure sus últimos cartuchos históricos para evitar perder la hegemonía ante una nación 4 veces más poblada y de desarrollo industrial y tecnológico creciente. La capacidad de incrementar el potencial militar americano a cargo de los presupuestos es limitada dada la coyuntura económica actual por lo que el principal modo de contener a China será concentrando sus fuerzas allí y sacando ventaja de los ámbitos militares en los que Estados Unidos aún está por delante.

Con una Rusia refortalecida, unos ejércitos europeos esquilmados por años de recortes, y con el principal de ellos, el de Reino Unido, abandonando la casa común europea, Trump ha hallado el momento necesario para un replanteamiento profundo de la OTAN: O los países europeos incrementan su contribución de manera sensible o la gran potencia abandonará a los europeos a su suerte. Sea como fuere, el gasto militar de estos países tendrá que aumentar sensiblemente y ello no solo permitiría ese rebalanceo hacia oriente, sino que podría traer un beneficio extra.

Eurofighter español.

En la articulación de la industria europea de defensa han sido las premisas de recorte de gasto y aumento de sinergias las que han primado, por encima de consideraciones de aumento de fuerza. Ello ha supuesto que sólo algunos programas de armas han alcanzado la capacidad de cubrir las necesidades (ciertamente menguantes) de los países asociados. El Eurofighter Typhoon, por ejemplo, ha resultado un excelente caza de 4,5ª generación, superior en muchos aspectos a los modelos americanos y post-soviéticos anteriores y coetáneos, pero EADS ha sido incapaz de acometer el desarrollo de un caza de 5ª generación, algo que sí han hecho Rusia (asociada a India) y China, conformándose con participar en el desarrollo del F-35 americano, que acumula años de retraso, y retorna a la dependencia militar de la industria norteamericana. Otro ejemplo es el A-400M cuyo lento desarrollo está dejando desprovisto a sus participantes de una alternativa de trasporte aéreo pesado, hasta el punto de que Reino Unido tuvo que optar provisionalmente por comprar algunos C-17. Habría y habrá más ejemplos de esto con los helicópteros Tigre y Apache, con el Leopard y el M-1, etc.

La industria armamentística americana, a la que Trump está deseando favorecer, necesita fondos para sacar adelante proyectos de nueva generación, y en la medida que estos proyectos se implementen, el fondo de armario de las fuerzas armadas USA podrá servir para abastecer las necesidades de reforzamiento militar de Europa. Dado que en el Viejo Continente resulta cada vez más difícil incrementar la tropa por la falta de interés de la población, la mayor parte de ese gasto de reforzamiento iría a equipamiento y buena parte de este caería en manos de contratistas americanos, una de las pocas industrias del país que pueden generar inputs netos por su superioridad tecnológica.

Rusia dedica en torno al 4% de su PIB y el 0.5% de su población a armarse, es decir, en torno a 50-90.000 millones $ (dependiendo del precio del petróleo entre otros) y unos 600-700.000 soldados. Si los países europeos dedican el 2% de su PIB y apenas el 0.1% de su población, el gasto militar será de en torno al triple y el volumen de tropa será sólo ligeramente inferior. En el presente el gasto militar anual conjunto de la UE es de en torno a 220.000 millones y una subida al 2% exigiría un aumento de medio billón para el próximo lustro. Gran parte de ese dinero iría a consagrar la brecha tecnológica en lo armamentístico a favor de Estados Unidos, a generar externalidades positivas en otras industrias y servicios americanos, y en definitiva a recuperar puestos de trabajo en el sector industrial tanto en el corto como en el largo plazo. No sabemos si México pagará por el muro, pero es más que posible que Europa acabe de este modo financiando una parte de la reindustrialización prometida por Trump.

El aprovechamiento de Europa no acaba aquí. Con un precio de la energía más caro la competitividad de la industria europea declinará levemente aunque ese declinar podría ser sensiblemente mayor si Trump consigue por este y otros medios restar competitividad a la industria china, principal abastecedor de componentes a nivel mundial. Traer de vuelta la fabricación de esos componentes a Estados Unidos traerá empleo y encarecerá productos. Pero si el encarecimiento relativo es menor que el de los productos europeos, y Trump consigue suscribir acuerdos comerciales ventajosos bilaterales con Reino Unido y la UE, es posible que el mercado europeo pudiese compensar con sus compras una pérdida de competitividad en Asia y otros mercados. Es más que posible que la UE no dé concesiones de ningún tipo a EE.UU. en el contexto actual, pero lo que no sabemos es cuáles serán exactamente los miembros de la UE dado el vertiginoso avance del populismo antieuropeo en países como Francia o Países Bajos.

[Continuará]

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (1ª parte)

Durante meses fue uno más de los candidatos extravagantes que suele presentar el partido republicano en sus primarias, en respuesta a lo fragmentadas e inquietas que son las bases y el electorado del Viejo Gran Partido. Pero conforme se vio que sus malos modales, su dialéctica incendiaria, su indisimulada intención de ser políticamente incorrecto le permitían ir desbancando a buena parte de los candidatos más presidenciables, los medios y analistas se centraron menos en el personaje y más en sus deslavazadas medidas populistas.

El grueso del voto que ha alzado a Trump a la presidencia se corresponde con buena parte de la antigua clase media blanca devenida en baja por mor de la crisis, a la que se le suma la clase media-baja de ciudades industriales que poco a poco han ido perdiendo su empleo como consecuencia del nuevo rol de EE.UU. en el reparto internacional del trabajo. Pero al mismo tiempo, esa victoria es suya y no de Bernie Sanders porque ha recibido el apoyo o la aquiescencia de los propietarios de esas grandes corporaciones industriales venidas a menos. Por eso y por el discurso xenófobo, inasumible en público para el ala progresista del partido demócrata, pero que en la intimidad del voto es posible que se hay manifestado en cierta medida.

Es por ello que sus grandes líneas en política interna han consistido en repetir toda una serie de mantras populistas que parecen dar gusto a todos los sectores de su electorado y del de enfrente, por más que, si se analizan en profundidad, acaban siendo incluso incompatibles. Se ha hablado de barreras físicas y legales a la inmigración, de multas y aranceles a las empresas que deslocalicen producción, de grandes ventajas fiscales a las clases medias y altas, de eliminación de regulaciones y apoyos fiscales a los grandes productores de empleo…

INVIABILIDAD ECONÓMICA VS. CONVENIENCIA POLÍTICA DEL POPULISMO.

La segunda mitad del siglo XX fue la de la hegemonía intelectual y material del keynesianismo. En los países más avanzados, todavía demográficamente dinámicos, las implementaciones industriales de los avances técnicos de la II Guerra Mundial permitieron lo que se vino en llamar “la dinámica de acumulación de capital de posguerra”, una era de enormes avances en la productividad industrial que permitió alcanzar los estándares del Gran Sueño Americano en EE.UU. y que sirvió para financiar el Estado del Bienestar en una Europa donde el ficticio ejemplo del modelo socialista soviético suponía una posible fuente de disturbio social.

El gran peso de las economías occidentales permitió una irradiación de estas ventajas adquiridas hacia otros países de su mismo circuito comercial, principalmente Extremo Oriente e Iberoamérica. En aquellos donde prevaleció la buena gobernanza, el institucionalismo de las élites y una tradicional ética del trabajo, el progreso fue asombroso, incluso superando a la fuente original. Japón, Corea del Sur o Taiwan se convirtieron en potencias industriales de primer orden.

Pero en el centro y sur del continente americano, donde la revolución es un elemento habitual del paisaje político, las élites a veces civiles y a veces militares, optaron por el Populismo. Por un lado se mantenía una economía de mercado, afecta a los intereses del gran capital extranjero. Por otra se aplicaban en el interior las grandes recetas de gasto público y expansión monetaria del keynesianismo que daba su sitio y desactivaba a las fuerzas vivas del socialismo revolucionario. En el corto plazo solía funcionar, con grandes avances económicos y una sensible mejora del bienestar social. Pero en el medio y largo plazo el diferencial de productividad con los países más avanzados generaba una pérdida de equilibrio que se traducía en altos déficits para sostener el gasto público, imprimación de moneda para afrontar los pagos internos, y suscripción de deuda para asumir los pagos externos. Invariablemente, y ello lo hemos visto repetido docenas de veces e incluso más de una vez en algunos países, ello conllevaba a una situación de quiebra general, con unas clases empobrecidas por una hiperinflación galopante y una salida de capitales hacia destinos más estables. ¿Es ese el destino que espera a EE.UU. si se cumplen las promesas de Trump?

Las limitaciones a la inmigración ilegal, precisamente la más rentable por cuanto asume tareas de producción marginales sin provocar grandes contraprestaciones sociales, debería conducir a una pérdida de competitividad relativa, bien por la pérdida de esa producción marginal barata, bien por la asunción de esta por parte de trabajadores legales, cuya mano de obra es siempre más cara. Los aranceles a las empresas que producen en China o México, conllevarán un aumento del coste medio de sus productos que le supondrán igualmente una pérdida de competitividad exterior sensible. Ambas medidas podrían precisamente acelerar la desindustrialización norteamericana, justo el mal que se pretende atajar.

Los niveles de deuda de EE.UU. son así mismo demasiado elevados como para que sea asumible una rebaja fiscal a grandes empresas, la medida con la que Trump pretende que se repatríe producción sin que se incrementen costes. Está bien estudiado que cuando disminuye la presión fiscal aumentan la demanda interna privada y la inversión en capital y ambos fenómenos conducen al crecimiento económico y la creación de empleo, que a su vez puede permitir en el largo plazo recuperar o incluso superar los ingresos fiscales perdidos. Pero ello sólo es posible si el estado a su vez disminuye de manera drástica sus gastos, de modo que el gap de deuda que se va a generar en el corto plazo no sea visto por los inversores más que como un efecto transitorio. Si ello no es así, se alcanzará crecimiento y generación de empleo, pero nunca se recuperaran los ingresos fiscales perdidos y el peso de la deuda obligará a subidas de impuestos que pueden engullir lo ganado e incluso producir pérdidas netas.

Y es que se da la circunstancia de que paralelamente a estos anuncios de sustanciosas rebajas fiscales Trump ha anunciado grandes proyectos de gasto público como su famoso muro en la frontera de México o el reforzamiento del gasto militar. Tal es la confianza de que ello suceda que las grandes empresas del Dow Jones, expectantes por la aplicación de esa política expansiva de gasto público, han subido su cotización hasta niveles record.

Si Estados Unidos fuese un país como otro cualquiera podríamos asumir desde el principio que lo que pretende Trump es provocar ese efecto positivo en el corto plazo que le garantice la reelección y ya luego Dios dirá. Pero ni a nivel interno, por el juego de contrapesos de la democracia más veterana, ni a nivel externo, por la capacidad que como primera potencia geopolítica tiene de alterar el entorno, Estados Unidos es un país como otro cualquiera.

Precisamente la política exterior ha sido uno de los campos donde la dialéctica trumpiana ha sido más activa y sugerente, tan contradictoria en ocasiones como su agenda nacional, pero donde es posible que residan las soluciones parciales o totales a las contradicciones de su discurso interno.

[Continuará]

La emergencia del nacional-populismo

Desde hace tiempo escribo poco aquí de las Guerras Posmodernas para dedicarme más a la Geopolítica y la Nueva Guerra Fría. Sentí que algo nuevo estaba pasando durante el verano de 2013, tras los ataques con municiones químicas en la periferia de Damasco. Sorprendentemente, personas de izquierda y derecha repetían en España los argumentarios lanzados desde Moscú y Teherán. (Véase al respecto: El ataque con armas químicas de Goutha: Un caso de desinformación). La paradoja se hizo más evidente tras la invasión rusa de Ucrania de 2014, con la proliferación de apologistas del Kremlin en ambos extremos del arco político. El panorama geopolítico no sólo era preocupante, Rusia había roto con el Memorando de Budapest (1994), sino que estábamos inmersos en una campaña de desinformación.

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La ultraderecha francesa compartiendo referentes con la ultraizquierda: Bashar Al Assad y Hugo Chávez.

La certeza de que estábamos ante algo totalmente diferente me vino como una intuición por la que había que dar orden a un puzzle cuyas piezas estaban en construcción. Así, llegué a escribir durante un tiempo un Observatorio de la Nueva Guerra Fría para ir dando sentido a acontecimientos tan diversos como el pacto de gobierno en Grecia o la muerte del fiscal Nisman en Argentina que no se podían entender con el tradicional eje político izquierda-derecha. Entendí que no estábamos simplemente ante un conflicto geopolítico donde chocan visiones imperiales del mundo. Aquí había una dimensión ideológica que en aquel entonces no sabía explicar bien.

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Militar ruso llevando en Siria un parche de Hezbolá.

Cuando ordené por primera vez mis ideas en septiembre de 2014 y escribí “La Nueva Guerra Fría”, la dimensión ideológica resultó más endeble del esquema de ideas. Mencioné al euroasianismo de Alexander Dugin como la ideología que, tratando de trascender el eje izquierda-derecha, daba sentido ideológico a las aspiraciones neoimperiales de Rusia. Pero en realidad Dugin nunca ha formado parte del círculo de poder ruso y su relación con el Kremlin es ambigua, por mucho que en Occidente se escriban artículos llamándolo el “cerebro de Putin”. Es más, el “putinismo” no ha dejado de ser  una ideología en construcción y las referencias intelectuales e ideológicas de Putin son otras (véase el libro En la cabeza de Vladimir Putin).

Ahora, pasado este tiempo, resulta más fácil entender la emergencia de fuerzas políticas hostiles a las pretensiones universalistas de Occidente, las democracias liberales existentes y la arquitectura internacional sobre la que se construido la globalización. Esas fuerzas políticas defienden en el plano político un mayor papel del Estado en la economía para enfrentarse a los poderes económicos existentes (las “oligarquías vendepatrias”) y son hostiles a las injerencias de los los organismos financieros internacionales (“que están al servicio del impieralismo yanki y el capital internacional”). Políticamente, aplauden los liderazgos fuertes y son definitivamente populistas en el sentido académico del término. No en vano, Michel Eltchaninoff calificaba en su libro En la cabeza de Vladimir Putin a la ideología del régimen ruso como nacional-populismo. Un término coincidente con el proyecto “nacional-popular” (nac&pop) del kirchnerismo argentino.

En septiembre de 2014 señalé en “La conexión euroasiática” la existencia de un bloque transversal de ultraizquierda y ultraderecha en el Parlamento Europeo que vota a favor de los intereses del Kremlin en lo relacionado con Ucrania. En ese bloque encontramos a los antiguos comunistas alemanes de Die Linke y a los populistas de derechas de AfD  o a los comunistas griegos del KKE y a los neonazis de Aurora Dorada. Coinciden todos en su carácter euroescéptico y sus simpatías geopolíticas por Moscú.

Ilustración del canal ruso RT.
Ilustración del canal ruso RT.

Hay sin embargo una divisoria en ese bloque y es la posición respecto a la inmigración. Encontramos un abanico de partidos xenófobos, islamófobos y racistas. Ya señaló Jorge Verstrynge, al Front National francés después de su deriva ideológica y a Podemos sólo les separa la postura sobre inmigración. Asunto, precisamente, que llevó a las bases a presionar para que Verstrynge no ocupara un papel público relevante en Podemos.

Ayer miércoles, el bloque nacional-populista volvió a aparecer en el Parlamento Europeo para votar en contra del CETA, el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea con Canadá, que fue aprobado. Curiosamente, el eurodiputado español Miguel Urbán de Podemos y el eurodiputado francés Nicolas Bay del Front National coincidieron en señalar la coincidiencia del voto positivo de los socialistas y populares europeos. Así que con ese mismo criterio, el voto coincidente de Urbán y Bay es relevante.

La gran incógnita es, evidentemente, qué papel jugará Donald J. Trump, el presidente nacional-populista de derechas. Su postura contraria a los tratados de libre comercio y la inmigración, sus simpatías por Vladimir Putin y el soterrado antisemitismo de su entorno le colocarían en Europa sin problema entre los partidos populistas de derechas. Hasta sus críticas de la OTAN y del intervencionismo de Obama le convirtieron en un candidato preferible que Hillary Clinton para cierta izquierda española. Pero como ya advertí, las aspiraciones de grandeza son incompatibles con la debilidad ante Rusia.

El fiasco político de la caída del Consejero de Seguridad Nacional por sus maniobras diplomáticas con Rusia a espaldas del entonces presidente Obama se ha visto respondida con mensajes de hostilidad hacia Rusia en Twitter. Donald Trump no puede pretender ser un presidente fuerte y ser sin embargo vulnerable frente a Putin. Las filtraciones de información, que tanto le favorecieron durante la campaña electoral, podrían terminar de llevarse su presidencia por delante dada la hostilidad que ha generado en la comunidad de inteligencia. Y mientras en Europa, con la ejecución del BREXIT pendiente y las perspectivas de los partidos euroescépticos en las elecciones de Alemania, Francia y Holanda el proyecto europeo podría saltar por los aires. Quienes criticaban la idea de una Nueva Guerra Fría porque Rusia con el PIB de Italia no podía entrar en una carrera de armamento con la OTAN pasaron por alto las otras armas con las que se juega en el siglo XXI.

 

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com:

Confusión ideológica en la Nueva Guerra Fría (15 noviembre 2014).

La gran paradoja ideológica de la Nueva Guerra Fría (14 junio 2015).

El mundo se ha vuelto loco: Trump y la Nueva Guerra Fría (25 julio 2016).

 

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Guerra de memes

Si las teorías conspirativas son el fenómeno cultura de la Nueva Guerra Fría, los memes van camino de convertirse en la unidad básica de propaganda. Posiblemente porque, lejos de los tiempos de la vieja Guerra Fría, la gente no está por la labor de elaborar un discurso político complejo sobre el imperialismo yanki, la teoría de la dependencia y los parias de la Tierra. Y además porque también vivimos en la era de los mensajes simples que puedan caber en un tuit.

Hoy me llamó la atención encontrarme la misma idea en Twitter. Y si bien siempre existe la casualidad, lo habitual en estos tiempos es que determinados memes (“Rusia ha logrado en una semana lo que Estados Unidos no ha logrado en un año”, “el Estado Islámico fue una creación de la CIA”, “la junta nazi golpista de Kiev”, etc. ) aparecen en muchos lugares a la vez porque alguien en una oficina ha creado un argumentario y luego toman vida propia como una bola de nieve.

Primero me encontré a “avelino julian” (sic) llamando “nueva División Azul” a la contribución española al despliegue de la OTAN en las repúblicas bálticas y dando crédito al bulo de que España iba a mandar el año pasado 4.000 militares. El bulo lo había tomado de un viejo conocido: Agenda Roja Valenciana, ejemplo de esta nueva generación de comunistas fans de Putin que publicó en su blog los siguientes carteles:

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Un vistazo al segundo cartel nos permite ver que los enemigos de su autor son la CIA, el FMI, la OTAN y los Rothschild (familia judía que aparece en las conspiranoias del Nuevo Orden Mundial). Si buscamos el primer cartel en Google encontramos que no ha tenido mucha difusión, pero resulta que la imagen fue compartida en Twitter por “Novorossiya” y retuiteada por “Patriota del 36”. Y también compartida en el blog Castilla Resiste, un blog dirigido a un público “social patriota, nacional revolucionario, falangista, carlista o nacional socialista” donde se habla del “genocidio blanco”. Desde luego, a estas alturas no nos debería sorprender que, a la hora de lanzar mensajes contra la OTAN y el “capital judío internacional”, comunistas y ultraderechistas son ya indistinguibles porque comparten causas. Véase el caso del PCE y el MSR apoyando a Bashar Al Assad. Pero me desvío.

El siguiente mensaje que me llamó la atención fue un artículo del canadiense Christopher Black donde dice que el despliegue  de la OTAN en Europa del Este “presagia operaciones de guerra híbrida contra Rusia dirigiendo a una guerra general”. A destacar cómo el término “guerra híbrida” se ha convertido en un cliché vacío. Pero lo llamativo es el título “Operación Barbarroja II”, una referencia al plan nazi de invasión de la Unión Soviética. Desde luego hay que ser muy cínico para comparar con una invasión un despliegue solicitado por Polonia y las repúblicas bálticas, países que la Unión Soviética se repartió con la Alemania nazi en el infame pacto Ribbentrop-Mólotov y luego invadió. Detalle este último que olvidan siempre los apologetas del Kremlin y su narrativa victimista. 

Así que se avecina una lluvia fina de artículos, reportajes, tuits, diatribas en muros de Facebook y memes en general comparando el despliegue de la OTAN en Polonia y las Repúblicas Bálticas con la invasión nazi de la Unión Soviética. Dará igual que la comparación histórica no se sostenga. Pero en Occidente siempre habrá un tonto útil para bailar al son de la música del Kremlin.

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La Nueva Guerra Fría después de Donald Trump

Me han preguntado varias veces qué va a pasar con las relaciones de Estados Unidos y Rusia cuando Donald J. Trump asuma la presidencia. El guión dice que debería llegar a un gran acuerdo con su amigo Vladimir Putin y finiquitar lo que yo he venido en llamar la Nueva Guerra Fría. Esa es la teoría.

Calendario ruso celebrando la amistad ruso-estadounidense.
Calendario ruso celebrando la amistad ruso-estadounidense.

El 6 de enero la oficina del Director de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos publicó un documento sobre las acciones rusas para influir en las pasadas elecciones estadounidenses. El informe recoge información de la CIA, el FBI y la NSA. En su página ii leemos:

We assess Russian President Vladimir Putin ordered an influence campaign in 2016 aimed at the US presidential election. Russia’s goals were to undermine public faith in the US democratic process, denigrate Secretary Clinton, and harm her electability and potential presidency. We further assess Putin and the Russian Government developed a clear preference for President elect Trump. We have high confidence in these judgments.
[…]
Moscow’s influence campaign followed a Russian messaging strategy that blends covert intelligence operations—such as cyber activity—with overt efforts by Russian Government agencies, state-funded media, third-party intermediaries, and paid social
media users or “trolls.”
 We assess with high confidence that Russian military intelligence (General Staff Main Intelligence Directorate or GRU) used the Guccifer 2.0 persona and DCLeaks.com to release US victim data obtained in cyber operations publicly and in exclusives to media outlets and relayed material to WikiLeaks.

Traté el asunto de Guccifer 2.0 y DCLeaks.com en mi primera colaboración con el blog Magnet en agosto de 2016. Ahora tenemos una confirmación oficial de que el hacker Guccifer 2.0 y DCLeaks eran tapaderas rusa y que la fuente última de información de WikiLeaks, cuya agenda política está cada vez más alineada con el Kremlin, es la inteligencia militar rusa.

Como en todo lo concerniente a la relación Occidente-Rusia aquí también ha funcionado el principio de acción y reacción. El informe establece en su página 1 que Vladimir Putin tomó la decisión de lanzar una campaña de descrédito de Estados Unidos tras la aparición de los Panama Papers y el escándalo del dopaje deportivo ruso. La combinación de ciberguerra y desinformación es coherente con la doctrina rusa de guerra de la información, que establece un continuo entre guerra y paz además de englobar métodos como la guerra electrónica, la ciberguerra y la desinformación como un todo.

Donald J. Trump ha reaccionado llamando al informe una “caza de brujas” y lo ha relacionado con la búsqueda de una excusa por parte del Partido Demócrata ante la derrota electoral. Caben dos opciones. Por un lado, que el informe haya sido elaborado con informaciones falsas o se sustente en conclusiones erróneas. En tal caso tendríamos una maniobra política de baja estofa que va a quebrar la confianza del gobierno entrante en la comunidad de inteligencia de Estados Unidos. John Robb dijo el pasado 15 de diciemre que Estados Unidos se había convertido en una república bananera por tener un servicio de inteligencia trabajando en contra del presidente electo.

Por otro lado, cabe la posibilidad que el informe sea cierto y que el presidente electo esté actuando con frivolidad en un asunto tan serio en el que demuestra indiferencia, complacencia o complicidad con las acciones de una potencia extranjera contra su propio país. En tal caso estaríamos ante una prueba palpable de la falta de idoneidad de Donald J. Trump para el puesto de presidente de los Estados Unidos. Hace poco, el ex-director de la CIA James Wolsey dimitió de su cargo de asesor de presidente electo. Episodios parecidos podrían crispar a la comunidad de inteligencia de Estados Unidos contra el gobierno y generar una cascada de filtraciones que expongan las maquinaciones del gobierno Trump.

Evidentemente los mensajes de acercamiento de Donald J. Trump hacia Rusia parecen anunciar una era de distensión que acabe con la Nueva Guerra Fría antes de empezar. Personalmente creo que son incompatibles una política aislacionista y el objetivo de Make America Great Again. La  promesa de convertir a Estados Unidos en un país ganador no parece que encaje con la idea de abandonar a los aliados de Europa y Asia-Pacífico para dejar vacíos geopolíticos que ocupen China y Rusia. El propio Trump anunciaba su intención de “fortalecer y expandir” las capacidades nucleares del país.

Trump podrá escenificar su amistad presidencial con Putin, pero si quiere mostrar la firmeza que muchos echan en falta en Obama tendrá que frenar a su amigo ruso. Habrá que ver si se produce un reparto de áreas de influencia que cree unas reglas de juego para el mundo “post-post Guerra Fría”, como diría el profesor Javier Morales o se produce una ruptura cuando Trump mande al rincón a Putin. Sin descartar, claro que Trump sea complaciente con Putin con consecuencias imprevistas en Washington D.C. Tanta incertidumbre viene de la tendencia de Trump a desdecirse y de la extraña mezcla de outsiders y viejos halcones neocón que encontramos en su gabinete.

Cartel en Siria
Carteles en Siria.

Mi intención para Año Nuevo era hacer balance de la Nueva Guerra Fría, tomando como referencia aquel texto inicial de septiembre de 2014. Pero los acontecimientos se han adelantado nuevamente. Lo que puedo decir es que nunca imaginé que lo arrancó como una intuición en el verano de 2014 terminaría encajando de esta manera, con el Kremlin interviniendo militarmente en Oriente Medio a favor de lo que yo entendía como una alianza difusa y los órganos de inteligencia de Estados Unidos denunciando maniobras rusas de desestabilización.

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Dios los cría y ellos se juntan

No tenía ni idea quién era Roberto Centeno hasta que en septiembre de 2014 encontré un artículo suyo defendiendo varias tesis rusas sobre el derribo del vuelo MH17 en Ucrania. Sus argumentos eran de segunda mano y mercancía defecutosa. Por ejemplo, que el espacio aéreo sobre Ucrania oriental estaba cerrado y había sido abierto expresamente para el vuelo MH17. La realidad es más sorprendente todavía. El gobierno de Kiev no había cerrado el espacio aéreo sobre aquella zona de guerra. Sólo había prohibido el vuelo a las alturas que dejaban los aviones al alcance de misiles tierra-aire portátiles. De hecho dos aviones, pertenecientes a aerolíneas de la India y Singapur, volaban en pasillos aéreos paralelos al vuelo de Malaysia Airlines.

Fui señalando los errores en sus argumentos aquí en el blog en “Roberto Centeno y más mentiras sobre el vuelo MH17″. Aquel era un artículo que llegaba dos meses después de la tragedia del MH17 y llegaba tarde al debate, aportando argumentos que ya habían sido desmontados. La verdad es que me olvidé del personaje.

Vía Alberto Noguera descubro que Roberto Centeno ha contado en AlertaDigital.com, un diario digital de tendencia ultraderechista,  que ha sido contratado por la campaña de Donald Trump. No hay forma de comprobar la información, no he visto más referencias en Internet, pero es sin duda algo llamativo. Centeno consideraba uno de los factores que podría dar la vuelta a la campaña el que se demostrara que el Estado Islámico fue una creación de Hillary Clinton. Desde luego, Trump y Centeno son tal para cual.

Extrañas convergencias ideológicas en la Nueva Guerra Fría

Ayer pasó algo curioso. “Barbijaputa”, la columnista de ElDiario.es, mencionó en su Twitter que Susan Sarandon había dicho que Hillary Clinton es peor que Donald Trump. Y que ella se fiaba mucho del criterio de Susan Sarandon. “Barbijaputa” tiene una larga trayectoria tratando de epatar con sus artículos y comentarios en Twitter pero me parece interesante ese giro de tuerca, en la línea del hipsterismo político del que ya he hablado aquí, en el que personas de izquierdas defienden ideas radicales en busca de la “distinción”, en los términos de Pierre Bourdieau.

La política ya no es un espacio de transformación social, sino un espacio de identidad personal. Uno es las causas a las que hace retuit o comparte en su muro de Facebook. Pero precisamente, como el umbral del compromiso social es tan bajo, quienes quieren sentirse parte de una élite ilustrada y concienciada frente a la masa borrega tienen que buscar causas exóticas o defender las causas más extravangates.

Pero la anécdota de “Barbijaputa” tiene un giro interesante. Buscando argumentos con los que sustentar su posicionamiento, o quizás buscando ejemplos de que Susan Sarandon no son las únicas en pensar así, enlazó a un artículo de Diana Johnstone titulado “Por qué Hillary Clinton es mucho peor que Trump” publicado por Katehon. ¿Quién es Diana Johnstone y qué es Katehon?

Diana Johnstone es una escritora estadounidense, autora de un libro bastante polémico sobre las guerras en la antigua Yugoslavia. Según ella, la OTAN intervino en Bosnia-Herzegovina en 1996 contra las fuerza serbo-bosnias como un nuevo episodio del enfrentamiento geopolítico de Estados Unidos contra el mundo cristiano-ortodoxo apoyando a las fuerzas islamistas, siendo el primero la Guerra de Afganistán. Podemos encontrar artículos suyos en Voltairenet, cómo no, entre los cuales hay uno donde defiende al humorista francés Dieudonné M’Bala M’Bala, célebre anti-semita que ha actuado en actos del Front National y fundó el Partido Antisionista con dinero de Irán. Escribí de él por cierto, en “Antisemitismo y odio a Israel en Europa”.

Katehon por su parte es un sitio web con versiones en varios idiomas, incluyendo el español, vinculado al movimiento político euroasianista, una corriente neofascista e imperialista rusa del que su máxima figura es Alexander Dugin, del que en su momento hablé brevemente aquí y sobre el que tendré que volver en el futuro porque los euroasianistas articulan una verdadera ideología antioccidental en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Dugin visitó España en 2013, por cierto, invitado por el partido neofascista Movimiento Social Republicano.

Que “Barbijaputa” haya enlazado un artículo de Katehon es accidental. Podría haber enlzado a cualquier artículo de Counterpunch, donde Diana Johnstone colabora habitualmente. Por ejemplo, tenemos una entrevista a Johnstone que Counterpunch ha titulado con la frase “Clinton is truly dangerous”. [Actualización: Enlazó una entrevista a Johnstone en La Marea]. Pero lo significativo aquí es que los discursos en ambos extremos del espectro político sean indistinguibles. Ya sucedió durante los comienzos de la crisis de Ucrania, que medios de izquierda española reproducían artículos de autores de la ultraderecha francesa defendiendo el punto de vista ruso. Posiblemente los editores de esas publicaciones no tuvieran ni idea de quién era el autor. Simplemente les gustó el discurso “crítico” contra Estados Unidos y la Unión Europea.

Según contaba Russia Today el pasado mes de junio, se aprobó en Rusia una ley que “prohíbe cultivar y criar especies genéticamente modificados”. Mientras que F. William Engdahl contaba en New Eastern Outlook que el pasado día 25 de julio Vladimir Putin había decidido dar un giro a la economía rusa, abandonando la doctrina neoliberal occidental para lanzar una estrategia de “Desarrollo Nacional”. A Engdahl, cómo no, le podemos leer en Voltairenet y Rebelión.org. Seguro que muchos izquierdistas despistados aplaudirán a un político que renuncia al neoliberalismo y prohíbe los Organismos Modificados Genéticamente en su país, aunque se llame Vladimir Putin.

El pasado 1 de agosto el blog Agenda Roja Valenciana titulaba “No era un helicóptero militar” a propósito del helicóptero Mil Mi-8AMTSh de la fuerza aérea rusa derribado en Siria. Según informaron las autoridades rusas, realizaba una misión de reparto de ayuda humanitaria. Los restos del aparato mostraban que llevaba lanzaderas B-8V20A para cohete S-8 de 80mm. En cualquier caso, se trataba de un blanco militar legítimo porque un aparato para gozar de inmunidad por su misión humanitaria tendría que haber llevado un distintivo característico, como una cruz roja, y no llevar armas. El caso es que tenemos a un comunista español más putinista que Putin. Uno de tantos. Y todos revueltos. Pero remando para el mismo lado.