Achtung panzer!: Hackeando la línea Maginot

El 20 de de mayo de 1910 fue enterrado en Windwsor el rey Eduardo VI de Inglaterra. Hijo de la reina Victoria, su cortejo fúnebre fue precedido por cincuenta miembros de casas reales, entre los que se encontraban emperadores, reyes, príncipes herederos, archiduques y grandes duques. Algunos ostentaban títulos que hoy nos suenan añejos, como káiser, zar o sha. Y dado que los miembros de familias reales sólo se casaban con otros miembros de casas reales o de la alta aristocracia existían numerosos lazos de familia. El nuevo rey, Jorge V, era primo directo del káiser Guillermo II y del zar Alejandro II. De hecho la comitiva fúnebre iba presidida por Jorge V con Guillermo II a su derecha. Años más tarde, en tiempos de guerra, la dinastía reinante en Gran Bretaña hubo de cambiar su nombre de Battenberg a Windsor para ocultar su origen alemán. Pero en 1910 el funeral fue algo así como un encuentro de familia. Aquel día sin duda fue el ocaso de una época, los últimos estertores del “largo siglo XIX”. Cuatro años después la mayoría de las monarquías europeas, desde Portugal a Rusia, estaban enzarzadas en la Primera Guerra Mundial.

Las fotos del funeral muestran a los monarcas asistentes con entorchados, cascos con llorones y sables a lomos de su caballo. La apariencia de todos ellos no difieren mucho de los presentes en la la proclamación del IIº Reich alemán en 1871, casi cuarenta años atrás. Si avanzamos en el tiempo pero en la dirección contraria nos encontramos que en 1945, 35 años después de aquel funeral, teníamos el arma atómica, los aviones a reacción, el carro de combate, las armas químicas, los portaaviones, etc. Es como si entre 1914 y 1945 el tiempo se hubiera acelerado.

Cuando en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial el desarrollo tecnológico de las distintas fuerzas armadas no era tan desigual. Aún así en mayo de 1940 el ejército alemán arrolló a los ejércitos holandés, belga, francés y al Cuerpo Expedicionario Británico. No contaba ni con superioridad cuantitativa ni cualitativa en carros de combate. Y aún así esa fase de la guerra quedará siempre asociada a las unidades acorazadas (panzer) alemanas. ¿Qué marcó la diferencia?

Cuando acabó la Primera Guerra Mundial el jefe del Estado Mayor, el general Hans Von Seeckt reunió a 5.000 oficiales y los dividió en comités para analizar cada aspecto de la guerra que acababa de terminar. Su crítica fue demoledora. Cuando en 1921 concluyeron su trabajo las enseñanzas obtenidas quedaron reflejadas en un nuevo manual de doctrina operativa. La regulación 487 (Heeresdienstvorschrift 487) hacía énfasis en la movilidad y la maniobra para superar la guerra de trincheras. Los frentes de batalla se habían hecho demasiado grandes para confiar en un sistema de mando centralizado, con lo cual no sólo se animaba, más bien se exigía, que los oficiales de menor rango tomaran la inicativa y usaran su propio juicio. Un campo de batalla móvil y fluido necesitaba comunicaciones sin hilo, así que se impulsó el desarrollo de radios portátiles que ayudaran además a la coordinación entre el ejército y la fuerza aérea. De hecho el título de la regulación 487 era “Liderazgo y combate con armas combinadas”. Otro punto importante era la manera en la que las ideas fluían en el Estado Mayor alemán.

De los oficiales más jóvenes se esperaba que hicieran contribuciones y modificaciones a las ideas propuestas por sus superiores. E ideas y propuestas circulaban en ensayos (“Denkschrift”) que eran leídos por el alto mando aunque provenieran de los oficiales de menor rango. Uno de los más influyentes fue el escrito por el coronel Kurt Thorbeck en 1920 y titulado “Las lecciones tácticas y técnicas de la guerra” (“Die Technische und Taktische Lehere des Krieges”). Su idea era que el mayor error de la guerra fue la falta de familiaridad del Estado Mayor alemán con la tecnología. A partir de aquel momento el propio ejército becó a oficiales para que cursaran estudios técnicos en universidades y se organizaron seminarios bimensuales e intensivos en los que los oficiales del alto mando eran puestos al día en los últimos adelantos tecnológicos.

En el bando contrario los franceses sacaron conclusiones diferentes. La tecnología había transformado la guerra, pero para ellos la clave había estado en el crecimiento de la potencia de fuego. Por tanto hicieron énfasis en la acumulación de grandes formaciones de artillería que intervinieran en ofensivas milimétricamente organizadas por un alto mando centralizado y estricto. A la infantería le tocaba esperar que la artillería acabara su trabajo para avanzar (“la artillería conquista, la infantería ocupa”), y entonces lo hacía sólo hasta una distancia determinada. Allí esperaba que la artillería empezara de nuevo su martilleo. Es lo que se denominaba “batalla metódica” tal como quedó condensado en el manual de doctrina operativa francesa (Instruction Provisoire sûr l’Emploi Tactique des Grandes Unités) de 1921.

En el aspecto defensivo la solución estaba clara. Si en la Gran Guerra los soldados habían sufrido en las trincheras, sólo había que crear y acondicionar una línea defensiva fortificada. Así nació la línea Maginot. Además las franceses no creyeron que la aviación tuviera un papel importante que jugar en la siguiente guerra, ni dieron importancia a la movilidad. Los camiones servían para mover soldados al frente, nada más. Una vez allí avanzaban a pie. Para los franceses la guerra era una ciencia, y por tanto el combate podía estructurarse con reglas “científicas” que habían creído descubrir. Con las tablas y estadísticas en la mano, la línea Maginot era inexpugnable. Los resultados los conocemos.

11-S, 11-M y 7-J. La pregunta es, ¿dónde están nuestros Von Seeckt? ¿No estaremos construyendo líneas Maginot?