Ayer miércoles día 11 de marzo fue otro aniversario de los mayores atentados terroristas de la historia de España. Como he contado innumerables veces, mi primer contacto profundo con las teorías de la conspiración sucedió después de aquellos atentados. Siempre me sorprendió la profunda deshonestidad intelectual de los personajes que lograron fama y notoriedad con las teorías conspirativas. Pero tratando con gente anónima en Internet que las defendía, yo creía que sólo era cuestión de aportar datos y razonamientos para que cayeran en la cuenta de su error. “Dato mata relato”. Estaba equivocado. Se trataba de un fenómeno que no funcionaba como yo creía, dentro del terreno de la racionalidad.
Había gente que había construido una identidad como James Bond anónimo y digital empeñado a salvar a la democracia española. “Cuando desfallezco pienso que algún día mis nietos se sentarán en mis rodillas y me pedirán de nuevo que les cuente cómo desmonté la teoría de la conspiración del 11-M” llegué a leer. Recuerdo también una conversación sobre la creación del equivalente a a las «herriko tabernas» para que los defensores de la conspiración pudieran hacer vida social. Cualquiera diría que en un mundo posmoderno profundamente individualista la gente buscaba pertenencia y lazos de solidaridad.

Descubrí que la gente no cree en teorías de la conspiración porque tenga algún interés en la verdad, sino por el efecto que eso le genera: sentirse importante, especial y parte de algo. Así que el esfuerzo por desmontar los errores, patrañas y ejercicios de deshonestidad intelectual resultó con el tiempo agotador porque era un trabajo infinito. Y llegué al agotamiento mental. Me desentendí de las teorías de la conspiración del 11-M, reducidas a un fenómeno folklórico marginal que, sin embargo, como fenómeno social no dejaba de ser fascinante.
Mi primer contacto con las teorías de la conspiración del 11-M fue el libro 11-M: la venganza de Casimiro García-Abadillo, entonces subdirector del diario madrileño El Mundo. Contaba el autor en aquel libro que a su redacción llegaron unas cartas anónimas de un personaje que parecía familiarizado con el mundo de los servicios de inteligencia y que contaba que desde la crisis del islote de Perejil (verano de 2002) en el CNI esperaban la “venganza del moro”. No recuerdo que el comunicante anónimo aportara dato relevante alguno, más allá de esa idea de venganza esperada. A partir de ahí todo se hizo más complejo.
Todas las teorías conspirativas del 11-M se han construido para justificar los errores de juicio del gobierno de José María Aznar. Así que la teoría principal era que el PSOE pactó con ETA para que esta última organizara un atentado terrorista que mandos policiales desleales pudieran convencer al Ministerio del Interior durante las primera 48 horas que se trataba de un atentado yihadista. El engaño dejaría en evidencia al gobierno del Partido Popular, que perdería las elecciones del 14 de marzo, dejando la puerta abierta a un gobierno del PSOE que recompensaría a ETA por los servicios prestados con la independencia del País Vasco.
El rechazo a las negociaciones con ETA se juntó con la conspiranoia del 11-M y el rechazo al llamado “matrimonio igualitario” para constituir un conjunto de agravios que unió durante un tiempo a la derecha española. Evidentemente la conspiranoia del 11-M tuvo utilidad política como munición para desgastar al gobierno del PSOE. El Partido Popular llegó a hacer preguntas parlamentarias al respecto, pero desde que pasó de la oposición al gobierno el asunto fue olvidado. Y yo también logré olvidar el asunto. Hasta que me lo encontré tiempo después completamente mutado.
La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016 coincidió con el auge de una nueva derecha, la “derecha alternativa” (alt-right). Su agenda política estaba más centrada en temas culturales que la derecha neoliberal heredera de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que había tenido por bandera asuntos como la privatización de los servicios públicos, el desmantelamiento del Estado del Bienestar y la promoción de la globalización económica. Y así, en ese magma de memes y provocaciones habitual de la alt-right [véase Kill All The Normies de Angela Nagle], me encontré una nueva teoría de la conspiración del 11-M: los atentados habían sido organizados por las fuerzas globalistas, que representaban personajes como George Soros.
El objetivo había sido el mismo: colocar en el poder al socialista Rodríguez Zapatero para que convirtiera a España en un laboratorio de la agenda woke con la ley contra violencia de género (diciembre de 2004) y la ley de matrimonio igualitario (julio de 2005).
La primera invasión rusa de Ucrania en 2014 añadió al panorama a agentes de desinformación rusos que habían recibido la directriz de Moscú de echarle la culpa de todo lo que pasaba en el mundo a la OTAN. La crisis de Cataluña de 2017 fue caracterizada como una “Revolución de Colores” organizada secretamente por la OTAN y/o George Soros. Pero también el 11-M, que retroactivamente pasó a ser un atentado organizado por la OTAN. Los argumentos eran tan contundentes como relacionar que las bombas fueron colocadas en trenes de Cercanías en el Corredor del Henares y la existencia de un centro de control aéreo OTAN en la base de Torrejón de Ardoz.
La última pirueta mental de los conspiranoicos españoles ha seguido la agenda informativa. El antisemitismo, que encontró una excusa en las masacres del 7 de octubre de 2023 para salir del armario, ha encontrado el eslabón perdido de los atentados del 11-M: Israel. Los argumentos, como es normal habitual, son contundentes: hay empresas de seguridad de Israel, potencia en el ramo, que han vendido productos como cámaras de seguridad a RENFE y ADIF. O que el gobierno español de entonces rechazó el ofrecimiento israelí de aportar médicos forenses especializados en estudiar víctimas de atentados con bomba.
La firma en 2020 por Marruecos e Israel de los Acuerdos de Abraham se convirtió en la prueba irrefutable de que allá por 2004 los servicios de inteligencia de Marruecos y Israel trabajaron juntos en la organización de los atentados, donde alguno insiste también tuvo algo que ver Francia, la OTAN y George Soros. 22 años después, vemos que cada década es maldecida con su propia teoría de la conspiración sobre el 11-M.


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