Fuerzas desarmadas (I): El Ejército del Aire

Gonzalo Araluce ha hecho un repaso a la poca atención que prestan a la defensa los principales partidos que se presentan a las elecciones generales españolas del próximo mes de junio. El interés y del debate es mínimo, como dije hace poco en “Defensa menguante”. A pesar del intento de algunos de transmitir una imagen de que la sociedad española se apretó el cinturón mientras las fuerzas armadas no paraba de comprar juguetes nuevos, la realidad es que los presupuestos del Ministerio de Defensa se redujeron durante la crisis económica y las fuerzas armadas españoles han perdido una lista considerable de capacidades. Para colmo, los grandes programas estrella de las fuerzas armadas producidos por la industria europea y que estaban destinados a proporcionar a Europa autonomía tecnológica frente Estados Unidos, han resultado un fiasco de alguna manera, bien por los retrasos, el encarecimiento del programa o la merma de las capaciadades del producto final.

Si consideramos que la función principal de las fuerzas armadas es garantizar la soberanía nacional y que su primera misión al respecto es proporcionar una creíble capacidad disuasiva, es hora de preguntarse si esa capacidad ha entrado en un preocupante declive. No olvidemos la particular carrera de armamento entre Marruecos y Argelia, donde por primera vez un país vecino del sur supera en capacidades claves a España. Y tampoco perdamos de vista que, si algo nos ha enseñado esta década, es que el panorama internacional se ha vuelto imprevisible. Hagamos, por tanto, un repaso a las tres ramas de las fuerza armadas españolas, empezando por el Ejército del Aire.

El programa estrella del Ejército del Aires es el avión de combate Eurofighter 2000. Fue un proyecto que nació durante la Guerra Fría, cuando existían otros niveles presupuestarios y la amenaza del Pacto de Vasrosvia. Los “dividendos de la paz” en los años 90 provocaron indecisión política y retrasos. Francia decidió entonces seguir su propio camino para desarrollar el Dassault Rafale, mientras que los cuatro miembros restantes del consorcio (Reino Unido, Alemania, Italia y España) decidieron sacar una versión menos ambiciosa de la pensada inicialmente. Además se decidió desarrollar el avión por etapas, entregando lotes de producción (“tranches”, en francés) que incorporaran equipos y desarrollos de software paulitanamente. Hoy, la versión final, la Tranche 3B, no está ni se le espera.

España encargó originalmente 87 aviones Eurofighter. Ante el descenso de los presupuestos de defensa el pedido se rebajó a 73. Con los problemas económicos provocados por la crisis, el gobierno español llegó a un acuerdo con el consorcio fabricante para que entre 2012 y 2015 los aviones, según fueran saliendo de fábrica, se almacenaran a la espera de poder pagarlos. Pero no es España el único país con problemas. El caza prometía ser un proyecto industrial con perspectivas internacionales. La venta de unidades adicionales a las encargadas por los países socios haría el proyecto un éxito comercial, pero los cuatro países se encontraron con unos compromisos de compra insostenible con sus menguantes presupuestos de defensa. Disminuyeron los encargos y Reino Unido, que había encargado originalmente 232, decidió vender 72 a Arabia Saudita como parte de sus recortes. Las exportaciones no resultaron ser el éxito de venta esperado, sino tan sólo una compensación a los recortes.

Por otro lado, el cazabombardero más numeroso actualmente en el Ejército del Aire es el F-18 Hornet. Llegaron a España a partir de 1986, como parte del programa FACA (Futuro Avión de Combate Avanzado). Los planes originales eran adquirir 144 aparatos pero al final se compraron 72. En 1994 se compró un lote de 24 F-18 de segunda mano a Estados Unidos, como parte del denominado programa CX, que no han recibido el programa de modernización aplicado a los F-18 originales. Esos aviones con menores capacidades están destinados en la Base de Gando (Gran Canaria).

El otro gran proyecto estrella del Ejército del Aire es el avión de transporte Airbus DS A-400M. Cuando se formó el consorcio europeo de industria aerospacial, España estuvo presente vía la empresa Construcciones Aeronáuticas Sociedad Anónima (CASA). Hasta el momento sus productos de más éxito eran los aviones de transporte militar C-212 y CN-235. Así que España luchó para que las principales actividades relacionadas con el transporte militar se desarrollaran aquí. Para que el avión de transporte militar A-400M se construyera en España, el Ministerio de Defensa firmó la compra de 27 ejemplares para sustituir una docena de C-130 Hercules. Posiblemente fue la primera vez que en España un programa  doblaba las unidades a sustituir.

El desarrollo del A-400M ha sido problemático. El retraso del programa de desarrollo, lleno de problemas y sobrecostes del avión llevó a la pérdida de un cliente y a que tanto Francia como Reino Unido se hayan visto obligadas a comprar aviones en Estados Unidos para proporcionar las capacidades necesarias hasta la entrada en servicio del A-400M. Uno de los problemas del desarrollo del avión fue el requerimiento alemán de que fuera capaz de cargar 32 toneladas para poder transportar el vehículo de infantería de combate Puma. Hubo que desarrollar un monstruo de turbohélice para que el A-400M levantara tanta carga y la llevara lejos de forma rápida. Hace poco se encontraron problemas en la caja de engranajes del motor que podría retrasar las entregas.

El gran problema del Ejército del Aire, como el resto de las Fuerzas Armadas, es que más allá de esos grandes programas es que el resto de capacidades languidece. Podemos empezar por el Grupos 45 y el Grupo 47 dedicados al transporte y la guerra electrónica. Los aviones VIP han tenido un montón de averías en los últimos años. En abril de 2014 leíamos el titular “La avería en el avión del rey ya es la quinta en la flota oficial en los últimos meses”. Se dio la situación en que Mariano Rajoy viajó a una cumbre en Roma en un avión prestado por Bélgica.

Por su parte los viejos Boeing 707 dedicados al transporte de tropas y carga no pararon de tener averías y dar algún susto antes de su retiro. De tres Boeing 707 destinados al transporte y reabastecimiento en vuelo, sólo queda uno en servicio. Cuando F-18 españoles se desplazaron a Turquía en el verano de 2015 para los ejercicios Anatolian Eagle debieron contar con aviones cisternas de países aliados para llegar a su destino. Y lo que es más importante, la joya de la corona en materia de inteligencia electrónica en el Ejército del Aire, el solitario Boeing 707 del Programa Santiago, ha sido retirado del servicio.

Sobra decir que España carece de aviones con radar de alerta temprana y control aéreo (EAW, AEW&C, AWACS, etc.) Airbus DS presentó no hace mucho un prototipo sobre la base del C-295, pero no habido ni el más mínimo rumor sobre interés del Ejército del Aire por él. Lo cual, puede ser simplemente reflejo de la absoluta falta de fondos para un sistema así.

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Un P-3B Orion español luchando contra la piratería somalí con un radar de válvulas.

Otro aérea relacionada con las capacidades ISTAR es la patrulla marítima. El Ejército del Aire cuenta con cuatro P-3 Orion, comprados de segunda mano a Noruega y que fueron modernizados en España. Había un quinto avión previsto para ser modernizado, pero fue finalmente destinado a piezas. La patrulla marítima ha sido siempre el patito feo de la aviación española, quizás porque sus misiones sirvan fundamental para apoyar a la Armada. Paradójicamente, en otros países, como Estados Unidos y Francia, los aviones de patrulla marítima pertenecen a la armada pero emplean sus sensores en misiones ISR sobre tierra.

No debemos olvidar la flota de helicópteros SAR del Ejército del Aire, que supera los 30 años de servicio. El 801 Escuadrón con base en Son San Juan (Mallorca) incorporó cinco helicópteros Puma en 1983, complementados con otros dos comprados de segunda mano entre 2008 y 2009. El 802 Escuadrón con base en Gando (Gran Canaria) está dotado desde 1982 con helicópteros Super Puma. Dos sufrieron en los dos últimos años sendos accidentes, estrellándose ambos aparatos en el Océano Atlántico. La solución a los problemas de envejecimiento de la flota debería pasar por su renovación. España tenía previsto comprar 28 helicópteros NH-90 para el Ejército del Aire, con lo que se hubiera dotado a los tres escuadrones SAR (801 de Son San Juan, 802 de Gando y 803 en Cuatr Vientos). El NH-90 es otro programa europeo con un precio que se ha disparado y con problemas de fiabilidad y capacidades limitadas respecto a las planeadas, tal como han comprobado sus usuarios en las fuerzas armadas de Finlandia, Holanda y Australia. La crisis económica en España supuso un recorte en el pedido de NH-90 y el pedido de 28 helicópteros para el Ejército del Aire se han quedado en sólo seis ejemplares. La solución para cubrir las plantillas de aeronaves es comprar  nuevamente helicópteros de segunda mano.

Mural de homenaje al sargento Jhonander Ojeda Alemán del 802º Escuadrón del Ejército del Aire, superviviente de un accidente de helicóptero y fallecido en acto de servicio en un segundo accidente.

El estado del Ejército del Aire español es que actualmente incorpora un avión de combate avanzado, el Eurofighter, que si tuviera que disputar la superioridad aérea al enemigo en solitario no cuenta con el apoyo de aviones de alerta temprana, ni con aviones cisterna, ni información del orden de batalla electrónico enemigo. Y en caso de tener que eyectarse, un piloto de combate español tendría la seguidad que iría a rescatarle un helicóptero con 30 años de antigüedad o uno comprado de segunda mano.

La reforma de las fuerzas armadas rusas en Eurasianet

Recientemente Javier Morales, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea de Madrid y experto en Rusia, me invitó a participar en Eurasianet, la red de investigadores académicos.

4f726e404ce8Mi primera contribución se titula “Crisis y reforma de las fuerzas armadas rusas”. Se trata de una primera aproximación basada en materiales de un artículo que tengo aparcado y espero retomar pronto ante la actualidad del tema. Desde aquí le doy las gracias a Javier Morales por la invitación y a Rubén Ruiz por la acogida dada a mi artículo.

El virus populista

Prepárense. En los próximos meses vamos a escuchar mucho en el debate político la expresión “al servicio del Pueblo” acompañada de “lo verdaderamente democrático”. Primero le tocó a los medios de comunicación. Veremos por dónde sigue. Yo reparé en junio en un artículo de Juan Torres López, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla titulado “¿Para qué sirve el ejército español?”.

La respuesta es fácil para quien no haya permanecido en suspensión criogénica los últimos 25 años. La primera función de las fuerzas armadas españolas es proporcionar una capacidad disuasiva frente a terceros. Por capacidad disuasiva entendemos que las probabilidades de éxito en un conflicto armado sean tan bajas o la victoria sea tan costosa que el potencial agresor descarte el uso de la fuerza en sus relaciones con España.

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AMX-30 de la compañía legionaria “Bakali” en el Sáhara Occidental

Los documentos oficiales no lo dicen. Pero todos sabemos que el enemigo genérico Tipo B que se define en la OR7-027 introducida en 2007 es Marruecos, país que reclama la soberanía de Ceuta y Melilla. Basta recordar que los tanteos de las fuerzas armadas reales marroquíes en el Sáhara Occidental se saldaron en fracasos como el de Mahbes, lo que llevó a organizar la Marcha Verde. Como ya conté aquí una vez, Marruecos tiene una larga historia de usos de estrategias asimétricas y no convencionales para enfrentarse a España desde su inferioridad militar. Curiosamente, siempre le fue mejor con esas otras estrategias que con el uso de la fuerza, como en Mahbes o en Perejil.

La segunda función de las fuerzas armadas españolas es ser una herramienta de la política exterior del país. Por ejemplo, contribuyendo a la estabilidad de regiones que España considere estratégicas. En el momento actual, la mayoría de las misiones internacionales españoles se desarrollan en África. Como ya apunté en el lejano mes de marzo de 2005, en un mundo globalizado África Occidental es una región cuyos problemas tienen la capacidad de afectar a España. De ahí que las fuerza armadas españolas participe junto con países aliados en la reconstrucción del ejército de Mali y en la preparación de las armadas de la región en misiones de seguridad marítima.

Btz3027CIAAuW1JEl dilema surge porque los medios, capacidades y doctrina para ambos tipos de misiones son diametralmente diferentes. Y en los últimos años, al tratarse de las misiones del día a día y por los enormes recortes presupuestarios, se ha ido dando prioridad a tener unas fuerzas armadas preparadas para misiones de estabilización mientras se descuidaban las capacidades convencionales. Mientras, los dos países del Magreb más cercanos a España vivían su particular carrera armamentística que avanzaba en el cierre de la brecha tecnológica entre España y ellos. Pero eso es un asunto para tratar otro día.

¿Qué nos cuenta Juan Torres López? Nos recuerda la Constitución y su 8.1, que dice eso de que las Fuerzas Armadas “tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Según él “eso no se cumple” porque “España no es una nación soberana”, debido a que “las decisiones que se toman sobre las vidas y el patrimonio de sus ciudadanos se toman lejos de aquí y los españoles no podemos decidir acerca de lo que creemos que nos conviene o no”. Empezamos bien. Si hablamos de las decisiones que la Unión Europea toma en Bruselas, la canciller Angela Merkel en Berlín o la acción colectiva de millones de agentes en los mercados, no entiendo qué pintan ahí los carros de combate y las fragatas. Bueno, al menos Juan Torres López reconoce que en esos temas, “las Fuerzas Armadas no pueden hacer nada para que no sea así”. Me quedo más tranquilo. Por un momento pensé que iba a recomendar enviar tropas a Bruselas o Wall Street.

Seguimos. España “no tiene autonomía para decidir sobre su futuro y porque los gobiernos elegidos por la voluntad popular están condenados de antemano a seguir los dictados de otras potencias extranjeras o incluso de grupos de presión nacionales que actúan por detrás de las instituciones para salvaguardar sus intereses”. Aquí vuelve a la carga. Sí, tenemos Washington, Berlín y Bruselas dando órdenes al gobierno de España. Pero si de lo que hablamos es de la acción de las fuerzas armadas españolas puedan tener claro que ningún soldado español participará en una guerra por algún país perdido por órdenes de Estados Unidos, la OTAN o la Unión Europea.

A la hora de aportar tropas en misiones internacionales cada país es muy libre de escurrir el bulto. En eso España es campeona olímpica. Ahí está el ejemplo del apoyo político del gobierno de José María Aznar a la invasión estadounidense de Iraq en 2003. Se vio acompañada de la espectacular cifra de CERO tropas aportada por España. Casimiro García Abadillo, el actual director del diario madrileño El Mundo, dijo en 2004 en su libro 11-M La venganza que España que España había perdido entonces los complejos heredados con el desastre de 1898 y que por fin recuperaba su visión imperial del mundo. Resulta que España fue el país de Europa con un mayor rechazo a la invasión de Iraq. Las encuestas reflejaban que la suma del “algo” y “bastante” en contra superaban el 90%. El gobierno español no se atrevió a hacer tangible su apoyo político a la invasión ni siquiera con una aportación militar simbólica, como fue el caso de Polonia y los 80 miembros de la unidad de operaciones especiales “GROM”.

Soldados polacos de la unidad de operaciones especiales "GROM" en el puerto de Um Qasr durante la invasión de Iraq (2003)
Soldados polacos de la unidad de operaciones especiales “GROM” en el puerto de Um Qasr durante la invasión de Iraq (2003)

Tanto en los Balcanes (1996 y 1999) como en Libia (2011), España mandó un puñado de F-18, mientras otros países más pequeños aportaron militarmente mucho más. En Afganistán, España se encargó de una provincia relativamente tranquila y se tomó la decisión política de no enfrentarse a los talibán, al contrario de países como Australia o Canadá. Recuerden a aquel militar español diciendo en televisión que los talibán no eran el enemigo. En definitiva. España ha sufrido y sufrirá imposiciones externas, como la ley Sinde-Biden o la reforma exprés de la Constitución. Pero en materia de defensa, las fuerzas armadas han hecho siempre lo que el gobierno de turno ha querido con el oído atento a la opinión pública. Así se explica que se enviara a la Armada a Indonesia tras el tsunami de 2004.

Entonces nos vamos llegando al meollo del asunto. Dice el profesor Torres López que la integridad territorial de España está en peligro por “las reclamaciones independentistas, […], las desigualdades, por la desindustrialización, por la desertización de nuestra agricultura y por la destrucción del medio ambiente”. Y no sólo eso, el ordenamiento constitucional “ha sido pisoteado […] impidiendo que los españoles disfruten los derechos allí establecidos o sometiendo su desarrollo o salvaguarda a los dictados de uno u otro partido político”. En el primer caso se trata de usar el concepto “integridad territorial” en un sentido muy amplio que incluye fenómenos naturales. En el segundo caso hablamos ya de cuestiones políticas y sociales. ¿Cumple alguna función en todo ello las fuerzas armadas? Trabajo, educación, sanidad, vivienda, reforestación, contaminación, etc. ¿Son asuntos en los que tendrían que intervenir las fuerzas armadas? Si se piensa así, vamos hacia un modelo en el que las fuerzas armadas se emplean como mano de obra barata para construir viviendas, trazar carreteras, recoger basura y reforestar los montes. Algo que pudiera tener sentido en países en desarrollo y con ejércitos de leva. Pero poner a un militar, en el que el Estado se ha gastado dinero en formar como paracaidista u operador de un sistema de misil es un desperdicio.

Efectivos de la Unidad Militar de Emergencia apagando un incendio en Zuera Foto: mde.es
Efectivos de la Unidad Militar de Emergencia apagando un incendio en Zuera Foto: mde.es

El profesor Torres López termina esta parte de su exposición con que el país sufre agresiones “económicas y financieras ante las que poco o nada pueden hacer los ejércitos convencionales”. Es decir, vuelve a presentar toda una serie de enunciados sobre cómo se vulnera la soberanía esañola para concluir con que las fuerzas armadas no tienen nada que ver con el asunto del que habla.

Cuando por fin entra en materia dice que las fuerzas armadas españolas se han convertido en “una pieza más del entramado militar en el que se basa el poder imperial de Estados Unidos, es decir, en siervas de una potencia extranjera”. Aquí patina bastante. Porque en 2014 España tiene sus fuerzas desplegadas por África y el Gran Oriente Medio bajo bandera de la ONU y la Unión Europea en lugares como Mali, República Centroafricana, Líbano y las costas de Somalia. Afganistán e Iraq son dos lugares donde España desplegó fuerzas tras la invasión estadounidense. Son precisamente sitios donde España se comprometió poco y donde se marchó o está en trámite de hacerlo. Hablar de España como sierva del “imperialismo yanki” en asuntos militares en 2014 es hablar de oídas y con diez años de retraso. Es más, como ya comenté, en el momento en que España pudo hacer una contribución significativa no lo hizo por la presión de la opinión pública.

Torres López se refiere a las fuerzas armadas como “un simple negocio más del que se benefician precisamente las grandes empresas y los bancos que han acabado con la soberanía nacional y con nuestra independencia”.  El lío aumenta a cada párrafo. Se refiere a que las fuerzas armadas realizan grandes compras de armamento. Es cierto. Los carros de combate, aviones, misiles y radares se compran a grandes empresas. Es lógico porque no son productos que comercialicen PYMES. Pero es es igual que culpar al Ministerio de Fomento de sólo dar negocio con sus contratos públicos de autopistas, puertos y aeropuertos a grandes empresas. El problema tanto en Defensa como en Fomento no es que se hagan grandes contratos. El problema es qué se compra y a quién con qué criterio. Pero eso es entrar en asunto técnicos que Torres López desconoce por completo.

Y sigue. Dice que las fuerzas armadas españolas no sólo convierten a España en vasalla de Estados Unidos, sino que “han pasado a ser un apéndice de la gran industria militar mundial”.  De nuevo, habla de oídas. El verdadero problema de España es que quiso contribuir a la creación de una gran industria militar europea, autónoma de Estados Unidos, convirtiéndose en cliente de productos que han terminado por ser mucho más caros y con menos prestaciones que el papel. Hablamos del cazabombardero Eurofighter, del avión de transporte estratégico A-400M, del helicóptero de ataque Tigre y del helicóptero de transporte NH90.

El asunto tiene ramificaciones como la creación de una factoría de Eurocopter en Albacete, cuna del ministro José Bono, por la que España paga un sobreprecio en los helicópteros que compra. Paradójicamente la alternativa menos onerosa para los contribuyentes españoles hubiera sido acudir a la industria de defensa estadounidense. Si España hubiera comprado helicópteros AH-64 Apache, tal como pidieron los militares en su evaluación técnica, se habrían tenido en servicio mucho antes y con plenas capacidades. Habrían estado listos para intervenir en Afganistán y realizar misiones de apoyo a las tropas allí desplegadas.

Es más, la idea de que las fuerzas armadas españolas “han pasado a ser un apéndice de la gran industria militar mundial” da a entender que el Ministerio de Defensa se comporta como un niño rico que compra de todo por capricho. Cuando la cruda realidad es que desde el fin de la Guerra Fría primero y luego tras el fin del Servicio Militar Obligatorio se han hecho sucesivos planes de recorte donde a los militares se les prometió unas fuerzas armadas “más pequeñas pero más capaces”. Los recortes han afectado a tierra, mar y aire. Han sido especialmente duros tras el comienzo de la crisis. Y eso ha llevado a los sucesivos gobiernos a usar triquiñuelas como el financiar programas militares con créditos del Ministerio de Industria. Ese ese el origen de la dichosa deuda. España es el tercer país que menos gasta en defensa en relación a su PIB dentro de la OTAN, sólo superada por Luxemburgo y Lituania. Pero tras los sucesos de Ucrania, Lituania ha decidido gastar más.

Seguimos con la industria de defensa, que según el profesor Torres López se dedica a “a desarrollar o producir tecnologías para guerras que los propios industriales van promoviendo con el único fin de justificar y rentabilizar sus inversiones, o fabricando armas para vender al mejor postor, aunque eso se haga a dictaduras que aniquilan los derechos humanos de la manera más vergonzosa e inhumana”. Merece la pena detenerse en esto, aunque no trate de España. Es muy socorrido hablar de que la industria de defensa se beneficia de las muchas guerras que hay en el mundo. Pero si uno repasa cifras de negocio y destino de los contratos, encontrará que los contratos más jugosos los firman países como Australia, India, Singapur, Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán, etc. Se trata de la venta de aviones de combate, sistemas de radar, fragatas, etc. en contratos multimillonarios y que probablemente nunca se lleguen a usar. Mientras tanto, la gente mata y muere en conflictos olvidados en lugares como Sudán del Sur o República Democrática del Congo con balas fabricadas en China, Bielorrusia, Corea del Norte e Irán. Pero de ese tráfico de armas, nadie habla. (Véase este informe sobre las balas iraníes que han aparecido en África).

Regresamos al hilo principal del artículo, donde tras hacer este diagnóstico de que las fuerzas armadas españoles sirven al Imperio yanki y a la gran industria de defensa mundial, Torres López pide que ejerzan “una función positiva en defensa de las personas, de la democracia y de la paz”  y “la función que la mayoría de los españoles deseen y no la que le impongan los poderes económicos y financieros o cualquier potencia extranjera”. Sería muy interesante hacer una encuestra entre los militares españoles sobre la naturaleza de las misiones que están desempeñando. También sería interesante hacerlo entre la población no militar. Porque me parece que el profesor Torres López está pidiendo una solución a un problema que nadie ha visto.Y sobre todo lanza la piedra y esconde la mano sin entrar en detalles sobre qué cambios propone para las fuerzas armadas.

Los planes de adquisición del Ministerio de Defensa están plagados de problemas, entre ellos sobrecostes y criterios discutibles. Falta debate público sobre las fuerzas armadas en España, de la misma manera que se debate sobre sanidad y educación. Pero no tiene nada ello que ver con unas fuerzas armadas que no están al servicio de la Constitución y del pueblo español.

Lo que me llama la atención es el uso de la idea de que esto o lo otro tiene que estar “al servicio del pueblo”.  Es un cantinela que ya he escuchado antes. Como argumento es impecable. ¿Quién no quiere que las fuerzas armadas estén al servicio de todos los españoles? ¿Quién no quiere que las fuerzas armas estén al servicio de la Constitución? Pero quienes emplean estos argumentos siempre aspiran a algún tipo de injerencia en terrenos muy delicados para la democracia, como la justicia, los medios de comunicación y ahora las fuerzas armadas. Y ya sabemos dónde terminan.

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¿Un ejército en crisis?

Si tuviéramos que hablar de los problemas de las fuerzas armadas españolas empezaríamos por dos cuestiones cruciales: La insuficencia de los presupuestos y la falta de tropa (soldados y marineros).

España es uno de los países desarrollados que menos gasta en defensa. Dentro de la OTAN es el país que tras Luxemburgo menor porcentaje de su P.I.B. dedica a defensa. El salto de un ejército de soldados de reemplazo a uno profesional se hizo durante la primera legislatura en la que gobernó el Partido Popular con apoyo de CiU. Fue en aquellos tiempos en que los cachorros del PP pasaron de corear “Pujol, enano Habla castellano” al “Pujol, guaperas. Habla como quieras”.

En los llamados “Pactos del Majestic” quedó enterrado el sistema de conscripción y se abrieron las puertas a un ejército profesional. En un país donde el servicio militar obligatorio había llegado a ser tan impopular cabe imaginar que se podía haber abierto el debate partiendo de la idea evidente que un ejército profesional tenía un mayor coste económico. Al fin y al cabo, de aquellas decenas de miles de soldados de reemplazo que cobraban poco más de mil pesetas al mes se iba a pasar a unas fuerzas armadas cuya tropa debían cobrar un sueldo digno. Se decía además que aquellas fuerzas armadas profesionales siendo más pequeñas serían capaces de lo mismo o más al modernizarse sus medios.

Pero no hubo debate. No hubo aumento de los presupuestos de defensa. Eran los tiempos de apretarse el cintura para ajustarse a los Criterios de Convergencia europeos. Y lo que es peor: El sistema de profesionalización de las fuerzas armadas adoptado por el gobierno del PP concebía a los soldados profesionales como trabajadores temporales. En un país donde la aspiración del currito medio es un contrato permanente que le permita hipotecarse y pagar las letras del coche, las fuerzas armadas ofrecían contratos de tres años renovables a un máximo de seis.

Que no se cubrieran las plazas de tropa y marinería llevó a la disolución de unidades, al amarre de fragatas, a la incorporación de extranjeros y a la bajada del listón en los requisitos físicos e intelectuales aplicados a la tropa. El necesario cambio de la legislación sobre tropa y marinería lo llevó a cabo el gobierno socialista en la anterior legislatura. Pero estaríamos equivocados si creyéramos que todos los problemas de las fuerzas armadas españolas se acabarían mañana derramando sobre ellas millones de euros y alistando las decenas de miles de soldados y marineros que faltan. Porque cabe preguntarse primero qué criterios habría que seguir en el gasto de ese hipotético dinero caído del cielo y en la distribución de los soldados. Y lanzada la pregunta el siguiente paso es preguntarse sobre lo acertado de los criterios que se siguen al respecto actualmente.

Es un debate que he mantenido ya en su momento y resulta que somos unos cuantos los que observando nuestras fuerza armadas desde fuera apreciamos una notable diferencia entre las fuerzas de tierra, mar y aire. Pareciera que con los magros presupuestos actuales y el déficit de tropa la Armada y el Ejército del Aire han sabido dotarse de los medios necesarios y adaptar tanto los esquemas organizativos como las doctrinas operativas.

Mientras, el Ejército de Tierra vive en una permanente crisis existencial desde el fin de la Guerra Fría. Ya hemos perdido la cuenta de los planes de reestructuración (META, NORTE, RETO…) y del batiburrillo de entidades (Fuerza de Maniobra, Fuerza Terrestre, Fuerza de Acción Rápida) que han ido generando. Cada plan de modernización ha sido siempre un plan de reducción y tras el plan NORTE (Nueva Organización del Ejército de Tierra) corrió el chiste que el siguiente en aplicar sólo podría ser ya el plan SUR (Supresión de las Unidades Restantes).

En cuanto a los materiales el Ejército de Tierra sufre un retraso histórico. Entrado el siglo XXI está incorporando los elementos fundamentales de la guerra mecanizada aeroterrestre adoptada por los países de la OTAN en los años 80: El carro de combate pesadamente blindado y ágil, el vehículo de combate de infantería y el helicóptero de ataque cazacarros. Los tres programas (carro Leopard 2E, el VCI Pizarro y el helicóptero Tigre) no sólo llegan tarde, sino que han sufrido enormes retrasos y problemas.

Para colmo el Ejército de Tierra ha vivido la paradoja de que sus principales programas tecnológicos hayan sido irrelevantes, desde el punto de vista práctico, en el quehacer diario de las misiones internacionales donde nuestros soldados se la están jugando. En Bosnia, Kosovo, Líbano, Iraq y Afganistán las patrullas diarias se han hecho y se hacen en los ya superados BMR. Aún peor: Los programas de adquisición de vehículos especialmente protegidos a pruebas de minas que fueron lanzados con carácter de urgencia también han tenido problemas y retrasos.

El asunto da para un amplio debate en el que no voy a entrar aquí. Aunque sin duda es un debate necesario. Por eso es destacable que el Grupo de Estudios Estratégicos publicara el 8 de julio de este año uno de los primeros intentos de plantear la cuestión en público. El artículo “Rompiendo moldes. ¿Qué Ejército necesita España?” es obra de Antonio J. Candil Muñoz, coronel del Ejército de Tierra en la reserva. Lo cual le confiere más valor a las opniones de su autor.

El coronel Candil Muñoz no se anda con rodeos:

Si el Ejército fuese auditado hoy, como se hace en la mayoría de las empresas serias de España, las conclusiones serían tremendas y la mayor parte de la estructura de dirección sería reemplazada. (pág. 2, 1ª columna)

Si decíamos que el Ejército de Tierra no pasaba la comparación con las otras dos ramas de las fuerzas armadas españolas en la manera de superar el reto de la modernización es porque hay problemas de fondo. El coronel Candil Muñoz apunta también:

Posiblemente la raíz de los principales males que aquejan al Ejército español esté, después de todo, en el propio Ejército. (pág. 2, 2ª columna 2)

A pesar de que el GEES sea un think tank en la órbita del Partido Popular en el anális no se pasa por alto las responsabilidades del gobierno de Aznar:

[L]a profesionalización, llevada a cabo muy demagógicamente por el Sr. Eduardo Serra y el gobierno anterior del PP. (pág. 8, 2ª columna)

El análisis tiene su enjundia y merece ser la pena leído. Pero resulta que va al meollo del asunto a partir de la mitad de la segunda columna de la página 8 (tomo como referencia la versión en PDF). Todo lo anterior es una puesta de antecedentes donde el señor Candil Muñoz, coronel en la reserva, nos cuenta que el mundo y los conflictos armados han cambiado. Que es precisamente el asunto principal de este blog. Y esa parte del artículo me parece más que discutible. Pero de eso hablamos otro día.