Contra FG vivíamos mejor

Conocí la revista Ajoblanco en la biblioteca pública cercana al instituto donde estudié B.U.P. Era mediados de los 90, y España se recuperaba de la resaca del ’92. Recuerdo una extraña emoción al leer en un número especial el relato que hizo Pepe Ribas de su viaje iniciático por la Europa de la primera mitad de los ’70. Eran los últimos años del franquismo, y en Europa se vivía sobre la ola generada en los años ’70. Para Ribas fue descubrir, lejos de la realidad gris de España, gente que compartía sus mismas inquietudes. Volvió a casa con ganas e ilusión de lanzarse a un proyecto rompedor. Fue la primera época de la revista Ajoblanco. Era mi postadolescencia y descubría en mi realidad local y provinciana que había otros como yo.

La revista tuvo una segunda existencia a partir de octubre de 1987. Fue en un número especial (¿sería el del 20º aniversario o en el número 200?) donde contaba Ribas el inicio de todo y donde supe de la primera época de la revista. Ajoblanco volvió a nacer cuando “España, a finales de los ochenta, estaba inmersa en la “cultura del pelotazo” y en el culto al dinero. En el mundo de la cultura lo superfluo y superficial se imponían cada vez más. Era los tiempos del diseño y de la moda”. Estaba todo por descubrir y faltaba mucho para llegar el desencanto. La telenovela “Cristal” y las Mama Chicho nos habían parecido entonces el cénit de la degradación de la televisión. El informe Petras nos hacía creer que habíamos tocado fondo en el mercado laboral. Descubríamos Internet y pensábamos que con ella íbamos a cambiar el mundo para siempre. Descubríamos las nuevas músicas. Conceptos como “intelectual de izquierdas” no habían acabado de degradarse del todo. Y en la portada de Ajoblanco desfilaban John K. Galbraith, Kraftwerk, Savater y RuPaul. Recuerdo aquel artículo de Ignacio Ramonet con ilustraciones de Barbara Kruger que fue uno de tantas cosas que me hicieron comprender que lo mío eran la ciencias sociales y observar el mundo con una mirada crítica.

Cuando los titulares de la prensa se llenaron de Filesa, Roldán e Iberporc, Ajoblanco llegó a reflexionar por qué España no es una democracia y se fijó en aquel martillo del felipismo que era Pedro J. Pedro J. se fijó también en Ajoblanco y Unidad Editorial S.A. entró en la revista. La calidad fue descendiendo hasta el nivel, en palabras de los propios impulsores de Ajoblanco, de “suplemento dominical”. Áun recuerdo la entrevista a Boris Izaguirre en su antepenúltimo número. El que el venezolano prometía sorprender la siguiente temporada de Crónicas Marcianas mostrando su lado más serio e intelectual (¿qué fue de aquello Boris?). Los últimos números los leí en una hemeroteca de mi universidad. Ajoblanco murió, con una promesa incumplida de regresar y yo empezaba una nueva etapa de mi vida.

Ahora, 30 años después de su nacimiento por primera vez Ajoblanco regresa como la revista elAjo, un cuadernillo de 64 páginas acompañado en su primer número por una edición a modo de facsimil de los seis primeros números de su etapa inicial. Vuelve con página web y foros. Y no puedo dejar de tener una sensación extraña. Como si tuviera en mis manos un mero ejercicio de estilo de diseño gráfico, pero los contenidos resultaran de los más inocentes. ¿Es que a estas alturas esperaba algo más? ¿O es que a tal banalización de la crítica hemos llegado que ironizar sobre la televisión basura ya resulta hasta intranscendente? Debe ser el signo de los tiempos cuando Miguel Brieva lo mismo se encarga de la portada y las dos primeras páginas de elAjo, como de hacer una crítica del ideal de juventud presentado por la publicidad en el suplemento El País de la Tentaciones, esa guía para “coolhunters” patrios.

Bienvenida sea de todas formas.

[Esta entrada fue publicada originalmente en el blog Lobo Estepario de Zona Libre]

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