Arañando el tiempo

Un grupo de irreductibles abandonábamos Israel el sábado por la tarde. Así que a las siete de la mañana estábamos ya desayunando en el hotel para aprovechar la última mañana.

Volvimos a recorrer el barrio árabe de la ciudad vieja. Visitamos la Mezquita de Saladino, la Puerta de Damasco y nos quedamos en la entrada de la Explanada de la Mezquitas con la Cúpula de la Roca a la vista. Los no musulmanes no pueden pasar más allá.

Tras un almuerzo tempranero fuimos a Mea Shearim, en el barrio ultraortodoxo, que en pleno Shabbat era una zona muerta. Nos cruzamos con unos cuantos por las calles. Pero procuramos dispersarnos para no parecer un grupo de turistas visitando un zoo.

Paramos en una esquina para consultar un plano de la ciudad y tratar de averiguar cómo volver al centro. Una furgoneta de la policía nos dio un susto de muerte haciendo sonar la sirena justo al llegar a nuestra altura. Todos dimos un salto y lo último que vimos fueron varias filas de dientes en la furgoneta. Se echaron una buenas risas a nuestra costa.

Jerusalén estaba totalmente muerte en la mañana de sábado. Quizás por caminar por calles desiertas bajo el sol nos dio la sensación de que era el día más caluroso que habíamos vivido. Regresamos al hotel a tiempo de recoger las cosas y que una furgoneta nos llevara al aeropuerto Ben Gurion.

A los veinte minutos del trayecto todo el mundo dormía. Yo aproveché para mirar el paisaje. Reconocí el desvío al museo de medios acorazados de Latrún y otro al memorial de la Ruta Birmana. Otra vez será.

En el aeropuerto los controles de seguridad fueron largos pero nunca agresivos o incómodos. No hubo mucho problema. Gasté los últimos shekels en un libro que pronto reseñaré. Encontré wifi gratis. Y viajé a Madrid para pasar de los 30 grados a un frío gélido. Dos días después nevaba.

La última cena

El viernes comenzamos visitando Yad Vashem, el Museo del Holocausto. Nos dieron una autoguía y nos dejaron que cada uno hiciera un recorrido por su propia cuenta. No puedo decir que el tema me fuera desconocido pero siempre descubres nuevos aspectos. La algarabía habitual desapareció cuando nos volvimos a reunir a la salida. En el siguiente viaje todo el mundo estaba muy callado.

El almuerzo del viernes fue con el rabino David Rosen, que en su momento había sido el líder espiritual de los judíos sudafricanos en tiempos del apartheid y en Irlanda. La charla fue bastante interesante y animada, tocando temas que espero ampliar proximamente.

Y tras el almuerzo, por fin, nos dirigimos a la ciudad vieja de Jerusalén. Entramos por la puerta de Jaffa, visitamos la iglesia del Santo Sepulcro, hicimos algo de compras por el barrio árabe, cruzamos las callejuelas casi desiertas del barrio judío y llegamos a un mirador frente al Muro de las Lamentaciones. Acababa de ponerse el sol y comenzado el Shabbat. Desde donde estábamos nos llegaba un cacofonía de cantos y rezos.

Bajamos por el laberinto de callejuelas y escaleras empinadas hasta la explanada del Muro. Allí nos dispersamos. Judíos ultraortodoxos con sombreros cilíndricos de piel rezaban inclinándose contra el Muro ocupando toda su extensión. Había un montón de grupos de ultraortodoxos recitando en voz alta y hasta un grupo bailaba en círculo. El ambiente era electrizante. Me mezclé entre ellos hasta poder dejar un papelito. Fue un buen colofón al viaje.

Dejamos la ciudad vieja para ir a cenar en familia a casa de la rabina Nava Hefetz, que forma parte del judaísmo liberal y que curiosamente siendo mayoritaria en EE.UU. no es reconocida en Israel. La conversación se fracturó y yo sentí ese ambiente de despedida. Algunos tenían que marcharse ya aquella noche. Parecía mentira pero una semana tan intensa acababa.

Jueves, comienzo del fin de semana en Israel

La mañana del jueves nos dirigimos a un mirador en una colina, al lado de las instalaciones de la ONU. Desde allí se tenía una buena vista de la ciudad antigua, del Monte de los Olivos y de porciones del muro al este de la ciudad.

Nuestro guía, ya íbamos por el cuarto día, dejándose llevar por el entusiasmo de tanta charla y debate empezó a dejarnos ver su visión política en sus explicaciones sobre Jerusalén Este, los barrios dentro de los Territorios Ocupados, la “valla de seguridad” (=el muro de hormigón), los árabes ciudadanos de Israel… Yo hubiera preferido que se los hubiera ahorrado…

Jerusalén es una ciudad de muchas colinas y es difícil apreciar su extensión desde un solo punto. Viendo tanta quebrada uno entiende que antes de la proclamación de la independencia árabes y judíos se lanzaran a una pelea desesperada por ocupar las alturas estratégicas. Pero esa es una parte de la historia que nadie nos contó.

Tras la visita al mirador fuimos a la casa del profesor Lubotzky, que se encuentra en las afueras de Jerusalén y en suelo de los Territorios Ocupados. Fue todo un detalle recibir un grupo tan grande en el salón de su casa. “Técnicamente” hablando el barrio donde vive es un “asentamiento” y él un colono pero su punto de vista está lejos del estereotipo de chiflado religioso.

Volvimos a Jerusalén con apenas tiempo de dar una vuelta por el mercado de Mahane Yehuda. Almorzamos a la vuelta de la esquina (pan pita, hummus, falafel, shis kebap… por enésima vez) y pudimos saludar a dos de las responsables de la organización que nos invitó a Israel. De allí fuimos al mismísimo Tribunal Supremo donde en plena hora de la siesta una de sus ex-magistradas nos leyó por el aire un artículo académico. Yo no tuve mejor idea que sentarme en la primera fila, frente a ella, y según el resto del grupo fue cayendo dormido la señora dio su charla mirándome a los ojos. Tras unas pocas preguntas salió a toda prisa y nosotros cruzamos la calle para ir al Ministerio de Asuntos Exteriores. Dos altos cargos decidieron ahorrarnos una charla y simplemente se dispusieron a contestar preguntas de mis compañeros de viaje. A mí me sonó a toreo del fino.

Tras la intensidad del encuentro en el Ministerio nos fuimos a cenar a un restaurante marroquí con dos periodistas. Uno de ellos el autor del MESS Report y al que sólo reconocí a la vuelta. ¡Ouch!

La noche del jueves corresponde en Israel a nuestra noche del viernes. Tras la cena nos desperdigamos y yo terminé con un grupito subiendo por la calle calle Ben Yehuda, que estaba llena de gente joven. No recuerdo bien las vueltas que dimos pero terminamos en una terraza tomando algo. Sería el cansancio o la falta de conversación estimulante pero me aburrí. Al menos el paseo de vuelta al hotel nos permitió descubrir la “monumental” plaza George W. Bush y pude pasar por delante del famoso a su pesar Hotel Rey David.

Oh, Jerusalén

[Como las tres últimas noches en Israel no dispuse de wi-fi iré subiendo en diferido las crónicas de los últimos días. En mi galería de Flickr.com ya he subido una primera tanda fotos del viaje]

¿Qué tienes cuando un grupo de emigrantes de Alemania, Polonia y Rusia fundan un país en un área desértica? Un país adicto al aire acondicionado. Creo que si viviera una temporada aquí estaría todo el día afónico o en cama.

Nos despertamos en la orilla del Mar de Galilea poniendo rumbo sur siguiendo el río Jordán. Hicimos una parada en otro parque temático religioso montado en torno al bautismo en las aguas del río Jordán. Un lugar terriblemente kitsch, cuya principal atracción nos perdimos. Por las fotos en la entrada de la tienda de souvenirs vimos que a cristianos maduritos los meten en el agua con una bata blanca de donde salen chillando de forma histérica. Nos faltó también enterarnos del precio del show.

Seguimos entonces hacia el sur bordeando la frontera con Jordania en una zona que forma parte de los Territorios Ocupados y está bajo control israelí. Llegamos a las afueras de Jericó, un lugar situado a 300 metros bajo el nivel de mar, donde iniciamos el ascenso a Jerusalén. Como es de imaginar, nos agolpamos en la ventana cuando vimos la ciudad antigua y la cúpula dorada de la Mezquita de la Roca.

En Jerusalén nos esperaban dos parlamentarios israelíes, uno del Likud y otro de Kadima, que nos dieron visiones bastantes opuestas sobre los mismos temas. Pudimos ver el hemiciclo donde estaba teniendo el recuento de una votación. Desde la zona destinada al público y tras un cristal blindado pude identificar a Benjamin Netanyahu.

Tras el contacto con los políticos israelíes entramos de nuevo en los Territorios Ocupados para almorzar en Belén y hacer otra visita a Biblialandia. Me ahorraré los comentarios sobre la impresión que me causó la Iglesia de la Natividad, sus peregrinos abriéndose paso a codazos, los guías turísticos jugando a ser los jefes del lugar y el mercadeo de todo tipo. Casi encontré alivio al pasar a la iglesia católica adyacente donde unas mujeres rezaban el rosario en árabe. Creo que para un cristiano que se tome en serio sus creencias Biblialandia le tiene que resultar unn espectáculo ofensivo.

Volvimos a Jerusalén sin librarnos de la visita a la tienda de recuerdos en la que el guía se lleva comisión y sin librarnos del atasco en el control de entrada la zona israelí.

En el hotel sin tiempo de nada escuchamos a un representante de la Autoridad Palestina que hablaba inglés con acento español (su familia reside en Chile) y un periodista árabe con ciudadanía de Israel. Esta última resultó la charla más interesante hasta ahora por aportar datos y perspectivas diferentes que además me resultaron nuevas.

A la salida nos perdimos (literalmente) por las calles de Jerusalén, en lo que es un buen indicio de que nunca más debería dejarme llevar por otros cuando yo ya tengo cierto rodaje en moverme por ciudades extrañas. Nos salvó del apuro un adolescente que chapurreaba inglés y que cuando me oyó hablar en español se indentificó como uruguayo. Así llegamos al restaurante donde terminamos el día antes de volver al hotel.