Sólo faltó Richard Cladyerman y la maratón

Pues yo estoy en casita. Llegué esta mañana a las 7:30 en autobús desde Barcelona, donde aterrizó ayer a primera hora mi vuelo desde Cracovia. Hoy me dio tiempo simplemente de llegar a casa, ducharme y salir a cumplir con mis deberes.

Regreso con la espalda destrozada, mucho cansancio y la sensación de haber vivido dos semanas intensas. Ha sido un viaje diferente. He cargado la mochila más ligera que haya llevado jamás, he llevado portátil y en todos los sitios que he dormido he contado con wifi. Si por un lado me he ahorrado las penalidades de aquellos viajes en que llegué a cargar más de 25 kilos a la espalda, sudando la gota gorda desde la estación de tren al albergue juvenil de turno, la permanente conexión vía SMS, email y webcam aminora la sensación de aventura. Hay unas cuantas cosas que aprender para futuros viajes.

Espero no les haya aburrido con las batallitas del viaje. Se acabaron las entradas pretendidamente divertidas y facilonas. Toca volver a tocar los temas de siempre. Pero los que hayan seguido mis crónicas de mi periplo por Tallin, Riga, Vilna, Varsovia y Cracovia sabrán de mis encuentros con españoles palizas haciendo el tonto lejos de casa. Así que no puedo terminar sin contar que de camino a la estación de tren el sábado por la noche en la plaza central de Cracovia me encontró con un puñado de tunos dándole la paliza a los turistas que intentaban cenar en una terraza. Salí de allí por piernas para coger el tren hasta el aeropuerto de Cracovia-Balice. Mi vuelo a Barcelona salía a las seis de la mañana. Así que decidí pasar la noche en el aeropuerto. Intenté dormir pero en un primer momento me lo impidieron las risas y gritos de unos cretinos. Uno de ellos se puso a imitar sonidos de animales. Y ni me molesto en decirlo. ¿Lo adivinan? ¿Adivinan la nacionalidad de los tipos en cuestión? Menudo viaje. Sólo faltó Richard Clayderman en su piano sin control… y una maratón.

Me corto la coleta como mochilero

Hay alguna regla de Murphy dice que el mejor tiempo hace justo el día que te vas. Cracovia amaneció hoy con un sol radiante y un calor casi español. Y hoy fue uno de esos días de “fallos de organización” que uno nunca cuenta cuando vuelve de viaje. Dormí demasiado y cuando llegué al Castillo Real de Wawel las entradas (que son limitadas) estaban agotadas. La catedral estaba a punto de cerrar. Y cómo no, siendo sábado en el antiguo barrio judío no había casi nada abierto.

Me he despedido de Cracovia caminando y caminando, disfrutando del buen tiempo y. sacando fotos como loco y evitando en lo posible los españoles. Hoy el castillo de Wawel estaba tomado por pijas andaluzas y ahora mismo, mientras escribo esto, un grupo de gañanes de un lugar de España que prefiero ignorar se están repartiendo el ganado: “La rubia pa’ ti, la rubia pa’mí. ¡Si es que tienen toas cara de guarrillas y cachondas”, mientras se hacen los simpáticos con un par de australianas creyendo que están quedando bien con su inglés de Torrente.

Y bueno, creo que en este viaje he tenido algo parecido a una revelación. O quizás sólo sea el sentido común que se ha abierto paso. He hecho ya un buen puñado de viajes como mochilero. En los países anglosajones el asunto tiene una larga tradición. Los universitarios estadounidenses y australianos cuando cruzan el ecuador de su carrera, les entra la crisis existencial o se licencian cruzan el charco y se toman varios meses para viajar por la Vieja Europa como backpackers. En teoría lo hacen para conocer la mayor cantidad de países de Europa. Pero tras ir de albergue juvenil en albergue juvenil uno tiene la sensación de estar en el mismo lugar, escuchando las mismas conversaciones y encontrándose con la misma fauna de estadounidenses, británicos, canadienses, australianos e irlandeses. Como un centro comercial o un aeropuerto, la clase de ambiente internacional que no puedes asociar a ningún lugar en concreto. Un ambiente lleno de guays hablando con un acento cerrado de borracheras en tal o cual ciudad o de su viaje el año pasado por Tailandia o Bolivia. Por suerte la ciudad de turno está al otro lado de la puerta. Y uno se sumerge en Tallin o Varsovia tan pronto la cruza. Por suerte quedan muchos lugares que ve y visitar.

Así que mi propósito para futuros viajes será huir tanto como puede de los albergues juveniles. Será que ya no soy joven y no me he dado cuenta. Será que me he pasado todo este tiempo tratar de vivir un ambiente al que era totalmente ajeno. Pero no pienso avergonzarme a partir de ahora de viajar como pequeñoburgués dispuesto a pagar algo más por tener una cama confortable en un lugar tranquilo, lejos de británicos borrachos y escandalosos que entran como una horda en el dormitorio. No volveré a pasar por sentirme un bicho raro en una esquina porque ¡sí! ¿pasa algo? ¡viajo solo!.

No volveré a ser mochilero. Seré viajero, turista, aventurero o mediopensionista. Pero con esta fauna al lado no me vuelven a pillar.

Ahora, una ducha y para el aeropuerto de Cracovia. Les dejo con John Zorn y su Massada String Trio en un festival de jazz en Varsovia en el verano de 1999. Tras visitar Auschwitz, celebremos la vida con un poco de Jewish Radical Culture.

Mi mochila y yo

Alguien se ha dejado una conexión wi-fi abierta en el aeropuerto berlinés de Schönefeld. Tiene gracia porque la primera conexión wi-fi que encontré abierta era de pago. Me planteaba si merecía la pena pagar por media hora de conexión lo que en un locutorio de barrio en Madrid me hubiera permitido estar varias horas conectados a Internet cuando probé esta segunda conexión. Y sí, alguien se ha dejado una conexión abierta.

¿Qué hago aquí? En una hora viajaré mil kilómetros más para empezar una aventura de quince días por cuatro países. He traído mi Asus W5F y pienso ir contándoles por el camino mis peripecias salpicadas de comentarios breves en la línea de este blog. Supongo que debería haberme dedicado a crear expectación en la semanas previas pero con decir que compré el billete de vuelta una hora y media antes de salir corriendo hacia el aeropuerto…

Empieza la aventura.