Seguimos tocando el fondo

El fin del semana del 14, 15 y 16 de diciembre viajé a Cartagena para participar en las jornadas “Foro de Ciudades Sitiadas: Las guerras del siglo XXI” organizadas por la Cadena SER. Hablamos de la transformación de los conflictos armados, y el papel en ellos de los medios de comunicación y las redes sociales. La conversación tocó lo que yo denomino Nueva Guerra Fría e inevitablemente llegó a tratar del ascenso de personajes como Trump, Salvini y Bolsonaro, junto a la reciente experiencia del partido VOX en Andalucía. Este último asunto fue también el tema de fondo de la mesa redonda que el pasado jueves 10 tuvo lugar en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid con el título “¿Está amenazada la democracia?” y al que acudí como público.

De lo debatido en uno y otro evento, además de lecturas y conversaciones en redes sociales, me queda la sensación de que hay una preocupación porque los populistas de derechas están logrando éxitos electorales gracias a un discurso que apela a las bajas pasiones y que los partidos tradicionales no pueden contrarrestar. Ante esa situación, los periodistas se muestran preocupados e impotentes. Por así, decirlo, los periodistas ven como las masas de consumidores se lanzan a ingerir con gusto refrescos llenos de calorías vacías y bollería industrial hecha con grasas hidrogenadas. Y ahora se encuentran el problema de cómo convencer a la gente que vuelva a una dieta sana pero aburrida.

Mi primera duda ante ese análisis es que no explica por qué precisamente ahora han tenido éxito esos partidos y líderes. Si la demagogia y el apelar a las bajas pasiones fuera una estrategia política ruin pero inevitablemente ganadora, deberíamos tener una larga lista de antecedentes. Y sin embargo sólo en un intervalo de tiempo relativamente reciente ganó el BREXIT y llegaron al poder personajes como Trump, Bolsonaro y Salvini. Así que debe haber algo más.

En segundo lugar, cuestiono el papel que los medios creen tener de árbitros neutrales en el actual contexto. Es más, los considero en parte responsables de la actual situación por haber tenido un papel activo en distorsionar la realidad para impedir un debate serio sobre ciertos temas que se han convertido en tabú. Por ejemplo, el tema de la inmigración. Aquí en el blog he tratado algunos ejemplos, como el telediario de TVE reciclando una manifestación de musulmanes contra el terrorismo en invierno en Madrid como un acto de repulsa a los atentados de las Ramblas de Barcelona en agosto de 2017. O el asunto de las ONG trasladando inmigrantes desde las costas de Libia a Italia en connivencia con las mafias. Precisamente, titulé lo que escribí en julio de 2017 sobre el tema “Una bomba de relojería en el Mediterráneo“, anticipando lo que se avecinaba. No se puede decir que los resultados de las elecciones italianas en 2018 me sorprendieran, cosa que sí le pasó a los periodistas y a la intelligentsia española en general.

El fenómeno se repite una y otra vez. La prensa ha decidido que la ciudadanía es insuficientemente madura para tener un debate razonable sobre los problemas derivados de ciertas temas, como la inmigración, así que opta por no informar sobre ello para no “estigmatizar” a ciertas comunidades. El resultado es que se le regala a la ultraderecha xenófoba la generación de discurso sobre ese tema. Así, ante el consenso progresista en los medios de comunicación, el discurso populista adquiere un aura de rebeldía contracorriente que encuentra su espacio en las redes sociales (como VOX en Facebook) y las aplicaciones de mensajería (como Bolsonaro en Whatsapp).

Sin embargo, a la hora de repartir responsabilidades en quien tenemos que pensar principalmente es en los partidos tradicionales. Como dije en Cartagena, seguimos viviendo la onda de choque de la crisis económica de 2008 y los partidos tradicionales no han sabido dar respuesta a los problemas de la gente normal y corriente. Podría haber dedicado tiempo a recopilar noticias sobre las expectativas truncadas, el precariado, el paro estructural y mil fenómenos más. Prefiero quedarme con los síntomas. En Cartagena mencioné la publicación recientemente de una encuesta que revelaba el enorme peso en España de los asuntos económicos para decidir no tener hijos. Y sobre todo, me llama la atención sobre cómo se acepta y normaliza la presente situación con excusas. Estudios de mercado concluyen que el coche ya no es una “compra aspiracional” para los milennials y el diario El País nos habla de las nuevas tendencias de rebuscar comida en la basura (freeganismo) y renunciar a salir el fin de semana (nesting).

Recuerdo las palabras de Michael Moore antes de las elecciones estadounidenses de 2016 sobre el apoyo a Donald Trump en el cinturón desindustrializado que va desde Pennsylvania a los Grandes Lagos. Y donde él dijo que votar a Trump suponía para la gente perjudicada por la crisis lanzar contra el establishment una granada de mano o cóctel Molotov, yo en Cartagena dije que el voto a VOX es una voto pedrada.

Considerando la experiencia previa del caso del partido Podemos, no creo que súbitamente la gente que votó a VOX en Andalucía suscriba su agenda política. Recuerdo en su momento hablar con simpatizantes y votantes de Podemos que mostraban sorpresa cuando les contaba cosas dichas y hechas por los líderes y cargos electos de su partido. Algo parecido ha sucedido en Andalucía. Recuerdo leer al respecto que un medio salió a la búsqueda de votantes de VOX en Andalucía para ver su opinión sobre los asuntos más controvertidos del programa electoral del partido. Obviamente no los suscribían.

Así que podríamos repasar caso por caso. Antes mencioné Italia. Las palabras de Michael Moore explican muy bien el vuelco en los estados claves que le dieron la victoria. En Brasil podemos señalar la acumulación de casos de corrupción del Partido de los Trabajadores y el descontrol de la violencia. Repasando algo que escribí sobre Brasil aquí en 2013 me encontré un titular que hacía referencia a los siete ministros del gobierno de Dilma Roussef que habían dimitido por casos de corrupción en sus dos primeros años de mandato. Pero imagino que es más fácil concluir que la gente es idiota y vota mal.

En algún lado leí que un tema de fondo en el ascenso de todas estas nuevas fuerzas rupturistas era la pérdida de los lazos comunitarios, algo que explicaría cómo el tema de la inmigración se ha colado una y otra vez en la agenda con la idea de fondo de retorno a un pasado idílico. El otro día El País presentaba el caso de Los Verdes en Alemania, un partido que se ha reinventado como partido pragmático capaz de alcanzar acuerdos, supone una alternativa a los partidos tradicionales y al contrario que estos últimos no había dado un espectáculo poco edificante con sus peleas internas gracias a su fuerte unidad. La noticia mencionaba que la defensa del medio ambiente permitía vincular el partido con el Heimat, un término que puede ser traducido como patria pero también, según Jochen Bittner, a un “sentido de pertenencia” que es lo “opuesto a sentirse extranjero”. Estaríamos, por tanto, ante síntomas de fondo de un malestar en la globalización.

La emergencia del nacional-populismo

Desde hace tiempo escribo poco aquí de las Guerras Posmodernas para dedicarme más a la Geopolítica y la Nueva Guerra Fría. Sentí que algo nuevo estaba pasando durante el verano de 2013, tras los ataques con municiones químicas en la periferia de Damasco. Sorprendentemente, personas de izquierda y derecha repetían en España los argumentarios lanzados desde Moscú y Teherán. (Véase al respecto: El ataque con armas químicas de Goutha: Un caso de desinformación). La paradoja se hizo más evidente tras la invasión rusa de Ucrania de 2014, con la proliferación de apologistas del Kremlin en ambos extremos del arco político. El panorama geopolítico no sólo era preocupante, Rusia había roto con el Memorando de Budapest (1994), sino que estábamos inmersos en una campaña de desinformación.

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La ultraderecha francesa compartiendo referentes con la ultraizquierda: Bashar Al Assad y Hugo Chávez.

La certeza de que estábamos ante algo totalmente diferente me vino como una intuición por la que había que dar orden a un puzzle cuyas piezas estaban en construcción. Así, llegué a escribir durante un tiempo un Observatorio de la Nueva Guerra Fría para ir dando sentido a acontecimientos tan diversos como el pacto de gobierno en Grecia o la muerte del fiscal Nisman en Argentina que no se podían entender con el tradicional eje político izquierda-derecha. Entendí que no estábamos simplemente ante un conflicto geopolítico donde chocan visiones imperiales del mundo. Aquí había una dimensión ideológica que en aquel entonces no sabía explicar bien.

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Militar ruso llevando en Siria un parche de Hezbolá.

Cuando ordené por primera vez mis ideas en septiembre de 2014 y escribí “La Nueva Guerra Fría”, la dimensión ideológica resultó más endeble del esquema de ideas. Mencioné al euroasianismo de Alexander Dugin como la ideología que, tratando de trascender el eje izquierda-derecha, daba sentido ideológico a las aspiraciones neoimperiales de Rusia. Pero en realidad Dugin nunca ha formado parte del círculo de poder ruso y su relación con el Kremlin es ambigua, por mucho que en Occidente se escriban artículos llamándolo el “cerebro de Putin”. Es más, el “putinismo” no ha dejado de ser  una ideología en construcción y las referencias intelectuales e ideológicas de Putin son otras (véase el libro En la cabeza de Vladimir Putin).

Ahora, pasado este tiempo, resulta más fácil entender la emergencia de fuerzas políticas hostiles a las pretensiones universalistas de Occidente, las democracias liberales existentes y la arquitectura internacional sobre la que se construido la globalización. Esas fuerzas políticas defienden en el plano político un mayor papel del Estado en la economía para enfrentarse a los poderes económicos existentes (las “oligarquías vendepatrias”) y son hostiles a las injerencias de los los organismos financieros internacionales (“que están al servicio del impieralismo yanki y el capital internacional”). Políticamente, aplauden los liderazgos fuertes y son definitivamente populistas en el sentido académico del término. No en vano, Michel Eltchaninoff calificaba en su libro En la cabeza de Vladimir Putin a la ideología del régimen ruso como nacional-populismo. Un término coincidente con el proyecto “nacional-popular” (nac&pop) del kirchnerismo argentino.

En septiembre de 2014 señalé en “La conexión euroasiática” la existencia de un bloque transversal de ultraizquierda y ultraderecha en el Parlamento Europeo que vota a favor de los intereses del Kremlin en lo relacionado con Ucrania. En ese bloque encontramos a los antiguos comunistas alemanes de Die Linke y a los populistas de derechas de AfD  o a los comunistas griegos del KKE y a los neonazis de Aurora Dorada. Coinciden todos en su carácter euroescéptico y sus simpatías geopolíticas por Moscú.

Ilustración del canal ruso RT.
Ilustración del canal ruso RT.

Hay sin embargo una divisoria en ese bloque y es la posición respecto a la inmigración. Encontramos un abanico de partidos xenófobos, islamófobos y racistas. Ya señaló Jorge Verstrynge, al Front National francés después de su deriva ideológica y a Podemos sólo les separa la postura sobre inmigración. Asunto, precisamente, que llevó a las bases a presionar para que Verstrynge no ocupara un papel público relevante en Podemos.

Ayer miércoles, el bloque nacional-populista volvió a aparecer en el Parlamento Europeo para votar en contra del CETA, el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea con Canadá, que fue aprobado. Curiosamente, el eurodiputado español Miguel Urbán de Podemos y el eurodiputado francés Nicolas Bay del Front National coincidieron en señalar la coincidiencia del voto positivo de los socialistas y populares europeos. Así que con ese mismo criterio, el voto coincidente de Urbán y Bay es relevante.

La gran incógnita es, evidentemente, qué papel jugará Donald J. Trump, el presidente nacional-populista de derechas. Su postura contraria a los tratados de libre comercio y la inmigración, sus simpatías por Vladimir Putin y el soterrado antisemitismo de su entorno le colocarían en Europa sin problema entre los partidos populistas de derechas. Hasta sus críticas de la OTAN y del intervencionismo de Obama le convirtieron en un candidato preferible que Hillary Clinton para cierta izquierda española. Pero como ya advertí, las aspiraciones de grandeza son incompatibles con la debilidad ante Rusia.

El fiasco político de la caída del Consejero de Seguridad Nacional por sus maniobras diplomáticas con Rusia a espaldas del entonces presidente Obama se ha visto respondida con mensajes de hostilidad hacia Rusia en Twitter. Donald Trump no puede pretender ser un presidente fuerte y ser sin embargo vulnerable frente a Putin. Las filtraciones de información, que tanto le favorecieron durante la campaña electoral, podrían terminar de llevarse su presidencia por delante dada la hostilidad que ha generado en la comunidad de inteligencia. Y mientras en Europa, con la ejecución del BREXIT pendiente y las perspectivas de los partidos euroescépticos en las elecciones de Alemania, Francia y Holanda el proyecto europeo podría saltar por los aires. Quienes criticaban la idea de una Nueva Guerra Fría porque Rusia con el PIB de Italia no podía entrar en una carrera de armamento con la OTAN pasaron por alto las otras armas con las que se juega en el siglo XXI.

 

Anteriormente en GuerrasPosmodernas.com:

Confusión ideológica en la Nueva Guerra Fría (15 noviembre 2014).

La gran paradoja ideológica de la Nueva Guerra Fría (14 junio 2015).

El mundo se ha vuelto loco: Trump y la Nueva Guerra Fría (25 julio 2016).

 

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