Tortura

John Oliver es un humorista británico que se hizo popular en Estados Unidos como colaborador en el Daily Show with John Stewart. En el programa explotó la viz cómica de su acento británico, como en aquel sketch sobre Oriente Medio que comenté aquí. Fue elegido para presentar el programa cuando Jon Stewart se fue un verano a rodar una película a Jordania y superó con creces el reto. Ahora presenta el suyo propio, Last Week Tonight en el canal HBO. Aborda todas las semanas una cuestión social que desmenuza aplicándole sentido común y del humor. Hace poco habló de la publicación del informe sobre torturas publicado por el Comité de Inteligencia del Senado estadounidense.

El informe confirma algo que ya sabíamos por Ali H. Soufan, que aficionados aplicaron torturas a miembros de Al Qaeda sin obtener información veraz alguna. El asunto me ha hecho pensar sobre una conversación que tuve hace poco con un amigo sobre la Nueva Guerra Fría. Tras mi explicación, me comentó que al fin y al cabo teníamos dos bloques moralmente equivalentes ya que estaban movidos en última instancia por intereses particulares. Yo creo que hay de hecho una diferencia a pesar de las atrocidades que pueda cometer Estados Unidos. Y es que al menos en el bloque occidental hay una conciencia crítica y libertad de expresión.

Pensemos en la hipocresía que significó la indignación de las opiniones públicas árabes por el escándalo de los abusos cometidos de la prisión Abu Ghraib. Si llegamos a conocerlos fue porque había una investigación oficial en marcha y una prensa capaz de cuesionar el poder que dio a conocer el escándalo. Las torturas son sistemáticas y extensivas en las prisiones de los países árabes pero rara vez es tema que provoque movilizaciones. Véase si no, la indiferencia generalizada antes las revelaciones hechas por la fuente denominada “César” de las barbaridades que suceden en la Siria de Bashar Al Assad, el mismo al que apoya el Partido Comunista de España en Madrid.

Dos interrogadores y las alternativas a la tortura

El estreno de Dark Zero Thirty ha puesto de actualidad el asunto de las torturas a detenidos durante los años de la Administración Bush en la Global War on Terror. Quizás debí hacer una reseña tan pronto vi la película pero esperé a que me llegara un nuevo libro con las experiencia de un interrogador.

El primer libro que leí fue Mission: Black List #1 de Eric Maddox, un suboficial del ejército estadounidense. Destinado en Tikrit, se encontró un traductor que antes de cambiar de destino compartió un mapa de red que había recopilado del entorno de Saddam Hussein. Maddox lo usó como punto de partida y fue escalando en la pirámide jerárquica de la insurgencia iraquí que tenía como cúspide al ex-presidente de Iraq. Según cuenta Maddox en su libro en lo que parece una escena de película, fue justo en las últimas horas de su estancia en Iraq cuando obtuvo la pieza de información fundamental que llevó al agujero donde se escondía Saddam Hussein en diciembre de 2003. La noticia de su captura le llegó estando ya fuera del país.

El segundo libro que leí es How to brake a terrorist de “Matthew Alexander” (un pseudónimo), un oficial de la fuerza aérea con experiencia en investigación criminal. Habían transcurrido varios años desde los acontecimientos descritos en Mission: Black List #1 y los antiguos miembros del régimen ya no eran los protagonistas de la insurgencia. Alexander se encontró interrogando miembros y colaboradores de Al Qaeda en Iraq, que con sus atentados terroristas contra concentraciones de civiles chiíes pretendía provocar una guerra civil en en el país. Ya había saltado el escándalo de Abu Ghraib y una nueva hornada de interrogadores llegó a Iraq con una nueva metodología de trabajo con la misión de encontrar a Abu Musab al-Zarqawi. Alexander cuenta los obstáculos que encontró en los otros interrogadores de la vieja escuela que desconfiaban de la nueva doctrina de no emplear la fuerza.

Como en el caso de Maddox, Alexander utilizó la teatralidad, faroles, engaños y juegos mentales con los detenidos, escalando la pirámide jerárquica de Al Qaeda en Iraq. Empleó su conocimiento de la cultura árabe y del Islam para entender las ideas y motivaciones de los detenidos (que en muchos caso no son ideológicas). No puede decirse que “jugara” limpio porque prometió cualquier cosa que le llevara a conseguir su objetivo. Después de la guerra se convirtió en un crítico activo de la tortura y con su libro trató de provocar el debate sobre el tema. En ambos casos, ambos insiste en sus libros la mayor efectividad de la psicología frente a la violencia y la inteligencia frente a la fuerza bruta.