Hablando del lío ruso de Trump

Hace poco, María Ramírez y Eduardo Súarez me entrevistaron para Politbot:  Episodio 12: el lío ruso de Trump. Les di una chapa que fue cosa buena. Hay gente que me ha pedido que monte un podcast porque no tiene tiempo para leer, así que aquí tienen una buena píldora. Hay ideas y conceptos sobre la Nueva Guerra Fría que son todavía un work in progress en mi cabeza. Así que algunos flecos los iré resolviendo aquí en un futuro.

Politibot, por cierto., cuenta con un canal en Telegram, aplicación de comunicación que les recomiendo.

 

La destrumpización de Donald Trump

Evidentemente la victoria electoral de Donald J. Trump puso patas arriba mis esquemas sobre la Nueva Guerra Fría. Un presidente estadounidense asilacionista que decía que quería mantener buenas relaciones con la Rusia de Putin y desentenderse de la defensa de Europa mientras criticaba a la OTAN por obsoleta era otro paso hacia una victoria rusa después del BREXIT y a la espera de las elecciones francesas. Añadamos los detalles de que había eliminado de la plataforma electoral republicana el apoyo a Ucrania frente a Rusia y despreciaba las acusaciones de interferencias rusas en las elecciones como una pataleta de los demócratas con mal perder. Paradójicamente el concepto de (Nueva) Guerra Fría apareció en el programa de Stephen Colbert pero sólo para sentenciar la victoria rusa en diciembre de 2016.

Semanas después, le di una vuelta al asunto aquí, en mi blog, en “La Nueva Guerra Fría después de Donald Trump”. Dije entonces que me parecía incompatible su objetivo de “Make America Great Again” a la vez que mantener una política aislacionista.

Personalmente creo que son incompatibles una política aislacionista y el objetivo de Make America Great Again. La  promesa de convertir a Estados Unidos en un país ganador no parece que encaje con la idea de abandonar a los aliados de Europa y Asia-Pacífico para dejar vacíos geopolíticos que ocupen China y Rusia. […] Trump podrá escenificar su amistad presidencial con Putin, pero si quiere mostrar la firmeza que muchos echan en falta en Obama tendrá que frenar a su amigo ruso. Habrá que ver si se produce un reparto de áreas de influencia que cree unas reglas de juego para el mundo “post-post Guerra Fría”, como diría el profesor Javier Morales o se produce una ruptura cuando Trump mande al rincón a Putin. Sin descartar, claro que Trump sea complaciente con Putin con consecuencias imprevistas en Washington D.C. Tanta incertidumbre viene de la tendencia de Trump a desdecirse y de la extraña mezcla de outsiders y viejos halcones neocón que encontramos en su gabinete.

En el último mes hemos ido viendo cómo se despejaban esas incógnitas. No ha sido casual la salida de Steve Bannon, jefe de estrategia política de Trump, de la lista de miembros del Consejo de Seguridad Nacional. Bannon representaba a una “nueva derecha” que había tomado con Trump el Partido Republicano al asalto. Los críticos de Trump consideraban a Bannon el verdadero poder de la sombra. Su inclusión en un órgano estratégico como el Consejo de Seguridad Nacional fue muy polémica, porque a su vez se excluyó como miembros natos del Consejo al jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas y al director de inteligencia nacional. Luego hemos visto cómo el gobieno de Trump tomaba una decisión que le alejaba de la línea no intenvencionista y apaciguadora con Rusia que se supone iba a caracterizar su mandato.

Castigar al régimen sirio por usar armas químicas contra su población. Mismas circunstancias, diferente presidente. Vía John González.

Ordenó un ataque con misiles de crucero contra la base aérea militar siria desde la que despegaron los dos Sujoi Su-22 que lanzaron un ataque con armas químicas contra una población en la retaguardia del saliente por el que los rebeldes sirios avanzaban desde la provincia de Idlib hacia Hama. (Hice un análisis para del ataque para la revista EL MEDIO). Como luego insistió el secretario Mattis, el ataque fue una acción puntual y excepcional al haber cruzado el régimen aquella línea roja que trazó el presidente Obama. Sin embargo, tras el ataque con armas químicas en Goutha en agosto de 2013 el presidente Obama dudó si lanzar un ataque punitivo ante la feroz campaña en contra de la derecha republicana. Aquel momento de duda me pareció un hito que marcaba el ocaso del “momento unipolar” vivido desde el fin de la Guerra Fría, tal como conté en “Lo que está en juego en Siria” (27 mayo 2014).

El 12 de abril Trump anunció que la OTAN había dejado de ser obsoleta. Es verdad que en Europa se ha hablado de aumentar el gasto, ante la presión estadounidense para cumplir el compromiso de un 2% del PIB destinado a defensa tras una década de recortes inmisericordes que ha dejado a los países de la OTAN sin capacidades clave. Pero sus razones para decir que la OTAN ahora es relevante son que ahora la OTAN sí ha puesto la “lucha contra el terrorismo” como prioridad. Quizás, más que un argumento sea una excusa.

Por último, el director de la CIA, Mike Pompeo, se refirió a Wikileaks en los siguientes términos:

“WikiLeaks walks like a hostile intelligence service and talks like a hostile intelligence service. It has encouraged its followers to find jobs at CIA in order to obtain intelligence […] And it overwhelmingly focuses on the United States, while seeking support from anti-democratic countries and organisations. It is time to call out WikiLeaks for what it really is – a non-state hostile intelligence service often abetted by state actors like Russia”.

Es una auténtica ruptura con una organización citada frencuentemente por los partidarios de Trump en su guerra mediática contra Hillary Clinton. Y un reconocimiento oficial a lo que todo sabíamos, que Wikileaks es una organización con una agenda política antiestadounidense que trabaja al servicio de Rusia.

Ahora, queda a debate el qué ha pasado. ¿Ha cambiado Trump por influencia del secretario Mattis y su consejero McMaster en un juego de poder por la posición de influir al presidente frente a Bannno? ¿Ha sucumbido Trump al ala neocón de Partido Republicano? ¿Se han salido con la suya los halcones del Pentágono y los servicios de inteligencia, el “Estado Profundo”? El futuro con Trump ya no es lo que era.

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (3ª parte)

Concluye aquí esta nueva colaboración de Fernando Geyrón ocupándose de China, un país que yo considero forma parte de una dinámica aparte a la Nueva Guerra Fría pero que fuee central en el discurso de política exterior y comercial durante la campaña del actual presidente estadounidense Donald J. Trump.

Véase las anteriores partes de “La compleja viabilidad económica de la agenda Trump” aquí: Primera Parte y Segunda Parte.


CHINA: EL OBJETIVO FINAL

De 1995 a 2015, la producción industrial de China ha pasado de 0,219 B$ a 4,458 B$ mientras que la de Estados Unidos se movió desde 1,918 B$ a 3,428 B$. Esta casi duplicación del valor añadido indica en parte que la propia economía americana se ha beneficiado del desarrollo fabril de China, surtiendo de componentes más baratos a las grandes marcas industriales y tecnológicas americanas. Pero esa variación de la ratio entre ambas de 0.11 a 1.30, y el mayor incremento en términos absolutos, refleja que ha sido China la más beneficiada de esa relación recíproca y que la superación final implica el principio de una nueva era de primacía.

Como en tantas otras magnitudes económicas, esa relación adopta la forma gráfica de una curva de rendimiento marginal decreciente. Unos inicios muy beneficiosos, de crecimientos exponenciales, un período intermedio de moderación y ajuste hacia el equilibrio, y un último tramo en el que resulta costoso y difícil incrementar el beneficio mutuo. En el caso de China, sus empresas más desarrolladas, empiezan a competir de tú a tú con sus antiguas proveedoras de carga de trabajo procesual, por lo que tarde o temprano adoptan su propia hoja de ruta que les permita incrementar el valor añadido del producto final para compensar el encarecimiento de la mano de obra autóctona. En el caso de Estados Unidos, este encarecimiento, unido a la mayor especialización, entra en conflicto con fases más avanzadas de la producción, de modo que la fuga de carga de trabajo va alcanzando las tareas de mayor valor añadido, aquellas que aún justificaban el mantenimiento de mano de obra del país. Sólo una igualación de ambos costes (aún muy lejana) frenaría esa sangría, aunque ello daría paso a una competencia en los niveles más altos de la producción: Diseño, marketing, valor de marca, etc.

Es cierto que toda lucha contra la deslocalización de la producción en China supone un daño autoinfringido, por ello no basta con poner multas a productores y aranceles a productos. Es preciso hacer algo más que compense en parte esas pérdidas o, mejor dicho, ese coste de oportunidad por no seguir la estrategia más eficiente, máxime cuando gracias a ese déficit de balanza China se ha convertido en un poseedor de deuda americana al por mayor. Si Trump quiere recortar trozos sustanciales de esa factura deberá intentar inducir a China para que no le quede más remedio que perder algunas ventajas competitivas.

La primera de ellas sería generar pequeñas pérdidas en el mercado americano por el encarecimiento de sus productos a consecuencia de los aranceles; como ya dijimos antes eso genera un coste asociado, pero del mismo modo que el sobrebombeo saudí, puede generar una erosión apreciable en su contrincante. El efecto combinado de un aumento de stocks industriales y un incremento del precio del petróleo podría privar a China de desviar su producción a otros mercados sin sufrir ciertas pérdidas o al menos estrechamiento de márgenes, lo que conduciría indirectamente a menores ingresos fiscales y déficit. Si a esto le unimos el aumento de la renta per cápita y la más que previsible explosión de la burbuja inmobiliaria, Estados Unidos podría estar en primera fila en el momento en que se produzcan las fases más duras del reajuste del modelo productivo chino, que conllevaría entre otros efectos transitorios la devaluación del reminbi frente al dólar y el aumento de la inflación. Siempre estará en manos de China evitar la escalada revaluando su moneda, durante tantos años devaluada a propósito para eliminar la competencia en la industria ligera y de componentes. Ello haría más rentable para EE.UU el retorno de cadenas de fabricación e incrementaría el mercado chino para productos más caros.

Conducir a tu rival al lado del ring en el que se siente menos cómodo ayuda a la victoria, pero esta no se logrará sin dar algunos golpes. Y los golpes que Trump puede dar para completar esta estrategia a largo plazo con China implica intensificar la política de contención sobre el gigante asiático. El régimen chino está a más de una generación de poder rivalizar militarmente en amplio espectro con las fuerzas armadas USA, pero se acerca peligrosamente al umbral a partir del cual podría ponerle restricciones de acceso y negación de área (A2/AD), es decir, generar en una zona anexa a sus fronteras un espacio en el que las fuerzas norteamericanas no pudiesen lograr la supremacía. China está siendo muy beligerante en la disputa por los recursos del Mar de la China Meridional y tiene otros conflictos marítimos con sus países vecinos en la pugna por explotar los recursos de la zona económica exclusiva. Por ello está invirtiendo esfuerzos en lograr esta A2/AD como el desarrollo de nuevos misiles de corto y medio alcance cada vez más precisos, bombarderos portadores de misiles de crucero y antibuque, pavimentación de islotes para que alberguen pistas de aterrizaje para reactores, etc. Se trata de obstaculizarle a Estados Unidos el despliegue necesario para una posible campaña militar (como sí pudo hacer cuando la guerra de liberación de Kuwait), amenazar las posibles bases de uso conjunto con sus aliados y saturar las defensas antiaéreas de su flota.

Misil chino DF-21, pensado para atacar a los portaaviones estadounidenses. Foto: chillopedia.com

La llamada telefónica a la presidenta de Taiwan fue un gesto inequívoco, que se une a los compromisos con Corea del Sur y el aliento a Japón para que adopte una postura más ofensiva de lo que tradicionalmente permitía su constitución. Son pasos en el sentido de hacer visible esa mayor presencia que garantice la libre circulación por las aguas próximas a China y el reforzamiento, de modo bilateral, de los lazos de EE.UU. con esos aliados. Nuevamente esta estrategia de disensión genera algunos réditos crematísticos adicionales como son la ampliación nuevamente de la cartera de clientes para su industria militar y la reorientación de esos mercados de alto poder adquisitivo, los únicos accesibles para la cara industria americana. Y en lo geopolítico, en la medida que la línea de fricción entre ambas superpotencias esté entre China y los aliados americanos en vez de en el Pacífico, los Estados Unidos podrá ejercer su hegemonía desde la distancia.

ARMAS, PETRÓLEO Y DÓLARES.

No se puso fin a la historia, como anticipó Francis Fukuyama hace veinticinco años. La multipolaridad, el islamismo, la emergencia de regímenes neosocialistas, las crisis económicas, se han encargado de echar por tierra el deseo de una sociedad global donde el capitalismo y la democracia acabarían siendo la norma y no la excepción. Los que nos hemos terminado de hacer adultos en las pasadas dos décadas nos hemos acostumbrado quizás demasiado a la paz, la estabilidad, la globalización, el progreso imparable de la tecnología, y hemos quitado importancia al movimiento de esos engranajes de la historia que en el corto plazo sólo parecen política internacional.

Estamos inmersos en un cambio de ciclo global, en una crisis sistémica del nuevo orden erigido tras el final de la Guerra Fría y, desde ese punto de vista, Trump no es más que un fenómeno emanado de esa nueva dinámica, como lo son el BREXIT o el expansionismo ruso. La suma de medidas que Trump ha anunciado o desea hacer le llevaría a un estrepitoso fracaso en todo punto si estuviésemos en los años precedentes, pero en el momento actual el fracaso relativo puede ser todo un éxito.

Un clima global más arisco puede conducir a un incremento generalizado de los costes de transacción comercial, lo que permitiría en parte un reposicionamiento favorable de las grandes corporaciones norteamericanas, que tendrán que compensar con esto las presiones que sufrirán para generar empleo dentro de sus fronteras. Al mismo tiempo un rearme generalizado beneficiará de manera directa al principal país productor de armas del mundo, los propios EE.UU. o más propiamente sus grandes empresas armamentísticas como Boeing, Lockheed, General Dynamics. Esos inputs a su vez permitirán que estas empresas puedan gozar de ventaja para dar el salto a la siguiente generación de armas, lo cual no solo consagraría la hegemonía americana por un par de décadas más, sino que proporcionaría un reflujo positivo sobre el resto de los sectores de mayor valor añadido y productividad, y con ello se propulsaría un nuevo ciclo expansivo del consumo.

Petroleo y armas son bienes que en el mercado internacional cambian de manos dólares mediante, como también lo hará aquella parte del comercio con China que vaya a parar a otros países de la zona, y dependiendo de la evolución de la política europea, también podría producirse un pivotaje desde el euro al dólar si alguna economía logra dar el paso hacia fuera. Una mayor dolarización de la economía mundial conduciría, a igualdad de condiciones, a un efecto renta positivo en la economía americana y a una pérdida de competitividad de sus exportaciones. Para evitar este segundo efecto no deseado será vital para Estados Unidos que la masa monetaria del billete verde se vea incrementada en al menos la misma proporción que los intercambios.

Y he aquí la herramienta que permitirá a Trump, no implementar con total éxito su batería de medidas contradictorias, pero si con éxito relativo. Las medidas expansivas combinadas con los recortes fiscales sin que se dispare el déficit sólo tiene una vía a corto plazo: Aumentar la masa monetaria. O lo que es lo mismo, imprimir dólares para sufragar la parte del gasto estatal no cubierto con los ingresos fiscales. Como es bien sabido, esta medida sólo es efectiva en el corto plazo, pues a la larga ese aumento de liquidez se acaba trasladando al resto de la demanda agregada generando un incremento de la inflación al menos similar, corriéndose el riesgo de entrar en una espiral inflacionista. Pero Estados Unidos en este sentido no es un país como los demás; al ser su moneda la principal divisa de intercambio comercial, la mayor parte de esos efectos nocivos acaban siendo compartidos por el resto de países, de modo que en cierto sentido el déficit es exportado. Cuánto más no se podrá utilizar este recurso si además se consigue que la proporción de los intercambios viren hacia transacciones dolarizadas…

¿Posee por tanto Trump un plan maestro para que América recupere el mismo grado de hegemonía de la época dorada del siglo XX? No, no lo tiene. Pero tiene una estrategia que en el contexto actual podría funcionar en un grado relativo y la percepción que se tenga de este éxito relativo le consagrará o no como presidente para la historia. China podrá plegarse para evitar una confrontación o podrá echarse al monte e iniciar una guerra comercial que podría ser sangrante para la economía mundial, EE.UU. incluido. Europa podría resistir mejor de lo que se espera o desplomarse y arrastrar en su caída, Rusia podría dar más quebraderos que ventajas, y la multiplicación de la agenda en el exterior podría llegar a ser insostenible. Pero incluso en un juego donde la suma total es negativa, siempre cabe la posibilidad de que algún jugador gane.

Hay cien maneras distintas de que los planes de Trump se trunquen y supongan el canto de cisne de Estados Unidos como hegemón mundial. Pero son infrecuentes en la historia los ascensos a primera potencia de un país sin que medie una confrontación previa que fortalezca al aspirante y debilite a su contrincante. Gane o pierda, Trump hará que China afronte el pago de esa factura que lleva décadas eludiendo.

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (1ª parte)

Durante meses fue uno más de los candidatos extravagantes que suele presentar el partido republicano en sus primarias, en respuesta a lo fragmentadas e inquietas que son las bases y el electorado del Viejo Gran Partido. Pero conforme se vio que sus malos modales, su dialéctica incendiaria, su indisimulada intención de ser políticamente incorrecto le permitían ir desbancando a buena parte de los candidatos más presidenciables, los medios y analistas se centraron menos en el personaje y más en sus deslavazadas medidas populistas.

El grueso del voto que ha alzado a Trump a la presidencia se corresponde con buena parte de la antigua clase media blanca devenida en baja por mor de la crisis, a la que se le suma la clase media-baja de ciudades industriales que poco a poco han ido perdiendo su empleo como consecuencia del nuevo rol de EE.UU. en el reparto internacional del trabajo. Pero al mismo tiempo, esa victoria es suya y no de Bernie Sanders porque ha recibido el apoyo o la aquiescencia de los propietarios de esas grandes corporaciones industriales venidas a menos. Por eso y por el discurso xenófobo, inasumible en público para el ala progresista del partido demócrata, pero que en la intimidad del voto es posible que se hay manifestado en cierta medida.

Es por ello que sus grandes líneas en política interna han consistido en repetir toda una serie de mantras populistas que parecen dar gusto a todos los sectores de su electorado y del de enfrente, por más que, si se analizan en profundidad, acaban siendo incluso incompatibles. Se ha hablado de barreras físicas y legales a la inmigración, de multas y aranceles a las empresas que deslocalicen producción, de grandes ventajas fiscales a las clases medias y altas, de eliminación de regulaciones y apoyos fiscales a los grandes productores de empleo…

INVIABILIDAD ECONÓMICA VS. CONVENIENCIA POLÍTICA DEL POPULISMO.

La segunda mitad del siglo XX fue la de la hegemonía intelectual y material del keynesianismo. En los países más avanzados, todavía demográficamente dinámicos, las implementaciones industriales de los avances técnicos de la II Guerra Mundial permitieron lo que se vino en llamar “la dinámica de acumulación de capital de posguerra”, una era de enormes avances en la productividad industrial que permitió alcanzar los estándares del Gran Sueño Americano en EE.UU. y que sirvió para financiar el Estado del Bienestar en una Europa donde el ficticio ejemplo del modelo socialista soviético suponía una posible fuente de disturbio social.

El gran peso de las economías occidentales permitió una irradiación de estas ventajas adquiridas hacia otros países de su mismo circuito comercial, principalmente Extremo Oriente e Iberoamérica. En aquellos donde prevaleció la buena gobernanza, el institucionalismo de las élites y una tradicional ética del trabajo, el progreso fue asombroso, incluso superando a la fuente original. Japón, Corea del Sur o Taiwan se convirtieron en potencias industriales de primer orden.

Pero en el centro y sur del continente americano, donde la revolución es un elemento habitual del paisaje político, las élites a veces civiles y a veces militares, optaron por el Populismo. Por un lado se mantenía una economía de mercado, afecta a los intereses del gran capital extranjero. Por otra se aplicaban en el interior las grandes recetas de gasto público y expansión monetaria del keynesianismo que daba su sitio y desactivaba a las fuerzas vivas del socialismo revolucionario. En el corto plazo solía funcionar, con grandes avances económicos y una sensible mejora del bienestar social. Pero en el medio y largo plazo el diferencial de productividad con los países más avanzados generaba una pérdida de equilibrio que se traducía en altos déficits para sostener el gasto público, imprimación de moneda para afrontar los pagos internos, y suscripción de deuda para asumir los pagos externos. Invariablemente, y ello lo hemos visto repetido docenas de veces e incluso más de una vez en algunos países, ello conllevaba a una situación de quiebra general, con unas clases empobrecidas por una hiperinflación galopante y una salida de capitales hacia destinos más estables. ¿Es ese el destino que espera a EE.UU. si se cumplen las promesas de Trump?

Las limitaciones a la inmigración ilegal, precisamente la más rentable por cuanto asume tareas de producción marginales sin provocar grandes contraprestaciones sociales, debería conducir a una pérdida de competitividad relativa, bien por la pérdida de esa producción marginal barata, bien por la asunción de esta por parte de trabajadores legales, cuya mano de obra es siempre más cara. Los aranceles a las empresas que producen en China o México, conllevarán un aumento del coste medio de sus productos que le supondrán igualmente una pérdida de competitividad exterior sensible. Ambas medidas podrían precisamente acelerar la desindustrialización norteamericana, justo el mal que se pretende atajar.

Los niveles de deuda de EE.UU. son así mismo demasiado elevados como para que sea asumible una rebaja fiscal a grandes empresas, la medida con la que Trump pretende que se repatríe producción sin que se incrementen costes. Está bien estudiado que cuando disminuye la presión fiscal aumentan la demanda interna privada y la inversión en capital y ambos fenómenos conducen al crecimiento económico y la creación de empleo, que a su vez puede permitir en el largo plazo recuperar o incluso superar los ingresos fiscales perdidos. Pero ello sólo es posible si el estado a su vez disminuye de manera drástica sus gastos, de modo que el gap de deuda que se va a generar en el corto plazo no sea visto por los inversores más que como un efecto transitorio. Si ello no es así, se alcanzará crecimiento y generación de empleo, pero nunca se recuperaran los ingresos fiscales perdidos y el peso de la deuda obligará a subidas de impuestos que pueden engullir lo ganado e incluso producir pérdidas netas.

Y es que se da la circunstancia de que paralelamente a estos anuncios de sustanciosas rebajas fiscales Trump ha anunciado grandes proyectos de gasto público como su famoso muro en la frontera de México o el reforzamiento del gasto militar. Tal es la confianza de que ello suceda que las grandes empresas del Dow Jones, expectantes por la aplicación de esa política expansiva de gasto público, han subido su cotización hasta niveles record.

Si Estados Unidos fuese un país como otro cualquiera podríamos asumir desde el principio que lo que pretende Trump es provocar ese efecto positivo en el corto plazo que le garantice la reelección y ya luego Dios dirá. Pero ni a nivel interno, por el juego de contrapesos de la democracia más veterana, ni a nivel externo, por la capacidad que como primera potencia geopolítica tiene de alterar el entorno, Estados Unidos es un país como otro cualquiera.

Precisamente la política exterior ha sido uno de los campos donde la dialéctica trumpiana ha sido más activa y sugerente, tan contradictoria en ocasiones como su agenda nacional, pero donde es posible que residan las soluciones parciales o totales a las contradicciones de su discurso interno.

[Continuará]

H. R. McMaster, otro valor sólido para Trump

El candidato Donald J. Trump anunció que formaría su gobierno con la “mejor gente”. El desfile de nombres procedentes del mundo empresarial sospecho que dará bastante titulares en el futuro en temas como la educación o el medioambiente. Pero en medio de ese panorama, sobresalió el nombramiento del teniente general James Mattis (USMC, ret.) como Secretario de Defensa. Hablé de él en Demos gracias por el secretario de defensa Mattis“. En este tiempo ha confirmado ser un tipo sensato y alguien ya dijo que hubiera encajado perfectamente en un gobierno demócrata. En el reverso de la confirmación de las buenas sensaciones generadas por Mattis, un tipo culto y un líder inspirador, ha estado la corta trayectoria del también teniente general Michael Flynn (U.S. Army, ret.) como Consejero de Seguridad Nacional, un puesto ocupado en el pasado por personajes como Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Colin Powell y Condoleezza Rice.

En sus tiempos de militar, Flynn se hizo célebre por saltarse el conducto reglamentario y aparecer como coautor de un documento sobre los fallos de inteligencia en Afganistán en 2010 y que fue publicado por el Center for a New American Security, el laboratorio de ideas en materia de defensa cercano al gobierno de Obama. La osadía no sólo no le costó su carrera, sino que probablemente sirvió para catapultarla hasta el puesto de director de la Agencia de Inteligencia de Defensa, institución poco valorada y que abandonó por la puerta de atrás.

Flynn en una cena de gala en Rusia al lado de Putin. Foto vía Daily Kos.
Flynn en una cena de gala en Rusia al lado de Putin. Foto vía Daily Kos.

Yo mismo me interesé por aquel documento firmado por Flynn y celebré su valentía, además de valorar las ideas allí expuestas. De ahí mi chasco al verle durante la campaña electoral convertido en un fan de Trump y dando la impresión de ser un tipo algo chalado. Resultó algo peor. Flynn tenía conexiones con Rusia y eso al final le ha costado el cargo. No duró ni un mes.

H. R. McMaster
H. R. McMaster

Así llegamos al recambio de Flynn, el teniente general en activo Herbert Raymond McMaster, más conocido por H. R. McMaster. Al igual que Mattis y Flynn se trata de un viejo conocido para cualquiera que haya estado atento a los asuntos de defensa estadounidense. McMaster se hizo célebre durante la Guerra del Golfo de 1991. En aquel entonces mandaba como capitán la Tropa “E” del 2º Escuadrón del 2º Regimiento de Caballería Acorazada. Esto es, mandaba la primera compañía del segundo batallón de lo que en realidad era una brigada acorazada reforzada.

Al comenzar las operaciones terrestres de la Operación “Tormenta del Desierto” al 2º de Caballería le tocó cumplir la misión de elemento de reconocimiento avanzado del VIIº Cuerpo Acorazado, el encargado de avanzar hacia el norte desde Arabia Saudita  y pasando de largo de Kuwait para luego girar noventa grados y avanzar en dirección este para chocar con la reserva estratégica del ejército iraquí, formado por las unidades de la Guardia Republicana desplegadas al norte de Kuwait.  La Tropa “E” del entonces capitán McMaster y otras dos del 2º Escuadrón, con el refuerzo de elementos de una cuarta, constituyeron la punta de lanza del VIIª Cuerpo, formado por cinco divisiones acorazadas.

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Su misión era avanzar rumbo hacia lo desconocido y localizar al enemigo para transmitir la información a la fuerza que venía detrás suyo. Pero McMaster y el resto chocaron el 26 de febrero de 1991 con dos brigadas de la División Tawalkana de la Guardia Republicana iraquí al cruzar la línea de referencia geográfica “73 Easting”, que dio nombre a la batalla. Los M-1 Abrams y M-3 Bradley no pararon de localizar y destruir blindados iraquíes a pesar de la  sorpresa y estar totalmente superados en número. Las direcciones de tiro computerizadas y los sistemas de visión termográfico dieron una ventaja colosal frente a los T-55, T-62 y T-72 soviéticos en manos iraquíes. La Tropa “E” de McMaster destruyó decenas de blindados iraquíes y McMaster recibió la Estrella de Plata, la tercera má alta condecoración estadounidense, por sus acciones en la Batalla de 73 Easting.

Después de la guerra, McMaster obtuvo un doctorado en Historia. Su tesis hizo una revisión crítica del papel de los militares que asesoraron a Lyndon B. Johnson sobre Vietnam y que llevaron a una mayor implicación del país en la guerra. McMaster revisó todos las actas de reuniones e informes de la junta de jefes de Estado Mayor para seguir el proceso deliberativo y concluir que no sólo los políticos ignoraron los consejos de los militares, como establecía el canon historiográfico, sino que los propios militares se esforzaron en contarle a los políticos lo que querían oir y no lucharon por imponer su criterio profesional. La tesis fue publicada en 1997 como libro bajo el título Dereliction of Duty: Lyndon Johnson, Robert McNamara, The Joint Chiefs of Staff, and the Lies that Led to Vietnam.

La siguiente ocasión en que McMaster alcanzó notoriedad fue nuevamente en Iraq. Esta vez como comandante en jefe del 3er. Regimiento de Caballería Acorazado, desplegado en la ciudad de Tal Afar, entre Mosul y la frontera con Siria, a finales de 2005. Dos años después de la invasión del país, la insurgencia se había consolidado en el país. Precisamente a principios de 2005 escribí unas cuantas entradas de blog diciendo que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra, para cabreo de los neocón españoles. Hasta aquel momento, las tropas estadounidenses permanecían atrincheradas en grandes bases que abandonaban para patrullar, dejando caminos y barrios en manos de la insurgencia por la noche. La población local que colaboraba con las autoridades iraquíes sufrían represalias. El entonces coronel McMaster cambió la ecuación y desplegó permanentemente a sus soldados en el centro de Tal Afar para garantizar seguridad y ganarse la confianza de la población. La insurgencia fue derrotada en Tal Afar. En una época en que escaseaban buenas noticias desde Iraq, McMaster apareció en documentales y en 2006 en un artículo de The New Yorker.

Después de Iraq, McMaster pasó por el International Institute for Strategic Studies de Londres. Luego, formó parte del equipo que preparó el famoso manual de contrainsurgencia bajo el liderazgo del general Petraeus (véase mi reseña del libro The Insurgents de Fred Kaplan). Había ganado ya fama de pensador brillante y muchos de sus destinos habían implicado estar en el meollo de elaborar planes y estrategias. Así que cuando su nombre no estuvo entre los elegidos para ser general hubo cierto revuelo mediático con muchos preguntándose si su trayectoria de militar con ideas propias y capaz de decir lo que pensaba le había pasado factura. Hizo falta llevar a Petraeus desde Iraq a Estados Unidos para presidir el comité que elige los generales para que se valorara a los militares con experiencia de guerra, lo que nos da una idea de cómo se valoraba más los diplomas que la experiencia de guerra. Y cómo, con unas fuerzas armadas empantanadas en Afganistán e Iraq, el éxito o el fracaso en la misón encomendada tampoco era un criterio a tener en cuenta.

Ya como general, McMaster pasó por varios destinos en el mando de Adiestramiento y Doctrina (TRADOC), pasando por la sección de planes del Estado Mayor de la fuerza multinacional ISAF en Afganistán. Sus destinos en el TRADOC le han dado un papel protagonista en moldear el futuro del ejército de tierra de Estados Unidos. Sin alcanzar el culto a la personalidad de Mattis en los marines, McMaster es muy bien valorado como intelectual y pensador visionario. Esperemos que haga un buen equipo con el secretario Mattis.

Un análisis de urgencia sobre la prohibición de entrada a Estados Unidos para ciudadanos de siete países musulmanes

El pasado viernes día 27 de enero el presidente Donald J. Trump firmó una Orden Ejecutiva que prohíbe con carácter inmediato la entrada en Estados Unidos de ciudadanos de siete países musulmanes: Libia, Irán, Iraq, Siria, Yemen, Sudán y Somalia. La justificación de la medida es impedir la entrada en Estados Unidos de potenciales “terroristas musulmanes radicales”. Su aplicación no sólo es inmediata, sino que afecta aquellas personas que ya tuvieran asilo concedido o permiso de residencia en el país y se encontraban fuera de él en el momento de la entrada en efecto de la prohibición.

Tan pronto ha entrado en vigor la prohibición, han empezado a circular ejemplos de casos de personas normales y corrientes cuyas vidas han quedado afectadas. Véase por ejemplo el caso de la experta en genética Samira Asgari, ciudadana iraní, que tras pasar por la École Polytechnique Fédérale de Lausanne se iba a incorporar a la universidad de Harvard como investigadora post-doc. Otra iraní, Nazanín Zinouri, ya trabajaba en Estados Unidos. Un día, dejó su perro en casa, aparcó el coche en el aeropuerto y se fue de vacaciones a Irán. Ahora no puede volver a su casa. La medida afecta también a las personas con doble nacionalidad. Por ejemplo hay 35.000 ciudadanos canadienses que poseen adicionalmente la nacionalidad de algunos de esos siete países y en teoría no podrán entrar en Estados Unidos.

En los próximos días seguro que iremos conociendo casos iguales de absurdos. Google ha informado que 187 de su trabajadores proceden de los siete países incluidos en la Orden Ejecutiva y que 14 nuevos empleados contratados con pasporte de esos países estaban a punto de viajar al país.  Los casos más trágicos son los de traductores que trabajaron para las fuerzas armadas estadounidenses en Iraq o miembros de la minoría yazidí, víctima del Estado Islámico, que solicitaron asilo en Estados Unidos. En el caso de los traductores no puede decirse que su tratamiento en el pasado fuera ejemplar, como explicó John Oliver en su programa en 2014.

La medida, cómo no, ha generado rechazo en todo el espectro político estadounidense. Por ejemplo, el ex-vicepresidente Dick Cheney (sí, ese que en Internet llamaban malvado y siniestro) ha dicho que la medida “goes against everything we stand for and believe in”. Que además fuera firmada el día en el que todo el mundo se recuerda el Holocausto lo hace aún más significativo, como se han encargado de recordar muchos judíos que descendienden de quienes pudieron huir de Europa y no corrieron la suerte de los 900 pasajeros del Saint Louis, que fueron rechazados por Estados Unidos, Cuba y Canadá para finalmente perecer en los campos de exterminio de vuelta a Europa.

El aspecto que me llama la atención no es si la Orden Ejecutiva es inmoral o es, como dicen muchos contraria a los principios estadounidenses, sino preguntarse su eficacia. Mucho se ha escrito sobre los países de los que más voluntarios han partido para engrosar las filas del Estado Islámico en términos absolutos y en términos relativos a su población. Veamos estos datos de la Heritage Foundation.

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Vemos que países musulmanes que son origen de más de mil voluntarios al Estado Islámico, como Túnez, Arabia Saudita, Jordania, Turquía y Marruecos, no aparecen en la lista. Curiosamente son todos, con la duda de Turquía, aliados geopolíticos de Estados Unidos.

Tenemos esta otra gráfica de The Week  con datos del International Centre for the Study of Radicalisation que muestra los países desde los que más voluntarios han acudido a luchar en proporción a su población.

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Vemos que los países musulmanes con mayor “masa crítica” de voluntarios que se han unido al Estado Islámico son Túnez, Jordania y Líbano. Ninguno de esos países aparece entre los siete países musulmanes cuyos habitantes tiene prohíbido entrar en Estados Unidos. En cuarto lugar, tenemos a Libia, que sí está en la lista.  El resto de países musulmanes que aparece en la lista tampoco se ve afectado por la Orden Ejecutiva del gobierno Trump.

Hay una anécdota histórica de la que alguien llamó la atención en Internet: la nacionalidad de los terroristas del 11-S. He hecho un corta y pega de la página de la Wikipedia.

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Tenemos un egipcio (Mohammed Atta, el líder del grupo), tres emiratíes, un libanés y quince saudíes. Ninguno de esos países se ha visto afectado por la Orden Ejecutiva del gobierno Trump. Supongo que la característica principal de mayoría de los países de la lista es que viven una guerra civil: Libia, Siria, Iraq y Yemen. Y el razonamiento de la medida es que los ciudadanos de países en guerra son intrínsicamente más peligrosos que los países que no están en guerra, aunque sea de baja intensidad como Turquía o Túnez.

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Foto: Carlos Barria / Reuters vía Buzzfeed.

Hay otro último detalle que ha indignado e inquetado a muchos. Se trata de la esceneficación de la firma de la Orden Ejecutiva. La sala elegida es la Hall of Heroes del Pentágono, una estancia dedicada a los ganadores de la Medalla de Honor. Firmar la medida allí me parece un intento barato de darle respetabilidad como una medida valiente en la lucha contra el terrorismo, evocando el sacrificio y la heroicidad de quienes ganaron la condecoración. Pero lo que me parece preocupante es la presencia del secretario Mattis, al que considero una persona sensata. Ryan Evans, editor de War On the Rocks, se cuestiona si Mattis debe aceptar el aportar su prestigio e imagen a medidas como esta, que afectará, por ejemplo, a traductores iraquíes que trabajaron para los militares a sus órdenes de Mattis. Evans plantea que por mucho bien que pueda aportar con su experiencia a un gobierno que ha llegado al poder como un elefante en una cacharrería, Mattis tendrá que decidir si formar parte de cosa´s así.

Los canales de propaganda del Estado Islámico no han parado de comentar la medida, presentándola como una prueba de la guerra de Estados Unidos contra el Islam en general. Y el gobierno de Iraq ha anunciado que tomará represalias, prohibiendo la entrada en el país de ciudadanos estadounidenses. Basta pensar la cantidad de personal civil que tiene que estar implicado en el esfuerzo de guerra contra el Estado Islámico para imaginar los efectos perversos últimos.

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Demos gracias por el secretario de defensa Mattis

El general Mattis alcanzó el status de figura legendaria dentro del cuerpo de infantería de marina de los Estados Unidos. Soltero y erudito, encarnó la figura del monje guerrero con su inmensa biblioteca y su espíritu agresivo. Internet está llena de frases legendarias y anécdotas de personas que sirvieron bajo su mando que rozan la leyenda urbana. Como esa que dice que una noche de Navidad alguien se encontró que el general Mattis cumplía la labor de oficial de guardia en un cuartel porque, siendo él soltero, se había ofrecido voluntario para que un oficial de mucha menor graduación pasara el día de fiesta con su familia.

General Mattis

Cuando en el Partido Republicano se pensaban que el candidato Trump iba a provocar una catástrofe electoral su nombre sonó como candidato de emergencia. Posibilidad que él desestimó. La tira cómica Terminal Lance trató el asunto dibujándolo como un ser celestial que bajaba de los cielos. Donald J. Trump lo eligió para el cargo de secretario de Defensa. Y una semana ha servido para calibrar su figura.

En su primer día en el cargo mandó al personal, militar y civil a su cargo, el siguiente mensaje:

It’s good to be back and I’m grateful to serve alongside you as Secretary of Defense.

Together with the Intelligence Community we are the sentinels and guardians of our nation. We need only look to you, the uniformed and civilian members of the Department and your families, to see the fundamental unity of our country. You represent an America committed to the common good; an America that is never complacent about defending its freedoms; and an America that remains a steady beacon of hope for all mankind.

Every action we take will be designed to ensure our military is ready to fight today and in the future. Recognizing that no nation is secure without friends, we will work with the State Department to strengthen our alliances. Further, we are devoted to gaining full value from every taxpayer dollar spent on defense, thereby earning the trust of Congress and the American people.

I am confident you will do your part. I pledge to you I’ll do my best as your Secretary.

Las referencias a la comunidad de inteligencia y los aliados internacionales no han pasado desapercibidos, considerando que el presidente Trump ha tenido sus roces con la primera y ha despreciado a los segundos. Que el secretario de Defensa haga alusión a la buena gestión del presupuesto, siendo famoso el Pentágono por el despilfarro y los proyectos que se salen del presupuesto en varias magnitudes, es otra señal a tener en cuenta.

El primer día en su nueva oficina, el secretario Mattis llamó al secretario general de la OTAN, organización a la que Trump llamó “obsoleta”. Desde su nombramiento, Mattis ha recalcado la necesidad que tiene Estados Unidos de aliados y llegó a decir que si la OTAN no existiera habría que inventarla y alertó de los intentos de Rusia de romper la alianza. Además, ya está fijado su primer viaje al exterior. Mattis visitará Corea del Sur y Japón en febrero. Se trata de dos países con acuerdos de defensa con Estados Unidos que durante la campaña presidencial Trump criticó, aunque luego se filtrara que era palabrería electoral.

La primera intervención pública de el nuevo secretario Mattis tuvo lugar en el acto celebrado en el Pentágono con motivo del día de Martin Luther King. Mattis hizo referencia a que las fuerzas armadas estadounidenses han sido siempre pioneras y ejemplo de la integración, siendo una comunidad donde gente diversa trabaja como iguales por una misma misión. E hizo referencia al viaje de los célebres exploradores Lewis y Clark, oficiales del ejército, que atravesaron Estados Unidos desde St. Louis a la costa del Pacífico acompañados de un esclavo negro y una mujer nativa. Mattis contó que cuando los exploradores tuvieron que tomar una decisión sobre dónde pasar el invierno, hicieron una votación en la que tomaron parte los cuatro “como iguales”. Se trata de una simple anécdota histórica, pero refuerza el mensaje de unidad en la diversidad que hubiera encajado perfectamente en un gobierno demócrata. La cuestión es cuánto tardarán Trump y Mattis en chocar si es que el presidente Trump decide no dejarse llevar por la voz de la sensatez que encarna Mattis.

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