La bandera negra de la yihad

sudney-hostages-black-flag-e1418655052281En la reciente crisis con rehenes de Sidney, se pudo ver una bandera negra sostenida por uno de los rehenes. Era de madrugada en España cuando saltó la noticia y yo estaba trabajando en el ordenador. Me encontré una sucesión de tuits que anunciaban la primera acción del Estado Islámico fuera de Oriente Medio. Al rato empezó a hablarse de Jabhat al-Nusra (el “Frente de Apoyo”). Cuando finalmente pude ver la imagen superior encontré que se trataba simplemente de una bandera negra con la profesión de fe musulmana: “No hay más dios que Dios y Muhammad es el mensajero de Dios”. Se trata del Estandarte Negro, la bandera de guerra (ar-rāya), usado de forma genérica por los yihadistas desde finales de los años 90.

938px-Flag_of_JihadHay varias versiones de hadices que hacen referencia al estandarte negro. “Si ves las banderas negras venir desde Jorasán únete a ese ejército, incluso aunque tengas que arrastrate sobre hielo, porque es el ejército del Califa, el Mahdi, y nadie podrá parar ese ejército hasta que llegue a Jerusalén, donde alzarán sus banderas”. La referencia al Mahdi, el sucesor del Profeta que antecederá el fin de los tiempos, vinculan a la bandera negra con la escatología musulmana.

El Gran Jorasán es una región histórica que comprende parte de Irán, Turkmenistán, Afganistán y Pakistán. Así, cuando Bin Laden se refugió en Afganistán tras ser obligado a abandonar Sudán creyó estar viviendo tiempos proféticos. Recientemente, el gobierno de los Estados Unidos anunció haber ordenado ataques aéreos en Siria contra miembros de un grupo yihadista conocido por Jorasán. Explica Javier Jordán que se trata de miembros del núcleo central de Al Qaeda desplazados hasta Siria.

Cuatro grandes errores del gobierno Bush

Llevo una racha inusual de lecturas sobre terrorismo yihadista, Al Qaeda y la Global War On Terror del gobierno Bush: The Black Banners de Ali H. Soufan, The Longest War de Peter Bergen y Al Qaeda: From global network to local franchise de Christina Hellmich. A eso se añade la lectura de The Insurgents de Fred Kaplan. De todas esas lecturas emerge un relato terrible de lo que fue la “Guerra Global Contra el Terror” del gobierno Bush. En 2007 escribí “2002: El mundo que no pudo ser”. Dije entonces:

Conviene pensar en el camino que pudo haber tomado los acontecimientos en el año 2002. La comunidad internacional pudo haberse volcado en la pacificación y reconstrucción de Afganistán contribuyendo a que los talibán quedaran convertidos en un grupo marginal exiliado en Paquistán. El terrorismo yihadista pudo haberse convertido en una cuestión policial combatida con las armas de la justicia en democracia.

Lo que hace seis años era una mera especulación mío resulta ser una reflexión atinada a la luz de los recuentos de cómo funcionó la maquinaria interna del gobierno Bush y la ceguera con la que actuó en tantos temas. El mundo pudo haber seguido otro camino. Los grupos terroristas pudieron haber sido combatidos con más eficacia. Vidas humanas pudieron ser salvadas. Puede que en un futuro distante los historidadores miren atrás y vean en las decisiones del gobierno Bush los errores que llevaron al comienzo del declive del “imperio americano”. A mi entender esos errores son:

1º. Convertir la lucha contraterrorista tras el 11-S en una guerra sin reglas.
Hasta el 11-S la lucha contraterrorista la protagonizaban el FBI y grupos interagencia. Tras el 11-S el gobierno Bush decidió jugar duro y sucio como un adolescente impulsivo con el orgullo herido. Se creó el campo de internamiento de Guantánamo, se autorizó la tortura bajo un eufemismo y se le dio el protagonismo de la lucha contraterrorista a la CIA y a contratistas sin experiencia que emplearon en su delirio métodos más cercanos al entrenamiento BDSM que al interrogatorio táctico. Aquel desmadre produciría años después el escándalo de Abu Ghraib.

Abu GhraibEl resultado es que la información obtenida a los numerosos detenidos tras el 11-S fue de escasa utilidad y contraproducente, al terminar confesando los prisioneros torturados aquello que sus captores querían oir, como la existencia de armas químicas en manos de Al Qaeda o un vínculo del régimen iraquí con el 11-S. Unos interrogatorios chapuceros de los detenidos llevó a decisiones equivocadas en base a información errónea (como la invasión de Iraq), retrasó en un década la localización del paradero de Osama Bin Laden e impidió detener atentados de otra forma evitables, como el atentado contra el petrolero Limburg.

No es casualidad que la muerte de Bin Laden se produjo después de que se prohibiera la tortura para utilizar técnicas de interrogatorio profesionales y un nuevo gobierno se propuso darle un impulso a la olvidada caza del líder Al Qaeda.

2º. Invadir Iraq.
Son varios los testimonios que hablan de que en las 24 horas posteriores al 11-S por los pasillos de Washington altos miembros del gobierno Bush andaban pidiendo planes de invasión de Iraq. Entra dentro del terreno del psicoanálisis entender cómo toda un grupo de veteranos políticos que habían trabajado con George H. W. Bush durante la Guerra del Golfo de 1991 mantuvieron una década la “espinita clavada” de no haber derrocado a Saddam Hussein. La lista de razones para invadir Iraq es compleja. Se mezclan las mentiras de los disidentes y desertores iraquíes a sueldo de Washington que contaron (¿por órdenes de Irán?) a sus interlocutores las mentiras que quisieron oir, con la soberbia de querer redibujar el panorama político de Oriente Medio a hostias de una vez por todas. Habría que añadir el anticlímax que resultó la caída de los talibán con las ganas del gobierno Bush de vender a la opinión pública estadounidense una victoria militar con una entrada triunfal en la capital del enemigo.

Añadamos también la visión estato-céntrica del panorama global que existía todavía una década después de la caída de la URSS. La cuestión es que Estados Unidos se embarcó en una guerra absurda que privó de recursos a la pacificación de Afganistán, mermó la credibilidad de Estados Unidos en el mundo árabe y se convirtió en una fuente de radicalización en el mundo musulmán. Los resultados nefastos los hemos visto hace poco: La opinión pública estadounidense se puso muy en contra de intervenir militarmente en un país musulmán cuyo régimen había usado armas químicas contra su población civil. Conceptos como “armas de destrucción masiva” e “intervención militar en un país musulmán” se han vuelto tóxicos en Washington.

3º. El olvido de Afganistán.
La obsesión por Iraq tras el 11-S llevó a que Afganistán se convirtiera en un asunto secundario para el gobierno Bush. La invasión de Afganistán había sido un escaparate de la Revolución en los Asuntos Militares, con los soldados de fuerzas especiales empleando desginadores láser y comunicaciones satélite para que la fuerza aérea machacara las líneas talibán. Pero cuando cayó Kabul y se desplomó el régimen talibán el escaso número de tropas impidió sellar la frontera con Pakistán, permitiendo tras la batalla de Tora Bora que los líderes de Al Qaeda huyeran a Pakistán. A partir de entonces, la concentración y energía del mando regional de Oriente Medio se centró en la próxima guerra con Iraq.

Las tropas desplegadas por Estados Unidos resultaron ser insuficientes para estabilizar Afganistán, mientras que las desplegadas por los países aliados veían sus acciones limitadas por cuestiones políticas (“caveats“). En el caso de España, el gobierno de Rodríguez Zapatero desplegó tropas en Afganistán en un paripé para compensar a Washington por la retirada de Iraq. Para colmo, la ayuda para la cooperación y desarrollado prometida en cumbres internacionales no se materializó y la que llegó lo hizo a un país donde la corrupción era rampante. Con las tropas rotando, cada contingente empezaba de cero sin perspectivas a largo plazo mientras la agencia contra la droga (DEA) montaba una campaña de erradicación de cultivo del opio que afectó principalmente a los campesinos pobres que no pudieron pagar los sobornos para que las autoridades afganas hicieran la vista gorda. Las consecuencias del desastre lo veremos cuando se retiren las tropas occidentales en 2014.

DEA4º. La negativa a entender la insurgencia iraquí tras la caída de Saddam Hussein.
Visto con perspectiva, el gobierno de ocupación estadounidense cometió dos errores garrafales. Disolvió el ejército iraquí y prohibió a los miembros del partido Baaz asumir cargos públicos o trabajos en la administración. Eso significó condenar al paro a decenas de miles de hombres con entrenamiento militar y prescindir de miles de funcionarios, técnicos y profesionales en un país donde la gente se afiliaba al partido único como requisito para ser funcionario. Es más, generó un enorme agravio en la minoría árabe sunní, beneficiada durante el régimen de Saddam Hussein, que se veía ahora ante una mayoría demográfica chiita que copaba el gobierno y los aparatos de seguridad.

Cuando la situación en Iraq se volvió totalmente descontrolada el gobierno Bush entró en fase de negación. La palabra “insurgencia” fue prohibida en informes y discursos. A los generales sobre el terreno se les negó ayuda y recursos. La mentalidad imperante fue de que Iraq se pacificaría con más potencia de fuego. Requirió toda una campaña de “guerrilla intelectual” dentro del establishment militar para que nuevas estrategias de conducción de la guerra permitieran a EE.UU. reducir la violencia en Iraq y retirar sus tropas. Iraq consumió cantidades astronómicas de dinero, vidas humanas y energía mental de Estados Unidos, incapacitando al país para asumir una posición de liderazgo en el mundo. Está por ver las consecuencias a medio y largo plazo del nuevo “síndrome de Iraq”.

“The Black Banners” de Ali H. Soufan

Estos días he estado leyendo The Black Banners: Inside the Hunt for Al Qaeda del ex-agente del FBI Ali H. Suffan. El título hace referencia a un hadiz profético que habla de los estandartes negros que algún día se alzarían en Jorasán y avanzarían imparables hasta Jerusalén. De ahí que varias organizaciones yihadistas usen una bandera negra y que Bin Laden fechara alguno de sus comunidades en Jorasán estando en Afganistán.

He leído el libro para documentarme para un próximo artículo que estoy preparando sobre la evolución de la yihad global y me he encontrado un libro un tanto diferente del que esperaba. El autor trabajó para el FBI en su oficina de Nueva York, que por una cuestión de organización interna asumió todos los casos de yihadismo tras el primer atentado contra las Torres Gemelas. Soufan es de origen libanés y resultó ser el único hablante nativo de árabe en aquella oficina hasta el 11-S y uno de los pocos dentro del FBI en todo Estados Unidos. Así que se vio en primera línea en la investigación de los atentados contra las embajadas africanas en 1998, el “plan del Milenio” en Jordania y el atentado contra el USS Cole en aguas de Yemen en 2000.

Decía que era un libro diferente porque lo más instructivo del libro es la explicación que da Soufan de cómo transcurrieron los interrogatorios a los presuntos terroristas. Soufan aprovechaba sus conocimientos del Islam y su condición de hablante nativo para abordar de forma distendida a los sospechosos, dar rodeos e ir estrechando poco a poco el círculo. En esto, el libro me recordó a las técnicas descritas en los dos libros que aquí traté y escritos por interrogadores militares que trabajaron Iraq. Y no es que el libro no aporte nada sobre Al Qaeda. Es que a mitad del libro se cuenta cómo el autor fue contactado por el periodista Lawrence Wright, que aprovechó mucha información para The Looming Tower, uno de los libros que considero fundamental para entender la yihad global. Así que esa sensación de “esto ya lo había leído en alguna parte” tiene su explicación.

La importancia que da a las técnicas de interrogatorio cobra sentido con el terremoto del 11-S. Si hasta el momento la investigación de los atentados contra Estados Unidos se había llevado con tiranteces entre el FBI y la CIA, la “Global War on Terror” se puso en manos militares y de la CIA. Los interrogatorios hechos por agentes expertos en Al Qaeda dieron paso a las sesiones de torturas hechas por recién llegados a la lucha contra terrorista. Soufan explica así que en los primeros años tras el 11-S se anunciara erróneamente en un principio la posible implicación de Al Qaeda en los ataques de ántrax en Estados Unidos o que una y otra vez se anunciara que había caído el “número 3” o el “número 4” de Al Qaeda.  Según Soufan el atentado contra el petrolero Limburg en 2002 pudo evitarse pero la CIA no supo valorar la información que tenía entre manos.

Es difícil valorar cuánto de razón tiene, cuánto hay de autobombo del autor y cuánto forma parte de la rivalidad entre FBI y CIA que aparece a lo largo del libro. Soufan respalda su versión con documentos desclasificados y el resultado de comisiones de investigación. Pero hay un hecho significativo que parece darle la razón. Sólo cuando se produjo en cambio de gobierno en Estados Unidos y se decidió acabar con las torturas, efumísticamente conocidas como Enhanced interrogation techniques, se avanzó en la investigación del paradero de Osama Bin Laden.

Pero  sin duda el acento central del libro para mí es el 11-S. En The Looming Tower de Lawrence Wright había leído cómo el equipo del FBI que investigaba en Yemen el atentado contra el USS Cole fue identificando la red que lo había montado y sus conexiones con Al Qaeda pero nunca recibió de la CIA la información solicitada sobre algunos sospechosos que resultaron estar en aquel entonces en Estados Unidos preparando el 11-S. Si la CIA hubiera entregado la información disponible habría permitido al FBI detener a varios implicados en la trama y quien sabe si detener el atentado. Aquí entramos en terreno conspiranoico de por qué la CIA nunca entregó la información solicitada. Pero el libro da varias claves. La primera es la Foreign Intelligence Surveillance Act, una ley que se creó para compartimentar la tarea de la CIA y la FBI. La idea era que dado que la CIA podía pinchar teléfonos con criterios más laxos que el FBI (que requería una orden judicial), se podía usar como triquiñuela para saltarse los derechos de los investigados.

La segunda cuestión es la rivalidad entre ramas de la administración. La CIA no sale muy bien parada del libro. Soufan describe a la mayoría de sus agentes como unos chulitos de barrio sin la sutileza, la mano izquierda y la atención al detalle que requiere la investigación criminal practicada por el FBI o la policía. En el libro se cuenta como lo agentes del FBI en Yemen levantan ampollas por la actitud ambigua del gobierno del país hacia el yihadismo, obstaculizando la investigación, lo que lleva a intervenir a la embajada estadounidense para tratar de frenar al FBI y mantener las buenas relaciones con el gobierno yemenita. Por su parte, Soufan cuenta que el gobierno Clinton se convirtió en hostil hacia el FBI cuando a la agencia le tocó investigar la vida privada del presidente a raíz del famoso impeachment. En definitiva, un panorama que hemos visto descrito tantas veces en las películas, donde agentes con demasiada testosterona se enfrenta por los límites de jurisdicciones y responsabilidades. Según el autor, las cortapisas a su trabajo y la errada lucha contra el terrorismo fue lo que le llevó a dimitir para evitar tener un infarto antes de cumplir cuarenta. Desde luego, alguien debería escribir un día un libro sobre el desastre que supuso la administración Bush para los Estados Unidos.

Bibliografía sobre la yihad afgana

Una de las preguntas que me asaltó durante mucho tiempo fue cómo terminaron los Estados Unidos apoyando a radicales islamistas en la guerra de Afganistán durante los años 80. La respuesta corta y rápida es que en aquel momento se hizo como una medida cortoplacista en el que “todo valía” para perjudicar a la Unión Soviética. Pero eso no explica por qué se apoyó a los islamistas radicales en concreto. Así que con esa pregunta en mi cabeza leí bastantes cosas. Hice un resumen de lo que aprendí hace ya bastante tiempo aquí mismo, en este blog. Lo escribí en 2007 bajo los efectos de leer la estúpida entrada de la Wikipedia en español sobre Osama Bin Laden (recordemos que en el 90% de los casos, la versión en inglés es “enciclopédicamente” mejor).

Antes de escribir aquella entrada y desde entonces nunca paré de encontrar comentarios por ahí que a “Bin Laden lo entrenó la CIA”, en un sobresimplificación de lo que fue la yihad afgana. Estos días he visto el mismo fenómeno, referido a Siria, donde alguno mete en el mismo saco al ISIS, el Frente Al-Nusra, el Ejército Sirio Libre y los Comités de Coordinación Local para afirmar cosas como que “EE.UU. es aliada de Al Qaeda en Siria”. Pero de Siria, supongo, tendremos que seguir hablando.

Hablaba de todo esto hace poco con Demócrito de Abdera y prometí confeccionar una bibliografía sobre la yihad afgana, listando los libros que me ayudaron a comprender cómo EE.UU. terminó apoyando a islamistas radicales y cómo de entre los árabes-afganos surgió lo que algún día llegó a ser Al Qaeda.

Ghost Wars: The Secret History of the CIA, Afghanistan and Bin Laden de Steve Coll. Una obra monumental que abarca de 1979 al 9 10 de septiembre de 2001. El libro es condenadamente exhaustivo y detallado. Leer sus cientos y cientos de páginas menudas se siente como ascender el Tourmalet. En sus páginas leemos sobre los enrevesados recovecos de los pasillos de Washington y los azarosos giros inesperados de la Historia. El mundo pudo haber seguido otro camino de haber tomado ciertas personas otras decisiones en otros momentos, de haber existido otra correlación de fuerzas en pugnas internas, de haberse considerado ciertos factores despreciados, etc. Pero la Historia transcurrió por el camino que siguió, porque aquellas personas contaban con la información disponible en aquel momento. Y resulta ahora fácil señalar los errores porque ya sabemos cómo terminó todo. Así que, cuando terminas el libro literalmente te entran ganas de darle con un bate de béisbol en la cara al primero que te suelta un cliché progre sobre EE.UU., la guerra de Afganistán, Bin Laden y Al Qaeda.

La torre elevada: Al-Qaeda y los orígenes del 11-S de Lawrence Right. Otro libro ganador del Pulitzer. Si Steve Coll trataba de seguir el hilo entre la yihad afgana y el 11-S, Lawrence Right se remonta a Qutb y los Hermanos Musulmanes en Egipto en los años 50, tal como hacía “The Power of Nightmares”. Es un libro entretenido y ameno, cuyos capítulos finales, el FBI yendo un paso detrás de Al Qaeda tras el atentado contra el USS Cole, se leen como un thriller no menos apasionante porque sepamos cómo concluye.

Soldados de Dios de  Robert D. Kaplan. Uno de sus primeros libros. Juraría que el propio Kaplan lo señalaba como una “obra de juventud”. Para lo que nos interesa, se trata de un libro donde entre otras cosas se describe el ambiente de la retaguardia de la yihad afgana. Kaplan visita esa “corte de los milagros” que era Peshawar, con sus guerrilleros, intrigantes, periodistas, activistas, cooperantes, espías y buscavidas. Kaplan apunta a los intereses de Pakistán en apoyar a unos rebeldes y a otros no, junto a las circunstancias particulares de cada grupo que moldearon la decisión. Tras su lectura la idea de unos muyahidines organizados de forma jerárquica y totalmente controlados por la CIA resulta risible.

La guerra eterna de Dexter Filkins. Un libro de memorias periodísticas de un reportero de guerra que vivió la yihad afgana, Afganistán bajo los talibán y hasta estuvo metido en el meollo de la batalla de Fallujah. El espacio que dedica al final de la yihad afgana es breve. Pero es significativo por el encontronazo que tiene con los árabes-afganos, en una onda totalmente diferente a la de los muyahidines, hospitalarios y agradecidos por la cobertura extranjera.

El lío de las redes

Uno de los libros que me traje de Uruguay el año pasado es “La revolución imposible” de Alfonso Lessa. Lo fui leyendo a rachas. En Montevideo di un salto y me fui directamente al capítulo 24 donde el autor trata un tema central del fracaso del MLN-Tupamaros. Uruguay era en el momento de su aparición un país con una democracia consolidada y población principalmente urbana. El trayecto desde Colonia del Sacramento a Montevideo me permitió comprobar otra característica de Uruguay: Es un país de praderas. En definitiva, un país pésimo para lanzarse a la lucha de guerrillas. Así que los Tupamaros fueron una insurgencia principalmente urbana que adoptó la denominación de “guerrilla urbana” para lo que en otros lugares se habría llamado simplemente terrorismo.

Alfonso Lesa, en ese capítulo donde habla del problema que supuso para los Tupamaros ser un movimiento urbano, termina hablando de los problemas en una organización en la que al principio entraron personas de la comunidad real para luego crecer y crecer hasta que terminaron entrando conocidos de conocidos que la convirtieron en un coladero de infiltrados de la policía. La “crisis del crecimiento” provocó también un problema con la formación de los miembros de bases y cuadros. Exactamente los mismos problemas que comentaba un estratega de Al Qaeda practicamente desconocido en España a pesar de tener la ciudadanía.

Tras la caída del régimen de los talibán, Mustafá Setmarian Nasar, alias Abu Musab Al Suri, publicó en Internet un libro de 1.600 páginas titulado “La llamada a la resistencia islámica global” donde hace un repaso a la historia de los grupos islamistas en su lucha contra los estados árabes y defiende el abandono del modelo tradicional de organización clandestina piramidal. Propone un modelo de “yihad individual” y “organizaciones fantasma” que resumen con el lema “un sistema, no una organización” (nizam la tanzim).

Las ideas de Setmarian llamaron mucho la atención en Occidente. Un investigador de un centro de investigación del Ministerio de Defensa noruego le dedicó un libro y varios informes. Un resumen del libro fue publicado por la armada de los Estados Unidos. Y varios artículos de prensa lo definían como “cerebro” o “arquitecto” del “plan maestro” de la yihad global. Aquí en España sólo salió en las noticias porque tras su detención en Pakistán desapareció rumbo a algún centro de detención secreto de la CIA y el juez Garzón solicitó información de su paradero.

Yo decidí dedicarle un capítulo de mi segundo libro, que estoy montando a piezas. Recientemente presenté como trabajo de clase en los cursos de doctorado un texto que con las debidas amplaciones espero mandar a una revista académica y convertir en la base del capítulo sobre Setmarian. En su preparación me llamó mucho la atención cómo se habla de la innovación organizativa que introdujo Al Qaeda con su “estructura de red” frente a los tradicionales grupos del terrorismo de los años 70, como los Tupamaros, que estaban fuertemente centralizados. ¿Pero acaso un grupo centralizado no deja de ser una red centralizada y por tanto podemos hablar de “red”? Me he quedado con la sensación de que hay pendiente por hace un trabajo que explique aplicados al terrorismo conceptos básicos sobre organización, red, topología de redes…

El inevitable fracaso de Al Qaeda

El terrorismo como violencia política ha sido siempre el recurso de los débiles. Tras la marea mundial de 1968 las masa proletarias no derrocaron las democracias burguesas. Unos pocos iluminados se echaron al monte en lugares como Alemania o Italia. Convulsionaron la sociedad pero fracasaron. Ese es el destino del terrorismo de Al Qaeda.

Ayer lunes fui entrevistado por Masha Gabriel, directora de Radio Sefarad. Hablamos de lo que supone realmente la muerte de Bin Laden, de cómo el declive de Al Qaeda ya empezó y cómo el terrorismo de las grandes organizaciones centralizadas hace tiempo ya cambió. La entrevista puede escucharse aquí.