La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (1ª parte)

Durante meses fue uno más de los candidatos extravagantes que suele presentar el partido republicano en sus primarias, en respuesta a lo fragmentadas e inquietas que son las bases y el electorado del Viejo Gran Partido. Pero conforme se vio que sus malos modales, su dialéctica incendiaria, su indisimulada intención de ser políticamente incorrecto le permitían ir desbancando a buena parte de los candidatos más presidenciables, los medios y analistas se centraron menos en el personaje y más en sus deslavazadas medidas populistas.

El grueso del voto que ha alzado a Trump a la presidencia se corresponde con buena parte de la antigua clase media blanca devenida en baja por mor de la crisis, a la que se le suma la clase media-baja de ciudades industriales que poco a poco han ido perdiendo su empleo como consecuencia del nuevo rol de EE.UU. en el reparto internacional del trabajo. Pero al mismo tiempo, esa victoria es suya y no de Bernie Sanders porque ha recibido el apoyo o la aquiescencia de los propietarios de esas grandes corporaciones industriales venidas a menos. Por eso y por el discurso xenófobo, inasumible en público para el ala progresista del partido demócrata, pero que en la intimidad del voto es posible que se hay manifestado en cierta medida.

Es por ello que sus grandes líneas en política interna han consistido en repetir toda una serie de mantras populistas que parecen dar gusto a todos los sectores de su electorado y del de enfrente, por más que, si se analizan en profundidad, acaban siendo incluso incompatibles. Se ha hablado de barreras físicas y legales a la inmigración, de multas y aranceles a las empresas que deslocalicen producción, de grandes ventajas fiscales a las clases medias y altas, de eliminación de regulaciones y apoyos fiscales a los grandes productores de empleo…

INVIABILIDAD ECONÓMICA VS. CONVENIENCIA POLÍTICA DEL POPULISMO.

La segunda mitad del siglo XX fue la de la hegemonía intelectual y material del keynesianismo. En los países más avanzados, todavía demográficamente dinámicos, las implementaciones industriales de los avances técnicos de la II Guerra Mundial permitieron lo que se vino en llamar “la dinámica de acumulación de capital de posguerra”, una era de enormes avances en la productividad industrial que permitió alcanzar los estándares del Gran Sueño Americano en EE.UU. y que sirvió para financiar el Estado del Bienestar en una Europa donde el ficticio ejemplo del modelo socialista soviético suponía una posible fuente de disturbio social.

El gran peso de las economías occidentales permitió una irradiación de estas ventajas adquiridas hacia otros países de su mismo circuito comercial, principalmente Extremo Oriente e Iberoamérica. En aquellos donde prevaleció la buena gobernanza, el institucionalismo de las élites y una tradicional ética del trabajo, el progreso fue asombroso, incluso superando a la fuente original. Japón, Corea del Sur o Taiwan se convirtieron en potencias industriales de primer orden.

Pero en el centro y sur del continente americano, donde la revolución es un elemento habitual del paisaje político, las élites a veces civiles y a veces militares, optaron por el Populismo. Por un lado se mantenía una economía de mercado, afecta a los intereses del gran capital extranjero. Por otra se aplicaban en el interior las grandes recetas de gasto público y expansión monetaria del keynesianismo que daba su sitio y desactivaba a las fuerzas vivas del socialismo revolucionario. En el corto plazo solía funcionar, con grandes avances económicos y una sensible mejora del bienestar social. Pero en el medio y largo plazo el diferencial de productividad con los países más avanzados generaba una pérdida de equilibrio que se traducía en altos déficits para sostener el gasto público, imprimación de moneda para afrontar los pagos internos, y suscripción de deuda para asumir los pagos externos. Invariablemente, y ello lo hemos visto repetido docenas de veces e incluso más de una vez en algunos países, ello conllevaba a una situación de quiebra general, con unas clases empobrecidas por una hiperinflación galopante y una salida de capitales hacia destinos más estables. ¿Es ese el destino que espera a EE.UU. si se cumplen las promesas de Trump?

Las limitaciones a la inmigración ilegal, precisamente la más rentable por cuanto asume tareas de producción marginales sin provocar grandes contraprestaciones sociales, debería conducir a una pérdida de competitividad relativa, bien por la pérdida de esa producción marginal barata, bien por la asunción de esta por parte de trabajadores legales, cuya mano de obra es siempre más cara. Los aranceles a las empresas que producen en China o México, conllevarán un aumento del coste medio de sus productos que le supondrán igualmente una pérdida de competitividad exterior sensible. Ambas medidas podrían precisamente acelerar la desindustrialización norteamericana, justo el mal que se pretende atajar.

Los niveles de deuda de EE.UU. son así mismo demasiado elevados como para que sea asumible una rebaja fiscal a grandes empresas, la medida con la que Trump pretende que se repatríe producción sin que se incrementen costes. Está bien estudiado que cuando disminuye la presión fiscal aumentan la demanda interna privada y la inversión en capital y ambos fenómenos conducen al crecimiento económico y la creación de empleo, que a su vez puede permitir en el largo plazo recuperar o incluso superar los ingresos fiscales perdidos. Pero ello sólo es posible si el estado a su vez disminuye de manera drástica sus gastos, de modo que el gap de deuda que se va a generar en el corto plazo no sea visto por los inversores más que como un efecto transitorio. Si ello no es así, se alcanzará crecimiento y generación de empleo, pero nunca se recuperaran los ingresos fiscales perdidos y el peso de la deuda obligará a subidas de impuestos que pueden engullir lo ganado e incluso producir pérdidas netas.

Y es que se da la circunstancia de que paralelamente a estos anuncios de sustanciosas rebajas fiscales Trump ha anunciado grandes proyectos de gasto público como su famoso muro en la frontera de México o el reforzamiento del gasto militar. Tal es la confianza de que ello suceda que las grandes empresas del Dow Jones, expectantes por la aplicación de esa política expansiva de gasto público, han subido su cotización hasta niveles record.

Si Estados Unidos fuese un país como otro cualquiera podríamos asumir desde el principio que lo que pretende Trump es provocar ese efecto positivo en el corto plazo que le garantice la reelección y ya luego Dios dirá. Pero ni a nivel interno, por el juego de contrapesos de la democracia más veterana, ni a nivel externo, por la capacidad que como primera potencia geopolítica tiene de alterar el entorno, Estados Unidos es un país como otro cualquiera.

Precisamente la política exterior ha sido uno de los campos donde la dialéctica trumpiana ha sido más activa y sugerente, tan contradictoria en ocasiones como su agenda nacional, pero donde es posible que residan las soluciones parciales o totales a las contradicciones de su discurso interno.

[Continuará]

Tiempo de cambio de alineación en Sudamérica

Dos elecciones en Sudamérica podrían cambiar el terreno geopolítico allí. Primero, las elecciones presidenciales en Argentina. Luego, las parlamentarias en Venezuela. La lectura desde España es que regresa la pérfida derecha neoliberal. Pero lo que tenemos es que han ganado coaliciones transversales que aglutinan a buena parte de la oposición en los dos países con la peor situación macroeconómica del subcontinente. La gente ha votado en contra del partido gobernante por descontento, no por un nuevo alineamiento ideológico. Advierte Jorge Galindo en Politikon, que el voto en Venezuela no es una enmienda a la Revolución Bolivariana. Tanto en Argentina como en Venezuela se escuchaba eso de “el bueno era Chávez/Néstor, pero luego llego Maduro/Cristina…”.

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Es pronto para saber el alcance del cambio político. En Argentina, el nuevo presidente se encontrará un poder legislativo hostil y en Venezuela los nuevos parlamentarios se encontrarán un poder ejecutivo hostil. Sabemos que el nuevo presidente argentino pidió derogar el memorando de entendimiento con Irán y pidió sanciones para Venezuela. Habrá que estar atento al cambio de alineación de Argentina y la evolución de Venezuela.

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Workflow de una crisis económica de mierda

En 2004 Alfredo de Hoces escribió “Workflow de una tormenta de mierda”, que acontecimientos recientes como el pufo de Gowex demuestran que es un auténtico clásico. Sirva de homenaje a su genialidad el haber parafraseado el título.

Todo empieza con la llegado al poder en algún país hispanoamericano del Frente Unido Chavista-Kirchnerista (FUCK) con una lista de promesas electorales más larga que mi wishlist en Amazon con la que se pretende solucionar de una vez por todas los problemas de pobreza, marginación y desigualdad en el país. El objetivo es loable. Y el desafío es grande.

Evidentemente para repartir y gastar más hace falta tener más ingresos. Un gobierno que aspire a eso puede contar con inesperados recursos naturales y decidir administrarlos prudentemente, como es el caso de Noruega (“el único socialismo del siglo XXI” según Juan Pablo de Santis). O un gobierno puede tratar de aumentar la riqueza en el país para que al ser la tarta más grande haya más para repartir, como es el caso de Uruguay, que aspira a convertirse en un gran nodo comercial del Cono Sur con su Puerto de Aguas Profundas.

Pero imaginemos que el FUCK llama como asesores económicos a los cantantes Andy y Lucas. Este último, reunido en el despacho con el presidente del gobierno dice la magistral frase: “¿Qué pasa, que no puede fabricar el país más dinero o cómo va esto?”. Así que se le dan instrucciones al Banco Central para que le dé a la máquina de imprimir dinero. Pero no hablamos de “Helicóptero Bernake”. Hablamos de fabricar billetes y monedas como japoneses haciendo huelga. Ahí está el caso de Venezuela. Según datos del propio Banco Central de Venezuela el dinero en circulación pasó de sumar en 2010 un total de 31.471.573,4 (x1000) Bolívares Fuertes a sumar 139.480.479,5 (x1000) Bolívares Fuertes. En 48 meses el dinero en circulación aumentó 4,43 veces. No encuentro datos, pero apostaría algo que en esos 48 meses la riqueza del país en su conjunto no aumentó cuatro veces.

Yo recuerdo ver billetes antiguos que decían “El Banco de España pagará al portador 100 pesetas”. Me gustaba aquella frase porque daba la sensación de que tener un billete era tener en la mano un vale canejable por un trocito de la riqueza nacional. El problema surge cuando aumenta la masa monetaria sin que lo haya hecho proporcionalmente la riqueza nacional. La fracción de riqueza nacional a la que corresponde cada billete es mucho menor. Es como tener un papel que te da derecho a una porción de pizza. Si alguien se dedica a repartir papelitos y la pizza sigue siendo la misma, al final para saciar el hambre vas a tener que reunir muchos más papelitos para obtener la misma cantidad de pizza que al principio. Esto es, el valor real de cada papelito disminuye. Cuando hablamos de billetes y monedas la pérdida de valor del dinero se llama inflación.

Así que el gobierno del FUCK le da órdenes al Banco Central para que imprima más billetes con los que cubrir todos los programas sociales prometidos y se encuentra por sopresa con la inflación. ¡Hay que buscar culpables! Y rápidamente son hallados. La culpa de que suban los precios es de los malvados comerciantes, viles capitalistas, que se quieren enriquecer desmedidamente. Al fin y al cabo, ellos son los responsables últimos de poner la etiqueta con el Precio de Venta al Público a los productos.

Al FUCK se le presentan varias alternativas. Por un lado podría distribuir productos a “precios populares”. Pero tarde o temprano los responsables encontrarán que es imposible mantener los precios fijos. Hay que pagar conceptos como los salarios a las personas implicadas en la distribución y hay que pagar el transporte. Así que la solución última sería obligar a las tiendas a vender por debajo del coste y que el gobierno asuma la pérdida mediante una subvención. Una nueva suma de gastos a las arcas públicas.

Otra alternativa es establecer por ley precios máximos para los productos de primera necesidad y obligar a los comerciantes a mantener mes tras mes el precio final a pesar de la inflación. Llegará el momento en que como en la opción anterior, los comerciantes se vean obligados a vender a pérdida. El resultado es que muchos cerrarán el negocio o decidirán no comercializar ciertos productos, con lo que empezarán a escasear determinados bienes. Los ciudadanos del país empiezan a acostumbrarse a tener que dar grandes paseos por la ciudad para llenar la cesta de la compra.

Con la inflación disparada, las clases medias y altas, que son las que se pueden permitir el lujo de ahorrar, tratan de protegerse de la inflación cambiando sus billetes en moneda local por una divisa refugio, que en el caso de Hispanoamérica suele ser el dólar. Las empresas extranjeras que han invertido en el país tratarán igualmente de deshacerse tan pronto puedan de la moneda local. Así que la suma de tantas operaciones de venta de moneda local para comprar dólares lleva a que se deprecie en los mercados internacionales. De pronto, para comprar un dólar hay que reunir más dinero en moneda local. Y eso significa que todo lo que viene de fuera del país, desde petróleo a los iPads es ahora más caro. Más leña en la hoguera de la inflación.

El gobierno del FUCK se encuentra de pronto con que el petróleo que mueve a las hormigoneras con las que construir viviendas sociales, los ordenadores con los que dotar a los centros educativos y el material quirúrgico que requieren los hospitales cuesta, mes a mes, más caro de importar. Así que hay volver a buscar culpables. Y no es difícil encontrarlos. Son los malvados especuladores que tratan de enriquecerse ilícitamente con operaciones de divisas. La solución es fácil. Controlar el cambio. Ahora, para comprar dólares habrá que rellenar formularios explicando en qué se van a utilizar y esperar que el funcionario de turno autorice la operación. El gobierno del FUCK, además, no dejará un asunto tan estratégico como el cambio frente al dolar en manos de los mercados internacionales. Así que crea una tasa oficial para el dólar.

Con la compra de dólares limitada y una tasa oficial establecida arbitrariamente, es inevitable que se cree un mercado paralelo. Siempre habrá alguien dispuesto a hacer el sacrificio de pagar más por cada dolar, con tal de poder comprarlos. Los turistas que llegan al país se encuentran en el aeropuertos y en los hoteles con personas que les ofrecen comprar sus dólares. Se llega a tal grado de normalización, que las tasas no oficiales aparecen en Internet.

Las regulaciones para comprar dólares obliga a los comeciantes a demorar enormemente el proceso de importación de mercancía, generando problemas de desabastecimiento. La solución rápida es comprar dólares en el mercado negro a un precio más caro y vender los productos más caros. Al gobierno del FUCK eso no le hace gracia y obliga a los comerciantes a vender la mercancía que compró con dólares caros del mercado negro a un precio equivalente a la tasa de cambio oficial y ficitica que es mucho más baja. El resultado es que de pronto televisores LCD y iPads salen al mercado a precios de risa. Las colas delante de los comercios son enormes y cuando abren las puertas, la mercancía vuela. Si se trata de productos de primera necesidad, la gente los compra masivamente para guardar.

Definitivamente el truco de imprimir más billetes no funciona fuera del país. Hay que tener dólares contantes y sonantes. Con la inflación desbocada y las restricciones cambiarias, el país gobernado por el FUCK no parece un destino muy atractivo para los inversores internacionales. El país necesita divisas y no le queda más remedio que pedir un préstamo o emitir deuda pública. Como nadie se fía y el riesgo es alto, los tipos de interés que tiene que pagar son elevados. En algunos casos, se piden garantías como que los conflictos jurídicos sean resueltos en un tercer país. Así el gobierno chino concedió hace poco créditos comerciales a empresas para que inviertan en Argentina cuyo gobierno aceptó resolver los conflictos en los tribunales de París.

Precios desbocados, tiendas desabastecidas, funcionarios en huelga pidiendo aumentos salariales, personas capacitadas que emigran, empresas extranjeras que se marchan. Tarde o temprano el gobierno se ve incapaz de seguir subvencionando de la misma manera los productos básicos. Sube la cesta básica, la energía, el transporte… Pero no se preocupen. Enseguida el FUCK halla el culpable. Son los malvados agentes capitalistas internacionales que están socavando la economía del país. El gobierno emplea la Ley Antiterrorista contra empresas por “alteración al orden económico y financiero”.

Algún día todo estalla. El gobierno no puede seguir gastando dinero del presupuesto en mantener el precio del pan y la gasolina bajo control. Deja de subvencionar los productos básicos, haciendo abrirse bajos los pies de una gran franja de población el abismo de la pobreza que ya no llega a fin de mes. Deja flotar la moneda en los mercados internacionales de divisas, donde lo único que hace es hundirse llevándose por delante el valor de los ahorros en moneda nacional. El precio de las importaciones sube alejando el efímero sueño del consumo de los que soñaban ser clase media. No hay reservas para devolver los préstamos y pagar los intereses a los que invertieron en deuda pública. Se declara la suspensión de pagos (“default”).

Años después, llegará al poder un partido prometiendo solucionar de una vez por todas los problemas de pobreza, marginación y desigualdad en el país…

La conexión euroasiática

Ayer martes 16 de septiembre, tanto el parlamento ucraniano (rada suprema) como el Parlamento Europeo firmaron un acuerdo de asociación. La dimensión económica del acuerdo se ha dejado pendiente para 2016. Recordemos que la oposición rusa a tal acuerdo llevó al Kremlin a lanzar el año pasado una guerra económica contra Ucrania, como magnificamente explicó Andres Rodríguez en su blog “Ciencia y cosas”. El presidente ucraniano se vio empujado a reconsiderar la decisión y el rechazo de una parte de la ciudadanía ucraniana a su marcha atrás generó una importante movilización popular. El resto, ya saben ustedes, es historia.

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“Paris-Berlin-Moscou-Pékin : vers l’alliance continentale?”, artículo en el primer número de la revista francesa Voltaire, vinculada con el régimen sirio, el Frente Nacional y la Nouvelle Droite francesa.

En el Parlamento Europeo, 535 eurodiputados sobre 697 votaron a favor. “Oritxupolite” tuvo el detalle de llamar mi atención sobre el listado con el sentido del voto. En el apartado de votos en contra encontré una combinación jocosamente previsible: Los partidos de la eurodiputada Le Pen, el eurodiputado Iglesias, el eurodiputado Papadakis (Partido Comunista de Grecia) y el eurodiputado Epitideios (Asociación Popular – Amanecer Dorado) votaron lo mismo. Lástima no haber apostado con alguien cuando vaticiné que veríamos a Le Pen e Iglesias votando a menudo en el Parlamento Europeo lo mismo, porque hoy habría bebido unas cuantas cervezas gratis.

Cuando el otro día hice mi primera aproximación a la Nueva Guerra Fría, afirmé que el eje tradicional izquierda-derecha no nos sirve para ubicar la posición de gobiernos y fuerzas políticas en este nuevo conflicto global. Uno de los bandos se caracteriza por gobiernos autoritarios con retórica nacionalista-populista que mantienen un fuerte culto al líder. Y esas características las encontramos en gobiernos “socialistas” como los de Siria y Venezuela, en gobiernos de “centroizquierda” como el de Argentina, “centro” (sic) como el de Rusia y “conservadores” como Irán en tiempos de Ahmadineyad. Las simpatías y vínculos tanto personales como intelectuales del núcleo duro del partido Podemos (recordemos, por ejemplo, las repetidas referencias de Pablo Iglesias a Ernesto Laclau) hacía fácil anticipar su posicionamiento en el conflicto de Occidente con Rusia y sus aliados. Está de más recordar en qué canal se emite el programa “Fort Apache” y la función con la que nació (This new Spanish network will have a major role in reflecting the ideological legitimacy of our system to the world”).

41yNqnIPRvLEl euroasianismo renació como ideología en Rusia en el vacío político producido por la disolución de la Unión Soviética. En aquellos días, el belga Jean-François Thiriart visitó Moscú, donde conoció a Alexander Dugin. Thiriart era el autor de la idea de una Europa que rompiera vínculos con Estados Unidos para unirse de “Dublin a Vladivostok”. En los últimos años de su vida había ido evolucionando hacia posiciones cercanas al naciente nacional-bolchevismo ruso. Mientras tanto, en España, se publicaba en 1992 El Sueño Eurosiberiano de Jorge Vestrynge, que retomaba el sueño de De Gaulle de “una Europa entera con Rusia”. Vestrynge, por lo general un personaje bastante incomprendido aunque se haya explicado de forma meridiana en su obra (Memorias de un maldito, Rebeldes, revolucionarios y refractarios), pasó de ser dirigente en Alianza Popular a militar en el Partido Socialista Obrero Español precisamente por su incapacidad de encajar en los partidos tradicionales. Sus posturas estaban cercanas a quienes derivaron del gaullismo al nacionalismo económico (bolchevique-bonapartistas). De ahí que Vestrynge encontrara encaje en la Venezuela chavista y finalmente entrara en Podemos, para escándalo de quienes no han leído a Vestrynge y/o no han entendido la verdadera naturaleza de Podemos.

El virus populista

Prepárense. En los próximos meses vamos a escuchar mucho en el debate político la expresión “al servicio del Pueblo” acompañada de “lo verdaderamente democrático”. Primero le tocó a los medios de comunicación. Veremos por dónde sigue. Yo reparé en junio en un artículo de Juan Torres López, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla titulado “¿Para qué sirve el ejército español?”.

La respuesta es fácil para quien no haya permanecido en suspensión criogénica los últimos 25 años. La primera función de las fuerzas armadas españolas es proporcionar una capacidad disuasiva frente a terceros. Por capacidad disuasiva entendemos que las probabilidades de éxito en un conflicto armado sean tan bajas o la victoria sea tan costosa que el potencial agresor descarte el uso de la fuerza en sus relaciones con España.

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AMX-30 de la compañía legionaria “Bakali” en el Sáhara Occidental

Los documentos oficiales no lo dicen. Pero todos sabemos que el enemigo genérico Tipo B que se define en la OR7-027 introducida en 2007 es Marruecos, país que reclama la soberanía de Ceuta y Melilla. Basta recordar que los tanteos de las fuerzas armadas reales marroquíes en el Sáhara Occidental se saldaron en fracasos como el de Mahbes, lo que llevó a organizar la Marcha Verde. Como ya conté aquí una vez, Marruecos tiene una larga historia de usos de estrategias asimétricas y no convencionales para enfrentarse a España desde su inferioridad militar. Curiosamente, siempre le fue mejor con esas otras estrategias que con el uso de la fuerza, como en Mahbes o en Perejil.

La segunda función de las fuerzas armadas españolas es ser una herramienta de la política exterior del país. Por ejemplo, contribuyendo a la estabilidad de regiones que España considere estratégicas. En el momento actual, la mayoría de las misiones internacionales españoles se desarrollan en África. Como ya apunté en el lejano mes de marzo de 2005, en un mundo globalizado África Occidental es una región cuyos problemas tienen la capacidad de afectar a España. De ahí que las fuerza armadas españolas participe junto con países aliados en la reconstrucción del ejército de Mali y en la preparación de las armadas de la región en misiones de seguridad marítima.

Btz3027CIAAuW1JEl dilema surge porque los medios, capacidades y doctrina para ambos tipos de misiones son diametralmente diferentes. Y en los últimos años, al tratarse de las misiones del día a día y por los enormes recortes presupuestarios, se ha ido dando prioridad a tener unas fuerzas armadas preparadas para misiones de estabilización mientras se descuidaban las capacidades convencionales. Mientras, los dos países del Magreb más cercanos a España vivían su particular carrera armamentística que avanzaba en el cierre de la brecha tecnológica entre España y ellos. Pero eso es un asunto para tratar otro día.

¿Qué nos cuenta Juan Torres López? Nos recuerda la Constitución y su 8.1, que dice eso de que las Fuerzas Armadas “tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Según él “eso no se cumple” porque “España no es una nación soberana”, debido a que “las decisiones que se toman sobre las vidas y el patrimonio de sus ciudadanos se toman lejos de aquí y los españoles no podemos decidir acerca de lo que creemos que nos conviene o no”. Empezamos bien. Si hablamos de las decisiones que la Unión Europea toma en Bruselas, la canciller Angela Merkel en Berlín o la acción colectiva de millones de agentes en los mercados, no entiendo qué pintan ahí los carros de combate y las fragatas. Bueno, al menos Juan Torres López reconoce que en esos temas, “las Fuerzas Armadas no pueden hacer nada para que no sea así”. Me quedo más tranquilo. Por un momento pensé que iba a recomendar enviar tropas a Bruselas o Wall Street.

Seguimos. España “no tiene autonomía para decidir sobre su futuro y porque los gobiernos elegidos por la voluntad popular están condenados de antemano a seguir los dictados de otras potencias extranjeras o incluso de grupos de presión nacionales que actúan por detrás de las instituciones para salvaguardar sus intereses”. Aquí vuelve a la carga. Sí, tenemos Washington, Berlín y Bruselas dando órdenes al gobierno de España. Pero si de lo que hablamos es de la acción de las fuerzas armadas españolas puedan tener claro que ningún soldado español participará en una guerra por algún país perdido por órdenes de Estados Unidos, la OTAN o la Unión Europea.

A la hora de aportar tropas en misiones internacionales cada país es muy libre de escurrir el bulto. En eso España es campeona olímpica. Ahí está el ejemplo del apoyo político del gobierno de José María Aznar a la invasión estadounidense de Iraq en 2003. Se vio acompañada de la espectacular cifra de CERO tropas aportada por España. Casimiro García Abadillo, el actual director del diario madrileño El Mundo, dijo en 2004 en su libro 11-M La venganza que España que España había perdido entonces los complejos heredados con el desastre de 1898 y que por fin recuperaba su visión imperial del mundo. Resulta que España fue el país de Europa con un mayor rechazo a la invasión de Iraq. Las encuestas reflejaban que la suma del “algo” y “bastante” en contra superaban el 90%. El gobierno español no se atrevió a hacer tangible su apoyo político a la invasión ni siquiera con una aportación militar simbólica, como fue el caso de Polonia y los 80 miembros de la unidad de operaciones especiales “GROM”.

Soldados polacos de la unidad de operaciones especiales "GROM" en el puerto de Um Qasr durante la invasión de Iraq (2003)
Soldados polacos de la unidad de operaciones especiales “GROM” en el puerto de Um Qasr durante la invasión de Iraq (2003)

Tanto en los Balcanes (1996 y 1999) como en Libia (2011), España mandó un puñado de F-18, mientras otros países más pequeños aportaron militarmente mucho más. En Afganistán, España se encargó de una provincia relativamente tranquila y se tomó la decisión política de no enfrentarse a los talibán, al contrario de países como Australia o Canadá. Recuerden a aquel militar español diciendo en televisión que los talibán no eran el enemigo. En definitiva. España ha sufrido y sufrirá imposiciones externas, como la ley Sinde-Biden o la reforma exprés de la Constitución. Pero en materia de defensa, las fuerzas armadas han hecho siempre lo que el gobierno de turno ha querido con el oído atento a la opinión pública. Así se explica que se enviara a la Armada a Indonesia tras el tsunami de 2004.

Entonces nos vamos llegando al meollo del asunto. Dice el profesor Torres López que la integridad territorial de España está en peligro por “las reclamaciones independentistas, […], las desigualdades, por la desindustrialización, por la desertización de nuestra agricultura y por la destrucción del medio ambiente”. Y no sólo eso, el ordenamiento constitucional “ha sido pisoteado […] impidiendo que los españoles disfruten los derechos allí establecidos o sometiendo su desarrollo o salvaguarda a los dictados de uno u otro partido político”. En el primer caso se trata de usar el concepto “integridad territorial” en un sentido muy amplio que incluye fenómenos naturales. En el segundo caso hablamos ya de cuestiones políticas y sociales. ¿Cumple alguna función en todo ello las fuerzas armadas? Trabajo, educación, sanidad, vivienda, reforestación, contaminación, etc. ¿Son asuntos en los que tendrían que intervenir las fuerzas armadas? Si se piensa así, vamos hacia un modelo en el que las fuerzas armadas se emplean como mano de obra barata para construir viviendas, trazar carreteras, recoger basura y reforestar los montes. Algo que pudiera tener sentido en países en desarrollo y con ejércitos de leva. Pero poner a un militar, en el que el Estado se ha gastado dinero en formar como paracaidista u operador de un sistema de misil es un desperdicio.

Efectivos de la Unidad Militar de Emergencia apagando un incendio en Zuera Foto: mde.es
Efectivos de la Unidad Militar de Emergencia apagando un incendio en Zuera Foto: mde.es

El profesor Torres López termina esta parte de su exposición con que el país sufre agresiones “económicas y financieras ante las que poco o nada pueden hacer los ejércitos convencionales”. Es decir, vuelve a presentar toda una serie de enunciados sobre cómo se vulnera la soberanía esañola para concluir con que las fuerzas armadas no tienen nada que ver con el asunto del que habla.

Cuando por fin entra en materia dice que las fuerzas armadas españolas se han convertido en “una pieza más del entramado militar en el que se basa el poder imperial de Estados Unidos, es decir, en siervas de una potencia extranjera”. Aquí patina bastante. Porque en 2014 España tiene sus fuerzas desplegadas por África y el Gran Oriente Medio bajo bandera de la ONU y la Unión Europea en lugares como Mali, República Centroafricana, Líbano y las costas de Somalia. Afganistán e Iraq son dos lugares donde España desplegó fuerzas tras la invasión estadounidense. Son precisamente sitios donde España se comprometió poco y donde se marchó o está en trámite de hacerlo. Hablar de España como sierva del “imperialismo yanki” en asuntos militares en 2014 es hablar de oídas y con diez años de retraso. Es más, como ya comenté, en el momento en que España pudo hacer una contribución significativa no lo hizo por la presión de la opinión pública.

Torres López se refiere a las fuerzas armadas como “un simple negocio más del que se benefician precisamente las grandes empresas y los bancos que han acabado con la soberanía nacional y con nuestra independencia”.  El lío aumenta a cada párrafo. Se refiere a que las fuerzas armadas realizan grandes compras de armamento. Es cierto. Los carros de combate, aviones, misiles y radares se compran a grandes empresas. Es lógico porque no son productos que comercialicen PYMES. Pero es es igual que culpar al Ministerio de Fomento de sólo dar negocio con sus contratos públicos de autopistas, puertos y aeropuertos a grandes empresas. El problema tanto en Defensa como en Fomento no es que se hagan grandes contratos. El problema es qué se compra y a quién con qué criterio. Pero eso es entrar en asunto técnicos que Torres López desconoce por completo.

Y sigue. Dice que las fuerzas armadas españolas no sólo convierten a España en vasalla de Estados Unidos, sino que “han pasado a ser un apéndice de la gran industria militar mundial”.  De nuevo, habla de oídas. El verdadero problema de España es que quiso contribuir a la creación de una gran industria militar europea, autónoma de Estados Unidos, convirtiéndose en cliente de productos que han terminado por ser mucho más caros y con menos prestaciones que el papel. Hablamos del cazabombardero Eurofighter, del avión de transporte estratégico A-400M, del helicóptero de ataque Tigre y del helicóptero de transporte NH90.

El asunto tiene ramificaciones como la creación de una factoría de Eurocopter en Albacete, cuna del ministro José Bono, por la que España paga un sobreprecio en los helicópteros que compra. Paradójicamente la alternativa menos onerosa para los contribuyentes españoles hubiera sido acudir a la industria de defensa estadounidense. Si España hubiera comprado helicópteros AH-64 Apache, tal como pidieron los militares en su evaluación técnica, se habrían tenido en servicio mucho antes y con plenas capacidades. Habrían estado listos para intervenir en Afganistán y realizar misiones de apoyo a las tropas allí desplegadas.

Es más, la idea de que las fuerzas armadas españolas “han pasado a ser un apéndice de la gran industria militar mundial” da a entender que el Ministerio de Defensa se comporta como un niño rico que compra de todo por capricho. Cuando la cruda realidad es que desde el fin de la Guerra Fría primero y luego tras el fin del Servicio Militar Obligatorio se han hecho sucesivos planes de recorte donde a los militares se les prometió unas fuerzas armadas “más pequeñas pero más capaces”. Los recortes han afectado a tierra, mar y aire. Han sido especialmente duros tras el comienzo de la crisis. Y eso ha llevado a los sucesivos gobiernos a usar triquiñuelas como el financiar programas militares con créditos del Ministerio de Industria. Ese ese el origen de la dichosa deuda. España es el tercer país que menos gasta en defensa en relación a su PIB dentro de la OTAN, sólo superada por Luxemburgo y Lituania. Pero tras los sucesos de Ucrania, Lituania ha decidido gastar más.

Seguimos con la industria de defensa, que según el profesor Torres López se dedica a “a desarrollar o producir tecnologías para guerras que los propios industriales van promoviendo con el único fin de justificar y rentabilizar sus inversiones, o fabricando armas para vender al mejor postor, aunque eso se haga a dictaduras que aniquilan los derechos humanos de la manera más vergonzosa e inhumana”. Merece la pena detenerse en esto, aunque no trate de España. Es muy socorrido hablar de que la industria de defensa se beneficia de las muchas guerras que hay en el mundo. Pero si uno repasa cifras de negocio y destino de los contratos, encontrará que los contratos más jugosos los firman países como Australia, India, Singapur, Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán, etc. Se trata de la venta de aviones de combate, sistemas de radar, fragatas, etc. en contratos multimillonarios y que probablemente nunca se lleguen a usar. Mientras tanto, la gente mata y muere en conflictos olvidados en lugares como Sudán del Sur o República Democrática del Congo con balas fabricadas en China, Bielorrusia, Corea del Norte e Irán. Pero de ese tráfico de armas, nadie habla. (Véase este informe sobre las balas iraníes que han aparecido en África).

Regresamos al hilo principal del artículo, donde tras hacer este diagnóstico de que las fuerzas armadas españoles sirven al Imperio yanki y a la gran industria de defensa mundial, Torres López pide que ejerzan “una función positiva en defensa de las personas, de la democracia y de la paz”  y “la función que la mayoría de los españoles deseen y no la que le impongan los poderes económicos y financieros o cualquier potencia extranjera”. Sería muy interesante hacer una encuestra entre los militares españoles sobre la naturaleza de las misiones que están desempeñando. También sería interesante hacerlo entre la población no militar. Porque me parece que el profesor Torres López está pidiendo una solución a un problema que nadie ha visto.Y sobre todo lanza la piedra y esconde la mano sin entrar en detalles sobre qué cambios propone para las fuerzas armadas.

Los planes de adquisición del Ministerio de Defensa están plagados de problemas, entre ellos sobrecostes y criterios discutibles. Falta debate público sobre las fuerzas armadas en España, de la misma manera que se debate sobre sanidad y educación. Pero no tiene nada ello que ver con unas fuerzas armadas que no están al servicio de la Constitución y del pueblo español.

Lo que me llama la atención es el uso de la idea de que esto o lo otro tiene que estar “al servicio del pueblo”.  Es un cantinela que ya he escuchado antes. Como argumento es impecable. ¿Quién no quiere que las fuerzas armadas estén al servicio de todos los españoles? ¿Quién no quiere que las fuerzas armas estén al servicio de la Constitución? Pero quienes emplean estos argumentos siempre aspiran a algún tipo de injerencia en terrenos muy delicados para la democracia, como la justicia, los medios de comunicación y ahora las fuerzas armadas. Y ya sabemos dónde terminan.

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