La Nueva Guerra Fría y la Guerra Mundial que no tendrá lugar

Me ha preguntado Mercedes Ramos en Twitter por la III Guerra Mundial (¿no íbamos ya  por la cuarta?). Es una idea que me he encontrado alguna vez al hablar de la Nueva Guerra Fría. La gente entiende el concepto de Nueva Guerra Fría como antesala de un enfrentamiento total entre Occidente y el bloque antagonista encabezado por Moscú. Quizás porque soy un “niño de la Guerra Fría” me parece evidente la diferencia entre los conceptos.

Una Guerra Fría supone una rivalidad geopolítica e ideológica entre dos bloques en el que los enfrentamientos armados nunca son directos entre las súper potencias protagonistas. Una Guerra Fría no es pacífica. Hay guerras y violencia. Pero no es una guerra total.  Seguro que se me escapa algún otro ejemplo pero estadounidenses y soviéticos sólo se enfrentaron directamente en los cielos de Corea del Norte a lo largo del Mig Alley. Habría que sumar episodios como el derribo del U-2 de Gary Powers y otros aviones estadounidenses derribados por la Unión Soviética entre 1950 y 1960, antes del desarrollo de los satélite espías. Sin olvidar la Crisis de los Misiles en Cuba. La razón de que ninguno de aquellos enfrentamientos escalara a una guerra abierta y total es que cada bando contaba con medios de disuasión nuclear.

Checkpoint Charlie
Carros de combate soviéticos y estadounidenses cara a cara en el Checkpoint Charlie de Berlín (1961).

En cambio, es larga la la lista de enfrentamientos indirectos en los que cada súper potencia y sus aliados apoyaron a un bando en un conflicto local donde el bando opuesto fue apoyado por la otra súper potencia y sus aliados. Durante los años 80, con Ronald Reagan en el poder, se habló de una Segunda Guerra Fría ante el recrudecimiento de las hostilidades. Fueron los años de Angola, Nicaragua, Afganistán…

El modelo se repite actualmente. Encontramos una pugna geopolítica por Europa del Este entre Rusia y el bando formado por Estados Unidos y la Unión Europea. Estos últimos destinaron recursos para movilizar a activistas opositores mientras que Rusia ha invadido Crimea y fomentado de forma encubierta una guerra en Ucrania oriental. Esos bandos también tienen alianzas e intereses en Oriente Medio, donde Rusia y Estados Unidos intervienen de forma más o menos directa en la guerra civil siria.

Estación SIGINT rusa en Siria
Interior de una estación SIGINT ruso-siria cercad de Al Hara capturada por el Ejército Sirio Libre en octubre de 2014 (Vía Oryx Blog)

La disuasión nuclear asegura que ningún enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia llegará a una guerra abierta y total. De ahí la insistencia de Polonia y las Repúblicas Bálticas de que Estados Unidos posicione tropas en su territorio para que Rusia no  se atreva a repetir la jugada de Crimea. Así que lo que veremos y estamos viendo son el empleo masivo de agitación política, propaganda, ciberespionaje, operaciones especiales, apoyo a grupos armados, etc. Las guerras convencionales, con su acumulación de muertos y destrucción, tendrán lugar en países periféricos vía terceros (proxy wars). Lo hemos visto en Ucrania y Siria, pero también en Yemen.  Y no dejará de haber guerras brutales y despiadadas por los recursos. Pero no son guerras del futuro por venir. Ya han sucedido, como la Segunda Guerra del Congo. Sólo que mientras sucedía, el mundo estaba ocupado mirando a otra parte.

La Nueva Guerra Fría

Russian servicemen, dressed in historical uniform, take part in a military parade rehearsal in Red Square in Moscow

El concepto “Guerra Fría” se convirtió en un cliché. Basta buscar en Internet la expresión “fantasmas de la Guerra Fría” para encontrar repetidamente su uso. “Rusia pide al G8 que “entierre los fantasmas de la guerra fría, “El conflicto sirio desempolva los fantasmas de la guerra fría, “Tensión en Ucrania despierta fantasmas de la Guerra Fría en Europa del Este”… Los “fantasmas de la Guerra Fría” despiertan viejos demonios. Siempre que se invoca la Guerra Fría se hace en el fondo con ánimo de reproche. Como si desconfianza, recelo o rivalidad con Rusia fuera una actitud reprochable, digna de una época felizmente superada. La Guerra Fría terminó para siempre. Y el mundo entró en una nueva era postmaterial y postheroica. Pero esa insistencia en considerarlo algo superado, ¿no sería contraproducente en caso de aparecer una nueva Guerra Fría? ¿Y si en vez de “fanstamas de la Guerra Fría” estuviéramos directamente ante una Nueva Guerra Fría?

La primera Guerra Fría no fue un conflicto que surgió de un día para otro, como una guerra convencional que tiene una fecha de comienzo. Es más, existe un cierto debate académico sobre la fecha de comienzo de la Guerra Fría. Por ejemplo, en España se publicó en 1996 el libro La paz simulada. Una Historia de la Guerra Fría, 1941-1991 de Enrique U.Da Cal, Ángel Duarte y Francisco Veiga. Dos años más tarde Ronald E. Powaski publicó The Cold War: The United States and the Soviet Union, 1917-1991. Ambas obras coinciden en señalar 1991, año de la disolución de la Unión Soviética, pero discrepan en el año de comienzo. .

1c8ab9827af5b2226eeb1d5ae847e7fbLa idea es que la Guerra Fría fue un período histórico de discutible fecha de comienzo que sólo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, con el discurso de Churchill donde habló del “Telón de Acero” y el Telegrama Largo de Kennan, se tomó conciencia en Occidente de haber entrado en una fase muy diferente a la alianza temporal con la URSS para luchar contra Alemania y Japón. De hecho, fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando el término “Guerra Fría” para referirse a la nueva era de rivalidad geopolítica con la Unión Soviética fue puesto en circulación por varios autores, entre ellos George Orwell.

LA HIPERPOTENCIA CANSADA.
En el año 2011 cayeron los regímenes egipcios y tunecino además de empezar las guerras civiles de Libia y Siria. El 2 de mayo, una operación de fuerzas especiales acabó con la vida de Osama Bin Laden. En noviembre, durante la cumbre del Foro  de Cooperación Económica Asia-Pacífico celebrada en Hawái, el presidente Obama afirmó:

“Creo que pasamos una década en que, comprensiblemente, tras el 11-S, estuvimos muy enfocados en asuntos de seguridad, particularmente en la región de Oriente Medio. Y continúan siendo importantes. Pero hemos vuelto nuestra atención de vuelta a la región Asia-Pacífico”.

A ese giro del foco estratégico se le conoció como el “Pivot to Asia”. La idea nada disimulada era hacer frente al ascenso de China. Tras una década de operaciones contrainsurgencia en lugares como Afganistán e Iraq, se empezó a trabajar en una nueva doctrina de guerra aeronaval para una hipotética guerra convencional de alta tecnología en el Índico o Pacífico. Un mes después de la cumbre de Hawái, las últimas fuerzas estadounidenses abandonaron Iraq. 2011 fue el año en que empezó a hablarse de un mundo post-post-11S.

enhanced-buzz-wide-14770-1378904868-17Con operaciones especiales, drones y ciberguerra, el presidente Obama, premio Nobel de la Paz, quiso entrar en una era de intervenciones en el exterior discretas. Se implicó a regañadientes en la guerra civil libia, vista en Washington como un problema europeo, arrastrado por Reino Unido y Francia. Pero la evidencia de que el “momento unipolar” anunciado por Charles Krauthammer al término de la Guerra Fría concluía y que la “hiperpotencia” de la que el ministro francés Hubert Vedrine habló en 1999 estaba cansada tras más de una década de guerra, se presentó con el ataque con armas químicas llevado a cabo en agosto de 2013 por fuerzas del régimen sirio.

El presidente Obama dudó tras haber fijado previamente una “línea roja” con el uso de armas químicas. Y la situación fue aprovechada por Rusia, que acudió al rescate de su único aliado en el Mediterráneo Oriental mientras arreciaba la desinformación sobre la autoría del ataque. Se hizo patente los intereses compartidos por Rusia con el “Eje de la Resistencia” (Irán, Siria y aliados en Oriente Medio). Sus órganos de propaganda tuvieron bastante eco en Occidente gracias a los críticos del “imperialismo yanki”, dispuestos a difundir cualquier información contraria a las políticas de Washington en Oriente Medio aunque estuvieran cocinadas en Moscú, Damasco o Teherán.

El momento definitivo llegó en febrero de 2014 con la invasión rusa de Crimea y la posterior agitación desde Moscú de una insurgencia separatista en Ucrania oriental. Que Ucrania se colocara en el área de influencia occidental fue una alteración del status-quo geopolítico para Moscú, que había visto como la OTAN y la Unión Europea había ido incorporando antiguos países soviéticos y antiguos aliadosEn 1996 Samuel P. Huntington planteaba en su libro El Choque de Civilizaciones que la inclusión de Ucrania en el área de influencia rusa era vital para Moscú porque le permite crear un núcleo de países eslavos que le anclan a Europa. Mientras que Zbigniew Brzezinski afirmaba en 1998 en El Gran Tablero Mundial  cómo la exclusión de Ucrania del área de influencia rusa haría de Rusia “una entidad más asiática y más distante de Europa”.

Los intereses geopolíticos de Rusia en Ucrania en abstracto estaban acompañados de asuntos más mundanos. Ucrania se había convertido en los últimos años en vía de salida del tráfico de armas rusas del que se nutría una red de oligarcas con conexiones con el Kremlin mientras que la industria de defensa rusa mantenía fuertes lazos de dependencia con la industria de defensa ucrania, establecida principalmente en la parte oriental del país. Los misiles balísticos rusos emplean sistemas de control ucranianos y los helicópteros rusos vuelan con motores ucranianos.

La crisis de Ucrania marca el regreso de Rusia, lejos ya de la docilidad mostrada ante la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999.  Ahora Moscú construye su propia comunidad económica dentro de los límites de la Unión Soviética y ha incremento el gasto de defensa para modernizar sus fuerzas armadas realmente por primera vez desde la disolución de la Unión Soviética.

PROXY WARS
La Guerra Fría evoca la idea de una constante elevada tensión entre las dos superpotencias. No en vano, el mundo estuvo al borde de la catástrofe en ocasiones como la Crisis de los Misiles en Cuba. Así que se instaló en la imaginación colectiva occidental el miedo a un apocalipsis nuclear. Pero la realidad es que el enfrentamiento directo y abierto entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue puntual. Se cuentan las excepciones, como los combates aéreos en el “Mig Alley” sobre Corea del Norte y algunas misiones clandestinas de espionaje.

Sostiene Noam Chomsky en Deterring Democracy que la Guerra Fría, aunque tuviera su escenficación más visible en Europa, fue en realidad una pugna geopolítica por el control de territorios en Hispanoamérica, África, y Asia. Cada bando de la Guerra Fría realizó intervenciones militares directas, como por ejemplo Estados Unidos en Vietnam, Reino Unido en Malasia, Francia en Chad, la Unión Soviética en Afganistán, China en la Península de Corea y Cuba en Angola. Pero principalmente financiaron, entrenaron y armaron a fuerzas armadas y grupos armados mientras se dedicaban al espionaje, subversión y propaganda.

13Rusia ha desplegado en Crimea y Ucrania oriental a miembros de unidades de operaciones especiales de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia, a voluntarios a sueldo reclutados entre veteranos de guerra, milicianos cosacos, milicianos chechenos y últimamente a soldados regulares cuyo fallecimiento en combate se disimula como un accidente durante maniobras o permisos. Todo con tal de disimular la intervención rusa en el conflicto que ya pocos niegan. Estados Unidos, por su parte, ha entrenado a rebeldes del Ejército Sirio Libre en las instalaciones del King Abdullah Special Operations Training Center (KASOTC) a las afueras de Ammán mientras dudaba si proporcionarles armas, creando un vacío que propició el ascenso del Frente Islámico, el Frente Al Nusra y el actualmente llamado Estado Islámico.

Georgia en 2008, Siria desde 2011 y Ucrania desde febrero de este año son los puntos calientes de la rivalidad rusa con Occidente. Pero no sólo hemos de esperar conflictos armados con participación encubierta de Rusia y Occidente. La Nueva Guerra Fría se juega en otros ámbitos como Internet y los medios de comunicación, como anticipó la oleada de ciberataques rusos contra Estonia en 2007. Por aquellas fechas arrancaba la organización Wikileaks, que se presentó en sus comienzos como una plataforma para que ciudadanos de países sin democracia en lugares como África y Asia publicaran de forma anónima informaciones sobre corrupción y abusos. Tras obtener una gran cantidad de información secreta de las fuerzas armadas y la diplomacia estadounidenses, Julian Assange afirmó que “su próximo objetivo era Rusia”. De aquella promesa nunca más se supo. Julian Assange terminó presentando un programa de televisión en un canal ruso y un personaje tan cuestionable como el ruso Israel Shamir cobró relevancia en la organización. Cuando en junio de 2013 Edward Snowden huyó de Estados Unidos rumbo a Hong Kong con grandes cantidades de información secreta de organizaciones de inteligencia estadounidenses, Wikileaks fue quien le facilitó el contacto con el gobierno ruso y su traslado a Moscú.

EURASIA CONTRA OCCIDENTE
El último y definitivo elemento que definió la Guerra Fría fue la rivalidad ideológica. En principio, Occidente y Rusia comparten las formas democráticas y el sistema capitalista. Los millonarios rusos se encuentran cómodos en “Londongrado” y Putin esconde una inmensa fortuna vía testaferros que podría convertirlo en el hombre más rico de Europa. Pero el conflicto ideológico de Rusia con Occidente tiene otra dimensión.

190492_100360273307355_1265586_nEn el vacío ideológico provocado por el colapso de la Unión Soviética reapareció el Euroasianismo, una vieja corriente nacionalista surgida en el exilio que negaba el anclaje ruso en Occidente. Rusia sería entonces una entidad singular a caballo entre Occidente y Asia. Su figura más visible es Alexander Dugin. En su obra, rara de encontrar en español pero no en portugués, presenta el mundo como el gran escenario de una confrontación entre dos cosmovisiones. Por un lado, tenemos las democracias liberales occidentales con economías de mercado, donde el individuo es el sujeto de los derechos y libertades. Dugin considera que el Imperio Británico primero con su poder naval como gran sustentador primero y luego los Estados Unidos son los grandes representantes de esos valores, que asocia con la modernidad y la globalización, e identifica como potencias del mar (“talasocracia”). Por otro lado, tenemos los gobiernos autoritarios implantados en sociedades con valores tradicionales y colectivistas dentro de la gran masa continental euroasiática y que rechazan los valores occidentales y la globalización. Dugin considera que Rusia e Irán son los dos grandes representantes de eso valores y que él identifica como potencias de la tierra (“telurocracia”). Las conclusiones de Dugin son obvias. Rusia se tiene que enfrentar a Occidente, cerrándose a la globalización y aliándose con Irán.

Dugin propone una alianza de Rusia con fuerzas de izquierda que defiendan la “justicia social”, lo que justificaría la alianza con la Venezuela chavista, y con fuerzas de derecha que defiendan la “Tradición”. Las ideas de Dugin tienen resonancia en la Nouvelle Droite francesa y otras ultraderechas europeas que se renovaron renegado del nazismo. Todos comparten el sueño de una Europa que rompa lazos con Estados Unidos para formar un bloque desde “Dublin a Vladivostok”, en palabras del belga Jean-François Thiriart.

En España, el discurso antioccidental ruso ha tenido eco no sólo en la ultraderecha, Dugin fue invitado el año pasado a dar una charla en Madrid por el Movimiento Social Revolucionario, sino que encontramos a medios de izquierda en Internet reproduciendo el discurso ruso sobre los conflictos de Siria y Ucrania. La confusión ideológica es tal, que encontramos artículos de la Nouvelle Droite francesa en Tercera Información o que el diario “republicano y obrero” La República informa sobre el conflicto ucraniano reproduciendo el punto de vista de Moscú. Por no hablar de la páginas webs “antifascistas” españolas que ofrecen información para incorporarse a luchar en Ucrania con las milicias de Lugansk y Donetsk, nutridas de ultraderechistas rusos.

Es difícil, por tanto, encuadrar directamente el conflicto ideológico en el eje tradicional de izquierda-derecha si repasamos los aliados y amigos de Rusia: La teocracia revolucionaria de Irán, el socialismo árabe de Assad, el nacionalismo popular kirchnerista y el chavismo venezolano. Es más, el propio Dugin participó en los años 90 junto con otra figura peculiar del panorama ruso, Eduard Limonov, en la creación del Partido Nacional Bolchevique que proponía una síntesis del fascismo y el socialismo soviético.

26213A la confusión ideológica ha contribuido el gobierno de Putin, que ha puesto en marcha la trituradora histórica para rescatar símbolos, personajes y discursos del pasado ruso que incorporar a su discurso nacionalismo. Así, la región sudoriental de Ucrania es referida como “Nueva Rusia”, el mismo nombre que le dio el imperio zarista en el siglo XVIII. De aquella época data la Orden de San Jorge, una condecoración zarista reinventada por la URSS y reinstaurada por Putin en 2010 para convertirse de paso en un símbolo patriótico que emplean los milicianos secesionistas en Ucrania Oriental para identificarse. La reivindicación de las glorias zaristas y del stalinismo caben en el mismo discurso en Rusia. Pero el revisionismo histórico de Putin no es tanto nostalgia en Rusia por el pasado imperial soviético en Rusia, como la última manifestación de la continuidad histórica del imperialismo ruso que pasó de los zares a Stalin.

CONCLUSIONES PROVISIONALES
La cuestión que queda por debatir no es si la rivalidad con Rusia puede considerarse o no una Nueva Guerra Fría, sino cuándo será una realidad asumida  en Occidente. No se trata evidentemente de una repetición de la Guerra Fría anterior, sino que tiene elementos más difusos. Las fronteras están abiertas, el euroasianismo es sólo instrumental para la oligarquía rusa y el posicionamiento de terceros, como Argentina, es ambivalente. El conflicto de Ucrania ya ha refortalecido ciertos vínculos trasatlánticos, mientras que la OTAN parece que ha despertado del sueño de la Postguerra Fría. Posiblemente junto con la irrupción del Estado Islámico, habrá que ir despertando en Occidente del letargo de la sociedad postmaterial y postheroica.

Hablar de una Nueva Guerra Fría no supone que de pronto los conflictos armados protagonizados por actores no estatales en la era de la globalización y la sociedad de la información (las Guerras Posmodernas) pasen a segundo plano. La violencia seguirá en lugares como México y el Sahel. Seguiremos viendo terroristas, piratas, contratistas privados y ciberactivistas. Lo que cambiará serán los escenarios y las dimensiones de la Nueva Guerra Fría. Habrá que hablar de Stuxnet como un arma diseñada conjuntamente por Estados Unidos e Israel, de empresas militares privadas rusas y de los bulos que circulan por Internet que dejan malparados a Estados Unidos o Israel con un origen trazable hasta Moscú. Las guerras híbridas, proxy wars, InfoOps, ciberguerra, etc. son las Guerras Posmodernas de los estados nación en el siglo XXI.

Para seguir leyendo:
No soy el primero que habla de Nueva Guerra Fría. Lo hizo primero Mark MacKinnon en un libro de 2007. Edward Lucas lo hizo al año siguiente en un libro que tuvo en el pasado mes de julio una nueva edición. Ambos están en mis estanterías a la espera de ser leídos. Mientras, les recomiendo Mafia State del antiguo corresponsal de The Guardian en Moscú y Putin’s Wars: The Rise of Russia’s New Imperialism, un libro que tuvo la genial ocurrencia de llegar a las librerías mientras las tropas rusas invadían Crimea. Hice una reseña  de estos dos últimos en “Trípico ruso“.