La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (2ª parte)

Segunda entrega de la nueva colaboración de Fernando Geryón, como firma invitada.

RUSIA: EL MAL NECESARIO

No nos engañemos. Putin y Trump no se harán amigos del alma y Rusia y Estados Unidos no podrán compartir en el largo plazo agendas comunes. Lo impide el talante y la naturaleza del régimen ruso, y las obligaciones y responsabilidades que conlleva la hegemonía americana. Veremos más episodios de ciberataques, de espionaje; Rusia seguirá alimentando a cada partido o régimen que tenga el antiamericanismo en su hoja de ruta y realizará continuos movimientos tácticos para poner a prueba la capacidad de reacción de su adversario y sus aliados. La Nueva Guerra Fría seguirá su curso.

Lo que sí es posible es que a nivel personal tanto Trump como Putin puedan llegar a ciertas complicidades y alguna joint venture que vaya en beneficio de ambos. Rusia necesita a una América que enfoque su atención en Asia y contenga y ponga cortapisas al gigante chino, con quien comparte una larga y tensa frontera, y ante el que es vulnerable por su debilidad demográfica y su dependencia económica: Las ambiciones chinas en el Asia Central suponen un reto del mismo calibre que la fallida extensión de la OTAN a ciertas ex repúblicas soviéticas. Putin ha podido favorecer por los medios que ha tenido a su disposición la llegada de Trump al poder, y quizás esté haciendo lo mismo con Le Pen y otros. El magnate no es el presidente perfecto para la agenda putiniana, pero sin duda es uno conveniente a sus intereses actuales. Luego ya se verá…

Para Trump, el presidente ruso es un Jano bifronte que le permitirá tener a la vez un contrincante y un colaborador. Podría ser lo segundo cuando en el renacer de sus ambiciones geopolíticas y su afán proyectivo se ocupe de regiones y fenómenos que puedan ser de utilidad común. Para Rusia el islamismo es un problema que debe afrontar lejos de sus fronteras, debido a la sustancial población musulmana que vive en el espacio post soviético. La opinión pública rusa no es un molesto obstáculo para llevar a cabo todo tipo de intervenciones en el exterior, como se ha visto repetidamente estos años, y ciertas acciones conjuntas en ese menester gozarían de gran aceptación entre buena parte de los votantes republicanos.

Al mismo tiempo tanto a Rusia como a EE.UU. les conviene un precio del petróleo alto. La primera por la extraordinaria dependencia fiscal que tiene del oro negro. La segunda porque es el único modo de que el fracking, que confiere a la vez autonomía energética y aportes fiscales, sea rentable. Arabia Saudí lleva años sobrebombeando para mantener artificialmente bajo su precio y borrar dicha competencia, pero el coste que para sus arcas públicas está suponiendo pone a dicha estrategia una fecha de caducidad, máxime cuando varios de los principales ejes de tensión geopolítica pasan por sus fronteras. Un precio más alto fortalecerá a Irán, pero obligará a sus vecinos a contrarrestarlos a cambio de mayor inversión armamentística. Por ello la amistad americano-saudí permanecerá, como ya se ha podido comprobar con los primeros bombardeos sobre los hutíes en Yemen.

Pero fortalecer a Rusia no saldrá gratis. Putin ha demostrado tener la libertad de movimientos suficientes como para plantear jugadas muy agresivas en el ajedrez europeo. Partió Georgia y Ucrania cuando el viraje pro-occidental de sus gobiernos amenazaba con ampliar sus fronteras directas con la OTAN, por ejemplo. La carpeta de asuntos pendientes del dirigente ruso es gruesa y la capacidad, y sobre todo la velocidad, de reacción de los gobiernos europeos es muy limitada. Extender su influencia de Transnistria al resto de Moldavia, reorientar a un futuro gobierno serbio pro-ruso para reavivar el conflicto de Kosovo, hacerse más presente en el lado grecochipriota Chipre o desafiar a Suecia o Finlandia son movimientos que puede realizar sin poner a prueba los mecanismos de respuesta euroatlánticos. Plantear reclamaciones sobre el corredor a Kaliningrado o enardecer las aspiraciones autonomistas de las poblaciones rusas en las repúblicas bálticas, son bonos que se puede reservar para cuando quiera crear una tensión extra en la frágil arquitectura geopolítica europea.

EUROPA: EL RIO REVUELTO DONDE PESCAR

Durante décadas varios presidentes han contrapesado el ascenso de la UE con la asunción de la mayor parte del esfuerzo militar de la OTAN; contando con el paraguas nuclear de Washington, todos los países europeos disminuyeron drásticamente su gasto militar. Las grandes potencias como Reino Unido o Francia, seguras de que la fuerza restante sobraba para mantener a raya a una Rusia por entonces más dócil y debilitada, y deseosa de integrarse más en el mundo occidental. Los países más pequeños, conformes con hacer seguidismo de la política exterior de EE.UU. a cambio de su protección. A la Casa Blanca le bastaba con mantener en forma sus fuerzas armadas y sembrar cierta disensión entre los socios europeos, como obstaculizar el desarrollo de un ejército común o evitar una diplomacia unificada, y a cambio esa hegemonía en Occidente sería incuestionable.

El conservadurismo republicano ha sentido tradicionalmente poco afecto por la construcción europea y los valores sobre los que se asienta. Su sistema de gran arquitectura funcionarial que a través de directivas conduce a sus países integrantes hasta un modelo social-liberal radicalmente opuesto al ideal individualista americano supone un contraejemplo peligroso de desarrollo económico alternativo que ha ido calando cada vez más en el electorado demócrata. Al mismo tiempo un poder occidental que le supera en población, PIB y comercio internacional supone un riesgo evidente para su hegemonía a este lado de los Urales, de ahí su estrategia de debilitamiento.

En el escenario actual, Europa es sólo una pista secundaria del gran circo geopolítico mundial. Es en Asia, y es frente a China, donde se cuecen las habas, y el viraje a oriente de la política exterior norteamericana sumado a la década de sobrecarga fiscal de los países europeos, han dejado una Europa demasiado dependiente en lo militar del poderío americano, debilidad que ha alimentado las ambiciones de Rusia. El lema de hacer grande a América otra vez exige que la presencia en Asia sea incuestionable y que Washington apure sus últimos cartuchos históricos para evitar perder la hegemonía ante una nación 4 veces más poblada y de desarrollo industrial y tecnológico creciente. La capacidad de incrementar el potencial militar americano a cargo de los presupuestos es limitada dada la coyuntura económica actual por lo que el principal modo de contener a China será concentrando sus fuerzas allí y sacando ventaja de los ámbitos militares en los que Estados Unidos aún está por delante.

Con una Rusia refortalecida, unos ejércitos europeos esquilmados por años de recortes, y con el principal de ellos, el de Reino Unido, abandonando la casa común europea, Trump ha hallado el momento necesario para un replanteamiento profundo de la OTAN: O los países europeos incrementan su contribución de manera sensible o la gran potencia abandonará a los europeos a su suerte. Sea como fuere, el gasto militar de estos países tendrá que aumentar sensiblemente y ello no solo permitiría ese rebalanceo hacia oriente, sino que podría traer un beneficio extra.

Eurofighter español.

En la articulación de la industria europea de defensa han sido las premisas de recorte de gasto y aumento de sinergias las que han primado, por encima de consideraciones de aumento de fuerza. Ello ha supuesto que sólo algunos programas de armas han alcanzado la capacidad de cubrir las necesidades (ciertamente menguantes) de los países asociados. El Eurofighter Typhoon, por ejemplo, ha resultado un excelente caza de 4,5ª generación, superior en muchos aspectos a los modelos americanos y post-soviéticos anteriores y coetáneos, pero EADS ha sido incapaz de acometer el desarrollo de un caza de 5ª generación, algo que sí han hecho Rusia (asociada a India) y China, conformándose con participar en el desarrollo del F-35 americano, que acumula años de retraso, y retorna a la dependencia militar de la industria norteamericana. Otro ejemplo es el A-400M cuyo lento desarrollo está dejando desprovisto a sus participantes de una alternativa de trasporte aéreo pesado, hasta el punto de que Reino Unido tuvo que optar provisionalmente por comprar algunos C-17. Habría y habrá más ejemplos de esto con los helicópteros Tigre y Apache, con el Leopard y el M-1, etc.

La industria armamentística americana, a la que Trump está deseando favorecer, necesita fondos para sacar adelante proyectos de nueva generación, y en la medida que estos proyectos se implementen, el fondo de armario de las fuerzas armadas USA podrá servir para abastecer las necesidades de reforzamiento militar de Europa. Dado que en el Viejo Continente resulta cada vez más difícil incrementar la tropa por la falta de interés de la población, la mayor parte de ese gasto de reforzamiento iría a equipamiento y buena parte de este caería en manos de contratistas americanos, una de las pocas industrias del país que pueden generar inputs netos por su superioridad tecnológica.

Rusia dedica en torno al 4% de su PIB y el 0.5% de su población a armarse, es decir, en torno a 50-90.000 millones $ (dependiendo del precio del petróleo entre otros) y unos 600-700.000 soldados. Si los países europeos dedican el 2% de su PIB y apenas el 0.1% de su población, el gasto militar será de en torno al triple y el volumen de tropa será sólo ligeramente inferior. En el presente el gasto militar anual conjunto de la UE es de en torno a 220.000 millones y una subida al 2% exigiría un aumento de medio billón para el próximo lustro. Gran parte de ese dinero iría a consagrar la brecha tecnológica en lo armamentístico a favor de Estados Unidos, a generar externalidades positivas en otras industrias y servicios americanos, y en definitiva a recuperar puestos de trabajo en el sector industrial tanto en el corto como en el largo plazo. No sabemos si México pagará por el muro, pero es más que posible que Europa acabe de este modo financiando una parte de la reindustrialización prometida por Trump.

El aprovechamiento de Europa no acaba aquí. Con un precio de la energía más caro la competitividad de la industria europea declinará levemente aunque ese declinar podría ser sensiblemente mayor si Trump consigue por este y otros medios restar competitividad a la industria china, principal abastecedor de componentes a nivel mundial. Traer de vuelta la fabricación de esos componentes a Estados Unidos traerá empleo y encarecerá productos. Pero si el encarecimiento relativo es menor que el de los productos europeos, y Trump consigue suscribir acuerdos comerciales ventajosos bilaterales con Reino Unido y la UE, es posible que el mercado europeo pudiese compensar con sus compras una pérdida de competitividad en Asia y otros mercados. Es más que posible que la UE no dé concesiones de ningún tipo a EE.UU. en el contexto actual, pero lo que no sabemos es cuáles serán exactamente los miembros de la UE dado el vertiginoso avance del populismo antieuropeo en países como Francia o Países Bajos.

[Continuará]

La emergencia del nacional-populismo

Desde hace tiempo escribo poco aquí de las Guerras Posmodernas para dedicarme más a la Geopolítica y la Nueva Guerra Fría. Sentí que algo nuevo estaba pasando durante el verano de 2013, tras los ataques con municiones químicas en la periferia de Damasco. Sorprendentemente, personas de izquierda y derecha repetían en España los argumentarios lanzados desde Moscú y Teherán. (Véase al respecto: El ataque con armas químicas de Goutha: Un caso de desinformación). La paradoja se hizo más evidente tras la invasión rusa de Ucrania de 2014, con la proliferación de apologistas del Kremlin en ambos extremos del arco político. El panorama geopolítico no sólo era preocupante, Rusia había roto con el Memorando de Budapest (1994), sino que estábamos inmersos en una campaña de desinformación.

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La ultraderecha francesa compartiendo referentes con la ultraizquierda: Bashar Al Assad y Hugo Chávez.

La certeza de que estábamos ante algo totalmente diferente me vino como una intuición por la que había que dar orden a un puzzle cuyas piezas estaban en construcción. Así, llegué a escribir durante un tiempo un Observatorio de la Nueva Guerra Fría para ir dando sentido a acontecimientos tan diversos como el pacto de gobierno en Grecia o la muerte del fiscal Nisman en Argentina que no se podían entender con el tradicional eje político izquierda-derecha. Entendí que no estábamos simplemente ante un conflicto geopolítico donde chocan visiones imperiales del mundo. Aquí había una dimensión ideológica que en aquel entonces no sabía explicar bien.

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Militar ruso llevando en Siria un parche de Hezbolá.

Cuando ordené por primera vez mis ideas en septiembre de 2014 y escribí “La Nueva Guerra Fría”, la dimensión ideológica resultó más endeble del esquema de ideas. Mencioné al euroasianismo de Alexander Dugin como la ideología que, tratando de trascender el eje izquierda-derecha, daba sentido ideológico a las aspiraciones neoimperiales de Rusia. Pero en realidad Dugin nunca ha formado parte del círculo de poder ruso y su relación con el Kremlin es ambigua, por mucho que en Occidente se escriban artículos llamándolo el “cerebro de Putin”. Es más, el “putinismo” no ha dejado de ser  una ideología en construcción y las referencias intelectuales e ideológicas de Putin son otras (véase el libro En la cabeza de Vladimir Putin).

Ahora, pasado este tiempo, resulta más fácil entender la emergencia de fuerzas políticas hostiles a las pretensiones universalistas de Occidente, las democracias liberales existentes y la arquitectura internacional sobre la que se construido la globalización. Esas fuerzas políticas defienden en el plano político un mayor papel del Estado en la economía para enfrentarse a los poderes económicos existentes (las “oligarquías vendepatrias”) y son hostiles a las injerencias de los los organismos financieros internacionales (“que están al servicio del impieralismo yanki y el capital internacional”). Políticamente, aplauden los liderazgos fuertes y son definitivamente populistas en el sentido académico del término. No en vano, Michel Eltchaninoff calificaba en su libro En la cabeza de Vladimir Putin a la ideología del régimen ruso como nacional-populismo. Un término coincidente con el proyecto “nacional-popular” (nac&pop) del kirchnerismo argentino.

En septiembre de 2014 señalé en “La conexión euroasiática” la existencia de un bloque transversal de ultraizquierda y ultraderecha en el Parlamento Europeo que vota a favor de los intereses del Kremlin en lo relacionado con Ucrania. En ese bloque encontramos a los antiguos comunistas alemanes de Die Linke y a los populistas de derechas de AfD  o a los comunistas griegos del KKE y a los neonazis de Aurora Dorada. Coinciden todos en su carácter euroescéptico y sus simpatías geopolíticas por Moscú.

Ilustración del canal ruso RT.
Ilustración del canal ruso RT.

Hay sin embargo una divisoria en ese bloque y es la posición respecto a la inmigración. Encontramos un abanico de partidos xenófobos, islamófobos y racistas. Ya señaló Jorge Verstrynge, al Front National francés después de su deriva ideológica y a Podemos sólo les separa la postura sobre inmigración. Asunto, precisamente, que llevó a las bases a presionar para que Verstrynge no ocupara un papel público relevante en Podemos.

Ayer miércoles, el bloque nacional-populista volvió a aparecer en el Parlamento Europeo para votar en contra del CETA, el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea con Canadá, que fue aprobado. Curiosamente, el eurodiputado español Miguel Urbán de Podemos y el eurodiputado francés Nicolas Bay del Front National coincidieron en señalar la coincidiencia del voto positivo de los socialistas y populares europeos. Así que con ese mismo criterio, el voto coincidente de Urbán y Bay es relevante.

La gran incógnita es, evidentemente, qué papel jugará Donald J. Trump, el presidente nacional-populista de derechas. Su postura contraria a los tratados de libre comercio y la inmigración, sus simpatías por Vladimir Putin y el soterrado antisemitismo de su entorno le colocarían en Europa sin problema entre los partidos populistas de derechas. Hasta sus críticas de la OTAN y del intervencionismo de Obama le convirtieron en un candidato preferible que Hillary Clinton para cierta izquierda española. Pero como ya advertí, las aspiraciones de grandeza son incompatibles con la debilidad ante Rusia.

El fiasco político de la caída del Consejero de Seguridad Nacional por sus maniobras diplomáticas con Rusia a espaldas del entonces presidente Obama se ha visto respondida con mensajes de hostilidad hacia Rusia en Twitter. Donald Trump no puede pretender ser un presidente fuerte y ser sin embargo vulnerable frente a Putin. Las filtraciones de información, que tanto le favorecieron durante la campaña electoral, podrían terminar de llevarse su presidencia por delante dada la hostilidad que ha generado en la comunidad de inteligencia. Y mientras en Europa, con la ejecución del BREXIT pendiente y las perspectivas de los partidos euroescépticos en las elecciones de Alemania, Francia y Holanda el proyecto europeo podría saltar por los aires. Quienes criticaban la idea de una Nueva Guerra Fría porque Rusia con el PIB de Italia no podía entrar en una carrera de armamento con la OTAN pasaron por alto las otras armas con las que se juega en el siglo XXI.

 

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com:

Confusión ideológica en la Nueva Guerra Fría (15 noviembre 2014).

La gran paradoja ideológica de la Nueva Guerra Fría (14 junio 2015).

El mundo se ha vuelto loco: Trump y la Nueva Guerra Fría (25 julio 2016).

 

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“Winter is coming” de Garry Kaspárov

Winter is ComingAcabo de terminar de leer el libro Winter is Coming de Kaspárov, el que fuera campeón mundial de ajedrez. El título toma, evidentemente, el lema de la casa Stark de Canción de Hielo y Fuego. Pero, más que una advertencia de lo que nos espera en la Nueva Guerra Fría, se trata de un repaso de cómo hemos llegado hasta aquí desde el punto de vista personal del autor. El libro no es una obra académica ni lo pretende, poniendo su fortaleza en el hecho de que Kaspárov es ruso y ha sido un activista destacado en favor de la democracia en Rusia. Es un libro que se basa en buena parte en las experiencias del autor como ciudadano y activista, empeñándose en señalar que en Occidente se ha interpretado mal la realidad del país.

El libro arranca con un recorrido de cómo la democracia en Rusia se fue a la mierda. Y después de ver su visión me he quedado con ganas de más. Porque los relatos al uso se centran en el auge de Putin como la figura providencial que recogió los temores y frustraciones de la población rusa para instalarse en la cúspide del poder. Kaspárov no tiene palabras amables para Gorbachov, al que caracteriza como un personaje oscuro que hizo todo lo posible para aferrarse al poder, incluyendo liberar fuerzas que luego no controló. Kaspárov no le perdona la inacción de los servicios de seguridad soviéticos durante el progromo contra los armenios en Bakú en 1990.

Sin duda, el relato más interesante es el de los años de Yeltsin. Kaspárov reconoce que él mismo apoyó a Yeltsin como la opción menos mala frente al involucionismo de los comunistas. Pero critica especialmente a Occidente porque en la segunda mitad de los noventa miró para otro lado ante las violaciones de los derechos humanos en Chechenia y ante la contribución rusa al programa nuclear iraní. Kaspárov afirma que deberíamos revisar esos años para desmontar la actual narrativa victimista rusa porque Occidente apoyó económicamente a Rusia vía las instituciones internacionales y, por ejemplo, dejó en manos rusas el envío de fuerzas de paz a Asia Central. Supongo que se refiere a la intervención rusa en la guerra civil de Tayikistán. Kaspárov nunca lo menciona, pero creo que el comportamiento occidental se explica en la existencia de un cierto consenso sobre que Rusia era “too big to fail”. Considerando especialmente que se trataba de un país con armas nucleares, Occidente procuró contribuir a sostener los pilares del Estado ruso mientras en los primeros tiempos de la post Guerra Fría los Estado-Nación ex-comunistas saltaban por los aires en el Cáucaso, Asia Central y los Balcanes.

dt-common-streams-streamserverEl libro tiene una marcada segunda parte donde se recogen los años de Putin. El repaso a las carencias del régimen ruso en materia de libertades públicas y derechos políticos no nos toma por sorpresa a estas alturas. Véase los tres libros que reseñé en “Tríptico Ruso”. Tampoco nos pilla por sorpresa el relato de cómo el gobierno de Putin encarceló a los empresarios que osaron no seguir la línea oficial para además desmantelar sus empresas. Lo novedoso para mí del libro es que repasa las relaciones de Occidente con el Kremlin. Kaspárov presenta cómo algunos líderes occidentales pecaron de ingenuos, pensando que evitando confrontar las acciones del Kremlin estaban permitiendo que el sistema ruso se reformara. Por ejemplo, contrasta lo que personajes como George W. Bush y Condoleezza Rice dijeron mientras ocuparon cargos públicos y lo que contaron luego en sus memorias haciendo balance. Caso aparte es el de líderes como Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy que nunca dudaron en hacer negocios con el Kremlin. Quien especialmente no queda nada bien retratados son Barack Obama y la Unión Europea, cuyas palabras vacías y gestos débiles quedan mal parados ante las sucesivas acciones del Kremlin.

La lectura del libro refuerza una idea que mantuve desde que empecé a escribir sobre la Nueva Guerra Fría. Que un país con el PIB de Italia desafíe a Occidente sólo es el resultado de la ineptitud y la inacción de Occidente. Kaspárov añadiría “cobardía” a esa lista. Del libro surge como un reaganita, añorando los tiempos en que el presidente de los Estados Unidos hablaba de promover la democracia y la libertad (algo que en los años no se aplicaba a los ciudadanos de dictaduras aliadas de Washington). Y añora que promover y defender valores haya desaparecido de la agenda política de los líderes occidentales. En cambio, todos estos años de diálogo y negocios con Rusia no ha contribuido a transformar Rusia un ápice. En esto habría que extender, añado yo, la reflexión a las relaciones de Occidente con las petromonarquías.

Me parece interesante la idea de Kaspárov de cómo Occidente ha interpretado al Kremlin a través de un reflejo de sí mismo, creyendo que el régimen de Putin responde a los mismos valores y estímulos. Kaspárov corrige diciendo que el Kremlin sólo habla el lenguaje del poder y que habría que presionarle donde más le duele: yendo a por la riqueza que el círculo del poder ruso tiene en Occidente y apoyando al gobierno de Kiev a derrotar a las fuerzas rusas en Ucrania. Siempre he pensado que si oficialmente no hay tropas rusas en Ucrania, ¿qué habría argumentando Putin en contra de la cesión de cientos de misiles Javelin al ejército ucraniano? Los libros del futuro no juzgarán benévolamente al presidente Obama, me temo.

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La Nueva Guerra Fría después de Donald Trump

Me han preguntado varias veces qué va a pasar con las relaciones de Estados Unidos y Rusia cuando Donald J. Trump asuma la presidencia. El guión dice que debería llegar a un gran acuerdo con su amigo Vladimir Putin y finiquitar lo que yo he venido en llamar la Nueva Guerra Fría. Esa es la teoría.

Calendario ruso celebrando la amistad ruso-estadounidense.
Calendario ruso celebrando la amistad ruso-estadounidense.

El 6 de enero la oficina del Director de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos publicó un documento sobre las acciones rusas para influir en las pasadas elecciones estadounidenses. El informe recoge información de la CIA, el FBI y la NSA. En su página ii leemos:

We assess Russian President Vladimir Putin ordered an influence campaign in 2016 aimed at the US presidential election. Russia’s goals were to undermine public faith in the US democratic process, denigrate Secretary Clinton, and harm her electability and potential presidency. We further assess Putin and the Russian Government developed a clear preference for President elect Trump. We have high confidence in these judgments.
[…]
Moscow’s influence campaign followed a Russian messaging strategy that blends covert intelligence operations—such as cyber activity—with overt efforts by Russian Government agencies, state-funded media, third-party intermediaries, and paid social
media users or “trolls.”
 We assess with high confidence that Russian military intelligence (General Staff Main Intelligence Directorate or GRU) used the Guccifer 2.0 persona and DCLeaks.com to release US victim data obtained in cyber operations publicly and in exclusives to media outlets and relayed material to WikiLeaks.

Traté el asunto de Guccifer 2.0 y DCLeaks.com en mi primera colaboración con el blog Magnet en agosto de 2016. Ahora tenemos una confirmación oficial de que el hacker Guccifer 2.0 y DCLeaks eran tapaderas rusa y que la fuente última de información de WikiLeaks, cuya agenda política está cada vez más alineada con el Kremlin, es la inteligencia militar rusa.

Como en todo lo concerniente a la relación Occidente-Rusia aquí también ha funcionado el principio de acción y reacción. El informe establece en su página 1 que Vladimir Putin tomó la decisión de lanzar una campaña de descrédito de Estados Unidos tras la aparición de los Panama Papers y el escándalo del dopaje deportivo ruso. La combinación de ciberguerra y desinformación es coherente con la doctrina rusa de guerra de la información, que establece un continuo entre guerra y paz además de englobar métodos como la guerra electrónica, la ciberguerra y la desinformación como un todo.

Donald J. Trump ha reaccionado llamando al informe una “caza de brujas” y lo ha relacionado con la búsqueda de una excusa por parte del Partido Demócrata ante la derrota electoral. Caben dos opciones. Por un lado, que el informe haya sido elaborado con informaciones falsas o se sustente en conclusiones erróneas. En tal caso tendríamos una maniobra política de baja estofa que va a quebrar la confianza del gobierno entrante en la comunidad de inteligencia de Estados Unidos. John Robb dijo el pasado 15 de diciemre que Estados Unidos se había convertido en una república bananera por tener un servicio de inteligencia trabajando en contra del presidente electo.

Por otro lado, cabe la posibilidad que el informe sea cierto y que el presidente electo esté actuando con frivolidad en un asunto tan serio en el que demuestra indiferencia, complacencia o complicidad con las acciones de una potencia extranjera contra su propio país. En tal caso estaríamos ante una prueba palpable de la falta de idoneidad de Donald J. Trump para el puesto de presidente de los Estados Unidos. Hace poco, el ex-director de la CIA James Wolsey dimitió de su cargo de asesor de presidente electo. Episodios parecidos podrían crispar a la comunidad de inteligencia de Estados Unidos contra el gobierno y generar una cascada de filtraciones que expongan las maquinaciones del gobierno Trump.

Evidentemente los mensajes de acercamiento de Donald J. Trump hacia Rusia parecen anunciar una era de distensión que acabe con la Nueva Guerra Fría antes de empezar. Personalmente creo que son incompatibles una política aislacionista y el objetivo de Make America Great Again. La  promesa de convertir a Estados Unidos en un país ganador no parece que encaje con la idea de abandonar a los aliados de Europa y Asia-Pacífico para dejar vacíos geopolíticos que ocupen China y Rusia. El propio Trump anunciaba su intención de “fortalecer y expandir” las capacidades nucleares del país.

Trump podrá escenificar su amistad presidencial con Putin, pero si quiere mostrar la firmeza que muchos echan en falta en Obama tendrá que frenar a su amigo ruso. Habrá que ver si se produce un reparto de áreas de influencia que cree unas reglas de juego para el mundo “post-post Guerra Fría”, como diría el profesor Javier Morales o se produce una ruptura cuando Trump mande al rincón a Putin. Sin descartar, claro que Trump sea complaciente con Putin con consecuencias imprevistas en Washington D.C. Tanta incertidumbre viene de la tendencia de Trump a desdecirse y de la extraña mezcla de outsiders y viejos halcones neocón que encontramos en su gabinete.

Cartel en Siria
Carteles en Siria.

Mi intención para Año Nuevo era hacer balance de la Nueva Guerra Fría, tomando como referencia aquel texto inicial de septiembre de 2014. Pero los acontecimientos se han adelantado nuevamente. Lo que puedo decir es que nunca imaginé que lo arrancó como una intuición en el verano de 2014 terminaría encajando de esta manera, con el Kremlin interviniendo militarmente en Oriente Medio a favor de lo que yo entendía como una alianza difusa y los órganos de inteligencia de Estados Unidos denunciando maniobras rusas de desestabilización.

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Vieja Paz Armada y Nueva Paz Armada (I)

Por tercera vez tengo el gusto de presentar en GuerrasPosmodernas.com una firma invitada que amplía las voces y perspectivas a la mía. Empieza a ser ya generalmente asumido que vamos hacia un orden internacional multipolar. Las características y el nombre de ese orden es lo que está en discusión. Así que la firma invitada de hoy, Fernando Geryón, plantea que el orden multipolar que se avecina guarda un paralelismo histórico con el período anterior a la Primera Guerra Mundial (la “primera globalización” de 1873-1914) y plantea las limitaciones del concepto Nueva Guerra Fría.

PARADIGMAS GEOPOLÍTICOS ANTERIORES

Si tuviésemos que comenzar a plantear la descripción del presente paradigma geopolítico habría que empezar por el principio: Los últimos dos siglos han sido los del predominio de la cultura anglo-sajona. En mayor o menor medida, y con todos los avances y retrocesos que se quiera, el liberalismo económico, la globalización, el parlamentarismo y las libertades individuales se han ido extendiendo por la mayor parte del planeta, bien en un pack conjunto (en el caso de los países más avanzados), bien en los aspectos económicos.

Durante el primero de esos siglos, el liderazgo mundial lo portó el Imperio Británico, que heredó la hegemonía oceánica española, y anuló la competencia continental francesa como premio conjunto por ser el gran vencedor de las guerras napoleónicas. A lomos del capitalismo industrial un país pequeño y poco poblado acabó por generar un crecimiento exponencial demográfico y económico con el que pudo alimentar la extensión de sus redes de dominio e intercambio como hasta entonces no se había visto. Esa irradiación del poder y la cultura británica generó un doble movimiento de atracción-repulsión a esa hegemonía creciente. El primero de ellos propició la primera globalización, a la que la Gran Guerra puso término. El segundo de ellos alimentó el antecedente decimonónico de la Guerra Fría.

El Gran Juego de Asia: El emir afgano Sher Ali Khan entre el oso ruso y el león británico.

Los británicos lo denominaron “el Gran Juego” y los rusos “el torneo de las sombras”. Un Imperio Ruso que se iba modernizando y entrando en la órbita de los poderes europeos dejaba sentir su enorme peso demográfico desde el Danubio a Canadá y desde las frías aguas árticas hasta el corazón de Asia. Justo en esta zona, la única en la que podían entrar directamente en fricción con los intereses británicos, se desarrolló durante las décadas centrales del XIX una sucesión de guerras interpuestas, invasiones y conquistas que terminó por delimitar de manera clara las áreas de influencia de ambos contrincantes. Los rusos acabarían por ser la potencia hegemónica en Asia Central pero fracasaron en su misión de bañarse en las cálidas aguas del Índico: Persia y la India se mantuvieron en la órbita británica y Afganistán acabó siendo el aislante entre ambas ambiciones.

El fin del Gran Juego vino determinado por la emergencia de Prusia en Europa, y de Japón en Asia, pero esto ya correspondería al siguiente paradigma geopolítico: La Paz Armada.

En dos décadas se produjeron varios hechos que propiciaron el cambio de paradigma:

1865: Victoria unionista en la Guerra Civil Americana. Los Estados Unidos terminan de dilapidar su herencia colonial y se plantan en la arena mundial como la economía más pujante del planeta con crecimientos sostenidos de dos dígitos. Los grandes avances del capitalismo se están gestando en sus principales centros urbanos.

1868: Fin del shogunato Tokugawa en Japón e inicio de la era Meiji. En pocas décadas Japón pasó de ser una nación aislada y anquilosada a ser una potencia industrial de primer orden. Su victoria naval sobre Rusia en 1905 pone fin a las ambiciones del Zar en Asia y le catapulta al puesto de aspirante a primera potencia regional.

1871: Restauración del Imperio Alemán tras la victoria en la guerra franco-prusiana. La aristocracia terrateniente y militarista de Prusia ejerce de argamasa en el mosaico germánico, que consuma en pocas décadas la reforma agraria y uno de los mayores despegues industriales de la historia.

1885: Fin de la conferencia de Berlín en la que se procede al reparto de África entre los poderes europeos. Invocada a instancias de Francia y Gran Bretaña, se pretende defender el status adquirido por estas potencias en la exploración del continente. Evitará un nuevo Gran Juego, pero dejará insatisfechas las ambiciones globales de la nueva Alemania.

En términos generales la mayoría de historiadores colocan al II Reich como el elemento definidor de la Paz Armada, bien ubicándola en fechas que le competen directamente (1871-1914), bien por considerarlo el principal poder en oposición al Imperio Británico. Desde esa perspectiva la Primera Guerra Mundial, supone el fin de ambos conceptos y da paso al siguiente paradigma.

Y es que ambas guerras mundiales, más el lapso de entreguerras, supone hasta el presente el período de mayor disturbio de la historia de la humanidad y la cuna de la mayoría de las constantes geopolíticas de nuestra era: Consagró el relevo americano dentro de la primacía anglosajona, aupó a Rusia a superpotencia mundial y al Comunismo como alternativa global al Capitalismo, consumó la decadencia de las potencias europeas occidentales, puso fin al mundo colonial y abrió la puerta para que Japón y extremo oriente concentraran la mayor parte del crecimiento económico planetario.

VIEJA GUERRA FRÍA Y NUEVA GUERRA FRÍA

Indudablemente hay elementos de confluencia entre la atmósfera que se respiraba en la segunda mitad del siglo XX y la presente como para querer denominar como Nueva Guerra Fría al paradigma actual:

Rivalidad política Occidente-Rusia: Desde la guerra de Georgia a la presencia rusa en Siria, pasando por todo el culebrón ucraniano, hemos visto como la tendencia “natural” a extenderse hacia el este de las instituciones occidentales han sido quebradas por la voluntad regeneracionista de un Vladimir Putin que pretende resucitar el Lebensraum soviético aprovechando sus recursos petroleros y gasísticos demandados por las principales economías euroasiáticas. Acaso el primer episodio fuese la ocupación del aeropuerto de Pristina tras la victoria de la OTAN en Kosovo…

Rivalidad armamentística Rusia-EE.UU.: Rusia tiene menos de la mitad de población que Estados Unidos (en el tramo juvenil poco más de un tercio), su economía es nominalmente 8 veces más pequeña, 5 veces si se calcula en paridad de poder adquisitivo, y su gasto militar apenas llega al 10% de su contrincante, pero pese a ello realiza un sobreesfuerzo presupuestario para mantener cierta paridad en determinados sistemas armamentísticos. Ello le permite no sólo poder salvaguardar su agenda regional de las injerencias occidentales, sino que se convierte en el primer proveedor de la “disidencia” antiamericana.

Respaldo ruso a los países que conforman el “Eje del Mal”: El fallido paradigma del Nuevo Orden Mundial contemplaba el aislamiento de aquellos países menos receptivos al dominio norteamericano. Una vez que la Rusia de Putin abandonó la convalecencia se ha convertido en socio deseado por cada uno de estos países que han encontrado en el pragmatismo ruso un aliado político en el Consejo de Seguridad de la ONU y un proveedor militar de primer nivel.

Protagonismo ruso en la articulación de un orden político alternativo al eje nordatlántico: Dentro del bloque de los BRICS, Rusia guarda una posición central entre China e India. Con la primera mantiene una fría cordialidad lubricada por la dependencia mutua en el suministro de hidrocarburos. Con la segunda se ha embarcado en importantes programas armamentísticos y comparte una agenda disjunta y complementaria. Ya no hay una rivalidad acusada entre Capitalismo y Comunismo, pero sí entre las tesis liberales del FMI y las premisas estatalistas de este segundo bloque.

Se podría decir que del mismo modo que la Segunda Guerra Mundial fue una reedicion recontextualizada de la Primera, esta Nueva Guerra Fría sería la continuación de la vieja. Sin embargo, en mi opinión, hay ciertas premisas mayores que me impiden aceptar el paralelismo entre ambas, o al menos, considerarlo menos intenso que el que supondría denominar a este período como Nueva Paz Armada.

Para empezar, la Guerra Fría emana de una guerra terriblemente costosa, algo que no ha sucedido en décadas. Durante sus primeros años fue más templada que fría; una U.R.S.S. que no se había desmovilizado mantenía unos recursos militares suficientes como para imponerse con comodidad a la agotada Europa de posguerra. Episodios como el bloqueo de Berlín o el inicio de la Guerra de Corea ejemplificaban el reto que suponía para Estados Unidos consolidar su hegemonía mundial pese a gozar del 50% del PIB mundial y el monopolio nuclear.

Precisamente la ruptura de este monopolio supuso el enfriamiento de ese enfrentamiento. Aún hasta mediados de los 50 EE.UU. podría haber afrontado una guerra abierta con la URSS dada su superioridad aérea que le permitía anular la capacidad nuclear soviética casi sin daños. Esa inferioridad irremontable en décadas motivó que los soviéticos concentraran sus esfuerzos en la tecnología de misiles. Fruto de ello fue el desarrollo del SS-6, primer misil intercontinental, que acabó con la invulnerabilidad americana, y del SA-2, primer misil antiaéreo soviético capaz de derribar aeronaves a gran altura, lo que en la práctica supuso su blindaje.

Pese a la asimetría económica y tecnológica, el resultado de una hipotética guerra abierta sería de empate (o mejor dicho, doble derrota) lo que motivó que se consumaran los principales ejes del nuevo paradigma. Se establecerían una serie de líneas de fallas que aislasen un bloque de otro y el desarrollo de la guerra sería de manera interpuesta en países no desarrollados.

Ahora bien, mientras que la U.R.S.S. ganó peso demográfico, económico y militar a lo largo de la mayor parte de la Guerra Fría, hasta convertirse en el tercer país más poblado, la segunda economía y las fuerzas armadas más numerosas, la Rusia actual apenas sobrepasa el estatus de potencia mediana y por más que tenga ciertas potencialidades que le permitan resurgir (recursos naturales, capacidad de absorber población colonizadora, calentamiento global…), no pasará de ese estatus en la medida en que otros países en vías de desarrollo la superen. En caso de establecer un paralelismo con la vieja U.R.S.S. este debería corresponderle más bien a China, y es en Asia donde está pista central del circo futuro.

Sí hay una cierta Guerra Fría entre EE.UU. (pero no Europa) y el régimen chino, pero las implicaciones salpican a tantos actores (India, Filipinas, Japón, la propia Rusia) que resulta difícil focalizar ese enfrentamiento y mucho menos prever su intensidad en 20 años. EE.UU ya no es esa joven y pujante economía de la posguerra, y caso de haber un adversario a China en el largo plazo sería la Unión India, que le superará en población en breve, se le acercará bastante económicamente, y se prepara para rivalizar con ella militarmente. Pero también este paralelismo resulta algo frágil dado la compleja geometría interna del gigante indostánico.

[Continuará en la segunda parte]

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Narrativas interesadas

Soy procrastinador nato pero mis horas delante del ordenador saltando de página web en página web tienen su lado positivo, como ser bueno jugando al Trivial Pursuit o terminar encontrando conexiones en información dispersa. Así, terminé escribiendo cosas como “El futuro eléctrico”. Mi interés por la Nueva Guerra Fría, que está en las antípodas del concepto Guerras Posmodernas, nació así. Navegando por Internet me fue surgiendo una sensación extraña con la acumulación de comentarios de Menéame.net o publicaciones en  muros de Facebook que reproducían noticias de medios y entradas de blogs con la perspectiva rusa e iraní de conflictos como el de Siria y Ucrania.  Es interesante preguntarse en qué momento y por qué la clase de medios en español que se definen “libres”, “independientes”, “alternativos”, “de contra información”, etc. consideraron a los medios de comunicación públicos de Rusia e Irán como fuentes de información fiables. Podemos además especular sobre quién financia a medios como Voltairenet y LibreRed que no tiene ni un solo banner de publicidad en su portada.

En vez de plantear teorías conspirativas, lo pertinente es tirar del hilo y llegar al origen de los bulos interesados. Recordemos por ejemplo, el caso del bulo sobre los ataques con armas químicas en Siria en agosto de 2013 que decía que habían sido el resultado de un accidente sufrido por los rebeldes al manipular ese tipo de armas entregadas por Arabia Saudita. El bulo lo puso en marcha un medio concreto, Mint Press, dirigido por una joven periodista salida de la nada, hija de un converso al chiísmo que estudió en Irán, sin apenas experiencia y que había montado una publicación on-line con un montón de dinero salido no se sabe de dónde. Tres años después el bulo sigue circulando y hace poco alguien me reprochó, aquí en un comentario, que yo no me hubiera enterado de que aquellos ataques químicos fueron obra de los rebeldes sirios. Expliqué el asunto en: “El ataque con armas químicas de Goutha: Un caso de desinformación”.

La otra parte relevante del fenómeno es cómo se difunden y se popularizan los bulos. Cómo se viralizan y se convierten en memes políticos, diríamos en pleno 2016. Tampoco defiendo tratar el fenómeno desde la perspectiva de las teorías conspirativas, sino que creo que hay que entender que mucha gente difunde los bulos creados en Moscú y Teherán de buena fe por un sesgo de confirmación. Están dispuestos a creer cualquier noticia que les permite seguir criticando a EE.UU., la OTAN e Israel. Así, el respetable profesor Vinceç Navarro, coautor del primer programa económico de Podemos, terminó diciendo bastantes tonterías al reproducir varios bulos sobre el vuelo MH17 de Malaysia Airlines derribado sobre Ucrania en un artículo en el que salía en defensa de Rusia. Otro caso es el de Óscar López Corral, autor del blog Marat, asaltar los cielos, y militante del Espacio de Encuentro Comunista que reproducía un artículo de Alfredo Jalife-Rahme con el bulo sobre que el avión malayo había sido derribado en un intento de asesinar a Putin. Una idea, por cierto, que había circulado pocos días después del derribo del avión al señalar alguien que la librea del Il-96 presidencial ruso y la del Boeing 777 malayo eran parecidas. Pero que no tiene sentido porque cuando un avión viaja a más de 30.000 pies de altura no hay forma de identificar desde tierra las rayas de colores que lleva en el lateral y porque el avión presidencial ruso hacía tiempo que había dejado de sobrevolar Ucrania en sus rutas.

Y con estos precedentes, me ha llamado la atención tras cada atentado terrorista de carácter salafista-yihadista en Europa la proliferación de análisis y comentarios que apuntan al wahabismo, la corriente islámica oficial en Arabia Saudita. No vamos a negar a estas alturas que las autoridades saudíes han difundido su versión conservadora y rigorista del Islam por el mundo. Es relevante que el llamamiento a la yihad lanzado por Osama Bin Laden en 1996 tenía como motivo central la expulsión de las tropas estadounidenses de Arabia Saudita, un asunto muy delicado para la sensibilidad wahabí. Pero si tenemos que hacer un estudio histórico de los grupos, corrientes y autores que influyeron y conformaron el nacimiento de la yihad global en el contexto de la Guerra de Afganistán tenemos que hacer mención del movimiento deobandi, de origen indo pakistaní, o remitirnos a las ideas del egipcio Sayyid Qutb que miembros de la Yihad Islámica Egipcia, como Ayman Al Zawahiri, llevaron consigo. La genealogía intelectual del yihadismo global es compleja y no deriva precisamemente de la corriente principal y oficial del wahabismo, que se ha mantenido desde el siglo XVIII como una doctrina defensora del status quo y la legitimidad de la familia Al Saud. Por tanto, no hay que confundir ultaconservadurismo con las ideas yihadistas. Por más que ambas compartan una naturaleza extremista. Y por supuesto, entender la peculiar naturaleza aparte de las ideas apocalípticas del Estado Islámico, tal como Manel Gozalbo explicaba en “El califato del fin del mundo”.

La pregunta es, entonces, cómo es que de pronto proliferan análisis sobre la culpabilidad del wahabismo, y por tanto de Arabia Saudita, en la actual ola terrorista. Basta acudir a Google. Empecé por Voltairenet, origen de numerosos bulos y teorías conspirativas sobre EE.UU., la OTAN, Israel, etc. Encontré una entrevista dada por su director, Thierry Meyssan, a una revista serbia donde menciona repetidas veces el término wahabismo: “El plan imperialista de trece años para Siria” (16 febrero 2014). También encontré artículos como “¿Es musulmán el wahabismo?” (19 de enero de 2015). Podría seguir, pero busqué entonces en páginas web españolas y encontré en Rebelión.org el artículo “El wahabismo: la ideología de los terroristas degolladores del Daesh-ISIL y cáncer inoculado en la comunidad musulmana” (30 mayo 2015), en cuyas referencias bibliográficas aparece, cómo no, un artículo de Thierry Meyssan en Voltairenet. En Rebelión.org encontré dos cosas interesantes. El artículo “Breve descripción de la ideología del Estado Islámico” (17 diciembre 2014) es obra del argentino Kamel Gomez El Cheij, cuyo blog Islam en Mar del Plata tiene por subtítulo “Hacia la conformación de un Islam Nacional y Popular”. ¿Qué significa “nacional y popular” (nac & pop) en el contexto argentino? Kirchnerista. Podemos encontrar al menos un artículo de Kamel Gómez en el sitio web euroasianista Katehon. El otro artículo es “¿Quién es el culpable del terrorismo musulmán?” (23 enero 2015) de Andre Vltchek. El artículo fue originalmente publicado en Counterpounch, donde Vltchek aparece como “filósofo, novelista, cineasta y periodista de investigación” que realiza documentales para TeleSur y Press TV, canales de televisión internacionales. El primero lo financia un consorcio de los países “bolivarianos” y el segundo forma parte de la corporación pública iraní. En esos tres artículos de Rebelión.org se habla de wahabismo y se le atribuye la responsabilidad de las corrientes yihadistas contemporáneas. Por ejemplo, Vltchek afirma: “Casi todos los movimientos radicales en el Islam de hoy, en cualquier parte del mundo, están vinculados con el wahabismo”.

Lo que he hecho no es más que una búsqueda rápida impulsada por el instinto. Pero creo que queda clara la idea que intuía. Arabia Saudita no es la clase de país donde me gustaría vivir. Pero estando últimamente inmerso en lecturas sobre el origen de la yihad global, me saltaron varias alarmas ante la sensación de que alguien llevaba tiempo poniendo en circulación un argumentario sobre Arabia Saudita como origen de los males del Islam contemporáneo y cuna del yihadismo global. Esas críticas no son el resultado de un posicionamiento moral sobre el país, sino pura ideología en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Así no es casual que las ideas lanzadas por medios posicionados del lado iraní terminando en un efecto de bola de nieve apareciendo en medios y blog españoles de izquierda. Otras veces es pura coherencia militante. Los nacional-populistas están con los gobernantes de Rusia, Irán, Siria y Venezuela en contra de Occidente y sus aliados.

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com:

“El antisemitismo y la dimensión ideológica de la Nueva Guerra Fría” (10 julio 2016)

“La factoría de bulos” (21 noviembre 2015)

“Voltairenet, la gran impostura” (13 noviembre 2013)

El antisemitismo y la dimensión ideológica de la Nueva Guerra Fría

Imaginen que durante la campaña de referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea alguien hubiera usado el argumento de que el país despilfarraba recursos con sus contribuciones al Fondo de Cohesión. Y acompañara el mensaje con una caricatura en la que se representaba a los habitantes de los países PIGS como vagos y ladrones por naturaleza. Nos parecería un mensaje racista, más allá de la exactitud de los datos empleados o que efectivamente el dinero europeo fuera dilapidado en España en tramas corruptas. El asunto de fondo quedaría entonces al margen ante un mensaje despreciable. Algo así perpetró Izquierda Unida de Madrid el pasado jueves día 7 de julio en su campaña contra la visita del presidente Obama a España.

IU Antisemita

Podríamos señalar la ironía de que el presidente Obama fuera bievenido en Cuba mientras que los comunistas españoles monten una campaña contra su visita.

Considerando que el viernes arrancó en Varsovia una cumbre de la OTAN en la que Rusia será un tema central, tendré pronto que volver a hablar aquí sobre la Nueva Guerra Fría. No creo que quede alguien a estas alturas que niegue que hemos entrado en una nueva fase de las relaciones de Occidente y Rusia, aunque no nos pongamos de acuerdo con el nombre. Es fácil entender la rivalidad geopolítica de Occidente y Rusia. Es visible en lugares como Ucrania y Siria. Pero considero que estamos en una Nueva Guerra Fría porque el conflicto tiene una dimensión ideológica que no resulta evidente a primera vista y que se extiende a ámbitos tan diversos como la cultura o el deporte.

Si repasamos las alianzas de Rusia en Oriente Medio con los países del “Eje de la Resistencia” y en Hispanoamérica con algunos de los países del ALBA vemos que todo arrancó de manera coyuntural. Por ejemplo, Venezuela se acercó a Rusia tras bloquear Estados Unidos en 2005 la exportación de tecnología israelí para modernizar los cazabombarderos F-16A, la punta de lanza de fuerza aérea venezolana. El gobierno venezolano decidió entonces, en medio de los temores a una invasión estadounidense, a firmar un gran contrato de armas con Rusia en 2006. Sería el comienzo de una relación en el que se firmarían más contratos de armas importantes, habría visitas militares rusas a Venezuela y se realizarían maniobras conjuntas.

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Lanzadera de misiles S-300VM de origen ruso del 394º Grupo Misilístico Antiaéreo “Comandante Supremo Teniente Coronel Hugo Chávez Frías”. Foto vía VenezuelaDefensa.com

Existen diferencias sustanciales en el funcionamiento de la política en Rusia, Venezuela e Irán, pero encontramos que los gobiernos y sus entornos comparten un discurso contra la hegemonía estadounidense, el intervencionismo de la OTAN y la influencia cultural de Occidente. Esa misma visión del orden internacional unió a aliados tan dispares, sin olvidar que no sólo hablamos de las relaciones de Rusia con el resto, sino también de la que mantienen Venezuela e Irán.

Aparte de una misma visión sobre el orden internacional, encontramos el parecido del discurso político que mantienen de puertas adentro los gobiernos de países tan diferentes. Afirman que defienden los intereses de las masas populares, los  “oprimidos” (mostazafin) en Irán y los “descamisados” en Argentina, desatendidas por unas élites occidentalizadas y traidoras. El líder sería por tanto la encarnación del Pueblo y su legimitidad no necesita ser validada en un sistema electoral al estilo occidental.

Donde mejor quedaron sintentizados esos dos pilares ideológicos fue en la Argentina kirchnerista, donde se hablaba del proyecto “nacional popular” (nac & pop). La expresión “nacional popular” tiene su origen en Antonio Gramsci, que propuso un populismo de izquierdas como respuesta al auge del fascismo, aunque él empleara la expresión en su análisis de la cultura italiana. Las ideas de Gramsci fueron retomadas por el argentino Ernesto Laclau, que trató de darle empaque intelectual al populismo en La Razón Populista.  Laclau ejerció así de intelectual orgánico del kirchnerismo desde la comodidad de la Universidad de Exeter, en el Reino Unido. Michael Eltchaninoff emplea también el concepto “nacional popular” en su imprescindible libro En la cabeza de Vladimir Putin (Librooks, 2015) para definir la escurridiza naturaleza ideológica del “putinismo”.

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Ahmadinejad, Putin, Maduro y Morales en una cumbre de países exportadores de gas. Foto: EFE vía El Mundo.

El discurso “nacional popular” no puede ser diseccionado desde las coordenadas clásicas de izquierda-derecha. De ahí que encontremos en Europa fuerzas a izquierda y a derecha despotricando de la globalización neoliberal, de los burócratas de Bruselas, de la clase política, etc. mientras recogen el voto protesta. Como ya señalé en su momento, no sin recibir muchos ataques personales en las redes sociales, en la Unión Europa encontramos un punto de convergencia. En las votaciones concernientes a Rusia y Ucrania en el Parlamento Europeo partidos tan diferentes como el británico UKIP, el español Podemos, el francés Front National y el alemán Die Linke votan a favor de los intereses rusos. Votaron en contra del Acuerdo de asociación de Ucrania y la Unión Europea. Y han votado en contra de las condenas a la anexión de Crimea y al papel de Rusia en el conflicto ucraniano.

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Gráfico del canal público ruso RT.

En la extraña confusión ideológica de la Nueva Guerra Fría ultraderechistas franceses y comunistas españoles acudieron a luchar codo con codo en la Brigada Prizrak (Fantasma) en las filas separatistas de la Ucrania oriental. O encontramos que en España, el régimen de Bashar Al Assad es apoyado por los neofacistas del Movimiento Social Republicano y los comunistas de Izquierda Unida. Esas líneas ideológicas tan difusas, donde las simpatías por la Rusia de Putin y  el rechazo a lo que encarnan Estados Unidos y la Unión Europea son más relevantes que el eje izquierda-derecha, es lo que hace que resulte difícil explicar la dimensión ideológica de la Nueva Guerra Fría.

Pero hay otro asunto más que se convierte en un extraño polo de convergencia ideológica a izquierda y derecha. Las simpatías hacia el Eje de la Resistencia (Irán, Siria, Hezbolá y HAMAS) y hacia a la causa palestina sirven de excusa para el tradicional antisemitismo que ahoran practican tanto ultraderecha como ultraizquierda. En Rusia, donde los fundamentos ideológicos del “putinismo” están en construcción y una reinterpretación del pasado histórico está en marcha, el antisemitismo ha vuelto al discurso público.

En Argentina la presidenta Cristina Fernández de Kirchner les recomendó  a los estudiantes de un colegio leer El Mercader de Venecia (donde aparece la figura del usurero judío Shylock) “para entender a los fondos buitres” ya que “[l]a usura y los chupasangre ya fueron inmortalizados por la mejor literatura hace siglos”. Lo que es una anécdota, hay que entenderlo en el contexto de las relaciones entonces de Argentina e Irán, cuya investigación le costó la vida al fiscal Alberto Nisman. El discurso antisemita fue asumido por las bases kirchneristas en su doble vertiente de rechazo de Israel y de los judíos como encarnación del capitalismo internacional.

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Foto vía Eliminando Variables.

En Reino Unido y Alemania hemos tenido además ejemplos recientes. Jeremy Corbyn, actual líder del Partido Laborista y declarado “amigo de Hezbolá y HAMAS”, se vio presionado a crear una comisión para investigar el percibido ambiente de antisemitismo rampante en el partido tras su llegada al puesto. El día de la presentación del informe, que concluía que no existía antisemitismo en el partido y hacía recomendaciones para combatirlo, Corbyn se mostró opuesto a discriminar y atacar a los ciudadanos de Israel porque, según él, eso sería equivalente a atacar a los musulmanes de todo el mundo por la acciones del Estado Islámico. La comparación entre Israel y el Estado Islámico no ayudó a despejar las dudas sobre el antisemitismo en el partido.

En Alemania, por su parte, estalló la polémica tras descubrirse que en un libro publicado en 2012 por un parlamentario regional del partido Alternativa para Alemania (AfD), un partido considerado el equivalente alemán del Front National francés y que simpatiza con Putin, defendía a los negadores del Holocausto y afirmaba que Los Protocolos de los Sabios de Sión era una obra que reflejaba los planes reales de los judíos para la dominación mundial.

Y finalmente llegamos a España. Recordemos el apoyo del Partido Comunista de España (principal partido de la coalición Izquierda Unida) a un acto de solidaridad con el régimen de Bashar Al Assad celebrado el año pasado en Madrid en el que intervino Francisco Frutos, quien fuera secretario general del Partido Comunista de España entre 1998 y 2009. El apoyo de Paco Frutos al régimen sirio no fue cosa puntual, habiendo viajado recienteme al país para reunirse con miembros del partido de Bashar Al Assad y dedicado varias entradas de su blog a loar al régimen sirio.

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Francisco Frutos en Siria. Foto: Crónica Popular.

La visita de Francisco Frutos a Siria para reunirse con miembros del régimen no fue una iniciativa personal y aislada. Ayer sábado día 9 de julio el eurodiputado de Izquierda Unida Javier Couso llegó a Damasco tras pasar por Beirut, donde se reunió “con representantes de la rama política de Hezbolá y del Partido Comunista de Líbano”. Hoy domingo se reunirá con el presidente Bashar al Asad “para analizar la situación del conflicto y las vías para avanzar hacia la paz en Siria”. En el Parlamento Europeo, Izquierda Unida votó en contra del Acuerdo de Asociación de Ucrania y la Unión Europea. Votó en contra de las condenas a la anexión rusa de Crimea y del papel de Rusia en el conflicto ucraniano. Los ataques a Israel y el antisemitismo no tenemos que entenderlo como el resultado de una postura moral ante el conflicto árabe-israelí. Es el producto de un posicionamiento ideológico.

La Nueva Guerra Fría es un concepto en construcción. Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com
La dimensión ideológica de la Nueva Guerra Fría (28 agosto 2015)
Reconsiderando la Nueva Guerra Fría (7 agosto 2015)
La gran paradoja ideológica de la Nueva Guerra Fría (14 junio 2015)
Un esquema provisional de la Nueva Guerra Fría (29 enero 2015)
La Nueva Guerra Fría (10 septiembre 2014)

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