La regla informativa sobre los amigos del Kremlin

Desde el estallido de la crisis financiera de 2008 no ha habido región del planeta sin protestas callejeras. La lista es larga y el occidente desarrollado no es ajeno, arrancando por el 15-M español o el Occuppy Wall Street estadounidense. La Primavera Árabe, que tuvo su prólogo en El Aaiún en noviembre de 2010, sacudió desde Mauritania a Baréin. Por razones diversas, la gente salió a la calle en Argentina en 2013 y en Hong Kong en 2014. Sin olvidar Ucrania y Venezuela o más recientemente Nicaragua y Armenia.

Protestas callejeras en Egipto durante la Primavera Árabe.

Desde hace tiempo observo un fenómeno curioso. Las protestas estudiantiles y en defensa de unas pensiones públicas en Chile fueron saludadas por los mismos que aplaudían la represión de los estudiantes venezolanos y los manifestantes nicaragüenses que protestaban por la reforma de las pensiones. Me refiero a esa ultraizquierda parlamentaria española que se dedica, como la ultraderecha, a hacer metapolítica desde las redes sociales. Entonces caí en la cuenta de un indicador curioso que permite anticipar si una protesta social recibirá apoyo como ejemplo del pueblo en lucha o por el contrario será denunciada como una conspiración golpista de la CIA o una “primavera sorosiana”: los intereses geopolíticos rusos y los contratos de venta de armamento.

Desfile de elementos del sistema antiaéreo S-300VM en Venezuela.

Casi podemos anticipar mecánicamente que allí donde la agencia ROSOBORONEXPORT haya firmado contratos relevantes para Rusia desde el punto de vista económico, geopolítico o ambos cuando surjan protestas contra el gobierno en las calles la legión de fans de Putin denunciará su falta de legitimidad y su falta de espontaneidad. Repasen la prensa y las redes sociales de los últimos meses y verán que la fórmula funciona como un reloj para los casos de Venezuela, Irán, Nicaragua y Armenia, sin olvidar los casos anteriores de Siria y Ucrania. Los bulos y las noticias falsas del aparato mediático del Kremlin nunca apareceren de forma inocente y son parte de una estrategia informativa.

 

 

Las Revoluciones de Colores y la reconfiguración del orden mundial (2ª parte)

[Segunda entrada de Guillermo Pulido, firma invitada. Aquí la primera parte]

Es en esas coordenadas en las que debemos encuadrar el tema de las Revoluciones de Colores y el trabajo de Gene Sharp sobre el derrocamiento de dictaduras y edificar democracias. Para ello reseñaré a continuación dos libros sobre el tema. Recordemos, esta es una historia tanto de política de poder y grandes potencias (entre EEUU, la OTAN y la UE contra Rusia), como también de democracia versus autoritarismo.

El primer libro (una tesina) que reseñaré es Las Revoluciones de Colores, de Carlos González Villa. Las cuestiones que trata de responder son 1) las motivaciones de EEUU para intervenir en el espacio exsoviético y 2) si EEUU fue el actor esencial y en la sombra que promueve dichas revoluciones y las hizo triunfar.

La primera pregunta la responde, a mi entender, con los siguientes pasajes de sus páginas 52 y 53 “Eurasia era el botín de guerra de los Estados Unidos y el lugar en el que se seguiría jugando la primacía mundial. Este razonamiento Mackinderiano implica que, para el ejercicio del “liderazgo global”, es necesario el dominio de ese espacio, y para el dominio de ese último es necesario el dominio de su periferia (Europa del Este, Asia Central, y el Cáucaso)” (…) Para ello la administración Clinton planteó una política de “compromiso y ampliación” para un mundo inmerso en un proceso de globalización y que debía ser liderado por los Estados Unidos” (…) Estas estrategias, destinadas a impedir el surgimiento de una gran potencia en el centro de Eurasia, debían ser seguidas por la realización de políticas que redujeran la importancia de Rusia en su entorno”. Bastante evidente e indiscutible los intereses naturales de Rusia y EEUU y su inevitable choque en el espacio exsoviético.

La respuesta a la segunda pregunta es mucho más difícil de responder por las pocas fuentes de información disponibles. No es que sean actividades opacas pero hay un gran vacío informativo al respecto y escribir sobre ello cae muchas veces en el campo de la especulación. Por ello la tesina no puede extenderse  demasiado en ese asunto, y sencillamente sigue el guión del excelente documental “Estados Unidos a la Conquista del Este” y apoyándose en otras fuentes abiertas. En el excelente documental mencionado, se hace una investigación soberbia y vívida de cómo EEUU sí interviene y manipula de forma decisiva en la organización y promoción de dichas revoluciones. Se sigue la pista del dinero desde el gobierno de EEUU y filántropos americanos directamente a gente que ha recibido educación en ese país para que formen ONG que organizan y fomentan las protestas, y cuando el gobierno local trata de eliminarlas o dificultar su funcionamiento, los órganos implicados en la conformación de la política exterior de EEUU (Senado, Departamento de Estado, etc), presionan de forma pública para acabar con esa represión (se puede ver como el senador McCain reprende públicamente y hace retractarse y pedir perdón el ministro kirguís de exteriores por cortar la electricidad a una imprenta opositora). Organizaciones opositoras como Pora, Kmara u Otpor, son apoyadas logísticamente de forma decisiva (con bastante dinero, imprentas, radios, etc) por ONG americanas como Freedom House o la agencia USAID. En el documental la gente de esas ONG americanas hablan abiertamente de que su misión es derrocar al gobierno autoritario local y edificar en su lugar una democracia, también puede verse a gente de Kmara (revolución en Georgia) visitar la sede de la ONG americana “Proyecto Sobre las Democracias en Transición”. Los vínculos entre los movimientos revolucionarios y EEUU (USAID es una agencia gubernamental) son evidentes así como la confluencia de intereses.

Aunque la actual oleada de revoluciones democráticas suaves se suele situar con la de Serbia en 2000, en mi opinión ese tipo de agresiones indirectas de EEUU contra gobiernos dictatoriales no amigos hay que retrotaerla a por lo menos la época de la Europa del Acta Final de Helsinki. En dichos acuerdos la URSS permitió la entrada de un caballo ideológico a cambio de un reconocimiento de fronteras que nadie podía cambiar por la fuerza y que no se respetó una vez cayó la URSS. Era la época la Carta 77 y las revueltas de Solidaridad, y la CIA desde la época de Reagan (aunque desde Carter los soviéticos se alarmaban sobremanera con sus llamadas a la democracia y los derechos humanos en Europa del Este que hacía el presidente americano) comenzó una fuerte actividad encubierta para minar ideológicamente el resquebrajado imperio soviético, dando apoyo logístico a la oposición. Al final toda esta historia acabó con la Revolución de Terciopelo (Checoslovaquia), la caída del Muro de Berlín y la reunificación alemana, las Revoluciones de 1989, el Otoño de las Naciones, etc.

En ese sentido, con las actuales Revoluciones de Colores llueve sobre mojado, y si ahora esa política de revoluciones democráticas está teniendo bastante más éxito que en la Guerra Fría, es porque las dictaduras autoritarias exsoviéticas son mucho más porosas y débiles que las totalitarias (caso de Cuba o Corea del Norte), donde ese tipo de movimientos no tendrían ninguna oportunidad hasta que esos regímenes dejaran de ser totalitarios. Es decir, que Rusia tenga que recurrir a dictaduras autoritarias para sostener su esfera de influencia, hace de dicha esfera un objetivo mucho más frágil y débil frente a las agresiones indirectas democráticas de EEUU contra esos gobiernos.

¿Por qué las dictaduras totalitarias parecen impermeables a las estrategias y métodos de las Revoluciones de Colores y las autoritarias sin embargo parecen tan débiles en tantos casos? Para ello debemos reseñar el segundo de los libros, De la Dictadura a la Democracia, de Gene Sharp, la biblia de todos los revolucionarios (de colores).

Las Revoluciones de Colores se basan en organizaciones independientes del Estado (estudiantes, sindicatos, etc), y desde ahí se desafía al autoridad del gobierno usando la limitada o muy limitada libertad de prensa y reunión de las dictaduras autoritarias o de las democracias limitadas, para promover su mensaje y cómo han sido amañadas las elecciones y la voluntad popular. La agitación previa unido al resultado amañado de las elecciones, desata la ira popular llevando al derrocamiento del gobierno, siempre y cuando se haya socavado con anterioridad la voluntad de luchar por el régimen de las fuerzas de seguridad. En un régimen totalitario dicho proceso jamás podría realizarse, porque todas las asociaciones de estudiantes, sindicatos, etc e incluso las mismas fuerzas, están controlados y vigilados por comisarios y delegados del partido político con el poder total del Estado.

Afirma Sharp que “Tres de los factores más importantes para determinar hasta qué grado estará o no controlado el poder del gobierno, son: 1) el deseo  relativo por parte de la población de imponerle limites al poder del  gobierno; 2) la fuerza relativa de las organizaciones e instituciones  independientes para quitarle colectivamente los recursos que necesita  el poder; y 3) la relativa capacidad por parte de la población de negarle su consentimiento y apoyo”. Vemos que en una dictadura totalitaria el apartado 2, las organizaciones e instituciones, no son nada independientes.

Sharp prosigue. “Una de las características de la sociedad democrática es que existe  una multitud de grupos e instituciones nogubernamentales. Ellas incluyen, por ejemplo, la familia, las organizaciones religiosas, las asociaciones culturales, clubes deportivos, instituciones económicas, sindicatos, instituciones estudiantiles, partidos políticos, pueblitos, asociaciones de colonos, clubes de jardinería, etc” (…) “Entre los puntos débiles de las dictaduras están los siguientes: 1. Se les puede restringir o negar la cooperación de muchas personas, grupos e instituciones que necesitan para hacer funcionar el sistema. 10. Los intelectuales y los estudiantes pueden impacientarse por  las condiciones o restricciones o el enfoque doctrinario y la represión. 11. El público en general puede, con el tiempo, volverse apático y hasta hostil al régimen. 12. Las diferencias regionales, de clase o nacionales pueden agudizarse. 14. Sectores de la policía o de las fuerzas militares pueden actuar para lograr sus propios objetivos, aún cuando esto sea contra la voluntad de los dictadores en el poder, y llegar hasta el golpe de estado”. Según Sharp y su cercano colaborador Helvey, el apartado 14 es el esencial para que de las protestas se pase al derrocamiento y la revolución. Es obvio, en la misma transición española el principal miedo de todos era la conspiranoia sobre el Bunker, y la Perestroika fue atacada en por el jefe del KGB y las fuerzas armadas en un golpe de estado bastante desastroso e improvisado. Anulando las fuerzas de seguridad (apartado 14) y del resto del aparato del Estado (apartado 1), azuzando los conflictos (apartado 12) y presionando mediante las asociaciones de estudiantes e intelectuales (apartado 10) y la población en general (apartado 11).

Sharp plantea un ataque directo a la base de todo orden político, el de la obligación y obediencia política. En última instancia todo orden político (y su obediencia) se basa en la autoridad (que es la unión del poder físico y la legitimidad), y la autoridad es importante porque hace que los individuos y actores sociales obedezcan las normas y órdenes del orden político dado mediante el uso del derecho y de los castigos que impone a los desobedientes, garantizando de esa manera la pervivencia del régimen y el orden. Esto es básico en teoría política y del derecho. Para derribar el orden político de las dictaduras, Sharp ataca esa base de forma muy directa mediante el concepto de “desafío político” a través de la “coerción no violenta” (contrapuestas a la acomodación, etc) que trata de lograr que “La burocracia del adversario se niegue a obedecer a su propia dirigencia. Las tropas de los adversarios y su policía se amotinan. Los simpatizantes y colaboradores del poder adverso repudian a sus antiguos dirigentes y les niegan derecho alguno a mandar. A partir de esto, la antigua obediencia y colaboración desaparecen. El cuarto mecanismo de cambio, la desintegración del sistema del adversario, es tan completo que éste no tiene siquiera poder suficiente para rendirse. El régimen se ha desintegrado”.

Haciendo “retos simbólicos” al régimen (realizando algo que está prohíbo por la autoridad como hizo Rosa Parks para desafiar la segregación racial en el sur de EEUU) y “resistencias selectivas” se comienza el proceso revolucionario. Luego se va extendiendo la protesta a otras instituciones (de estudiantes a sindicatos por ejemplo) y por último entrando en contacto con personas del aparato del Estado para que mediante la “desobediencia simulada” (no cumpliendo órdenes, no informando de actividades ilegales, etc) se llega al punto en el que tras unas elecciones con pucherazo, tras unos días o semanas de protesta (tomando plazas, edificios, haciendo manifestaciones, etc), los opositores con la connivencia de las fuerzas de seguridad, se hagan con los edificios de gobierno, lo derroquen, y proclamen uno nuevo.

Como a EEUU le interesa derrocar las democracias limitadas o las dictaduras autoritarias del espacio exsoviético para edificar ahí democracias (que inevitablemente querrán unirse a la UE y la OTAN) el libro de Sharp. En consecuencia, Rusia necesita ser una democracia limitada o una pseudodictadura, e imponer o sostener gobiernos de tipo similar en su esfera de influencia. De ahí que Putin expulsara de su territorio a muchas ONG extranjeras y a USAID, fomente y sostenga asociaciones patrióticas como la Nashi, etc.

Por lo tanto, la promoción que hace EEUU de la democracia en el espacio exsoviético son auténticas agresiones indirectas (un concepto desgraciadamente caído en desuso) contra Rusia y afectarán gravemente las relaciones EEUU-Rusia, tal y como ha sido el caso de Ucrania estos meses. Por ello, la política de Obama hacia Rusia (que ha tratado a toda costa de llegar a acuerdos estratégicos) ha fracasado estrepitosamente.

Las Revoluciones de Colores y la reconfiguración del orden mundial (1ª parte)

[Primera entrega de Guillermo Pulido, firma invitada]

Esta es una historia de política de poder y agresiones indirectas, de grandes potencias y esferas de influencia, de democracia versus autoritarismo. Las Relaciones Internacionales tiene sus asuntos cumbre y más importantes en la política internacional, y la política internacional está dominada por las grandes potencias. Las grandes potencias para poder ejercer su poder más allá de sus fronteras, crean (entre otras cosas) esferas de influencia, en las que controlan (hasta cierto punto) los temas clave en lo militar e internacional. Las élites políticas de los países dentro de esa esfera no pueden ir contra los intereses de esas grandes potencias, y si así lo hicieran, esta tomaría represalias para persuadir de que sigan con esa actitud, o sencillamente intentará de derrocar ese gobierno y/o invadirá ese país. Los casos de la URSS en 1968 en Checoslovaquia, Hungría en 1956 y Afganistán en 1979, así como los de EEUU en Guatemala en 1954, Granada  en 1983 y Panamá en 1989, son paradigmáticos (como quizás también le ocurriese a Aldo Moro). En esa misma línea está la interpretación de la abortada invasión de Egipto en 1956 por Francia y Reino Unido, acontecimiento que pasó a la historia como la puesta de manifiesto de que esos países ya no eran grandes potencias.

La URSS era una gran potencia que rivalizaba por el dominio en Europa con la otra gran potencia de la posguerra: EEUU. Esto generaba un entorno y ambiente de Realpolitik y Equilibrio del Terror, por lo que cuando la URSS desapareció, dejó la impresión de que en Europa la política realista de grandes potencias, con sus correlatos de equilibrio de poder y esferas de influencia, había llegado a su fin. Pero dicha impresión no se ajustaba a la realidad. La Guerra Fría y la URSS pudieron disolverse pacíficamente gracias a la Cumbre de Malta y los Acuerdos de Belavezha. En Malta, hubo una especie de acuerdo (entre Bush y Gorbachov) para que la Europa del Este pudiese dejar de ser comunista y se disolviese el bloque oriental de forma pacífica a cambio de que la OTAN y EEUU no se expandiesen en esa zona. En Belavezha, Rusia, Biolorrusia y Ucrania (a lo que luego el resto de repúblicas soviéticas menos las bálticas se adhirieron) acordaron disolver la URSS a cambio de reconocer a Rusia como gran potencia y subordinarse en lo militar y lo político internacional a Moscú. En Belavezha, Rusia reconocía las fronteras y respetaba los asuntos internos de las repúblicas exsoviéticas a cambio de que esos países no se integraran en algún bloque ajeno a los intereses rusos, de lo contrario Rusia iría a la guerra y desgajaría esos países. Belavezha fue la base para la Comunidad de Estados Independientes, y es la piedra fundacional de la política exterior rusa desde 1991 hasta la actualidad. Por lo tanto, cualquier ilusión o apariencia de que en Europa se había llegado al fin de política de poder, estaba destinada a chocar con esa realidad. Y si bien en los primeros años de la Posguerra Fría tal ilusión pareció ser cierta por la debacle del Estado ruso, una vez este se recobró con Putin  en un entorno económico propicio (a la vez que la OTAN y la EU se han ido expandiendo al Este hasta las mismas fronteras de la antigua URSS), el subyacente e inevitable conflicto político y militar vuelve a emerger a la superficie al tener Rusia otra vez cierta capacidad para reivindicar sus derechos de gran potencia.

Como los intereses de las grandes potencias han de ser respetados por los gobiernos que conforman sus esferas, siempre habrá algún contenido antidemocrático y de imposición externa, ya que las poblaciones de dichas esferas no pueden votar hacer cosas en contra de los intereses de la gran potencia, o elegir a gobernantes que hagan cosas contra dichos intereses. Por lo tanto, y hasta cierto punto, dichas poblaciones han de aceptar cierto sometimiento (por lo menos en cuestiones militares e internacionales), y habrá una permanente dependencia hacia la gran potencia por parte de la élite de gobierno de esos países para estar en el poder, ya que dicha élite está hasta cierto punto alienada de sus propias poblaciones. El ejemplo por escrito perfecto de esto fue la Carta de Varsovia de 1968, lo que pasó a la historia como la Doctrina de la Soberanía Limitada de Breznev. Se quitó a la nueva élite encabezada por Dubček y se ponía una dependiente en última instancia de Moscú. Toda esfera de influencia tiene el aspecto dictatorial de ir imponer en última instancia el criterio de la gran potencia si sus intereses vitales se ven comprometidos. Esto explica, por ejemplo, la dependencia  mutua entre Lukashenko (o Yanukovich) y Moscú.

El único caso en la historia que va contra esa dinámica sempiterna es el de la OTAN, que si bien llegó a tener en su seno a democracias tuteladas o dictaduras y usaba la Red Gladio para la Estrategia de la Tensión, la gran mayoría de los países que integraban dicha esfera eran democracias, con poblaciones y/o élites que querían estar voluntariamente dentro de la OTAN, y que no harían nada que fuera radicalmente en contra de los intereses vitales de EEUU. Como explica la Teoría de la Paz Democrática, las democracias prácticamente nunca se hacen la guerra entre sí pero sí con las dictaduras, por lo que tras la Segunda Guerra Mundial la confrontación estaba servida de forma casi predestinada al dividirse ideológicamente el continente europeo. Mientras los países que quedaron en las zonas británicas y americanas fueran democracias, sus élites democráticas no tendrían que temer de EEUU o Reino Unido y sin embargo sí temerían un régimen político interno dictatorial comunista promovido por Moscú. Además la “paz democrática” induce a que no  problemas internacionales con EEUU (al ser democracia y con la que nunca entrarían en guerra) pero sí con la URSS (al ser una dictadura con la que tenían la posibilidad probable entrar en guerra). De ese modo y de forma natural, voluntaria, pacífica y democrática, se conformó la esfera de influencia americana en Europa (aunque EEUU tuvo que recurrir a métodos dictatoriales y violentos fuera de Europa para garantizar su esfera de influencia). Una vez acabada la Guerra Fría, los países del antiguo bloque del Este y la URSS al convertirse inicialmente en democracias, tenían por opción lógica y necesaria de política exterior unirse al bloque occidental, tanto por lo político que indica la paz democrática, como por mero interés económico (con la que Rusia jamás podía competir), hechos que Rusia no puede permitir si quiere seguir siendo una gran potencia con su propia esfera de influencia

En resumen, si Rusia quiere enfrentarse a una gran potencia democrática (Estados Unidos) así como también a potencias medias democráticas (Francia, Alemania, Polonia, etc) no puede ser ella una democracia (plena), de la misma manera que para imponer a ciertos países (quieran o no) una esfera de influencia, ha de recurrir a sostener gobiernos que no sean democráticos, ya que si lo fueran querrían formar parte del superior bloque económico occidental (UE) así como gozar de su protección militar (OTAN).

[Continuará]

Firma invitada: Guillermo Pulido

Recientemente mi lectura de Las revoluciones de colores de Carlos González Villa coincidió en el tiempo con una reseña que mi colega Guillermo Pulido hizo de De la dictadura a la democracia de Gene Sharp. Su punto de vista, que ponía el contexto de las Revoluciones de Colores no en el fin de la Guerra Fría sino en los Acuerdos de Helsinki de 1975, me pareció sumamente interesante. Ambos coincidimos en que se sabía muy poco del apoyo y formación dado por Estados Unidos, vía instituciones y ONGs, a la sociedad civil de países ex-comunistas con las consecuencias que mencioné en mi reseña de Las revoluciones de colores de Carlos González Villa. Animé a Guillermo, politólogo y bloguero, a que pusiera por escrito su reflexión porque me pareció digna de ser compartida y continuar con la incorporación de firmas invitadas a este blog. En los próximos días publicaré por entregas “Las Revoluciones de Colores y la reconfiguración del orden mundial”.

“Las revoluciones de colores” de Carlos González Villa

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¿Qué mejor momento que el presente para leer un trabajo académico sobre las Revoluciones de Colores? Las Revoluciones de Colores: “Poder blando” e interdependencia en la Posguerra Fría (2003-2005) de Carlos González Villa es un intento de responder a por qué tuvieron lugar revueltas populares que lograron hacer caer gobiernos en ciertos países ex-soviéticos (Ucrania, Georgia y Kirguistán) y el papel de Estados Unidos en ellas. Fue presentado como trabajo final del máster oficial en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid en 2010 y fue publicado por Eurasian Hub el pasado año como libro electrónico en Amazon.

El texto dedica bastante extensión a presentar el contexto estratégico de la Posguerra Fría en el espacio “ex-soviético”, con la decadente Rusia de Yeltsin en retirada y los Estados Unidos ocupando el vacío. Según el autor, la revitalización de Rusia (que coincide con la llegada de Putin al poder) espoleó a Estados Unidos a intervenir en la región. Pero al contrario que en los tiempos de la Guerra Fría, la acción exterior estadounidense fue externalizada en organizaciones privadas (ONG, think-tanks, fundaciones, etc.) que se encargaron de articular la débil sociedad civil en aquellos países donde las circunstancias eran propicias.

El recorrido hace una parada previa en la caída de Slobodan Milošević, primer ensayo del modelo. La entonces radio disidente B92 y líderes estudiantiles fueron apoyados económicamente (25 millones de dólares en 1999) y recibieron cursos de formación en Hungría por organizaciones estadounidenses. Aquellos líderes terminarían creando el movimiento opositor Otpor!, el modelo que se replicaría en Revoluciones de Colores. El autor procura dejar bien claro que no se puede considerar que la acción de las organizaciones estadounidenses financiando y apoyando a la disidencia de un país produce resultados garantizados. Precisamente el meollo del texto es el repaso, somero a mi entender, de la Revolución de las Rosas en Georgia (2003), la Revolución Naranja en Ucrania (2004) y la Revolución de los Limones en Kirguistán (2005) haciendo hincapié en las circunstancias que propiciaron el triunfo de la oposición en cada país. El eje común que el autor encuentra es que los movimientos opositores triunfaron “contra regímenes débiles, que en muchos casos no controlan partes enteras de las maquinarias del Estado”. Por su parte, igual de interesantes son los contraejemplos. Azerbaiyán, Kazajistán y Turkmenistán, tres países ricos en recursos naturales, no constituyeron un objetivo estratégico por sus acuerdos comerciales con Occidente. Armenia estaba sólidamente instalada en la órbita rusa y su realinamiento con Washington, que mantiene buenas relaciones con Azerbaiyán, habría supuesto un dilema difícil al ser Armenia y Azerbaiyán enemigos irreconciliables por cuenta del conflicto de Nagorno-Karabaj. Más llamativo es el caso de Uzbekistán, un país donde los movimientos prodemocracia y proderechos humanos hubieran tenido un intenso trabajo. Pero Uzbekistán se convirtió en aliado esencial tras el 11-S por su papel de ruta de infiltración y retaguardia del despliegue estadounidense en Afganistán. Así que Uzbekistán no estuvo en la agenda de las organizaciones encargadas de promover revueltas populares.

Como ya dije el tratamiento del asunto me pareció somero, aunque los argumentos del autor me parecieron convincentes. Lo que me queda es la sensación de que hay una historia por reconstruir. Cuentan Peter Ackerman y Jack Duvall en A Force More Powerful  que Freedom House pagó la impresión de 5.000 ejemplares del libro From dictatorship to democracy: A conceptual framework for liberation de Gene Sharp de la Albert Einstein Institution para ser repartidos entre los disidentes serbios. Otra obra de Sharp, los tres volumenes de The Politics of Nonviolent Action, fue resumida y traducida al serbio por Otpor!. Sus miembros recibieron además en mayo de 2000 un seminario en Budapest a cargo del coronel (ret). Robert Helvey sobre acción no violenta. A partir de ahí encontramos a antiguos miembros de Otpor! encuadrados en el Center for Applied Nonviolent Action and Strategies (CANVAS) dando seminarios en lugares como Ucrania antes de la Revolución Naranja o sin moverse de Serbia a egipcios antes de la Primavera Árabe. Algún día sabremos algún día cuánto dinero salió de Washington para financiar todas esas operaciones.