“El paraguas balcánico” de Enrique Criado


Enrique Criado es un diplomático que regresó recientemente a España tras dar tumbos por medio mundo. Su último destino en el exterior fue la embajada de España en Sofía (Bulgaria). De esa experiencia surge el libro El paraguas balcánico: un paseo sin protocolos. El libro pudo conformarse con pertenecer al género de “expatriado le descubre a sus compatriotas un país exótico”, al que blogs y canales de Youtube ha dado nueva vida. Véase por ejemplo a Javiertzo y Lele en China. Pero El Paraguas Balcánico va mucho más allá del género por varios motivos.

Para empezar, su trabajo en la Embajada de España le dio al autor acceso a toda clase de personalidades relevantes, desde Simeón de Bulgaria a los deportistas y artistas españoles de paso por Sofía. Algunas de sus tareas allí, como el infructuoso intento de invitar a Sofía a Tzvetan Todorov, resultan de lo más interesantes. Así que no tenemos simplemente un libro al uso de cómo es la vida en Bulgaria, con la previsible sucesión de anécdotas sobre las diferencias gastronómicas o las formas de ocio. El libro va mucho más allá de todo eso, sin dejar de tener sus anécdotas y peripecias personales. Enrique Criado aprovechó su estancia en Bulgaria para conocer el país en numerosos desplazamientos. Pero sobre todo demuestra un interés en desentrañar el país a través de su literatura y de la mirada de los autores que pasaron por él.

El libro por tanto tiene un entramado similar a los de Robert D. Kaplan. Nos encontramos las observaciones sobre el terreno del autor, el punto de vista de los numerosos interlocutores locales y extranjeros, referencias históricas y referencias literarias. Eso sí. Se nota la profesión de diplomático del autor en la manera en que aborda los asuntos menos brillantes del país. Y también, diría yo, se nota la perspectiva de un español. Estoy seguro que un autor anglosajón se hubiera dejado llevado llevar por prejuicios orientalistas sobre atavismos balcánicos y esencialismos culturales para contarnos cómo nada ha cambiado en la región en 500, 150 ó 50 años por culpa de la huella otomana o el legado comunista. Pero los españoles que hemos vivido la transformación de nuestro país creo que andamos un tanto curados de espanto. Véase esos periodistas que explicaron los acontecimientos del 1 de octubre de 2017 en Cataluña con una España de pasiones profundas, flamenco, toros y olé.

Un asunto relevante en el libro es el empeño del autor por explorar la huella de los judíos sefardíes en Bulgaria, entre los que encontramos al publicista Luis Bassat o Isaac Carasso, fundador de Danone. El empeño lo tendrá presente en viajes a Israel y Georgia. Eso le lleva a abordar el tema del Holocausto en Bulgaria, país que salvó a sus judíos pero permitió que se convirtieran en víctimas de la maquinaria nazi los judíos de territorios entonces bajo su administración, como la actual Macedonia del Norte. Aquí se nota que el autor es diplomático, ofreciendo varios puntos de vista sobre la responsabilidad de las autoridades búlgaras en el contexto de las fuertes presiones sufridas desde Alemania. El interés de Enrique Criado por la suerte de los judíos sefardíes en Bulgaria no es casual. Una de sus tareas en Sofía fue las actividades que sacaron del olvido el papel del diplomático español Julio Palencia Tubau, que intercedió por los judíos búlgaros.

Mural en Sofía dedicado a Julio Palencia Tubau. Foto: Ministerio de Asuntos Exteriores.

Pero si hay algo que me ha gustado y que da sentido al título es que el libro no se limita a hablarnos de Bulgaria, porque resulta que Enrique Criado aprovechó el tiempo pasado en Bulgaria para moverse de aquí para allá, de Croacia a Georgia y de Ucrania a Israel. Cuenta al principio que alguien le había vendido las ventajas de trabajar en Sofía como un lugar que está cerca de sitios interesantes. Eso, nos explica, es un eufemismo que usan los diplomáticos españoles para hablar de destinos que son un auténtico muermo. En su caso no se trata de que Sofía y Bulgaria fueran un sitio aburrido. Sino que la ubicación del país como cruce de caminos hacía imposible resistir la tentación de viajar por los Balcanes.

Península Balcánica: mucho más que la antigua Yugoslavia. Imagen: Wikimedia.

En esto hay que recordar una cosa. En España se tienden a pensar sólo en los Balcanes occidentales cuando se habla de los Balcanes en general. Pero propiamente dicha, la Península Balcánica comprende los países de la antigua Yugoslavia, Albania, Grecia y Macedonia. Así que el libro nos ofrece las aventuras del autor por toda una serie de lugares que tenía en mente desde hace mucho para ser visitados: Kotor, Butrint, Ohrid, Mostar… Lo cual me ha generado tanta envidia como me ha hecho disfrutar del libro.

Así que el libro son en realidad dos. Por un lado, el libro de las peripecias de un diplomático español que trabaja en Bulgaria y por otro lado tenemos un libro de viajes sobre los Balcanes a los que se añade recorridos por Chipre, Moldavia, Ucrania, Israel y Georgia. Es de agradecer que las numerosas referencias a libros que aparecen en El Paraguas Balcánico vengan acompañadas de su pertinente referencia a la edición española que manejó el autor. Además, encontramos una sección de fotos y mapas. Eché en falta, o fue que no lo vi, uno o varios mapas que situaran los destinos del autor. Algunos lugares, como hice mención arriba, me resultaban familiares por mi deseo de conocerlos. Pero estoy seguro que el lector menos familiarizado con la región lo echará en falta también.

El libro me enganchó por lo ameno (no es el primero del autor). Es de destacar el bagaje de lecturas con el que el autor emprendió la tarea de hablarnos de Bulgaria y la región. También es de destacar su afán por recorrer lugares menos transitados. Por ejemplo, cuando visita Split y Dubrovnik se aloja en localidades menos masificadas. Y sobre todo mantiene todo el rato curiosidad por conocer lugares que ha descubierto primero en los libros o por escuchar la historia personal de sus interlocutores. Así que es de agradecer la aparición de libros así que aporte al público español una mirada diferente a los que la literatura anglosajona nos tiene acostumbrados.

 

 

El principio de acción y reacción en los Balcanes

-En 1993 Somalia sufría en proprociones bíblicas las calamidades del hambre y la guerra. El impacto mediático de la tragedia somalí llevó a EE.UU. a intervenir militarmente en el país bajo cobertura legal de de Naciones Unidas.

Entre el 3 y el 4 de octubre se desencadenaron combates en Mogadiscio en los que murieron 19 soldados estadounidenses, 73 fueron heridos y uno fue hecho prisionero. Desde la guerra de Vietnam ninguna unidad militar estadounidense había sufrido tres cuartas partes de bajas entre muertos y heridos. El impacto mediático de la debacle llevó a la retirada de las fuerzas estadounidenses del país.

-En abril de 1994 se desencadenó lo que conocemos como el Genocidio de Ruanda. A pesar de las peticiones del comandante de la misión de Naciones Unidas en Ruanda (UNAMIR) la comunidad internacional fue incapaz de articular ninguna respuesta adecuada y a tiempo. Ningún país quiso volver a comprometer soldados para un oscuro conflicto en un pequeño y olvidado país africano.

-En julio de 1996 más de 8.000 bosnios musulmanes fueron masacrados en la ciudad de Srebrenica a pesar de la presencia de 400 cascos azules holandeses que supuestamente defendían lo que Naciones Unidas habían declarado “safe area”.

-Entre el 24 de marzo y el 10 de junio de 1999 diversos países miembros de la OTAN (incluída España) participaron en una campaña de bombardeo sobre la llamada entonces República Federal de Yugoslavia, en respuesta a la campaña de represión de las autoridades de Belgrado sobre la mayoría albanesa de la provincia de Kosovo.

Recomiendo la lectura de:

“A postmodern declaration” de John Laughland en The Guardian.

Y el blog de Francisco Veiga, un habitual de mis estanterías de libros.

La ingeniería del odio

Comentar artículos de Wired News es un recurso demasiado socorrido a la hora de escribir un blog. Si se trata de una noticia o un artículo de hace dos meses, encima podría parecer algo traído por los pelos. Pero si encima otros ya han comentaron el asunto en su momento, parece que no queda más que añadir. Sin embargo cuando leí a finales de octubre en Wired News que un miembro de Otpor! había participado en la creación de un juego de estrategia para ordenador que consistía en liderar un movimiento de resistencia pacífica, escribir sobre ello quedó como un asunto pendiente.

Más allá del juego en sí, que no deja de tener su gracia para alguien que dedicó en su momento un número incalculable de horas a Civilization, resulta que el juego se inspira en una serie documental cuyos autores reflejaron en un libro. El libro en cuestión llegó a mis manos casualmente en el Atocha Workshop y estos días formaba parte de una pila de libros recién llegados a mi biblioteca: La última edición de “La trampa balcánica” de Francisco Veiga y “Las transiciones en la Europa central y oriental” de Carlos Taibo. Formaban pila junto con otros títulos sacados de la biblioteca de la universidad: Balkan Babel de Sabrina Petra, Balkan Holocausts? de David Bruce MacDonald y The Balkans after the Cold War”de Tom Gallagher. Contrastando la bibliografía en español y la extranjera, me queda la sensación de que la caída de Slobodan Milošević es un tema poco conocido en España. Me atrevería a decir que también su ascenso y la consolidación de su régimen, a pesar de tanto libro sobre las guerras en la antigua Yugoslavia.

Ya en su momento (era mayo y lo hicen en mi viejo blog), expliqué cómo lo que sucedió en la antigua Yugoslavia es exactamente lo contrario a lo que cuentan los que usan tan a la ligera la idea de la “balcanización de España”. La guerra no empezó porque croatas o eslovenos querían irse de la federación. Sucedió porque el régimen serbio no les permitió marcharse. Y si sucedieron carnicerías espantosas no fue porque hubiera odios ancestrales acumulados, sino porque los medios de comunicación al servicio del poder se encargaron de lavar cerebros y doblegar conciencias.

Creo que en España está todavía pendiente la publicación de un libro que aborde en profundidad la construcción mediática del odio étnico por parte del régimen serbio, y está por ser contado en profundidad el cómo se formó, organizó y trabajó la oposición, dedicando especial relevancia a su manejo de los medios de comunicación y la propaganda política. Quizás aprendamos unas cuantas lecciones útiles.

Aviso: La integración de mi blog con el dominio GuerrasPosmodernas.com ha dado problemas. Así que provisionalmente, hasta solucionar el desaguisado, las entradas de mi blog cuelgan del viejo subdominio lobo.lamatriz.org. Pueden ustedes volver a dejar comentarios.

Lecciones yugoslavas para España

El tener que sufrir a los nacionalismos periféricos ha convertido al “nacionalismo” en el nuevo coco ideológico de la política española.

Explicaba el otro día el tema del trabajo de investigación que estoy preparando para el máster que hice el año pasado. Trato de comprender la aparente explosión de conflictos étnicos y religiosos en el mundo tras el fin de la Guerra Fría. En mi opinión las cuestiones identitarias son meramente un discurso retórico que esconde la mayoría de las veces intereses y dinámicas sociales de lo más prosaicos.

El primer estudio de caso que he emprendido es el de la antigua Yugoslavia, paradigmático donde los haya. Es frecuente encontrar explicaciones sobre “odios ancestrales”, “violencia atávica”, el “peso de la historia”… Y es frecuente encontrar aquí en España menciones a la antigua Yugoslavia como advertencia de lo que nos podría pasar si no les paramos los pies a tiempo a Ibarretxe y Carod Rovira. Todo empezó con la secesión unilateral de Eslovenia y Croacia. De aquellos polvos vinieron luego los lodazales.

Si el nacionalismo como ideología fue la variable independiente que explicó los conflictos en la antigua Yugoslavia o la ex-Unión Soviética, deberían haber estallado en aquellos lugares donde el sentimiento nacionalista estaba más arraigado, como las repúblicas bálticas. Pero no fue así. O deberían haber estallado donde las fronteras cambiaron arbitrariamente tras la Segunda Guerra Mundial como en Polonia o Hungría. Pero tampoco fue así. Y aún así se presentan las corrientes nacionalistas en Croacia o el trazado de las fronteras en Armenia y Azerbaiyán como causa de sus guerras.

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Arkan, un atracador buscado por la Interpol, se convirtió en líder de una milicia personal que realizaba el trabajo sucio a los serbios en Bosnia.

Un elemento que se pasa por alto es que los nacionalismos secesionistas de Eslovenia y Croacia se encontraron de frente al nacionalismo serbio. En un principio este último se mostró dispuesto a liquidar el estado federal en un especie de “café para todos” a la yugoslava. Pero pronto un elemento fundamental de su programa político fue la idea de que Serbia, la Gran Serbia, alcanzaba hasta allí donde hubieran serbios. Algo parecido a la consideración de la Alemania nazi sobre los volkdeutsche, los alemanes que habitaban fuera de las fronteras alemanas. En el caso serbio se trataba de anexionarse los territorios de la Krajina y Eslavonia Oriental que habían quedado en el interior de la fronteras croatas, y buena parte de la Bosnia habitada por serbios (la actual República Srpska).

Las distintas descentralizaciones políticas y económicas emprendidas en la Yugoslavia socialista desafíaban claramente la hegemonía serbia, así que se “compensó” a esta república con un mayor peso de los étnicamente serbios en el Ejército Popular Yugoslavo, garante según la constitución de 1974 de la unidad nacional.

Los elementos que llevaron a la guerra quedan entonces claros: Una fuerza nacionalista que controla los aparatos del Estado, incluyendo los medios de comunicación y las fuerzas armadas, se opone a la secesión de partes de ese Estado con el argumento de defender los derechos de los “suyos” en esos territorios separatistas.

Ahora hagamos el ejercicio de trasladar esa situación a España, y tratar de señalar las correspondencias entre los actores. Ustedes mismos.

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