La compleja viabilidad económica de la agenda Trump (1ª parte)

Durante meses fue uno más de los candidatos extravagantes que suele presentar el partido republicano en sus primarias, en respuesta a lo fragmentadas e inquietas que son las bases y el electorado del Viejo Gran Partido. Pero conforme se vio que sus malos modales, su dialéctica incendiaria, su indisimulada intención de ser políticamente incorrecto le permitían ir desbancando a buena parte de los candidatos más presidenciables, los medios y analistas se centraron menos en el personaje y más en sus deslavazadas medidas populistas.

El grueso del voto que ha alzado a Trump a la presidencia se corresponde con buena parte de la antigua clase media blanca devenida en baja por mor de la crisis, a la que se le suma la clase media-baja de ciudades industriales que poco a poco han ido perdiendo su empleo como consecuencia del nuevo rol de EE.UU. en el reparto internacional del trabajo. Pero al mismo tiempo, esa victoria es suya y no de Bernie Sanders porque ha recibido el apoyo o la aquiescencia de los propietarios de esas grandes corporaciones industriales venidas a menos. Por eso y por el discurso xenófobo, inasumible en público para el ala progresista del partido demócrata, pero que en la intimidad del voto es posible que se hay manifestado en cierta medida.

Es por ello que sus grandes líneas en política interna han consistido en repetir toda una serie de mantras populistas que parecen dar gusto a todos los sectores de su electorado y del de enfrente, por más que, si se analizan en profundidad, acaban siendo incluso incompatibles. Se ha hablado de barreras físicas y legales a la inmigración, de multas y aranceles a las empresas que deslocalicen producción, de grandes ventajas fiscales a las clases medias y altas, de eliminación de regulaciones y apoyos fiscales a los grandes productores de empleo…

INVIABILIDAD ECONÓMICA VS. CONVENIENCIA POLÍTICA DEL POPULISMO.

La segunda mitad del siglo XX fue la de la hegemonía intelectual y material del keynesianismo. En los países más avanzados, todavía demográficamente dinámicos, las implementaciones industriales de los avances técnicos de la II Guerra Mundial permitieron lo que se vino en llamar “la dinámica de acumulación de capital de posguerra”, una era de enormes avances en la productividad industrial que permitió alcanzar los estándares del Gran Sueño Americano en EE.UU. y que sirvió para financiar el Estado del Bienestar en una Europa donde el ficticio ejemplo del modelo socialista soviético suponía una posible fuente de disturbio social.

El gran peso de las economías occidentales permitió una irradiación de estas ventajas adquiridas hacia otros países de su mismo circuito comercial, principalmente Extremo Oriente e Iberoamérica. En aquellos donde prevaleció la buena gobernanza, el institucionalismo de las élites y una tradicional ética del trabajo, el progreso fue asombroso, incluso superando a la fuente original. Japón, Corea del Sur o Taiwan se convirtieron en potencias industriales de primer orden.

Pero en el centro y sur del continente americano, donde la revolución es un elemento habitual del paisaje político, las élites a veces civiles y a veces militares, optaron por el Populismo. Por un lado se mantenía una economía de mercado, afecta a los intereses del gran capital extranjero. Por otra se aplicaban en el interior las grandes recetas de gasto público y expansión monetaria del keynesianismo que daba su sitio y desactivaba a las fuerzas vivas del socialismo revolucionario. En el corto plazo solía funcionar, con grandes avances económicos y una sensible mejora del bienestar social. Pero en el medio y largo plazo el diferencial de productividad con los países más avanzados generaba una pérdida de equilibrio que se traducía en altos déficits para sostener el gasto público, imprimación de moneda para afrontar los pagos internos, y suscripción de deuda para asumir los pagos externos. Invariablemente, y ello lo hemos visto repetido docenas de veces e incluso más de una vez en algunos países, ello conllevaba a una situación de quiebra general, con unas clases empobrecidas por una hiperinflación galopante y una salida de capitales hacia destinos más estables. ¿Es ese el destino que espera a EE.UU. si se cumplen las promesas de Trump?

Las limitaciones a la inmigración ilegal, precisamente la más rentable por cuanto asume tareas de producción marginales sin provocar grandes contraprestaciones sociales, debería conducir a una pérdida de competitividad relativa, bien por la pérdida de esa producción marginal barata, bien por la asunción de esta por parte de trabajadores legales, cuya mano de obra es siempre más cara. Los aranceles a las empresas que producen en China o México, conllevarán un aumento del coste medio de sus productos que le supondrán igualmente una pérdida de competitividad exterior sensible. Ambas medidas podrían precisamente acelerar la desindustrialización norteamericana, justo el mal que se pretende atajar.

Los niveles de deuda de EE.UU. son así mismo demasiado elevados como para que sea asumible una rebaja fiscal a grandes empresas, la medida con la que Trump pretende que se repatríe producción sin que se incrementen costes. Está bien estudiado que cuando disminuye la presión fiscal aumentan la demanda interna privada y la inversión en capital y ambos fenómenos conducen al crecimiento económico y la creación de empleo, que a su vez puede permitir en el largo plazo recuperar o incluso superar los ingresos fiscales perdidos. Pero ello sólo es posible si el estado a su vez disminuye de manera drástica sus gastos, de modo que el gap de deuda que se va a generar en el corto plazo no sea visto por los inversores más que como un efecto transitorio. Si ello no es así, se alcanzará crecimiento y generación de empleo, pero nunca se recuperaran los ingresos fiscales perdidos y el peso de la deuda obligará a subidas de impuestos que pueden engullir lo ganado e incluso producir pérdidas netas.

Y es que se da la circunstancia de que paralelamente a estos anuncios de sustanciosas rebajas fiscales Trump ha anunciado grandes proyectos de gasto público como su famoso muro en la frontera de México o el reforzamiento del gasto militar. Tal es la confianza de que ello suceda que las grandes empresas del Dow Jones, expectantes por la aplicación de esa política expansiva de gasto público, han subido su cotización hasta niveles record.

Si Estados Unidos fuese un país como otro cualquiera podríamos asumir desde el principio que lo que pretende Trump es provocar ese efecto positivo en el corto plazo que le garantice la reelección y ya luego Dios dirá. Pero ni a nivel interno, por el juego de contrapesos de la democracia más veterana, ni a nivel externo, por la capacidad que como primera potencia geopolítica tiene de alterar el entorno, Estados Unidos es un país como otro cualquiera.

Precisamente la política exterior ha sido uno de los campos donde la dialéctica trumpiana ha sido más activa y sugerente, tan contradictoria en ocasiones como su agenda nacional, pero donde es posible que residan las soluciones parciales o totales a las contradicciones de su discurso interno.

[Continuará]

Workflow de una crisis económica de mierda

En 2004 Alfredo de Hoces escribió “Workflow de una tormenta de mierda”, que acontecimientos recientes como el pufo de Gowex demuestran que es un auténtico clásico. Sirva de homenaje a su genialidad el haber parafraseado el título.

Todo empieza con la llegado al poder en algún país hispanoamericano del Frente Unido Chavista-Kirchnerista (FUCK) con una lista de promesas electorales más larga que mi wishlist en Amazon con la que se pretende solucionar de una vez por todas los problemas de pobreza, marginación y desigualdad en el país. El objetivo es loable. Y el desafío es grande.

Evidentemente para repartir y gastar más hace falta tener más ingresos. Un gobierno que aspire a eso puede contar con inesperados recursos naturales y decidir administrarlos prudentemente, como es el caso de Noruega (“el único socialismo del siglo XXI” según Juan Pablo de Santis). O un gobierno puede tratar de aumentar la riqueza en el país para que al ser la tarta más grande haya más para repartir, como es el caso de Uruguay, que aspira a convertirse en un gran nodo comercial del Cono Sur con su Puerto de Aguas Profundas.

Pero imaginemos que el FUCK llama como asesores económicos a los cantantes Andy y Lucas. Este último, reunido en el despacho con el presidente del gobierno dice la magistral frase: “¿Qué pasa, que no puede fabricar el país más dinero o cómo va esto?”. Así que se le dan instrucciones al Banco Central para que le dé a la máquina de imprimir dinero. Pero no hablamos de “Helicóptero Bernake”. Hablamos de fabricar billetes y monedas como japoneses haciendo huelga. Ahí está el caso de Venezuela. Según datos del propio Banco Central de Venezuela el dinero en circulación pasó de sumar en 2010 un total de 31.471.573,4 (x1000) Bolívares Fuertes a sumar 139.480.479,5 (x1000) Bolívares Fuertes. En 48 meses el dinero en circulación aumentó 4,43 veces. No encuentro datos, pero apostaría algo que en esos 48 meses la riqueza del país en su conjunto no aumentó cuatro veces.

Yo recuerdo ver billetes antiguos que decían “El Banco de España pagará al portador 100 pesetas”. Me gustaba aquella frase porque daba la sensación de que tener un billete era tener en la mano un vale canejable por un trocito de la riqueza nacional. El problema surge cuando aumenta la masa monetaria sin que lo haya hecho proporcionalmente la riqueza nacional. La fracción de riqueza nacional a la que corresponde cada billete es mucho menor. Es como tener un papel que te da derecho a una porción de pizza. Si alguien se dedica a repartir papelitos y la pizza sigue siendo la misma, al final para saciar el hambre vas a tener que reunir muchos más papelitos para obtener la misma cantidad de pizza que al principio. Esto es, el valor real de cada papelito disminuye. Cuando hablamos de billetes y monedas la pérdida de valor del dinero se llama inflación.

Así que el gobierno del FUCK le da órdenes al Banco Central para que imprima más billetes con los que cubrir todos los programas sociales prometidos y se encuentra por sopresa con la inflación. ¡Hay que buscar culpables! Y rápidamente son hallados. La culpa de que suban los precios es de los malvados comerciantes, viles capitalistas, que se quieren enriquecer desmedidamente. Al fin y al cabo, ellos son los responsables últimos de poner la etiqueta con el Precio de Venta al Público a los productos.

Al FUCK se le presentan varias alternativas. Por un lado podría distribuir productos a “precios populares”. Pero tarde o temprano los responsables encontrarán que es imposible mantener los precios fijos. Hay que pagar conceptos como los salarios a las personas implicadas en la distribución y hay que pagar el transporte. Así que la solución última sería obligar a las tiendas a vender por debajo del coste y que el gobierno asuma la pérdida mediante una subvención. Una nueva suma de gastos a las arcas públicas.

Otra alternativa es establecer por ley precios máximos para los productos de primera necesidad y obligar a los comerciantes a mantener mes tras mes el precio final a pesar de la inflación. Llegará el momento en que como en la opción anterior, los comerciantes se vean obligados a vender a pérdida. El resultado es que muchos cerrarán el negocio o decidirán no comercializar ciertos productos, con lo que empezarán a escasear determinados bienes. Los ciudadanos del país empiezan a acostumbrarse a tener que dar grandes paseos por la ciudad para llenar la cesta de la compra.

Con la inflación disparada, las clases medias y altas, que son las que se pueden permitir el lujo de ahorrar, tratan de protegerse de la inflación cambiando sus billetes en moneda local por una divisa refugio, que en el caso de Hispanoamérica suele ser el dólar. Las empresas extranjeras que han invertido en el país tratarán igualmente de deshacerse tan pronto puedan de la moneda local. Así que la suma de tantas operaciones de venta de moneda local para comprar dólares lleva a que se deprecie en los mercados internacionales. De pronto, para comprar un dólar hay que reunir más dinero en moneda local. Y eso significa que todo lo que viene de fuera del país, desde petróleo a los iPads es ahora más caro. Más leña en la hoguera de la inflación.

El gobierno del FUCK se encuentra de pronto con que el petróleo que mueve a las hormigoneras con las que construir viviendas sociales, los ordenadores con los que dotar a los centros educativos y el material quirúrgico que requieren los hospitales cuesta, mes a mes, más caro de importar. Así que hay volver a buscar culpables. Y no es difícil encontrarlos. Son los malvados especuladores que tratan de enriquecerse ilícitamente con operaciones de divisas. La solución es fácil. Controlar el cambio. Ahora, para comprar dólares habrá que rellenar formularios explicando en qué se van a utilizar y esperar que el funcionario de turno autorice la operación. El gobierno del FUCK, además, no dejará un asunto tan estratégico como el cambio frente al dolar en manos de los mercados internacionales. Así que crea una tasa oficial para el dólar.

Con la compra de dólares limitada y una tasa oficial establecida arbitrariamente, es inevitable que se cree un mercado paralelo. Siempre habrá alguien dispuesto a hacer el sacrificio de pagar más por cada dolar, con tal de poder comprarlos. Los turistas que llegan al país se encuentran en el aeropuertos y en los hoteles con personas que les ofrecen comprar sus dólares. Se llega a tal grado de normalización, que las tasas no oficiales aparecen en Internet.

Las regulaciones para comprar dólares obliga a los comeciantes a demorar enormemente el proceso de importación de mercancía, generando problemas de desabastecimiento. La solución rápida es comprar dólares en el mercado negro a un precio más caro y vender los productos más caros. Al gobierno del FUCK eso no le hace gracia y obliga a los comerciantes a vender la mercancía que compró con dólares caros del mercado negro a un precio equivalente a la tasa de cambio oficial y ficitica que es mucho más baja. El resultado es que de pronto televisores LCD y iPads salen al mercado a precios de risa. Las colas delante de los comercios son enormes y cuando abren las puertas, la mercancía vuela. Si se trata de productos de primera necesidad, la gente los compra masivamente para guardar.

Definitivamente el truco de imprimir más billetes no funciona fuera del país. Hay que tener dólares contantes y sonantes. Con la inflación desbocada y las restricciones cambiarias, el país gobernado por el FUCK no parece un destino muy atractivo para los inversores internacionales. El país necesita divisas y no le queda más remedio que pedir un préstamo o emitir deuda pública. Como nadie se fía y el riesgo es alto, los tipos de interés que tiene que pagar son elevados. En algunos casos, se piden garantías como que los conflictos jurídicos sean resueltos en un tercer país. Así el gobierno chino concedió hace poco créditos comerciales a empresas para que inviertan en Argentina cuyo gobierno aceptó resolver los conflictos en los tribunales de París.

Precios desbocados, tiendas desabastecidas, funcionarios en huelga pidiendo aumentos salariales, personas capacitadas que emigran, empresas extranjeras que se marchan. Tarde o temprano el gobierno se ve incapaz de seguir subvencionando de la misma manera los productos básicos. Sube la cesta básica, la energía, el transporte… Pero no se preocupen. Enseguida el FUCK halla el culpable. Son los malvados agentes capitalistas internacionales que están socavando la economía del país. El gobierno emplea la Ley Antiterrorista contra empresas por “alteración al orden económico y financiero”.

Algún día todo estalla. El gobierno no puede seguir gastando dinero del presupuesto en mantener el precio del pan y la gasolina bajo control. Deja de subvencionar los productos básicos, haciendo abrirse bajos los pies de una gran franja de población el abismo de la pobreza que ya no llega a fin de mes. Deja flotar la moneda en los mercados internacionales de divisas, donde lo único que hace es hundirse llevándose por delante el valor de los ahorros en moneda nacional. El precio de las importaciones sube alejando el efímero sueño del consumo de los que soñaban ser clase media. No hay reservas para devolver los préstamos y pagar los intereses a los que invertieron en deuda pública. Se declara la suspensión de pagos (“default”).

Años después, llegará al poder un partido prometiendo solucionar de una vez por todas los problemas de pobreza, marginación y desigualdad en el país…

La crisis argentina que predije ya está aquí

Me decía un amigo argentino que mi predicción de noviembre de 2012 de que Argentina se dirigía hacia una nueva crisis económica no tenía ningún mérito. A varios argentinos les he escuchado el mismo fatalismo y resignación ante la idea de que el país cumple una suerte de maldición histórica que lo condena a una eterna decadencia. Sin embargo, no faltaban en 2012 creyentes del “relato” kirchnerista, como los comentarios de aquella entrada reflejan. Ni han faltado intelectuales, como Ernesto Laclau y Pablo Iglesias, aplaudiendo el “Modelo” desde Europa. Hasta Paul Krugman le dedicó una columna al crecimiento argentino. Sin embargo, no hace falta ser un Premio Nobel de Economía para entender que algo no iba bien en un país donde el gobierno sostenía el gasto público con un fuerte endeudamiento interno, metiendo mano en la caja de las pensiones y dándole a la máquina de imprimir billetes.

La paradoja argentina es que los gobiernos kirchneristas han construido su legitimidad popular precisamente sobre lo que no son. Abanderaron la causa de los Derechos Humanos, que en aquel país es sinónimo exclusivo de lo sucedido durante la dictadura militar, mientras han reprimido violentamente a los grupos indígenas de provincias periféricas gobernadas de forma casi feudal. Incorporaron a sus redes clientelares a la Asociación “Madres de Plaza de Mayo“, lo que derivó en hacerla partícipe de la corrupción generalizada. Y por último nombraron Jefe de Estado Mayor General del Ejército a un general procedente de la inteligencia militar cuyo nombre aparece vinculado con la represión durante los tiempos de la dictadura militar.

Los problemas económicos argentinos, como la fallida reindustrialización, llevaron a los gobiernos kirchneristas a tratar de obtener mayores ingresos fiscales de uno de los sectores económicos más modernos y globalizados del país: El sector agroexportador. El “conflicto con el campo” se presentó como un enfrentamiento del gobierno “nacional y popular” contra las oligarquías terratenientes. Pero como en el caso de los Derechos Humanos, la paradoja es que los dirigentes kirchneristas se han constituido en una oligarquía en sí misma formada por los allegados al matrimonio Kirchner, los líderes provinciales y los dirigentes de la constelación de organizaciones que los sostienen. La gestión de Aerolíneas Argentinas fue entregada a la organización juvenil La Cámpora con resultados de sobra conocidos. Desde su renacionalización, sólo entre 2008 y 2011 acumuló pérdidas por 2.100 millones de dólares, casi tanto el valor en aquel momento de la brasileña TAM. Se puede decir que los argentinos subvencionan con sus impuestos los billetes de la minoría que puede permitirse hacer turismo por el interior del país. A Aerolíneas Argentinas le cabe el dudoso honor de ser, junto a la petrolera YPF, una de esas compañías que estuvo en manos privadas españolas antes de ser renacionalizada y caer en una mala gestión. Siendo un país productor de hidrocarburos, en 2013 creció el déficit energético argentino.

Dice Gabriel Oddone que Argentina marcha hacia la estanflación. Cualquiera diría que nunca se pierde apostando a que Argentina pierde.

Los disturbios en Argentina como síntoma

Parece mentira, pero la página web de la primera entrevista que encontré a William Gibson en Internet aún permanece con su formato HTML tan de los noventa. Siempre recordaré un fragmento en el que Gibson habla de los disturbios en Los Angeles tras la absolución de los policías que agredieron a Rodney King:

I was watching CNN during the riots of Los Angeles a couple of years ago and they were showing video footage of a mob looting a Radio Shack. Running out of the Radio Shack was hi-fis, video cameras and everything they could pick up. But the Radio Shack was right next to a Macintosh dealership which had powerbooks in the window. And it was untouched. So here these incredible valuable portable very, very powerful computers was sitting untouched behind an unbroken shop-window while the poor people steal Sony Walkmans. I felt that was so sad, and so indicative of our real problem. Because this technology, at this point, belongs to the middle classes and up. It’s not available to the underclass at all, they’re not interested in it.

Es un error imaginar al “populacho” como una variante del buen salvaje. Se supone que los pobres son virtuosos y ascéticos en un reflejo cristiano que lleva a esperar que lleven con digna resignación su situación. O se les imagina como la clase heroica que protagonizará la revolución del proletario en el ocaso del capitalismo. Pero en sus variantes urbanas son maleducados, ruidosos, vulgares e ignorantes. Es obviamente algo inherente a la condición de pertenecer a las clases bajas. Son raros los Sénecas que proceden de escuelas públicas suburbiales en decadencia y familias desestructuradas. Después de los disturbios en el Reino Unido de 2011, los portavoces de las cadenas de librerías Waterstone’s y W H Smith informaron que no tenían constancia de que alguno de sus establecimientos hubiera sufrido daños. Pasó exactamente igual que en Los Angeles y durante el Caracazo. La gente roba electrodomésticos, no saquea librerías. Los valores de la sociedad consumista permean todas las clases sociales. Ellos quieren ser como todo el mundo. Sólo los que estamos de vuelta del smartphone exhibimos con orgullo un Nokia que costó 9 euros. La necesidad de construir la identidad a través de los bienes de consumo se ha convertido en un universal cultural que llegó al otro lado del Telón de Acero.

Así que he leído con atención las noticias sobre los disturbios y saqueos en Argentina. Enseguida encontré referencias a saqueos en tiendas de electrodomésticos, juguetes y ropa. Y encontré los habituales comentarios de que eso era la prueba de que no respondía a un problema de necesidades básicas sin cubrir y por tanto prueba de la existencia de intereses políticos ocultos. Pero lo que cuenta Gerardo Wilgenhoff en Perfil.com es francamente interesante:

El puntapié inicial de la jornada que conmovió al país tiene como antecedente la ayuda alimentaria que distintas organizaciones de los barrios del Alto habían pedido al intendente del Frente para la Victoria, Omar Goye. Ante el incumplimiento de la municipalidad de entregar los tickets alimentarios prometidos, comenzaron las movilizaciones.

La pregunta es por cuánto tiempo podrá mantener el gobierno argentino las subvenciones y ayudas sociales, que sustentan las redes clientelares que impiden la descomposición social, si la inflación está disparada y con altas cotas de endeudamiento público interno para hacer frente a los pagos de la deuda externa. Hay una Argentina real, la que uno puede ver por el autobús de Manuel Tienda León cuando viajas del aeropuerto de Ezeiza a Buenos Aires, en la que niños descalzos caminan por la orilla de canales de agua verdosa a la hora que tendrían que estar en el colegio. Hay una Argentina real, la de la gente que camina con prisa por la Estación de Retiro a la hora de volver a casa en trenes cochambrosos y cuya piel, como la de las cajeras del supermercado Día, es mucho más oscura que la de las estrellas que salen en televisión y los intelectuales que conocemos en Europa. Hay otra Argentina que no es Les Luthiers, Enrique Pinti y Hernán Casciari, sino Tinelli revolcándose por el suelo con la Sueca (para envidia de Lanata) y Los Wachiturros. Cuando los cosas pinten feas, querrán televisores para ver el fútbol y no las obras de Eduardo Galeano.

Argentina, la mecha está encendida

En los meses que pasé en Argentina durante el invierno austral de 2010 me llamó la atención los artículos en la prensa local sobre la crisis española. Achacaban la crisis a la carencia en España de una ética de trabajo (gallegos vagos e indolentes) y atribuían el desarrollo español de las últimas décadas al flujo de fondos europeos. Dicho de otra forma, España era un bluff y la culpa de la crisis de los españoles. Por su parte, se ufanaban de que Argentina había encontrado el camino hacia el crecimiento. Pero aparte de las exportaciones de soja, aquel año sumaron el 25,4% del total, no encontré signos de ese “modelo argentino de crecimiento”. Simplemente presentaban a la opinión pública una situación coyuntural, el tirón de las importaciones chinas, como el resultado de una genial gestión económica que observada de cerca se descubre como la receta para el desastre.

Para empezar, cualquier noticia oficial sobre el feliz crecimiento económico argentino está viciado de origen. El organismo estadítico nacional argentino, el INDEC, se ha dedicado a “cocinar” los datos. The Economist decidió excluir a Argentina de las estadísticas que publica en febrero de 2012 y en septiembre de 2012 el FMI advirtió a Argentina que debe solucionar el problema antes de diciembre o se verá sometido a sanciones. Una forma de falsear las estadísticas para presentar una imagen idílica de país es establecer un umbral de la pobreza muy bajo y un coste de la cesta básica irreal que convierten mágicamente a una buena cantidad de argentinos pobres en clase media.

Dentro de esa construcción del relato de la Argentina próspera, se ha usado como excusa el romper el oligopolio de los medios de comunicación para obligar a cerrar un canal de televisión nacional propiedad del grupo Clarín y basante crítico con el gobierno (véase por ejemplo el programa “Periodismo para todos”). El cierre todavía no se ha producido pero en teoría el plazo se agota el 7 de diciembre próximo, el “7D”. Por su parte, el gobierno subvenciona fuertamente mediante publicidad institucional los medios de comunicación afines.

La combinación de manipulación de las estadísticas oficiales y creación de un monopolio de la información se completa con una política de pan y circo. Por un lado subvenciona la cesta de productos básicos y por otro convirtió la emisión del fútbol en abierto una cuestión nacional. En 2009 el gobierno argentino le quitó al grupo Clarín los derechos de emisión del fútbol de Primera División para firmar un nuevo contrato con la federación argentina de fútbol y comenzar a emitirlo en abierto como “Fútbol para todos” (nombre que el programa “Periodismo para todos” parodia). Además el gobierno lanzó en 2011 un programa de venta a crédito y subvencionada de televisiones de pantalla plana, “LCD para todos”.

De puertas para dentro, el gobierno de Cristina Fernández de Kichner ha mantenido orden en el partido peronista creando facciones kirchneristas (peronsitas K) a la que se les entrega prebendas. Por ejemoplo, a la agrupación “La Cámpora” se le ha entregado la gestión de Aerolíneas Argentinas. Las cifras hablan por sí mismas. Es una de las aerolíneas que más dinero pierden en el mundo y arrastra ya un volumen de pérdidas multimillonarias que ha asumido el gobierno. A modo de comparación, esos más de 2.000 millones de dólares de deuda hubieran servido para comprar el 100% del valor de TAM Linhas Aéreas, la mayor línea aérea de Iberoamérica.

¿Cómo está pagando el gobierno argentino esta monumental “fiesta”? Dándole a la máquina de imprimir billetes. Así que obviamente la inflación se ha disparado. Esto ha provocado un refugio en el dólar, a lo que el gobierno ha reaccionado imponiendo restricciones al cambio de divisas (“cepo cambiario”) que ha terminado por afectar a la actividad de las empresas extranjeras, empujando a algunas a abandonar el país. En ese contexto se explica la decisión de nacionalizar YPF tras el descubrimiento del yacimiento de Vaca Muerta. La genial medida que hizo saltar las garantías jurídicas, espantó a los inversores extranjeros y ahora el gobierno argentino no ha tenido más remedio que aproximarse a Repsol para tratar de llegar a un acuerdo. Será curioso ver qué pirueta mental harán para justificarlo ante la opinión pública.

Otra vía de financiación para el gobierno argentino es meter la mano en la caja de las pensiones, el ANSES, con la que pagar la deuda de YPF o el uso de las reservas internacionales y créditos internos para cancelar la deuda con el FMI. Argentina ya tiene el segundo índice riesgo-país más alto del mundo y coloca su deuda pública en los mercados internacionales a un precio más alto que Bolivia. Para colmo, un juez de Nueva York acaba de fallar en contra del gobierno argentino a cuenta de la suspensión de pagos de 2001, la mayor de la historia. La sentencia obliga a pagar el 100% del valor de la deuda pública argentina que los inversores compraron. En esta permanente huida hacia adelante, el tiempo corre en contra de Argentina.

Memoria de elefante

Recuerdo aquellos tiempos en que el euro empezó a caer frente al dólar hasta llegar a estar por debajo de él. La derecha eurofóbica de este país empezó a clamar “¡Mirad! ¡Mirad! Es una muestra del fracaso económico de Europa frente a los dinámicos y pujantes EE.UU!“. Ellos ni se acordarán. Yo sí.

Hoy leemos en la web de la Cadena SER que el euro ha batido un nuevo récord llegando a cotizar por encima de los 1,3 dólares. LibeloDigital también lo cuenta y añade que cae la confianza empresarial en Alemania por el encarecimiento de las exportaciones.

Supongo que esto todo tiene una explicación perfectamente razonable, y alguno me hará comprender que cuando el euro era débil frente al dólar era sólo reflejo de la mala gestión económica europea. Y que el euro esté fuerte frente al dólar es sólo reflejo de… la mala gestión económica europea. Cosas de la ciencia económica, seguro. Yo mientras tanto he aprovechado para hacer un pedido a Amazon.