El ruido y la señal

La elección presidencial estadounidense de noviembre de 2016 tuvo que servir de señal de alarma. Los medios de comunicación de masas dejaron de cumplir su función principal. Se habían convertido en inútiles para entender Estados Unidos. El mundo marchaba por un camino diferente al que nos contaban. Por eso presté atención a dos artículos que leí hace poco y que van a contracorriente de lo que nos cuentan los medios. Los dos plantean que el presidente Donald Trump podría ser reelegido. Suena a disparate. ¿No era un disparate pensar que iba a salir elegido en 2016?

En primer lugar leí “How the Dems can lose 2018” del conservador Ben Shapiro, que plantea que la creciente importancia del discurso identitario (género, LGTB y minorías étnicas) del Partido Demócrata lo aleja del centro y es incapaz de generar un mensaje cohesionado e ilusionante de unión. Shapiro señala un ejemplo de esa nueva realidad del Partido Demócrata en la figura de Linda Sarsour, una islamista que fue una de las organizadoras de la Marcha de las Mujeres. Hace poco llamó a una yihad contra el presidente Trump. Evidentemente luego matizó que se refería a la acepción de “esfuerzo” o “lucha personal” del término, pero sus intenciones de provocar jugando con la ambigüedad resultan claras. El discurso antisemita de Sarsour no pareció encender ninguna alarma en el entorno de la izquierda estadounidense que la ha aupado en el contexto de la “resistencia” a Trump.

Diseño de Shepard Fairey para la Marcha de las Mujeres. El conservadurismo religioso musulmán como el nuevo radical chic de la izquierda posmoderna.

Aparte del caso de Sarsour, que descubrí en los días de la Marcha de las Mujeres, me llamó la atención el caso de Tulsi Gabbard, congresista demócrata por Hawái, que hizo un viaje a Damasco para conocer la realidad del país (“fact-finding”) acompañada por dos miembros del partido fascista sirio y siendo recibida por el presidente Al Assad. Leí bastante diatribas sobre el asunto pero no me quedó claro si el viaje de Gabbard, jugando el juego del régimen, fue un acto de ingenuidad política o el síntoma de algo más serio dentro del Partido Demócrata.

El segundo artículo que me llamó la atención era del célebre Edward Luttwak.. El título ya lo deja claro: “Why the Trump dynasty will last sixteen years”. Su idea es que Donald Trump está preparando a su hija para ser candidata a la presidencia de los Estados Unidos en 2024 y que el Partido Democráta no ha entendido las causas de su derrota en las pasadas elecciones. Luttwak plantea sus ideas aprovechando una reseña conjunta de varios libros sobre las pasadas elecciones presidenciales y que considera dejan sin explicar la victoria de Trump. Sostiene Luttwak que hay un fenómeno al que no se le ha prestado atención: la pérdida de capacidad de consumo de la clase trabajadora estadounidense. Usa como termómetro el cruce de datos de ingresos y precios de coches, el tótem del consumo y la identidad estadounidense por antonomasia. Según Luttwak, comprar un coche nuevo está cada vez más fuera del alcance de las familias cuyos ingresos se sitúan no en la media sino en la mediana. Y ello se debe, dice, a la caída de los sueldos de la clase trabajadora que ha sufrido las consecuencias de la desindustrialización para verse abocada a trabajos precarios y mal pagados en el sector servicios.

La masa de dejados atrás fue incapaz de sentirse identificada con el mensaje de una Hillary Clinton progresista rodeada, según Luttwak, de “mujeres negras, activistas ecologistas, musulmanes patriotas, veganos, defensores del libre comercio e ingenieros sociales”. El único mensaje que les apelaba era el de Donald Trump y Bernie Sanders hablando de la pérdida de trabajos industriales por la globalización. Pero el aparato del Partido Demócrata prefirió a Clinton frente a Sanders, mientras que Trump, el nada sofisticado multimillonario que come hamburguesas de McDonald’s, pudo y supo enfrentarse a los elitistas candidatos del Partido Republicano.

Me pareció interesante que Edward Luttwak pensara ya en las elecciones de 2024 y en una victoria de Ivanka Trump tras dos períodos presidenciales de Donald Trump cuando andamos sobresaltados día a día con las noticias de la conexión rusa y el caos interno del gobierno estadounidense. Pero me hizo pensar más en mi propia perspectiva a largo plazo. Allá por los 90 yo era un lector de la revista Ajoblanco. Recuerdo el Informe Petras, que aún conservo, junto aquella certeza que se cernía sobre nosotros de que no íbamos a vivir mejor que nuestros padre. Por eso mi desdén ante el 15-M, que llegó diez años tarde. Recuerdo también en los 90 que me suscribí a la revista Time para mejorar mi inglés y en ella devoré cuanto pude sobre el fenómeno de las milicias estadounidenses que luego Manuel Castells explicó como un epifenómeno de la globalización y la desindustralización el segundo volumen de la edición española de La Sociedad de la Información. Rescaté el tema en marzo de 2016: “Dejados atrás: De las milicias a Trump”. Para luego plantear en la segunda parte que el apoyo a Trump era un fenómeno equiparable.

Hablamos entonces de que Trump podría ser el resultado de un fenómeno que ha estado incubándose veinte años. Y podría ser igual para el Reino Unido. El historiador Jim Tomlinson resumía las ideas que había prsentado en un congreso académico en un artículo breve en la página web de la London School of Economics titulado “De-industrialisation rather than globalisation is the key part of the Brexit story”. Me parece que hablamos poco del largo plazo. Y todo esto que les he contado de Estados Unidos no era más que una vuelta para hablar en la segunda parte de Europa en el largo plazo.

First we take Manhattan, then we take Berlin

En primero de carrera de Sociología me leí el primer tomo de La Era de la Información de Manuel Castells para la asignatura de Sociología del Trabajo y le comenté al profesor que había algo que no me quedaba claro en la visión del futuro que el libro planteaba. La sociedad de la información iba a vaciar el mercado de trabajo de los puestos de cualificación media mediante la automatización y la deslocalización. Íbamos hacia un mundo polarizado. Por un lado programadores o ingenieros bien pagados en Sillicon Valley. Por otro lado teleoperadores o limpiadoras precarizados con subcontratas y empresas de trabajo temporal. ¿Y en medio? Se suponía que la promesa del mundo tecnológico futuro traería prosperidad a todos en el largo plazo. Desde entonces, por el camino han quedado los “perdedores de la globalización”. Un concepto que ha aparecido en los análisis de los resultados del referéndum británico y las elecciones presidenciales estadounidenses.

Estados Unidos
Image: ABC.es

En “Trump presidente y los dos Estados Unidos” señalé que la clave en estas elecciones presidenciales, como en las anteriores, es el voto en los “swing states”, aquellos estados donde el voto mayoritario oscila de uno a otro partido. Los “swing states” son, principalmente, Florida y un corredor que va desde los Grandes Lagos al Océano Atlántico. Donald Trump ganó en Florida, Wisconsin, Ohio y Pensilvania, estados en los que Obama ganó en 2008 y 2012.

Estados Unidos
Imagen vía @elOrdenMundial

El corredor de “swing states” que va de los Grandes Lagos a la costa atlántica coincide, más o menos, con el “cinturón del óxido” (rustbelt), un antiguo cinturón industrial ahora en decadencia (como la Valonia belga). Es una región que en los años 90 asistió a la aparición de milicias armadas, como  el Michigan Militia Corps (Wolverines), nacido en 1994. Hablé del fenómeno el pasado mes de marzo en “Dejados atrás: de las milicias a Trump” para luego trazar un paralelismo entre el apoyo a Trump entre los blancos de clase obrera y  aquella ola de descontento que se nutrió de la misma base demográfica y social. Y es que antes de señalar a un repunte del racismo, xenofobia, machismo, etc. habría que fijarse, como hice entonces, en los puntos de vista sobre la globalización que tienen los simpatizantes de Trump de clase obrera. Algo que Gerald F. Seib planteaba en el Wall Street Journal ayer.

Quien mejor explicó cómo el voto a Trump iba a ser un voto de protesta de la clase obrera empobrecida fue Michael Moore en julio de este año. Su explicación circuló como texto (“5 reasons Trump is going to win”) y hasta el audio con la explicación en su propia voz terminó en un montaje con banda sonora como material de apoyo a Trump.

La cuestión de fondo aquí es la “promesa rota” de la globalización. Y cómo aquí en Europa la izquierda que forma parte del establishment político no ha sabido articular un discurso coherente sobre la caída de los ingresos, la precariedad laboral y los inmigrantes musulmanes que no tienen la más mínimo intención de aceptar los valores democráticos occidentales. El BREXIT y la victoria de Trump son dos hitos más de un fenómeno que va a sacudir Europa Occidental. Habrá que estar atentos a las próximas elecciones.

Véase:

“Presidente Trump” (2 marzo 2016)

“Dejados atrás: de las milicias a Trump” (14 marzo 2016)

“Dejados atrás: De las milicias a Trump” 2ª parte (2 abril 2016)

Trump presidente y los dos Estados Unidos (10 noviembre 2016)

Véase también de Andrés P. Mohorte:

El “rust belt”: la mitología decadente de la clase obrera que ha entregado la victoria a Trump

Guardar

Trump presidente y los dos Estados Unidos

Me curé en salud y no hice pronóstico alguno sobre el resultado de las elecciones estadounidenses. Aasí que no haré aquí una explicación postfacto sobre la victoria de Donald Trump. Ahora me interesa más qué pasó, porque he leído explicaciones y visto datos relacionados con asuntos que han desfilado por este blog.

En noviembre de 2013 mencioné en “Los muchos Estados Unidos” cómo el país puede dividirse en varias regiones en función de los valores de sus habitantes. Colin Woodard habla de “once culturas regionales”. Para simplificar al máximo podemos hablar de dos países. Uno lo forma el conjunto de la costa del Pacífico, la región de los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra. Hablamos de lugares como California (donde están Hollywood y Sillicon Valley) y el estado de Washington (donde están los cuarteles generales de Boeing y Seattle). Es decir, hablamos de lugares volcados en la economía global, como lo están las  megaurbes de los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra, como son Chicago, Nueva York y Boston.

Se trata además de una cuestión, como dijimos, de valores. En los Grandes Lagos tenemos estados como Minnesota, donde se establecieron inmigrantes escandinavos como los ancestros del personaje interpretado por Betty White en Las Chicas de Oro que hablaba de las tradiciones noruegas de su pueblito, St. Olaf. En Minnesota salió elegido como senador el humorista Al Franken por el Partido Demócrata-Agrario-Laborista, partido al que también pertenece Ilhan Omar, que en la jornada electoral de pasado martes día 8 salió elegida para la cámara de representantes de Minnesota. Omar nació en Somalia y es musulmana. Podemos decir, generalizand, que en la región de los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra encontramos una población con valores más progresistas que el resto del país, con un mayor apoyo a los servicios públicos y políticas sociales.

En rojo: Jesusland. En azul: Estados Unidos de Canadá.
En rojo: Jesusland. En azul: Estados Unidos de Canadá.

El resto del país lo componen los estados del Sur y del interior del país, donde la población es más religiosa. De ahí que en circulara un meme en 2004 que redibujaba las fronteras de Canadá y Estados Unidos para crear dos países: Jesusland y los Estados Unidos de Canadá. Así, Canadá y los estados más progresistas de Estados Unidos quedaban unidos. Mientras que la zona más conservadora de Estados Unidos formaba país aparte. Ese concepto de un país dividido ha seguido en el discurso político estadounidense, con políticos republicanos hablando del “heartland”, el “Estados Unidos real”, para referirse a las regiones más conservadoras del interior.

Cuando escribí  “Los muchos Estados Unidos”  llamé la atención sobre otro fenómeno que hace que dividir el país en regiones homogéneas sea engañoso. En su viaje por Estados Unidos, que volcó en el libro An Empire Wilderness, el periodista Robert D. Kaplan encontró en las regiones rurales no sólo una desafección hacia las lejanos élites de Washington D.C., sino también hacia las élites urbanas locales de ciudades como Miamo o Chicago y/o el gobierno del estado local. De hecho, en bastantes condados rurales hay movimientos que abogan por cambiar las fronteras interiores del país para separarse de la regiones urbanas para formar un nuevo estado con otros condados rurales límitrofes o unirse a un estado vecino. Esa divisoria es importante a la hora de analizar el resultado de las elecciones. No es que haya un apoyo mayoritario y unánime a uno u otro candidato en cada estado del país, sino que hay también una divisoria dentro de cada estado entre los distritos electorales que incluyen áreas urbanas y rurales.

La divisoria regional ayuda a explicar en cierta forma las votaciones en Estados Unidos. El Partido Demócrata obtiene su apoyo en la costa oeste, los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra. El Partido Repúblico obtiene su apoyo del Sur y el interior del país. Pero hay excepciones y esas excepciones son el asunto central de las elecciones estadounidenses. Resulta que hay una serie de estados que no cumplen la regla general que antes enuncié, pudiéndose decantar por uno u otro partido. Son los llamados “swing states”. Son estados como Florida y un corredor que abarca de los Grandes Lagos al Atlántico, del que forman parte estados como Pensilvania y Ohio. Los candidatos se gastan una cantidad enorme de tiempo y dinero en hacer campaña. Trump ganó en Florida y en varios estados de ese corredor. Fin de la partida.

[continuará]

captura2
Fuente: ABC.es

Guardar

Guardar

Dios los cría y ellos se juntan

No tenía ni idea quién era Roberto Centeno hasta que en septiembre de 2014 encontré un artículo suyo defendiendo varias tesis rusas sobre el derribo del vuelo MH17 en Ucrania. Sus argumentos eran de segunda mano y mercancía defecutosa. Por ejemplo, que el espacio aéreo sobre Ucrania oriental estaba cerrado y había sido abierto expresamente para el vuelo MH17. La realidad es más sorprendente todavía. El gobierno de Kiev no había cerrado el espacio aéreo sobre aquella zona de guerra. Sólo había prohibido el vuelo a las alturas que dejaban los aviones al alcance de misiles tierra-aire portátiles. De hecho dos aviones, pertenecientes a aerolíneas de la India y Singapur, volaban en pasillos aéreos paralelos al vuelo de Malaysia Airlines.

Fui señalando los errores en sus argumentos aquí en el blog en “Roberto Centeno y más mentiras sobre el vuelo MH17″. Aquel era un artículo que llegaba dos meses después de la tragedia del MH17 y llegaba tarde al debate, aportando argumentos que ya habían sido desmontados. La verdad es que me olvidé del personaje.

Vía Alberto Noguera descubro que Roberto Centeno ha contado en AlertaDigital.com, un diario digital de tendencia ultraderechista,  que ha sido contratado por la campaña de Donald Trump. No hay forma de comprobar la información, no he visto más referencias en Internet, pero es sin duda algo llamativo. Centeno consideraba uno de los factores que podría dar la vuelta a la campaña el que se demostrara que el Estado Islámico fue una creación de Hillary Clinton. Desde luego, Trump y Centeno son tal para cual.

El mundo se ha vuelto loco: Trump y la Nueva Guerra Fría

En la última entrevista que me hicieron en Radio Sefarad, a cuenta de la decadencia militar de Occidente, terminé dibujando a grandes trazos un panorama internacional bastante complicado e impredecible. No es que Jorge Rozemblum me pidiera que edulcorara la realidad, pero es que la realidad no sigue un arco narrativo hacia un previsible final feliz. Es Juego de Tronos.

Trump

El jueves terminó la Convención Nacional Republicana que proclamó como candidato a las elecciones presidenciales de Estados Unidos al multimillonario Donald J. Trump. En un ciclo electoral normal, las barbaridades dichas por Trump hubieran hundido la campaña de cualquiera. Pero esta no ha sido una campaña cualquiera. Cuando me fui a la cama de madrugada mi timeline de Twitter se llenó con los comentarios sarcásticos y tajantes de los analistas y expertos que sigo, comentando el discurso de Trump. Todos estaban horrorizados y asombrados, incluso los conservadores. Los principios de Trump van en contra de los defendidos por el Partido Republicano anteriormente. Pero como ya dije, esta no es una campaña cualquiera.

Donald Trump ha soltado disparates, medias verdades y mentiras que los periodistas se han encargado enseguida de señalar. Pero el periodismo de fact checking está en horas bajas. Con Trump y el referéndum del BREXIT se habla ya del mundo postfáctico. La gente está cansada de los expertos y sus pizarras en la tele. Trump apela a las emociones. Quiere convertir a Estados Unidos en un país ganador y en un gran país de nuevo para volver a los buenos viejos tiempos. No se sabe cómo lo va a hacer. Su campaña se ha basado en frases que encajan en un tuit. Y los expertos políticos se rascan la cabeza ante alguien que ha llegado tan lejos en una campaña presidencial sin presentar un programa político.

Sí hay cosas que Trump ha dicho claramente. Y cada vez que las dice, todos esos expertos que sigo en Twitter se escandalizan. Ha dicho que la OTAN “podría” estar obsoleta y que le cuesta mucho dinero a Estados Unidos. Y que en caso de invasión rusa de las Repúblicas Bálticas, a pesar de lo que dice el Artículo 5 de la OTAN, no acudiría inmediatamente en defensa de esos países sin revisar primero si esos países “han cumplido sus obligaciones” hacia Estados Unidos.

estonianworld.com
Soldados estonios en Afgansistán. Foto vía estonianworld.com

La respuesta de Trump, han dicho muchos, suena como música en los oídos de Vladimir Putin, líder con el que ha intercambiado piropos. Y es que la “conexión rusa” de Trump es densa. Paul Manafort, director de su campaña electoral, fue asesor político del despuesto presidente ucraniano Viktor Yanukovych, aliado de Moscú. Mientras que Carter Page, su principal asesor de política exterior trabajó para la empresa pública rusa Gazprom y es abiertamente prorruso, como demuestran sus artículos publicados sobre la crisis de Ucrania. Llama la atención el apoyo a Trump expresado desde Rusia por Alexander Dugin, figura relevante del euroasianismo. O los comentarios favorables hacia Trump de Tierry Meyssan en Voltairenet.

Hasta ahora el Partido Republicano había mantenido una línea dura con la Rusia de Putin. Pero la influencia de Trump ya se notó en la Convención Nacional Republicana, donde el personal de la campaña de Trump hizo labor de pasillo para que el programa republicano no incluyera el envío de armas a Ucrania, yendo en contra de las postura sostenida por el partido hasta la fecha. Y Newt Gingrich quitó importancia a las declaraciones de Trump sobre no defender de forma automática a las repúblicas bálticas mencionando a Estonia como “un lugar que está en los suburbios de San Peterburgo”.

Las conexiones personales de Trump con Rusia incluye la promoción de negocios inmobiliarios allí y el flujo de inversiones rusas a sus proyectos. Considerando que Trump se ha negado a hacer pública su declaración de impuestos, un gesto que todos los candidatos a presidente en Estados Unidos han hecho voluntariamente desde 1976 sin que haya una ley que les obligue, no hay forma de saber el valor de su fortuna real y en qué empresas tienen participaciones por qué valor. Pero sí se sabe que tras la bancarrota de Trump Hotels and Casinos Resorts en 2009, los negocios de Trump han sido muy dependientes de las inversiones procedentes de Rusia.

Justo al día siguiente del discurso de Trump, aceptando la candidatura republicana, Wikileaks publicó 19.252 correos, con fechas entre enero de 2015 a mayo de 2016, robados de un servidor del Partido Demócrata. Los correos muestran que el aparato del partido prefería la candidatura de Hillary Clinton sobre la de Bernie Sanders y poco más. Wikileaks ha sido tan descuidada como para volcar a Internet los correos en bruto, que incluyen datos personales como dirección postal, número de la seguridad social y datos de la tarjeta bancaria de las personas que hicieron contribuciones al partido vía Internet.

Anteriormente, Wikileaks publicó correos electrónicos con fechas entre junio de 2010 y agosto de 2014 robados del servidor de la Fundación Clinton, período que coincide aproximadamente con el tiempo en que Hillary Clinton fue secretaria de Estado (21 de enero de 2009-1 de febrero de 2013). Pareciera que Wikileaks, organización con notorios vínculos con Rusia, la ha emprendido con Hillary Clinton. De hecho, los datos apuntan a que los robos de correos fueron realizados desde Rusia y Wikileaks ha sido instrumentalizada en la operación como intermediario con el público.

Julian Assange entrevistando al líder de Hezbolá en su primer programa en Russia Today.
Julian Assange entrevistando al líder de Hezbolá en su primer programa de televisión en Russia Today.

Jonathan Chait se pregunta directamente “¿Está trabajando Donald Trump para Putin?”. Robert Zubrin llama a Trump “el candidato del Kremlin”. Michael Crowley hace lo mismo para centrarse en la cobertura informativa de RT sobre Trump. Anne Applebaum escribe sobre las consecuencias para Europa y recuerda la película “El candidato de Manchuria” (1962), cuya trama gira sobre un plan comunista para colocar a un agente como presidente de los Estados Unidos. La misma referencia ha empleado Paul Krugman para el artículo “El candidato de Siberia”. Franklin Foer llama a Trump “la marioneta de Putin”. William Kristol, un eminente neoconservador, se pregunta al respecto del partido republicano “¿El partido de Putin?”. Garry Kasparov dice que Trump le recuerda a Putin. A lo mejor es exagerado pensar en Trump como un instrumento del Kremlin. A lo mejor es simplemente un tonto útil.

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Dejados atrás: De las milicias a Trump (Segunda parte)

nbc-fires-donald-trump-after-he-calls-mexicans-rapists-and-drug-runners
Foto: Reuters/Dominick Reuter. Vía Business Insider.

Donald Trump ha sido el gran femóneno de la primarias del Partido Republicano. Es como si las reglas clásicas de la política no se aplicaran con él. Ha dicho y hecho cosas que hubieran hundido la carrera de otros políticos en un ciclo electoral diferente. Queda ahora tan lejanas las primaras de 2004, cuando los gritos eufóricos de Howard Dean, aislados del sonido ambiente mientras el público gritaba, le hicieron parecer un demente y arruinaron su campaña. Hoy los votantes republicanos que apoyan a Donald Trump le perdonan o le justifican todo.

Aquí en Europa a los bien pensantes les encanta diseccionar el discurso simplón de Trump desde el supuesto refinamiento y sofisticación del viejo continente que nos distancia de Estados Unidos, explicando su auge como la típica fórmula de candidato populista que apela a los bajos instintos del electorado. Ya saben, ese estereotípico estadounidense con sobrepeso que no sabe situar países que son noticia en un mapa. La verdad, no creo que estemos en condiciones en Europa de dar lecciones al respecto, con un panorama político donde encontramos desde populismo de inspiración sudamericana a la ultraderecha xenófoba. Ni mucho menos de preguntarle al votante medio europeo que diga cuántos países forman la Unión Europea y los ubique en un mapa.

El fenómeno Trump ha generado en Estados Unidos un caudal interminable de columnas de opinión y ha ocupado horas y horas de televisión, desde los programas más sesudos a los inevitables momentos de humor de los late night shows. La mayoría de los análisis se centran en lo zafio y simplista de su mensaje. Como los titulares de que Trump habla con un inglés propio de un niño de 4º de primaria o 5º de primaria. Hace poco, Andersoon Cooper le reprochó a Trump que atacara a Ted Cruz tuiteando una foto que comparaba la mujer de ambos, a lo que Trump respondió “¡yo no empecé!”. Cooper le reprochó que la respuesta era digna de un niño de 5 años. Los medios se han centrado en esta clase de asuntos para resaltar el supuesto bajo nivel intelectual de Donald Trump, con la idea de resaltar lo inadecuado que es para el puesto de presidente de los Estados Unidos.

//platform.twitter.com/widgets.js

Otros análisis se han centrado en el fondo de su discurso, lo que tiene al aparato del Partido Republicano bajo un ataque de pánico. Trump es un republicano atípico. En el debate con los otros candidatos republicanos en Carolina del Sur defendió frente a Ted Cruz la financiación pública de Planned Parenthood y criticó la invasión de Iraq frente a Jeb Bush.

Pero lo que ha puesto realmente nervioso al establishment republicano y a los expertos internacionales es el programa de política exterior de Donald Trump, que presentó hace unas semanas ante periodistas del Washington Post. Trump es un aislacionista de la vieja escuela que cuestiona la necesidad de la OTAN, además de un repliegue sobre las fronteras para dejar de defender lugares como Europa y Corea del Sur. Según Trump, la crisis de Ucrania es un problema europeo y responsabilidad de Alemania. Pero todos los comentarios sobre lo malo que sería Trump para el país o para el Partido Republicano no dan una explicación de por qué es popular. Las explicaciones las he encontrado en lugares atípicos.

Scott Adams es el dibujante de las tiras cómicas de Dilbert y anticipó en su blog en el verano de 2015 el éxito de Trump. Según Adams, Donald Trump tiene unas dotes persuasivas extraordinarias y que lo que parece a priori acciones estrambóticas propias de un payaso suelen tener un objetivo definido. Por ejemplo, todo el debate sobre lo nefasto que sería Donald Trump como presidente de los Estados Unidos es la constatación de que somos ya capaces de imaginarle como candidato victorioso, algo que no consiguió ningún otro candidato republicano. Nadie habla del hipotético presidente Kasich o del hipotético presidente Cruz. Adams ha dedicado bastante atención a la campaña de Trump en su blog, lo que le ha llevado a ser entrevistado en Fox News y en la CNN.

John Robb es el autor de blog Global Guerrillas y el libro homónimo. Según Robb, Donald Trump ha roto las reglas establecidas y la suya no es una campaña electoral sino una insurgencia. Se trata de un movimiento centrado en unas pocas ideas sobre a qué se opone y que resulta vago a la hora de definir las posiciones propias para no generar divisiones entre su base electoral. Después del Súper Martes, Robb llamó la atención a cómo el aparato del Partido Republicano se había lanzado contra Trump y anunció que ese día había nacido un nuevo grupo social, los technorati. Robb la describe como esa clase social cosmopolita y cualificada que ha prosperado con la globalización. Los encontramos en muchos países y tienen entre ellos más en común que con el resto de los habitantes de sus propios países. Porque frente a los technorati ha aparecido otra clase social, los “dejados atrás” (left behind). Es ese sector de la clase obrera cuyo nivel de vida ha empeorado con el paso de los años, sufrió la crisis y cuyos hijos no vivirán mejor. Son los trabajadores poco cualificados a los que tener un empleo no les permite salir de la pobreza y cuyas fotos empujando un carrito en Wal Mart luciendo sobrepeso y ropa hortera son objeto de burla en Internet. Son los recién licenciados universitarios aplastados por la losa de las deudas contraídas para pagar los carísimos estudios universitarios en EE.UU. y que se han encontrado el mercado de trabajo post-crisis. Estos últimos apoyan a Bernie Sanders. Los otros, a Donald Trump. Ambos candidatos han pulsado una cuerda emocional en el electorado hablando de economía y comercio. Y ambos son percibidos como candidatos anti establishment. Trump es un multi millonario. Pero, precisamente por ello, se presenta como alguien que se autofinancia la campaña electoral y no está sometido al juego de compra de voluntades de los lobbies y grupos de presión.

Section-3_9
Vía Politikon.es

Trump ha prometido apretar las tuercas a las empresas estadounidenses para que traigan empleos de vuelta desde China y México. En los datos que recopilaba Roger Senserrich aparecía una encuesta en la que los votantes de Trump era el grupo de población considerado que en mayor medida creía (67%) que los tratados de comercio habían sido algo malo para Estados Unidos. Hay, por tanto, una masa de trabajadores estadounidenses preocupada por que su puesto de trabajo sea deslocalizado. El nivel de estudios, el nivel de paro en la zona y la pérdida de empleos en el sector manufacturero parecen ser buenos predictores estadísticos del apoyo electoral a Trump. Son factores parecidos a los que en la primera mitad de los años 90, la época en que se negoció el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, explicaron la aparición de milicias unidas por una perspectiva conspiranoica en zonas desindustrializadas de Estados Unidos. El descontento es el mismo pero esta vez ha sido canalizado por un político que promete devolver la gloria perdida por el país en el contexto de la Nueva Guerra Fría y el ascenso de China.

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com :

Dejados atrás: De las milicias a Trump, 1ª parte (14 marzo 2016)

Presidente Trump (2 marzo 2016)

Presidente Trump

De un tiempo a esta parte mantengo una rutina con una amiga que vive en Estados Unidos. Ella me pregunta mi opinión sobre cierto artículo de análisis internacional de algún autor español publicado en El País y yo le contesto por enésima vez que no leo los artículos de opinión de la prensa española. Entonces busco el artículo al que ella se refiere y pasamos a destriparlo. La situación habitual es que al autor de turno se le escapa las claves del asunto que toda la prensa en Estados Unidos maneja. A estas alturas no sé si es un síntoma de la decadencia periodística de El País o un síntoma de que en el siglo XXI  para un ciudadano español con Internet la prensa nacional resulta superflua para seguir la actualidad del mundo.

El último artículo al que mi amiga hizo referencias se refería al éxito de Donald Trump en las primarias republicanas. Salió justo en un momento en que los medios estadounidenses están volcados en analizar la campaña de Trump, burlarse de Trump o advertir del peligro que supone Trump. Y me parece insuficiente y torpe quedarse en el análisis de que Trump triunfa porque apela a los más bajos instintos del electorado con un discurso xenófobo. Sería igual de irrelevante que un análisis de un periodista extranjero que contara en su medio que un sector del electorado español se ha vuelto loco votando a un partido liderado por un comunista a sueldo de Caracas y Teherán que ha defendido, entre otras muchas cosas, acabar con la división de poderes, prohibir los medios de comunicación privados y salirse del euro para imprimir dinero a lo loco e imponer controles cambiarios.

Trump es un fenómeno singular porque ha subido en las encuestras diciendo cosas que hubieran hundido la carrera de otros candidatos en otros ciclos electorales, como decir que John McCain no es un verdadero héroe de guerra porque fue derribado sobre Vietnam o que la actitud de Megan Kelly hacia él durante el debate en FOX News se debió a que la periodista estaba con la regla. Las encuestas y estudios reflejan que el público valora que Trump “habla claro” y “dice lo que piensa”, aunque sea tan difícil su posición en torno a tantos temas en los que se ha contradecido. Bill Maher señaló que una característica importante de Trump es que no pide perdón. Y en un país con el discurso público atenazado por lo políticamente correcto (que a pesar de la degeneración del término en España, es un concepto de la izquierdas posmoderna) el discurso de Trump genera apoyo en la masa que no se siente identificada con las élites educadas y sofisticadas de ambas costas que copan Hollywood y los medios (veáse lo que escribí en “Los muchos Estados Unidos”). Por contrastar, es interesante ver cómo Dana Carvey imitó a Barack Obama y comparó su manera elaborada y algo pomposa de hablar con las de Ronald Reagan, Bill Clinton y George W. Bush. El resultado es que paradójicamente Trump ha encontrado el apoyo electoral en la clase obrera estadounidense.

donald-trump-make-america-great-2-800x400

La clave que he echado en falta en los análisis españoles y que se ha convertido en la palabra fetiche en Estados Unidos es que Donald Trump es percibido como un candidato anti-establishment, exactamente como Bernie Sanders. William S. Lind, autor del concepto de “Guerras de Cuarta Generación”, escribía hace poco que “la línea de fractura en la política estadounidense no es republicano vs. demócrata sino establishment vs. antiestablishment”. Trump no es un “político profesional” y con su fortuna personal no necesita para su campaña el apoyo económico de grupos de interés y lobbies. Así, Bill O’Reilly decía que Trump y Sanders son lo mismo. Trump entró en las primarias como una figura rompedora que logró que su figura y su discurso se convirtiera en el centro del debate. Scott Adams, autor de las tiras de Dilbert, ha escrito una larga lista de artículos analizando la estrategia de comunicación exitosa detrás del personaje delirante y bufonesco que es Trump.

La avalancha de análisis de estas últimas semanas son resultado del Partido Republicano entrando en pánico y la desesperada necesidad de comprender la fórmula del éxito de Trump. La lista de candidatos republicanos se ha reducido pero quedan en liza dos candidatos con entidad como Ted Cruz y Marco Rubio que están logrando que el voto del elector republicano “tradicional” se divida, facilitando las victorias de Trump. Una posible victoria de Donald Trump y Hillary Clinton en las primarias obligaría a muchos republicanos a aceptar a la segunda como el mal menor, tal como ya ha asumido Max Boot. Es difícil imaginar que gane las elecciones presidenciales frente a Hillary Clinton, pero sería entre divertido y terrorífico imaginar el mundo con el presidente Trump.