“¿Aliados o enemigos? La SGM en el Próximo Oriente, 1941” de Javier Lion Bustillo

A la primera persona que le escuché hablar del concepto Guerras Híbridas fue a Jorge Aspizua. Reviso su blog y encuentro que la primera mención es de julio de 2006 (echen cuentas) a propósito de Hezbolá y la guerra aquel verano en el Líbano. Ahora el tema está de moda y en el establishment español de defensa no paran de sacar artículos. Hasta un sarao vi organizado con expertos traídos de fuera, cómo no. Pero en aquel entonces Jorge predicaba en el desierto. Y aunque ahora todos se han apuntado a rescatar lecciones sobre guerra híbrida de aquella guerra en el Líbano en 2006 y a hablar de Rusia, Jorge ya hablaba de otros casos históricos. Es el caso de la campaña británica en Iraq en 1941.

Me encontré de casualidad con ¿Aliados o enemigos? La SGM en el Próximo Oriente, 1941 de Javier Lion Bustillo, un libro que trata de las campaña británicas en Iraq y Siria durante la Segunda Guerra Mundial. Son dos episodios bastantes desconocidos de aquella guerra, pero que me interesaban por cuestiones que resulta que al final no aparecen en el libro. Ya es mala pata. En primer lugar tenemos la Campaña de Iraq de mayo de 1941. Iraq era un país soberano entonces, surgido del desmantelamiento del Imperio Otomano a manos de los británicos y franceses tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Como herencia colonial, albergaba una fuerza militar británica. En marzo de 1941 un golpe de estado llevó al poder a un nuevo gobierno que trató de realinear el país hacia una alianza con las potencias del Eje. El gobierno británico decidió entonces actuar y controlar el país antes de que un nuevo frente hiciera más comprometida su posición en Oriente Medio. Recordemos que en 1941 se había constituido el Afrika Korps. Las fuerzas británicas usaron como cabeza de puente la base aérea de Habbaniya, que las fuerzas iraquíes no supieron o pudieron capturar al comienzo de la campaña. Y por otro lado, tropas indias desembarcaron en Basora, desde donde avanzaron hasta Bagdad para coincidir con las fuerzas británicas que habían partido de la actual Jordania. El apoyo de las potencias del Eje fue tibio y tardío, cuando ya no pudo ser decisivo.

Hay un par de detalles relevantes que contar de aquella campaña. Lo primero es la curiosidad que suscita encontrarse en un relato de guerra topónimos del Triángulo Sunní iraquí, donde más 60 años después los estadounidenses libraron sus combates más cruentos con la insurgencia iraquí. Por ejemplo, Habbaniya se encuentra entre Faluya y Ramadi. Otro detalle relevante es que en Bagdad estalló un progromo contra la población judía local. Recuérdese que hablamos del año 1941, antes de la proclamación de Israel. Y que la población judía local llevaba generación tras generación viviendo allí. Valga añadir un detalle. Haj Amin al-Husseini, mufti de Jerusalén y famoso posteriormente por su apoyo a las potencias del Eje, se encontraba en Iraq.

Me interesaba esta campaña por el uso combinado de lado iraquí de fuerzas regulares e irregulares contra los británicos, concepto que cabría interpretarse como un precedente de “guerra híbrida” Pero como ya comenté, no se menciono el asunto con demasiado interés en el libro.

La segunda campaña que trata el libro es la campaña de Siria-Líbano en junio-julio de 1941. Se trata de una acción “preventiva” llevaba a cabo por el gobierno británico. Siria y Líbano eran dos territorios cuya administración había obtenido Francia tras la Primera Guerra Mundial y que estaban en manos de la Francia de Vichy, supuestamente neutral. Durante la campaña iraquí los aviones de guerra enviados por Alemania e Italia al gobierno surgido en Iraq tras el golpe de estado hicieron escala en Siria. Así que en Londres cundió la preocupación de que Siria y Líbano sirvieran para abrir un segundo frente mientras transcurría la guerra en el norte de África. Las expectativas es que se produjeran deserciones masivas de las fuerzas francesas de Vichy cuando se encontraran en el frente con fuerzas de la Francia Libre. No fue el caso.

Curiosamente la mayoría de las fuerzas aliadas en esta campaña la formaron tropas indias, australianas y de la Francia Libre. Estas últimas incluían a unidades de la Legión Extranjera francesa y tropas coloniales del Magreb y África Occidental. Combatieron contra fuerzas francesas de Vichy que incluían a legionarios extranjeros y tropas coloniales. Así se dio la paradoja, tratada en el libro en un apéndice, que republicanos españoles llegaron a encontrarse frente a frente en ambos bandos. Pero lo que más me llevó a reflexionar es la imagen de senegaleses y tunecinos matándose entre ellos en una guerra que no era la suya, posiblemente por lealtad a sus comandantes y sus unidades.

La verdad es que el relato del avance aliado se me hizo tedioso. En esta otra campaña encontramos de nuevo una topografía familiar para el interesado en la historia militar. Por ejemplo, nos encontramos combates en los Altos del Golán, célebre campo de batalla en 1967 y 1973. O la localidad de Marjayún, ubicación de la base “Miguel de Cervantes” que ocupan cascos azules españoles desde 2006.

En esta parte del libro también se omite un asunto que generó mi interés por el libro. La campaña de Síria-Líbano arrancó con una serie de lo que hoy llamaríamos “operaciones especiales” en las que participó un tal Moshe Dayan. Allí perdió un ojo y desde entonces llevaría un parche. Otro personaje que sí aparece en el libro y apenas se menciona es al comandante de la 10ª División India, el general William Slim, que llegaría a ser famoso posteriormente por la campaña de Birmania. Con sus tropas alcanzaría Deir ez-Zor en Siria, otro topónimo de actualidad.

Observatorio de la Nueva Guerra Fría #2

Prometí que realizaría un resumen semanal de noticias sobre la Nueva Guerra Fría pero luego caí en la cuenta de que hay semanas en las que apenas publico y  el blog podría quedar algo saturado.

Blindados Stryker estadounidenses participan en el desfile del Día de la Independencia en Estonia el 24 de febrero en Narva a menos de medio kilómetro de la frontera con Rusia.

El otro día se me ocurrió comprobar en la Wikipedia en inglés si existía un artículo sobre la Nueva Guerra Fría. Y efectivamente, existe con el nombre Cold War II. Fue creado en agosto de 2014, semanas antes de que yo publicara en este blog “La Nueva Guerra Fría” el 10 de septiembre. Es decir, el asunto estaba ya rondando la cabeza de muchos en aquel entonces.

Rusia.

-Dos días antes de una manifestación contra la crisis, fue asesinado en el centro de Moscú el destacado opositor ruso Boris Nemtsov. Ministro con Yeltsin, se le consideraba un “nuevo liberal”. Había manifestado su oposición a la anexión rusa de Crimea y apoyaba el derecho de Ucrania de incorporarse a la Unión Europea. Apoyando a Ucrania nos apoyamos a nosotros”, dijo. El pasado día 10 de febrero había expresado “tengo miedo de que Putin me mate”Su nombre se añade a la lista de opositores políticos muertos en Rusia en lugares públicos en extrañas circunstancias.

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-El canal Russia Today dedicó un programa a los “partidos emergentes” de Europa. Se referían al Front National francés, a SYRIZA y a Podemos, “la nueva esperanza de Europa”. Los tres partidos, con sus diferencias, coinciden en sus perspectivas geopolíticas al haberse mostrado a favor de retirar su país de la OTAN, muestran simpatías prorrusas y votaron en el parlamento europeo en contra del tratado de asociación de la UE con Ucrania. En el caso de Podemos, véase los comentarios de Pablo Iglesias a favor de un acercamiento a Rusia en su entrevista a Javier Nart.

54e32b4e71139e95208b45be“New model Dictator”. Putin como el arquetipo de autócrata con apariencia de demócrata que muchos quieren imitar, según Christian Caryl en Foreign Policy. Nombra como aspirantes a imitar a Putin al egipcio Al Sisi y el turco Erdoğan. Habrá que estar atento a las alianza que está forjando Rusia en el Mediterráneo oriental.

España.

8 jóvenes españoles fueron detenidos ayer por su participación en la guerra de Ucrania en el bando ruso dentro del marco de la Operación “Danko”. Llegaron allí para luchar “contra el fascismo” y terminaron codo con codo con los miembros de grupos ultraderechistas, como el francés Unité Continentale. Un fenómeno que no tienen nada de sorprendente, dado que la convergencia ideológica del bando anti-occidental de la Nueva Guerra Fría supera el tradicional eje izquierda-derecha. Véase al respecto “Antifascismo y extrema derecha, compañeros de armas en el Donbass” de Marta Ter y Abel Riu.

españoles en el donbas con fachas serbios y franceses“Casualmente” el mismo día que en España se detenía a los ex-combatientes prorrusos españoles se anunciaba que “los voluntarios franceses en Donbass han sido purgados“. Se trata de los ultraderechistas de Unité Continentale. Se menciona específicamente a Victor Lenta y Nikola Perovic, cuya oficina aparece en la siguiente foto.

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El comunista español Andrés Ramajo y el ultraderechista francés Victor Lenta

-Rescatando del archivo: El pasado 4 de diciembre la Fundación Francisco Franco organizó una cena con motivo del 122º Aniversario del nacimiento de Franco. En ella se nombró miembro de honor a la Unión Militar Rusa (ROVS), ” la asociación de los rusos blancos combatientes en nuestra Cruzada de Liberación Nacional”. Los rusos tradicionalistas, ortodoxos y monárquicos combatieron en las filas requetés en la Guerra Civil española. Recientemente, miembros del ROVS han combatido en Ucrania oriental en las filas rusas y su presidente disculpó su ausencia en Madrid precisamente por la situación en Ucrania.

Igor Borisovich Ivanov, presidente del ROVS.
Igor Borisovich Ivanov, presidente del ROVS.

-Rescatando del archivo: En 2012 se realizó en el Cerro del Contadero (provincia de Guadalajara) un homenaje a los voluntarios rusos que lucharon en España en el “bando nacional”. En el acto se inaguró una cruz ortodoxa y asistió  Sixto Enrique de Borbón, que el año pasado se manifestó a favor de la Rusia de Putin: “La voluntad rusa de independencia nos ayudará a reencontrar la nuestra, que está amenazada por la penetración anglosajona”.

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Francia. Un magistrado investiga un atentado terrorista cuya pista apunta a Irán pero aparece muerto misteriosamente en su casa. ¿El fiscal Nisman en Argentina? No. El juez francés Gilles Boulouque, muerto en 1990.

Reino Unido. El MI5, el servicio secreto interior, vuelve a reclutar expertos en ruso. Las vacantes se pueden leer aquí.

Serbia. Alguien me preguntó hace tiempo en comentario por el papel de Serbia en la Nueva Guerra Fría. El país se acerca a Europa pero en plena crisis de Ucrania sus fuerzas armadas realizaron maniobras con las rusas. Bruno López Vizcón ha escrito en Eurasianet: “Serbia: Cómo mantenerse neutral en la nueva Guerra Fría entre Rusia y la Unión Europea”.

Lituania. La república báltica recupera el servicio militar teniendo en cuenta “la situación geopolítica y las amenazas a la seguridad del estado”. Evidentemente se trata de Rusia.

Grecia. El profesor Javier Morales, experto en Rusia, escribe “La influencia de Rusia en el nuevo gobierno de Grecia”. Sus conclusions son que “el mayor riesgo de actuar como “caballo de Troya” ruso lo puede representar no tanto SYRIZA —que ya está mostrándose más pragmática desde que ocupa el gobierno— como su socio de gobierno ANEL”. Recordemos que a este último un periódico rusófono de Atenas lo denominaba el “partido ruso”.

Irán.

Según el ministro de defensa iraní, la cooperación militar con Rusia ha entrado en una nueva etapa. Tras años de excusas ante las presiones occidentales, Rusia se ha mostrado dispuesta a exportara Irán sistemas de defensa antiáerea avanzados. En su momento Irán negoció la compra del sistema S-300PMU1 (SA-20 Gargoyle según la denominación OTAN) y tras el incumplimiento ruso, ahora Moscú ofrece el sistema S-300VM  (denominación comercial Antey 2500 y SA-23 Gladiator según la OTAN).

Sistema Antey 2500
Sistema Antey 2500

-Recientemente se celebraron las maniobras navales Gran Profeta 9 durante las cuales se hundió una maqueta a escala de gran tamaño de un portaaviones. La rama naval del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, los pasdarán, ensayan así tácticas de guerra naval asimétrica.

Líbano. Alexander Zasypkin, embajador ruso en Líbano, declaró en una entrevista que la lucha de Hezbolá en Siria es legítima mientras combatientes extranjeros formen parte de las filas de los rebeldes. Además habló del próximo acuerdo de venta de armas al Líbano.

Chipre. Los gobiernos rusos y greco-chipriota firman un acuerdo por el que buques de la armada rusa podrán acceder a puertos en Chipre, práctica que se llevaba haciendo sin un convenio formal. En el lenguaje habitual en estos casos se menciona que Chipre servirá de puerto de escala para buques rusos en misiones contra el “terrorismo y la piratería internacionales”. Según la noticia de Reuters/EuropaPress, “Moscú intenta fortalecer sus relaciones con miembros de la UE, como Chipre, Grecia y Hungría, para contrarrestar la serie de sanciones impuestas por Bruselas y Washington, que ahora amenazan con aumentarlas”.

Egipto. El presidente Putin visitó Egipto, donde fue recibido como una celebridad. Ante el enfriamiento de las relaciones de El Cairo y Washington, Moscú ha tratado de llenar ese vacío con un acuerdo de venta de armamento.

Oriente Medio. Recientemente hablé de las teorías conspirativas como un fenómeno cultural de la Nueva Guerra Fría. Si hay una región del mundo donde forman tanto parte del panorama informativo es Oriente Medio. Itxaso Domínguez de Olazábal cuenta “la loca historia de las teorías conspiratorias en Oriente Medio” en EsGlobal.

La ley de Murphy del periodismo español

El pasado miércoles 28 de enero el grupo libanés Hezbolá lanzó un ataque contra fuerzas militares israelíes. Lanzó varios misiles anticarro Kornet de diseño ruso y presumiblemente suministradas por Irán contra dos vehículos militares israelíes, un Isuzu D-Max y un Citroën Berlingo que se desplazaban por una carretera a 2 kilómetros de la frontera. En el ataque, murieron dos militares israelíes. El ataque de Hezbolá fue acompañado por el disparo de proyectiles contra posiciones militares israelíes en una repetición de la táctica empleada en el ataque que dio lugar a la guerra del verano de 2006. Mientras atacaban a los vehículos los disparos contra posiciones militares distraía y fijaba a las tropas israelíes. El ejército israelí respondió al ataque desde territorio libanés. Un disparo impactó en un puesto de observación elevado en la posición 4-28 de la Fuerza Interina de Naciones Unidas en el Líbano (UNIFIL). Murió un casco azul español, el cabo Francisco Javier Soria Toledo. Era su segunda misión en el Líbano y esperaba el nacimiento de su primer hijo. Estaba destinado en la Brigada de Infantería Mecanizada “Guzmán el Bueno” X.

Embed from Getty Images
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Con toda probabilidad el disparo que mató al cabo Soria fue lanzado desde territorio israelí. Según el ministro de Defensa español, “las autoridades israelíes han trasladado al Gobierno sus condolencias y disculpas por lo sucedido”. Si me preguntan mi opinión les diré que el asunto pinta nada bien. Si suponemos que el impacto fue de un arma de tiro indirecto (artillería o mortero) habría que creer que un soldado israelí apuntó erróneamente contra una posición permanente de Naciones Unidas. Si el impacto fue de un arma de tiro directo o un arma guiada, como los misiles Tammuz que Israel ha usado en los Altos de Golán contra disparos desde Siria, tenemos que hablar de un disparo deliberado.

Hasta aquí los hechos. Ahora hablemos de algo completamente diferente, como es el periodismo español. En seguida circuló un vídeo grabado por unos soldados españoles desde el interior de un vehículo, probablemente un IVECO Lince como el que se ve en la primera foto. Aquí podemos verlo en el canal de Youtube de El Confidencial TV.

Creo que podrán estar de acuerdo conmigo que en el vídeo, quitando algunas palabras ininteligibles, se oye claramente:

-¿Están cayendo EN Israel, tío?
-Parece que están cayendo DENTRO de Israel ahora.-
-Esto…
-Espera, calla, calla…-
-Están cayendo DENTRO. ¿Cómo puede ser? No, no puede ser eso. ¿Eh?
-Yo creo, mi sargento, que vienen de la vaguada de El Meri?
-¿De El Meri?
-Sí. De ahí es normal que Hezbolá tire.
-Hezbolá está tirando.
-Porque no se les ve, ¿no?
-Pues por eso digo. Porque es una vaguada grande y no se les ve.
-¡Otro!
-¿Dónde, dónde, dónde…?
Hostiá

Creo que en la conversación queda claro que los soldados españoles aprecian que están cayendo proyectiles de Hezbolá DENTRO de Israel y especulan que Hezbolá podría estar lanzándolos desde una vaguada en El Meri. La converación queda interrumpida por el impacto contra la posición y los soldados abandonan el vehículo rumbo a un búnker.

¿Qué encontramos en el diario El Mundo? El siguiente titular:

Compañeros del cabo español muerto en el Líbano: ‘Están cayendo de Israel, tío. No puede ser eso’

Vaya con el error. Un error de transcripción que se convierte en un titular que cambia la secuencia de hechos y transforma otra frase en un reproche. Los proyectiles caen desde Israel y eso no puede ser. No señor.

Está claro que el periodismo español sobre Israel sufre siempre la ley de Murphy. Cuando la tostada cae al suelo, siempre cae del lado de la mantequilla. Nunca verán un error que quite responsabilidades a Israel, atribuya un muerto erróneamente al otro bando, añada méritos a un personaje israelí, infle los logros del país, etc. Siempre verán a los periodistas españoles cometer “pequeños” errores que cambian el sentido de la noticia. Un día un fallido cohete palestino que mata palestinos se transforma en un misil israelí. Otro un ataque de Hezbolá contra Israel que inicia una secuencia de hechos desaparece para quedar sólo la respuesta israelí. Y así, siempre. Cualquiera diría que los periodistas españoles le tienen manían a Israel. Pero eso sería ser muy mal pensados, ¿no?

“The 33-Day War” de Gilbert Achcar con Michel Warschawski

Uno llega a entender lo mal que andan las cosas por Oriente Medio cuando los dos bandos no se ponen de acuerdo ni en nombrar las cosas más simples. Si los periodistas del diario Haaretz Amos Harel y Avi Issacharoff titularon su libro sobre la Guerra del Líbano de 2006 “34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon”, el libanés Gilbert Achcar tituló el suyo “The 33-Day War. Israel’s War on Hezbollah in Lebanon and ist Aftermath”.

Quería tener una visión desde el otro lado de aquella guerra para contrastar versiones. Pero si el libro de Amos Harel y Avi Issacharoff es una obra de periodismo me he llevado un chasco al encontrarme que el de Gilbert Achcar con un capítulo de Michel Warschawski está más cerca del ensayo que otra cosa. Y un ensayo, hay que decir, bastante panfletario.

El libro empieza contándonos el origen y ascenso de Hezbolá como fuerza política mayoritaria dentro de la comunidad shií del Líbano, un país caracterizado por enormes redes clientelares y patronazgo político donde las alianzas cambian de forma sorprendente. Recomiendo sobre ello el libro de A. R. Norton y huir como de la peste del libro de Javier Martín. A los antencedentes y el contexto se dedica bastante espacio (páginas 7 a la 51) de un libro breve donde el texto ocupa 114 páginas. Y en esas llegamos a los acontecimientos del 12 de agosto de 2006.

Si uno repasa la enorme literatura producida en think-tanks, centros de estudios estratégicos e instituciones militares uno lee que Israel entró en aquella guerra sin que sus fuerzas armadas estuvieran preparadas. La tesis de Achcar y Warschawski es que se trató de una guerra de agresión contra el Líbano largamente preparada. Quizás haya que recordar la sucesión de los hechos para caer en la cuenta que todo comenzó con una emboscada de Hezbolá a dos vehículos militares dentro de suelo israelí, acompañada por ataques de cohetes y morteros contra instalaciones militares y poblaciones civiles. Que el hecho inicial fuera una agresión de Hezbolá a la otra parte es irrelevante porque todos sabemos (según Gilbert Anchcar y también el español Francisco Veiga), que en el fondo, Israel tenía planes de invadir Líbano. Es decir, da igual los hechos porque Israel es de mente y corazón un agresor nato. Y eso es lo único que necesitamos saber. Que Israel sin hacer nada ya es un país pecador de pensamiento.

La agresión incial de Hezbolá me lleva a un punto interesante. ¿Cómo justifica un libanés la existencia de Hezbolá como grupo armado? En España ha existido un largo debate sobre las “balas y los votos”. No se puede jugar a participar en la democracia con un grupo armado que mata a tus rivales políticos. Pero en el Líbano es así. Un partido político con diputados en el parlamento y ministros en un gobierno de coalición tiene miembros armados con misiles de todo tipo y cohetes de medio alcance. Lo que en cualquier país suena a locura en Líbano es normal. Y Gilbert Achcar lo justifica diciendo que un grupo como Hezbolá es necesario por las continuas agresiones de Israel contra la soberanía libanesa. Supongo que se refiere a la respuesta de Israel a los ataques e incursiones lanzadas por Hezbolá y grupos palestinos desde suelo libanés. Pero el razonamiento es brillante: Hezbolá debe seguir existiendo como grupo armado para defender el Líbano de las respuestas israelíes a las agresiones de Hezbolá contra Israel. Hezbolá es la solución a los problemas creados al Líbano… por Hezbolá. Quizás haya que preguntarse por qué Israel eligió Líbano como víctima frecuente y no Jordania, por ejemplo.

Gilbert Achcar además justifica que Hezbolá permanezca armada por dos asuntos: La ocupación israelí de las “Granjas de Shebaa” y los prisioneros libaneses en manos israelies. El primer caso se trata de un territorio que Hezbolá sólo cayó en la cuenta que era libanés tras la retirada israelí del Líbano en 2000. No hay que ser muy listo para darse cuenta que fue una excusa rápida y tonta para justificar su condición continuada de luchador contra la ocupación israelí. Y en el segundo caso tenemos un dilema interesante. El único prisionero que se menciona con nombres y apellidos en el libro es Samir Kuntar (pág. 46), autor de varias muertes en suelo israelí. Una de ellas se trata de la niña de cuatro años Einat Haran, que Kuntar mató dándole culatazos en la cabeza contra unas rocas. Por esas muertes Kuntar cumplía una condena en Israel como terrorista (fue intercambiado por los cadáveres de los soldados muertos en la emboscada de Hezbolá del 12 de agosto de 2006) y Gilbert Achcar considera legítimo que Hezbolá luche por su liberación como prisionero de guerra. Si aquellas muertes de civiles fueron actos legítimos de guerra, ¿entonces por qué quejarse de las acciones de Israel?

Volviendo al mundo real, la existencia de Hezbolá no es normal. Nadie se imagina a un partido político portugués o belga que forme parte de la coalición de gobierno del país dotado de un brazo armado que lance ataques contra suelo español o francés. Así, el 2 de septiembre de 2004 el Consejo de Seguridad de Naciones Unidos aprobó la resolución 1559 que entre otras cosas instaba a la retirada de las fuerzas militares sirias del Líbano (una violación de la soberanía libanesa que nunca pareció molestar a todos los que se quejan de Israel) y al desarme de los grupos armados en el país. En el libro se trata con sarcasmo que su cumplimiento sea demandado por “un país que mantiene un récord histórico de no adherirse a las resoluciones de la ONU” (pág. 55). Dicho lo cual queda la duda si las Resoluciones de Naciones Unidas son importantes y de debido cumplimiento. Si Hezbolá tiene derecho a incumplirlas, entonces su importancia es relativa. Así que, ¿por qué quejarse de Israel? Naciones Unidas no genera de todas formas mucho entusiasmo al autor, que señala con asombro que la Resolución 1701 con la que se puso fin al conflicto “¡trata al Líbano como si fuera el agresor!” (pág. 61). Un pequeño detalle que tiene que ver con que fue Hezbolá quien inició la guerra con un ataque en suelo israelí.

En algo sí estoy de acuerdo al menos con Gilbert Achcar. O al menos la impresión que tuve en 2006 fue que parecía que una campaña tan intensa de bombardeos israelíes tenía como objetivo presionar al gobierno libanes contra Hezbolá (pág. 56). Pero nunca hubo campaña aérea que lograra tal cosa. Poner al que recibe las bombas de un ataque de represalia en contra del agresor inicial que provocó la respuesta. Lo curioso es el tratamiento que le da Gilbert Achcar. El ataque a poblaciones civiles sólo puede considerarse un crimen de guerra. ¿Y entonces los ataques de Hezbolá con cohetes de no mucha precisión contra núcleos de población en Israel? Sobre ello se cita a Hasan Nasrallah, líder de Hezbolá, que se defiende con algo así como “¡Israel empezó primero!”. (pág. 66). Es decir, todo lo que tenga que ver con las leyes internacionales, las resoluciones de Naciones Unidas y las leyes de la guerra será siempre relativo en función de quién hablemos.

El israelí Michel Warschawski le da otro enfoque en el texto incluido como cuarto capítulo del libro (pp. 75-105). La guerra del Líbano de 2006 hay que ponerla en el contexto de la Guerra Global contra el Terrrosimo de la Administración Bush como una guerra por delegación (“proxy war”) en la que Israel hizo el trabajo sucio de EE.UU., tratando de destruir un peón de Irán en el tablero de Oriente Medio. La explicación que da Warschawski al “fracaso” en el Líbano es que el racismo imperialista y colonialista de Israel (juraría que el concepto neo-liberalismo también aparece por alguna parte) llevó a subestimar a Hezbolá. Por ningún lado aparece mención de la falta de atención, fondos, entrenamiento que sufrió el Mando Norte del ejército israelí en el período 2000-2006 que nos contaban Amos Harel y Avi Issacharoff. Da igual los hechos, otras versiones, las investigaciones periodísticas… Se trata de un bonito argumento que queda bien. Y eso resume el libro: Retórica, discurso, eslóganes. Pero poca información y reflexión.

Gilbert Achcar toma la idea de la Guerra del Líbano de 2006 como un episodio más de la Guerra Global de la Administración Bush en el último capítulo y eso ha hecho envejecer mal al libro, que es de 2007. Hoy miramos hacia atrás y entendemos esa guerra en relación con la Operación Plomo Fundido, un episodio más de Oriente Medio.

“34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon” de Amos Harel y Avi Issacharoff

Tengo acumulados un montón de PDFs sobre la Guerra del Líbano de 2006, convertida en un asunto sobre el que un montón de analistas ha escrito informes de “lecciones aprendidas”. Sin embargo no deja de haber cierta polémica sobre la divergencia entre lo que pasó realmente y el relato construido a posteriori. Sospecho que todos esos think tanks estadounidenses que publicaron tantas docenas y docenas de artículos que hablan de fiasco israelí en cierta forma trataban de conjurar lo que era en aquel entonces un fracaso en Iraq señalando las dificultades de Israel con un enemigo “asimétrico”, como es el caso de Hezbolá. Es decir, una aplicación del “mal de muchos, consuelo de tontos”. A pesar de todo, no dejo de creer que hay lecciones que sacar sobre aquella guerra.

2284517 Antes de empezar con tanto artículo quise tener una visión amplia y pormenorizada del conflicto por lo que acudí a “34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon” de Amos Harel y Avi Issacharoff, autores del MESS Report del diario israelí Haaretz. Esperaba encontrar un relato detallado de los aspectos militares del conflicto pero los autores prestan atención a la dirección política y militar de la guerra. No estoy en la posición de poder decir cuánto de veraz hay en la versión de Harel y Issacharoff porque no estoy familiarizado con el panorama político de Israel de aquel entonces y porque en esta clase de libros no hay forma de confirmar si el relato presentado de lo que pasó en reuniones del Consejo de Ministros es veraz. Sí queda la sensación de que muchas personas vinculadas con el gobierno y las fuerzas armadas israelíes contaron lo sucedido a puerta cerrada en un intento de echarle la culpa a otros en la tormenta política que se desató en la posguerra mientras se trataba de depurar responsabilidades por los errores cometidos.

La guerra del Líbano llegó seis años después de la retirada israelí del Líbano, una de las promesas de Ehud Barak que se llevó a cabo de una forma un tanto precipitada por la descomposición del “Ejército del Líbano Sur”, la fuerza aliada de Israel. El goteo de bajas había hecho impopular la ocupación y el gobierno de Barak, en horas bajas por razones de política interna, usó la carta de la retirada del Líbano como un golpe de efecto. Sin embargo no consiguió la paz y seguridad para Israel. Hezbolá, que se presentaba así mismo como la “resistencia islámica” y centraba su razón de ser como grupo armado en la ocupación, declaró su intención de seguir atacando Israel a pesar de la retirada. Los ataques puntuales de Hezbolá y sus intentos de secuestrar soldados en territorio israelí nunca fueron respondidos con contundencia porque toda solución militar pasaba por la entrada de tropas israelíes en el Líbano en lo que podía convertirse en una nueva ocupación. Según los autores, Israel dio con ello imagen de debilidad.

En el ámbito militar la atención israelí había estado en el período 2000-2006 centrada en la Segunda Intifada y la Desconexión de Gaza. La Intifada había provocado una crisis económica en el país que se cobró recortes en las fuerzas armadas de Israel. Las unidades del Mando Norte dejaron de recibir los recursos y materiales necesarios mientras que las grandes unidades del ejército dejaron de hacer ejercicios de operaciones de armas combinadas por estar ocupadas con las operaciones de baja intensidad en Cisjordania. Las operaciones militares en el centro del país se convirtió en el mejor trampolín para ascender en la carrera militar por lo que las unidades desplegadas allí atraían a los mejores oficiales que no tenían nada que ganar sirviendo en el plácido norte del país.

A esta exposición de causas complejas y concatenadas en el libro, que para mí demuestra el interés de los autores para llegar al fondo del asunto, se une en el parecer de los autores la circunstancia de la inexperiencia y falta de capacidades de tres personajes importantes de la trama: El primer ministro Ehud Olmert, el ministro de defensa Amir Peretz y el jefe del estado mayor Dan Halutz. Los dos primeros carecían de la experiencia que anteriormente habían aportado ex-generales y héroes de guerra metidos en política. El tercero era un general de la fuerza aérea, existiendo un solo precedente de que alguien de esa rama de las fuerzas armadas alcanzara el más elevado puesto militar en Israel.

Así llegamos a los eventos del 12 de julio de 2006. Al gobierno israelí se le planteó el dilema de cómo responder. En aquel momento se había presentado un plan de operaciones para la contingencia de un enfrentamiento contra Hezbolá llamado “Aguas Elevadas”. La idea era hacer avanzar dos divisiones de infantería al interior del Líbano a la vez que realizar un envolvimiento vertical con una tercera transportada en helicóptero para cortar el sur del Líbano del resto del país. La intención era cercar a las fuerzas de Hezbolá en el sur del país, cortando su retirada y sus líneas de comunicación. [Personalmente desconozco cómo habría llevado a cabo Israel el traslado de nada menos que una división de soldados por vía aérea y cómo esas fuerzas aisladas en un país hostil habrían mantenido la posición hasta la llegada de los relevos por tierra]. El plan no fue considerado porque se quería evitar la imagen de “soldados israelíes en el Líbano” y se optó por una campaña de bombardeos aprovechando la superioridad aérea de Israel combinada con raids de unidades de operaciones especiales. ¿Qué pasaría una vez empezaran los bombardeos? ¿Cómo se actuaría una vez empezaran a caer más cohetes de Hezbolá en respuesta en territorio israelí? No se discutió. Los testimonios que recogen Harel e Issacharoff en el libro coinciden en que el debate en el seno del gobierno israelí sobre ir a la guerra y qué hacer en tal caso fue breve y precipitado. Como si los ministros no fueran realmente conscientes de las implicaciones estratégicas, políticas y humanas de tomar tal decisión. Sólo la voz de la experiencia, Simon Peres, preguntó “¿y luego qué?”.

Se tenía conocimiento de que Hezbolá contaba con cohetes tierra-tierra de un alcance considerable suministrados por Irán y Siria. Su destrucción fue prioritaria y se consiguió con éxito en la primera noche. Se tenían identificadas además un buen número de escondites de cohetes de menor alcance en edificios civiles en el sur del Líbano que también fueron atacados. Pero el número localizado y destruido fue escaso frente al total en poder de Hezbolá. Empezaron a caer más cohetes sobre Israel. A pesar de los medios (helicópteros, aviones y UAVs) resultó imposible poner freno al lanzamiento de cohetes de corto alcance que eran disparados desde vehículos ligeros o plataformas escondidas en zonas urbanas. Como en el caso de los escondites de armas en edificios de viviendas, el resultado de los bombardeos, una pila de escombros y libaneses llorando la pérdida de viviendas y familiares, se convirtió en munición contra la imagen internacional de Israel.

Se sucedieron los días y la aviación israelí siguió con su juego del gato y el ratón con el swarming de las lanzaderas de cohetes de Hezbolá. Llegó el momento en que además se agotaron los objetivos de Hezbolá identificados antes de la guerra. En esto Harel e Issacharoff se andan con cuidado pero es fácil entender lo que quieren decir cuando explican que a los planificadores de las misiones aéreas se les pasó información de poca fiabilidad. Es decir, a base de objetivos claros y confirmados, la aviación empezó a bombardear edificios simplemente “sospechosos” aumentando el saldo de víctimas entre la población libanesa sin conseguir disminuir los arsenales de Hezbolá. El gobierno israelí se dio cuenta que las operaciones militares no estaban logrando de lo esperado. Y aceptaron la mediación estadounidense y francesa para lograr un alto el fuego. A pesar de todo, Hezbolá no dejó de recibir un castigo muy duro y sus líderes también se mostraron receptivos a la intermediación de terceros. Según los autores hubo un primer momento en el que casi se logró un acuerdo y que saltó por los aires por culpa de la elección de palabras del primer ministro israelí en una comparecencia pública. También una segunda oportunidad se malogró porque la presencia de Condolezza Rice en Israel durante una gira urgente por Oriente Próximo coincidió con el bombardeo de un edificio en Qana que se saldó, según las primera noticias aunque luego se rebajó, con decenas de muertos. En Qana habían muerto más de 100 personas en 1996 refugiadas en un cuartel de los cascos azules por lo que el lugar tenía un valor simbólico añadido. Rice abandonó Israel enfurecida con sus contrapartes israelíes.

Tras semanas de guerra y sin cesar de caer cohetes en Israel el gobierno finalmente llegó a la conclusión que el único método para impedir el movimiento de las lanzaderas y evitar su disparo era controlar físicamente la franja del sur del Líbano. Se desplegaron cuatro divisiones para enfrentarse a una fuerza irregular. No se establecieron unos objetivos claros (“aislar el sur del país”, “dominar las áreas donde el mayor número de cohetes habían sido disparados”, “dominar los nudos de carreteras”) sino que parece que se esperaba que el ejército entrara en el Líbano, chocara con Hezbolá y hubiera imágenes fotogénicas que ofrecer a la prensa. Años de operaciones en Cisjordania y la Franja de Gaza llevó a que por inercia se lanzaran raids en el Líbano de menos de 24 horas pero sin mucha coordinación. Hubo fallos de ejecución en las operaciones por la falta de experiencia en el empleo de unidades mecanizadas tras muchos años de Intifada. Las unidades entraban en el Líbano, combatían y se retiraban. El terreno ganado a Hezbolá se perdía dejando en los soldados la sensación de que el precio pagado en muertos y heridos era inútil. Los lugares más habituales para el lanzamiento de cohetes y las rutas por las que Hezbolá movía fuerzas, suministros y cohetes no fueron objetivos. Mientras, los cohetes no dejaban de caer en Israel. El ministro de defensa llegó a escoger un pueblo como objetivo militar para ofrecer al público la imagen de soldados clavando la bandera israelí en lo alto de una colina. Llegaron incluso a planearse misiones que costaron vidas cuando ya se había negociado el alto el fuego definitivo y las posiciones conquistadas no iban a servir absolutamente para nada. Sólo para vender a la opinión pública una “victoria”.

El libro no presenta el panorama de derrotas tácticas que alguno cuenta. Sí presenta a Hezbolá como una fuerza bien armada con misiles anticarro modernos y bien preparada para la guerra que había esperado durante años. Por ejemplo, los soldados israelíes se llevaron la sorpresa de que lo que les habían descrito como meros “zulos” de armas de Hezbolá eran búnkeres bien construidos. Lo que el libro insite, quizás por estar escrito en clave interna, es el número de bajas provocados por operaciones mal diseñadas o mal ejecutadas por culpa del mando político y militar obsesionado con “conquistar terreno”. La lectura de mis conclusiones de entonces en este mismo blog siguen siendo después de leer el libro igualmente válidas.

La guerra reflejó, una vez más, el fracaso al que se ve abocado el tecnofetichismo tecnológico y las limitaciones del poder áereo para ganar por sí mismo una guerra. Muestra el resultado de las decisiones de políticos timoratos, con un pánico atroz al impacto en la opinión pública de las bajas, con un coste en bajas aún mayor del asumible. Y da que pensar sobre las dinámicas en Oriente Próximo, donde los pasos atrás son interpretados como debilidad y sólo provocan que el otro sea más agresivo. (¿Alguien en la sala defiende “paz por territorios”? ¿Alguien?). Quizás Israel cometió muchos fallos en aquella guerra y la gestión de su cúpula política y militar en aquel entonces pueda sin duda de calificarse como “fracaso” pero no está de más añadir que durante la Operación “Plomo Fundido” el frente norte de Israel estuvo muy tranquilo.

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“Hizbullah. El brazo armado de Dios” de Javier Martín

Suelo esperar a finalizar los libros para hacer una reseña en el blog. Aunque a veces haya excepciones. Y hoy tendremos una de ellas.

Estoy leyendo estos días, entre otras cosas, la edición de 2005 de “Hizbullah. El brazo armado de Dios” de Javier Martín. Los autores españoles no aportan casi nunca nada nuevo porque se limitan a hacer refritos que sirven de ligeras introducciones al tema en cuestión, pero puestos a profundizar en un tema hay que leerlo todo aunque sea para estar al tanto del estado de la cuestión en España y así, al menos, poder criticar. Así que empecé con el libro de Javier Martín antes de pasar a otros en inglés.

Al poco de empezar a leer me encontré el término “ejército judío” para hablar del ejécito de Israel. Gobierno galo, ministro teutón, economía helena, artista nipón… Es un recurso para no reiterar en un texto un gentilicio. Pero el término se repetía siempre en cada referencia al ejército israelí. ¿Alguna vez leí “armada sintoísta” para referirse a la de Japón o “fuerza aérea shií” para hablar de la de Irán?

Resulta además que el “ejército judío” entró en el Líbano “hollando” su suelo. “Hollar” según el diccionario de la Real Academia Española es “pisar, dejando señal de la pisada” pero también “abatir, humillar, despreciar”. Se menciona en el libro también la presencia del ejército sirio en el Líbano, pero no se trata de un “ejército musulmán” ni sus soldados “hollan” el suelo libanés. Los sirios, cualquiera diría, pasaban por allí.

La cosa se pone interesante cuando llegamos a la descripción de los atentados contras las fuerzas israelíes en el Líbano.

“El 4 de noviembre de 1983, un joven partisano de 20 años arrancó un automóvil rojo que un vecino había aparcado delante de su puerta y repartió besos y bendiciones a los cuatro hombres que le miraban de frente, con las pupilas cuajadas de orgullo” (pág. 58)

¿Era un coche rojo y no azul o verde? ¿Cuatro hombres y no cinco o seis, que además miraban de frente? ¿Cómo puede saberlo Javier Martín? No lo sabemos porque no cita las fuentes (Ay, las fuentes. Qué diferencias con el mundo anglosajón). Pero que dé datos tan precisos es el resultado de asumir el papel de narrador omnisciente capaz de penetrar en la mente de aquellos cuatro testigos de la partida del pronto mártir de la causa y así poder saber que en su mirada había orgullo.

Tenemos aquí un recurso literario y un relato novelado de algo que no podemos saber más que por fuentes del grupo que ayudó a perpetrar un atentado terrorista suicida. Y que por tanto, no es más que una pieza de propaganda islamista presentada como relato periodístico. Pasemos a otro atentado.

“Aquel día, se subió a un Mercedes blanco, se abrochó el cinturón de seguridad y recitó la fatiha (primera oración del Corán). Con la mano firme, la mente en Alá y una letanía permanente entre sus labios, recorrió los intrincados caminos del sur libanés hasta llegar a la puerta principal del cuartel, que las tropas israelíes ocupaban en la ciudad meridional libanesa de Tiro” (pp. 74)

Si en el caso anterior cabía un margen de duda sobre que la fuente directa sobre la despedida del terrorista suicida pudo ser uno de los testigos de la despedida que elaboraró un relato idealizado en este caso tenemos nuevamente al narrador omnisciente contándonos ¡qué hizo y pensaba un terrorista suicida poco antes de morir! “Mano firme” y “mente en Alá” suena a expresiones sacadas directamente de un martirologio. Aquí entramos en el terreno donde se confunde relato periodístico con la recreación novelada que nuevamente se hace al servicio de una causa.

¿Mantuvieron la “mano firme” y la “mente en Yahvé” los soldados judíos en sus acciones? En la página 76 nos cuentan la muerte de Raghab Harb a manos de “un grupo de pistoleros de élite israelíes” que le “esperaban emboscados”. “Pistolero”, según el diccionario de la RAE, es “hombre que utiliza de ordinario la pistola para atracar, asaltar, o, como mercenario, realizar atentados personales”.

El término mercenario, por cierto, aparece para señalar a un personaje que Javier Martín encuentra “inquietante”: Imad Mughniyeh. El libro que tengo en mis manos es de 2005 y dudo mucho que en aquel entonces, tres años antes de su muerte, se tuviera dudas sobre la afiliación de Mugniyeh. Sin embargo Javier Martín lo presenta como un personaje ávido de sangre sin excesiva formación ni ambición política cuya vinculación con Hizbullah era “difícil de demostrar” (pág. 82).

Estamos ante un recurso típico de los relatos épicos y heroicos de las organizaciones armadas. Cuando una acción o un personaje resulta especialmente reprobable se le pone bajo la sombra de la duda. (Esa es la fuente de todas las teorías conspiranoicas sobre el 11-S lanzadas por simpatizantes de la yihad islasmista). La cuestión es que Mughniyeh no se trataba de un oscuro personaje cuyas vinculaciones fueran difíciles de trazar. Hasta la Wikipedia en inglés lo identifica como “a senior member of Lebanon’s Hezbollah organisation”. Si antes sabíamos por mano de Javier Martín hasta los últimos pensamientos de un terrorista suicida ahora resulta que las vinculaciones con Hizbullah de uno de sus miembros más destacados es un dato discutible e indemostrable.

A Mughniyeh se le responsabiliza del atentado contra las fuerzas internacionales (estadounidenses y franceses) en Beirut el 23 de octubre de 1983. Javier Martín nos proporciona qué pasaba por la cabeza de uno de los conductores de los atentados suicidas camino de su muerte.

“[V]olvió a pensar en Hur al-Ayan, la ninfa de insuperable belleza que le aguardaría a la entrada del paraíso de Alá con los brazos abiertos, dispuesta a lamer sus heridas de mártir” (pág 83).

También nos proporciona los pensamientos de otro terrorista suicida que murió al año siguiente.

“[T]odos su recuerdos pasaron deprisa y la imagen de Alá y del paraíso prometido atoró sus sentidos” (pág. 77).

No digan que no parece sacado de “Más allá de la vida”, ese programa de la televisión donde una mujer habla con los muertos. Y todo esto en las primeras 89 páginas de un libro de unas 250 páginas. Lo que me queda…