Qué son las Guerras Posmodernas v1.0

El libro Guerras Posmodernas salió hace ya más de cinco años y últimamente, gracias a mi perfil de Twitter y mi página de Facebook he añadido nuevos lectores al blog, cuyo promedio de visitas ha aumentado considerablemente respecto a los tiempos en los que trabajaba en el libro. En este tiempo me he encontrado con personas que me hablan de Guerras Posmodernas sin que se parezca lo que cuentan a lo que yo identifico con el término. Hasta que un día caí en la cuenta que, con el libro descatalogado y sin ningún texto de referencia en el blog, dejaba en la imaginación de los lectores qué son las Guerras Posmodernas. Si a eso añadimos que han pasado suficientes novedades en el panorama internacional desde que establecí en la segunda mitad de la década pasada los cimientos del concepto, creo que ha llegado la hora de volver a los orígenes del blog.

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Antigua cabecera del blog elaborada por Juan José Torres.

El concepto Guerras Posmodernas lleva implícito en su nombre la idea de superación histórica de las guerras de la Era Moderna, entendida a la manera anglosajona como el período que abarca del Renacimiento a la Revolución Industrial. Hay dos procesos históricos fundamentales en el desarrollo de la Guerra Moderna como fenómeno social. El primero es la aparición del Estado en la transición de la Edad Media al Renacimiento en Europa, con su burocracia, hacienda y ejércitos permanentes. El principio de un orden internacional donde conviven Estados soberanos quedó establecido en la Paz de Westfalia (1648). Precisamente los Estados europeos tomaron la delantera tecnológica mundial a partir de la Revolución Científica del siglo XVII y se expandieron por América, África y Asia. El legado de aquellos imperios europeos en esos continentes es la figura del Estado como forma de organización política [1].

El segundo proceso histórico fundamental es la aparición con la Revolución Francesa y el Romanticismo del concepto de nación y soberanía popular. Los soldados de los diferentes Estados pasaron de ser mercenarios pagados por un monarca a ser ciudadanos reclutados en masa que luchaban por la Patria. La movilización de cantidades ingentes de ciudadanos fue posible gracias a las posibilidades de producción en masa (armas, uniformes, latas de conserva, etc.) de la sociedad industrial. Considero que el cénit de las Guerras Modernas en su modelo más genuino fue la Primera Guerra Mundial. Comenzó allí el declive de Europa, que dejó de ser el centro del mundo con la disolución de los imperios coloniales tras la Segunda Guerra Mundial y la rivalidad EE.UU.-U.R.S.S. durante la Guerra Fría. Precisamente la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría fueron una época de transición hacia la era de las Guerras Posmodernas, que arranca con el fin de la Guerra Fría [2].

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Fotomontaje de Hersson Piratoba.

El mundo posmoderno.
Las Guerras Posmodernas tienen lugar en una era donde los Estados-Nación no son el único actor relevante en la arena internacional. Los Estados-Nación comparten ahora protagonismo con diferentes tipos de actores. Así, tenemos a las organizaciones supracionales bajo cuya bandera se despliegan fuerzas militares. Bajo la bandera de la ONU sirven cascos azules uruguayos en la República Democrática del Congo, españoles en el Líbano o filipinos en Haití. Pero también tenemos organizaciones regionales, como la Unión Europea y la CEDAO que han organizado misiones internacionales. El resultado es que encontramos que los soldados sirven, y en ocasiones matan o mueren, en nombre de organizaciones que ya no son la Patria.

Las organizaciones regionales son el síntoma y en ocasiones la impulsora de mayores interdependencias entre países, además de las atenuadoras de conflictos. Pensemos en el caso de la Unión Europea, de cuya unión monetaria forman parte la mayor parte del puñado de países responsables de las guerras que asolaron Europa durante cien años, desde la mitad del siglo XIX a la mitad del siglo XX. O pensemos en el caso de UNASUR, de la que forman parte Argentina y Chile, que estuvieron a punto de entrar en guerra en 1978 y que hoy cuentan con una brigada binacional para misiones de paz. El resultado es que el número de conflictos interestatales ha ido disminuyendo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Los Estados-Nación no sólo comparten la arena internacional con organizaciones supraestatales, sino también con organizaciones subestatales, como son grandes empresas, organizaciones no gubernamentales y gobiernos locales. Todas ellas tienen hoy una proyección internacional, sea por su poder económico, su capacidad de introducir temas en el debate público, su poder para introducir cambios en la legislación internacional, etc. [3] No son extraños los casos en que megaurbes y megacorporaciones acumulan mayor población o riqueza que muchos países. Pero más allá de los gobiernos locales (ciudades o regiones) con una agenda internacional, la novedad es que encontramos organizaciones que no tienen nacionalidad, sino carácter transnacional. De especial relevancia para el concepto de Guerras Posmodernas es que dentro de eso actores no estatales transnacionales encontramos organizaciones armadas, terroristas, criminales, etc. Considero la mejor descripción del espíritu de los tiempos la que hizo Fernando A. Iglesias en su libro Twin Towers. El colapso de los estados nacionales a propósito del 11-S:

la espeluznante incapacidad del estado nacional más poderoso del planeta para cumplir con la más elemental de sus funciones- la protección de la vida de sus ciudadanos- y al inmenso poder destructivo que frente a éste posee una pequeña red que se organiza desanclada y desterritorializadamente en un mundo global determinado por la tecnología punta

El auge de los actores no estatales transnacionales es el resultado de la globalización y de la sociedad de la información, con la intensificación de la conectividad [4] y la democratización de la tecnología. Organizaciones, movimientos y empresas pueden coordinar la acción de gran cantidad de personas ubicadas en lugares lejanos y dispersos [5]. Y hoy en día un senderista o un cazador cuenta con tanta tecnología como un soldado de operaciones especiales de hace 25 años. Sin ir más lejos, es posible comprar en Amazon.es teléfonos por satélite Thuraya, visores nocturnos y navegadores GPS.

Como dijimos, la expansión colonial europea por América, África, Asia y Oceanía dejó un legado de Estados a imitación de la metrópoli. La disolución imperios europeos dejaron atrás Estados-Nación con sus banderas, himnos nacionales y fuerzas armadas. Pero el Estado-Nación nació en Europa como el resultado de un proceso histórico (económico, político y social) singular, que no siempre es reproducible con éxito. Tan pronto muchos Estados africanos dejaron de tener relevancia geopolítica con el fin de la Guerra Fría y cesó la transferencia de recursos de Washington o Moscú, sufrieron guerras civiles que provocaron su colapso [6]. La invasión de Iraq primero y las guerras civiles que sucedieron a la Primavera Árabe podrían concluir con la voladura de las fronteras trazadas en su momento por las potencias europeas en el mundo árabe.

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Índice de estados frágiles en 2015. Vía El Orden Internacional.

Economía política de las guerras posmodernas.
Mientras ha descendido el número de conflictos interestatales desde el fin de la Guerra Fría, la forma más común de conflicto armado ha sido el conflicto interno con guerrillas, milicias y toda clase de grupos insurgentes. Durante la Guerra Fría esos grupos buscaron apoyos en EE.UU., la U.R.S.S., Cuba, Libia o China. El hecho es que tan pronto acabó la Guerra Fría se produjo el agotamiento de las guerras civiles en Centroamérica y África austral. Desde entonces, los grupos armados han contado con pocos apoyos externos y han debido buscar la autosuficiencia económica. Así, las FARC en Colombia y Sendero Luminoso en Perú sobrevivieron al fin de la Guerra Fría como fósiles políticos que sostenían una guerra supuestamente revolucionaria obteniendo fondos con el narcotráfico, mientras que la guerra civil de Angola se reavivó en los años 90 alimentada por los fondos provenientes de la explotación del petróleo y las minas de diamantes.

Vemos, por tanto, una convergencia entre los conflictos armado, los tráficos ilícitos y el crimen organizado, incluso cuando hay un elevado componente ideológico. Tal es el caso del contrabando en el Sahel, la producción de hachís en los bastiones libaneses de Hezbolá o el Estado Islámico y sus múltiples negocios, desde el contrabando de petróleo al de piezas arqueológicas.

Que los grupos armados  busquen la autosuficiencia económica ha generado en la práctica un mecanismo perverso de autoperpetuación de los conflictos con líderes insurgentes convertidos en señores de la guerra [7] que asientan su poder en el contexto de una economía de guerra de explotación de recursos naturales, tráficos ilícitos y control de la ayuda humanitaria que recibe la población. Mientras que la debilidad de los estados sumidos en un guerra crea precisamente oportunidades para el crimen, con el secuestros de periodistas y cooperantes, flujos de tráficos ilícitos por las fronteras porosas y tráfico de armas a países vecinos. Cuando la guerra genera oportunidades de negocio, existen menos incentivos para sentarse en una mesa de negociación.

Mientras los grupos armados se implican en tráficos ilícitos y el crimen organizado, las organizaciones criminales han alcanzado su forma más desarrollada en México y Centroamérica. La violencia relacionada con el crimen organizado en México y Centroamérica alcanza cotas propias de una guerra civil [8] pero el objetivo de los carteles de la droga mexicanos no es izar su bandera en la Plaza del Zócalo o en el Palacio Nacional. Los carteles de la droga mexicanos pretenden horadar el Estado sin sustituirlo, para tener mayor libertad de acción. En otros lugares las organizaciones criminales sí se convierten en una alternativa al Estado allí donde este es débil y no proporciona servicios a sus ciudadanos. En tal caso, los líderes criminales buscan legitimidad social gastando recursos en servicios a la comunidad y presentándose como “defensores del pueblo” o “campeones de los pobres” haciéndose eco de agravios reales o imaginarios contra el Estado [9].

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Lanzagranadas RPG y fusiles Barrett de calibre 12,7mm. incautados en México a miembros de un cartel del narcotráfico.

Campos de batalla inmateriales.
Las Guerras Posmodernas son la forma de conflicto propia de la sociedad de la información en un mundo globalizado, donde los medios de comunicación e Internet ocupan un lugar importante. Así que la construcción narrativa del conflicto puede llegar a ser el elemento fundamental del conflicto. Esto es, para uno o varios bandos enfrentados la clave de su victoria puede estar no en el uso de la fuerza en el campo de batalla sino cómo su causa es presentada ante la opinión pública internacional para provocar una respuesta que lleve a actuar a gobiernos, organizaciones e individuos. En tal caso no es relevante lo que pasa sobre el terreno o lo sólida de la causa, sino cómo se construye la narrativa en los medios [10].

Uno de los casos pioneros en los comienzos de la popularización de Internet fue el del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuya irrupción pública el 1 de enero de 1994 en el estado mexicano de Chiapas fue sucedida por una serie de derrotas militares que le provocaron grandes bajas mientras se generaba una corriente internacional de apoyo y simpatía a su causa [11]. El fenómeno se ha acelerado porque Internet provoca una desintermediación, saltándose el filtro de los medios de comunicación tradicionales. Para que el vídeo con la prueba de vida de un occidental secuestrado sea visto por millones de personas no hace ya falta enviarlo a la CNN o Al Yazira. Como efecto negativo, la vida de los reporteros de guerra ha perdido valor. Los grupos armados no necesitan de sus servicios para que su mensaje llegue al público. Es más, dedicados a negocios turbios y la proliferación de violaciones de derechos humanos, muchos grupos armados prefieren no tener testigos.

La capacidad de los medios de comunicación de generar simpatía hacia una causa en la opinión pública hasta que esta reaccione puede ser usada de forma negativa para generar el efecto inverso. Se puede construir una narrativa que desaliente la acción. Los medios rusos e iraníes han tenido bastante éxito en lograr que su discurso sobre la guerra en Ucrania y Siria sean reproducido en Occidente, obteniendo así mucho más margen de maniobra. El Servicio de Acción Exterior ha creado en respuesta una task force para lidiar con la desinformación rusa que publica un boletín bisemanal. Conceptos como Operaciones de Información (InfoOps) y Comunicación Estratégica (StratCom) no son muy distintos del viejo concepto de propaganda empleado en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Pero nuevamente Internet aporta novedad y complejidad al fenómeno.

Si la conectividad mediante Internet es una necesidad fundamental, desde las comunicaciones internas a la difusión externa de información,  interferir en ella se convierte en un objetivo. Así nace la ciberguerra como una dimensión inédita, por más que la propaganda y la guerra electrónica aparecieron como antecedentes de la “guerra de la información”. Hasta hace poco las acciones agresivas más habituales en Internet era la alteración de páginas webs y la saturación de servidores web mediante los ataques distribuidos de denegación de servicio (DDOS). Pero el caso de la ciberarma Stuxnet, diseñada específicamente para atacar las centrifugadoras del programa nuclear iraní, demuestra que la ciberguerra puede afectar al mundo material.

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Juegos de Guerra, película de 1983.

Conclusiones.
La idea de que las guerras están cambiando lleva en circulación décadas mientras que una persona cultivada podría encontrar antecedentes históricos de cualquier fenómeno actual, desde los piratas a los mercenarios, para sentenciar que no hay nada nuevo bajo el sol. Ante el debate si las guerras por venir serían convencionales o irregulares, Frank Hoffman trató de zanjar la discusión afirmando que no volveríamos a ver guerras que encajaran en un modelo puro. Dijo que las guerras futuras tendrían elementos convencionales e irregulares. Las llamó “Guerras Híbridas”. Y aún así se multiplicaron los escépticos diciendo que siempre habían sido así.

Se requiere una perspectiva histórica amplia para entender la transformación del panorama internacional, aunque las estadísticas sean claras. Han disminuido las guerras convencionales entre países y la mayoría de los conflictos armados se dan en Estados débiles con la presencia de actores como fuerzas de paz multinacionales y ONGs. Pero podríamos decir que el mundo avanza a velocidades distintas. África y América han entrado en la era de las Guerras Posmodernas mientras que Asia-Pacífico vive una carrera de armamento y de alianzas siguiendo una lógica no muy distinta de la vivida en Europa en las décadas previas a la Primera Guerra Mundial. A medio camino, la Nueva Guerra Fría no se parece a la vieja precisamente por la globalización e Internet.

El libro Guerras Posmodernas salió en 2010 y pronto tuve la sensación de que las ideas expuestas allí requerían una exposición más extensa, pulida y ampliada. Más que un modelo cerrado, quedó como un modelo en construcción. Mi idea es volver en un futuro a esta explicación para pulirla y quién sabe si algún día elaborar una nueva edición del libro completamente reelaborada.

Notas.

[1] La obra más famosa sobre el tema es La Revolución Militar: Innovación militar y apogeo en Occidente, 1500-1800 de Geoffrey Parker. Sin embargo el tema ha dado para perspectivas opuestas sobre si las nuevas formas de hacer la guerra dieron lugar al Estado Moderno o al revés. Francisco Andújar Castillo hace un repaso al debate en el primer capítulo de su libro Ejércitos y militares en la Europa Moderna.

[2] Recae en Martin Van Creveld el mérito de ser el autor que primero anunció una nueva era de conflictos armados en 1991 con su libro The Transformation of War.

[3] Moisés Naim dedicó su último libro El fin del poder a la transformación del poder, dedicando un capítulo a la guerra y otro a la geopolítica.

[4] Parag Khanna en su reciente libro Connectography: Mapping the Future of Global Civilization recoge, entre otros temas, el auge de las grandes ciudades y empresas como actores globales en un mundo conectado. Mientras que Mark Leonard ha coordinado el libro Connectivity Wars, que presenta 23 ensayos de diferentes autores sobre cómo la interdependencia económica y energética, junta otras medidas no bélicas, pueden ser usadas como armas.

[5] John Arquilla y David Ronfeldt acuñaron el concepto “netwar” para las formas de conflicto en que grupos de personas actúan como redes distribuidas. Ambos publicaron The Advent of Netwar en 1996. Más tarde, editaron el libro colectivo Networks and Netwars The Future of Terror, Crime, and Militancy, que alcanzó notoriedad por ir camino de la imprenta poco antes del 11-S.

[6] Véase Los Estados inviables de Oswaldo Rivero. Para el caso africano, véase África después de la Guerra Fría de Mark Huband. El artículo “The Coming Anarchy” de Robert D. Kaplan (publicado originalmente en febrero de 1994) fue el texto que encaminó mis pasos hacia los temas de las Guerras Posmodernas cuando lo leí en la primavera de 2001.

[7] Véase, por ejemplo, el libro colectivo Warlords Inc. Black Markets, Broken States and the Rise of the Warlord Entrepreneur editado por Noah Raford y Andrew Trabulsi.

[8] John Sullivan emplea el término “insurgencia criminal”.

[9] Tras su monumental El Narco, Ioan Grillo ha publicado  Gangster Warlords: Drug Dollars, Killing Fields, and the New Politics of Latin America.

[10] El término “narrativa” aparece en el manual FM 3-24 de contrainsurgencia desarrollado de forma conjunta por el ejército y la infantería de marina estadounidenses. José María Lizundia estudió la construcción del discurso pro saharaui en España en su libro El Sáhara como metarrelato.

[11] John Arquilla y David Ronfeldt con Graham Fuller y Melissa Fuller escribieron sobre el caso del EZLN en The Zapatista “Social Netwar” in Mexico. Bertrand De La Grange y Maite Rico aseguran en Marcos, la genial impostura que el subcomandante Marcos ordenó ataques condenados al fracaso con objetivos propagandísticos.

[12] Thomas Rid sostiene en Cyberwar will not take place que todas las actividades que asociamos con la ciberguerra si las trasladamos al mundo físico se corresponden con actividades no bélicas que identificaríamos como espionaje, gamberrismo, sabotaje, etc.

Repensar las Guerras Posmodernas

Hubo una época en que este blog me servía de cuaderno de apuntes para ir construyendo el modelo de las Guerras Posmodernas. En el verano de 2009 entregué mi libro y en 2010 fue publicado. Hoy ya no está disponible en librerías y he perdido la cuenta de la gente que me ha preguntado dónde conseguirlo. Durante un tiempo pensé en que debería trabajar en una segunda versión bastante corregida y bastante ampliada. Hoy las partes en la que hablo de ciberguerra y empresas militares privadas me dan bastante vergüenza, por ejemplo. Necesita más que un lavado de cara.

Por el camino se cruzaron dos proyectos. Uno fue el de guerra en red, que en un principio iba a ser mi segundo libro y que vendría a complementar al primero. Pero según me acerqué a la realidad, fui encontrando pocas redes realmente distribuidas. Por ejemplo, el discurso de Jason Burke sobre Al Qaeda resultó ser minoritario. La verdad es que la auténtica naturaleza del grupo no se sabrá a ciencia cierta hasta que los archivos relevantes incautados en Abottabad estén desclasificados. Pero todo apunto en que Al Qaeda había mucha más jerarquía y burocracia de la que creemos. El asunto de la guerra en red requirió volver a darle un par de vueltas y a eso me dediqué una temporada.

Además, en “Swarming en la selva” (8 marzo 2015) hice una reseña de un libro sobre la campaña birmana durante la Segunda Guerra Mundial. De paso habría que recordar “Swarming en el desierto” (3 enero 2011).

Sobre la guerra en red me queda escribir lo que he sacado en claro de Jean Baudrillard y Félix Guattari en Mil Mesetas por un lado y por otro lado de Antonio Negri y Michael Hardt en Multitud. Hay mucho de farfolla en la obra de los primeros, algo que ya sabíamos desde Imposturas Intelectuales. Mientras que los segundos sorprendentemente tienen unas cuantas cosas que aportar a la perspectiva de las Guerras Posmodernas. Por último tendré que hacer un comentario sobre el artículo “Los ejércitos como redes. El dilema entre jerarquía y descentralización” que un lector me ha señalado apareció en el número de mayo de 2015 de la revista Ejército. Como ven, el asunto está ahí fuera.

El segundo proyecto que me planteé fue sobre la Nueva Guerra Fría y me atasqué con el conflicto de Ucrania, que esta semana parece que eleva su temperatura. La cuestión es que hay ahora mismo está surgiendo tal avalancha de información sobre el aparato de propaganda y la implicación rusas que el esquema de trabajo pide a gritos una reorganización. Creo que ahora mismo la parte geopolítica del asunto es menos relevante que la ideológica y propagandística.

La guerra en Ucrania es una cuestión después de la cual no es posible seguir hablando de Guerras Posmodernas de la misma manera. En el libro quise insistir en la idea principal del fin del Estado como actor fundamental en los conflictos actuales aunque tuviera en cuenta la perspectiva de crecientes rivalidades en Asia Pacífico dentro de la lógica de las “guerras modernas”. Incluso me impuse la condición no mencionar ni una sola vez el 11-S para no tentar al lector de simplificar las Guerras Posmodernas y quedarse con la retórica de la Global War On Terror.

La invasión rusa de Ucrania nos lleva a plantear las formas no tradicionales en la que los Estados participan en conflictos armados. El empleo de tropas sin identificar, milicias, contratistas etc. ha puesto de moda el término Guerras Híbridas, que en la década pasada planteó Frank G. Hoffman e introdujo en España el desaparecido Jorge Aspizua. No es el único término empleado para describir las acciones encubiertas rusas. John R. Schindler propone el término “guerra especial” y sus ideas nos llevan a repasar lo planteado por Robert D. Kaplan en 1998 en “Special Intelligence”. Oportunamente el año pasado el general Valery Gerasimov puso en circulación el término “guerra no lineal”. Y el abuso hecho en Venezuela con términos y conceptos referidos a nuevas formas de conflicto no debería hacernos olvidar que sí hubo un intento serio de reconsiderar el concepto de Guerras de Cuarta Generación (4GW) para plantear dónde podría llevarnos el siguiente paso. Me refiero al libro The Handbook of Fifth-Generation Warfare (5GW) editado por Daniel H. Abbott (tdxap) y en el que entre otros participaron Mark Safranski (Zenpundit) y David Axe (War is Boring)

Es decir, tenemos debate y reflexión para rato. Porque aunque la atención se haya puesto en Rusia, tenemos que pensar que Estados Unidos lleva tiempo empleando la triada drones/ciberguerra/fuerzas especiales en guerras no declaradas contra Irán y en las zonas tribales de Pakistán. En estos caso la tentación es despreciar cualquier intento de implantar un neologismo por considerarlo una forma de esnobismo intelectual o bien caer en el adanismo de creer que cada uno de estos fenómenos por separado es absolutamente novedosos. En cualquier caso habrá que acotar términos, ver qué aportan y estudiar qué nuevas formas tienen los Estados de recurrir a la violencia o implicarse en conflictos.

El delirante pensamiento militar contemporáneo venezolano

El 1 de julio de 2004 el entonces comandante en jefe del Ejército venezolano, el general Raúl Baduel, en un discurso con motivo del 183º aniversario de la Batalla de Carabobo, llamó a “interpretar las nuevas estrategias y tecnologías de la posguerra fría y las amenazas que se ciernen sobre nuestro país”, señalando esas amenazas en cuatro tipos:

a) una Guerra de Cuarta Generación, para desestabilizar al país, como paso previo a operaciones destinadas a destruir el Estado Nación

b) un golpe de Estado con acciones promovidas por organizaciones transnacionales

c) un conflicto regional, como extensión del conflicto de países vecinos bajo pretexto de contrarrestar a factores generadores de violencia”

d) una intervención militar “al estilo de las coaliciones que han intervenido en otras partes del mundo bajo el mandato de la OEA o de la ONU.

Para enfrentar a esas amenazas consieró necesario “romper el paradigma de lo estrictamente convencional de la guerra, porque el nuestro obedece a doctrinas foráneas adaptadas a lo que derivó de la Segunda Guerra Mundial”.

Posteriormente, Hugo Chávez en su alocución a las fuerzas armadas venezolanas con motivo de la Navidad de 2005 aludió a la necesidad de un “nuevo pensamiento militar venezolano que debe partir de nuestras raíces”.

La discreta elegancia de la era chavista en el ejército venezolano
La discreta elegancia de la era chavista en el ejército venezolano

El contexto de fondo era la idea de que Venezuela, con la invasión de Iraq reciente, se iba a enfrentar tarde o temprano a una invasión por su desafío al status quo en la región. Recordemos que en aquel entonces hasta el presidente Lula dijo que la ruptura de las reglas internacionales por parte de Estados Unidos le llevaba a considerar el desarrollo de armas nucleares.

El profesor Jorge Verstrynge, tras la publicación de su libro La guerra periférica y el Islam revolucionario. Orígenes, reglas y ética de la guerra asimétrica (El Viejo Topo, 2005) fue invitado a Venezuela a impartir seminarios. El libro tuvo una edición venezolana. Pero pronto quedó claro que Estados Unidos estaba demasiado ocupado con el Gran Oriente Medio y que el discurso venezolano de la amenaza exterior no dejaba de ser la agitación de un fantasma de cara a la política interna.

El 26 de septiembre de 2005 fue publicada en la Gaceta Oficial la “Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional” (LOFAN). En el artículo noveno, “Composición de la Fuerza”, se nombran los elementos que forman la Fuerza Armada Nacional y aparecen mencionadas como novedad la Reserva Nacional y la Guardia Territorial. Ambas no aparecían en el artículo 328 de la Constitución de 1999, donde sólo se mencionaban como integrantes de la Fuerza Armada Nacional a “la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional”. La novedad tenía un sentido claro. Entre las funciones de la “Reserva Nacional” se mencionaba la cooperación para el mantenimiento del orden interno” y entre las funciones de la Guardia Territorial y “la preparación y mantenimiento del pueblo organizado para operaciones de resistencia local, ante cualquier agresión interna y/o externa”. Evidentemente, la amenaza externa había sido usada para crear una fuerza militar paralela a las fuerzas armadas regulares, con un marcado carácter ideológico que sirviera para tareas de orden interno.

Milicianos venezolanos con fusiles Mosin Nagant de la Segunda Guerra Mundial
Milicianos venezolanos con fusiles Mosin Nagant de la Segunda Guerra Mundial.

Curiosamente, a pesar de la llamada al desarrollo de un pensamiento militar propio, el discurso en Venezuela hacía referencia siempre a ideas estadounidenses. Fuera por un lado las Guerras de Cuarta Generación de William S. Lind o el swarming de John Arquilla y David Ronfeldt. Pero mi impresión, leyendo y escuchando a autores o personalidades venezolanas, es que allí nunca nadie se molestó en leer a estos autores. Parecería todo el momento en que hablaban de oídas.

El desarrollo de un pensamiento militar venezolano me pareció un asunto interesante del que acumulé notas y bibliografía pero dejé aparcado. Estos días volvió a llamar mi atención escuchando el “Reporte Semanal con el profesor Briceño”. Reproducía imágenes de televisión donde Ángel Riera Navarro (que se define en Twitter como “Médico Psiquiatra Chavista, Patriota, y Bolivariano. Humanista y Existencialista”) llamaba la atención sobre los memes que circulan en Internet. Según él constituyen parte de una “guerra memética de Sexta Generación”. Los memes sobre Maduro son un arma contra la Revolución Bolivariana, nada menos. Y mientras Lind tenía dudas sobre los autores que hablaban de Guerras de 5ª Generación, sin haber entendido pasan directamente a la 6ª Generación. Es tan ridículo que merece la pena retomar la idea de escribir sobre ello.

Un general argentino sobre la transformación de la guerra

Uno de mis “descubrimientos” en Buenos Aires fue la revista DEF, con una mirada a los asuntos internacionales donde destaca la atención a temas cono la defensa o la energía. Ya me gustaría ver en el panorama editorial española una revista así. Pero el tradicional “ensimismamiento español” y lo que es peor, la mirada condescendiente del hidalgo venido a menos (“los chinos sólo saben copiar”, “turcos y brasileños son unos muertos de hambre”) lo dejan en el terreno de los sueños imposibles.

Def publicó recientemente una entrevista al general (ret.) Julio Hang, director del Instituto de Seguridad Internacional y Asuntos Estratégicos argentino y profesor visitante de la National Defense University estadounidense. Me ha parecido interesante los autores y conceptos que maneja: Guerras de 4ª Generación, Guerras Posmodernas, el general Ruper Smith y su libro The Utility of Force, Robert D. Kaplan y su libro The Revenge of Geography, la integración regional de Sudamérica, las líneas de comunicación marítimas, los intereses geopolíticos de Brasil en el Atlántico Sur, Alfred T. Mahan, Halford Mackinder, etc. Aunque alguna de sus apreciaciones sobre el valor de la geopolítica como disciplina y, por ejemplo, su análisis de China me hace pensar en la perspectiva clásica que declaré obsoleta y critiqué en mi segundo artículo para la Revista General de Marina. No obstante, me parece recomendable la lectura de la entrevista a un general que muestra bastantes lecturas. Mejor no hacer comparaciones con otras latitudes.

Dije hace poco que era el tiempo de volver a tratar las Guerras Posmodernas en este blog tras un período de demasiada atención a Asia/Pacífico y el Gran Oriente Medio. Buena parte de los debates en ambas regiones giran sobre las guerras convencionales, las guerras modernas que enfrentan a estados-nación embarcadas en carreras armamentísticas. Así que tras el fin de ciclo con la retirada estadounidense de Afganistán e Iraq escucharemos más hablar de las futuras guerras tecnológicas. Pero me temo que eso podría suponer para los Estados Unidos cometer el mismo error de los años 90: Despreciar la transformación de la guerra para abrazar las fantasías tecnológicas de una guerra industrial aséptica. Me temo que esa podría ser una tendencia a imitar en España. Así que sin duda habrá que reavivar el debate.

La guerra después de Afganistán e Iraq

Un vistazo a las estadísticas de conflictos armados durante la posguerra fría refleja el cada vez menor número de conflictos interestatales si dejamos fuera las acciones de Estados Unidos en las que arrastró a otros países aliados: La Invasión de Panamá (1989), la liberación de Kuwait (1991), la intervención en Kosovo (1999), la invasión de Afganistán (2001), la invasión de Iraq (2003)… Las acciones de Estados Unidos son un enorme outlier estadístico.

Ahora con Iraq apaciguado, la fecha de retirada de Afganistán fijada y la muerte de Osama Bin Laden se hace más fácil mirar más allá y que el mensaje sea recibido. Lo curioso es que con esa manía de anticipar el futuro como una proyección de la última guerra librada, el raid en Abottabad se ha convertido en el nuevo modelo a seguir, según Adam Elkus. La ironía es que la nueva visión coincide con lo que Donald Rumsfeld proponía en su momento y se dice que es esta su venganza. Demostrarse que tenía razón. Si tan solo fuera por su legado de cenizas en Iraq

La idea de fuerzas de operaciones especiales, poder aéreo, inteligencia en red y aliados locales no es algo que fuera difícil de imaginar leyendo lo que Robert D. Kaplan proponía allá por 1998 en “Inteligencia Especial” (en España apareció publicado en “La anarquía que viene”). Desde luego no es difícil de trasladar esa visión al Flanco Sur profundo.

Atrapados en Fulda

Como quise que en el libro de “Guerras Posmodernas” quedara claro que me distanciaba de las visiones tecnófilas de la transformación de la guerra, traté por el aire la Revolution in Military Affairs y ni siquiera abordé la Network Centric Warfare. No entré en las escuelas y corrientes de pensamiento sobre la guerra tecnológica porque el resultado era obvio. Ninguna en EE.UU. acertó a señalar el ascenso de los actores no estatales violentos. Los únicos autores que estaban sobre la pista acertada, gente como Arquilla, Ronfeldt y Lind, colaboraban con el establishment pero no tenían hilo directo con el Pentágono y Capitol Hill.

El asunto me siguió dando vueltas. ¿Por qué nadie vio venir las Guerras Posmodernas? En “Finding the Target” Frederick W. Kagan cuenta que tras la euforia de “Desert Storm” la realidad de Somalia, Chechenia, Ruanda y Bosnia se hizo evidente. La guerra convencional había pasado a la historia y era la hora de las “Military Operations Other Than War”. Pero según Kagan nadie hizo el análisis necesario porque reflexionar sobre las transformaciones sociales profundades detrás de la transformación de la guerra era entrar en el terreno de las ciencias sociales, un sembrado muy delicado en el que entrar para los militares. Cuenta Peter W. Singer en “Wired For War” que entonces llegó la burbuja de las .com y la solución milagrosa pasó por aplicar tecnología de la información a la guerra.

Pensé que el asunto ya estaba superado. Pero en Estados Unidos se piensa en pensar en el futuro más allá de Iraq y Afganistán. El nuevo concepto es “Full Spectrum Operations” y ya hay quien alerta de que vuelve la vieja obsesión por combatir a los soviéticos en la Brecha de Fulda.

La impotencia del Leviatán

En el segundo capítulo de “Guerras Posmodernas” hablo del fin del estado-nación como actor fundamental del panorama internacional. Y menciono el caso de cómo allá por septiembre de 1992 los movimientos del Quantum Fund de George Soros lograron que la libre esterlina abandonara el Sistema Monetario Europeo en lo que se conoce como “Miércoles Negro”. Hoy resulta irónico que hace un año para hablar del menguante concepto de soberanía en el plano económico recurriera a un ejemplo ajeno a España y de hace casi veinte años.

La aplicación del “corralito” en Argentina en diciembre de 2001 coincidió con el cuatrimestre en que cursé la asignatura de Historia Económica de las Relaciones Internacionales como Créditos de Libre Elección mientras estudiaba Sociología. Ninguno del resto de estudiantes, todos ellos de la carrera de Económicas, había oído hablar del índice “riesgo-país”, Moody’s y Standards & Poors. Preocupante saber que ninguno seguía las noticias internacionales y que jamás habían oído, llegado al cuarto año de estudios, hablar de las agencias calificadoras de deuda. Hoy sin embargo hasta los diarios gratuitos hablan de ellas para mencionar las rebajas de calificación de España.

Fernando A. Iglesias llamaba ayer la atención en su blog sobre el artículo “El Estado impotente”, publicado en El País. Le recupero la pista tras aquel libro que tanto me llamó la atención.

Merece recordar ahora también “Cansancio del Leviatán” de 2003 para entender cómo el cansancio se volvió impotencia.