Desglobalización

Como habrán notado, últimamente me queda poco tiempo para atender el blog y se me acumulan los temas mientras apenas me queda tiempo para clasificar los enlaces que voy encontrando por diversos medios. Pero no quería dejar pasar más tiempo sin abordar uno de esos temas de fondo que percibía iba emergiendo entre el ruido de las noticias. Con los acontecimientos de estos días parece que ya se hace evidente y quizás tenga poco mérito contarlo ahora.

Creo que ya conté aquí varias veces (son más de 14 años de blog) cómo entré a estudiar Sociología con la idea de dedicarme a estudiar la Sociedad de la Información. Aterrizaba en la universidad después de estudiar informática en Formación Profesional y con el bagaje de lecturas como La Tercera Ola del matrimonio Toffler. No habían pasado ni dos meses del comienzo del primer curso cuando sucedieron los disturbios en Seattle, que sirvieron de presentación del Movimiento Antiglobalización y cuya preparación había seguido por la lista de correo de Z Mag. La Globalización era el tema de moda. Y en aquel primer año de carrera me impactaron tanto las lecturas de El Lexus vs el Olivo de Thomas L. Friedman como La Era de la Información de Manuel Castells. Sentía estar en un momento crucial de cambio.

Todas aquellas lecturas planteaban como una buena nueva que Internet y las nuevas tecnologías iban a llevarse por delante el viejo orden industrial, con cambios profundos en el mundo de los negocios, el activismo social y la educación. Las factorías irían trasladándose del mundo desarrollado al subsdesarrollado en busca de mano de obra más barata y ciertos negocios terminarían sucumbiendo a la desintermediación o el cambio tecnológico, como fue el caso de los vídeo-clubs o las agencias de viaje. Pero el saldo final sería positivo. Por todos aquellos trabajos que se iban a perder en el mundo desarrollado en el sector industrial, aparecerían otros nuevos en sectores en nacimiento. “Nuestros hijos trabajarán en empleos que todavía no se han inventado”. Recuerdo leer la transcripción de una conferencia de Manuel Castells donde mostraba su desprecio por las ideas vertidas por Jeremy Rifkin en El fin del trabajo.

Algunos de los elementos de la globalización resultaban contraintuitivos. La deslocalización de factorías a países subdesarrollados parecía un juego de doble suma negativa. Los trabajadores de las viejas zonas industriales de Norteamérica y Europa perdían su trabajo, mientras los trabajadores de Europa del Este, México y el Sudeste Asiático se incorporaban a puestos de trabajo en condiciones que en el lugar de origen nadie aceptaría. Pero el resultado es que aquellos fábricas proporcionaban de forma regular mejores ingresos a campesinos pobres. Jordi Évole descubrió la paradoja cuando le preguntó a unas trabajadoras camboyanas qué le dirían a los compradores de la ropa que producían tras mostrarles el precio de venta al público en Europa. Las trabajadoras le respondieron que les dirían que compraran más ropa, así ellas tendrían más trabajo.

El elefante de la globalización. Vía Pew Research.

El fenómeno de la mejora de ingresos de grandes masas de población en los países subdesarrollados supuso el abandono de la pobreza de cientos de millones de personas en lugares como India y China. Pero también en lugares como Perú, lo que hace que las cifras de abandono de la pobreza en la Venezuela en la pasada década 2000-2010 no resulten singulares. Lo que observadores externos atribuyeron al chavismo posiblemente no fuera más que el resultado de la coyuntura internacional de los precios de las materias primas.

Ese fenómeno del aumento de ingresos de los habitantes de los países subdesarrollados se vio acompañado de otros fenómenos significativos: los ingresos de la población muy pobre apenas creció, los ingresos de los muy ricos crecieron y los ingresos de las clases medias de los países desarrollados cayeron. Esto es, la brecha entre los muy ricos y las clases medias de Occidente se amplió. Sólo estos tres datos darían para desarrollar otros muchos temas.

Uno de los fenómenos más importantes de la globalización es cómo China se convirtió en la fábrica del mundo. La teoría decía que a China se deslocalizaba el tramo de menor valor añadido en la producción de tecnología: el ensamblaje. En Occidente en cambio se mantendrían las etapas más valiosas: el I+D, el diseño, el márketing, etc. Tómese como ejemplo el valor desglosado de los componentes físicos de un teléfono iPhone. El valor de la marca y las patentes de software valen muchísimo más que las factorías.

Pero la deslocalización a China y el Sudeste Asiático en general se vio acompañado de dos fenómenos no previstos. El primero fue la concentración de fabricantes y proveedores en clusters industriales. La reducción de costes empujó a los proveedores de componentes a instalar sus fábricas cerca de las de sus clientes. El asunto escondía un secreto bien guardado de la industria de la electrónica de consumo. Muchas marcas señeras y acérrimas competidoras en realidad emplean componentes del mismo proveedor y hay componentes clave de la electrónica de consumo de los que existen poco proveedores (chips de memoria RAM, sensores de cámaras digitales, pantallas de televisión, etc.) La creación de clusters industriales supone que la supuesta flexibilidad de la industria de la era digital no es tal. Volviendo al ejemplo del iPhone, para Apple sería complicado llevar la producción a Estados Unidos porque no sólo se trata de instalar una fábrica de ensamblaje, sino de contar con todo el ecosistema de proveedores asociados.

El segundo y más fundamental fenómeno asociado a la deslocalización en China es que la industria local siguió un proceso escalonado de 1) copia de los diseños occidentales 2) producción de copias con mejoras locales 3) creación de nuevos productos más competitivos. La “transferencia” de propiedad intelectual no se realiza únicamente de forma delictiva. Compartía ayer Willy Pulido una noticia de The Wall Street Journal que recogía la existencia en China de “transferencias de tecnología” como peaje impuesto a empresas extranjeras para operar en el país. El resultado es que hay ciertos sectores tecnológicos donde China es hoy un duro competidor frente a sus rivales occidentales. Pensemos, por ejemplo, en la telefonía móvil. Un sector donde hubo un tiempo en que Europa fue pionera gracias a empresas como Nokia, Alcatel y Ericsson mientras que los productos chinos eran tratados con desprecio. Hay perspectivas de que habrá más sectores donde la industria china puede que se lleve por delante en el futuro a sus competidores occidentales, como el sector automovilístico europeo de gama media. Un sector por cierto, en el que se avecinan otros fenómenos disruptivos.

La competencia industrial china no se queda sólamente en una mayor competitividad de sus empresas. El crecimiento de las empresas chinas las convierte en jugadores globales con recursos para invertir fuera de sus fronteras. En países como Alemania o Israel están ya preocupados por la entrada de capital chino en empresas de tecnología punta que desembocan en una transferencia tecnológica. El ministro de Economía alemán propuso la creación de un fondo de inversión estatal el pasado mes de febrero con la única intención de bloquear la entrada de capital extranjero en empresas clave de la economía del país. En España existe, por su parte, preocupación, por la entrada de capital chino en empresas clave del sector energético.

Todo esto es el escenario de fondo de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. El fundamento es que ahora es el momento de frenar a China, que disfruta no sólo la ventaja de la masa crítica de su mercado interno, sino que realiza extensivamente prácticas de competencia desleal como el robo masivo de propiedad industrial en todas sus variantes. Así que hay quien le reconoce el mérito a Donald Trump de haber planteado una batalla necesaria.

Nota final: El concepto “desglobalización” lleva tiempo siendo planteado por diversos autores. Por ejemplo, el coronel (ET) Mario Laborie lo hizo en la revista Ejército allá por el verano de 2017.

Seguimos tocando el fondo

El fin del semana del 14, 15 y 16 de diciembre viajé a Cartagena para participar en las jornadas “Foro de Ciudades Sitiadas: Las guerras del siglo XXI” organizadas por la Cadena SER. Hablamos de la transformación de los conflictos armados, y el papel en ellos de los medios de comunicación y las redes sociales. La conversación tocó lo que yo denomino Nueva Guerra Fría e inevitablemente llegó a tratar del ascenso de personajes como Trump, Salvini y Bolsonaro, junto a la reciente experiencia del partido VOX en Andalucía. Este último asunto fue también el tema de fondo de la mesa redonda que el pasado jueves 10 tuvo lugar en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid con el título “¿Está amenazada la democracia?” y al que acudí como público.

De lo debatido en uno y otro evento, además de lecturas y conversaciones en redes sociales, me queda la sensación de que hay una preocupación porque los populistas de derechas están logrando éxitos electorales gracias a un discurso que apela a las bajas pasiones y que los partidos tradicionales no pueden contrarrestar. Ante esa situación, los periodistas se muestran preocupados e impotentes. Por así, decirlo, los periodistas ven como las masas de consumidores se lanzan a ingerir con gusto refrescos llenos de calorías vacías y bollería industrial hecha con grasas hidrogenadas. Y ahora se encuentran el problema de cómo convencer a la gente que vuelva a una dieta sana pero aburrida.

Mi primera duda ante ese análisis es que no explica por qué precisamente ahora han tenido éxito esos partidos y líderes. Si la demagogia y el apelar a las bajas pasiones fuera una estrategia política ruin pero inevitablemente ganadora, deberíamos tener una larga lista de antecedentes. Y sin embargo sólo en un intervalo de tiempo relativamente reciente ganó el BREXIT y llegaron al poder personajes como Trump, Bolsonaro y Salvini. Así que debe haber algo más.

En segundo lugar, cuestiono el papel que los medios creen tener de árbitros neutrales en el actual contexto. Es más, los considero en parte responsables de la actual situación por haber tenido un papel activo en distorsionar la realidad para impedir un debate serio sobre ciertos temas que se han convertido en tabú. Por ejemplo, el tema de la inmigración. Aquí en el blog he tratado algunos ejemplos, como el telediario de TVE reciclando una manifestación de musulmanes contra el terrorismo en invierno en Madrid como un acto de repulsa a los atentados de las Ramblas de Barcelona en agosto de 2017. O el asunto de las ONG trasladando inmigrantes desde las costas de Libia a Italia en connivencia con las mafias. Precisamente, titulé lo que escribí en julio de 2017 sobre el tema “Una bomba de relojería en el Mediterráneo“, anticipando lo que se avecinaba. No se puede decir que los resultados de las elecciones italianas en 2018 me sorprendieran, cosa que sí le pasó a los periodistas y a la intelligentsia española en general.

El fenómeno se repite una y otra vez. La prensa ha decidido que la ciudadanía es insuficientemente madura para tener un debate razonable sobre los problemas derivados de ciertas temas, como la inmigración, así que opta por no informar sobre ello para no “estigmatizar” a ciertas comunidades. El resultado es que se le regala a la ultraderecha xenófoba la generación de discurso sobre ese tema. Así, ante el consenso progresista en los medios de comunicación, el discurso populista adquiere un aura de rebeldía contracorriente que encuentra su espacio en las redes sociales (como VOX en Facebook) y las aplicaciones de mensajería (como Bolsonaro en Whatsapp).

Sin embargo, a la hora de repartir responsabilidades en quien tenemos que pensar principalmente es en los partidos tradicionales. Como dije en Cartagena, seguimos viviendo la onda de choque de la crisis económica de 2008 y los partidos tradicionales no han sabido dar respuesta a los problemas de la gente normal y corriente. Podría haber dedicado tiempo a recopilar noticias sobre las expectativas truncadas, el precariado, el paro estructural y mil fenómenos más. Prefiero quedarme con los síntomas. En Cartagena mencioné la publicación recientemente de una encuesta que revelaba el enorme peso en España de los asuntos económicos para decidir no tener hijos. Y sobre todo, me llama la atención sobre cómo se acepta y normaliza la presente situación con excusas. Estudios de mercado concluyen que el coche ya no es una “compra aspiracional” para los milennials y el diario El País nos habla de las nuevas tendencias de rebuscar comida en la basura (freeganismo) y renunciar a salir el fin de semana (nesting).

Recuerdo las palabras de Michael Moore antes de las elecciones estadounidenses de 2016 sobre el apoyo a Donald Trump en el cinturón desindustrializado que va desde Pennsylvania a los Grandes Lagos. Y donde él dijo que votar a Trump suponía para la gente perjudicada por la crisis lanzar contra el establishment una granada de mano o cóctel Molotov, yo en Cartagena dije que el voto a VOX es una voto pedrada.

Considerando la experiencia previa del caso del partido Podemos, no creo que súbitamente la gente que votó a VOX en Andalucía suscriba su agenda política. Recuerdo en su momento hablar con simpatizantes y votantes de Podemos que mostraban sorpresa cuando les contaba cosas dichas y hechas por los líderes y cargos electos de su partido. Algo parecido ha sucedido en Andalucía. Recuerdo leer al respecto que un medio salió a la búsqueda de votantes de VOX en Andalucía para ver su opinión sobre los asuntos más controvertidos del programa electoral del partido. Obviamente no los suscribían.

Así que podríamos repasar caso por caso. Antes mencioné Italia. Las palabras de Michael Moore explican muy bien el vuelco en los estados claves que le dieron la victoria. En Brasil podemos señalar la acumulación de casos de corrupción del Partido de los Trabajadores y el descontrol de la violencia. Repasando algo que escribí sobre Brasil aquí en 2013 me encontré un titular que hacía referencia a los siete ministros del gobierno de Dilma Roussef que habían dimitido por casos de corrupción en sus dos primeros años de mandato. Pero imagino que es más fácil concluir que la gente es idiota y vota mal.

En algún lado leí que un tema de fondo en el ascenso de todas estas nuevas fuerzas rupturistas era la pérdida de los lazos comunitarios, algo que explicaría cómo el tema de la inmigración se ha colado una y otra vez en la agenda con la idea de fondo de retorno a un pasado idílico. El otro día El País presentaba el caso de Los Verdes en Alemania, un partido que se ha reinventado como partido pragmático capaz de alcanzar acuerdos, supone una alternativa a los partidos tradicionales y al contrario que estos últimos no había dado un espectáculo poco edificante con sus peleas internas gracias a su fuerte unidad. La noticia mencionaba que la defensa del medio ambiente permitía vincular el partido con el Heimat, un término que puede ser traducido como patria pero también, según Jochen Bittner, a un “sentido de pertenencia” que es lo “opuesto a sentirse extranjero”. Estaríamos, por tanto, ante síntomas de fondo de un malestar en la globalización.

Hablando del lío ruso de Trump

Hace poco, María Ramírez y Eduardo Súarez me entrevistaron para Politbot:  Episodio 12: el lío ruso de Trump. Les di una chapa que fue cosa buena. Hay gente que me ha pedido que monte un podcast porque no tiene tiempo para leer, así que aquí tienen una buena píldora. Hay ideas y conceptos sobre la Nueva Guerra Fría que son todavía un work in progress en mi cabeza. Así que algunos flecos los iré resolviendo aquí en un futuro.

Politibot, por cierto., cuenta con un canal en Telegram, aplicación de comunicación que les recomiendo.

 

La destrumpización de Donald Trump

Evidentemente la victoria electoral de Donald J. Trump puso patas arriba mis esquemas sobre la Nueva Guerra Fría. Un presidente estadounidense asilacionista que decía que quería mantener buenas relaciones con la Rusia de Putin y desentenderse de la defensa de Europa mientras criticaba a la OTAN por obsoleta era otro paso hacia una victoria rusa después del BREXIT y a la espera de las elecciones francesas. Añadamos los detalles de que había eliminado de la plataforma electoral republicana el apoyo a Ucrania frente a Rusia y despreciaba las acusaciones de interferencias rusas en las elecciones como una pataleta de los demócratas con mal perder. Paradójicamente el concepto de (Nueva) Guerra Fría apareció en el programa de Stephen Colbert pero sólo para sentenciar la victoria rusa en diciembre de 2016.

Semanas después, le di una vuelta al asunto aquí, en mi blog, en “La Nueva Guerra Fría después de Donald Trump”. Dije entonces que me parecía incompatible su objetivo de “Make America Great Again” a la vez que mantener una política aislacionista.

Personalmente creo que son incompatibles una política aislacionista y el objetivo de Make America Great Again. La  promesa de convertir a Estados Unidos en un país ganador no parece que encaje con la idea de abandonar a los aliados de Europa y Asia-Pacífico para dejar vacíos geopolíticos que ocupen China y Rusia. […] Trump podrá escenificar su amistad presidencial con Putin, pero si quiere mostrar la firmeza que muchos echan en falta en Obama tendrá que frenar a su amigo ruso. Habrá que ver si se produce un reparto de áreas de influencia que cree unas reglas de juego para el mundo “post-post Guerra Fría”, como diría el profesor Javier Morales o se produce una ruptura cuando Trump mande al rincón a Putin. Sin descartar, claro que Trump sea complaciente con Putin con consecuencias imprevistas en Washington D.C. Tanta incertidumbre viene de la tendencia de Trump a desdecirse y de la extraña mezcla de outsiders y viejos halcones neocón que encontramos en su gabinete.

En el último mes hemos ido viendo cómo se despejaban esas incógnitas. No ha sido casual la salida de Steve Bannon, jefe de estrategia política de Trump, de la lista de miembros del Consejo de Seguridad Nacional. Bannon representaba a una “nueva derecha” que había tomado con Trump el Partido Republicano al asalto. Los críticos de Trump consideraban a Bannon el verdadero poder de la sombra. Su inclusión en un órgano estratégico como el Consejo de Seguridad Nacional fue muy polémica, porque a su vez se excluyó como miembros natos del Consejo al jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas y al director de inteligencia nacional. Luego hemos visto cómo el gobieno de Trump tomaba una decisión que le alejaba de la línea no intenvencionista y apaciguadora con Rusia que se supone iba a caracterizar su mandato.

Castigar al régimen sirio por usar armas químicas contra su población. Mismas circunstancias, diferente presidente. Vía John González.

Ordenó un ataque con misiles de crucero contra la base aérea militar siria desde la que despegaron los dos Sujoi Su-22 que lanzaron un ataque con armas químicas contra una población en la retaguardia del saliente por el que los rebeldes sirios avanzaban desde la provincia de Idlib hacia Hama. (Hice un análisis para del ataque para la revista EL MEDIO). Como luego insistió el secretario Mattis, el ataque fue una acción puntual y excepcional al haber cruzado el régimen aquella línea roja que trazó el presidente Obama. Sin embargo, tras el ataque con armas químicas en Goutha en agosto de 2013 el presidente Obama dudó si lanzar un ataque punitivo ante la feroz campaña en contra de la derecha republicana. Aquel momento de duda me pareció un hito que marcaba el ocaso del “momento unipolar” vivido desde el fin de la Guerra Fría, tal como conté en “Lo que está en juego en Siria” (27 mayo 2014).

El 12 de abril Trump anunció que la OTAN había dejado de ser obsoleta. Es verdad que en Europa se ha hablado de aumentar el gasto, ante la presión estadounidense para cumplir el compromiso de un 2% del PIB destinado a defensa tras una década de recortes inmisericordes que ha dejado a los países de la OTAN sin capacidades clave. Pero sus razones para decir que la OTAN ahora es relevante son que ahora la OTAN sí ha puesto la “lucha contra el terrorismo” como prioridad. Quizás, más que un argumento sea una excusa.

Por último, el director de la CIA, Mike Pompeo, se refirió a Wikileaks en los siguientes términos:

“WikiLeaks walks like a hostile intelligence service and talks like a hostile intelligence service. It has encouraged its followers to find jobs at CIA in order to obtain intelligence […] And it overwhelmingly focuses on the United States, while seeking support from anti-democratic countries and organisations. It is time to call out WikiLeaks for what it really is – a non-state hostile intelligence service often abetted by state actors like Russia”.

Es una auténtica ruptura con una organización citada frencuentemente por los partidarios de Trump en su guerra mediática contra Hillary Clinton. Y un reconocimiento oficial a lo que todo sabíamos, que Wikileaks es una organización con una agenda política antiestadounidense que trabaja al servicio de Rusia.

Ahora, queda a debate el qué ha pasado. ¿Ha cambiado Trump por influencia del secretario Mattis y su consejero McMaster en un juego de poder por la posición de influir al presidente frente a Bannno? ¿Ha sucumbido Trump al ala neocón de Partido Republicano? ¿Se han salido con la suya los halcones del Pentágono y los servicios de inteligencia, el “Estado Profundo”? El futuro con Trump ya no es lo que era.

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (3ª parte)

Concluye aquí esta nueva colaboración de Fernando Geyrón ocupándose de China, un país que yo considero forma parte de una dinámica aparte a la Nueva Guerra Fría pero que fuee central en el discurso de política exterior y comercial durante la campaña del actual presidente estadounidense Donald J. Trump.

Véase las anteriores partes de “La compleja viabilidad económica de la agenda Trump” aquí: Primera Parte y Segunda Parte.


CHINA: EL OBJETIVO FINAL

De 1995 a 2015, la producción industrial de China ha pasado de 0,219 B$ a 4,458 B$ mientras que la de Estados Unidos se movió desde 1,918 B$ a 3,428 B$. Esta casi duplicación del valor añadido indica en parte que la propia economía americana se ha beneficiado del desarrollo fabril de China, surtiendo de componentes más baratos a las grandes marcas industriales y tecnológicas americanas. Pero esa variación de la ratio entre ambas de 0.11 a 1.30, y el mayor incremento en términos absolutos, refleja que ha sido China la más beneficiada de esa relación recíproca y que la superación final implica el principio de una nueva era de primacía.

Como en tantas otras magnitudes económicas, esa relación adopta la forma gráfica de una curva de rendimiento marginal decreciente. Unos inicios muy beneficiosos, de crecimientos exponenciales, un período intermedio de moderación y ajuste hacia el equilibrio, y un último tramo en el que resulta costoso y difícil incrementar el beneficio mutuo. En el caso de China, sus empresas más desarrolladas, empiezan a competir de tú a tú con sus antiguas proveedoras de carga de trabajo procesual, por lo que tarde o temprano adoptan su propia hoja de ruta que les permita incrementar el valor añadido del producto final para compensar el encarecimiento de la mano de obra autóctona. En el caso de Estados Unidos, este encarecimiento, unido a la mayor especialización, entra en conflicto con fases más avanzadas de la producción, de modo que la fuga de carga de trabajo va alcanzando las tareas de mayor valor añadido, aquellas que aún justificaban el mantenimiento de mano de obra del país. Sólo una igualación de ambos costes (aún muy lejana) frenaría esa sangría, aunque ello daría paso a una competencia en los niveles más altos de la producción: Diseño, marketing, valor de marca, etc.

Es cierto que toda lucha contra la deslocalización de la producción en China supone un daño autoinfringido, por ello no basta con poner multas a productores y aranceles a productos. Es preciso hacer algo más que compense en parte esas pérdidas o, mejor dicho, ese coste de oportunidad por no seguir la estrategia más eficiente, máxime cuando gracias a ese déficit de balanza China se ha convertido en un poseedor de deuda americana al por mayor. Si Trump quiere recortar trozos sustanciales de esa factura deberá intentar inducir a China para que no le quede más remedio que perder algunas ventajas competitivas.

La primera de ellas sería generar pequeñas pérdidas en el mercado americano por el encarecimiento de sus productos a consecuencia de los aranceles; como ya dijimos antes eso genera un coste asociado, pero del mismo modo que el sobrebombeo saudí, puede generar una erosión apreciable en su contrincante. El efecto combinado de un aumento de stocks industriales y un incremento del precio del petróleo podría privar a China de desviar su producción a otros mercados sin sufrir ciertas pérdidas o al menos estrechamiento de márgenes, lo que conduciría indirectamente a menores ingresos fiscales y déficit. Si a esto le unimos el aumento de la renta per cápita y la más que previsible explosión de la burbuja inmobiliaria, Estados Unidos podría estar en primera fila en el momento en que se produzcan las fases más duras del reajuste del modelo productivo chino, que conllevaría entre otros efectos transitorios la devaluación del reminbi frente al dólar y el aumento de la inflación. Siempre estará en manos de China evitar la escalada revaluando su moneda, durante tantos años devaluada a propósito para eliminar la competencia en la industria ligera y de componentes. Ello haría más rentable para EE.UU el retorno de cadenas de fabricación e incrementaría el mercado chino para productos más caros.

Conducir a tu rival al lado del ring en el que se siente menos cómodo ayuda a la victoria, pero esta no se logrará sin dar algunos golpes. Y los golpes que Trump puede dar para completar esta estrategia a largo plazo con China implica intensificar la política de contención sobre el gigante asiático. El régimen chino está a más de una generación de poder rivalizar militarmente en amplio espectro con las fuerzas armadas USA, pero se acerca peligrosamente al umbral a partir del cual podría ponerle restricciones de acceso y negación de área (A2/AD), es decir, generar en una zona anexa a sus fronteras un espacio en el que las fuerzas norteamericanas no pudiesen lograr la supremacía. China está siendo muy beligerante en la disputa por los recursos del Mar de la China Meridional y tiene otros conflictos marítimos con sus países vecinos en la pugna por explotar los recursos de la zona económica exclusiva. Por ello está invirtiendo esfuerzos en lograr esta A2/AD como el desarrollo de nuevos misiles de corto y medio alcance cada vez más precisos, bombarderos portadores de misiles de crucero y antibuque, pavimentación de islotes para que alberguen pistas de aterrizaje para reactores, etc. Se trata de obstaculizarle a Estados Unidos el despliegue necesario para una posible campaña militar (como sí pudo hacer cuando la guerra de liberación de Kuwait), amenazar las posibles bases de uso conjunto con sus aliados y saturar las defensas antiaéreas de su flota.

Misil chino DF-21, pensado para atacar a los portaaviones estadounidenses. Foto: chillopedia.com

La llamada telefónica a la presidenta de Taiwan fue un gesto inequívoco, que se une a los compromisos con Corea del Sur y el aliento a Japón para que adopte una postura más ofensiva de lo que tradicionalmente permitía su constitución. Son pasos en el sentido de hacer visible esa mayor presencia que garantice la libre circulación por las aguas próximas a China y el reforzamiento, de modo bilateral, de los lazos de EE.UU. con esos aliados. Nuevamente esta estrategia de disensión genera algunos réditos crematísticos adicionales como son la ampliación nuevamente de la cartera de clientes para su industria militar y la reorientación de esos mercados de alto poder adquisitivo, los únicos accesibles para la cara industria americana. Y en lo geopolítico, en la medida que la línea de fricción entre ambas superpotencias esté entre China y los aliados americanos en vez de en el Pacífico, los Estados Unidos podrá ejercer su hegemonía desde la distancia.

ARMAS, PETRÓLEO Y DÓLARES.

No se puso fin a la historia, como anticipó Francis Fukuyama hace veinticinco años. La multipolaridad, el islamismo, la emergencia de regímenes neosocialistas, las crisis económicas, se han encargado de echar por tierra el deseo de una sociedad global donde el capitalismo y la democracia acabarían siendo la norma y no la excepción. Los que nos hemos terminado de hacer adultos en las pasadas dos décadas nos hemos acostumbrado quizás demasiado a la paz, la estabilidad, la globalización, el progreso imparable de la tecnología, y hemos quitado importancia al movimiento de esos engranajes de la historia que en el corto plazo sólo parecen política internacional.

Estamos inmersos en un cambio de ciclo global, en una crisis sistémica del nuevo orden erigido tras el final de la Guerra Fría y, desde ese punto de vista, Trump no es más que un fenómeno emanado de esa nueva dinámica, como lo son el BREXIT o el expansionismo ruso. La suma de medidas que Trump ha anunciado o desea hacer le llevaría a un estrepitoso fracaso en todo punto si estuviésemos en los años precedentes, pero en el momento actual el fracaso relativo puede ser todo un éxito.

Un clima global más arisco puede conducir a un incremento generalizado de los costes de transacción comercial, lo que permitiría en parte un reposicionamiento favorable de las grandes corporaciones norteamericanas, que tendrán que compensar con esto las presiones que sufrirán para generar empleo dentro de sus fronteras. Al mismo tiempo un rearme generalizado beneficiará de manera directa al principal país productor de armas del mundo, los propios EE.UU. o más propiamente sus grandes empresas armamentísticas como Boeing, Lockheed, General Dynamics. Esos inputs a su vez permitirán que estas empresas puedan gozar de ventaja para dar el salto a la siguiente generación de armas, lo cual no solo consagraría la hegemonía americana por un par de décadas más, sino que proporcionaría un reflujo positivo sobre el resto de los sectores de mayor valor añadido y productividad, y con ello se propulsaría un nuevo ciclo expansivo del consumo.

Petroleo y armas son bienes que en el mercado internacional cambian de manos dólares mediante, como también lo hará aquella parte del comercio con China que vaya a parar a otros países de la zona, y dependiendo de la evolución de la política europea, también podría producirse un pivotaje desde el euro al dólar si alguna economía logra dar el paso hacia fuera. Una mayor dolarización de la economía mundial conduciría, a igualdad de condiciones, a un efecto renta positivo en la economía americana y a una pérdida de competitividad de sus exportaciones. Para evitar este segundo efecto no deseado será vital para Estados Unidos que la masa monetaria del billete verde se vea incrementada en al menos la misma proporción que los intercambios.

Y he aquí la herramienta que permitirá a Trump, no implementar con total éxito su batería de medidas contradictorias, pero si con éxito relativo. Las medidas expansivas combinadas con los recortes fiscales sin que se dispare el déficit sólo tiene una vía a corto plazo: Aumentar la masa monetaria. O lo que es lo mismo, imprimir dólares para sufragar la parte del gasto estatal no cubierto con los ingresos fiscales. Como es bien sabido, esta medida sólo es efectiva en el corto plazo, pues a la larga ese aumento de liquidez se acaba trasladando al resto de la demanda agregada generando un incremento de la inflación al menos similar, corriéndose el riesgo de entrar en una espiral inflacionista. Pero Estados Unidos en este sentido no es un país como los demás; al ser su moneda la principal divisa de intercambio comercial, la mayor parte de esos efectos nocivos acaban siendo compartidos por el resto de países, de modo que en cierto sentido el déficit es exportado. Cuánto más no se podrá utilizar este recurso si además se consigue que la proporción de los intercambios viren hacia transacciones dolarizadas…

¿Posee por tanto Trump un plan maestro para que América recupere el mismo grado de hegemonía de la época dorada del siglo XX? No, no lo tiene. Pero tiene una estrategia que en el contexto actual podría funcionar en un grado relativo y la percepción que se tenga de este éxito relativo le consagrará o no como presidente para la historia. China podrá plegarse para evitar una confrontación o podrá echarse al monte e iniciar una guerra comercial que podría ser sangrante para la economía mundial, EE.UU. incluido. Europa podría resistir mejor de lo que se espera o desplomarse y arrastrar en su caída, Rusia podría dar más quebraderos que ventajas, y la multiplicación de la agenda en el exterior podría llegar a ser insostenible. Pero incluso en un juego donde la suma total es negativa, siempre cabe la posibilidad de que algún jugador gane.

Hay cien maneras distintas de que los planes de Trump se trunquen y supongan el canto de cisne de Estados Unidos como hegemón mundial. Pero son infrecuentes en la historia los ascensos a primera potencia de un país sin que medie una confrontación previa que fortalezca al aspirante y debilite a su contrincante. Gane o pierda, Trump hará que China afronte el pago de esa factura que lleva décadas eludiendo.

La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (1ª parte)

Durante meses fue uno más de los candidatos extravagantes que suele presentar el partido republicano en sus primarias, en respuesta a lo fragmentadas e inquietas que son las bases y el electorado del Viejo Gran Partido. Pero conforme se vio que sus malos modales, su dialéctica incendiaria, su indisimulada intención de ser políticamente incorrecto le permitían ir desbancando a buena parte de los candidatos más presidenciables, los medios y analistas se centraron menos en el personaje y más en sus deslavazadas medidas populistas.

El grueso del voto que ha alzado a Trump a la presidencia se corresponde con buena parte de la antigua clase media blanca devenida en baja por mor de la crisis, a la que se le suma la clase media-baja de ciudades industriales que poco a poco han ido perdiendo su empleo como consecuencia del nuevo rol de EE.UU. en el reparto internacional del trabajo. Pero al mismo tiempo, esa victoria es suya y no de Bernie Sanders porque ha recibido el apoyo o la aquiescencia de los propietarios de esas grandes corporaciones industriales venidas a menos. Por eso y por el discurso xenófobo, inasumible en público para el ala progresista del partido demócrata, pero que en la intimidad del voto es posible que se hay manifestado en cierta medida.

Es por ello que sus grandes líneas en política interna han consistido en repetir toda una serie de mantras populistas que parecen dar gusto a todos los sectores de su electorado y del de enfrente, por más que, si se analizan en profundidad, acaban siendo incluso incompatibles. Se ha hablado de barreras físicas y legales a la inmigración, de multas y aranceles a las empresas que deslocalicen producción, de grandes ventajas fiscales a las clases medias y altas, de eliminación de regulaciones y apoyos fiscales a los grandes productores de empleo…

INVIABILIDAD ECONÓMICA VS. CONVENIENCIA POLÍTICA DEL POPULISMO.

La segunda mitad del siglo XX fue la de la hegemonía intelectual y material del keynesianismo. En los países más avanzados, todavía demográficamente dinámicos, las implementaciones industriales de los avances técnicos de la II Guerra Mundial permitieron lo que se vino en llamar “la dinámica de acumulación de capital de posguerra”, una era de enormes avances en la productividad industrial que permitió alcanzar los estándares del Gran Sueño Americano en EE.UU. y que sirvió para financiar el Estado del Bienestar en una Europa donde el ficticio ejemplo del modelo socialista soviético suponía una posible fuente de disturbio social.

El gran peso de las economías occidentales permitió una irradiación de estas ventajas adquiridas hacia otros países de su mismo circuito comercial, principalmente Extremo Oriente e Iberoamérica. En aquellos donde prevaleció la buena gobernanza, el institucionalismo de las élites y una tradicional ética del trabajo, el progreso fue asombroso, incluso superando a la fuente original. Japón, Corea del Sur o Taiwan se convirtieron en potencias industriales de primer orden.

Pero en el centro y sur del continente americano, donde la revolución es un elemento habitual del paisaje político, las élites a veces civiles y a veces militares, optaron por el Populismo. Por un lado se mantenía una economía de mercado, afecta a los intereses del gran capital extranjero. Por otra se aplicaban en el interior las grandes recetas de gasto público y expansión monetaria del keynesianismo que daba su sitio y desactivaba a las fuerzas vivas del socialismo revolucionario. En el corto plazo solía funcionar, con grandes avances económicos y una sensible mejora del bienestar social. Pero en el medio y largo plazo el diferencial de productividad con los países más avanzados generaba una pérdida de equilibrio que se traducía en altos déficits para sostener el gasto público, imprimación de moneda para afrontar los pagos internos, y suscripción de deuda para asumir los pagos externos. Invariablemente, y ello lo hemos visto repetido docenas de veces e incluso más de una vez en algunos países, ello conllevaba a una situación de quiebra general, con unas clases empobrecidas por una hiperinflación galopante y una salida de capitales hacia destinos más estables. ¿Es ese el destino que espera a EE.UU. si se cumplen las promesas de Trump?

Las limitaciones a la inmigración ilegal, precisamente la más rentable por cuanto asume tareas de producción marginales sin provocar grandes contraprestaciones sociales, debería conducir a una pérdida de competitividad relativa, bien por la pérdida de esa producción marginal barata, bien por la asunción de esta por parte de trabajadores legales, cuya mano de obra es siempre más cara. Los aranceles a las empresas que producen en China o México, conllevarán un aumento del coste medio de sus productos que le supondrán igualmente una pérdida de competitividad exterior sensible. Ambas medidas podrían precisamente acelerar la desindustrialización norteamericana, justo el mal que se pretende atajar.

Los niveles de deuda de EE.UU. son así mismo demasiado elevados como para que sea asumible una rebaja fiscal a grandes empresas, la medida con la que Trump pretende que se repatríe producción sin que se incrementen costes. Está bien estudiado que cuando disminuye la presión fiscal aumentan la demanda interna privada y la inversión en capital y ambos fenómenos conducen al crecimiento económico y la creación de empleo, que a su vez puede permitir en el largo plazo recuperar o incluso superar los ingresos fiscales perdidos. Pero ello sólo es posible si el estado a su vez disminuye de manera drástica sus gastos, de modo que el gap de deuda que se va a generar en el corto plazo no sea visto por los inversores más que como un efecto transitorio. Si ello no es así, se alcanzará crecimiento y generación de empleo, pero nunca se recuperaran los ingresos fiscales perdidos y el peso de la deuda obligará a subidas de impuestos que pueden engullir lo ganado e incluso producir pérdidas netas.

Y es que se da la circunstancia de que paralelamente a estos anuncios de sustanciosas rebajas fiscales Trump ha anunciado grandes proyectos de gasto público como su famoso muro en la frontera de México o el reforzamiento del gasto militar. Tal es la confianza de que ello suceda que las grandes empresas del Dow Jones, expectantes por la aplicación de esa política expansiva de gasto público, han subido su cotización hasta niveles record.

Si Estados Unidos fuese un país como otro cualquiera podríamos asumir desde el principio que lo que pretende Trump es provocar ese efecto positivo en el corto plazo que le garantice la reelección y ya luego Dios dirá. Pero ni a nivel interno, por el juego de contrapesos de la democracia más veterana, ni a nivel externo, por la capacidad que como primera potencia geopolítica tiene de alterar el entorno, Estados Unidos es un país como otro cualquiera.

Precisamente la política exterior ha sido uno de los campos donde la dialéctica trumpiana ha sido más activa y sugerente, tan contradictoria en ocasiones como su agenda nacional, pero donde es posible que residan las soluciones parciales o totales a las contradicciones de su discurso interno.

[Continuará]

H. R. McMaster, otro valor sólido para Trump

El candidato Donald J. Trump anunció que formaría su gobierno con la “mejor gente”. El desfile de nombres procedentes del mundo empresarial sospecho que dará bastante titulares en el futuro en temas como la educación o el medioambiente. Pero en medio de ese panorama, sobresalió el nombramiento del teniente general James Mattis (USMC, ret.) como Secretario de Defensa. Hablé de él en Demos gracias por el secretario de defensa Mattis“. En este tiempo ha confirmado ser un tipo sensato y alguien ya dijo que hubiera encajado perfectamente en un gobierno demócrata. En el reverso de la confirmación de las buenas sensaciones generadas por Mattis, un tipo culto y un líder inspirador, ha estado la corta trayectoria del también teniente general Michael Flynn (U.S. Army, ret.) como Consejero de Seguridad Nacional, un puesto ocupado en el pasado por personajes como Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Colin Powell y Condoleezza Rice.

En sus tiempos de militar, Flynn se hizo célebre por saltarse el conducto reglamentario y aparecer como coautor de un documento sobre los fallos de inteligencia en Afganistán en 2010 y que fue publicado por el Center for a New American Security, el laboratorio de ideas en materia de defensa cercano al gobierno de Obama. La osadía no sólo no le costó su carrera, sino que probablemente sirvió para catapultarla hasta el puesto de director de la Agencia de Inteligencia de Defensa, institución poco valorada y que abandonó por la puerta de atrás.

Flynn en una cena de gala en Rusia al lado de Putin. Foto vía Daily Kos.
Flynn en una cena de gala en Rusia al lado de Putin. Foto vía Daily Kos.

Yo mismo me interesé por aquel documento firmado por Flynn y celebré su valentía, además de valorar las ideas allí expuestas. De ahí mi chasco al verle durante la campaña electoral convertido en un fan de Trump y dando la impresión de ser un tipo algo chalado. Resultó algo peor. Flynn tenía conexiones con Rusia y eso al final le ha costado el cargo. No duró ni un mes.

H. R. McMaster
H. R. McMaster

Así llegamos al recambio de Flynn, el teniente general en activo Herbert Raymond McMaster, más conocido por H. R. McMaster. Al igual que Mattis y Flynn se trata de un viejo conocido para cualquiera que haya estado atento a los asuntos de defensa estadounidense. McMaster se hizo célebre durante la Guerra del Golfo de 1991. En aquel entonces mandaba como capitán la Tropa “E” del 2º Escuadrón del 2º Regimiento de Caballería Acorazada. Esto es, mandaba la primera compañía del segundo batallón de lo que en realidad era una brigada acorazada reforzada.

Al comenzar las operaciones terrestres de la Operación “Tormenta del Desierto” al 2º de Caballería le tocó cumplir la misión de elemento de reconocimiento avanzado del VIIº Cuerpo Acorazado, el encargado de avanzar hacia el norte desde Arabia Saudita  y pasando de largo de Kuwait para luego girar noventa grados y avanzar en dirección este para chocar con la reserva estratégica del ejército iraquí, formado por las unidades de la Guardia Republicana desplegadas al norte de Kuwait.  La Tropa “E” del entonces capitán McMaster y otras dos del 2º Escuadrón, con el refuerzo de elementos de una cuarta, constituyeron la punta de lanza del VIIª Cuerpo, formado por cinco divisiones acorazadas.

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Su misión era avanzar rumbo hacia lo desconocido y localizar al enemigo para transmitir la información a la fuerza que venía detrás suyo. Pero McMaster y el resto chocaron el 26 de febrero de 1991 con dos brigadas de la División Tawalkana de la Guardia Republicana iraquí al cruzar la línea de referencia geográfica “73 Easting”, que dio nombre a la batalla. Los M-1 Abrams y M-3 Bradley no pararon de localizar y destruir blindados iraquíes a pesar de la  sorpresa y estar totalmente superados en número. Las direcciones de tiro computerizadas y los sistemas de visión termográfico dieron una ventaja colosal frente a los T-55, T-62 y T-72 soviéticos en manos iraquíes. La Tropa “E” de McMaster destruyó decenas de blindados iraquíes y McMaster recibió la Estrella de Plata, la tercera má alta condecoración estadounidense, por sus acciones en la Batalla de 73 Easting.

Después de la guerra, McMaster obtuvo un doctorado en Historia. Su tesis hizo una revisión crítica del papel de los militares que asesoraron a Lyndon B. Johnson sobre Vietnam y que llevaron a una mayor implicación del país en la guerra. McMaster revisó todos las actas de reuniones e informes de la junta de jefes de Estado Mayor para seguir el proceso deliberativo y concluir que no sólo los políticos ignoraron los consejos de los militares, como establecía el canon historiográfico, sino que los propios militares se esforzaron en contarle a los políticos lo que querían oir y no lucharon por imponer su criterio profesional. La tesis fue publicada en 1997 como libro bajo el título Dereliction of Duty: Lyndon Johnson, Robert McNamara, The Joint Chiefs of Staff, and the Lies that Led to Vietnam.

La siguiente ocasión en que McMaster alcanzó notoriedad fue nuevamente en Iraq. Esta vez como comandante en jefe del 3er. Regimiento de Caballería Acorazado, desplegado en la ciudad de Tal Afar, entre Mosul y la frontera con Siria, a finales de 2005. Dos años después de la invasión del país, la insurgencia se había consolidado en el país. Precisamente a principios de 2005 escribí unas cuantas entradas de blog diciendo que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra, para cabreo de los neocón españoles. Hasta aquel momento, las tropas estadounidenses permanecían atrincheradas en grandes bases que abandonaban para patrullar, dejando caminos y barrios en manos de la insurgencia por la noche. La población local que colaboraba con las autoridades iraquíes sufrían represalias. El entonces coronel McMaster cambió la ecuación y desplegó permanentemente a sus soldados en el centro de Tal Afar para garantizar seguridad y ganarse la confianza de la población. La insurgencia fue derrotada en Tal Afar. En una época en que escaseaban buenas noticias desde Iraq, McMaster apareció en documentales y en 2006 en un artículo de The New Yorker.

Después de Iraq, McMaster pasó por el International Institute for Strategic Studies de Londres. Luego, formó parte del equipo que preparó el famoso manual de contrainsurgencia bajo el liderazgo del general Petraeus (véase mi reseña del libro The Insurgents de Fred Kaplan). Había ganado ya fama de pensador brillante y muchos de sus destinos habían implicado estar en el meollo de elaborar planes y estrategias. Así que cuando su nombre no estuvo entre los elegidos para ser general hubo cierto revuelo mediático con muchos preguntándose si su trayectoria de militar con ideas propias y capaz de decir lo que pensaba le había pasado factura. Hizo falta llevar a Petraeus desde Iraq a Estados Unidos para presidir el comité que elige los generales para que se valorara a los militares con experiencia de guerra, lo que nos da una idea de cómo se valoraba más los diplomas que la experiencia de guerra. Y cómo, con unas fuerzas armadas empantanadas en Afganistán e Iraq, el éxito o el fracaso en la misón encomendada tampoco era un criterio a tener en cuenta.

Ya como general, McMaster pasó por varios destinos en el mando de Adiestramiento y Doctrina (TRADOC), pasando por la sección de planes del Estado Mayor de la fuerza multinacional ISAF en Afganistán. Sus destinos en el TRADOC le han dado un papel protagonista en moldear el futuro del ejército de tierra de Estados Unidos. Sin alcanzar el culto a la personalidad de Mattis en los marines, McMaster es muy bien valorado como intelectual y pensador visionario. Esperemos que haga un buen equipo con el secretario Mattis.