No se han cumplido ni dos meses desde la toma de posesión del presidente Donald Trump y vivimos a sobresaltos con cada ocurrencia delirante que surge de la Casa Blanca. Tengo la sensación de que todos vamos reaccionando a los shocks que va inyectando Trump en el ciclo informativo. Fue la manera en que acaparó la atención en las primarias del Partido Republicano del año 2016, que arrancaron con 17 candidatos. Creo que deberíamos dar un paso atrás para tomar perspectiva. Al fin y al cabo, sobre asuntos como la guerra de Ucrania todavía no se ha firmado nada.
Dentro de esta sensación generalizada de que estamos asistiendo a la demolición del mundo que conocíamos es fácil hablar de caos o locura. Pero creo que podemos atisbar algunas líneas maestras de lo que se propone Donald Trump, más allá de que sea sensato o posible.
El punto de partida es una impugnación a la globalización, que ha pauperizado a la clase media y se ha llevado por delante la base industrial de Occidente. Véase al respecto lo que escribí en “Desglobalización” (21 de mayo de 2019). Donald Trump cree que el saldo económico de la globalización y del imperio estadounidense es negativo, por lo que hace falta un repliegue estratégico y una vuelta al proteccionismo comercial.
Los planes económicos de Donald Trump suponen darle marcha atrás al reloj de la historia. Se trataría de volver a una economía protegida donde los productos se manufacturarán localmente obligando a las grandes empresas a volver a traer de vuelta las fábricas de China o México.
Estos planes económicos son totalmente opuestos al “modelo neoliberal” que han defendido los partidos de centroizquierda y centroderecha en Occidente desde los años 80. Y, por tanto, es obvio que hay que clasificar a Donald Trump como un líder nacional-populista que no es en nada equiparable a la derecha tradicional.
En el aspecto geoestratégico, la visión de Donald Trump es que la presencia global estadounidense supone una carga para el país y genera fricción con otros países con ambiciones imperiales como China y Rusia. Por tanto, quiere replegar a Estados Unidos para concentrarse en una esfera de influencia americana que incluya Canadá, Groenlandia y el Canal de Panamá.

Es de esperar por tanto una retirada de las fuerzas estadounidenses de Europa y Oriente Medio. En el caso de Europa tendría que aumentar el gasto en defensa, tal como reclamaba el presidente Trump en su anterior mandato. Y en el caso de Oriente Medio vemos que desde la Casa Blanca se quiere completar el dejar definitivamente atada la cuestión del Irán nuclear. Tras el repliegue estadounidense, el mundo quedaría dividido en esferas de influencia donde cada potencia regional tendría libertad para actuar en su patio trasero.
Esa desconexión económica y geoestratégica de Estados Unidos sería posible porque es un país enorme que tiene recursos naturales y energéticos, además de tecnología y capacidad de atracción de talento internacional, (Véase al respecto el libro El fin del mundo es solo el comienzo: Cartografía del colapso de la globalización de Peter Zeihan). La pregunta es si saldrá bien.
El principal problema del plan de Trump es que ignora las complejidades de la economía global de 2025. Trasladar una fábrica no sólo es cuestión de desatornillar la maquinaria y mandarla en barco a Estados Unidos. Una fábrica forma normalmente parte de un ecosistema de empresas proveedoras (cluster industrial) en el que hay que tener en cuenta incluso la disponibilidad de trabajadores cualificados. Así que por el camino veremos encarecimiento de los productos por el desabastecimiento temporal y los mayores costes de producción en Estados Unidos.
Otro gran problema es que las cadenas logísticas ahora mismo son sumamente complejas, con muchas empresas careciendo de control sobre el origen de subcomponentes. Así que seguro veremos a empresas estadounidenses profundamente afectadas por los aranceles impuestos por Trump debido a que van a encontrarse sobre la marcha que muchos proveedores de piezas y componentes dependían del comercio con Europa y China.
Sin olvidar, por supuesto, que el proteccionismo comercial abre la puerta a guerras comerciales donde pueden salir malparadas las empresas estadounidenses que perderán mercados o competitividad. ¿Apple y Tesla seguirían siendo empresas punteras si sólo dependieran de vender productos en el mercado estadounidense y/o sólo contaran con factorías estadounidenses? Ya hemos visto noticias de que Canadá y Portugal van a estudiar mejor la compra de aviones F-35. En la Casa Blanca parecen ignorar que ese paraguas de seguridad estadounidenses extendido por Europa y Asia genera relaciones de ida y vuelta. El repliegue geoestratégico seguro que dejará de parecer una idea brillante para recortar gastos el día en que empiecen a caerse contratos de empresas estadounidenses. Así que queda por ver si las consecuencias negativas del gran plan de Donald Trump empujará a una reconsideración del rumbo elegido o desde la Casa Blanca se decide por llevarnos sin vuelta atrás a un nuevo mundo cueste lo que cueste.


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