Lo que realmente arde en Francia

Parece ya una mala costumbre que yo escriba sobre Guerras Posmodernas en Europa y a las pocas semanas arda París. Sucedió en junio de 2023 cuando pregunté «¿Llegarán las Guerras Posmodernas a Europa?» y a las pocas semanas hubo disturbios en París por la muerte de un delincuente juvenil a manos de la policía. Y volvió a suceder este mes de octubre tras encargarle a Grok, la IA de X.com, que me hiciera un ensayo a partir de un hilo en el que recopilando noticias, análisis, informaciones y fotos «Guerras Posmodernas en Europa: la versión de la IA a partir de mi recopilación de fuentes«.

Hay dos posturas que no me detendré a comentar. La primera es la que considera lo que ha acontecido como un mal necesario para obtener avances sociales. Efectivamente hay una tradición francesa de protestas callejeras que van del Mayo del 68 a los Chalecos Amarillos y que se repiten al comienzo de cada curso escolar. La diferencia esta vez es que Francia, como España, se enfrenta a una debacle demográfica en la que el Estado tiene que gastar cada vez más en pensiones mientras la calidad de los servicios públicos se va deteriorando. Es un problema aritmético que en España se ha tratado de solucionar tolerando la inmigración irregular no cualificada que tensiona aún más el Estado del Bienestar.

Foto: Ivan Valerio vía Dominique de Villepin.

La otra postura destaca que lo que hemos visto en medios de comunicación y redes sociales han sido disturbios muy localizados que, si bien han generado mucho daños y pérdidas en algunos comercios, no deben generalizarse a todo el espacio urbano y el territorio francés. Una violencia cuyo impacto global ha sido multiplicada por los medios de comunicación y las redes sociales entre intentos perceptibles de presentar lo sucedido como una realidad irreversible: «Francia ya fue. «Francia ya cayó». Y esos mensajes vienen de conservadores ubicados en lugares desde lo que no tienen mucha autoridad moral para dar lecciones. Por ejemplo, la gente de Estados Unidos que se burla de Francia y Europa después de lo sucedido allí tras la muerte de George Floyd.

Yo me quiero centrar en otras cosas. Que la violencia que hemos visto estos días es diferente a la habitual en fin de año o en celebraciones futbolísticas. No se trata de que una vez más han destrozado el mobiliario urbano y han hecho retroceder a la policía. Esta vez han destrozado y saqueados comercios con una saña que explicaba un joven negro: En el caso de los comerciantes chinos se les odia porque son una comunidad inmigrante que prospera. Y en eso me quiero centrar. Todo lo que hay realmente debajo de la superficie en estos disturbios y lo que nos enseña del futuro de Europa.

He leído análisis en clave marxista de los acontecimientos en Francia. Por supuesto de gente que reúne todos los clichés del pijo bien pensante. Véase el caso de «Jordi Maquiavello«, quien por supuesto trabaja en el sector audiovisual.

En términos marxistas, lo que hemos visto en cambio no es una violencia revolucionaria. Sino la acción del lumpenproletariado parasitando una protesta para saquear comercios. Una clase social que cuando Karl Marx la describió en El 18 de brumario de Luis Bonaparte mencionó que a ella se unían «vástagos degenerados y aventureros de la burguesía». Un fenómeno que también hemos visto estos días en Francia y que en el siguiente tuit vemos tergiversado por «Ivan» para quitarle importancia al elemento étnico/religioso de ciertos sectores sociales protagonistas de estos disturbios.

Así que nuevamente encontramos la figura del pijo frívolo que celebra la violencia y los saqueos como los dolores de parto de la conquista de derechos sociales como la tristemente célebre Lola-Fleur.

Imagen vía @gyver_angus_2.

Si planteo que no se trata de violencia revolucionaria que deba ser aplaudida o tolerada es porque estamos ante otro fenómeno. Y para hablar de lo que pasa en Europa propongo el concepto, anomia, que fue acuñado por uno de los padres franceses de la Sociología: Émile Durkheim. En sus obras La división del trabajo social (1893) y El Suicidio (1897) plantea la anomia como el malestar social en el que el poder de regular las conductas de las normas sociales se debilita en un momento de una profunda transformación económica, en su caso la Segunda Revolución Industrial. 

El modélico Liceo «Nelson Mandela» (77 millones de euros) tras las protestas por la mejora de la calidad educativa en Nantes. Foto: vía Prefecto de la región de los Países del Loira y del departamento de Loira Atlántico en X.com

El concepto de anomia fue reelaborado por Robert K. Merton en Estados Unidos para aportar la idea de que se puede producir una fractura entre los objetivos de la sociedad y los medios al alcance de los individuos. Los políticos pueden hablar de la «meritocracia» y la «cultura del esfuerzo» pero los jóvenes de las banlieus francesas pueden percibir que el ascensor social está roto. Véase sobre la crisis de las clases media y trabajadora en Occidente en «Desglobalización» (21 de mayo de 2019).

Durkheim se refería también a la anomia como un problema de falta de interiorización de las normas sociales que ponen límites a las necesidades y deseos individuales. Las redes sociales muestran el paraíso de la sociedad de consumo pero la idea de esfuerzo, trabajo duro y ahorro como el camino hacia una mejor vida se percibe como falso o ajeno. Entonces romper un escaparate y correr con una Playstation 5 es sólo un atajo para lograr el ansiado objeto de deseo. Una cuenta anónima de X.com hablaba de «progromo de clase» para referirse a la cantidad de pequeños comerciantes que han sufrido saqueos y usaba de ejemplo un comerciante de origen árabe que habría perdido 365.000 euros. La periodista Carmela Ríos recogía en un hilo vídeos de TikTok que anticiparon los saqueos, con un ejemplo en el se habla del móvil de gama alta que se pretendía robar.

Florencia Bergeaud-Blackler negaba la mayor de la anomia como fenómeno explicativo en el diario Le Figaro y proponía una visión alternativa según la cual el problema no es el quiebre entre los objetivos declarados de la sociedad y la dificultad de los ciudadanos para alcanzarlos, sino que en las periferias francesas ha arraigado unos valores islamistas que ve a sus ciudadanos (se entiende que cristianos y judíos) como «infieles» y «colonizadores». Los ataques contra ellos serían por tanto ataques «justicieros».

Vemos emerger últimamente un discurso que conecta al islamismo con la izquierda posmoderna occidental que afirma que países colonizadores como España o Francia merecen ser borrados culturalmente por la población BIPOC, mientras que países como Estados Unidos, Canadá y Australia merecen el mismo destino por ser países construidos sobre tierra indígena. La total apertura de fronteras y el reemplazo poblacional sería por tanto deseable dentro de esa lógica. Un asunto, que el reemplazo poblacional es deseable desde la izquierda, al que Irene Montero se refirió y luego aclaró que hablaba de forma irónica.

Esa convergencia ha generado en Francia una estrategia electoral de atracción del voto musulmán protagonizada por La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon y la aparición del Green Party en el Reino Unido a la izquierda del Partido Laborista. Cómo convivirán el islamismo y el activismo LGTB+ dentro de esa alianza islamo-progresista, que también podríamos llamar «palestinismo», es una incógnita.

La otra cara de las Guerras Posmodernas.

El sindicato policial UNSAPOLICE advertía: «La cuerda está tensa al máximo y el punto de ruptura está cerca. Si las autoridades públicas se imaginan que la resiliencia de la Policía Nacional es inagotable, se equivocan de lleno.» Las autoridades en Francia recomendaban la contratación de seguridad privada y había aparecido personal checheno, musulmanes pero enemigos de los magrebíes, en las puertas de comercios. Avanza por tanto la privatización de la seguridad, el tribalismo y el retroceso del Estado.

Miembro de la unidad contra el crimen organizado con un dron DJI en los tejados de París. Foto vía «Drones de Guerra«.

Sobra decir que la violencia y lo saqueos benefician electoralmente a la derecha populista no sólo por una demanda de ley y orden. Los políticos, medios e intelectuales han sido profundamente deshonestos sobre la realidad de Europa desde aquella oleada de acoso y violencia sexuales vividos en Alemania en la Nochevieja de 2015. Y ante el esfuerzo de negación de la realidad emerge como un referente la derecha nacional-populista (y algunos sectores de nuevos partidos de izquierda) que han señalado los problemas de la inmigración en Europa. Una evidente victoria política por mera incomparecencia del contrario. El electorado premia así a quien primero dio la voz de alarma y a quien ofrece soluciones en medio de la alarma de los mismos que negaron el problema y luego achacan las victorias de la derecha al machismo, el racismo, los videojuegos y la pornografía.


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