Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría

Uno de mis propósitos para 2017 fue dejar de comprar libros compulsivamente y tratar de leer más, considerando la cantidad de libros acumulados en mis estanterías. Hice una excepción el pasado fin de semana por el descuento que ofrecían las librerías y me vine a casa con Tierras de Sangre, el monumental libro de Timothy D. Snyder que recoge las matanzas que la Alemania nazi y la Unión Soviética stalinista perpetraron en Polonia, Ucrania, Rusia, Bielorrusia y las Repúblicas Bálticas. Fueran hambrunas provocadas, gasesamientos de tipo industrial o tiros en la nuca al borde de una zanja, murieron 14 millones de personas entre 1933 y 1945 en el contexto de planes diseñados para destruir grupos sociales o nacionales. Según Snyder, se hacía necesario el estudio en paralelo porque los planes de un régimen y otro para esa región de Europa chocaron e interactuaron.

Desde el primer momento en que empecé a trabajar con el concepto de la Nueva Guerra Fría, resultó evidente cómo chocaban la memoria histórica de unos pueblos y otros respecto a aquella experiencia. Uno de los primeros incidentes que anticiparon esta nueva era fue la crisis entre Rusia y Estonia en abril-mayo de 2007. Las autoridades estonias retiraron el monumento al “soldado liberador”, colocado en Tallin sobre una fosa común de soldados soviéticos caídos en combate en 1944 luchando contra las tropas nazis en retirada. Desde el punto de vista ruso se trató de una afrenta de los estonios malagradecidos por haber sido liberados de los nazis. Para los estonios, se trataba de retirar un monumento a las tropas que colocó al país por segunda vez bajo el yugo stalinista. La embajada estonia en Moscú sufrió el acoso del movimiento Nashi, las juventudes putinistas, mientras los medios rusos informaban alarmados de la noticia falsa que los restos de los soldados soviéticos enterrados bajo el monumento habían sido arrojados a un vertedero. Las páginas web y servidores de correo electrónico de las principales instituciones del país sufrieron una campaña masiva de ataques por Internet que obligó a desconectar Estonia del resto del mundo. Propaganda y ciberguerra, un ensayo de lo que estaría por venir en la Nueva Guerra Fría. Hoy, Estonia alberga el Centro de Excelencia sobre Ciberguerra de la OTAN, tal como conté en SesióndeControl.com en 2011.

Una de las ideas con la que arranqué en mi participación en la mesa redonda sobre la guerra de Ucrania organizada por Passim en marzo de 2015 fue que había que recordar cómo, tras la pérdida del imperio ruso en 1917, las autoridades soviéticas lanzaron sucesivas campañas militares contra sus vecinos entre 1917 y 1940 para recuperar las fronteras de la Rusia zarista. La Alemania nazi y la Unión Soviética stalinista se repartieron áreas de influencia en el infame pacto Ribentropp-Molotov. Las tres Repúblicas Bálticas fueron anexionadas por la Unión Soviética en 1940. Primero se impuso a las tres repúblicas la presencia de bases militares y el despliegue de tropas soviéticas en su territorio. Luego la Unión Soviética impuso gobiernos afines y por último el ejército soviético tomó el poder, auxiliado en el caso de Estonia por una milicia de “autodefensa” comunista.

Placa en la sede del gobierno estonio recordando los miembros del gobierno del país muertos a manos del “terror comunista”. Foto de mi viaje en 2007.

Entre mayo y junio de 1940 se produjo una deportación masiva en las repúblicas bálticas de políticos, policías, empresarios, terratenientes, etc. que terminaron fusilados o en el GULAG. Las deportaciones masivas alcanzaron también a familias enteras, que en el mejor de los casos terminaron realojadas en algún lugar de la Unión Soviética. Por eso, uno año más tarde, cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética, que ahora incluía las tres Repúblicas Bálticas, en los territorios bajo ocupación soviética se recibió a los soldados alemanes como liberadores. Así, se presentaron voluntarios de las tres repúblicas para luchar contra la Unión Soviética con el caso particular de Estonia donde tuvo lugar una recluta forzosa. Indagando sobre el tema, leí varios libros sobre el tema que reseñé aquí en el blog bajo el título “Con Hitler contra Stalin”. Planteé entonces el dilema de cómo valorar aquel esfuerzo de luchar en las filas de la Alemania nazi contra la Unión Soviética. En Estonia, a aquellos combatientes se les considera hoy unos patriotas. En Rusia, unos nazis execrables.

Tras la caída de la Unión Soviética, en las tres Repúblicas Bálticas se honró la memoria ocultada por décadas de las víctimas locales de la Unión Soviética. Y los tres países le dieron la espalda a Rusia para mirar a Occidente. Hoy, las tres Repúblicas Bálticas son miembro de la Unión Europea, la Eurozona y la OTAN. Los tres países albergan minorías rusas, población asentada allí en muchos casos durante el período 1944-1991. Según las directrices rusas, la defensa de las minorías rusas es una causa legítima de intervención militar en terceros países. Algo que no ha pasado desapercibido en lugares como Kazajistán y las Repúblicas Bálticas. Así que no es de extrañar la inquietud tras la crisis de Ucrania de 2014 en esos tres países, que junto con Polonia, solicitaron un despliegue de fuerzas de la OTAN con carácter disuasivo frente a Rusia.

Presentación del primer contingente destinado a Letonia.

Ayer se presentó en la base de la Brigada Mecanizada “Extremadura” XI el primer contingente español de 300 militares que, con decenas de vehículos, viajará a Letonia próximamente como parte del plan Enhanced Force Presence (eFP), que comprende  el despliegue de cuatro batallones multinacionales de la OTAN repartidos por Polonia, Lituania, Letonia y Estonia. El despliegue español se aprobó hace meses y evidentemente no sentó bien entre los fans de Putin españoles, que desde el sector comunista lo comparó con el envío de la División Azul para desligitimarlo. Hoy Ángel Collado en El Confidencial toma ese discurso con el titular “El Ejército vuelve a los frentes de la División Azul con la OTAN y frente a Putin”. Y añade “En vez de llegar a pie a Lituania, como en 1941 con la Werhrmacht, las tropas españolas operarán en Letonia con carros de combate de última generación, los Leopard 2E y Pizarros”. Sólo en la última frase del artículo encontramos “Hoy los españoles acuden a la llamada de la OTAN para disuadir a Putin de más tentaciones imperialistas como la de Ucrania”.

A mí, personalmente, me parece un insulto retorcer las comparaciones históricas para relacionar el despliegue de las fuerzas armadas de la España en democracia en un esfuerzo solidario con un aliado, país democrático que forma parte de la Unión Europea y la OTAN, con el envío de tropas por parte de la España de Franco para contribuir al esfuerzo de guerra de la Alemania nazi. Pero esto es la Nueva Guerra Fría y las campañas de propaganda son guerras de memes.

Con Hitler contra Stalin

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El general Vlasov dirigiéndose a soldados del Ejército Ruso de Liberación

He leído tres libros del prolífico historiador Carlos Caballero Jurado sobre varios de los contingentes de voluntarios que lucharon en el bando alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Dos de ellos son librillos porque se trata de ediciones en español hechas por RBA de libros de la editorial británica Osprey con apenas 48 páginas. El asunto me interesa por una cuestión muy concreta. La “memoria histórica” sobre esos contingentes es un campo de batalla y un arma arrojadiza en la Nueva Guerra Fría entre Rusia varios países ex-soviéticos.

rusos-contra-stalinEl primero de los tres, es el libro más extenso e interesante: Rusos contra Stalin. Una historia del Ejército Ruso de Liberación de la editorial Galland Books (88 páginas 2010). El libro cuenta la historia de los rusos que decidieron unirse a las filas alemanas en el Frente del Este frente a la Unión Soviética. El título hace referencia al Ejército Ruso de Liberación (POA en sus siglas en cirílico) del general Vlasov, pero en el libro recoge la participación en el bando alemán de rusos en diferentes circunstancias y momentos. Eso va desde la organización ROVS de “rusos blancos” exiliados tras la Guerra Civil Rusa a civiles armados que organizaron partidas antipartisanas, pasando por los rusos que realizaron tareas auxiliares en unidades alemanas que los incorporaron a espaldas de Berlín. Y es que el libro cumple un papel desmitificador de la Alemania nazi. Donde alguno imagina una implacable máquina militar organizada según criterios de máxima eficacia burocrática alemana se encuentra que el régimen nazi fue una suma de feudos de poder dirigidos por un poder irracional y fanático.

Carlos Caballero no deja de preguntarse que hubiera pasado si la Alemania nazi en vez de despreciar el ofrecimiento de rusos exiliados y prisioneros de luchar contra el régimen de Stalin hubiera organizado fuerzas rusas desde el primer día con la promesa de respetar una Rusia liberada. Pero evidentemente eso iba en contra de los designios de Hitler de convertir a Rusia en una colonia alemana y de su desprecio de los pueblos eslavos. Cuando el ejército alemán estaba en retirada cambió el criterio y se decidió finalmente organizar unidades rusas, pero una vez encuadradas e instruidas se decidió mantenerlas lejos del Frente Oriental y dispersarlas. Algunas terminaron en tareas antipartisanas en Yugoslavia y otras en el Muro del Atlántico. Algunas llegaron a combatir de forma destacada contra el ejército soviético y la esperanza de algunos de sus líderes de mantenerse cohesionados para ser útiles a los Aliados en una inminente guerra contra la URSS se vio evidentemente defraudada. Es más, los ciudadanos soviéticos en las filas alemanas hechos prisioneros por las tropas aliadas fueron entregados tras la guerra para terminar ejecutados o enterrados en vida en el Gulag.

Una historia personal recorre el libro como hilo conductor, la peripecia vital de Grigori vom Lamsdorf, al que Carlos Caballero Jurado conoció personalmente. Exiliado en París, combatió en la Guerra Civil española con otros voluntarios rusos del ROVS. De vuelta en Francia, fue llamado a filas y llegó a ser condecorado por el ejército francés. Tras la rendición francesa y la desmovilización, comenzó su aventura a partir de la invasión alemana de la Unión Soviética. Participó en distintas iniciativas de encuadrar rusos para combatir en el Frente Oriental hasta el final de la guerra. Finalmente consiguió huir hasta España y aquí se estableció.

imagesLa Legión Valona y otras unidades alemanas de voluntarios es la traducción al español de Foreign Volunters of the Wehrmacht 1941-45. El libro trata de las unidades extranjeras en el ejército regular alemán de la Alemania nazi (Wehrmacht), con lo que quedan fuera las unidades de voluntarios extranjeros en las Waffen SS. En sus 48 página el cuadernillo, más que libro, trata someramente los voluntarios de la Valonia belga, Francia, Holanda, Italia, Croacia, repúblicas bálticas, el Magreb, los distintos territorios de la Unión Soviética, India y países árabes de Oriente Medio que lucharon en las filas del ejército alemán. El tratamiento es por tanto somero, centrándose en la uniformidad de cada unidad y su organización.  Aunque la obra me atrajo por mencionar a las unidades ucranianas, que en el actual contexto me parecen de especial relevancia. Se trata de una obra publicada en el Reino Unido en 1983 donde se menciona la “macabra reputación” alcanzada por una unidad rusa que también aparece en el libro anterior. Cabe preguntarse por esa omisión.

Los-aliados-alem-paises-balticos

El último de los tres libros, Los aliados alemanes de los países bálticos, también es una traducción al español de una obra de Osprey y tiene como coautor a Nigel Thomas. Aquí se hace un recorrido por las unidades voluntarias o no encuadradas por los alemanas en Lituania, Letonia y Estonia. Al contrario de los dos libros anteriores aquí nos encontramos con el caso de movilizaciones forzosas que colocan a sus protagonistas en una categoría a parte a aquellos que por cuestiones ideológicas y nacionalistas se presentaron voluntarios a luchar. Con sus 48 páginas me lo leí como un registro notarial donde se da cuenta del nombre, uniforme y organización de las distintas unidades que en Lituania, Letonia y Estonia se organizaron para combatir en el bando alemán. El asunto más interesante del libro y que tiene que ver con mi motivación para leerlo es la reflexión final de los autores sobre la “Segunda Ocupación Soviética”. Recordemos que la Unión Soviética se anexó las tres repúblicas bálticas por la fuerza en 1940 tras hacer un reparto de esferas de influencia con la Alemania en el infame tratado Ribbentrop-Molotov.

Los autores plantean que una prueba de la verdadera motivación de los voluntarios bálticos contra la URSS queda reflejada en que siguieran combatiendo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un asunto que trata Edward Lucas en Deception, porque el MI6 británico trató de infiltrar agentes en esas repúblicas con escaso éxito tras la Segunda Guerra Mundial. Carlos Caballero habla de la motivación ideológica en una entrevista:

En realidad dudo mucho que ninguno –salvo quizás una cifra anecdótica- fueran radicales nazis. Eran anticomunistas en su inmensa mayoría (si excluimos a los extraeuropeos) y donde más reclutaron fue en zonas de Europa como los Países Bálticos o Galitzia –la Ucrania occidental- que habían sufrido una invasión comunista soviética. Otros lo hacían movidos también por el afán de que sus países consiguieran la independencia. En no pocos casos ambos motivos se combinaban.

La polémica evidentemente está servida porque en la fórmula de “lucharon con Hitler contra Stalin” cada cual se ha quedado con la mitad que le interesa resaltar. En las repúblicas bálticas y Ucrania se conmemora a quienes tomaron las armas para enfrentarse a la Unión Soviética, más allá de que para ello se convirtieran en aliados de la Alemania nazi. Ante lo cual en Rusia  se condena esos gestos como filonazis. Véase el caso de Harald Nugiseks, veterano de las Waffen SS que recibió la Cruz de Caballero y falleció en 2014. Fue enterrado con honores militares.

Harald Nugiseks con uniforme estonio y la Cruz de Caballero al cuello
Harald Nugiseks con uniforme estonio y la Cruz de Caballero al cuello

En 2007 el gobierno estonio aprobó una ley sobre enterramientos militares con el propósito de retirar de Tallinn el monumento al “soldado soviético liberador”. La anexión de Estonia en 1940 fue acompañada por una campaña de represión que diezmó las élites del país. Para la Estonia actual la entrada de tropas soviéticas en Tallinn en 1944 no fue una liberación, sino otra fase histórica de tiranía impuesta que duró hasta 1991. La retirada del monumento se vio acompañada de disturbios en las calles de Tallinn y por una campaña de ciberataques.

Hablaba de “memoria histórica” para denotar el proceso de construcción social del pasado colectivo y reescritura de la historia. El concepto “fascismo” se ha convertido en Rusia en un término cajón de sastre con el que atacar a los enemigos del nacionalismo ruso, cuyas filas están llenas de fascistas y neonazis. La confusión ideológica en la Nueva Guerra Fría es total. En las filas separatistas prorrusas en Ucrania Oriental encontramos a voluntarios del ROVS, la organización creada por rusos blancos en el exilio que envió voluntarios a España a combatir y se unieron a las filas requetés por afinidad ideológica. Al fin y al cabo, unos tenían por lema “Dios, Zar y Patria” y los otros “Dios Patria y Rey”. Fueron homenajeados por la Fundación Francisco Franco no hace mucho. Y mientras, un puñado de españoles fueron a unirse a las filas prorrusas en Ucrania enarbolando la bandera de la II República.

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