Así hasta que los judíos pidan perdón por el Holocausto

Ilya U. Topper, periodista al que diseccioné hace tiempo aquí unos de sus artículos, ha vuelto a escribir sobre Israel unos de esos artículos pretendidamente sesudos y sustentados por pretendidos argumentos históricos que tanto gustan en España, ese país donde el 35% de la población lee “nunca o casi nunca” y donde sólo el 29,3% lo hace “todos los días o casi todos los días”.

En este nuevo artículo “De cómo Israel acabó con los judíos” podemos distinguir claramente la letra y el espíritu de la letra. Porque en esta clase de textos no es difícil entender la intención última del autor que no queda nada disimulada si uno entiende el contexto del debate. La idea fundamental del texto es que los judíos como pueblo es un concepto relativamente moderno y que, tras la creación del Estado de Israel, la población de ascendencia europea impuso su experiencia histórica del Holocausto como justificación fundamental de la existencia del país. Así, con la construcción del relato sobre una falsa identidad colectiva de pueblo eternamente discriminado y perseguido, se pudo sustentar la idea de Israel como necesario hogar nacional judío que sirviera de refugio a los judíos del mundo. La conclusión última es que los llamamientos del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu a que los judíos europeos abandonen sus países para emigrar a Israel es una perversa continuación del antisemitismo nazi que pretende destruir las comunidades judías de la diáspora.

Los argumentos de Topper sobre el Holocausto como una experiencia propia y concreta de los judíos de Europa del Este, “entre el Rin, el Danubio y los Urales”, rayan la broma macabra cuando él mismo usa como argumento de la ausencia de una identidad judía entre los sefardíes “el chiste del sefardí de Salónica”. ¿Salónica? ¡¿Salónica!? Les pondré una gráfica de la población judía en Salónica, a ver si ustedes lo pillan.

La Wikipedia en español tiene en su entrada “Historia de los judíos de Salónica” un epígrafe titulado La destrucción de los judíos de Salónica” que dice:

Más de 48.000 sefardíes de Salónica fueron enviados a los campos de concentración nazis. Cerca del 98% de los habitantes judíos de la ciudad murieron durante la guerra. Únicamente los judíos de Polonia sufrieron una mortalidad tan elevada.

No creo que merezca la pena escribir aquí un tratado sobre los padecimientos de los judíos sefardíes en el Norte de África o cómo la Diáspora Sefardí alcanzó todo el Mediterráneo. Encontramos sefardíes en sitios como Sarajevo, donde la comunidad duramente sobrevivió al Holocausto y conmemoró el 5º centenario de su expulsión de España bajo las bombas. Hay que tener muy mala idea para argumentar que los judíos sefardíes vivían alegremente en sus países de origen y emigraron carentes de entusiasmo hasta Israel, donde unos tristones judíos azkenazíes les hicieron tragar ruedas de molinos sobre que existía el pueblo judío, odiado y perseguido durante siglos. Aquí otro mapa sacado de la Wikipedia sobre expulsiones de judíos entre 1.100 y 1.600:

Insiste Ilya U. Topper que la experiencia de los pogromos rusos del siglo XIX y del Holocausto en el siglo XX es algo limitado a la experiencia de los judíos europeos porque “ninguna masacre de este tipo forma parte de la experiencia histórica de los judíos sefardíes, ni de los de Marruecos, Iraq, Yemen, Etiopía, Irán, Cáucaso, India, Malasia o Afganistán”. Es curioso que afirme esto, cuando trate de ridiculizar la idea del Holocausto como fenómeno histórico singular. Pero resulta que la vida de los judíos de Oriente Medio, los mizrajíes, quedó trastornada para siempre con la creación del Estado de Israel. Las tensiones árabes-israelíes que fueron estallando antes de la proclamación de independencia tuvieron su resonancia en la región, como el progromo de Bagdad de 1941 y los disturbios de Alepo en 1947. El éxodo de judíos de los países de Oriente Medio es siempre oportunamente ocultado porque alteraría el discurso occidental sobre la Nakba palestina. Hubo no uno, sino dos pueblos que partieron para siempre al exilio. Uno encontró un nuevo hogar donde fueron ciudadanos de derecho, los judíos mizrajíes, mientras el otro se convirtió en eterno refugiado sin derechos bajo las dictaduras árabes. Los palestinos han sido machados estos últimos años en Siria pero no busquen condenas y condolencias internacionales sobre la situación en el campo de refugiados de Yarmouk porque en la ecuación no entra Israel.

Me ha bastado un paseo por Wikipedia para señalar errores y omisiones. Pero no tengo ni ganas ni tiempo de refutar el artículo párrafo a párrafo. Decía una ley de la entropía que la energía gastada en refutar la basura que encuentras en Internet es infinitamente mayor que la empleada en generarla. Así que quiero centrarme en la idea principal del artículo, porque es uno más de un nuevo género antisemita que llevo encontrando desde hace cierto tiempo.

El Holocausto es el pecado original de la Europa unida, próspera y democrática. Las potencias europeas se estuvieron matando entre ellas en una larga cadena de guerras que arranca con la Segunda Guerra Italiana de Independencia (1859), que enfrenta a Francia y Austria, plantando las semillas de rivalidades y rencillas que llevan a la siguente. Sigue la guerra austro-prusiana (1866), continúa la franco-prusiana (1870-1871), llegamos a la Primera Guerra Mundial (1941-1918) y concluimos en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En la Europa exhausta brotaron ansias de paz infinta que llevaron al proceso de  integración regional más avanzado del planeta y a más de medio siglo de paz en Europa Occidental. Pero esa Europa, en la que se mira el resto de procesos de integración regional del mundo, lleva la marca de Caín en la frente. La Segunda Guerra Mundial asistió al Holocausto, donde participaron las maquinarias de administraciones gubernamentales y ejércitos con la complicidad, complacencia o indiferencia de poblaciones. La única forma de que Europa se libre de su mancha es banalizar el Holocausto o tratar de equiparar a Israel con la Alemania nazi.

Dice Ilya U. Topper  del Holocausto:

Un suceso al que los sacerdotes sionistas retratan  -y exigen blindar legalmente- como único en la Historia, incuestionable, inexplicable, incomparable, es decir, dios.

Y ya sabemos el destino de Dios en el mundo moderno después de Nietzche y Freud: Matar a Dios y matar al padre como ritos de liberación.  La iconoclastia se vuelve imperativa porque hay que cuestionar siempres los mitos. Hay que acabar con el Holocausto para poder liberarnos del pesado fardo de la culpa.

Añade:

El dogma de la incomparabilidad del holocausto (es el único hecho histórico cuya negación es delito penal) es hoy día, en un mundo laico, la única manera de sostener la posición de los judíos como “pueblo elegido”: por ser víctima de ese suceso único.

Sería interesante pedirle que nos pusiera ejemplos de sucesos históricos comparables con el Holocausto pero ya ven que es todo un invento de los judíos que necesitan sentirse especiales. Son víctimas porque quieren. Porque quieren sentirse únicos y diferente en su concepción racista de “pueblo elegido”.

El segundo proceso de trivialización del Holocausto es equiparar a Israel con Alemania nazi. Lo habrán visto en cada enfrentamiento entre los grupos armados palestinos de Gaza e Israel. Me refiero a las imágenes manipuladas de la bandera de Israel que sustituye la estrella de David por una esvástica, las frases pretendidamente profundas sobre “cómo los israelíes hacen a los palestinos lo que los nazis hicieron con ellos”, el hashtag “Hitler tenía razón”, los artículos sobre el “holocausto palestino”, etc. Busco en Google “Ghetto de Gaza” y encuentro la expresión en un medio “bolivariano”, en boca de Jean Marie Le Pen, en un blog conspiranoico, etc. La alegre tropa de la Nueva Guerra Fría, vamos. La idea es que si Israel ya es tan mala como la Alemania nazi, hay una equiparación moral que salda una deuda histórica. Ahora ya se puede odiar a Israel y los judíos sin complejos. Si son los nuevos nazis no merecen la más mínima simpatía. La proyección hacia el pasado lleva a que se suspendan actos de recuerdo del Holocausto en Reino Unido o España para no ofender a los musulmanes locales.

Ilya U. Topper habla de “la ficción asquenazí del eterno judío perseguido por el antisemitismo internacional” pero resulta que no hay nada más viejo que el nuevo antisemitismo, que habla de Israel y globalización pero repite los alegatos antisemitas tradicionales. Los judíos ya no matan niños para hornear matzá, ahora matan niños en Palestina aunque nadie se pregunte cómo es que la UNRWA tuvo que reconocer que en cuatro ocasiones sus escuelas habían sido usadas como polvorines en Gaza. Los judíos ya no son prestamistas usureros, ahora los fondos de inversión internacionales de judíos multimillonarios son culpables de la crisis financiera internacional. Los judíos ya no provocan guerras a través de su infiltración en el comunismo internacional, ahora lo hacen a través de su control de la política estadounidense que convierte al gobierno de Washington en un títere de Israel. Y a todas estas, a los judíos los siguen matando en Europa, sus tumbas son profanadas y sus templos requieren protección policial pero el debate público es sobre el auge de la islamofobia. Mientras tanto, los judíos son la principal víctima de “crímenes de odio” en Estados Unidos, donde representaron el 60% de los casos en el año 2014.

Entiendo perfectamente lo que pretendía argumentar Ilya U. Topper en su artículo. Y la verdad, me da bastante asco.

“Quieren la guerra” de Ilya U. Topper

En el infierno hay un lugar reservado para los compositores de temas de reggaetón, los guionistas de las teletiendas nocturnas y los análisis con ínfulas literarias del conflicto palestino-israelí. Ilya U. Topper ha perpetrado en MSur un artículo titulado “Quieren la guerra” que considero bastante cuestionable.

Quieren la guerra. El bombardeo de Gaza por parte de Israel no es un intento de acabar con Hamás. Tampoco es un error estratégico. Tampoco una reacción emocional desmedida. Ni siquiera una búsqueda de votos de la ultraderecha. Es un intento desesperado de supervivencia de Israel. Es un esfuerzo supremo de sembrar odio y garantizarse un ambiente lo suficientemente hostil como para que mañana sigan saltando chispas, muertos, cohetes, bombas. Para que nunca haya paz.

Israel no tiene otra opción: la paz se ha convertido en un peligro mortal para este Estado. No tendría que haber sido así. Pero durante décadas, sus dirigentes han llevado el país hacia un callejón sin salida, un estado de excepción al que sólo la guerra continua puede dar apariencia de normalidad.

Tiene gracia pensar que el autor está olvidando que Israel y Egipto firmaron los acuerdos de Camp David. El presidente egipcio Anwar Al-Sadat tras reconocer al Estado de Isael, lo visitó y dio un discurso en su parlamento. La paz de los valientes le costó la vida. Hoy un centro de estudios estratégicos en Israel lleva su nombre junto con el del primer ministro Begin. Israel evacuó sus ciudadanos de la península del Sinaí, que mantenía en su poder desde la Guerra del Yom Kippur en 1973. Al igual que en la desconexión de Gaza en 2005 hubo de emplear la fuerza para obligar a quienes se habían instalado allí abandonar sus casas y negocios. (Véase este reportaje de “Informe Semanal” de TVE de aquella época). Israel entregó a Egipto infraestructuras como la base aérea de Etztion, que se convirtió en el aeropuerto internacional de Taba. Ambos países mantienen hoy lazos económicos. Egypt Air inventó una línea aérea virtual, Air Sinai, para sus muy discretos vuelos a Israel. Egipto le vende a Israel el petróleo del Sinaí vía un oleoducto e Israel manda turistas. Ambos asuntos fueron noticia por los repetidos atentados yihadistas contra el primero tras la caída de Mubarak y por un atentado contra turistas en el Sinaí en 2004.

Por su parte, Israel y Jordania firmaron un acuerdo de paz en 1994 que formalizaba una relación de varias décadas. Aunque tras los acontecimientos del Septiembre Negro de 1970, cuando el rey Hussein de Jordania vio amenazado por una invasión siria solicitó ayuda militar a Israel. Desde entonces la familia real jordana visita Israel. Como dato curioso, la princesa Aisha, hermana del actual rey, visitó Israel de forma oficial en 1997 y 2000 en su condición de oficial del ejército jordano para interesarse por la incorporación de la mujer a las fuerza armadas israelíes. Por su parte, turistas israelíes visitan Jordania. Y cómo no, el asunto fue noticia cuando el grupo Monoteísmo y Yihad de Abu Musab Al Zarqawi (una de las primeras encarnaciones del actual Emirato Islámico) atentó contre el hotel SAS Radisson de Ammán en 2005, sin conseguir matar a un solo turista israelí. Murieron numerosos invitados a una boda, varios palestinos y varios árabes israelíes. Aquello, junto con las carnicerías provocadas por atentados contra lugares públicos en Iraq, contribuyó al desprestigio del yihadismo en las sociedades árabes.

En resumen Israel ha hecho las paces con acérrimos enemigos (con Egipto combatió en 1949, 1956, 1967 y 1973), ha evacuado la población de territorios y sin llegar a la vecindad que disfrutan países que trabajan por la integración regional, ha llegado a normalizar sus relaciones con algunos de sus vecinos. La diferencia fundamental es que Israel pudo hacer la paz con Egipto y Jordania porque son estados-nación cuyos gobiernos mantenían el “monopolio de la violencia legítima”, que decía Max Weber es la característica fundamental de un Estado. Cuando Sadat y Hussein firmaron la paz tenían la capacidad de hacer cumplir sus compromisos. Las autoridades palestinas nunca han podido sentarse a negociar con Israel representando a la voluntad colectiva. Nunca han tenido el monopolio de la violencia y temen correr la suerte de Sadat. Siempre habrá un grupo más radical aún que Hamás dispuesto a llamar traidor a quien negocie con Israel. Los isralíes se preguntan ¿dónde está el Sadat palestino?


De niño encontré en un libro escolar alemán sobre Geografía de los años setenta un esbozo de las dos posibles soluciones del conflicto: Convertir el territorio de la histórica Palestina en un Estado “binacional” en el que todos los ciudadanos gozaran de los mismos derechos, o bien establecer dos Estados, uno para los judíos y otro para los palestinos, tal y como planteó la ONU en 1948, aunque llevándose el bando judio un territorio sustancialmente mayor que el originalmente adjudicado.

Curiosamente, el autor citado, israelí a juzgar por su apellido, se permitía el lujo de añadir que no creía en ninguna de las dos soluciones.  Desde entonces he cavilado cuál era el futuro que sugería el ensayista. Obviamente era el de mantener el conflicto sin resolver.

La primera solución, por la abogan numerosos palestinos, pero también grandes intelectuales israelíes como Ilan Pappé, significaría el fin de Israel tal y como fue planteado por el sionismo hace un siglo: un hogar exclusivo (o casi) para judíos, o para lo que las autoridades de ese Estado entiendan como “judíos”. Sería simplemente un país más. Un país normal.

Un estado binacional a día de hoy es inviable no por cuestiones étnicas o religiosas, sino porque sería imposible unir a dos sociedades con un desarrollo político, económico y social tan desigual. Hamás creó en Gaza el Comité para la Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio, como en Arabia Saudita o el Afganistán de los talibán. Tel Aviv en cambio es un destacado destino gay en el Mediterráneo. Las mujeres palestinas son asesinadas en “crímenes de honor”. En los territorios palestinos a día de hoy no hay democracia. Las elecciones legislativas palestinas de 2006 fueron ganadas por Hamás con el voto incluso de palestinos cristianos que castigaban así la rampante corrupción en la Autoridad Palestina. Entonces el presidente Mahmud Abás suspendió la democracia palestina, tal como hicieron los generales argelinos en 1992 ante el avance del islamismo. El plan de paz israelí incluía que Cisjordania creciera al norte absorbiendo las localidades árabes israelíes en lo que se conoce como  “el Triángulo”. Surgió un problema. Más del 80% de lo habitantes de una localidad de la zona no quieren ser ciudadanos de un estado palestino. Cuando se les preguntó la razón, más de la mitad contestaron que preferían vivir bajo “un sistema democrático con un estándar de vida alto”.


El sionismo fue un afán comprensible a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando estaban en boga las ideologías nacionalistas, decididas a construir Estados con una única “etnia”, alemana, húngara, turca, armenia, kurda… Que el mito bíblico de una descendencia genética común del “pueblo” judío, míto comparable a la virginidad de María o la existencia eterna del Corán, se encuadrara en este nacionalismo como si fuera una realidad histórica, es una de las mayores paradojas de la Historia; sería el mayor ridículo que haya hecho la humanidad, si sus resultados no fueran tan sangrientos, si no se lo hubiesen tomado en serio Hitler y sus secuaces.

Pero tras un siglo de doctrina sionista, esta convicción de necesitar un “Estado judío” es tan arraigada que es imposible dar marcha atrás, argumenta Uri Avnery, gran camarada de Pappé en el Qué y gran adversario suyo en el Cómo. Queda la otra solución, la biestatal, fácil, rápida, al alcance de mano, aprobada por la comunidad internacional, por Estados Unidos, por la UE, por la Liga Árabe, por la Autoridad Palestina y, con ciertas reservas perfectamente superables, hasta por Hamas. De boquilla, incluso por Israel.

¿Por qué no se lleva a cabo, pues? ¿Por qué, en lugar de irse evacuando a los 250.000 colonos extremistas de los Territorios Ocupados de Cisjordania, primer paso para devolver una coherencia territorial a una futura palestina, el Gobierno de Israel financia y protege, con enormes fondos y mayores despliegues militares, estos asentamientos cuya existencia es un crimen de guerra según la Convención de Ginebra? ¿Por qué Israel se niega en las negociaciones a definir cuáles serán sus fronteras?

Las negociaciones entre palestinos e israelíes en los últimos años han partido de la base que la solución al conflicto pasa por la creación de un estado palestino. El entonces presidente Peres lo dejó claro: La opción para la paz es crear un Estado palestino. El debate son las condiciones. La oferta israelí es que Cisjordania y Gaza quedaría unidas por una carretera tal como Berlín Occidental estuvo conectada con la República Federal Alemana en tiempos de la Guerra Fría. Israel se anexionaría ciertos barrios de Jerusalén junto con ciertas comunidades judías que están más allá de las líneas de armisticio de 1949 (lo que la gente llama “las fronteras de 1967”) y compensaría a los palestinos ampliando el territorio de Gaza y Cisjordania a costa de territorio israelí de igual superficie. Lo sabemos por los papeles filtrados de la parte israelí y de la parte palestina.

Una reportera de El País visitó a la población israelí de lo que se conocen como los “asentamientos de Cisjordania” (perdonen que no encuentre el enlace). Se encontró que un tercio vivía allí porque era mucho más barato que dentro de las fronteras de 1967. De hecho el encarecimiento de la vivienda fue uno de las quejas de los “indignados en Israel”. Otro  tercio se había ido a vivir allí porque formaba parte de una comunidad religiosa y sus líderes se habían establecido allí. De trasladar la comunidad a otro lugar, declaraban que no tendrían problema en irse. Sólo el tercer tercio estaba allí con el propósito expreso de vivir en lo que había sido tierras ancestrales de los judíos y mencionaban motivos religiosos para su decisión. Para los dos primeros grupos la idea de trasladarse a vivir a otro lugar no suponía ningún problema.

Está claro que la expansión de las poblaciones israelíes en Cirjordania han sido un giro de tuerca a los palestinos tras el fracaso de cada ronda de negociaciones de paz. Alguien decía que nunca te levantes de una mesa de negociación si no puedes volver a ella desde una posición más fuerte. Los palestinos se han levantado varias veces y su posición es cada vez más débil. Primero el perímetro de seguridad entre Israel y Cisjordania redujo la capacidad palestina de cometer los brutales atentados de la Segunda Intifada. El sistema “Cúpula de Hierro” junto con mejoras de los protocolos de la defensa civil israelí ha recudido las víctimas mortales de los cohetes lanzados desde Gaza. Cuando visité Israel a finales de 2010, el país celebraba el récord de visitas de turistas mientras la economía de Cisjordania prosperaba. En algunas zonas empezó a desmantelarse el muro de protección o cambiarse su trazado, reduciendo el impacto en las vidas de los palestinos. Pero tras el conflicto armado entre la Autoridad Palestina y Hamás en 2007, Hamás puso como condición para la reconciliación el cese del pragmático ministro Salam Fayad, empeñado en construir un país antes de proclamar un estado. Tuvimos la ofensiva de cohetes palestinos previos a la Operación “Pilar Defensivo” y esta que arrancó en junio.

Una reflexión final en forma de pregunta, ¿por qué esta clase de artículos nunca incluyen un análisis de la dinámica interna de Hamás? Las retiradas unilaterales israelíes del Líbano en 2000 y de Gaza en 2005, no trajeron la paz. Sería caer en la obviedad de descubrir que Hamas considera su fin último destruir Israel. “Israel existirá hasta el día que lo destruya el Islam” aparece en los preámbulos de su Carta Fundacional.


Porque el establecimiento del Estado palestino acabaría con la guerra. Y es lo único que Israel no se puede permitir: renunciar a la guerra.

Porque Israel no es un país normal. Ha elegido no serlo. Ha elegido ser un país exclusivo para un colectivo que por imperativo religioso se cree una “etnia” en lugar de saberse un colectivo religioso. Y que de tanto confundir etnia con religión, biología con biblia, cromosoma con dios, ha acabado bifurcado en una teocracia agnóstica.

 Para ser un Estado judío, Israel tiene la extraña peculiaridad de ser un país multiétnico y multiconfesional. Viven allí judíos, musulmanes, druzos, circasianos, cristianos maronitas, cristianos armenios y practicantes de la fe bahá’i, entre otros. Los árabes-israelíes constituyen la quinta parte del país y (que me corrija alguien si me equivoco) deben ser los árabes que han disfrutado por más tiempo derecho a voto en elecciones libres en todo Oriente Medio. Su número ha crecido del 12% en el momento de la creación del Estado de Israel al 21% actual. Druzos y circasianos cumplen el servicio militar obligatorio. Los primeros tenían restricciones dentro de las fuerzas armadas para lograr acceso a puestos que requieren una habilitación de seguridad. Tras una campaña para su eliminación, hoy hay druzos que son pilotos de combate y comandante de buques.

Hago énfasis en la integración en las fuerzas armadas porque jurar bandera y estar dispuesto a morir por el país me parece un grado superlativo de identificación con un Estado. Majalli Wahabi, un druzo, ocupó el cargo de Presidente de Israel de forma interina en 2007. Como conté aquí una vez, en la campaña de ataques con cohetes de Hezbolá contra núcleos de población civil israelíes en 2006 un tercio de las víctimas fueron árabes israelíes. Árabes matando árabes de forma indiscriminada. Desde aquel momento comenzó un aumento del número de árabes israelíes (cristianos y musulmanes), principalmente de las zonas afectadas por los cohetes de Hezbolá, que se han presentado voluntarios para servir en las fuerzas armadas israelíes. Son pocos de momento pero en las entrevistas todos repiten los mismos argumentos. Hablaban de querer defender “su país” que había sido atacado desde fuera, sentían la necesidad de sentirse un ciudadano más, de devolver lo que habían recibido del Estado…

“¿Ves a éstos? Los de negro. No, a éstos nunca los monto en autostop. Los odio.Muchísimo más que a… más que a los árabes no puedo decir, porque a los árabes no los odio”. El viejo kibbutznik Uri hizo un movimiento de mano hacia unos jóvenes en el arcén de la carretera, vestidos de negro, con sombreros negros sobre los rizos de las sienes. Ultraortodoxos. Haredim, se llaman en Israel. Una secta nacida en la Europa oriental del siglo XIX, los haredíes eran los mayores adversarios del sionismo agnóstico, pero una vez establecido Israel fueron aprovechándose del atractivo económico de un Estado dedicado a subvencionar a todo judío que quisiera asentarse en su territorio. Tienen tanto en común con un israelí de Tel Aviv como un talibán afgano con un alemán, salvo que no abogan por la lucha armada. Por la lucha, sí: en sus barrios, nadie debe romper las normas que consideran judías. Con una media de seis o siete hijos por familia, sus barrios se extienden cada día, sobre una alfombra roja extendida por los políticos que cortejan su fuerza de votos.

No habrá que esperar hasta dentro de medio siglo, cuando según la curva demográfica serán mayoría. Mucho antes, numeroso israelíes laicos, hartos de que se les escupa a sus hijas si no van con manga larga en verano, se irán, primero de Jerusalén, luego del país. Tel Aviv quedará como un gueto de laicos, un reducto de quienes se consideran los herederos del sionismo verdadero, la ideología agnóstica, marxista, que quiso crear un “nuevo judío” sin rezos ni sombreros. “En el kibbutz nos duchábamos juntos chicos y chicas. Estos están poniendo playas separadas para hombres y mujeres”, decía Uri. El que los haredíes se hagan con el país fundado por quienes quería querían acabar de una vez por todas con los rabinos y las sinagogas, es otro de los tristes chistes de la Historia.

Uri sacó una conclusión: “Si los árabes fueran listos, se quedarían quietecitos unos años. Sin atentados suicidas. Entonces, sin esa continua presión de un enemigo común, empezaríamos a ocuparnos de nosotros mismos. Y nos daríamos cuenta de que nuestras sociedades son irreconciliables. Estallaría la guerra civil”.

Ultraortodoxos. Los hombres de negro. Pregunte a un español sobre Israel, el país que ganó 16 años antes que Austria el festival de Eurovisión con una artista transexual, que imagine al israelí medio y aparecerá con la imagen de los ultraortodoxos. Como aquel vídeo del programa de Buenafuente en que el actor Edu Soto interpretaba a “Rabin Bisbal”, el ganador de la versión israelí de “Operación Triunfo”. O aquella otra viñeta de Manel Fontdevila.

Ahora vayamos a los datos. Los judíos ultraortodoxos son el 11,7%. Es decir, la mitad de la población árabe-israelí. Dada la alta tasa de natalidad de los judíos ultraortodoxos, en las cohortes demográficas más jóvenes hasta los 20 años representan el 29%. Es decir, están lejos de ser una mayoría del país. Los judíos ultraortodoxos son tan relevantes porque el sistema electoral de circunscripción única con el que se elige el parlamento israelí atomiza el voto y convierte a los partidos pequeños en bisagra. Su crecimiento les impedirá por más tiempo sostener su condición minoría a ser protegida mediante subsidios del Estado. Tras la destrucción de la cultura judía europea en el Holocausto, el primer gobierno del recién nacido Estado de Israel decidió subvencionar a los ultraortodoxos como guardianes de las esencias del judaísmo. En su mayoría no trabajan, reciben subsidios del Estado y no hacen el servicio militar. Esto último va camino de acabar. Israel no podrá permitirse sostener a un sector improductivo de su población cada vez más grande. Tarde o temprano a los ultaortodoxos tendrán que trabajar y se verán obligados a una transición demográfica hacia familias nucleares de pocos hijos.

Además, Israel no es sólo Tel Aviv y Jerusalén, ni siquiera los asentamientos más allá de la línea del armisticio de 1949. Israel es también el aérea metropolitana de Haifa. En Haifa, ejemplo de convivencia entre judíos y árabes, dos tercios de la población se consideran judíos seculares. Un último apunte sobre fanatismo religioso. En las elecciones legislativas palestinas de 2006, las últimas antes de la suspensión de la democracia palestina, ganó Hamás. A lo mejor también habría que estudiar lo que pasa en el lado palestino para entender la perpetuación del conflicto.

Este diálogo tuvo lugar en 2001. Desde entonces han cesado los ataques suicidas. Cisjordania está quieta, aguantando en silencio los crímenes diarios de los colonos – criminales de guerra según la ley internacional – y sólo Hamas le daba un poco de esperanza a Israel, un poco de la violencia cotidiana que necesita para sobrevivir. Hasta que, a primeros de junio, se acabó lo que se daba: Hamas dio su acuerdo a un gobierno de unidad palestina, sin exigir siquiera una participación efectiva. La paz parecía a la vuelta de la esquina. ¡Alerta roja!

A todo eso, encima Irán, que tantas veces ha servido de espantapájaros para la esquiva paloma de la paz, con media Europa prediciendo por cuarta, quinta y sexta vez el ataque inmediato e inevitable, está ahora tomándose cafés en Viena, con Bruselas certificando una “buena atmósfera” en las negociaciones nucleares. La situación parecía desesperada.

Nunca sabremos quién dio días después la orden de secuestrar y asesinar a tres adolescentes israelíes en una carretera de Cisjordania, rodeada por unidades militares israelíes. Sí sabemos que el Gobierno israelí utilizó ese secuestro, ocultando que ya se había verificado la muerte de los jóvenes, para construir una campaña de odio contra “los árabes” que habría hecho sonrojarse a un fascista veterano y para lanzar una campaña de detenciones, robos, saqueos y asesinatos por toda Cisjordania. Sin éxito. Sólo tras un bombardeo aéreo que mató a siete miembros de Hamas, por fin la milicia de Gaza empezó a lanzar cohetes. ¡Eureka!

Por fin, Israel pudo volver a afianzarse. Mesarse los cabellos por estar obligada a “vivir bajo la amenaza yihadista”, invocar el “derecho a autodefensa”, ponerle sirenas de alarma como música de fondo al adoctrinamiento de los niños en los colegios y a las colectas de dinero en Estados Unidos – done un búnker – , en fin, volver a respirar con alivio.

 Toda esta larga parrafada se sustenta en la más elemental ignorancia de los acontecimientos de los últimos dos meses. La ofensiva de Hamás con cohetes lanzados contra Israel no arrancó tras los acontecimientos de la muerte de tres chicos judíos y un chico palestino a manos de radicales de la otra comunidad. Comenzó antes, en el mes de junio y tuvo otra fase previa en abril. Si repasamos fechas, el acuerdo de reconciliación entre Fatah y Hamás se firmó el 23 de abril. Así que, suponiendo que las negociaciones previas se desarrollaron a lo largo de abril, Hamás estuvo lanzando cohetes contra Israel mientras sus representantes negociaban con el partido del presidente Abás. En el mes de mayo apenas hubo lanzamientos. Luego, tras la toma de posesión de un nuevo gobierno palestino el 2 de junio empezó otra campaña de lanzamiento de cohetes de Gaza contra Israel.

La conclusión evidente es que los ataques de Hamás contra Israel estás relacionadas con cuestiones internas palestinas. ¿Una facción de Hamás quería descarrilar las negociaciones? ¿Hamás buscaba una respuesta israelí para consolidar su prestigio frente al acomodaticio gobierno de Fatah? Lo interesante es que para Ilya U. Topper aquí el país agredido es el agresor. Aunque no sabemos si ha omitido acontecimientos para sacar sus conclusiones preestablecidas o porque desconoce lo que ha estado pasando en la zona en los últimos meses. No Jews, no news!.


Porque así funciona el círculo vicioso que mantiene con vida al Estado, a sus elites políticas, a sus industrias armamentísticas, a sus lobbies internacionales, a sus ciudadanos con tanta afición a la ceguera: Israel mata a unos cientos de palestinos, suscita algunas condenas internacionales, unas cuantas manifestaciones y con suerte, editoriales en la prensa, y puede afirmar con orgullo que “todo el mundo está en contra de Israel”. Y si todo el mundo está en contra de Israel, evidentemente la culpa es del mundo que no soporta la existencia de Israel y estará en contra de Israel para los siglos de los siglos, amén. De manera que toda cosa llamada Naciones Unidas y toda convención de Ginebra no son más que ardides para acabar con Israel, así que no cumplir con nada de lo que digan es la única vía recta para el pueblo elegido.

El problema aquí es que los estallidos emocionales que la gente ha tenido en público a causa de los últimos acontecimientos en Gaza no son contra Israel, son contra los judíos. Las manifestaciones en París en contra de Israel se saldaron con dos sinagogas y un supermercado kosher atacados. En España, bastó que el Maccabi de Tel Aviv ganara la final de un trofeo al Real Madrid para leer referencias a las cámaras de gas. Los exabruptos en medios de comunicación, ahí está esa infame columna de opinión de Antonio Gala, o en las redes sociales reflejan que cuando rascas en los españoles encuentras los mismo prejuicios atávicos que hacen mención a la usura o el niño mártir San Dominguito de Val. No hemos llegado a Der Stürmer. Seguimos en la Edad Media. Pero como antes, Ilya U. Topper, invierte el orden de los elementos. No se trata de que Israel necesita ser odiado para justificar su existencia. Israel ha hecho las paces con quien ha querido hacerlo pero sigue en conflicto con Hezbolá y Hamás, cuya ideología se nutre del odio a Israel. Hezbolá se inventó un conflicto territorial con Israel para justificar seguir siendo una organización armada, contraviniendo la Resolución 1559 de Naciones Unidas que llamaba al desarme de las milicias libanesas. Sin Israel, Hezbolá tendría que ser un partido político normal. Sin Israel, la verdadera naturaleza de Hamás como un grupo islámico radical, que oprime su población como los talibán en Afganistán o el Emirato Islámico en Siria, sería evidente.

Lo del pueblo elegido sólo lo dicen los rabinos, desde luego. Los ministros se contentan con invocar la divinidad del “antisemitismo”, en cuyo altar se sacrificarán cientos de niños palestinos. Porque sólo el Antisemitismo, con mayúscula, es lo que justifica la existencia de un país declarado “hogar judío”.

Si este círculo vicioso se rompiera, se podría descubrir que en el último medio siglo, el mundo ha aprendido a prescindir de mitos bíblicos y que el concepto de un Estado “étnico” no es acorde a la Carta de Derechos Humanos. Que los fundamentos del sionismo – la ficción bíblica de que un tal Dios prometió a “los judíos” una tierra situada entre Jordán y Mediterráneo, y su derivado seudocientífico de un “pueblo judío” dispersado desde esta tierra por el resto de países – no son más que una estafa. Que Israel es un anacronismo.

Claro que la existencia de Israel se justifica, desde el punto de vista del derecho internacional, simplemente con su existencia: sería contrario a los derechos humanos de sus ciudadanos si alguien quisiera forzarles a disolver su Estado. Pero Israel no puede permitirse el lujo de reconocer el concepto de derechos humanos mientras insista en otorgar más derechos a un neoyorquino con abuela judía que a un nativo que no tenga abuela judía.

Tal y como está planteada ahora, Israel es un Estado imposible, porque sus ciudadanos no son quienes lo habitan sino quienes son afiliados de una religión determinada, aunque no se la crean siquiera. Es decir, sus ciudadanos son personas de todo el planeta siempre que así lo definan los rabinos de Israel: una especia de teocracia cósmica.

Esta paradoja quedará en evidencia y quedará en ridículo al firmarse la paz. Israel tendría que reinventarse como país democrático, es decir, renunciando al sionismo como ideología oficial. Algo que es más difícil con cada día que pasa, cada día en el que se adoctrina a los niños en el colegio, se les enseña a adorar las armas y saberse el pueblo elegido. De manera que el círculo vicioso ha de seguir.

Pero nadie se puede bañar dos veces en el mismo río de sangre y nada en el cosmos descríbe círculos: todo avanza en espiral. Una espiral de violencia que con cada nueva vuelta tendrá que ir a más para producir el mismo efecto de rabia, furia y odio en el resto del mundo y el mismo nivel de nacionalismo fanático entre sus ciudadanos, rodeados – eso creen – de hordas antisemitas. Entre ese nacionalismo fanático armado, dispuesto a quemar vivos a “los árabes”, y el fanatismo religioso de los haredíes, dispuesto a borrar a las mujeres hasta de las fotografías, se halla el futuro de Israel.

Donde acabará la espiral no es fácil de predecir. Pero no será un espectáculo bonito. En todo caso, su fin no será la desaparición del pueblo palestino. Será el suicidio de Israel.

Israel permite inmigrar libremente a judíos de todo el mundo y no permite el derecho del retorno de quienes abandonaron sus casas en la Guerra de Independencia (1948-1949). Puede ser injusto, puede ser terrible. Pero no es muy diferente a la práctica mayoría de los países que favorecen la inmigración con un cierto perfil y se limita otra. Por ejemplo, se favorece la inmigración de personas con un cierto nivel académico (licenciados, doctores…) o determinadas cualificaciones profesionales (ingenieros, médicos…) Sucede en Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos o Australia.

El asunto de los palestinos que abandonaron sus hogares en la Guerra de Indepenencia de Israel (1948-1949) es uno de los asuntos centrales de las negociaciones de palestinos e israelíes. No lo obviemos ni desdramaticemos. Pero tiene una singularidad. Son los únicos refugiados que han transmitido su condición a sus hijos y nietos. Como vimos en mis comentarios al artículo de Olga Rodríguez “Israel, Palestina: Cómo empezó todo”, los refugiados palestinos son los únicos refugiados de aquel conflicto que no que recibieron la ciudadanía de los países que los acogieron. Quedaron en un limbo y su casusa fue empleada como bandera por los tiranos de Siria, Libia, Iraq e Irán. Durante décadas se dijo que el principal conflicto de Oriente Medio era el conflicto palestino-israelí. Que el mundo árabe mantenía un resentimiento a Occidente por su apoyo a Israel. La resolución del conflicto limaría el “choque de civilizaciones”. Desde 2011 hemos visto arder el mundo árabe de punta a punta sin que tenga nada que ver las causas con Israel.

El argumento principal aquí es que Israel provoca odios para justificar la existencia de un país que haga de refugio para los judíos del mundo. Cuando llegue la paz, todo el mundo dejará de odiar a los judíos y entonces habrá cesado la razón de existir de Israel. El país colapsará, los israelíes se revolcarán en el suelo presos de una paradoja ontológica. Menuda huera traca final. Un despliegue de pirotecnia verbal pretendidamente literaria y profunda que comete la perversión de proyectar en los israelíes todos las acusaciones que podríamos hacer al bando opuesto: Fanatismo religioso, falta de democracia, fanatización y adocrinamiento…

El día que cese el conflicto, los palestinos tendrán que construir un país. Entonces se mirarán en el espejo y se tendrán que hacer preguntas difíciles. Alguien tendrá algún día que preguntar por el destino de las ayudas occidentales, por el enriquecimiento de los líderes palestinos y por la falta de libertades políticas. Ser pesimistas sobre el futuro de los palestinos cuando no se pueda culpar a Israel no es mal augurio. Ya ocurrió. Israel se retiró de Gaza en 2005. Evacuó su población de allí y se retiró hasta las “frontera de 1967”. ¿Qué ocurrió? Los palestinos se terminaron matando entre ellos dos años más tarde. Los fanáticos islámicos de Hamás contra los corruptos gobernantes de Fatah. Al final, Palestina no es tan diferente de Libia, Siria o Iraq. La “ocupación israelí” ha sido la gran excusa para mantener a los palestinos oprimidos por organizaciones beligerantes o para mantenerlos en campamentos inmundos en lugares como Líbano o Siria. Cuando son machacados allí, nadie protesta. No Jews, no news.

Y aquí señores, termino con otro artículo de una publicación española sobre el conflicto palestino-israelí. Ha resultado aburrido y agotador. Además, sé que es inútil. Hablar del conflicto es entrar en un diálogo de sordos. Cada cual lee lo que refuerzas sus prejuicios. Creo que escribiré un texto didáctico sobre crímenes de guerra a propósito de Gaza y puede que una reflexión general sobre el conflicto. Después de eso espero no tratar más el conflicto palestino-israelí aquí. Me limitaré a tratar los aspectos vinculados con el origen de este blog. Es hora de volver a las Guerras Posmodernas.