War Machine (2017)

La realidad se ha mucho más interesante que la ficción desde el 11-S. Una comedia política sería incapaz de ofrecer un presidente más ridículo que Donald Trump o una película de acción sería incapaz de ofrecer unos malos más siniestros que el Estado Islámico. Así que cuando la ficción cinematográfica pretende reflexionar sobre la estupidez o la incopetencia humana le queda dos caminos. O toma la vía del documental o nos cuenta la historia con humor de forma descarnada. Pienso en el caso de las geniales In the Loop (2009) y The Big Short (2015).

War Machine pretende ser una sátira sobre el fracaso occidental en Afganistán. Para ello se “inspira” en la historia del general Stanley A. McChrystal, caído en desgracia porque un reportero de la revista Rolling Stone reprodujo los comentarios críticos hacia figuras políticas hechos por sus subordinados en privado mientras esperaban atrapados en Europa a que se reanudaran los vuelos después de la entrada en erupción de un volcán islandés. McChrsytal tenía un historial brillante, tras mandar el JSOC y a las fuerzas especiales en Iraq, cuando llegó a Afganistán para comandar la fuerza multinacional ISAF. Pero War Machine no nos cuenta la historia de McChrystal, sino que inventa un ridículo general de ficción, interpretado por Brad Pitt, para caer así en el terreno de la farsa.

Brad Pitt y su permanente mueca en War Machine. Foto: ew.com

El problema surge cuando War Machine pretende ponerse también seria para contrastar las buenas intenciones occidentales y la cruda realidad de la guerra en Afganistán. Tras haber mantenido el tono de comedia, el súbito tono dramático de la película queda forzado y arruina el tono de humor. El tema daba para mucho más.

War Machine puede verse en Netflix España.

 

“Fauda” (Israel, 2015)

La televisión israelí es una cuna de talento que ha dado origen a adaptaciones en muchos países, como las series estadounidenses “In treatment” y “Homeland”. Ahora, gracias a Netflix España, podemos empezar a ver películas y series originales israelíes y saltarnos la intermediación anglosajona. Una de esas series es Fauda, creada por Lior Raz y Avi Issacharoff. A este último lo descubrí cuando trabajaba para el diario israelí Haaretz y era el coautor con Amos Arel del MESS Report. Ambos fueron autores del libro 34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon. Pero, periodísticamente hablando, Avi Issacharoff es célebre por su trabajo sobre el terreno en los territorios palestinos. Lior Raz,  por su parte, sirvió como oficial en una unidad especial del ejército israelí. Así que podemos encontrar en el currículum de ambos pistas de dónde surge las altas dosis de verosimilitud de la serie.

Fauda

La trama de Fauda arranca con Doron Kavillio, el personaje interpretado por Lior Raz, viviendo una vida familiar dedicado a la producción de vino. Un día aparece en su casa el comandante de sus antigua unidad militar para contarle que el “Pantera”, un famoso territorista de HAMAS al que supuestamente Doron había matado en sus tiempos de servicio, no sólo está vivo sino que se sabe que va a aparecer en la boda de su hermano pequeño. A pesar de la oposición de su mujer, Doron acepta participar en la misión para acabar de una vez por todas con su antigua némesis. Su antigua unidad resulta ser una unidad “mista’arvim”, soldados que se infiltran vestidos de civil en los territorios palestinos haciéndose pasar por árabes. Para ello disimulan su apariencia con pelucas, lentes de contacto, maquillaje, etc Manejan el árabe dialectal y aprenden todo lo necesario para hacerse pasar por palestinos. Véase por ejemplo desde el punto de vista palestino: “How the IDF goes undercover among Palestinians”. En el trabajo diario de estos soldados cuando son descubiertos y tienen que ser rápidamente evacuados usan como código la palabra árabe “fauda”, que significa “caos” (¿en español diríamos “follón”?) y que da nombre a la serie.

La operación que realiza Doron y sus antiguos compañeros para capturar al “Pantera” sale mal. El hermano pequeño del “Pantera”, el novio de la boda, muere y el terrorista escapa. A partir de ahí se ponen en marcha la trama de la serie, donde el empeño de Doron en cazar al “Pantera” y el empeño del “Pantera” de cometer un atentado apocalíptico que prenda la región en llamas los consumirá y les hará pagar un alto precio. Fauda destaca porque muestra con matices y claroscuros a cada bando constryuendo personajes complejos lejos de la ficción estadounidense, donde los buenos son los únicos humanos y los terroristas siempre son personajes bidimensionales. Y es un placer verla en versión original, escuchando las inflecciones del hebrreo y el árabe. Rodada en Israel, evidentemente la ambientación es buena. Aunque quien espere encontrar aquí una muestra de Tácticas, Técnicas y Procedimientos de las fuerzas especiales israelíes se llevará una decepción. Me parece una serie altamente recomendable. Fauda tendrá una segunda temporada. Y sus creadores anunciaron que la trama seguiría más de cerca la actualidad de la región.

Guía urgente sobre las votaciones de Eurovisión

Todos los años lanzo un hilo en Twitter anticipando los cruces de votos de Eurovisión en función de afinidades culturales y lazos históricos. Este año, para dejarlo escrito de una vez por todas, lo recopilo aquí.

La cuestión es que en Eurovisión siempre hay un puñado de países favoritos que recogen los votos de más valor (12 y 10 puntos) de la mayoría de países pero siempre se cuelan otros que muestran generalmente los sesgos peculiares de cada país. Por ejemplo: Noruega, Suecia y Dinamarca, suelen repartirse puntos entre ellos por sus evidentes lazos culturales. Mientras que Suecia mantiene vínculos históricos con Finlandia, que alberga una minoría sueca. El finlandés, por cierto, no es una lengua germánica. El único país que comparte lazos lingüísticos con Finlandia es Estonia. Así Finlandia, intercambia votos con Suecia y Estonia.

Las tres repúblicas bálticas (Lituania, Letonia y Estonia), son otro caso de países con lazos históricos que se intercambian votos. Cada uno tiene peculiaridades. Como dije antes, el idioma de Estonia comparte raíces con el finés. Letonia mantiene lazos con Suecia. Y la católica Lituania, estuvo unida durante siglos a Polonia.

Otra región europea donde se intercambian votos la forman los países balcánicos, formando parejas según afinidades y cercanía. Así intercambian votos Eslovenia y Croacia. Luego Bosnia, que alberga población de etnia croata y serbia, intercambia votos con Croacia y Serbia. Este último los intercambia con Montenegro. Y luego Macedonia tiene una afinidad lingüística con Bulgaria, con quien intercambia votos.

Grecia y Chipre son dos países que da igual que el otro mande una cabra hasta arriba de anfetas a Eurovisión, que se suelen intercambiar muchos puntos. Y podríamos hacer algunas parejas lingüísticas más, como República Checa-Eslovaquia y Rumanía-Moldavia, que en algún momento de la historia llegaron a estar unidas. Por último, habría que recordar que hasta la crisis de Ucrania de 2014 ese país intercambiaba votos con Rusia y Bielorrusia. La invasión rusa de Ucrania marcó un antes y después, politizándose el concurso en el contexto de la Nueva Guerra Fría.

Una novedad en Eurovisión lo supuso el «voto popular». Ahora vota el público. Y la presencia de ciudadanos de un país en otro se nota en las votaciones. Por ejemplo, la comunidad turca en Alemania que envía votos desde allí o la comunidad rumana en España.

Evidentemente estos apuntes no son científicos sino una aproximación. Pero si uno acude a las estadísticas históricas de voto encuentra que hay un patrón en los países que dieron las puntuaciones más altas a España. Constituye un eje euromediterráneo que va de Portugal a Israel y pasa por Italia, Grecia y Turquía.

“Cartel Land” (2015)

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Cartel Land es un documental que retrata la vida en EE.UU. y México de dos personas que decidieron tomar la iniciativa ante lo que percibían como la inacción del Estado en el contexto de la “guerra” contra el narcotráfico. Por un lado tenemos a un estadounidense que patrulla la frontera con un grupo armado de civiles y por otro lado tenemos a un mexicano que lidera un grupo de “autodefensa” contra los cárteles de la droga. Al contrario de lo que estamos acostumbrados en España cuando se trata de reportajes periodísticos, aquí no hay moralina o la construcción de un relato de buenos y malos. Mucho menos tenemos la aparición intrusiva del reportero como un personaje más. Según avanza el documental, vemos que cada personaje tiene más matices que los que a priori podríamos pensar y el asunto evoluciona enormemente en el lado mexicano.

Cartel Land cuenta por un lado la historia de Tim Foley, miembro de Arizona Border Recon. Se trata de una organización civil que patrulla la frontera entre Estados Unidos y México en busca de inmigrantes ilegales y traficantes de droga. Foley cuenta cómo la crisis económica de los últimos años lo dejó en paro y que al buscar trabajo en la construcción no lo encontró por la abundancia de inmigrantes ilegales en el sector.  De ahí que decidiera tomar cartas en el asunto, patrullando la frontera. Arizona Border Recon rechaza el empleo del término milicia, relacionado con grupos armados de ciudadanos que desconfían del poder de Washington y que fue bastante relevante en la primera mitad de los años 90. Escribí al respecto en “Dejados atrás: De las milicias a Trump“.
'Fearless exposé': Matthew Heineman's Cartel Land.

Por otro lado tenemos al doctor José Manuel Mireles Valverde, un médico de Michoacán, estado de México azotado primero por la violencia del cártel de la Familia Michoacana y luego por la violencia del cártel de los Caballeros Templarios. El documental muestra en sus comienzos el entierro de los trabajadores de una plantación de limones y sus familias, incluye niños y bebés, cuyo dueño se negó a pagar la extorsión de una banda criminal. Mireles, un tipo carismático, formó en 2013 un grupo de ciudadanos armados para enfrentar esa violencia ante la falta de respuesta de las autoridades.

Según avanza la historia vemos que Foley es alguien que vivió un pasado de abusos familiares, drogas y alcoholismo. Y podemos sospechar que, más allá de las motivaciones políticas de sus compañeros racistas y survivalistas, su dedicación al grupo Arizona Border Recon es un camino de búsqueda de redención y propósito en la vida. Algo en el fondo no muy distinto de los musulmanes que acuden desde Europa a sumarse a las filas del Califato o los occidentales que se unen a los grupos kurdos o asirios que los combaten.

Cuando el doctor Mireles sufre un accidente de aviación, el liderazgo lo asume temporalmente “Papá Pitufo”, un personaje que vemos no transmite su carisma y liderazgo.  Las Autodefensas, que surgieron como una fuerza para combatir la violencia y los abusos de las organizaciones criminales, terminan convirtiendo en un poder en sí mismo.Sus miembros realizan registros a conductores, detenciones, interrogatorios con torturas y asaltos a casas de supuestos narcotraficantes, que terminan saqueadas. Finalmente, tanto el gobierno mexicano como los cárteles de la droga terminan respondiendo tratando de captar a las Autodefensas por un lado y tratar de infiltralas por otros. Mireles terminará solo después de que los acontecimientos evolucionen sin haber podido controlar su creación.

“Cartel Land” puede verse actualmente en Netflix España.

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“The Attacks of 26/11”

TheAttacksof_2611El 26 de noviembre de 2008 un comando terrorista perteneciente al grupo yihadista Lashkar-e-Taiba (con conexiones en España)y procedente de Pakistán desembarcó en la bahía de Mumbai. Sus miembros se repartieron en parejas por la ciudad. Algunos dejaron artefactos explosivos con temporizador en al menos dos taxis para que explotaran mientras lanzaban sus ataques y así aumentar la confusión. Los terroristas abrieron fuego en un bar, una estación  de tren, un hospital, dos hoteles y la sede local de la organización judía hasídica Chabad Lubavitch. 166 personas murieron y cientos resultaron heridas. Aquellos acontecimientos los vivieron varios políticos españoles, entre ellos Esperanza Aguirre. También estuvo allí Gonzalo Martín, que ha sido firma invitada en  este blog y que contó la experiencia en gonzalomartin.tv.

Los ataques de Mumbai causaron un impacto tremendo en la India por prolongarse durante horas, con la policía superada por ataques simultáneos en varios puntos de la ciudad mientras los medios y las redes sociales daban una cobertura masiva. Los policías, con viejos fusiles de cerrojo Lee-Enfield, se vieron totalmente superados por la potencia de fuego de los terroristas, que mantuvieron contacto con alguien en Pakistán que les iba proporcionando información que recogía en los medios e Internet. Aquel ataque sirvió a John Sullivan y Adam Elkus para teorizar sobre un nuevo tipo de ataque terrorista que bautizaron “urban siege” (asedio urbano) y que me parece personalmente el marco más interesante para interpretar la última ola de ataques terroristas, desde el centro comercial Westgate de  Nairobi en 2013 a los ataques de París el 13 de noviembre de 2015. Será un tema al que volveré.

En mis lecturas sobre aquellos ataques llegué a la película india “The Attacks of 26/11” de 2013. La película trata de mostrar los hechos reales y usa como hilo conductor la comparecencia ante una comisión no identificada de Rakesh Maria, el comisario de policía al mando de la sala de control durante los ataques. Sin embargo, la película no cuenta cada uno de los ataques, sino que se centra principalmente en aquellos en los que participó Ajmal Kasab, el único terrorista que fue capturado con vida y cuya imagen se convirtió en una de las más asociadas a los ataques, al difundirse un fotograma de unas grabaciones de una cámara de seguridad de la histórica estación de tren Chhatrapati Shivaji Terminus. Los dos personajes terminarán por cruzarse. El clímax final de la película se produce cuando durante los interrogatorios a Ajmal Kasab, Rakesh Maria tiene la idea de llevarlo a la morgue para que vea los cadáveres de sus compañeros de comando terrorista. Esa escena final está basada en un hecho real. Ajmal Kasab se derrumbó después de ver las caras desfiguradas de los muertos, cuando él creía que los encontraría con una mueca congelada de felicidad al vislumbrar el paraíso antes de morir.

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Al contrario de lo que uno pueda esperar del cine indio, se trata de una película que intenta mantenerse en el género del docudrama. Aunque los intentos de realismo se convierten en un lastre en las escenas rodadas con steadicam en el barco pesquero que lleva a los terroristas a Mumbai. Entre los vaivenes del barco y un uso poco depurado de la técnica, nos encontramos un resultado algo chapucero. Por su parte, las escenas de los ametrallamientos a sangre fría de las víctimas están cargadas de un dramatismo subido de tono, pero dada la carga emocional de los acontecimientos es comprensible. Para el que quiera conocer aquellos ataques recomiendo encarecidamente el visionado del documental “Terror in Mumbai”, producido por la cadena estadounidense HBO y narrado por Fareed Zakaria. Descubrirán que la realidad bien contada supera cualquier ficción.

De la película merece la pena rescatar un fragmento que he subido a Youtube tras ponerle subtítulos en español. Muestra el caos y confusión en la sala de control de la policía de Mumbai mientras se suceden ataques en varios puntos de la ciudad. La saturación no la producen solo la avalancha de informaciones sobre los ataques, sino los rumores. informaciones contradictorias y múltiples versiones sobre cada uno de ellos. Contiene una de las escenas más visualmente logradas de la película, con Rakesh Maria aturdido por la infoxicación en medio del caos e incapaz de responder a los requerimientos de sus subordinados. A continuación, el personaje de Rakesh Maria reflexiona lo que supone para la policía enfrentarse a un comando terrorista dispuesto a morir en una situación totalmente novedosa. Unas reflexiones que resultarán familiares a los policías francesas que intervinieron el 13 de noviembre de 2015 en París.

The Force Awakens

El domingo por la noche desaparecí para ir al cine solo a ver en versión original The Force Awakens. No lo hice a propósito para huir de la “fiesta de la democracia” y el baile de escaños en el que todos dicen que ganan. Lo hice para evitar que algún hijo de puta me reventara la película. Soy fan desde siempre pero la verdad es que estaba harto del machaque promocional, tan habitual en el imperio Disney. (¿¡Naranjas, manzanas y uvas promocionando la película!?). Me llamó la atención que la película fuera el acontecimiento mediático del momento y pareciera que todo el mundo esperaba la película, cuando allá por los 80 y 90 los fans de La Guerras de las Galaxias éramos cuatro gatos. Soy de los que jugué al juego de rol de West End Games y en mi 286 incluso llegué a jugar a una adaptación del juego de recreativa original de 1983. Y no lo digo con el esnobismo de los que se dedican a repartir carnets de “verdadero fan”, sino recordando que en mi clase de 8º E.G.B. habíamos sólo tres frikis de treinta y tantos estudiantes. En aquel entonces, ser aficionado a los cómics te convertía en objeto de las burlas. Viví incluso alguna experiencia desagradable de acoso escolar. Hoy, sin embargo, el estreno de las películas de súper héores de Marvel y D.C. son el gran acontecimiento, con estrenos programados hasta 2020.

La película. Según han ido pasando los días se ha ido asentando las ideas en mi cabeza. Y la sensación que tengo es que J. J. Abrams et. al. decidieron ir a por lo seguro, limitándose a tomar los momentos climáticos de la versión original para componer una versión actualizada, con efectos especiales avanzados y un elenco políticamente correcto. Esta vez, tenemos a una chica, a un negro estadounidense y un hispano entre los actores protagonistas. La película se me hizo larga (dos horas y cuarto, dura) y hubo momentos en el primer tercio en los que sentí estar ante una película de aventuras/acción convencional con los protagonistas corre que te corre perseguidos por los malos entre explosiones. La cuestión es que me divertí. Tiene sus momentos de humor y está lleno de guiños a la masa de fans. Cuando salí del cine incluso consideré que volvería a verla. Pero como dije, fueron pasando los días y seguí dándole vueltas a la cabeza.

Recuerdo, ya antes de terminar el colegio, discutir sobre los rumores en torno a una nueva trilogía. Pasados los años, el asunto se tomó mítico. Y ahora, tras ver la nueva película me quedé pensando que es una película deseada pero ¿necesaria? Se trata de revisitar el espacio de la fantasía e ilusión que vivimos de niños. Y evidentemente los medios técnicos permiten ahora cosas que ni George Lucas pudo soñar entonces. Pero tengo la sensación que se perdieron cosas por el camino.  Las limitaciones técnicas de aquel entonces le dieron una estética particular a la serie que Abrams trata de mantener pero que se pierde cuando se abusa de los efectos visuales hechos por ordenador. Por hacer un paralelismo, es como si alguien quisiera hacer la continuación de un spaghetti western de finales de los 70 en pleno 2015. El resultado sería una cosa muy diferente. Y hay algo que recordar. La película original de 1977 bebe estéticamente del western, de las películas británicas sobre la Segunda Guerra Mundial, del cine japonés de samurais, etc. Mientras que su argumento, lo hace de los mitos universales. Echo en falta esa épica, sustituida por la maquinaria de Hollywood de fabricar blockbusters.

“Mr. Robot” y “American Odyssey”

Desde mi gran maratón de series de televisión (Rubicon, Generation Kill, The Pacific…) en el invierno austral de 2010 no me había enganchado a ninguna. Y eso que en estos años se ha vivido un verdadero boom que ha convertido a las series de televisión en el producto cultural del momento mientras Hollywood se ahoga en reboots, remakes y franquicias. La cuestión es que sin recordar bien cómo, me enganché hace poco a Mr. Robot y American Odyssey.

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Mr. Robot es la historia de Elliot, un experto en seguridad informática, que en su vida privada ejerce de hacker justiciero y se ve envuelto en una iniciativa para borrar los datos de una gran corporación, E Corp, a la que precisamente proporciona servicios la empresa para la trabaja. E Corp, un trasunto de Enron, es el mayor acreedor de préstamos del consumo del país y el objetivo del proyecto es borrar de golpe todo rastro contable para liberar a sus clientes. El asunto tiene un giro personal porque el padre de Elliot murió tras la exposición a un escape tóxico en una planta propiedad de E Corp sin que derivara en consecuencias penales para la empresa. Así que acepta participar en el proyecto y a partir de se aceleran los acontecimientos.

Dicen los que entienden del tema, que todo el hacking que se ve en la serie es tremendamente realista. No vemos escenas de tecleo compulsivo delante de un shell ni órdenes tipo “overrride password”, tan habituales en las escenas de ficción sobre hackers. Aquí, por el contrario, vemos mucha ingeniería social, troyanos y manipulación de móviles. Me parece destacable el retrato realista que la serie hace de Nueva York.

La expectación lograda con el episodio piloto llevó a que la serie fuera renovada antes de estreno. Si embargo, lo que parecía una serie muy friki centrada en el mundo del hacking fue centrándose cada vez más en Elliot y su inestabilidad emocional. Habrá que esperar a 2016 para la segunda temporada.

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American Odyssey arranca con un equipo de fuerzas especiales estadounidenses que tras asaltar una vivienda en Tessalit, en el norte de Mali, descubren inesperadamente que uno de los muertos es un líder de Al Qaeda. El equipo incluye la sargento 1º Odelle Ballard en el rol de Female Engagement Team. Revisando el portátil del terrorista ella encuentra pruebas de un pago a Al Qaeda de SOC, una gran corporación estadounidense. Mientras esperan la exfiltración el equipo es atacado sólo sobreviviendo la sargento 1º Ballard. A partir de ahí, comienza la odisea a la que hace referencia el título, porque oficialmente se le da por muerta mientras huye a través de Mali del equipo de una PMC estadounidense que quiere matarla, cruzándose con tuaregs, miembros de Ansar Dine y narcotraficantes. Mientras tanto, en Estados Unidos dos personas se cruzarán en el camino de SOC y la trama para pasar página con el asunto de Mali. Uno es Peter Decker, un antiguo fiscal trabajando ahora en la empresa privada como especialista en business intelligence, que es encargado de supervisar detalles de la fusión de SOC y encuentra cosas sospechosas que le harán tirar del hilo. Otro es Harrison Walters, el hijo de un famoso reportero del New York Times que es portavoz de los activistas que protestan contra la reunión del G8 y al que un hacker simpatizante de la causa le cuenta que tiene pruebas de que Ballard envió un correo electrónico comunicando que estaba viva.

Cabe agradecer el esfuerzo de producción. Las escenas que suceden en España, fueron rodadas en España. Y las escenas que suceden en Mali, fueron rodadas en Marruecos. Así que al menos, nos libramos de ver otra vez a México y Arizona como España y el Sahel. Alguien dijo que el guión de American Odyssey está elaborado con recortes de prensa. Aparece Al Qaeda, el yihadismo en Mali, el narcotráfico del Sahel, una malvada PMC, drones, un hacker, los “indignados” estadounidenses y hasta una primer ministra griega progresista que lucha contra los acreedores de su país. Los guionistas se tomaron la molestia de seguir las noticias sin recurrir a inventarse países u organizaciones, tarea que siempre resulta ridícula (“Yihad Carmesí”, je). Pero los personajes carecen de la profundidad y complejidad psicológica de Mr. Robot. Y lo que es peor, no estamos ante un guión que muestra la complejidad del mundo y la interconexión de fenómenos como en Syriana. Al contrario, estamos ante un malvado complot de una siniestra gran corporación que funciona de forma demasiado mecánica como motor del argumento. La serie, por cierto, tras esta primera temporada no fue renovada. Fue una serie imperfecta, pero yo quedé enganchado. Quizás por la escasez de series sobre los temas que me gustan.