Vietnam redux

La de Vietnam fue una guerra que se clavó como pocas en el “imaginario colectivo” estadounidense y comparar conflictos del presente con aquel es algo socorrido. Sin ir más lejos cuando la ofensiva estadounidense sobre Bagdad fue detenida por una tormenta de arena de proporciones bíblicas al sur de Bagdad los medios se apresuraron a hablar de un “nuevo Vietnam”. No hace mucho manifestantes se congregaban ante la embajada francesa en Abiyán portando carteles en que anunciaban que harían de Costa de Marfil un “Vietnam para Francia“. Pero creo que en ambos casos, y en otros muchos, las referencias a aquella guerra se limitaban a convertirla simplemente en sinónimo de “desastre militar”. Como decíamos en “Arde Faluya” “los periodistas parecen tener especial debilidad por resucitar el fantasma de Vietnam en llamativos y catastróficos titulares”.

Việt Nam. En aquella guerra Estados Unidos se vio llevando el peso de la lucha contra una guerrilla en un lejano país asiático, ante la inoperancia de un gobierno que no controlaba efectivamente su territorio y un ejército poco combativo cuando no colaborador con el enemigo. Por aquel entonces el U.S. Army, orientado en doctrina y materiales a luchar en las planicies de Alemania contra las hordas rojas, era una fuerza de soldados conscriptos, ciudadanos arrancados de la vida civil, realizando operaciones contrainsurgencia en un país cuya cultura no entendían, cuyo idioma no hablaban y cuyo clima detestaban. Se enfrentaban a una guerrilla de extracción campesina, llamada despectivamente “Việt Cộng” por el gobierno de Vietnam del Sur, cuyas tácticas principales eran la emboscada, la colocación de trampas de todo tipo y los ataques terroristas. Estando repartidos los estadounidenses por todo el país en bases que requerían un importante apoyo logístico su despliegue era una enorme y vulnerable retaguardia.

La guerrilla, por su parte, no ocupaba el terreno. Rara vez luchaba por una colina, una valle o una ciudad. Podía retirarse de un lugar abrumada por la potencia de fuego estadounidense, pero con el tiempo volvía a estar allí. Contaba con la posibilidad de cruzar las fronteras de los países vecinos y a través del neutral Laos le llegaban suministros provenientes de Vietnam del Norte (la “ruta Ho Chi Minh”). La guerrilla estaba en todas partes y en ninguna. No tenía por más uniforme que las típicas ropas del campesino vietnamita, el famoso “pijama negro”, haciendo indistinguible combatientes y no combatientes. Los campesinos colaboraba con la guerrilla, por convicción o coacción, haciendo cosas tan simples como observar y pasar información. Aún más sencillo resultaba en el interior de las bases estadounidenses por la gran cantidad de civiles contratados como cocineros, barberos, lavanderas, etc…) La guerrilla era así invisible e incórporea. Como carectizó Lawrence de Arabia a sus fuerzas beduinas, eran “una influencia, una idea, algo intangible, invulnerable, sin vanguardia o retaguardia, flotando como un gas”.

En una guerra en la que no habían ni territorios enemigos que conquistar que sirvieran de “indicadores” de victoria, el recuento de cádaveres enemigos (“body count“) se convirtió en la medida del progreso de la guerra en una estrategia que pretendía la derrota del enemigo por desgaste aprovechando las ventajas en tecnología, medios y potencia de fuego. Pero ese cálculo no tuvo en cuenta las diferencias de voluntad y capacidad a la hora de asumir pérdidas materiales y humanas con respecto al otro bando.

La estrategia de “cuenta de cádaveres” se convirtió en una trampa burócratica, confundiéndose medios y fines. Ante la presión de los escalafones superiores de la cadena de mando se inflaban los informes dando una falsa sensación de estar derrotando a la guerrilla en todos los frentes. “El enemigo tiene por costumbre llevarse los cadáveres del campo de batalla“, era la excusa habitual. La mezcla del stress psicológico de enfrentarse a un enemigo que no daba la cara mientras se sucedían las bajas por trampas y emboscadas, y la percepción que aquellos campesinos que se pretendían liberar de las garras del comunismo colaboraban con el enemigo, llevaron a que los soldados fueran de “gatillo fácil”.

Hitos importantes en la estrategia estadounidense fueron la invasión de Laos para tratar de cortar los suministros a la guerrilla; el encuadramiento de las tribus indígenas del altiplano central (“montagnards” en la denominación heredada de los franceses) en milicias junto con la contratación de mercenarios camboyanos y de la etnia china nung; y el lanzamiento de una operación de asesinatos selectivos de cuadros comunistas (la “Operación Fénix”) llevada acabo por la CIA. Las leyes de la guerra fueron poco respetadas en un conflicto en el que nunca hubo una declaración de guerra formal. Se usó un incidente entre las marinas de Estados Unidos y la de Vietnam del Norte en el golfo de Tonkín como excusa para justificar la intervención militar en Vietnam. Ahora sabemos fue una mera manipulación ante la opinión pública. Toda una serie de “halcones” defendieron aquella guerra no sólo como una cuestión geoestratégica, sino de imagen ante la opinión pública internacional en plena Guerra Fría. Con los intereses del complejo militar-industrial de por medio, no dejaron de vaticinar que se estaba en el camino de la victoria mientras pedían más y más recursos para el esfuerzo bélico. De hecho, los Estados Unidos fueron de victoria en victoria hasta la derrota final.

En la fiesta del Año Nuevo Lunar de 1968, la noche del 30 al 31 de enero, el Viet Cong lanzó una ofensiva general en todo el país con la esperanza de provocar un levantamiento de la población. Fracasó en sus objetivos militares y políticos. Pero la opinión pública estadounidense alimentada hasta aquel momentos con noticias tranquilizadoras se encontró con que en aquella lejana guerra, que iba tan bien, la mismísima embajada en Saigón había sido asaltada y ocupada, mientras se sucedían combates por todo el país. En todos los hogares se vieron las imágenes de aquel general de la policía sudvietnamita descerrajando un tiro en la cabeza a un prisionero en plena calle. Fue el punto de inflexión que llevó a Estados Unidos a retirarse. Se hizo de forma escalonada, retirando tropas poco a poco mientras se le cedían cada vez más y más responsabilidades a las tropas sudvietnamitas en lo que se llamó “vietnamización de la guerra”. Cuando finalmente el peso de la guerra recayó en los hombros del gobierno de Vietnam del Sur, sus fuerzas armadas se desplomaron y Vietnam del Norte lo invadió.

Fundido en negro. Iraq, 2005. Ustedes mismos.

[Esta entrada fue publicada originalmente en el blog Lobo Estepario de Zona Libre]