Me corto la coleta como mochilero

Hay alguna regla de Murphy dice que el mejor tiempo hace justo el día que te vas. Cracovia amaneció hoy con un sol radiante y un calor casi español. Y hoy fue uno de esos días de “fallos de organización” que uno nunca cuenta cuando vuelve de viaje. Dormí demasiado y cuando llegué al Castillo Real de Wawel las entradas (que son limitadas) estaban agotadas. La catedral estaba a punto de cerrar. Y cómo no, siendo sábado en el antiguo barrio judío no había casi nada abierto.

Me he despedido de Cracovia caminando y caminando, disfrutando del buen tiempo y. sacando fotos como loco y evitando en lo posible los españoles. Hoy el castillo de Wawel estaba tomado por pijas andaluzas y ahora mismo, mientras escribo esto, un grupo de gañanes de un lugar de España que prefiero ignorar se están repartiendo el ganado: “La rubia pa’ ti, la rubia pa’mí. ¡Si es que tienen toas cara de guarrillas y cachondas”, mientras se hacen los simpáticos con un par de australianas creyendo que están quedando bien con su inglés de Torrente.

Y bueno, creo que en este viaje he tenido algo parecido a una revelación. O quizás sólo sea el sentido común que se ha abierto paso. He hecho ya un buen puñado de viajes como mochilero. En los países anglosajones el asunto tiene una larga tradición. Los universitarios estadounidenses y australianos cuando cruzan el ecuador de su carrera, les entra la crisis existencial o se licencian cruzan el charco y se toman varios meses para viajar por la Vieja Europa como backpackers. En teoría lo hacen para conocer la mayor cantidad de países de Europa. Pero tras ir de albergue juvenil en albergue juvenil uno tiene la sensación de estar en el mismo lugar, escuchando las mismas conversaciones y encontrándose con la misma fauna de estadounidenses, británicos, canadienses, australianos e irlandeses. Como un centro comercial o un aeropuerto, la clase de ambiente internacional que no puedes asociar a ningún lugar en concreto. Un ambiente lleno de guays hablando con un acento cerrado de borracheras en tal o cual ciudad o de su viaje el año pasado por Tailandia o Bolivia. Por suerte la ciudad de turno está al otro lado de la puerta. Y uno se sumerge en Tallin o Varsovia tan pronto la cruza. Por suerte quedan muchos lugares que ve y visitar.

Así que mi propósito para futuros viajes será huir tanto como puede de los albergues juveniles. Será que ya no soy joven y no me he dado cuenta. Será que me he pasado todo este tiempo tratar de vivir un ambiente al que era totalmente ajeno. Pero no pienso avergonzarme a partir de ahora de viajar como pequeñoburgués dispuesto a pagar algo más por tener una cama confortable en un lugar tranquilo, lejos de británicos borrachos y escandalosos que entran como una horda en el dormitorio. No volveré a pasar por sentirme un bicho raro en una esquina porque ¡sí! ¿pasa algo? ¡viajo solo!.

No volveré a ser mochilero. Seré viajero, turista, aventurero o mediopensionista. Pero con esta fauna al lado no me vuelven a pillar.

Ahora, una ducha y para el aeropuerto de Cracovia. Les dejo con John Zorn y su Massada String Trio en un festival de jazz en Varsovia en el verano de 1999. Tras visitar Auschwitz, celebremos la vida con un poco de Jewish Radical Culture.

Los insoportables niños cantores de Cracovia

Ayer por la tarde encontré a un grupo de españoles gritando (supuestamente cantaban) y agitando una bandera. Descubrí la razón de su entusiasmo. En Cracovia tiene estos días un encuentro internacional de coros de iglesia infantiles. Había una recinto acotado en la plaza mayor que empezó a llenarse de grupos de niños pastoreados por la respectiva Sor Presa y Sor Teo. Si tenemos en cuenta que mi opinión más destacada sobre el asunto de la infancia y el cristianismo es que Herodes debería ser beatificado, como mínimo, entenderán que huyera de allí.

Me puse los auriculares del reproductor MP3 y me puse a caminar y a caminar lejos del centro escuchando cantos de monjes ortodoxo ucranianos. Cosas de llevar la contraria. Cuando me di cuenta me había salido del mapa. Estaba en una zona de Cracovia que seguro los turistas no visitan y el sentido común recomendaba abandonar.

Los folletos para turistas mochileros dicen que Cracovia es la nueva Praga. Leí lo mismo de Liubliana y Tallin en su momento. Se trata de ciudades asequibles para el bolsillo del mochilero anglosajón, con su pintoresco castillo sobre la colina y un casco histórico coqueto por el que pasear. La cuestión es que Cracovia fue la antigua capital de Polonia y sus edificios históricos sobrevivieron más o menos intactos a la Segunda Guerra Mundial. Cosa que por ejemplo, no puede decirse de Varsovia. Si a eso le añadimos que fue un emporio comercial en el Medievo y lo arraigada de la religión en Polonia tenemos una ciudad llena de iglesias, conventos y edificios varios en cada esquina.

Esta mañana y esta tarde he continuado con los paseos por Cracovia. En un par de iglesias me he encontrado misas con la inevitable presencia de coros infantiles que a mis oídos sonaba como una cacofonía de voces agudas. Por la noche volví a encontrarme con grupos de críos. Unos bailando y otros cantando en la calle esperando sacar dinero en dura competencia con los mil chiringuitos de souvenirs, parafernalia diversa, tours turísticos y malabaristas perroflautas. Desde luego que no se trataba de un encuentro de escolanías.

Y me muestro tan cruel con las habilidades cantoras de los niños de los cojones porque puedo comparar. Confieso que durante este viaje he ido a misa. Sí señor. Un servidor, pecador y descreído, se encontró de casualidad en la catedral ortodoxa de Tallin un servicio religioso. Una feligresa recitaba letanías y pensé que era algo habitual. Al rato empezó un pope a cantar misa. Me quedé a verlo y escucharlo. Y entonces empezó un pequeño coro a darle la réplica al pope. ¡Qué conjunción de voces! ¡Qué bien sonaban! Fue una maravilla imprevista. La clase de experiencias que uno atesora en esta clase de viajes. Al final essperé al final de la ceremonia, recibiendo durante el transcurso bendiciones a golpe de pequeño botafumeiro. Así que comprenderán que por aquí huya de los espectáculos estos para pedarastas.

P.S.: Alguno habrá notado el tono pretendidamente desenfado que han tenido mis últimas entradas. No he dedicado todavía una línea a Varsovia, ni tampoco he hecho ni un sólo apunte sociólogico de urgencia sobre las república bálticas y Polonia. Todo tendrá su momento. Mañana iré a visitar Auschwitz, así que comprenderán que tenía ganas de reírme antes de uno de los momentos cumbres de este viaje.

Mis fotos de Cracovia en Flickr.

Soñando con el exilio en Cracovia

Paseando maravillado por el casco histórico de Cracovia oí a unos energúmenos cantando a voz en grito y con un tambor al pie de la iglesia de Santa María. Llevaban una bandera ¿Lo adivinan? ¿Alguien se atreve? ¿Alguien apuesta algo?

Cracovia celebrando el 750º aniversario de que se levantara el casco viejo de la ciudad con el trazado que conocemos y está abarrotada: Mochileros que han convertido a la ciudad en la nueva Praga, monjas y polacos haciendo turismo interior. Hay infinidad de cafés, terrazas, tiendas de souvenirs y sacacuartos para turistas, puestos de comida rápida, heladerías, dulcerías… Se ve la policía por las calles. Hay músicos callejeros y espectáculos de teatro en la calle. Y todo es paz y tranquilidad. Es una ciudad preciosa y bulliciosa. Pero no. Al pie de la iglesia oigo a un grupo de imbéciles cantando a voz en grito mientras alguien aporrea un tambor. Uno de ellos agita una bandera sobre la cabeza como si se tratara de un trapo. Y entonces la identifico: La rojigualda. Sí. ¡Son españoles!

Mis fotos de Cracovia en Flickr.