The Force Awakens

El domingo por la noche desaparecí para ir al cine solo a ver en versión original The Force Awakens. No lo hice a propósito para huir de la “fiesta de la democracia” y el baile de escaños en el que todos dicen que ganan. Lo hice para evitar que algún hijo de puta me reventara la película. Soy fan desde siempre pero la verdad es que estaba harto del machaque promocional, tan habitual en el imperio Disney. (¿¡Naranjas, manzanas y uvas promocionando la película!?). Me llamó la atención que la película fuera el acontecimiento mediático del momento y pareciera que todo el mundo esperaba la película, cuando allá por los 80 y 90 los fans de La Guerras de las Galaxias éramos cuatro gatos. Soy de los que jugué al juego de rol de West End Games y en mi 286 incluso llegué a jugar a una adaptación del juego de recreativa original de 1983. Y no lo digo con el esnobismo de los que se dedican a repartir carnets de “verdadero fan”, sino recordando que en mi clase de 8º E.G.B. habíamos sólo tres frikis de treinta y tantos estudiantes. En aquel entonces, ser aficionado a los cómics te convertía en objeto de las burlas. Viví incluso alguna experiencia desagradable de acoso escolar. Hoy, sin embargo, el estreno de las películas de súper héores de Marvel y D.C. son el gran acontecimiento, con estrenos programados hasta 2020.

La película. Según han ido pasando los días se ha ido asentando las ideas en mi cabeza. Y la sensación que tengo es que J. J. Abrams et. al. decidieron ir a por lo seguro, limitándose a tomar los momentos climáticos de la versión original para componer una versión actualizada, con efectos especiales avanzados y un elenco políticamente correcto. Esta vez, tenemos a una chica, a un negro estadounidense y un hispano entre los actores protagonistas. La película se me hizo larga (dos horas y cuarto, dura) y hubo momentos en el primer tercio en los que sentí estar ante una película de aventuras/acción convencional con los protagonistas corre que te corre perseguidos por los malos entre explosiones. La cuestión es que me divertí. Tiene sus momentos de humor y está lleno de guiños a la masa de fans. Cuando salí del cine incluso consideré que volvería a verla. Pero como dije, fueron pasando los días y seguí dándole vueltas a la cabeza.

Recuerdo, ya antes de terminar el colegio, discutir sobre los rumores en torno a una nueva trilogía. Pasados los años, el asunto se tomó mítico. Y ahora, tras ver la nueva película me quedé pensando que es una película deseada pero ¿necesaria? Se trata de revisitar el espacio de la fantasía e ilusión que vivimos de niños. Y evidentemente los medios técnicos permiten ahora cosas que ni George Lucas pudo soñar entonces. Pero tengo la sensación que se perdieron cosas por el camino.  Las limitaciones técnicas de aquel entonces le dieron una estética particular a la serie que Abrams trata de mantener pero que se pierde cuando se abusa de los efectos visuales hechos por ordenador. Por hacer un paralelismo, es como si alguien quisiera hacer la continuación de un spaghetti western de finales de los 70 en pleno 2015. El resultado sería una cosa muy diferente. Y hay algo que recordar. La película original de 1977 bebe estéticamente del western, de las películas británicas sobre la Segunda Guerra Mundial, del cine japonés de samurais, etc. Mientras que su argumento, lo hace de los mitos universales. Echo en falta esa épica, sustituida por la maquinaria de Hollywood de fabricar blockbusters.

“Mr. Robot” y “American Odyssey”

Desde mi gran maratón de series de televisión (Rubicon, Generation Kill, The Pacific…) en el invierno austral de 2010 no me había enganchado a ninguna. Y eso que en estos años se ha vivido un verdadero boom que ha convertido a las series de televisión en el producto cultural del momento mientras Hollywood se ahoga en reboots, remakes y franquicias. La cuestión es que sin recordar bien cómo, me enganché hace poco a Mr. Robot y American Odyssey.

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Mr. Robot es la historia de Elliot, un experto en seguridad informática, que en su vida privada ejerce de hacker justiciero y se ve envuelto en una iniciativa para borrar los datos de una gran corporación, E Corp, a la que precisamente proporciona servicios la empresa para la trabaja. E Corp, un trasunto de Enron, es el mayor acreedor de préstamos del consumo del país y el objetivo del proyecto es borrar de golpe todo rastro contable para liberar a sus clientes. El asunto tiene un giro personal porque el padre de Elliot murió tras la exposición a un escape tóxico en una planta propiedad de E Corp sin que derivara en consecuencias penales para la empresa. Así que acepta participar en el proyecto y a partir de se aceleran los acontecimientos.

Dicen los que entienden del tema, que todo el hacking que se ve en la serie es tremendamente realista. No vemos escenas de tecleo compulsivo delante de un shell ni órdenes tipo “overrride password”, tan habituales en las escenas de ficción sobre hackers. Aquí, por el contrario, vemos mucha ingeniería social, troyanos y manipulación de móviles. Me parece destacable el retrato realista que la serie hace de Nueva York.

La expectación lograda con el episodio piloto llevó a que la serie fuera renovada antes de estreno. Si embargo, lo que parecía una serie muy friki centrada en el mundo del hacking fue centrándose cada vez más en Elliot y su inestabilidad emocional. Habrá que esperar a 2016 para la segunda temporada.

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American Odyssey arranca con un equipo de fuerzas especiales estadounidenses que tras asaltar una vivienda en Tessalit, en el norte de Mali, descubren inesperadamente que uno de los muertos es un líder de Al Qaeda. El equipo incluye la sargento 1º Odelle Ballard en el rol de Female Engagement Team. Revisando el portátil del terrorista ella encuentra pruebas de un pago a Al Qaeda de SOC, una gran corporación estadounidense. Mientras esperan la exfiltración el equipo es atacado sólo sobreviviendo la sargento 1º Ballard. A partir de ahí, comienza la odisea a la que hace referencia el título, porque oficialmente se le da por muerta mientras huye a través de Mali del equipo de una PMC estadounidense que quiere matarla, cruzándose con tuaregs, miembros de Ansar Dine y narcotraficantes. Mientras tanto, en Estados Unidos dos personas se cruzarán en el camino de SOC y la trama para pasar página con el asunto de Mali. Uno es Peter Decker, un antiguo fiscal trabajando ahora en la empresa privada como especialista en business intelligence, que es encargado de supervisar detalles de la fusión de SOC y encuentra cosas sospechosas que le harán tirar del hilo. Otro es Harrison Walters, el hijo de un famoso reportero del New York Times que es portavoz de los activistas que protestan contra la reunión del G8 y al que un hacker simpatizante de la causa le cuenta que tiene pruebas de que Ballard envió un correo electrónico comunicando que estaba viva.

Cabe agradecer el esfuerzo de producción. Las escenas que suceden en España, fueron rodadas en España. Y las escenas que suceden en Mali, fueron rodadas en Marruecos. Así que al menos, nos libramos de ver otra vez a México y Arizona como España y el Sahel. Alguien dijo que el guión de American Odyssey está elaborado con recortes de prensa. Aparece Al Qaeda, el yihadismo en Mali, el narcotráfico del Sahel, una malvada PMC, drones, un hacker, los “indignados” estadounidenses y hasta una primer ministra griega progresista que lucha contra los acreedores de su país. Los guionistas se tomaron la molestia de seguir las noticias sin recurrir a inventarse países u organizaciones, tarea que siempre resulta ridícula (“Yihad Carmesí”, je). Pero los personajes carecen de la profundidad y complejidad psicológica de Mr. Robot. Y lo que es peor, no estamos ante un guión que muestra la complejidad del mundo y la interconexión de fenómenos como en Syriana. Al contrario, estamos ante un malvado complot de una siniestra gran corporación que funciona de forma demasiado mecánica como motor del argumento. La serie, por cierto, tras esta primera temporada no fue renovada. Fue una serie imperfecta, pero yo quedé enganchado. Quizás por la escasez de series sobre los temas que me gustan.

Lone Survivor (2013)

La primera película del año ha sido Lone Survivor (“El único superviviente”). Trata de una acción de guerra real, sucedida en las montañas de Afganistán en 2005. Una patrulla de reconocimiento de cuatro miembros de los SEAL se encontró en las montañas con unos pastores, a los que dejaron marchar y que alertaron de su presencia. Un grupo local de talibán fue en su búsqueda y les tendió una emboscada en la que murieron tres de los cuatro estadounidenses. El único superviviente, al que hace la referencia el título, consiguió poner distancia a pesar de sus heridas y fue encontrado por unos aldeanos afganos de un aldea hostil a los talibán.

La película es en sí un martirologio, recreándose en los golpes y heridas sufridas por los cuatro militares durante el combate que ocupa buena parte del metraje. Lone Survivor es una película menor, hecha con poco presupuesto. Las montañas de Nuevo México con sus cóniferas resultan poco creíbles como Afganistán, lo mismo que la instalación militar que representa la base de Bagram. Más allá de la repercusión alcanzada por el libro del superviviente y las medallas concedidas, queda la pregunta de por qué este acontecimiento en particular de la guerra de Afganistán mereció la atención de Hollywood y cuántas otras historias habrían merecido igualmente ser contadas en una película.

El armario del dolor

Vi estos días “The Hurt Locker, la película sobre un desactivador de bombas estadounidense en Iraq que se llevó un puñado de premios Oscar. No le encontré nada especial. A pesar de la aureola de aséptica verosimilitud (frente a otras películas sobre Iraq más “políticas”) con la que la llegué a ver promocionada los soldados que en ella aparecen se comportan de forma irreal. Alguien dijo por ahí que las grandes películas bélicas no necesariamente han de representar la guerra cual es. Lo importante es la historia pero yo sólo vi otra película más que cuenta que la guerra es absurda, caótica, aleatoria y cruel usando esos movimientos de cámara que prentende imitar la cámara al hombro de los reporteros de televisión. Puede que la película no estuviera dirigida a alguien como yo, sino al “ciudadano estadounidense medio” que perdió el interés por Iraq hace tiempo y necesita una explicación tipo Barrio Sésamo de cómo es la guerra.

Para al que le interese un relato de cómo es en realidad la labor de un desactivador de bombas militar en Iraq puede probar con “Eight Lives Down”.

Nota para los interesados: El lunes hubo buenas noticias sobre Jorge Aspizua, por lo que contar que mi hombro está mucho mejor suena casi irrelevante.

Tiempos Bárbaros

Con un hombro roto no estoy ahora para muchos trotes y el tiempo que me veo obligado a pasar sin hacer mucho lo he empleado en ir rescatando una larga lista de películas pendientes de ver. Una de las primeras ha sido “Der Baader Meinhof Komplex”. La película narra la historia del grupo terrorista de ultraizquierda alemán “Fracción del Ejército Rojo” al que la policía bautizó como “Banda Baader-Meinhof” por el apellido de dos de sus principales miembros. Conté su historia aquí hace ya bastante tiempo porque me pareció interesante reflexionar cómo a pesar de la conmoción social que provocaron jamás lograron objetivo alguno de provocar revuelta o revolución alguna. Algo que debería hacernos pensar en estos tiempos inquietantes.

En alguna parte leí que la película con su pretendida asepsia presentaba al grupo terrorista bajo una luz excesivamente positiva. No sé si algún estudiante perroflauta simpatizará con el terrorismo de ultraizquierda tras ver la película. Yo no pude evitar pensar que si era esa intención del director flaco favor hizo a la causa porque es difícil no pensar en los personajes como una pandilla de cretinos. Andreas Baader es representado como un egocéntrico vanidoso y Ulrike Meinhof como una histérica maníaco-depresiva. Ambos resultan en pantalla igual de insoportables. Como sucede en muchas películas el discurso político que los guionistas ponen en boca de los personajes resulta más bien verborrea infantil. Aunque algo me dice que los discursos originales de Rudi Dutschke o los artículos de Ulrike Meinhof me parecerían igual de aburridos.

El terrorismo de ultraizquierda resulta tan de otro tiempo como una máquina de escribir Olivetti o una casette de música. Cuesta creer que hubiera gente dispuesta a matar y morir por aquellas ideas. Que hubiera gente que aplaudiera a las dictaduras comunistas. Suena a que aquellos fueron tiempos bárbaros. Supongo que llegará el día en que miraremos atrás y nos horrorizaremos ante el ensimismamiento tan español y la complacencia de tantos ante tantos verdugos de nuestro días.

Tres películas a tener en cuenta

Últimamente incluso cuando desconecto veo películas sobre los temas que trato en este blog. Hace poco vi la superficial “Un corazón indomable” y pronto les tocará a “Paradise Now” y “Camino a Guantánamo”. Tanto monotematismo no sé si podría ser considerado síntoma de algún tipo de obsesión. Empiezo a notar los efectos secundarios, que me hacen sentir como el capitán Willard río arriba. Pero de eso hablamos otro día.

Sin conocer su calidad a priori mantengo en el radar a tres películas:

“La sombra del reino”.

Así es cómo han titulado “The Kingdom” en España. La película cuenta las peripecias de unos agentes del FBI que van a Arabia Saudita a investigar sobre el terreno un ataque terrorista en el que han muerto un buen número de occidentales. Cuando llegan allí se encuentran con que las autoridades saudíes no colaboran todo lo que se podía esperar de un país aliado… Tiene todo el aspecto de ser la versión hollywoodiense de Syriana pero con tiros, explosiones y un reparto de papeles de buenos y malos como Dios manda.

“Charlie Wilson’s War”.

La guerra de Afganistán y el papel de EE.UU. en ella han marcaron la posguerra fría de una forma que nadie que se vio envuelta en ella previó. Así que Hollywood ha abordado el tema pero dándole un toque de comedia al asunto, contando las peripecias realesde un peculiar congresista demócrata que buscó todos los atajos posibles para financiar a los muyahidines afganos.

“O, Jerusalén”

Tengo la impresión que el libro lleva en mi casa desde siempre. Lo leí en los últimos años de la EGB, y creo que la edición era del setenta y poco. Ahora han hecho una película con todo el aspecto de coproducción europea, eso es un elenco multinacional y carencias en ese tono épico que casi sólo Hollywood consigue.

La soledad del vengador

Los lectores más atentos se habrán dado cuenta de la reorganización de las categorías de mi blog, que ahora están jerarquizadas y más detalladas. A alguno le habrá llamado la atención el título de la última, “Con los cinco sentidos“. Es el espacio que dedico a mis apuntes sobre cine, música y literatura. Copiando a Goyo Tovar voy a tener una semana temática. Si la realidad no interfiere les hablaré de películas, libros y hasta de teatro. Todo desde la óptica de este blog. Evidentemente.

A finales de diciembre les adelantaba dos películas para este año que por su tema me resultaban prometedoras. Syriana fue estrenada hace poco y espero verla este miércoles. A Daniel Vázquez, al que conocí en la cena de LasIdeas.org y con quien coincidí casualmente el día que compré las entradas para el teatro, no le ha convencido. Ya les contaré.

La otra película de la que hablé es “Munich”, la última de Steven Spielberg. La película arranca con la llamada “Masacre de Munich”: Durante los Juegos Olímpicos de 1972 miembros de la delegación israelí fueron secuestrados por terroristas palestinos de la organización “Septiembre Negro”. Los secuestradores llevaron a los rehenes hasta un aeropuerto donde deberían tomar un avión. La policía alemana realizó entonces una operación de rescate que fue un completo desastre por la falta de medios, preparación y doctrina operativa. Todos los rehenes murieron a manos de sus captores. Los Juegos Olímpicos siguieron. En Israel el gobierno de Golda Meir lanzó una campaña de asesinato de los terroristas responsables de los hechos de Munich. En la película el protagonista es el líder del comando israelí encargado de la misión. La trama se limita a reflejar la metódica eliminación de los terroristas, salpicada con flash backs hacia los sucesos de Munich, como un periódico recordatorio del origen de toda la muerte y violencia que desencadenan los israelíes.

Traté en el blog la película por la “polémica” que había provocado. Es difícil sustraerse a analizar la película en una clave post-11S, al igual que lo era en la anterior película de Spielberg (“La Guerra de los Mundos”, de la que hablé también aquí). A los personajes de “Munich” según avanza su misión comienzan a entrarles dudas sobre lo que hacen. Cada palestino que eliminan es sustituido por otro en la estructura terrorista. Y el propio comando israelí se convierte en objetivo, llegando al punto en que los israelíes matan por venganza no ya por Munich sino por sus propios muertos. Llega el momento en que se preguntan qué certezas tienen de que sus víctimas son los verdaderos culpables.

¿Qué tiene de polémico o especial la película? Me llamó la atención las cosas que se han dicho de Spielberg dada la asepsia con la que están contadas las cosas. Quizás sea un signo de los tiempos que el mostrar a unos personajes que ejecutan la “Ira de Dios” dudando o representar a unos terroristas que en el día a día son personas cultas o sensibles soliviante a más de uno. Parece una película hecha para provocar un debate a posteriori entre sus espectadores que para suscitarlo por sí mismo. Y cruzando toda la historia la soledad del protagonista, tratando de aferrarse sin éxito a las figuras paternales que se cruzan en su vida ante la ausencia y distancia del padre. Yo esperaba más.