“One hundred victories: Special Ops And The Future of American Warfare” de Linda Robinson

41cqH8dK0oL._SY344_BO1,204,203,200_Hace un par de años escribí aquí “Cuatro errores del gobierno Bush”. El tercero era “El Olvido de Afganistán”. Mi sensación de siempre fue que tras la caída del régimen talibán el gobierno estadounidense se desentendió de la situación en Afganistán. En algún sitio leí que el 12 de septiembre de 2011 ya se hablaba de invadir Iraq por los pasillos del Pentágono. En mi reseña de Los Vulcanos hablé de cómo una generación formada en la vieja Guerra Fría fue incapaz de asumir el nuevo mundo de las Guerras Posmodernas para imponer los planes de invasión de Iraq y tener así su guerra convencional con la que disfrutar al entrar en Bagdad de cinco minutos de gloria militar en la televisión que compensaran el 11-S y restituyeran el orgullo herido.

Así, con estos antecedentes, he llegado a este libro de Linda Robinson que sorprende al lector cuando cuenta que hasta 2009 nadie se había molestado en diseñar una estrategia de contrainsurgencia para Afganistán. Las fuerzas especiales desplegadas allí se dedicaban a perseguir objetivos de alto valor (High Value Target) con una cadena de mando diferente de las fuerzas convencionales y sin que hubiera un mando de operaciones especiales de alto nivel. Por no hablar de las fuerzas de países aliados integrados en ISAF, al margen de las fuerzas estadounidenses. En definitiva, cada uno hacía allí la guerra por su cuenta.

El libro cuenta el trabajo de los oficiales de operaciones especiales que intentaron darle la vuelta a esta situación a partir de que se creara el Combined Forces Special Operations Component Command-Afghanistan (CFSOCC-A) y se decidiera poner a las fuerzas especiales de Estados Unidos a realizar lo mejor que saben hacer: Entrenar y acompañar a fuerzas locales (Foreign Internal Defense). El libro incrementa una sospecha que tenía hace tiempo. En Afganistán se libran dos batallas contradictorias. Por una lado derrotar a los talibán y por otro lado construir un Estado. Las fuerzas especiales empezaron a organizar, entrenar y pagar fuerzas locales al mando de líderes tradicionales simpatizantes de Estados Unidos. Ese esfuerzo se hizo en muchos lugares a espaldas de las autoridades formales del país, primando eficacia y lealtad por encima de la estricta legalidad afgana. Es decir, las fuerzas especial estadounidenses socavaron el “monopolio legítimo de la violencia” para derrotar a los talibán. El problema se solucionó luego gestionando que el Estado afgano fuera absorbiendo aquellas fuerzas irregulares y entamblando las batallas diplomáticas en los pasillos del poder en Kabul para que las autoridades no desandaran lo avanzado en materia de seguridad en las aldeas.

"Afghan Local Police" (ALP)
“Afghan Local Police” (ALP), la fueza local creada en el marco de las Village Stability Operations

El título del libro hace referencia a las batallas libradas por las fuerzas especiales estadounidenses en lugares recónditos del país donde montaron bases para formar y acompañar a las fuerzas locales reclutadas entre la población y con la aprobación de los líderes informales del lugar. Los “boinas verdes” volvieron así a sus orígenes con las Village Stability Operations, que es en el fondo el tema central del libro. Podríamos decir que estamos casi ante un compendio de “buenas prácticas” de contra insurgencia donde encontramos la importancia de una fuerza entrenada para este tipo específico de trabajo y un mando consciente de la naturaleza no convencional de la empresa. Pero al igual que me sucedió leyendo sobre los esfuerzos de los marines en la provincia de Sangin cabe preguntarse si estos esfuerzos no llegaron demasiado tarde

Un viaje en busca de autor

En las primeras páginas de The Revenge Of Geography aparece un listado de los libros de Robert D. Kaplan. Debe ser un síntoma que, de los catorce libros que ha escrito, tengo nueve y leí otro en la biblioteca de mi universidad. Me siento incapaz de escribir una reseña de The Revenge Of Geography porque fue como escuchar un disco de grandes éxitos. Todas las canciones ya las conocía. Y no es que comulgue con todas sus ideas. Primero pecó de hisotoricismo y ahora anda enamorado de la Geopolítica Clásica, que ya me encargué de criticar a la luz del enfoque de las Guerras Posmodernas. Pero me gusta el método de trabajo de Kaplan. Se empapa de bibliografía sobre un lugar, luego lo recorre a ras de suelo, callejea y concierta entrevistas con personajes relevantes que dan una perspectiva local interesante y profunda.

Me gusta viajar y aunque la mayor parte de las veces no aportara mucho al relato principal del blog he escrito aquí sobre mis vivencias en mis viajes. Varias veces me he planteado a qué lugares podría ir para contar algo relevante para el blog. Pero ya es mala pata que mi tema principal sea la transformación de la guerra y no la gastronomía. No es que pretenda meterme a reportero de guerra. Precisamente las guerras posmodernas se caracterizan por estados en colapso y anomia social. O lo que es lo mismo, en las guerras posmodernas hay altas posibilidades de que te peguen un tiro sin motivo alguno. Polisarios y zapatistas daban la bienvenida a cooperantes, periodistas y reporteros que diera notoriedad pública a sus causas. Hoy señores de la guerra que se financian explotando recursos naturales y narcotraficantes lo último que quieren es a alguien que hablen de sus negocios. Y allí donde hay alguna una causa, las nuevas tecnologías permiten la desintermediación entre grupos armados y público. Los grupos armados ya no tienen que cortejar a los medios de comunicación para hacer llegar su mensaje al público. Ya tienen para eso Youtube. Por eso vale tan poco la vida de los periodistas occidentales. Ante la cacofonía de voces globales, noticia de impacto es que secuestren a un periodista y cuesta tanto llamar la atención sobre países olvidados. Creo que Carlos Sardiña podría decirnos al respecto de Birmania.

El periodismo de guerra es hoy un deporte de alto riesgo y un nicho laboral en crisis. Pero de eso merece la pena hablar en otro momento. La cuestión es, ¿qué otras historias hay ahí fuera que merezcan ser contadas en un libro al estilo de Robert D. Kaplan? Hablo de asuntos relevantes en el siglo XXI que impliquen sumergirse en una montaña de bibliografía para luego hacer un periplo en autobús o tren, realizando entrevistas por el camino. Supongo que la Primavera Árabe o el auge de China serían dos fenómenos históricos que merezcan ser contados a pie de calle. Pero estoy seguro que ahí fuera alguien sacará un libro pronto. Y estoy pensando en algo que podría hacer yo mismo con mi McKinley Storm 35, un netbook, una grabadora, una cámara de fotos ligera y una libreta si tuviera el tiempo y el dinero. A la idea la llevo dando vueltas en la cabeza hace tiempo. Alguien tiene que contar lo que está pasando en Turquía.

Se trataría de hacer un esbozo histórico de Estambul, la capital otomana, y Ankara, la capital de la república kemalista. De buscar las raíces sufíes en Konya y entender la novedad del mensaje de Fehtullah Gülen. Habría que hablar del auge de los tigres anatolios y la vía hacia una democracia-islámica del AK Parti que provoca tensión con la tradición política laica del país. También es imprescindible contar el creciente papel de Turquía en los países turcófonos junto con su crucial papel de nodo en la geopolítica de los hidrocarburos. Quizás haya que desandar el camino del oleoducto BTC. Y pisar los lugares a los que los turistas no van, internarse en la Anatolia profunda y contar la historia de fondo. Puede que yo mismo no haga nunca ese viaje, pero me encantaría leer el libro.

“The Dark Sahara” de Jeremy Keenan

The Dark Sahara: America’s War on Terror in Africa.
Jeremy Keenan.
Pluto Press, 2008.

Hay muy poca bibliografía sobre “terrorismo en el Sahel”. Han pasado ya muchos años desde aquel informe del International Crisis Group de 2005 que decía que eran rumores infundados. Ahora la bandera de Al Qaeda ondea sobre Timboctú en una crisis que no ha llegado a su fin. Así que es hora de empeza a entender lo que pasa en la zona. Y Jeremy Keenan, un antropólogo especializado en los tuareg del sur de Argelia, parecía la persona adecuado para hacerlo. No lo es.

Jeremy Keenan estudia el secuestro de 32 turistas europeos sucedido en 2003 en el sur de Argelia. Encuentra contradicciones en la versión oficial presentada por los medios oficiales argelinos y llega a entrevistar a alguno de los rehenes. A partir de ahí se pierde. Rechaza punto por punto la “versión oficial” pero en cambio recoge todos los rumores, habladurías, teorías conspirativas y leyendas urbanas que circularon en Argelia en torno al asunto. Y no sólo lo hace, sino que se enreda en elucubraciones. “Si consideramos que aquello no pudo pasar y esto otro no pudo ser allí, sólo podemos pensar que aquello otro que se dice podría ser cierto si lo de más allá realmente no sucedió como cuentan”. Así página tras página hasta necesitar irse por las ramas hablando de la administación Bush, el petróleo y la guerra contra el terrorismo para rellenar más páginas. Y todo para sostener la idea de que en el Sáhara y en el Sahel no hay yihadistas, sino que se desarrolla allí una operación de falsa bandera para justificar la defensa de los intereses geoestratégicos estadounidenses en torno al petróleo africano. Algo parecido a lo que ya leí en otra parte.

La metedura de pata de Jeremy Keenan hubieran sido disculpable en 2005. Pero él mismo afirma que su libro, publicado en 2008, es el resultado de un trabajo de años. Quedamos por tanto a la espera de un libro que nos explique que ha pasado en la zona.

Espejismo en el desierto

Ya conté cómo la búsqueda sin éxito de ejemplos puros redes distribuidas en diferentes modelos de conflictos (guerrilla, piratería, crimen organizado, ciberguerra, etc) hizo que fuera dejando caer temas del proyecto de mi segundo libro, Guerra Distribuida. La solución fue optar por una opción intermedia donde abordar las redes, la netwar y el swarming de una forma más general incorporando algunos ejemplos de redes descentralizadas que emplean las nuevas tecnologías.

Ya he publicado dos artículos en revistas, una comercial y otra académica, que anticipan capítulos del libro. Tengo en preparación otros dos artículos que espero terminar antes del fin del verano y que servirán también formararán el grueso de nuevos capítulos. Así que no van a transcurrir cinco años desde que se me ocurrió la idea a que lo entregue para su publicación como sucedió con el primero.

Mientras, sigo trabajando en el primer capítulo. He terminado el primer epígrafe que pueden leer aquí. El primer capítulo será una explicación de las ideas sobre la transformación de la guerra dentro del establishment militar occidental, cómo fallaron en anticipar el poder de las redes por su fijación en la tecnología en vez de los procesos sociales y haré un repaso a los “disidentes” más preclaros en el período 1989-2001.

Todo arranca en la Guerra del Golfo de 1991 el con un espejismo en el desierto.

“Lobo en el purgatorio” de Alfonso Ruiz

Cuando era adolescente y existía el servicio militar obligatorio recuerdo que se contaban cosas horribles del Hospital Militar. No sé cuánto de leyenda urbana tenían aquellas historias sobre diagnósticos errados con consecuencias fatales y pacientes desatendidos sufriendo condiciones infrahumanas. Pero ya no existe la “mili” y aquel Hospital es hoy un centro de atención de la 3ª edad.

He terminado de leer estos días “Lobo en el purgatorio. Un sargento español en la guerra de Iraq” de Alfonso Ruiz de Aguirre. (Con ese título cuesta entender que haya tardado tanto en comprarlo). El libro cuenta la historia del sargento del Ejército de Tierra Sergio del Cristo Santisteban Peña que fue herido en Diwaniyah el 11 de febrero de 2004 y sus desventuras enfrentado a la burocracia, la desidia, la torpeza y la ineficacia de médicos militares, mandos y políticos. Tras múltiples heridas por una granada nadie se molestó en hacerle las radiografías oportunas para buscar los fragmentos de metralla que tenía por todo el cuerpo. Tampoco nadie reparó en la rotura de tímpanos. Tras ser ordenada su evacuación a España por la seriedad de las heridas tardó dos semanas en ser enviado a Madrid. Su llegada, como sucede en España siempre con heridos y cadáveres, fue de noche y a escondidas. Si la llegada a la “civilización” podría parecer que supuso el fin de los suplicios nada más lejos de la realidad. Ahí se puede decir que empezaron los problemas que ocupan la mayor parte del libro.

El autor deja la narración en ocasiones para dar voz al propio “Lobo”, del que toma la oportuna distancia y llega a decir que “no se portó bien con el ejército” (pág. 158) influido sin duda por un evidente cuadro de stress post-traumático que nadie se molestó tampoco en diagnosticar.

“Lobo” tuvo la mala fortuna de ser herido en una operación internacional poco popular en España, lo que llevó al gobierno de turno a darle el perfil más bajo posible a su condición de herido de guerra. Más adelante le tocó sufrir que el siguiente gobierno intentara marcar las distancias lo máximo posible de la ocupación de Iraq negándole el reconocimiento merecido. Lo que nos lleva a mi impresión de que aquello que el sargento Santisteban esperaba entra más en el terreno de lo simbólico que de lo material. Que si alguien como él escogió una profesión militar no fue por razones económicas y su mundo se vino abajo cuando el sacrificio por algo abstracto como la Patria se topó con la fría crueldad de la burocracia del Estado.

Queda contar algún día la microhistoria de la precariedad y cutrez de los despliegues españoles en lugares lejanos cuando se supone que España abandonó el rincón de la historia para estar entre los países que cuentan.

“El próspero negocio de la piratería en África” de Miguel Salvatierra

Critiqué en su momento que Casa África andara siempre enredada en la promoción del arte, el cine, la literatura y la gastronomía africanas sin dedicar espacio al análisis político y económico.

Por fin del pasado 3 al 5 de noviembre Casa África organizó las jornadas “Paz, conflicto y seguridad en África”, aunque fuera en Barcelona, bastante lejos de su sede grancanaria. Y sería injusto además pasar por alto la edición del libro “El próspero negocio de la piratería en África” de Miguel Salvatierra que ha publicado Los Libros de la Catarata.

Es un libro ligero, propio de un periodista, pero hilvana muy bien el hilo del colapso del estado somalí y la expansión de la piratería como gran negocio. Además no se limita sólo al Cuerno de África, sino que trata de la piratería en el Golfo de Guinea, la insurgencia en el delta del Níger y el narcotráfico en la costa de Guinea Bissau.

Un libro completo quue habiendo salido a la calle a la vez que “Guerra Posmodernas” cualquiera hubiera dicho que participa de su marco teórico.

“La Revolución como espectáculo” de Rafael Uzcátegui

Encontré en mi librería de los tiempos universitarios “La Revolución como espectáculo” del venezolano Rafael Uzcátegui. Es un libro que se presenta como “una crítica anarquista al gobierno bolivariano”. El término “espectáculo” en el título hace referencia a Guy Debord y el situacionismo. Pero no se va a encontrar el lector abrumado con citas de Bakunin o Kropotkin. El libro resulta bastante comedido en cuanto su carga ideológica, lo cual es de agredecer. De hecho el autor más citado en el libro es Manuel Castells y su trilogía “La Era de la Información”.

El libro hace un repaso a diferentes aspectos de la realidad venezolana que desde fuera del país se perciben como completamente cambiadas por la Revolución Bolivariana. Resulta chocante descubrir así que tras la nacionalización de la industria petrolera llevada a cabo por el gobierno de Carlos Andres Pérez en los años 70 el proceso se haya revertido. Han aparecido empresas mixtas que han supuesto la entrada al sector petrolero de la estadounidense Chevron o la española Repsol YPF.

El libro va desgranando así las paradójicas contradicciones de un gobierno cuyo discurso va por un lado mientras la realidad va por otro. Más que una ruptura el libro señala las evidentes continuidades entre la IVª y la Vª República venezolana. En aras del desarrollo económico del país se sacrifican los derechos de las comunidades indígenas, se acallan las protestas vecinales y se reprime a los trabajadores cuando se trata de explotaciones mineras, extracción de hidrocarburos o factorías de empresas públicas. Significativo es el caso de la producción del teléfono móvil de baja coste “El Vergatario” (“el cojonudo”). Se trata del modelo chino ZTE 366 ensamblado en Venezuela en unas condiciones laborales que no se diferencia de cualquier maquila en Centroamérica o sweatshop del Sudeste Asiático.

Interesante también es lo que se cuenta sobre la impunidad policial y las ejecuciones extrajudiciales, aunque deja sin respuesta a las causas de la extramada violencia social en Venezuela.

La impresión que deja el libro es que a pesar de su apelación a la participación popular la Revolución Bolivariana es un modelo “top-down” que avanza de forma provisional y errática permanentemente según las iniciativas no necesariamente coordinadas lanzadas por el gobierno que cargadas de buenas intenciones no tienen la suficiente planificación, supervisión y continuidad.

La cuestión es si sin el liderazgo carismático de Hugo Chávez podría sobrevivir la Revolución Bolivariana. Y si faltara el flujo de recursos del estado que alimentan las redes clientelares se prolongaría en el tiempo el apoyo al gobierno. En la base del chavismo hay numerosos grupos radicales armados que como constataba David Beriain en un documental emitido por Cuatro en junio empiezan a estar desencantados con el gobierno chavista. Podría ser una combinación explosiva.