Desglobalización

Como habrán notado, últimamente me queda poco tiempo para atender el blog y se me acumulan los temas mientras apenas me queda tiempo para clasificar los enlaces que voy encontrando por diversos medios. Pero no quería dejar pasar más tiempo sin abordar uno de esos temas de fondo que percibía iba emergiendo entre el ruido de las noticias. Con los acontecimientos de estos días parece que ya se hace evidente y quizás tenga poco mérito contarlo ahora.

Creo que ya conté aquí varias veces (son más de 14 años de blog) cómo entré a estudiar Sociología con la idea de dedicarme a estudiar la Sociedad de la Información. Aterrizaba en la universidad después de estudiar informática en Formación Profesional y con el bagaje de lecturas como La Tercera Ola del matrimonio Toffler. No habían pasado ni dos meses del comienzo del primer curso cuando sucedieron los disturbios en Seattle, que sirvieron de presentación del Movimiento Antiglobalización y cuya preparación había seguido por la lista de correo de Z Mag. La Globalización era el tema de moda. Y en aquel primer año de carrera me impactaron tanto las lecturas de El Lexus vs el Olivo de Thomas L. Friedman como La Era de la Información de Manuel Castells. Sentía estar en un momento crucial de cambio.

Todas aquellas lecturas planteaban como una buena nueva que Internet y las nuevas tecnologías iban a llevarse por delante el viejo orden industrial, con cambios profundos en el mundo de los negocios, el activismo social y la educación. Las factorías irían trasladándose del mundo desarrollado al subsdesarrollado en busca de mano de obra más barata y ciertos negocios terminarían sucumbiendo a la desintermediación o el cambio tecnológico, como fue el caso de los vídeo-clubs o las agencias de viaje. Pero el saldo final sería positivo. Por todos aquellos trabajos que se iban a perder en el mundo desarrollado en el sector industrial, aparecerían otros nuevos en sectores en nacimiento. “Nuestros hijos trabajarán en empleos que todavía no se han inventado”. Recuerdo leer la transcripción de una conferencia de Manuel Castells donde mostraba su desprecio por las ideas vertidas por Jeremy Rifkin en El fin del trabajo.

Algunos de los elementos de la globalización resultaban contraintuitivos. La deslocalización de factorías a países subdesarrollados parecía un juego de doble suma negativa. Los trabajadores de las viejas zonas industriales de Norteamérica y Europa perdían su trabajo, mientras los trabajadores de Europa del Este, México y el Sudeste Asiático se incorporaban a puestos de trabajo en condiciones que en el lugar de origen nadie aceptaría. Pero el resultado es que aquellos fábricas proporcionaban de forma regular mejores ingresos a campesinos pobres. Jordi Évole descubrió la paradoja cuando le preguntó a unas trabajadoras camboyanas qué le dirían a los compradores de la ropa que producían tras mostrarles el precio de venta al público en Europa. Las trabajadoras le respondieron que les dirían que compraran más ropa, así ellas tendrían más trabajo.

El elefante de la globalización. Vía Pew Research.

El fenómeno de la mejora de ingresos de grandes masas de población en los países subdesarrollados supuso el abandono de la pobreza de cientos de millones de personas en lugares como India y China. Pero también en lugares como Perú, lo que hace que las cifras de abandono de la pobreza en la Venezuela en la pasada década 2000-2010 no resulten singulares. Lo que observadores externos atribuyeron al chavismo posiblemente no fuera más que el resultado de la coyuntura internacional de los precios de las materias primas.

Ese fenómeno del aumento de ingresos de los habitantes de los países subdesarrollados se vio acompañado de otros fenómenos significativos: los ingresos de la población muy pobre apenas creció, los ingresos de los muy ricos crecieron y los ingresos de las clases medias de los países desarrollados cayeron. Esto es, la brecha entre los muy ricos y las clases medias de Occidente se amplió. Sólo estos tres datos darían para desarrollar otros muchos temas.

Uno de los fenómenos más importantes de la globalización es cómo China se convirtió en la fábrica del mundo. La teoría decía que a China se deslocalizaba el tramo de menor valor añadido en la producción de tecnología: el ensamblaje. En Occidente en cambio se mantendrían las etapas más valiosas: el I+D, el diseño, el márketing, etc. Tómese como ejemplo el valor desglosado de los componentes físicos de un teléfono iPhone. El valor de la marca y las patentes de software valen muchísimo más que las factorías.

Pero la deslocalización a China y el Sudeste Asiático en general se vio acompañado de dos fenómenos no previstos. El primero fue la concentración de fabricantes y proveedores en clusters industriales. La reducción de costes empujó a los proveedores de componentes a instalar sus fábricas cerca de las de sus clientes. El asunto escondía un secreto bien guardado de la industria de la electrónica de consumo. Muchas marcas señeras y acérrimas competidoras en realidad emplean componentes del mismo proveedor y hay componentes clave de la electrónica de consumo de los que existen poco proveedores (chips de memoria RAM, sensores de cámaras digitales, pantallas de televisión, etc.) La creación de clusters industriales supone que la supuesta flexibilidad de la industria de la era digital no es tal. Volviendo al ejemplo del iPhone, para Apple sería complicado llevar la producción a Estados Unidos porque no sólo se trata de instalar una fábrica de ensamblaje, sino de contar con todo el ecosistema de proveedores asociados.

El segundo y más fundamental fenómeno asociado a la deslocalización en China es que la industria local siguió un proceso escalonado de 1) copia de los diseños occidentales 2) producción de copias con mejoras locales 3) creación de nuevos productos más competitivos. La “transferencia” de propiedad intelectual no se realiza únicamente de forma delictiva. Compartía ayer Willy Pulido una noticia de The Wall Street Journal que recogía la existencia en China de “transferencias de tecnología” como peaje impuesto a empresas extranjeras para operar en el país. El resultado es que hay ciertos sectores tecnológicos donde China es hoy un duro competidor frente a sus rivales occidentales. Pensemos, por ejemplo, en la telefonía móvil. Un sector donde hubo un tiempo en que Europa fue pionera gracias a empresas como Nokia, Alcatel y Ericsson mientras que los productos chinos eran tratados con desprecio. Hay perspectivas de que habrá más sectores donde la industria china puede que se lleve por delante en el futuro a sus competidores occidentales, como el sector automovilístico europeo de gama media. Un sector por cierto, en el que se avecinan otros fenómenos disruptivos.

La competencia industrial china no se queda sólamente en una mayor competitividad de sus empresas. El crecimiento de las empresas chinas las convierte en jugadores globales con recursos para invertir fuera de sus fronteras. En países como Alemania o Israel están ya preocupados por la entrada de capital chino en empresas de tecnología punta que desembocan en una transferencia tecnológica. El ministro de Economía alemán propuso la creación de un fondo de inversión estatal el pasado mes de febrero con la única intención de bloquear la entrada de capital extranjero en empresas clave de la economía del país. En España existe, por su parte, preocupación, por la entrada de capital chino en empresas clave del sector energético.

Todo esto es el escenario de fondo de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. El fundamento es que ahora es el momento de frenar a China, que disfruta no sólo la ventaja de la masa crítica de su mercado interno, sino que realiza extensivamente prácticas de competencia desleal como el robo masivo de propiedad industrial en todas sus variantes. Así que hay quien le reconoce el mérito a Donald Trump de haber planteado una batalla necesaria.

Nota final: El concepto “desglobalización” lleva tiempo siendo planteado por diversos autores. Por ejemplo, el coronel (ET) Mario Laborie lo hizo en la revista Ejército allá por el verano de 2017.