El fantasma de Ulrike Meinhof

A principios de agosto de 1999 el Reichstag aún no había sido nagurado como nuevo parlamento de la Alemania reunificada y estaba abierto al público. Durante el día había largas colas amenizadas con música clásica pero descubrimos que por suerte el horario de visita se prolongaba hasta bien entrada la noche. Así que lo intentamos esperando que hubiera menos cola. El viejo parlamento de los tiempos del IIº Reich había sido modernizado según un proyecto de sir Norman Foster que sustitía la vieja cúpula desaparecida por una mayor y transparente. El recorrido habilitado para los visitantes y turistas serpenteaba por el edificio, incluyendo un corredor donde la restauración había respetado las pintadas hechas por los soldados soviéticos en 1945 (sólo acerté a leer el nombre de la ciudad ucraniana de Odesa). Cuando por fin pudimos ver el hemiciclo desde lo alto, la alemana con la que hice la visita me explicó que el azul de los sillones había sido “creado” por Foster especialmente para la ocasión y me señaló el atril de oradores que estaba especialmente diseñado para que accediera al él un diputado en silla de ruedas.

Tiempo después, leyendo “El día que acabó el siglo XX” de J. M. Martí Font descubrí su identidad. Se trataba de Wolfgang Schäuble, ministro del interior del gobierno Kohl. Había recibido un disparo poco después de que un grupo de cuatro generales de la Stasi hubieran lanzado a través de la televisión una oferta de “convencer” a sus antiguos agentes que se entregaran a cambio de amnistía y pensiones para los oficiales de la Stasi. El ataque a Schauble se atribuyó a un loco solitario. Eran tiempos convulsos en los que incluso reapareció la Rote Armee Fraktion (Fracción del Ejército Rojo) asesinando al presidente de la Treunhandanstalt, la comisión encargada de liquidar las empresas públicas de la RDA. La RAF fue uno de aquellos grupos terroristas que surgieron en Europa post-mayo del 68. Las revueltas estudiantiles no habían dado paso al alzamiento del proletariado y dentro de la izquierda radical algunos decidieron que había que dar una vuelta de tuerca más para galvanizar a las masas.

En Alemania el punto de arranque fue anterior, la muerte de un estudiante por los disparos de la policía durante las protestas por la visita del sha de Persia a Berlín Occidental en junio de 1967. Un grupo de cuatro estudiantes decidieron pasar a la “acción” prendiendo fuego a varios grandes almacenes. Tras ser detenidos en junio de 1968 el juicio fue cubierto por una periodista, Ulrike Meinhof, que había estado publicando artículos elogiosos hacia el grupo en la revista konkret. Dos miembros del grupo, Andreas Baader y su novia Gudrun Ensslin, consiguieron huir de la justicia. Baader fue detenido en abril de 1970. Pero el 14 de mayo Ulrike Meinhof, que se había unido al grupo, participó a tiro limpio en una nueva fuga de Andreaas Baader. A partir de ese momento para la policía el grupo se convirtió en la Baader-Meinhof Bande.

No mucho tiempo después una encuesta reflejaba que el 20% de los alemanes debajo de los 30 años sentía “una cierta simpatía” por el grupo terrorista. Y uno de cada diez daría refugio por una noche a un terrorista del grupo si le pidiera ayuda. El grupo se convirtió en el epítome del radical chic. Sus miembros tendían a usar sólo coches deportivos BMW 2002, creándose la broma de que BMW era el acrónimo de Baader-Meinhof Wagen. Cuando tras una espectacular cacería humana en Frankfurt Baader fue detenido unos años después se le pudo ver en TV siendo introducido en un furgón policial con un tiro en la cadera pero sin dejar de lucir sus Ray Ban. Antes muerto que sencillo. El índice del semanario conservador y sensacionalista Bild clasificaba las noticias por “nacional”, “internacional”, “cultura”, etc… y “B-M”. Toda un sección dedicada a ellos.

En el verano de 1971 Alemania fue empapelada con 7 millones de carteles de “Se Busca”, lo que convirtió al grupo en omnipresente en las calles alemanas. El cartel policial se convirtió en la mejor propaganda del grupo. En la primera fila, destacando los líderes del grupo, había tres hombres y dos mujeres intercalados. El resto de fotos mostraba casi igual número de fotos de mujeres como hombres. Sin querer, o a sabiendas, el cartel daba a entender que en la conservadora y machista Alemania en el seno de un grupo terrorista se desafíaba la tradicional triada que esperaba a toda mujer: Niños-cocina-iglesia (Kinder, Küche, Kirche). Jóvenes airados, paritarios, muy guays y fuera de la ley, el público imaginaba que en el seno del grupo se follaba mucho.

Tras su fuga de mayo de 1970 el grupo viajó a Oriente Medio a entrenarse en un campamento terrorista de la OLP pero fueron expulsados por su falta de disciplina. En sus memorias, Markus Wolf, el jefe del servicio secreto en el exterior de la RDA los despacha calificándolos de “alienados proscritos sociales” y “niños malcríados e histéricos que en su mayoría provenían de la clase alta”. Cuando regresaron de Oriente Medio, el grupo lanzó su primer comunicado con el nombre de RAF y en mayo de 1972 cometieron cinco atentados en los que resultaron muertos entre otros varios soldados estadounidenses y policías. Baader, Meinhoff, Ensslin y otros miembros del grupo fueron detenidos al mes siguiente. Fue el fin de la primera generación. A partir de entonces el grupo reapareció con asesinatos de personas implicadas en el juicio o secuestros con el objetivo de forzar la liberación de los detenidos.

El clímax se alcanzó con el secuestro el 13 de octubre de 1977 de un Boeing 737 de la compañía aérea Lufthansa que hacía la ruta Mallorca-Frankfurt. El avión terminó en Somalia, tras pasar por Roma, Larnaca, Dubai y Omán, donde el capitán del avión fue asesinado. Los secuestradores, dos alemanes y dos árabes, exigieron la liberación de once miembros de la RAF (incluyendo a Baader, Meinhoff y Ensslin). En la madrugada del 18 de octubre el grupo de intervención especial GSG-9 de la policía alemana de fronteras asaltó el avión. Los cuatro terroristas resultaron muertos y ningún pasajero fue herido. Aquella misma y según la versión oficial Baader, Ensslin y un tercer miembro, Jan-Carl Raspe, se suicidaron. La versión oficial establece que a pesar de estar en celdas aisladas en una cárcel de máxima seguridad con un régimen de visitas estricto Baader consiguió introducir en su celda una radio y una pistola, Raspe una pistola y los tres habían establecido un sistema de intercomunicación usando los cables de la corriente eléctrica. Ulrike Meinhof se había sucidido el año anterior, así que la percepción general, sea cierto o no, es que se trató de un crimen de estado. De ahí que de vez en cuando haya quien reclame en España una solución “a la alemana” al terrorismo de ETA.

En sus primeros diez años de historia diez acciones terroristas con un saldo de trece muertos y 43 heridos bastaron para que la atención de la sociedad alemana se centrara en el grupo. Se hicieron modificaciones de leyes a medida, se refozaron los poderes del Estado y se creó una unidad de investigación criminal de alcance nacional (el Bundeskriminalamt). Los antentados del grupo nos hacen pensar más en un GRAPO formado por niños de papá (el presidente de la patronal alemana murió en un intento de secuestro a cargo de ¡su propia nieta!), pero hay que imaginarse la satsifecha y autocomplacienta sociedad alemana del despegue económico keynesiano de posguerra para entender el shock que supuso la aparición de un grupo terrorista de ultraizquierda. Sin embargo, a pesar de su popularidad entre la gente joven, del impacto mediático de sus acciones y de la percepción de una amenaza al sistema político y económico tejido tras la Segunda Guerra Mundial el proletariado alemán no hizo revolución alguna.

Ahora que estoy de vacaciones les dejo a ustedes mismo el ejercicio de hacer las comparaciones con los yihadistas nacidos en suelo europeo y criados en familias bien integradas en la sociedad de acogida, y esas masas de musulmanes simpatizantes con los atentados que se van a levantar como quinta columna para venir a degollarnos a todos. Les recomiendo empezar a leer aquí.

Achtung panzer!: Hackeando la línea Maginot

El 20 de de mayo de 1910 fue enterrado en Windwsor el rey Eduardo VI de Inglaterra. Hijo de la reina Victoria, su cortejo fúnebre fue precedido por cincuenta miembros de casas reales, entre los que se encontraban emperadores, reyes, príncipes herederos, archiduques y grandes duques. Algunos ostentaban títulos que hoy nos suenan añejos, como káiser, zar o sha. Y dado que los miembros de familias reales sólo se casaban con otros miembros de casas reales o de la alta aristocracia existían numerosos lazos de familia. El nuevo rey, Jorge V, era primo directo del káiser Guillermo II y del zar Alejandro II. De hecho la comitiva fúnebre iba presidida por Jorge V con Guillermo II a su derecha. Años más tarde, en tiempos de guerra, la dinastía reinante en Gran Bretaña hubo de cambiar su nombre de Battenberg a Windsor para ocultar su origen alemán. Pero en 1910 el funeral fue algo así como un encuentro de familia. Aquel día sin duda fue el ocaso de una época, los últimos estertores del “largo siglo XIX”. Cuatro años después la mayoría de las monarquías europeas, desde Portugal a Rusia, estaban enzarzadas en la Primera Guerra Mundial.

Las fotos del funeral muestran a los monarcas asistentes con entorchados, cascos con llorones y sables a lomos de su caballo. La apariencia de todos ellos no difieren mucho de los presentes en la la proclamación del IIº Reich alemán en 1871, casi cuarenta años atrás. Si avanzamos en el tiempo pero en la dirección contraria nos encontramos que en 1945, 35 años después de aquel funeral, teníamos el arma atómica, los aviones a reacción, el carro de combate, las armas químicas, los portaaviones, etc. Es como si entre 1914 y 1945 el tiempo se hubiera acelerado.

Cuando en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial el desarrollo tecnológico de las distintas fuerzas armadas no era tan desigual. Aún así en mayo de 1940 el ejército alemán arrolló a los ejércitos holandés, belga, francés y al Cuerpo Expedicionario Británico. No contaba ni con superioridad cuantitativa ni cualitativa en carros de combate. Y aún así esa fase de la guerra quedará siempre asociada a las unidades acorazadas (panzer) alemanas. ¿Qué marcó la diferencia?

Cuando acabó la Primera Guerra Mundial el jefe del Estado Mayor, el general Hans Von Seeckt reunió a 5.000 oficiales y los dividió en comités para analizar cada aspecto de la guerra que acababa de terminar. Su crítica fue demoledora. Cuando en 1921 concluyeron su trabajo las enseñanzas obtenidas quedaron reflejadas en un nuevo manual de doctrina operativa. La regulación 487 (Heeresdienstvorschrift 487) hacía énfasis en la movilidad y la maniobra para superar la guerra de trincheras. Los frentes de batalla se habían hecho demasiado grandes para confiar en un sistema de mando centralizado, con lo cual no sólo se animaba, más bien se exigía, que los oficiales de menor rango tomaran la inicativa y usaran su propio juicio. Un campo de batalla móvil y fluido necesitaba comunicaciones sin hilo, así que se impulsó el desarrollo de radios portátiles que ayudaran además a la coordinación entre el ejército y la fuerza aérea. De hecho el título de la regulación 487 era “Liderazgo y combate con armas combinadas”. Otro punto importante era la manera en la que las ideas fluían en el Estado Mayor alemán.

De los oficiales más jóvenes se esperaba que hicieran contribuciones y modificaciones a las ideas propuestas por sus superiores. E ideas y propuestas circulaban en ensayos (“Denkschrift”) que eran leídos por el alto mando aunque provenieran de los oficiales de menor rango. Uno de los más influyentes fue el escrito por el coronel Kurt Thorbeck en 1920 y titulado “Las lecciones tácticas y técnicas de la guerra” (“Die Technische und Taktische Lehere des Krieges”). Su idea era que el mayor error de la guerra fue la falta de familiaridad del Estado Mayor alemán con la tecnología. A partir de aquel momento el propio ejército becó a oficiales para que cursaran estudios técnicos en universidades y se organizaron seminarios bimensuales e intensivos en los que los oficiales del alto mando eran puestos al día en los últimos adelantos tecnológicos.

En el bando contrario los franceses sacaron conclusiones diferentes. La tecnología había transformado la guerra, pero para ellos la clave había estado en el crecimiento de la potencia de fuego. Por tanto hicieron énfasis en la acumulación de grandes formaciones de artillería que intervinieran en ofensivas milimétricamente organizadas por un alto mando centralizado y estricto. A la infantería le tocaba esperar que la artillería acabara su trabajo para avanzar (“la artillería conquista, la infantería ocupa”), y entonces lo hacía sólo hasta una distancia determinada. Allí esperaba que la artillería empezara de nuevo su martilleo. Es lo que se denominaba “batalla metódica” tal como quedó condensado en el manual de doctrina operativa francesa (Instruction Provisoire sûr l’Emploi Tactique des Grandes Unités) de 1921.

En el aspecto defensivo la solución estaba clara. Si en la Gran Guerra los soldados habían sufrido en las trincheras, sólo había que crear y acondicionar una línea defensiva fortificada. Así nació la línea Maginot. Además las franceses no creyeron que la aviación tuviera un papel importante que jugar en la siguiente guerra, ni dieron importancia a la movilidad. Los camiones servían para mover soldados al frente, nada más. Una vez allí avanzaban a pie. Para los franceses la guerra era una ciencia, y por tanto el combate podía estructurarse con reglas “científicas” que habían creído descubrir. Con las tablas y estadísticas en la mano, la línea Maginot era inexpugnable. Los resultados los conocemos.

11-S, 11-M y 7-J. La pregunta es, ¿dónde están nuestros Von Seeckt? ¿No estaremos construyendo líneas Maginot?