Arañando el tiempo

Un grupo de irreductibles abandonábamos Israel el sábado por la tarde. Así que a las siete de la mañana estábamos ya desayunando en el hotel para aprovechar la última mañana.

Volvimos a recorrer el barrio árabe de la ciudad vieja. Visitamos la Mezquita de Saladino, la Puerta de Damasco y nos quedamos en la entrada de la Explanada de la Mezquitas con la Cúpula de la Roca a la vista. Los no musulmanes no pueden pasar más allá.

Tras un almuerzo tempranero fuimos a Mea Shearim, en el barrio ultraortodoxo, que en pleno Shabbat era una zona muerta. Nos cruzamos con unos cuantos por las calles. Pero procuramos dispersarnos para no parecer un grupo de turistas visitando un zoo.

Paramos en una esquina para consultar un plano de la ciudad y tratar de averiguar cómo volver al centro. Una furgoneta de la policía nos dio un susto de muerte haciendo sonar la sirena justo al llegar a nuestra altura. Todos dimos un salto y lo último que vimos fueron varias filas de dientes en la furgoneta. Se echaron una buenas risas a nuestra costa.

Jerusalén estaba totalmente muerte en la mañana de sábado. Quizás por caminar por calles desiertas bajo el sol nos dio la sensación de que era el día más caluroso que habíamos vivido. Regresamos al hotel a tiempo de recoger las cosas y que una furgoneta nos llevara al aeropuerto Ben Gurion.

A los veinte minutos del trayecto todo el mundo dormía. Yo aproveché para mirar el paisaje. Reconocí el desvío al museo de medios acorazados de Latrún y otro al memorial de la Ruta Birmana. Otra vez será.

En el aeropuerto los controles de seguridad fueron largos pero nunca agresivos o incómodos. No hubo mucho problema. Gasté los últimos shekels en un libro que pronto reseñaré. Encontré wifi gratis. Y viajé a Madrid para pasar de los 30 grados a un frío gélido. Dos días después nevaba.

No fuimos héroes

Arrancan hoy las Jornadas Ciudad Digital en Huesca. Como toda jornada digital y blogosférica que se precie contamos con wifi. Lo que echo en falta son regletas para enchufar mi ordenador en el auditorio. No tenía la batería cargada y el acto de presentación lo he pasado offline haciendo unas pocas fotos. Lo habitual en estas circunstancias es tener un breve ensayo preparado que sirva de toma de posiciones y sirva de punto de partida del debate. Pero con esto de llevar tres años en la blogosfera me ha dado por mirar atrás.

Si hace digamos diez años me hubieran dicho que asistiría en el 2007 a unas jornadas con el nombre de Ciudad Digital me habría imaginado algo así como un encuentro vía Realidad Virtual, conmigo en casa con un casco de datos mientras por la ventana se veían pasar coches voladores. Discutiríamos sobre el ocaso de la Internet libre con una red ultracomercial y banal. Soy de una generación que miraba un futuro deslumbrante en números especiales de la revista Muy Interesante. Soñaba con ser hacker tras ver Juegos de Guerra. Y se preocupaba por el futuro de una despuntante Internet de la que muchos decían que terminaría siendo tan anodina y deshumanizada como un centro comercial de las afueras.

La cuestión es que nada de eso se ha cumplido. Ni nos abrimos paso por calles abarrotadas de extrañas tribus urbanas bajo una lluvia contaminante persistente a lo Blade Runner. Ni vamos encontrando en Internet barreras que sólo se franquean mediante pago. Ni hemos hecho ninguna Revolución. Ni siquiera la blogosfera nos ha hecho más altos y guapos. La blogosfera en España se limita a reproducir elevada a la n-potencia la crispación mediática. A dar voz a los que en el medios de comunicación convencionales no aparecen por irrelevantes y que al leerlos en Internet descubres que no te perdías nada. Las puntuales movilizaciones con éxito han llevado a que la bandeja de entrada del correo esté llena de peticiones para que te pongas un gorro azul, pegues un chicle al cristal de tu ventana o salgas a la calle con nariz de payoso en solidad con o para manifestar tu rechazo a, siempre firmadas con un “pásalo”. Hay evidentemente espacios y personas dedicadas al diálogo constructivo. A la creación de alternativas. A la movilización ciudadana por causas importantes. Evidentemente. Pero todavía hay mucho por hacer. Veremos qué se dice aquí.

Yo sobreviví a la inaguración de la T4

Días antes de volver a Madrid descubrí con resignación que mi vuelo tendría lugar el día de la inaguración de la nueva terminal de Barajas, la T4. El día del viaje en el mostrador de facturación tenían un folleto que parecía un curso CEAC. Sólo para entrar en calor. Por suerte, había leído en el anuncio de aeropuerto, la terminal satélite de la T4, la T4S, sólo era para vuelos intercontinentales así que me iba a evitar un lío mayor.

Como no podía ser de otra manera mi vuelo, nacional, aterrizó en la terminal T4S. A partir de ahí, como un ratón en un laberinto. Pasillos, escaleras, escalera, pasillos y escaleras hasta llegar a un andén con una especie de metro sacado de “Desafío Total”. Tras la espera y entrar, una vocecita anunció la salida inminente. Todo muy automático. Pero como la gente no paraba de subir, las puertas automática no terminaban de cerrarse al tropezar una y otra vez con pasajeros. Hacían por cerrarse, retrocedían y volvían a abrirse. Hasta que no pudo subir nadie más. A pesar de los horarios, el trenecillo podría haber estado así media hora si la gente hubiera subido una a una.

Ya en la T4 (parece el nombre de un Terminator malo), a buscar la salida. Hasta ¡por fin!, salir a la calle. Error. Allí no había autobús que me llevara a la Terminal 2, donde está la conexión con el metro. Tenía que haber salido por otra salida, que evidentemente no tenía ninguna señalización que especificara que por allí se iba al autobús que lleva a las otras terminales. Pregunta tonta. ¿Por qué sin tener ni idea de holandés en Schipol siempre encontré todo a la primera, y en Barajas siendo español me he perdido varias veces?

Pero seguimos en esa salida que llevaba al autobús que conecta terminales. Era una especie de puente, con varias escaleras mecánicas de subida. ¿Y para bajar? Sólo era cuestión de seguir la lógica enrevesada del que diseñó el aeropuerto. .¿Sería aquella escalera angosta, sin señalizar y escondida en una esquina? No podía ser de otra forma. Suspiro. Por fin estaba en el autobús lanzadera que une las terminales. Tras unas vueltas extrañas, con pérdida de cobertura incluída (si que lleva a sitios perdidos la conexión de marras), miré el reloj. Hacía 40 minutos que mi avión había tocado tierra. Y aún no habíamos llegado a ninguna terminal. Paramos en la T3. Paramos en la T1. Paramos en la T2. Cuando llegué al andén de Metro no quise ni mirar la hora.

Ahora hagamos mentalmente el recorrido opuesto. Una hora, si tenemos suerte en los transbordos, desde mi casa al aeropuerto de Barajas. Una hora desde que bajas del metro hasta el avión. Pero si vamos a salir en avión hemos de pasar por facturación y buscar la puerta de embarque. ¿Cuánto? ¿Media hora? ¿Tres cuartos, con suerte? A eso añadamos que por ejemplo Iberia cierra sus vuelos 50 minutos antes de la salida. Eso significa que para coger un vuelo nacional en la nueva T4 he de salir cuatro horas antes de mi casa. En comparación, desde la estación de Cercanías más cercana a mi piso hasta Atocha se tardan diez minutos. Eso me da una idea. ¿Para cuándo el AVE a Canarias?