¿Es España postnacionalista?

Llevamos años oyendo eso de que España no es una nación, al contrario que por ejemplo Cataluña. La idea de una débil nación española no es nueva. Recordemos La España Invertebrada. Pero es bien sabido que después de la Transición, la izquierda española renunció al concepto de España para abrazar los nacionalismos periféricos. Se me ocurren sobre la marcha como razones que la idea de un nacionalismo español genera fuertes recuerdos del Franquismo o  que dentro de la izquierda española las reivindicaciones identitarias han sustituido a las de clase.  Así que ante ese abandono, el concepto de España quedó en manos de una derecha que se resiste a renegar del todo del Franquismo (“no nos perdonan que nuestros abuelos ganaran la guerra”). La cuestión es que tenemos hoy argumentos para construir una nueva idea de país muy alejada de la España franquista. España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo (chúpate esa Suecia) y es hoy uno de esos países europeos sin un partido fuerte de ultraderecha eurófobo y xenófobo.

Un balcón de Barcelona ya famoso. Foto de Juan Carlos L. R.

La crisis de Cataluña ha puesto de manifiesto que el nacionalismo español tiene un imaginario limitado. Tenemos poco más que un himno sin letra y un cántico surgido para celebrar victorias deportivas que emplea el estribillo de una canción popular rusa. Y estos días he estado pensando, ¿y si eso fuera síntoma de algo bueno y no un problema? ¿Y si España hubiera evolucionado hacia un nuevo tipo de Estado donde la gente mostraba un enorme desinterés por las exaltaciones patrióticas porque el nacionalismo etnicista había sido superado? Sé que eso ha cambiado por la crisis catalana, con las banderas en los balcones y los cánticos de “a por ellos, oé” a la salida de unidades de la Guardia Civil rumbo a Cataluña. Pero esa España postnacional necesita un discurso transversal propio. Necesita rescatar el concepto de “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas en una España de ciudadanos democráticos y no de miembros de la etnia. Creo que José María Lizundia avanza en esa línea en “Naciones cívicas y étnicas”.

 

El nombre de las cosas

Les juro que tengo cosas más interesantes e importantes de las que escribir, pero siempre encuentro algo que me hace sentir la obligación de dar una respuesta. Sé que es vaciar un océano de tonterías con la cuchara de mi blog pero alguien tiene que hacerlo. Aunque sea para que quede constancia en los buscadores de una réplica que lleve al internauta medio a cuestionarse las cosas.

La última tontería que me ha animado a escribir fue encontrarme entre las explicaciones de una publicación muy progresista que sólo enviaban pedidos al territorio peninsular del estado español. Eso les dejaba automáticamente sin mi dinero por vivir yo en Canarias pero no voy a molestarme en buscar vías alternativas para hacerme con sus publicaciones por jugar a un juego que me parece estúpido. El nombre del país que vivo es España. Y el “estado español” es sólo una institución. En el lenguaje cotidiano decimos “esto es competencia del Estado, esto otro de las comunidades autónomas y esto otro de los ayuntamientos”. Oímos las noticias que el “Estado es responsable subsidiario”. No hay que darle más vueltas, queda perfectamente claro.

Nadie dice “me voy de viaje al estado francés”, “la mejor pasta la comí en el estado italiano” o “la selección de fútbol del estado alemán ganó el último Mundial de fútbol”. Sin embargo, es posible leer que a un evento político internacional acudieron representantes de “Portugal, Grecia, Italia y el estado español”.  Así, tal cual. Yuxtaponiendo el nombre común de países junto al eufemismo “estado español”. No cuenten conmigo para jugar a esa tontería.

Mención aparte merecen los exónimos, aquellos topónimos que tienen un nombre en la lengua materna del hablante diferente a la lengua local. Por ejemplo, tratándose de mi lengua materna el español tenemos ejemplos como La Coruña, Londres, Lérida, Pekín, San Sebastián, La Haya… Y a la inversa. Viajando por Europa me encontré que yo era procedente de Spain, Spanien, Espanja… Nunca vi la necesidad de corregir a nadie y obligarle a usar el nombre “España” hablando con alguien en una lengua diferente al español. Sin embargo, parece imponerse en España comol criterio que al hablar en español hay que evitar emplear los topónimos españoles de aquellas comunidades autónomas donde hay otra lengua oficial. El criterio es evidentemente político, no lingüístico. Porque me gustaría ver a todos aquellos que se ofenden porque digo Lérida y La Coruña que me busquen en el mapa de Europa la Republika Hrvatska, Sakartvelo, Suomi, Hayastan, Lietuva, Shqipëria, etc.

Lecciones de la antigua Yugoslavia para España (y Cataluña)

Allá por los años noventa las guerras en la antigua Yugoslavia pusieron de moda el “nacionalismo” como tema. Se organizaban conferencias, congresos y charlas que trataban el nacionalismo como “amenaza” y “problema”. Hablar de nacionalismo en España ha sido siempre, claro está, hablar de los nacionalismos vasco y catalán. El nacionalismo español, como todo el mundo sabe, no existe. Es como el acento madrileño, que resulta evidente para todo el mundo menos para los madrileños.

Estaba estos días releyendo cierto capítulo de La Trampa Balcánica del inefable profesor Veiga y me topé con este párrafo:

Lo paradójico del caso es que los eslovenos se presentaron como yugoslavistas -en su defensa de los mineros albaneses se llegó a decir: “Yugoslavia se defiende en Trepča“- mientras que los serbios fueron retratados como los dinamiteros de la federación. Lo evidente era que a esas alturas, la postura de los eslovenos era claramente secesionista: alegaban que no deseaban continuar en una hipotética Serbioeslavia controlada por Milošević.

Hablé de esa misma idea hace ya muchos años en una entrada similar a esta, en mayo de 2005. Volví a insistir el año pasado. La narrativa del nacionalismo español sobre cómo Yugoslavia saltó por los aires es incomplenta y engañosa. No se trató sólo de las aspiraciones eslovenas, atraídas por los cantos de sirena de la Unión Europea, sino de cómo el nacionalismo serbio hizo inviable una Yugoslavia plural. A ello contribuyeron no sólo los líderes serbios, sino el ambiente creado por medios de comunicación e intelectuales. En términos españoles, el secesionismo esloveno fue alimentado por los federicosjimenezlosantos, alfonsomerlos e intereconomías de Serbia que actuaron de bomberos pirómanos. Y en España, desgraciadamente, no faltan de esos, que sueñan con los Leopard avanzando por la Diagonal.

Ya sabemos cómo terminó la historia en Yugoslavia. Pero tiene un colorario interesante. Hoy Eslovenia está en crisis, como España. Carlos González Villa hace balance en uno y dos artículos publicados por Eurasian Hub:

Aunque Eslovenia ocupaba una posición central en la estructura económica yugoslava y siguió actuando como uno de los principales actores económicos en la región tras la disolución del país, su posición en relación a la economía europea era la de periferia sujeta a los términos comerciales de los países más poderosos.

En la misma línea se expresa Jože Mencinger en una cita que recoge en la segunda parte:

En Yugoslavia éramos relativamente fuertes, pero no en Europa. Económicamente, está claro que perdimos todos los atributos que hacen de un país una entidad económica: no tenemos dinero, casi no tenemos política fiscal, no tenemos nuestro propio sistema económico y tampoco tenemos fronteras.

Aquí en España se debate y contradebate sobre si una Cataluña independiente quedaría dentro o fuera de la Unión Europea en función de no sé qué artículo o acuerdo. Tonterías. Lo que importará será lo que diga Berlín y París. Y tengo la sospecha de que a Alemania le resultará más fácil imponer sus intereses en una Unión Europea de países con poco peso demográfico.

Separatistas y separadores

Hace mucho traté aquí el tema (¡siete años! ¿cuántos cosas diría hoy de otra forma?). Una revisión de la historia de la ruptura de Yugoslavia debería reconsiderar el papel de no sólo los nacionalistas centrífugos de Eslovenia y Croacia, sino también del papel de los nacionalistas serbios que hicieron inviable una Yugoslavia federal y plural.

Cada vez que surge el tema de la fractura de España pienso en mis experiencias como canario que participa en foros relacionados con la seguridad y defensa en Internet. No suelen ser lugares que frecuenten personas de izquierda o personas con sensibilidades políticas cercanas a los nacionalismos periféricos españoles. Son foros que suelen tener un cierto público. De vez en cuando, ha pasado varias veces, alguien copia y pega una editorial del diario tinerfeño El Día. Nació en 1939 con la función de ser “portavoz de las normas y principios del Movimiento Nacional en la provincia de Santa Cruz de Tenerife”. Mucho más tarde, en los últimos años, fue portavoz del insularismo tinerfeñista dentro del eterno “pleito insular”. Y de pronto, un día, empezó a dar cabida en sus páginas al ultraminoritario independentismo canario.

Recuerdo la publicación por entregas del borrador de la constitución de una hipotética República Guanche de Canarias, obra de Antonio Cubillo. El texto contenía auténticas joyas, como la provisión de que una Canarias independiente contara por mandato constitucional de reservas de gofio guardadas en silos a prueba de armas nucleares. Tras la constitución vinieron entrevistas a personajes del panorama político independentista, que como suele decirse “eran conocidos sólo en su casa a la hora de comer”. Todos ellos eran de relevancia política insignificante. Blogs como Canarias Bruta hacían chistes sobre el “independentista de la semana”. El diario El Día empezó también a publicar editoriales de corte independentista en las que se adivinaba la mano de su director, José Rodríguez, singular personaje que compaginaba sus diatribas independentistas con expresiones de admiración al ejército español.

Todos los lectores del diario con los que hablaba del asunto me contaban que ignoraban las editoriales del periódico y el espacio dado a los independentistas. Por lo visto, en el resto de temas el periódico había mantenido su línea habitual. De hecho, es el más leído en la isla de Tenerife. Pero, ¿qué había pasado para que un diario así de pronto defendiera la independencia de Canarias en sus editoriales y se convirtiera en altavoz de los independentistas? No lo sé. Y las explicaciones al uso son igual de insatisfactorias. Unos hablan de la senilidad de José Rodríguez. Otros, de un intento de agitar el independentismo canario como arma disuasoria ante las investigaciones por corrupción del ex-alcalde de Santa Cruz, Miguel Zerolo. Ninguna de las dos explicaciones da por bueno que el director del periódico simplemente se levantara un día de la cama convertido en paladín del independentismo canario. “Algo” extraño tuvo que pasar.

Y entonces es cuando regresamos a esos “copia y pega” de las editoriales del diario El Día en foros de Internet. Siempre me ha parecido curiosa la reacción de las personas que desconocían el contexto en el que fueron publicadas. La cosa suele ser así:

Fase 1: Sorpresa.
-¿Cómo? ¿No sólo en Cataluña y País Vasco hay nazionalistas diciendo esas cosas?

Fase 2: Indignación.
-¡Anda y que les den a esos putos africanos de mierda! Así va España, todo el mundo creyéndose nación ancestral.
-Sí, eso. ¡Que les den la independencia para que Mohammed VI vaya y les dé por culo!
-Ya, ya. Esos no le duran al Mohammed ni una hora.

Aquí suelo intervenir yo para impedir que la cosa se salga de madre. Les explico muy resumidamente la situación y cómo no tienen por qué preocuparse por el independentismo en Canarias. Entonces pasamos a la siguiente fase.

Fase 3: Condescendencia.
-Ja, ja. Entonces tienen que ser como los independentistas de mi Comunidad Autónoma. Caben en un taxi. Si es que ya decía yo. ¿A dónde van a ir los canarios sin nosotros?
-Si es que los nazionalistas te inventan una historia en menos de nada para vivir chupando de las subvenciones con sus libros y tal. Que no sé qué van a poder inventar esos en Canarias, si los canarios no tienen una identidad cultural. Por no tener, no tienen ni lengua propia.

La cosa ha sido siempre en estas líneas, no necesariamente con estas mismas palabras. Aunque hay cosas que se repiten y recuerdo perfectamente. Como la obsesión con Mohammed VI y el sexo anal.

Hace falta muy poco para que nacionalista español se ponga a escupir vitriolo contra los habitantes de una comunidad autónoma fuera de la meseta castellana. Podríamos suponer que el nacionalismo español debería ser inclusivo, como unos padres que se sienten ofendidos porque un hijo o una hija se quiere ir de casa y sienten vértigo ante la idea del “nido vacío”. En realidad el comportamiento de los nacionalistas españoles es más cercano al del un hombre maltratador. La violencia es su instrumento de control. Por ejemplo, los boicots a productos catalanes. O los pronunciamientos sobre tratar de perjudicar en todo lo posible a una hipotética Cataluña independiente. “O de mía o de nadie”.

Luego tenemos un fenómeno curioso. Los nacionalistas españoles asumen ya desde el principio al Otro como no español. No entienden las identidad como estratos superpuestos y modelados por la historia. Así que aceptan sin reparos las dicotomías de españoles vs. “nacionalidades históricas”. Ese separación es la que permite entender al Otro como enemigo. Es un nacionalismo imperial que aspira a atar contra su voluntad a los súbditos coloniales desprovistos de rasgos culturales propios. “Qué mal hablas el español”, escuché en Madrid como reproche por mi seseo a personas capaces de decir “la mandé un documento” y mandar sin complejos correos electrónicos con llamativas faltas de sintaxis u ortografía.

Hay una extraña coincidencia entre nacionalistas españolas e independentistas canarios. La identidad se entiende siempre como un bloque homogéneo caracterizado por una lengua. Sin lengua ajena al español los nacionalistas españoles no entienden que se puede entender Canarias como comunidad imaginada. Como si el español hubiera sido un obstáculo en Cuba, México o Argentina. Y los independentistas canarios entienden la identidad siempre como identidad diferenciada y en conflicto con lo español, de ahí su empeño en “construir identidad”. ¡Qué pesados! Como si los habitantes de Canarias fueran entes sin identidad ni alma que tuvieran que bailar folías, hablar bereber y acudir a las romerías para alcanzar la condición humana. “Su identidad, gracias”. Desde luego, los que escuchamos a Avishai Cohen, Nusrat Fateh Ali Khan, Tolga Sağ y Divna Ljubojević hace tiempo que perdimos todos los puntos del carnet.

Así que imaginen el panorama. Gente pidiendo que los carros de combate avance ya sobre Barcelona parar meter a esos díscolos catalanes en vereda. Bomberos pirómanos.

En el País Vasco o yo gano o tú pierdes

Dije un casi un mes antes de las elecciones del 20-N que tan pronto el Partido Popular se viera en el poder abandonaría su discurso duro sobre ETA para capitalizar el rédito político del fin del grupo terrorismo. Pero que también con el terrorismo fuera de la ecuación política del País Vasco subiría el voto nacionalista. Así fue. El Partido Popular rectificó y las encuentas auguraban que dos tercios de los escaños del parlamento vasco serían ocupados por los nacionalistas. Pero en aquella entrada de octubre añadí algo más que a algún lector no hizo gracia. La idea de que muchos nacionalistas españoles iban a lamentar el transcurso de los acontecimientos hasta echar de menos la situación anterior.

Han pasado unos meses y todo el aparato mediático afín al Partido Popular está a otra cosa. No hay editoriales pidiendo mano dura contra ETA y llamando al gobierno de Mariano Rajoy traidor o cualquier otra barbaridad por tomar medidas que son “señales” al entorno de ETA. Pero tenemos Internet y algunos nacionalistas españoles se han manifestado. Cayetano González, que tuvo un cargo en el Ministerio de Interior con Jaime Mayor Oreja, contaba sus vivencias del angustioso fin de semana en que asesinaron a Miguel Ángel Blanco y concluía con un balance de la situación actual. Sentencia que “ETA ha ganado” y que “en el campo político, sería de necios no reconocer que ETA va ganando la batalla: sin pegar un solo tiro desde hace ya varios meses han conseguido ser legalizados” por lo que “ETA puede conseguir muy pronto el poder en el País Vasco y desde el mismo, trabajar por llevar a cabo aquello por lo que han asesinado a 858 personas: la independencia de Euskadi y por lo tanto, la ruptura con España”.

El sofisma me parece profundamente revelador. Se trata de, una vez desaparecida ETA de la ecuación política vasca, convertir a la izquierda abertzale en ETA para reciclar el mismo discurso desligitimador. Durante años se les conminó a renunciar a la violencia para entrar en la vida política y ahora que ETA va camino de la disolución se pretende dejarles fuera porque la política resulta ser el terrorismo por otros medios.

Standard & Poor’s ha valorado la deuda pública vasca dos notas por encima de la española. Me pregunto qué cálculos estará haciendo la clase empresarial vasca. Seguro que alguno le salen las cuentas si “sueltan lastre”. Después del inevitable castañazo de España en lo que queda de 2012 y tras las próximas elecciones autonómicas vascas vamos a presenciar un “test de stress” de los ideales democráticos de unos cuantos.

Para acabar de una vez por todas con la cultura canaria

El martes pasado acudí una vez más al programa “La Puerta” de Radio Unión Tenerife. El invitado del martes fue Ánghel Morales que ha editado Generación 21, una antología de doce escritores canarios nacidos entre 1960 y 1973. He logrado la ansiada condición de “contertulio habitual” pero como no tengo vocación de todólogo al tratarse un tema del que no tenía mucho que decir apenas hablé.

El único asunto que provocó mi intervención fue el debate en torno a si se podía hablar de “generación literaria” como un mero artificio editorial o había elementos comunes entre los doce autores. No se expresó así, pero creo que en el fondo se debatía si existía una “literatura canaria” o una “literatura hecha en Canarias”. Según Ánghel Morales se trata de doce autores que no se conocían personalmente, cultivan géneros diferentes y habían transcendido las fronteras de Canarias. Se trataba entonces de un colectivo heterogéneo cuyo único denominador común es el residir en Canarias y ser representativos de una generación que se ha valido por sí misma y ha conseguido reconocimiento fuera de Canarias. Entre los doce han publicado cincuenta novelas, han ganado numerosos premios y alguno incluso ha conseguido ser traducido a otros idiomas. Intervine para decir que me parecía lógico que algo así sucediera con personas cercanas a mi cohorte demográfica, que ha tenido acceso a la ficción extranjera en cine, TV y literatura, que usa Internet y cuyos referentes ya no son ni locales ni estatales. Que no dependían ya de las editoriales y las élites culturales locales para publicar.

Me quedé dando vueltas a lo que comentó Ánghel Morales de cómo en décadas anteriores se habían consolidado “generaciones literarias” en Canarias sin que necesariamente sus miembros se hubieran distinguido por la calidad y la bonhomía con aquellos que habían logrado mantener al margen. El mundo cultural de una región “de provincias” cualquiera funcionaba hasta hace poco bajo la lógica de la escasez. El espacio en las páginas de cultura de los diarios locales, las subvenciones de las instituciones locales y las publicaciones de las editoriales locales eran limitadas. Por tanto había un proceso de selección que otorgaba un poder tremendo a aquellos con un cargo en el Ateneo, la sala de exposiciones de la caja de ahorros provincial, la concejalía de cultura… Era un mundo cerrado que triangulaba industria cultural, instituciones públicas y artistas funcionando bajo el principio de “¿nos hacemos unas pajillas?”.

Además ha existido en las regiones periféricas un interés en “construir” una cultura local con ínfulas de “cultura nacional” en los que la identidad y no la calidad han sido criterios de promoción. Quizás por ello me han entrado ganas de correr en la dirección contraria cada vez que alguien colgaba un marchamo identitario a una obra de arte. “Es de aquí”. De acuerdo. Pero su obra sigue siendo una mierda.

¿Y yo? Si mañana publicara en mi otro blog al fin cierto relato postciberpunk que tengo en mente. ¿Eso me convertiría en un “autor canario” aunque mis referencias sean la ciencia ficción anglosajona y mis lectores cuatro amigos desperdigados por el mundo? ¿Es “Guerras Posmodernas” la obra de un sociólogo canario aunque desde que se me ocurriera la idea a que saliera publicada en papel residí en Madrid? ¿Y tiene algo que ver que la chispa que me motivara para escribir ese libro fuera el 11-M, algo ya unido a la historia de Madrid y España? Tampoco me consideraría un sociólogo madrileño, como hicieron pronto compañeros de facultad que se trasladaron en las mismas fechas que yo a vivir a Madrid. Aquella necesidad de racionalizar la amenaza del terrorismo red que podía un día convertirme en picadillo de carne mientras viajaba en un tren de Cercanías me llevó a tratar de entenderlo y dar el paso de querer formar parte de la defensa de España. Supongo que si hubiera estado residiendo en el norte de Israel en el verano de 2007 habría quedado marcado por la lluvia de cohetes de Hizbolá y me habría dedicado con pasión a escribir de la guerras híbridas. O si hubiera vivido cerca de Fukoshima y hubiera sobrevivido estaría germinando en mí el activista antinuclear.

Es tan arbitrario y aleatorio el lugar en que nacemos, nos críamos y vivimos que no deja de sorprenderme esa pasión desmedida en darle valor a las mediocridades producidas por otros cohabitantes del mismo territorio o convertir en asunto épico y moral las polémicas futbolísticas. Creo que será divertido darle vueltas al asunto y escribir sobre ello aplicado a Canarias.

Lecciones yugoslavas para España

El tener que sufrir a los nacionalismos periféricos ha convertido al “nacionalismo” en el nuevo coco ideológico de la política española.

Explicaba el otro día el tema del trabajo de investigación que estoy preparando para el máster que hice el año pasado. Trato de comprender la aparente explosión de conflictos étnicos y religiosos en el mundo tras el fin de la Guerra Fría. En mi opinión las cuestiones identitarias son meramente un discurso retórico que esconde la mayoría de las veces intereses y dinámicas sociales de lo más prosaicos.

El primer estudio de caso que he emprendido es el de la antigua Yugoslavia, paradigmático donde los haya. Es frecuente encontrar explicaciones sobre “odios ancestrales”, “violencia atávica”, el “peso de la historia”… Y es frecuente encontrar aquí en España menciones a la antigua Yugoslavia como advertencia de lo que nos podría pasar si no les paramos los pies a tiempo a Ibarretxe y Carod Rovira. Todo empezó con la secesión unilateral de Eslovenia y Croacia. De aquellos polvos vinieron luego los lodazales.

Si el nacionalismo como ideología fue la variable independiente que explicó los conflictos en la antigua Yugoslavia o la ex-Unión Soviética, deberían haber estallado en aquellos lugares donde el sentimiento nacionalista estaba más arraigado, como las repúblicas bálticas. Pero no fue así. O deberían haber estallado donde las fronteras cambiaron arbitrariamente tras la Segunda Guerra Mundial como en Polonia o Hungría. Pero tampoco fue así. Y aún así se presentan las corrientes nacionalistas en Croacia o el trazado de las fronteras en Armenia y Azerbaiyán como causa de sus guerras.

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Arkan, un atracador buscado por la Interpol, se convirtió en líder de una milicia personal que realizaba el trabajo sucio a los serbios en Bosnia.

Un elemento que se pasa por alto es que los nacionalismos secesionistas de Eslovenia y Croacia se encontraron de frente al nacionalismo serbio. En un principio este último se mostró dispuesto a liquidar el estado federal en un especie de “café para todos” a la yugoslava. Pero pronto un elemento fundamental de su programa político fue la idea de que Serbia, la Gran Serbia, alcanzaba hasta allí donde hubieran serbios. Algo parecido a la consideración de la Alemania nazi sobre los volkdeutsche, los alemanes que habitaban fuera de las fronteras alemanas. En el caso serbio se trataba de anexionarse los territorios de la Krajina y Eslavonia Oriental que habían quedado en el interior de la fronteras croatas, y buena parte de la Bosnia habitada por serbios (la actual República Srpska).

Las distintas descentralizaciones políticas y económicas emprendidas en la Yugoslavia socialista desafíaban claramente la hegemonía serbia, así que se “compensó” a esta república con un mayor peso de los étnicamente serbios en el Ejército Popular Yugoslavo, garante según la constitución de 1974 de la unidad nacional.

Los elementos que llevaron a la guerra quedan entonces claros: Una fuerza nacionalista que controla los aparatos del Estado, incluyendo los medios de comunicación y las fuerzas armadas, se opone a la secesión de partes de ese Estado con el argumento de defender los derechos de los “suyos” en esos territorios separatistas.

Ahora hagamos el ejercicio de trasladar esa situación a España, y tratar de señalar las correspondencias entre los actores. Ustedes mismos.

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