“Tierras de sangre” de Timothy Snyder

Tierras de sangre de Timothy Snyder es un libro monumental (484 páginas de texto y 101 páginas de notas y bibliografía en su edición en rústica). Su propósito es contar los asesinatos en masa que llevaron a cabo la Unión Soviética, la Alemania nazi y sus aliados en un área de Europa Oriental que comprende Polonia, las Repúblicas Bálticas, Ucrania, Bielorrusia y Rusia occidental antes, durante y poco después de la Segunda Guerra Mundial. En el libro encontramos episodios históricos ya conocidos como el Gran Terror soviético, el Holodomor ucraniano y el Holocausto judío junto con otros menos conocidos pero no menos crueles, esta vez colocados en el contexto histórico de los dos grandes proyectos de transformación social, económica y demográfica impulsados por ambos regímenes totalitarios que chocaron en un mismo territorio. A esa región es la que él denomina “Tierras de Sangre” y convirtió en objeto de estudios por ser escenario de las matanzas más brutales e intensas de ese período histórico.

El libro aborda la muerte de más de 3 millones de campesinos ucranianos entre 1932-1933. Las casi 700.000 víctimas del Gran Terror soviético. 200.000 polacos víctimas de soviéticos y nazis entre 1939 y 1941. Los 3,1 millones de prisioneros de guerra soviéticos muertos en manos alemanas entre 1941 y 1944. El millón de habitantes de Leningrado muertos en la hambruna que sufrió durante el asedio la ciudad. Los 5,4 millones de judíos muertos en la Unión Soviética, Polonia y las República Bálticas muertos en el Holocausto. Y el medio milllón de civiles muertos en Polonia y Bielorrusia en campañas “antiguerrilla” y ejecuciones colectivas llevadas a cabo por los nazis para reprimir la resistencia.

Imagen: Haaretz vía University of St. Andrews.

La Unión Soviética estalinista pretendió modernizar la producción agrícola del país, haciéndola más intensiva de maquinaria y concentrando las explotaciones en granjas colectivas. Un proyecto que afectó principalmente a Ucrania, el gran granero de Europa. Por otro lado, la Alemania nazi aspiraba a ser autárquica económicamente pero carecía de un imperio colonial de ultramar. Por ello decidió apoderarse de Polonia y Ucrania junto a los hidrocarburos del Cáucaso. Los dos proyectos implicaron el exterminio de grandes masas de población cuando los planes chocaron con la realidad. La maquinaria estalinista se lanzó a la represión de enemigos imaginarios, tras los fracasos económicos de las colectivizaciones agrarias, en busca de un chivo expiatorio y utilizó el terror para sostener el régimen en medio de las penurias alimentarias.

El plan de la Alemania nazi era despoblar las tierras fértiles de las grandes llanuras de la Unión Soviética, reduciendo la población local mediante el hambre. El plan incluía deshacerse de los judíos europeos  también, por lo que se barajó mandarlos más allá de los Urales o incluso a Madagascar.

“a finales de 1941 el mayor grupo de víctimas mortales causadas por el dominio alemán no eran los polacos nativos ni los judíos nativos, sino los prisioneros de guerra soviéticos que habían sido trasladados al oeste de la Polonia ocupada y abandonados a su suerte para que se congelaran o murieran de hambre” pág. 222

Pero la invasión de la Unión Soviética quedó frenada a las puertas de Moscú. Sólo unos pocos militares alemanes pudieron vislumbrar la ciudad a lo lejos y a partir de entonces se batieron en retirada hasta la derrota final. La imposibilidad de llevar a cabo los planes de deportación masiva llevó a ejecutar el plan de exterminio total de la población judía.

En el libro queda patente el grado de locura de los grandilocuentes planes nazis y cómo los alemanes fueron pronto conscientes que el fracaso en obtener una victoria militar rápida en el Frente Oriental iba a desembocar en una derrota total. Ante ese destino inevitable trabajaron con obstinación por arrasar el mundo que dejaban atrás. Lo que refuerza la idea del Holocausto como proyecto inútil y delirante que consumió recursos y hombres que hubieran sido más valiosos para el esfuerzo de guerra nazi.

El resultado de ambas empresa fue el exterminio de 14 millones de personas que, lejos del arquetipo del Holocausto como inhumano proceso industrial obra de la refinada burocracia alemana, resultó despiadado, violento y muchas veces primitivo. Nazis y soviéticos fueron responsables de la muerte de millones de víctimas inocentes, fallecidas de las más diversas maneras en las que estuvieron implicados además el hambre, el frío, la enfermedad y el agotamiento. El catálogo de horrores de Tierras de sangre es inagotable. El Holodomor dio lugar a episodios de canibalismo. Y las tropas alemanas quemaron a sus víctimas dentro de graneros incendiados con lanzallamas y lanzaron niños a zanjas llenas de cadáveres para que murieran enterrados vivos.

La lectura del libro se hace bastante dura. Snyder va repasando en el libro cifras de las distintas fases de las matanzas con precisión de notario. Sean los 21.892 prisioneros polacos ejecutados por los soviéticos en 1940. Sean las 780.863 víctimas de los nazis en Treblinka. Y va recogiendo por el camino ejemplos personales o testimonios que reflejan la depravación de los verdugos y el horror de las víctimas. Por un lado tenemos la arbitrariedad de las matanzas estalinistas, dirigidas a enemigos internos imaginarios y regidas por cuotas superadas muchas veces por el afán de cargos medios del NKVD en impresionar a sus superiores. El libro recoge un tema totalmente desconocido para mí: la persecución y exterminio de la comunidad polaca dentro de las fronteras de la Unión Soviética antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Dice Snyder:

“La minoría étnica europea más perseguida en la segunda mitad de la década de 1930 no fueron los aproximadamente cuatrocientos mil judíos alemanes (cifra que iba menguando por la emigración) sin los seiscientos mil polacos soviéticos (cifra que iba menguando por las ejecuciones)” pág. 121.

“Si tomamos en consideración el número de muertos, el porcentaje de sentencias de muerte en relación con las detenciones y el peligro de arresto, la etnia polaca sufrió más que cualquier otro grupo de la Unión Soviética durante el Gran Terror” pág. 137.

El dato de la población judía es interesante. Porque hemos siempre escuchado sobre el ascenso del nazismo en Alemania y su locura racista que desemboca en el Holocausto, pero cuenta Snyder que entre 1933 y 1939 todos los judíos que pudieron huyeron de Alemania. Por lo que el Holocausto tuvo como víctimas fundamentalmente a la población judía que habitaba en las tierras que la Alemania nazi invadió y ocupó. Es decir, la víctima arquetípica del Holocausto fue un judío polaco o bielorruso, no alemán.

El estudio comparado de las acciones estalinistas y nazis se demuestra en el libro que tiene sentido porque por un mismo territorio sufrió la acción de unos y otros en un intervalo de pocos años, además de cómo las acciones de la Unión Soviética y la Alemania nazi se interrelacionan. Por ejemplo, la Unión Soviética alentó el levantamiento de la resistencia polaca en Varsovia en 1944 sólo para dejar que fuera aplastada por los alemanes. El objetivo soviético era que los alemanes hicieran el trabajo sucio de acabar con las fuerzas nacionalistas polacas y así no encontrar luego una oposición a su dominio. Todo aquel que tomó la iniciativa para luchar contra los nazis se convirtió en un futuro potencial enemigo del régimen estalinista. El fin de la guerra, no sopuso la paz para los supervivientes. La población polaca de los territorios anexionados por la Unión Soviética en 1945 fue expulsada, como lo fue la población alemana de los territorios que pasaron a Polonia a partir de 1945 también. Los supervivientes del Holocausto se encontraron con sus casas ocupadas por nuevos inquilinos o simplemente decidieron no retornar a sus lugares de origen, donde habían sido delatados por vecinos. El libro se cierra con la gran purga de judíos en la Unión Soviética y países satélites que fue interrumpida por la muerte de Stalin.

La gran pregunta es por qué recordamos más a una víctimas que otras. El libro ofrece varias explicaciones. Fueron los nazis los que encontraron las fosas de Katyn, pero el anuncio fue considerado una acción de propaganda contra la Unión Soviética, un país aliado. Los crímenes de Stalin dejaron de interesar por su papel de aliado de Estados Unidos y Reino Unido. Además, después de la Segunda Guerra Mundial, el relato oficial soviético se centró en elevar a la “Gran Nación Rusa” (en palabras de Stalin) a la categoría de gran mártir de la guerra y gran salvadora, aunque un porcentaje mayor de otros grupos nacionales dentro de la Unión Soviética sufrieron más por culpa de la guerra. Por ejemplo, la mitad de los bielorrusos murió o fue desplazado. Sin olvidar el papel de la izquierda occidental en blanquear los crímenes de Stalin, aunque es un tema en el que el libro no entra.

Me cuesta imaginar que encontremos en el resto del siglo XX crímenes tan horribles a tal escala. Y a pesar de todo, si miramos el presente vemos que Europa ha pasado en algunos casos página. Como es el caso de Alemania, Polonia y Ucrania. Los dos primeros actuaron coordinadamente en la crisis de Ucrania de 2014. Los dos últimos han estrechado lazos precisamente a partir de ella. En otras, la memoria histórica explica las suspicacias de las Repúblicas Bálticas o Ucrania hacia Rusia. Precisamente la memoria histórica es un campo de batalla en la Nueva Guerra Fría y por eso me animé a leer este libro.

 

Me corto la coleta como mochilero

Hay alguna regla de Murphy dice que el mejor tiempo hace justo el día que te vas. Cracovia amaneció hoy con un sol radiante y un calor casi español. Y hoy fue uno de esos días de “fallos de organización” que uno nunca cuenta cuando vuelve de viaje. Dormí demasiado y cuando llegué al Castillo Real de Wawel las entradas (que son limitadas) estaban agotadas. La catedral estaba a punto de cerrar. Y cómo no, siendo sábado en el antiguo barrio judío no había casi nada abierto.

Me he despedido de Cracovia caminando y caminando, disfrutando del buen tiempo y. sacando fotos como loco y evitando en lo posible los españoles. Hoy el castillo de Wawel estaba tomado por pijas andaluzas y ahora mismo, mientras escribo esto, un grupo de gañanes de un lugar de España que prefiero ignorar se están repartiendo el ganado: “La rubia pa’ ti, la rubia pa’mí. ¡Si es que tienen toas cara de guarrillas y cachondas”, mientras se hacen los simpáticos con un par de australianas creyendo que están quedando bien con su inglés de Torrente.

Y bueno, creo que en este viaje he tenido algo parecido a una revelación. O quizás sólo sea el sentido común que se ha abierto paso. He hecho ya un buen puñado de viajes como mochilero. En los países anglosajones el asunto tiene una larga tradición. Los universitarios estadounidenses y australianos cuando cruzan el ecuador de su carrera, les entra la crisis existencial o se licencian cruzan el charco y se toman varios meses para viajar por la Vieja Europa como backpackers. En teoría lo hacen para conocer la mayor cantidad de países de Europa. Pero tras ir de albergue juvenil en albergue juvenil uno tiene la sensación de estar en el mismo lugar, escuchando las mismas conversaciones y encontrándose con la misma fauna de estadounidenses, británicos, canadienses, australianos e irlandeses. Como un centro comercial o un aeropuerto, la clase de ambiente internacional que no puedes asociar a ningún lugar en concreto. Un ambiente lleno de guays hablando con un acento cerrado de borracheras en tal o cual ciudad o de su viaje el año pasado por Tailandia o Bolivia. Por suerte la ciudad de turno está al otro lado de la puerta. Y uno se sumerge en Tallin o Varsovia tan pronto la cruza. Por suerte quedan muchos lugares que ve y visitar.

Así que mi propósito para futuros viajes será huir tanto como puede de los albergues juveniles. Será que ya no soy joven y no me he dado cuenta. Será que me he pasado todo este tiempo tratar de vivir un ambiente al que era totalmente ajeno. Pero no pienso avergonzarme a partir de ahora de viajar como pequeñoburgués dispuesto a pagar algo más por tener una cama confortable en un lugar tranquilo, lejos de británicos borrachos y escandalosos que entran como una horda en el dormitorio. No volveré a pasar por sentirme un bicho raro en una esquina porque ¡sí! ¿pasa algo? ¡viajo solo!.

No volveré a ser mochilero. Seré viajero, turista, aventurero o mediopensionista. Pero con esta fauna al lado no me vuelven a pillar.

Ahora, una ducha y para el aeropuerto de Cracovia. Les dejo con John Zorn y su Massada String Trio en un festival de jazz en Varsovia en el verano de 1999. Tras visitar Auschwitz, celebremos la vida con un poco de Jewish Radical Culture.

Kaddisch

Chimenea del crematorio de Auschwitz En el primer aniversario del 11-M estuve en el Atocha Workshop organizado por la Fundación Safe Democracy. La primera intervención la llevó a cabo una psiquiatra estadounindense que contó la angustia de supervivientes de los campos de exterminio nazis residentes en Nueva York al ver la columna de humo elevándose en el cielo sobre donde una vez estuvieron las Torres Gemelas. Evocaba en ellos el recuerdo de las columnas de humo sobre las chimeneas de los campos de exterminio. Y la imagen del horror que una vez vivieron y pensaron habían dejado atrás para siempre se repetía ante sus ojos.

Crematorio de BirkenauEl minibús de nuestro tour guiado por los campos de Auschwitz nos dejó en el lado opuesto a la entrada, entre los árboles que una vez escondieron los crematorios. Cuando cruzamos el monumento que se erige donde terminan las vías del tren encontramos el Crematorio II. Entonces vi un señor mayor avanzar más allá de la cinta roja y blanca que delimita el perímetro de lo que fue una vez las cámaras de gas y el crematorio. Apartó la cinta, ignorando el cartel de “no pasar”, con un gesto brusco y caminó con pasos raudos y enérgicos. Lo vi encaramarse a los escombros y dejar encima de una losa de cemento un chubasquero, un cartera de mano y el bastón. Estaba cansado. Carraspeó y dejó caer un buen salivazo en el suelo. Posiblemente había caminado lo más rápido que su edad y sus fuerzas le permitían, temiendo que alguien le detuviera o le llamara la atención. Se quedó un buen rato con las manos apoyadas en la losa de cemento donde había dejado sus cosas. Al rato, mientras mi grupo se alejaba, paseó cabizbajo a un lado y otro de aquel montón de escombros. Nosotros éramos turistas, él no.

Judíos de visita en BirkenauAvanzamos siguiendo las vías del tren, en lo que una vez fue la explanada donde sobre la marcha eran clasificados los enviados al campo. Más del 70% de los judíos que llegaban eran enviados directamente a las cámaras de gas, donde entraban convencidos que iban a recibir una ducha y ser desinfectados. Los que se resistían eran asesinados en el lugar. Hoy, al lado de las alambradas y sobre la hierba, vi a un grupo de judíos estadounidenses. Uno de ellos se paseaba leyendo de un libro. No fui capaz de entender sus palabras. Pero les seguí observando durante mi visita a Birkenau. Cuando terminaron se pusieron en pie y alguien sacó una bandera de Israel que junto con flores colocaron al pie de la alambrada para hacerse fotos. Ellos llevaban kipá. Ellas una falda sobre los pantalones y algunas se cubrieron la cabeza. Aquel grupo me resultó inquietante. ¿Qué habrían aprendido de su viaje a Auschwitz? ¿Con qué soñarían a su regreso a Estados Unido? ¿Sueños de venganza y más Sufa o Merkava Mk.IV? ¿Sueños de un mundo mejor? Y nosotros, ¿qué hemos aprendido? Placa en Birkenau

Mis fotos de Auschwitz y Birkenau (Auschwitz II) en Flickr.

Los insoportables niños cantores de Cracovia

Ayer por la tarde encontré a un grupo de españoles gritando (supuestamente cantaban) y agitando una bandera. Descubrí la razón de su entusiasmo. En Cracovia tiene estos días un encuentro internacional de coros de iglesia infantiles. Había una recinto acotado en la plaza mayor que empezó a llenarse de grupos de niños pastoreados por la respectiva Sor Presa y Sor Teo. Si tenemos en cuenta que mi opinión más destacada sobre el asunto de la infancia y el cristianismo es que Herodes debería ser beatificado, como mínimo, entenderán que huyera de allí.

Me puse los auriculares del reproductor MP3 y me puse a caminar y a caminar lejos del centro escuchando cantos de monjes ortodoxo ucranianos. Cosas de llevar la contraria. Cuando me di cuenta me había salido del mapa. Estaba en una zona de Cracovia que seguro los turistas no visitan y el sentido común recomendaba abandonar.

Los folletos para turistas mochileros dicen que Cracovia es la nueva Praga. Leí lo mismo de Liubliana y Tallin en su momento. Se trata de ciudades asequibles para el bolsillo del mochilero anglosajón, con su pintoresco castillo sobre la colina y un casco histórico coqueto por el que pasear. La cuestión es que Cracovia fue la antigua capital de Polonia y sus edificios históricos sobrevivieron más o menos intactos a la Segunda Guerra Mundial. Cosa que por ejemplo, no puede decirse de Varsovia. Si a eso le añadimos que fue un emporio comercial en el Medievo y lo arraigada de la religión en Polonia tenemos una ciudad llena de iglesias, conventos y edificios varios en cada esquina.

Esta mañana y esta tarde he continuado con los paseos por Cracovia. En un par de iglesias me he encontrado misas con la inevitable presencia de coros infantiles que a mis oídos sonaba como una cacofonía de voces agudas. Por la noche volví a encontrarme con grupos de críos. Unos bailando y otros cantando en la calle esperando sacar dinero en dura competencia con los mil chiringuitos de souvenirs, parafernalia diversa, tours turísticos y malabaristas perroflautas. Desde luego que no se trataba de un encuentro de escolanías.

Y me muestro tan cruel con las habilidades cantoras de los niños de los cojones porque puedo comparar. Confieso que durante este viaje he ido a misa. Sí señor. Un servidor, pecador y descreído, se encontró de casualidad en la catedral ortodoxa de Tallin un servicio religioso. Una feligresa recitaba letanías y pensé que era algo habitual. Al rato empezó un pope a cantar misa. Me quedé a verlo y escucharlo. Y entonces empezó un pequeño coro a darle la réplica al pope. ¡Qué conjunción de voces! ¡Qué bien sonaban! Fue una maravilla imprevista. La clase de experiencias que uno atesora en esta clase de viajes. Al final essperé al final de la ceremonia, recibiendo durante el transcurso bendiciones a golpe de pequeño botafumeiro. Así que comprenderán que por aquí huya de los espectáculos estos para pedarastas.

P.S.: Alguno habrá notado el tono pretendidamente desenfado que han tenido mis últimas entradas. No he dedicado todavía una línea a Varsovia, ni tampoco he hecho ni un sólo apunte sociólogico de urgencia sobre las república bálticas y Polonia. Todo tendrá su momento. Mañana iré a visitar Auschwitz, así que comprenderán que tenía ganas de reírme antes de uno de los momentos cumbres de este viaje.

Mis fotos de Cracovia en Flickr.

Soñando con el exilio en Cracovia

Paseando maravillado por el casco histórico de Cracovia oí a unos energúmenos cantando a voz en grito y con un tambor al pie de la iglesia de Santa María. Llevaban una bandera ¿Lo adivinan? ¿Alguien se atreve? ¿Alguien apuesta algo?

Cracovia celebrando el 750º aniversario de que se levantara el casco viejo de la ciudad con el trazado que conocemos y está abarrotada: Mochileros que han convertido a la ciudad en la nueva Praga, monjas y polacos haciendo turismo interior. Hay infinidad de cafés, terrazas, tiendas de souvenirs y sacacuartos para turistas, puestos de comida rápida, heladerías, dulcerías… Se ve la policía por las calles. Hay músicos callejeros y espectáculos de teatro en la calle. Y todo es paz y tranquilidad. Es una ciudad preciosa y bulliciosa. Pero no. Al pie de la iglesia oigo a un grupo de imbéciles cantando a voz en grito mientras alguien aporrea un tambor. Uno de ellos agita una bandera sobre la cabeza como si se tratara de un trapo. Y entonces la identifico: La rojigualda. Sí. ¡Son españoles!

Mis fotos de Cracovia en Flickr.

Diagnóstico diferencial

He acumulado como veinte horas de viaje en autobuses. He dormido en el avión, en autobuses y en camas donde he tenido que retorcerme para caber. Tengo los muslos endurecidos como granito, los gemelos con unas punzadas extrañas y los pies doloridos con un buen número de zonas enrojecidas donde seguro brotarán llagas. No recuerdo la última vez que dormí ocho horas seguidas. He pasado sueño, mucho frío, cansancio y hambre. He caminado con la mochila a cuestas bajo la lluvia y el viento, o por avenidas interminables.

En la colada de Varsovia perdí al menos una camiseta. El paraguas que traje terminó en la basura tras las rachas de viento bajo la lluvia en Vilna. Y estuve a punto de quedarme sin 400 euros, teniendo todavía la duda de si el “incidente” fue obra de un huésped del albergue en Vilna con dedos ligeros. Por suerte recuperé el dinero. Los 30 litai que le presté, no.

Pero todo eso no son más que anécdotas. Perdonen no les cuente nada de Varsovia, de mis conversaciones con Kasia sobre la vida política y cultural de España y Polonia, o de lo que he visto atravesando el casco viejo de Cracovia desde la estación hasta mi albergue juvenil. Porque me ha gustado tanto esta ciudad que me voy a recorrerla.

P.S.: Aprovecho para mandar un saludo a los que leen este blog periódicamente desde California, Irlanda, Reino Unido y Alemania. Siento curiosidad por saber quiénes son.

Amanecer español en Varsovia

A última hora de ayer llegaron al albergue juvenil un grupo grande de españoles. El que llevaba la voz cantante hablaba un inglés que habría avergonzado a un estudiante de secundaria de cualquier país europeo. La recepcionista le tuvo que repetir varias frases con la información más elemental. Yo me mantuve en un sofá con el portátil sobre las rodillas observando de reojo la escena un tanto divertido. No me identifiqué como español pero recibí un “hola” como saludo de los que entraron más rezagados. Españoles cosmopolitas por el mundo a más no poder.

La cosa habría quedado así si no es porque esta mañana me han despertado sus gritos. El albergue ocupa un edificio al que se llega cruzando un patio. Y en ese patio alguno, con lo que sonaba como un megáfono, me despertó hilvanando simpáticos chascarrillos sobre no sé qué de una polla grande. Luego vino música. ¿Un radiocassette? Y el remate fue la interpretación de simpáticas canciones: El “Hala Madrid”, el himno español tarareado, el himno español con la letra de Pemán) y por último el “Cara al Sol”.

Y lo siento, pero yo pediré asilo político en algún país serio o luchar por la libre tenencia de armas de fuego automáticas. Cada vez que viajo por el extranjero me encuentro con un grupo de españoles que se cree que por estar en un sitio donde nadie les conoce se pueden comportar como energúmenos. Puede que alguien diga que eso hacen británicos o alemanes, sin ir más lejos. Pero es que los guiris hacen el idiota borrachos en zonas turísticas. A los españoles los ves haciendo el idiota de día, sobrios y en plena capital de un país. Me saca de quicio esa falta de civismo y educación.

Si en los países civilizados el pago del billete en el transporte público funciona en muchos casos por la buena fe de los viajeros en hacerlo, el españolito medio cree que la falta de controles es una invitación a no pagar. “¿Pero tú pagas el billete de metro? ¡Con lo fácil que es aquí colarse!” te dicen muy ufanos mirando al resto de viajeros como si fueran idiotas por pagar. Yo en cambio admiro ver que en Berlín no hay tornos a la entrada. Y en Viena los periódicos cuelgan en bolsas de plástico en las farolas donde los transeúntes dejan el dinero y se llevan un ejemplar. ¿Se imaginan algo así en España?

Mis fotos de Varsovia en Flickr.