El pasado mes de abril el gobierno de España presentó su Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa, un conjunto de programas de gasto militar que pretende ser el plan de rearme español. La decisión de aumentar el gasto de Defensa en España respondió evidentemente a las presiones que llegaban de la UE y la OTAN considerando el contexto geoestratégico, la nueva era de aislacionismo estadounidense y la crisis del eje euroatlántico. Un rearme que muchos demandábamos desde hacía tiempo por el propio contexto geoestratégico español.
Al final, han sido la guerra de Ucrania y la crisis de relaciones entre Europa y Estados Unidos lo que ha llevado a que el gobierno haga lo correcto. Así que esta nueva etapa de expansión del gasto militar es toda una novedad para los que llevamos décadas preocupados por la defensa de España.
La llegada de un plan de rearme español es una buena noticia porque rompe con una larga tendencia de estreches presupuestarias en las fuerzas armadas, que, desde los tiempos de la caída del Muro de Berlín a la crisis financiera de 2008, fueron sufriendo sucesivas planes de reforma que suponían reducción de efectivos y medios con algún ocasional programa estrella que absorbía los escasos presupuestos. Véase por ejemplo mi repaso a la situación del Ejército del Aire en “Fuerzas Desarmadas” (23 de junio de 2016).

Una lectura del plan presentado por el gobierna revela que incluye varios programas de compra ya previstos, como la sustitución de los entrenadores avanzados F-5M del Ala 23 o los vehículos de asalto anfibio de la brigada de infantería de Marina “Tercio de Armada”, junto con toda una serie de planes novedosos relacionados con los campos de la ciberseguridad, las comunicaciones, la Inteligencia Artificial, etc. Lo que se echa inmediatamente en falta es una visión coherente de cómo se pretende aumentar las capacidades de las fuerzas armadas españolas y asegurar que prevalezcan en los campos de batalla del futuro cercano.
Amenazas externas, problemas internos.
Los planes de rearme para satisfacer las exigencias externas tendrían que ser sola una excusa para que España atienda sus propias necesidades, las llamadas «amenazas no compartidas». Pero es difícil discutir cuáles son esas necesidades cuando en un mero repaso a los documentos oficiales publicados por los Ministerios de Defensa y Asuntos Exteriores es difícil encontrar referencias a los intereses estratégicos de España.

Mientras países vecinos declaran abiertamente sus ambiciones sobre territorios terrestres y marinos de España, los centros de estudios estratégicos públicos españoles operan bajo la consigna de no producir informes que puedan molestar a nadie.

La falta de una clara visión geoestratégica se combina con otros problemas bien conocidos:
- unas fuerzas armadas cuya relación con la sociedad española está atrapada en una zona de confort de carreras cívico-militares, arriados solemnes, ayuda en catástrofes y misiones de paz
- un panorama de partidos políticos donde la mayoría considera que la Defensa Nacional no es un asunto que movilice el voto
- unas élites intelectuales creadoras de opinión formada por académicos, periodistas y artistas que desprecian a las fuerzas armadas o en el mejor de los casos sufren de una profunda desconocimiento sobre ellas
- la inexistencia de un pensamiento geopolítico propio, algo comprensible si conocemos la falta de arraigo en España de la Geopolítica como disciplina académica
- unas fuerzas armadas españolas que son una institución antiintelectual, algo que tiene que más que ver con la configuración de las carreras profesionales que con el elemento humano
Ante esta panorama, más allá de los lamentos y de la necesidad de estudiar cada uno por su cuenta, hay que hacer un rápido ejercicio de análisis partiendo de lo básico: un análisis de los imperativos geopolíticos de España sobre los que trazar una geoestrategia.
Geopolítica y geoestrategia básicas de España.
España está ubicada en una esquina de Europa, alejada geográficamente de los centros de decisión de Europa, fuera del corazón económico y demográfico de Europa (la “Blue Banana”) y excluida ahora mismo del grupo de “países que cuentan” (el Quintento + Polonia).
Se trata de un país cuya masa territorial la forma en su mayoría el territorio peninsular, pero cuenta con numerosos territorios extrapeninsulares cerca, en la costa o en suelo africano. Algunos de esos territorios, terrestres como las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla o marítimos como las aguas cercanas al archipiélago balear, se enfrentan a reclamaciones de soberanía o de inclusión en la Zona Económica Exclusiva de países vecinos.

Esto nos da una primera idea de los problemas de España: Las fronteras del país, tanto terrestres como marítimas, son zonas de fricción con países del Magreb. Eso supone un problema que es único y particular de España dentro del contexto de sus aliados. Por tanto, es imperativo para España pelear para que sus desafíos geopolíticos sean considerados en Bruselas, tanto en la Unión Europea como en la OTAN, en un momento histórico en que toda la atención está puesta en Rusia.

La ubicación de la mayoría del territorio español en una península supone que España tiene una amplia línea de costa con un buen número de puertos entre los de mayor tráfico en Europa. Por esos puertos salen los productos que España exporta a todo el mundo y por ellos entran las materias primas, los recursos energéticos y los bienes que permiten la marcha de la economía española. La existencia de territorios extrapeninsulares supone que hay rutas marítimas exclusivas de España que debe proteger para garantizar el bienestar de esa población. Por último, no debemos olvidar el peso de la pesca y la actividad portuaria, además de la llegada de turistas a las zonas costeras e islas por mar y aire.
Esta realidad de territorios extrapeninsulares, puertos con gran actividad económica, aguas con recursos naturales y líneas de comunicación marítimas (SLOC) nos lleva a entender que en la Defensa Nacional de España debe tener un peso muy importante los medios aeronavales necesarios para proteger el tráfico marítimo y la libertad de movimiento de nuestras fuerzas armadas más allá de la Península Ibérica.
Sobra decir que la inclusión de las ciudades de Ceuta y Melilla bajo el paraguas de la OTAN debería ser un objetivo prioritario a España, una vez que el criterio de que la alianza sólo opera dentro de unas coordenadas geográficos saltó por los aires después del 11-S. España es un país que nunca ha dejado de contribuir a la defensa de sus aliados de la OTAN, participando ahora mismo en despliegues en Letonia, Eslovaquia, Rumanía, Turquía e Islandia.
Además de trabajar dentro de la OTAN, España debería establecer acuerdos bilaterales que le permitieran tener acceso a suministros militares en caso de conflicto de la misma forma que Ucrania la ha recibido ayuda militar y ha accedido a compras militares sin ser miembro de la Alianza Atlántica.
La experiencia negativa en consorcios europeos que han dado como resultado productos caros, deficientes y/o entregados con un retraso inaudito debería estimular el buscar socios tecnológicos entre otras potencias medias para establecer acuerdos paritarios. La lista de posibles candidatos va de Brasil a Corea del Sur, pasando por Turquía.
Continuará.


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