Lecciones de geopolítica para la fallida República de Cataluña

Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a  Max Weber. Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.

Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.

Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivares se dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.

Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fría y la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.

Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“. Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.

Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.

Ultima ratio regis

El otro día alguien tuiteaba “¿A cuántos catalanes estáis dispuestos a matar para defender la unidad de España?”. Busco en Twitter y veo que es una frase repetida y discutida con variantes. La primera vez que vi la frase alguien contestó dándole la vuelta. ¿A cuánta gente estaban dispuestos a matar en Cataluña para alcanzar la independencia? Y es que como expliqué el otro día, una Declaración Unilateral de Independencia es un acto de fuerza que rompe con el orden legal para imponer otro jugando al doble o nada. O nace un nuevo país o vas a la cárcel.

“Palacio de la Generalitat de Catalunya, plaza Sant Jaume, tras la batalla, octubre 1934“. Foto tomada del blog de José Antonio Bru.

El Mundo contó allá por agosto de 2014 que había mossos haciendo cursos en Europa que no se correspondían a labores policiales. Por su parte, El Confidencial Digital contó en mayo de 2016  que la Generalitat de Catalunya quiso comprar armamento de naturaleza y en cantidades que ni siquiera se justifican con la amenaza yihadista. La compra, por lo visto, fue parada desde Madrid. Como también fue parada la compra de 500 “granadas aturdidoras”, según contó El Confidencial Digital en abril de 2017. Y es que como expliqué el otro día, los Certificados de Usuario Final necesarios para comprar legalmente armamento de guerra en el mercado internacional los expiden los estados soberanos.

Si todo esto fuera cierto, podríamos plantearnos que desde el independentismo se optó por una estrategia de resistencia pacífica no violenta no por fuertes convicciones morales, sino por resignación ante las pocas probabilidades de disputar  con éxito al Estado en Cataluña el monopolio de la violencia legítima con los medios disponibles. Pero aún así cabe preguntarse, en un escenario similar al 18 de julio de 1936 en las guarniciones africanas, a cuántos mossos leales al ordenamiento constitucional español y a cuántos guardias civiles estaban dispuestos los golpistas a llevarse por delante para controlar el territorio de Cataluña tras la Declaración Unilateral de Independencia.

El Nacional.cat tituló con una frase de Andrea Levy, diputada del Partido Popular el Parlament: “Puigdemont ha puesto en riesgo la vida de los catalanes”. Veo que ha causado escándalo. “¡El govern del PP estava disposat a matar catalans!” No parece la gente consciente de lo cerca que hemos estado de una tragedia. Bastaba que a la Declaración Unilateral de Independencia le hubiera seguido acciones de fuerza de los mossos para vernos en un escenario donde tenía cabida el artículo 8º de la Constitución Española. Y en tal caso, el Estado español estaba absolutamente legitimado a emplear la fuerza para defender el ordenamiento constitucional contra los golpistas armados.

Afortunadamente la Generalitat no movilizó a los mossos el viernes 27  se encontró con que los Mossos d’Esquadra decidieron mantenerse fieles a la legalidad vigente [*]. La Declaración Unilateral de Independencia quedó en un gesto vacío que todavía algún independentista está tratando de interpretar. El gobierno español por su parte parece que aprendió del desastre del 1 de octubre, empleando de forma limitada los poderes que le otorga el artículo 155º de la Constitución Española y llamando inmediatamente a elecciones autonómicas. Incluso parece que ha tratado de desescalar el conflicto con declaraciones como que se vería con “agrado” que Puigdemont se presente a las elecciones del 21 diciembre o afirmando que la actual crisis política podría terminar en última instancia con mayores cotas de autonomía para Cataluña. Pero a lo mejor estoy atribuyendo a la inteligencia lo que han sido declaraciones poco pensadas y descoordinadas.

Ahora veo asombro porque la maquinaria de la justicia se ha puesto en marcha. Parece que después de la Declaración Unilateral de Independencia, que no llegó a ninguna parte, quisieran excusarse: “era bromita, ¡no hay por qué ponerse así!”. Yo la verdad, no le veo la gracia. Hemos estado muy cerca de una tragedia. Y estamos descubriendo estos días que el Procés fue una huida hacia adelante de unos líderes que no tenían plan ninguno. Justo ahora caen en la cuenta en Cataluña que nadie se molestó en construir la estructura básica de un Estado, ni en pensar todo lo que venía después de proclamarse la República de Catalunya.  Ha sido un capricho de niños ricos jugando a ser adultos y poniendo en riesgo el futuro de la gente. Imaginen las inversiones y puestos de trabajo que dejarán ahora de aterrizar en Cataluña y el resto de España. Y encima querrán que pretendamos que aquí no ha pasado nada. Espero que de todo esto alguien haya aprendido algo.

 [*] Según Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, “el fet que no hi hagués el reconeixement internacional posterior o que el cos dels Mossos, d’Esquadra hagin hagut de seguir les instruccions del govern del PP ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?

Una Declaración Unilateral de Independencia no es un juego

Pues se ha consumado. No tiene sentido debatir a estas alturas cómo hemos llegado hasta aquí. Ya hablé del desastre que supuso la acción de las fuerzas policiales el 1 de octubre y traté de analizar lo sucedido aquel día desde la perspectiva de William S. Lind y su concepto de Guerras de Cuarta Generación. Me quedaron en el tintero varios asuntos que no sé si merecerá tratar a estas alturas. Lo que sí puedo decir es que desde el lado independentista catalán percibo una terrible desconexión de la realidad. Y en un día como hoy me pregunto si en Cataluña son conscientes de lo que han llevado a cabo.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una ruptura total con la legalidad vigente al grito de “¡Patria o Muerte!”. El que rompe la legalidad vigente lo hace porque cree con firmeza que la suya es una causa justa y noble por la que está dispuesto a morir o sufrir pena de cárcel bajo el consuelo “la historia me absolverá”. Al fin y al cabo, toda causa se alimenta con la sangre de sus mártires.

Bernardo de Gálvez y las tropas españolas en la Guerra de Independencia estadounidense. El soldado con tricornio y casaca azul en el extremo derecho es un voluntario catalán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.

Para el éxito de una Declaración Unilateral de Independencia se tienen que dar varias circunstancias. La primera y la fundamental es tener medios para defender el naciente Estado-Nación o al menos para luchar por él. El relato épico y heroico de la Guerra de Indepedencia de los Estados Unidos suele olvidar que las Trece Colonias contaron con la ayuda de la armada francesa y un contingente español al mando de Bernardo de Gálvez, el único general invicto de aquello guerra, que abrió un frente a los británicos en Florida y el Caribe. En fechas más cercanas, tenemos el caso de las tres repúblicas bálticas, Croacia y Eslovenia en 1991. Todos esos países recibieron el reconocimiento internacional, la causa independentista contaba con un mayoritario apoyo social y rompían con un estado multinacional en crisis y rumbo a la disolución.

T-55 esloveno en Ajdovščina durante la Guerra de Independencia (1991).

En el caso croata y esloveno, el modelo de defensa territorial de Yugoslavia supuso la existencia de abundantes arsenales completados con la llegada de material de guerra desde el exterior. Recordemos que para acudir al mercado internacional y legal de armamento se requiere un Certificado Final de Usuario emitido por el representante de un gobierno legítimo y reconocido. Así, lo que salvó a la comunidad judía del naciente estado de Israel de ser aplastada por las fuerzas de varios países árabes es que convertido en un país de iure pudo comprar abiertamente armamento, que por cierto se lo vendió la comunista Checoslovaquia y no las potencias occidentales. Cuando el gobierno de Cataluña acudió a Alemania a comprar montañas de armamento, se encontró el veto del gobierno español, que tenía la última palabra.

Una Declaración Unilateral de Independencia es una apuesta por el doble o nada. Y puede fallar, como los casos de Katanga, Biafra y Rodesia. Así el que se embarca en tal acto de fuerza tiene que asumir que si fracasa hará frente a la justicia del Estado al que se enfrenta. Me temo que veremos llanto y crujir de dientes. Nadie podrá excusarse en que no sabía lo que hacía.

¿Es España postnacionalista?

Llevamos años oyendo eso de que España no es una nación, al contrario que por ejemplo Cataluña. La idea de una débil nación española no es nueva. Recordemos La España Invertebrada. Pero es bien sabido que después de la Transición, la izquierda española renunció al concepto de España para abrazar los nacionalismos periféricos. Se me ocurren sobre la marcha como razones que la idea de un nacionalismo español genera fuertes recuerdos del Franquismo o  que dentro de la izquierda española las reivindicaciones identitarias han sustituido a las de clase.  Así que ante ese abandono, el concepto de España quedó en manos de una derecha que se resiste a renegar del todo del Franquismo (“no nos perdonan que nuestros abuelos ganaran la guerra”). La cuestión es que tenemos hoy argumentos para construir una nueva idea de país muy alejada de la España franquista. España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo (chúpate esa Suecia) y es hoy uno de esos países europeos sin un partido fuerte de ultraderecha eurófobo y xenófobo.

Un balcón de Barcelona ya famoso. Foto de Juan Carlos L. R.

La crisis de Cataluña ha puesto de manifiesto que el nacionalismo español tiene un imaginario limitado. Tenemos poco más que un himno sin letra y un cántico surgido para celebrar victorias deportivas que emplea el estribillo de una canción popular rusa. Y estos días he estado pensando, ¿y si eso fuera síntoma de algo bueno y no un problema? ¿Y si España hubiera evolucionado hacia un nuevo tipo de Estado donde la gente mostraba un enorme desinterés por las exaltaciones patrióticas porque el nacionalismo etnicista había sido superado? Sé que eso ha cambiado por la crisis catalana, con las banderas en los balcones y los cánticos de “a por ellos, oé” a la salida de unidades de la Guardia Civil rumbo a Cataluña. Pero esa España postnacional necesita un discurso transversal propio. Necesita rescatar el concepto de “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas en una España de ciudadanos democráticos y no de miembros de la etnia. Creo que José María Lizundia avanza en esa línea en “Naciones cívicas y étnicas”.

 

El desastre del 1 de octubre

En la segunda mitad de septiembre alguien me contó que estaba todo bajo control. Las urnas y las papeletas del 1-O estaban ubicadas y que no iba a haber referéndum. Era la clase de información que no debía contar a nadie porque iba a tener lugar una operación policial sonada. El jueves 28 la Guardia Civil requisó papeletas y sobres. Y eso fue todo. Al día siguiente, el viernes 29 de septiembre, se presentaron las urnas Made in China para el referéndum. Vi chistes y comentarios jocosos en las redes sociales por el origen y la forma de las urnas. También vi que se cuestionó la limpieza del referéndum por usar urnas translúcidas, cuando la realidad es que en Alemania las urnas son cajas opacas y en Holanda se ha llegado a emplear contenedores plástico de basura. El jolgorio de los nacionalistas españoles pasaba por alto que el aparato logístico del referéndum no había sido penetrado por el CNI o lo servicios de información del Cuerpo Nacional de Policía y Guardia Civil.

Que la logística del referéndum iba a ser frenada parace que fue una de esas informaciones que circulan como cadena por Whatsapp y que dicen siempre provenir de alguien bien conectado. Un artículo sin firma en El Confidencial Digital cuenta que el C.N.I. y los servicios de información policiales se echan la culpa del fiasco del referéndum. Dice que para el servicio de inteligencia se trató de una “chapuza policial”. Mientras que cita a policías anónimos que dicen que el C.N.I. no compartió información y que “rencillas personales” entre mandos de inteligencia y policiales afectaron al operativo.

Fantasías adolescentes.

El viernes por la tarde circuló el llamamiento a ocupar a partir de las seis de la tarde los centros escolares que iban a servir de colegios electorales el domingo 1 de octubre. Se programaron actividades lúdicas y deportivas con la excusa de ser “fiestas de comienzo de curso”, convertidas en jornadas de puertas abiertas para invitar a que los vecinos participaran. La ocupación de los colegios electorales con familias, vecinos y menores realizando actividades tenía un claro objetivo de frenar cualquier acción policial. De ahí la polémica sobre los “escudos humanos”. Los Comités de Barrios convocaron a su vez asambleas y entraron en acción los Comités de Defensa del Referéndum que se habían creado a lo largo de la semana. La elección del nombre no creo que fuera casual. Las siglas CDR coinciden con el nombre de los Comités de Defensa de la Revolución, el grupo de chivatos que en cada grupo de viviendas en Cuba vigila a los vecinos y organiza turbas para acosar a los disidentes. La información circuló ese fin de semana por Twitter y Telegram. Véase el caso del CDR de Gràcia: Twitter y Telegram. No hubo una respuesta masiva al llamamiento  a acudir a los colegios pero el sábado por la tarde se pidió acudir desde la madrugada del domingo 1 de octubre. Cuando por la mañana llegaron las unidades del Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil se encontraron aglomeraciones de gente.

Iconografía gueracivilista del CDR de Gòtic-Raval.

La idea original era que policías y guardia civiles se personaran en cada colegio electoral mientras los mossos entraban para llevarse urnas y papeletas. El viernes 29, Rebeca Carranco contaba en el diario madrileño El País: “Trapero ordena desalojar sin violencia y cerrar los colegios el domingo a las seis de la mañana”. Pero el domingo la policía autonómica catalana se limitó a mandar una pareja a cada colegio electoral, insuficiente para cualquier tipo de intervención. Entonces, se dio la orden a Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía de entrar por la fuerza.

La estrategia de los organizadores del referéndum era evidente. Era una estrategia viejísima de Resistencia Pacífica No Violenta que podemos remontar a la Marcha de la Sal de Ghandi en la India en 1930 y luego al movimiento de los Derechos Civiles en Estados Unidos en los años 60. (Sobre este último recomiendo la lectura del libro 1968: el año que conmocionó al mundo de Mark Kurlansky). Se trata de provocar a la policía a actuar de forma violenta para adoptar el papel de víctima desde una posición de superioridad moral y generar simpatía. Policías y guardia civiles cumplieron su guión a rajatable ofreciendo las escenas que los independentistas querían que se vieran en todo el mundo. Algo que se logró gracias a la fuerte presencia de medios internacionales ese día y la redes sociales. Cuando se vio el impacto en los medios de comunicación, se dio la orden de parar las intervenciones policiales. Manuel Marlasca recoge en su blog el testimonio de varios policías que cuentan que se recibió la orden de parar de intervenir en los colegios electorales para dar tiempo a estudiar la repercusión mediática: “¿Pero de verdad no eran conscientes de que al primer golpe con la defensa las imágenes iban a hacerse virales y tienen que valorar si continuar o no?”. (Los testimonios parecen tomados de una carta de policías nacionales que también publicó El Periódico).

Viñeta de Ferran Martín. Vía Tabarnia.

Marlasca también recoge en su blog el testimonio de un inspector que afirma “[H]a habido incompetencia, desidia y falta de conocimientos de seguridad y de la situación social en Cataluña. Por su parte, Patricia Ortega Dolz y Óscar López-Fonseca citan en El País a policías que cuentan: “[E]l secreto del plan es que no había plan y, peor aún, sigue sin haberlo”. “Nadie sabía lo que íbamos a hacer, no había un plan definido, confiaron en que los Mossos d’Esquadra cumplirían con su obligación y no fue así”.  En su artículo cuentan que con los efectivos disponibles se decidió intervenir en 500 colegios electorales de un total de 2.315, pero aún así no se completó el número previsto. También cuentan que se valoró intervenir el viernes, el sábado e incluso en la madrugada del domingo. Pero dudo que la medida hubiera sido efectiva. Las urnas y las papeletas no aparecieron en la mañana del domingo y de no disponer los centros educativos como colegio electoral rápidamente se habrían buscado alternativas. De hecho, pudo verse como una iglesia durante la misa se convirtió en improvisada sala de recuento de votos.

El 1-O resume todo el conflicto catalán ahora mismo. Por un lado tenemos a los nacionalistas españoles que dicen que el Procés se reduce a un problema de incumplimiento de la Constitución y las leyes. Su narrativa justifica el uso de la fuerza para defendese de un “Golpe de Estado” y proteger los derechos de los catalanes que quieren seguir siendo españoles. Su visión de que todo se reduce a aplicar la ley al pie de la letra es legítima en un Estado de Derecho pero sin más consideraciones sólo producirá una escalada en el conflicto.  Los nacionalistas españoles se comportan como si el separatismo no tuviera arraigo en Cataluña. Siguiendo las noticias por los medios de comunicación de Madrid no se enteraron de lo tensas que estuvieron las cosas en Cataluña los días 1, 2 y 3 de octubre.  Están convencidos de poder vencer y nunca se han preocupado de convencer. Por otro lado tenemos a los separatistas catalanes que, especialmente tras el 1 de octubre, desconectaron mentalmente de España. Hablan como si fueran una fuerza social mayoritaria y creen vivir una lucha épica contra la España neofranquista que debería recibir la simpatía del resto del país. Los separatistas catalanes viven en una cámara de eco de la que sólo salen para escoger los testimonios de políticos idiotas, periodistas carcas o trolls fachas para señalar lo mucho que les odian en el resto de España. Están absolutamente alejados de la realidad, convencidos que el camino por el que avanzan les permitirá soltar el lastre de mantener a una España cutre e indolente para liberar por fin todas las potencialidades de Cataluña cuando en realidad avanzan hacia el abismo de quedarse en una entidad virtual aislada internacionalmente. Europa cambió tras la invasión rusa de Ucrania en 2014. Los países de la Nueva Europa que nacieron de la fragmentación de la Unión Soviética y Yugoslavia seguro que veían con simpatía la causa secionista años atrás. Al fin y al cabo, fue el reconocimiento internacional lo que salvó a Eslovenia, Croacia y las Repúblicas Bálticas. Pero hoy, tolerar la fragmentación de los países es abrir una puerta trasera a la aparición de “hombrecillos verdes” y la creación de “repúblicas populares”. Es España la que aporta cazas F-18 y carros de combate Leopard 2E para la salvaguarda de la soberanía báltica, no Cataluña.

Hace poco escribí en El Blog de Tiro Táctico un repaso a lo sucedido el 1 de octubre en Cataluña a la luz de las ideas del padre del concepto de Guerras de Cuarta Generación: “El 1 de octubre en Cataluña y las Guerras de Cuarta Generación”.

 

 

Fabricando nacionalistas

Ayer leí el hilo que abrió en Twitter una chica de origen indio, que ahora no encuentro, explicando en inglés la cuestión catalana. Contó una anécdota sucedida hace tiempo. Caminando por Barcelona pasó a su lado una siniestra furgoneta de la policía española con cristales oscurecidos y policías con cara de odio. Sus amigos catalanes quedaron temblando de miedo y angustia, tal es el estado de terror que se vive en Cataluña. A partir de ahí explicó el origen franquista de la actual opresión española sobre Cataluña y explicó cómo España se convirtió en una democracia sólo de fachada tras la Transición. Su visión de las cosas que pasan en mi país me resultaron alucinógenas pero supongo que los españoles, como miembros del mundo desarrollado, estamos pagando la penitencia por haber ejercido de cuñados durante años explicando los asuntos de países lejanos. Es una sensación curiosa leer hilos de Twitter o artículos de opinión escritos por guiris ejerciendo de cuñados y contando de una forma torticera y maniquea la cuestión catalana en inglés a un público internacional Hasta ahora había visto a gente de los países más diversos quejarse del fenómeno, señalando la manía de los occidentales de explicar los problema de los países con brocha gruesa y malinterpretando la historia. Y efectivamente, deja de tener maldita gracia cuando se trata de tu país.

La anterior viñeta de Blower en el diario británico The Telegraph me parece el perfecto ejemplo de lo anterior y resulta de una ironía terrible. Blower representa a los independentistas catalanes con el miliciano republicano de la foto de Robert Capa. Un miliciano de la misma II República que aplastó militarmente en octubre de 1934 la proclamación del Estado Catalán. No vamos a esperar que los extranjeros que opinen sobre España estén familiarizado con la realidad y la historia española. Pero encontré en Twitter otro fenómeno. Aquellos extranjeros que trataban de explicar la cuestión catalana aportando contexto y perspectiva recibían la misma respuesta: da igual los matices, el contexto, la historia o el trasfondo. Ayer todo se reducía a una sola cosa. La policía española había golpeado a pacíficos ciudadanos y eso es lo único que alguien de Bélgica o Connecticut necesitaba saber.

El otro día escribí en “Leopards por la Diagonal” un párrafo que leído ahora resulta lamentablemente profético:

El independentismo necesita una confrontación que le permita vender al mundo el conflicto con el gobierno central encuadrado en una narrativa de la iniciativa democrática de todo un pueblo moderno y decidido enfrentado a la violencia represora del gobierno de un viejo país sin rumbo ni legitimidad. El independentismo necesita portadas de los diarios internacionales donde se vean caras ensangrentadas y desencajadas en lágrimas y dolor para que el ciudadano medio de cualquier país que no tenía opinión previa sobre el tema piense al ver las imágenes que la razón asiste al lado que es víctima de la violencia. Por eso las tácticas que debe emplear el gobierno son contraintuitivas: desescalar el conflicto para huir de situaciones que permita encuadrarlo en el marco narrativo de los independentistas

Como si fuera un mal chiste, el 1-O nos ha proporcionado precisamente eso que yo recomendaba el gobierno debía evitar. Ahora la pregunta es cómo se arregla esto, si es que tiene arreglo. En varias ocasiones traté aquí cómo la derecha nacionalista española ha ejercido tradicionalmente de bombero pirómano y ha fabricado independentistas:  “Lecciones yugoslavas para España” (4 mayo 2005), “Separatistas y separadores” (1 octubre 2012) y “Lecciones de la antigua Yugoslavia para España (y Cataluña)” (17 septiembre 2013).  Pero estos días hemos visto el fenómeno contrario. El pulso del gobierno catalán al gobierno español ha impulsado el sentimiento identitario español, con gente contando aquí y allá que le sorprendía ver por primera vez en su barrio la bandera española colgada de ventanas y balcones. Y aunque sean casos puntuales de conocidos, he visto por primera vez a gente reclamar un referéndum en toda España sobre la cuestión catalana para votar a favor de que Cataluña se marche de España. O directamente reclamar la independencia catalana. Pero no por solidaridad con la causa, sino por estar harto del nacionalismo catalán. Yo mismo me planteaba estos días si, olvidando por un rato el desastre que sería para Cataluña y el resto de España, la situación actual merece la pena ser sostenida por más tiempo.

El juego político en España ha seguido un ciclo perpetuo en el que los nacionalistas periféricos airean reclamaciones identitarias que el gobierno español termina por aplacar con medidas presupuestarias y algunas políticas de tipo simbólico. Y así hasta el infinito más allá. El modelo causó impresión aquí en Canarias y surgieron partidos decididos a imitar el modus operandi pero olvidando que la parte de las reclamaciones identitarias necesita ser creíble. Y ahí está el problema. Da la sensación de que el gobierno español ha creído que el nacionalismo periférico en España se mueve en el fondo por dinero y el truco para manejarlo será siempre negociar presupuestos, pasando por alto que los nacionalistas catalanes sí se han tomado en serio la cuestión identitaria.

Recuerdo el escándalo que causó aquellas palabras del ministro Wert sobre “españolizar” a los niños catalanes, como si una de las funciones de la escuela no fuera crear ciudadanos. Denunciaba recientemente el hispanista John Eliott en un carta al diario The Times la manipulación de la Historia en Cataluña con intereses partidarios. Y estos días me contó alguien que participó hace un par de años como voluntario en una competición infantil de robótica aquí en Tenerife que le asignaron asistir a un equipo catalán formado por niños de entre 10 y 15 años cuyos padres debían hacer de traductores porque tenían dificultades en expresarse correctamente en español.  Si Cataluña termina siendo un país independiente leeremos en el futuro que todo cambió este 1 de octubre. En realidad, todo empezó hace mucho tiempo.

 

 

Cómo Rajoy compró a Trump y salvó la industria de defensa estadounidense

Tras el encuentro de Rajoy y Trump en la Casa Blanca, aparecieron en Twitter comentarios ridiculizando la supuesta compra de cazabombarderos de quinta generación F-35 Lightning II acordada a cambio del apoyo del gobierno estadounidense a la unidad de España. Los datos que se aportaban era muy específicos: se trataba de un contrato de 3.500 millones de euros por 24 aparatos. Los comentarios se repartían entre el tono jocoso, señalando los sabidos problemas de desarrollo del avión, y la indignación por el despilfarro en un país donde los niños pasan hambre y no hay dinero para pagar las pensiones. Tenemos un ejemplo en este tuit de David Arrabalí, analista político y miembro de Izquierda Unida:

Los detalles que se aportaban sobre el caso variaban entre que había sido una promesa hecha por Rajoy a Trump y que la ministra había firmado allí la compra. El usuario de  Twitter “Jaime” compartió varias capturas de tuits en los que la gente añadía detalles de cosecha propia como que eran los “más viejos de la flota”. Todo fue muy marciano, porque la verdad es que en España la toma de decisiones sobre la compra de sistemas de defensa suele ser bastante larga y por el camino se conocen los entresijos del proceso de selección, por muy amañados que estén los contratos: se crea una comisión técnica, aparecen artículos debatiendo las alternativas en las publicaciones del Ministerio de Defensa (Ejército, Revista General de Marina, Revista Española de Defensa, etc), se comparten en foros y redes sociales informaciones y diapositivas de conferencias sobre el tema, etc. Es decir, entre que se decide comprar un cacharro y se firma la compra pasa tiempo. Mientras tanto, los que estamos en este mundillo nos enteramos de lo que se cuece. Por ejemplo, sabemos que España está abocada a comprar F-35 sí o sí algún día. Además, las exportaciones de armamento de Estados Unidos se anuncian públicamente en la página web de la Defense Security Cooperation Agency mientras que las compras españolas de armamento aparecen en la página web del gobierno español, tras aprobarse en la reunión del Consejo de Ministros de los viernes. Para colmo, la noticia de la supuesta compra tampoco apareció en los portales defensa.com o infodefensa.com En definitiva, la noticia resultaba inexistente para los profesionales.

F-35. Foto: USAF vía Wikipedia.

Al día siguiente de encontrarme la noticia los 3.500 millones de euros que el gobierno español se comprometió a gastar para asegurar que el presidente Donald Trump hablara en contra del Procés habían subido a los 6.000 millones. Por ejemplo, apareció en un artículo en Menéame del usuario “anmarmor”: “Rajoy gastará más de 6.000 millones en F35 – el mayor fiasco de la aviación militar moderna”. El autor se centra en todos los problemas de desarrollo del F-35, pero comete errores que se hubiera ahorrado de haber leído un poco la Wikipedia. Curiosamente el artículo termina diciendo que los modelos equivalentes de Rusia y China están mucho más desarrollados, cuando la realidad es que el año pasado la fuerza aérea estadounidense incorporó su ejemplar nº100 del F-35 mientras que del J-31 chino sólo hay dos prototipos y el Su-57 ruso entrará en servicio el año próximo. Este último está en la categoría del F-22 Raptor, no del F-35, y su desarrollo ha sido también problemático. Supongo que son la clase de sesgos que incorporas cuando te pasas el día leyendo “información alternativa” en Russia Today.

Aviones de 5ª Generación en servicio y desarrollo. El T-50 ruso recibió el nombre definitivo Sujoi Su-57.

El siguiente paso fue la aparición de esta  no-noticia en El Salto Diario: “Rajoy ‘compra’ a Trump con un pedido de 6.000 millones en aviones”. El autor, Yago Álvarez (“Economista Cabreado” en Twitter), dice: “Desde el Gobierno se anunció que se comprarían entre 60 y 65 unidades”, con una partida de “unos 6.000 millones de euros” para sustituir a los F-18 del Ejército del Aire y los AV-8B Harrier II de la Armada. En realidad, son los datos de una noticia dada el 5 de junio de este año por el diario El País: “Ejército del Aire y Armada apuestan por comprar 60 cazas F-35 estadounidenses”.  En ella aparece la cifra de los 6.000 millones. Dos días más tarde el mismo diario titulaba: “Defensa se desmarca de la apuesta del ejército por el caza F-35 estadounidense”.  La primera hacía referencia a los deseos de los militares y la segunda la posición del Ministerio. Y es que como dije antes, desde que se plantea la necesidad hasta que se firma la compra van filtrándose informaciones.

Yago Álvarez hace un repaso rápido en su artículo a los problemas del F-35 fabricado por Lockheed Martin, a la que llama LockHeed. Según él, esos problemas han hecho que “la sostenibilidad de la empresa de armas más grande del mundo sea una duda constante” pero “el apretón de manos de Rajoy y Trump ayudará mucho a la subsistencia de esta empresa y de la industria militar americana”. Aquí pueden ver la evolución en bolsa de la empresa:

Datos: Google.

Como ven, el valor en bolsa de la empresa lleva aumentando desde 2013. En esta noticia de Reuters sobre el balance del segundo trimestre del año se dice que las perspectivas de la empresa son buenas desde la llegada de Donald Trump al poder, que el año pasado las exportaciones sólo supusieron el 27% de los negocios de la empresa y que recientemente el Departamento de Defensa estadounidense decidió añadir su pedido de F-35 a 2.456 aparatos. Como ven, ni la empresa está en apuros ni el pedido español sería el negocio del siglo para el complejo militar-industrial estadounidense.

Todo este asunto no es más que una anécdota más del Procés y sus fake news desde ambos “bandos”. Pero adivinen quién se lo ha tomado en serio.